Son ganas de llamar la atención: “¡Eh! Que estoy aquí. Os estáis fijando mucho en Rajoy, que parece un muerto, pero yo estoy vivo”. Terapia, simple terapia. Otros se compran un libro de autoayuda, pero el superlíder necesita aparecer en plasma, ¡qué menos!, para presentarse como un hombre de firmes principios, enunciados, como es su costumbre, de modo solemne: “Cumpliré con mi responsabilidad, con mi conciencia, con mi partido y con mi país”. Ahí queda eso, cuando nadie le ha pedido que cumpla nada y los suyos temen que cumpla algo.
Hijo
y nieto de dos reconocidos prohombres de la dictadura, el joven José María se
propuso superar a sus predecesores y llevar el apellido paterno a las altas
instancias del Estado y aún más allá. Le ayudó su ambición y el extendido complejo
del hombre que cree que se ha hecho a sí mismo. Sus ínfulas le permitieron imaginar
que podía pasar a la posteridad como un ser providencial para España, al emprender
grandes proyectos para el país.
El
primero, la piedra angular de los demás, era forjar un gran partido político,
capaz de desalojar al PSOE del gobierno y restaurar la hegemonía que la derecha
había perdido durante la Transición. El segundo era desarrollar un modelo económico
(capitalista, claro) que permitiera situar a España entre los países de cabeza de la Unión Europea.
El tercero era colocar el país en la escena internacional neutralizando la
influencia de las alianzas de González; es decir, entre las fuerzas de la derecha mundial.
Ilusiones
del pobre señor, porque estos tres grandes proyectos se han saldado con tres notorios
fracasos, y por el orden en que lo han hecho, empezamos por el último.
La
intención de “sacar a España del rincón de la historia”, a donde había sido
conducida por González -¿por quién, si no?-, reeditando el pasado imperial e
incluso el viejo espíritu de cruzada, se resumió en participar, con otros tres
acólitos, en el séquito del verdadero emperador, el amigo americano, que, en
medio de mentiras, que el Gobierno español ayudó a difundir -“Creanme; Sadam
Hussein tiene armas de destrucción masiva”-, intentó llevar a cabo en Iraq una
operación de “state building”, de la que resultaron un estado fallido, más
inestabilidad en la región y un elevadísimo número de víctimas, que no deja de
crecer porque el país está sumido en una guerra de facciones religiosas que no
tiene visos de acabar. El colofón de esta belicosa aventura fue el mayor
atentado terrorista sufrido en España, perpetrado por un comando yihadista en
represalia por la participación de tropas españolas en la invasión de Iraq.
El
segundo gran fracaso es el del modelo de desarrollo económico, basado en el
desmesurado incremento del sector de la construcción inmobiliaria y las obras
públicas alimentado por el crédito barato, que provocó la burbuja
financiera que finalmente estalló. El resultado ha sido montones de viviendas
vacías, montones de deudas sin pagar, miles de empresas cerradas, parte de la
banca en quiebra (y saneada con fondos públicos), una economía en prolongada
recesión, seis millones de parados y el país, que parece salir de una
posguerra, hundido para décadas.
El
tercer proyecto que lleva camino de fracasar es el Partido. Aznar logró
aglutinar en el refundado Partido Popular todas las tendencias de la derecha y
convertirlo en el instrumento adecuado para restaurar por largo tiempo la
hegemonía conservadora. Lo hizo a su imagen y semejanza, con un acusado
personalismo y un liderazgo fuerte, pero pronto emergieron preocupantes
tendencias, como el autoritarismo, el clericalismo, la descarada utilización de
las instituciones, la opacidad, la propaganda, la manipulación de la
información, el uso de la crispación, el desprecio de la oposición y la
deslealtad institucional, que revelaban un perfil poco comprometido con el
régimen democrático. Debe recordarse que el estilo de Aznar para dirigir el
partido y el Gobierno condujo al Partido Popular desde la mayoría absoluta a la
oposición, en 2004.
De
igual modo, el partido que, en palabras del propio Aznar, era “incompatible con
la corrupción” y se presentaba, ante el descrédito del PSOE, como una garantía
de regeneración, ha resultado ser un nido de buscavidas, negocios poco claros, oscuridades,
fortunas hechas al abrigo del poder y sombras de una corrupción mantenida a lo
largo de décadas, con el efecto contribuir a desprestigiar la actividad
política, fomentar la desafección de los ciudadanos y suscitar una justificada
desconfianza internacional. Lo cual, junto con la gestión de la crisis
económica, orientada a proteger los intereses de las clases acomodadas a costa
de las condiciones de vida de la población más modesta, ha provocado un gran
movimiento de repulsa ciudadana, que ha hecho descender de modo alarmante las
expectativas de voto del Partido Popular, poniendo en peligro no sólo su
continuidad en el Gobierno sino la supervivencia del régimen bipartidista
surgido de la Transición, y con ello las ventajas que el propio partido obtiene
de él.
En
un orden menor, otros hechos y dichos revelan el tratamiento solemne con que Aznar
ha adornado sus actos públicos. Desde la sencilla explicación dada al
crecimiento económico -“el milagro soy yo”- a la “invasión” del islote Perejil,
presentada como una gesta militar frente al yihadismo, o la boda de su hija,
montada a lo grande. Una ceremonia familiar convertida en un acto de Estado,
que, con el transcurso del tiempo ha ganado en importancia sociológica, pues,
tras una serie de personajes vestidos de tiros largos, se adivina el meollo del
régimen aznariano.
De
su escasa talla como estadista e incluso como ser humano dan cuenta sus gracietas
de mal gusto y sus desplantes con periodistas y diputados de la oposición, su
estilo faltón y altanero, su tono admonitorio y su tendencia a regañar a sus
interlocutores, así como sus muestras de escasa lealtad con el gobierno de
Zapatero, que no parecía el gobierno de España, con el país (animando a
empresarios a no invertir en España), incluso con su partido, y en esta última
aparición, contra Rajoy, que fue colocado por él mismo al frente del partido
para que llegara a ser Presidente del Gobierno.
Visto
lo cual, hay que
concluir que Aznar, en contra de lo que él cree, se revela como un gran
forjador de fracasos. Lo más grande que ha construido es su ego, tan
grande que creyó merecer la medalla de Honor de Congreso de Estados
Unidos. Y todo esto lo ha hecho
a costa de su partido y a costa de España, a la que tanto dice amar y
defender.
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