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viernes, 24 de agosto de 2018

New York, New York (7)


Follow the river…
Follow the river,
the river knows the way.
Come to me, I pray,
I miss you more each day.

Sigue al río, el río conoce el camino. Eso le cuenta y le canta Grant McLaine (James Stewart), acompañándose con un acordeón, al niño Joey (Brandon de Wilde), mientras viajan, a la intemperie, en el vagón de carga de un tren, cuya vía sinuosa sigue el curso de un río que discurre por el fondo de un barranco (“La última bala”).   
Nueva York tiene dos ríos pequeños, el Harlem y el Bronx, y otros dos grandes -el Hudson y el East-, que, para nosotros, acostumbrados al tamaño y al caudal de los ríos españoles, son dos mares; en realidad el East River es un brazo del mar.
La vida y la configuración de la ciudad están marcadas por los ríos y por el modo de salvarlos con los túneles y, sobre todo, con los puentes, todos distintos y peculiares, que han proporcionado a la City un perfil propio, unas señas de identidad y unas fotografías imborrables, y al cine, unas secuencias fáciles de reconocer y difíciles de olvidar. Por eso es importante darse un paseo por el río en alguno de los muchos barquitos que parten de los muelles del Hudson, a la altura de las calles cuarenta y tantos, bordean el sur de Manhattan y suben por el East River.
El recorrido es muy bonito y permite, a ras de agua, contemplar la ciudad desde una perspectiva distinta, a vista de pez, opuesta a la ofrecida a vista de pájaro, desde las alturas de los edificios de Midtown; los viajes suelen figurar en las ofertas de las guías de visitas y espectáculos y en las tarjetas City Pass o New York Pass.
Nueva York te encantará; es una ciudad muy norteamericana, expresión viva de un país nuevo y vigoroso, del capitalismo desatado y de las más audaces y dinámicas expresiones de modernidad, pero a la vez, es muy cosmopolita, racial y culturalmente mestiza. Es una isla de Europa en la costa americana, dicen los votantes demócratas, para afirmar lo lejos que se sienten de la América rural y profunda del interior, que suele ser el semillero de votos de los republicanos.
Nueva York es una ciudad excesiva, tanto como, por ejemplo, la milenaria Roma. Esta, horizontal, desordenada, chata, ocre y latina, lo es por todo el pasado que atesora, y la City, racional, productiva, vertical y anglosajona, porque, como ciudad moderna, ha señalado el camino del futuro a las demás ciudades, que la han imitado en su pretensión de estirarse hacia el cielo abierto para demostrar su dinamismo.
Pero no te olvides de que hay que volver a España. So long, dearie.


viernes, 25 de mayo de 2018

Del ciudadano ácrítico: el retorno del idiota


Observo que el tema de esta sesión de las “Jornadas”[1] viene definido por tres sugerentes voces -conciencia, crítica y ciudadanos-, así que, a tenor de lo que me suscita la unión de estas tres palabras, antes de responder al interrogante  que señala el título en cuestión, voy a plantear otras preguntas que vienen al hilo del asunto: ¿Podemos imaginar una ciudadanía que no sea crítica? ¿No es el espíritu crítico y vigilante lo que caracteriza a la ciudadanía?
En el Antiguo Régimen, el discurso crítico que brotaba desde los estamentos subalternos contra el ilimitado poder regio, que reservaba la función gubernativa a los altos estamentos -nobleza y clero- e imponía deberes y obediencia al estado llano, es lo que acabó con la figura del súbdito e hizo aparecer la figura del ciudadano burgués, que, más tarde, y debido a las demandas políticas del movimiento obrero, dio lugar al ciudadano moderno, que es un sujeto reclamante de derechos, razonante y crítico, vigilante del poder político, activo y revolucionario, pues introduce una nueva forma de concebir la política, es decir, de acceder y ejercer el poder, para atender a unos asuntos que se van a considerar públicos (comunes, abiertos y opinables) y no reservados a la ocupación privada y permanente de una casta.  
La figura del ciudadano, con tiempo y esfuerzo, y en medio de notables tensiones sociales y de saltos atrás, muy frecuentes y graves en el caso de España[2], ha ido creciendo en derechos nominales y reales, pero desde el punto de vista de la praxis política, hoy, en las postrimerías del siglo XX, en Occidente, el vigoroso trazo que perfilaba al ciudadano se ha ido debilitando, erosionado por los cambios jurídico-políticos, que, desde la década de los años setenta, han dado lugar a los regímenes de democracia dura o fuerte, que ya anticipaba Agnoli[3], como autoritaria respuesta a la crisis de legitimación, que, según Habermas, sufre, desde entonces, el Estado democrático.
En este orden de cosas, uno de los cambios políticos más importantes ha sido sentar las condiciones para que surja un discurso que equipara la figura del ciudadano a la del contribuyente, a la del consumidor o a la del modélico votante. Este programado ciudadano se muestra cuando vota -lo que le ponen delante-, cuando paga los impuestos -que le ponen delante-, cuando consume -los artículos a los precios que le ponen delante- y cuando trabaja en las condiciones laborales, que también le ponen delante.
Este paradigmático sujeto es un ser obediente, aceptante del (des)orden vigente, que no cuestiona, pero en el cual él mismo es cuestionado por ignotos poderes para hacerle volver, cada día un poco más, a la condición propia de un súbdito que acepta su voluntaria sumisión[4] como una condición básica para mantener vigente el orden político y económico. Surge la pasividad (o la resignación) como necesaria condición para mantener el régimen político liberal/democrático y el sistema económico de mercado -la producción capitalista-, como ya señalara Marx (1974, p. 255): la teoría económica liberal /burguesa sólo funciona cuando los trabajadores aceptan someterse a la producción en las condiciones que marca el capital, pues en cuanto brota la lucha de clases, es decir, cuando no se acepta mansamente lo que el capital prescribe, entonces la teoría no se cumple[5].
El sujeto así considerado estaría más cercano al idiota, el ciudadano libre de la Atenas clásica, que, en principio, no ostentaba cargos públicos y que luego fue desentendiéndose de los asuntos comunes (de la gestión de la polis) y acabó viviendo aislado, inmerso en su vida privada y renunciando de hecho a los derechos que le confería su ciudadanía. Por decirlo de otra manera, abusando de la definición de Aristóteles -zoon politikon- del hombre como animal político, el idiota sería el zoon apolitikon, el hombre apolítico. A tenor de esta idea, el individuo apolítico es un hombre (o ya, en nuestros días, una mujer) incompleto, porque está mutilado de un aspecto esencial de su vida humana, es decir, transnatural, que se ocupa de hacerle partícipe de los fines y afanes comunes, el que le brinda la percepción de que su propia existencia sólo tiene sentido en relación con la existencia de otros semejantes, dentro de un proyecto común de cuya gestión también debe de ocuparse[6].
Hoy, en gran medida, el sistema político democrático -o mejor dicho, democrático burgués, pues sigue conformado por la hegemonía burguesa y respondiendo de manera principal, aunque no exclusiva, al logro de los intereses de esta clase- se esfuerza por producir ingentes cantidades de idiotas. Lo peor del asunto es que también los llamados partidos de izquierda (y los sindicatos) han invertido no pocos de sus esfuerzos en alimentar esta contagiosa epidemia de idiotez.
Así, pues, la respuesta a la pregunta que señala el objeto de esta sesión estaría en hacer revivir esa incómoda figura para el gobernante, porque es crítica, activa, acreedora, participativa, interpeladora del poder político (y del económico), que debiera ser el ciudadano moderno: en hacer revivir, adaptado a las necesidades de nuestra época, el zoon politikon aristotélico, pues para el filósofo de Estagira, la política es un instrumento para formar y articular la parte social de cada individuo, el ámbito para alcanzar la socialización suprema, que es convertirse en ciudadano; es decir, sentirse miembro de una colectividad y asumir los deberes y derechos que implica vivir en comunidad, porque vivir es convivir y compartir tiempo y espacio (territorio).
El quid de la cuestión está en que hacer revivir a este paradigmático sujeto no es tarea fácil, porque llegar a ser un ciudadano crítico y exigente precisa, entre otros requisitos, entender bien lo que ocurre alrededor, y eso -llegar a entender, a comprender- es hoy algo bastante difícil de conseguir.

MIRAR Y NO ENTENDER
Hoy, cuando recibimos cada día más cantidad de información sobre la situación del mundo que la que han recibido nunca las generaciones precedentes, no podemos asegurar que prestando atención a las noticias que nos suministran los medios -la prensa- entendemos bien lo que acontece en el planeta.
De la lectura de los periódicos, la audición de la radio y el visionado de los programas informativos de televisión no obtenemos la impresión de entender lo que ocurre. Es más, personalmente siento que la representación del mundo que costosamente me había ido elaborando a lo largo de muchos años se ha ido desbaratando en poco tiempo, y que ni uniendo los trozos dispersos de la vieja imagen con las novedades cotidianas consigo formalizar una nueva visión coherente que reemplace a la antigua, lo cual me llena de perplejidad.
Por fortuna, existen personas que ofrecen unas reflexiones que van por delante de las nuestras y nos procuran el alivio de hallarnos en buena compañía en este mundo que se nos ha vuelto tan extraño.
Anthony Giddens (1993, p.16) señala: la opinión de que no es posible obtener un conocimiento sistemático de la organización social resulta, en primer lugar, de la sensación que muchos de nosotros tenemos de haber sido atrapados en un universo de acontecimientos que no logramos entender del todo y que en gran medida parecen escapar a nuestro control.
Otro autor, un periodista y estudioso de los procesos de la comunicación, I. Ramonet (1997, p.87), comparte esta desazón cuando escribe: Nos enfrentamos a una crisis de inteligibilidad: aumenta la distancia entre lo que sería necesario comprender y las herramientas conceptuales necesarias para tal comprensión. Con la desaparición de las certezas y la ausencia de proyecto colectivo, ¿habrá que resignarse a vivir lo que Max Weber llamaba <<el desencanto del mundo>>?
Opinión compartida por J. Mª Ripalda (1999, p.105) que señala que las clásicas distinciones de frentes se difuminan; los viejos esquemas políticos, oficiales o revolucionarios, no funcionan; el discernimiento es más necesario y difícil que nunca. Y Marc Ferro[7] escribe: somos conscientes de vivir en unas sociedades sin brújula, que han perdido sus puntos de referencia y ya no saben unir el futuro y el pasado. Lo mismo se puede decir de las ideologías, porque ya no sirven de referencia, se trate de socialismo o de liberalismo, puesto que las prácticas que pretendían encarnarlos han resultado equivocadas. Parece, pues, que habitamos en un mundo sin rumbo, como lo califica Ramonet (1997), o desbocado, como lo hace Giddens (2000), o que, de repente, haya explotado el desorden, como afirma Fernández Durán (1993).
En los años 60 y 70, entre la “gente maja”, progresista o comprometida en la lucha contra la dictadura, se puso de moda un término -tomar conciencia-, que era una aberración semántica (tomar conciencia es gramaticalmente similar a tomar horchata), pero señalaba la necesidad de entender, de ser conscientes de lo que pasaba. Eran un par de palabrejas de separaban el mundo de los alienados del mundo de los iniciados, de los seres conscientes, de los que estaban orientados, sabían lo que pasaba y lo que había que hacer.
La conciencia solía tomarse, como un bebedizo, en uno o varios seminarios, en los cuales un iniciado abría los arcanos de la concepción materialista de la historia a los catecúmenos.
Después de varios seminarios bien cargados de conciencia, ya se tenían las claves de cómo funcionaba el mundo y de por qué lo hacía, y ya se podía pensar en cambiarlo. Con tan ligero equipaje teórico, los que en los años sesenta teníamos alrededor de veinte años nos aprestamos a transformar el mundo de manera radical (desde la raíz) y no de otra forma, pues la fuerza de nuestro empeño no residía tanto en un real conocimiento del mundo como en la creencia de que poseíamos ese saber. Nuestra titánica tarea de pretender cambiar el mundo de manera revolucionaria no era tanto una consecuencia de la ciencia como de la fe; de haber tomado conciencia. Sin embargo, el proceso de conocer el mundo -no digamos ya el de transformarlo- es una tarea algo más compleja y requiere un poco más de tiempo. 
Los griegos de la época clásica llamaban contemplación -mirar detenidamente- a la labor de meditar, reservada a los hombres libres que disponían del tiempo suficiente como para poder entregarse a interpretar el mundo después de haberlo contemplado largamente -eso es lo que significa en griego théorein, <ver>, <contemplar>, señala Victoria Camps[8]-, y de ahí ha quedado el sentido posterior del término teoría como resultado de la reflexión, de la contemplación, de la actividad de mirar y de pensar. La theoría era un reflejo que se construía en el aire de la mente y que se levantaba con la dúctil materia de las palabras. Por ello, la theoría -lo visto, en suma-, se reconstruía abstractamente, sin la grávida realidad e indiferente a la asunción que de ellas habían hecho nuestros ojos, señala Emilio Lledó en la obra citada (1994, p.12), pero hoy, la afanosa escrutación del mundo por una mirada anhelante sólo parece hallar el caos como resultado de su esfuerzo y, en consecuencia, en vez de encontrar conocimiento, tropieza no sólo con la duda, sino con la confusión.
Comprender es hoy la apuesta capital, sentencia Ramonet (1997, p. 191), luego de señalar que estamos saliendo de un universo de simples determinismos y entramos en un mundo de complejidad, en el que la incertidumbre, la estrategia y la innovación aparecen fuertemente ligadas. Pero su imbricación nos aparece como un enigma.
Así, pues, tal y como prescribía Hegel a sus coetáneos, los humanos de hoy volvemos a estar condenados por Dios a ser filósofos; condenados a tener como tarea prioritaria la interpretación de un mundo que en sus evoluciones nos deja perplejos.
Javier Muguerza (1990, p. 46) considera interesante este estado de tensión que para él es la perplejidad, ya que es la antesala de la búsqueda -la filosofía apenas es más que un conjunto de cuestiones incesantemente planteadas y vueltas a replantear, de problemas siempre abiertos, de perplejidades que nos asaltan una y otra vez. De tal manera, indica este autor, que, si para la inmensa mayoría de los mortales, incluida la inmensa mayoría de los filósofos (y, por supuesto, el que esto escribe), la perduración de un estado de irresuelta perplejidad tendría bastante más de pesadilla, y hasta de maldición, que de dádiva o de regalo de los cielos, algunos escasos filósofos pueden disfrutar con el don de la perplejidad, puesto que es el único padecimiento filosófico capaz de inmunizarnos contra el escepticismo propio de la ignorancia y la certeza del dogmatismo.
Pero no debemos renunciar a entender este presente confuso haciendo de la perplejidad una razón de vida o la base de una postura estética, si es que aspiramos a actuar de alguna manera sobre la realidad. Muy al contrario, el dinamismo del mundo actual no respeta la automarginación para dedicarse a contemplar los afanes humanos (demasiados de ellos trágicos) desde un hipotético Olimpo resguardado de dudas y tensiones. Al final, hay que actuar y para hacerlo hay que tratar de comprender; es decir, no renunciar, cuanto menos, a utilizar la razón, como indica Muguerza (1990, p. 662) -Cualquiera que sea el grado de perplejidad teórica en que uno esté sumido, hay ocasiones en la vida en que no queda más remedio que optar por una u otra alternativa. La opción por la razón frente a la sinrazón es una de ellas. Es, sin lugar a dudas, la opción fundamental. Y la necesidad de optar por la razón es de índole eminentemente práctica.
Así, pues, en nuestros confusos días y como previo requisito a la intención de actuar sobre el mundo -tarea propia de cíclopes, si se trata de transformarlo- o al menos de no abandonarlo del todo a su controvertido rumbo, habría que plantearse (o replantearse) la imperiosa necesidad de volver a interpretarlo; de comprenderlo en su acelerado dinamismo y en su creciente complejidad, tarea, a mi parecer, no menos ciclópea.

Mayo, 2000.



[1] Jornadas sobre medios de comunicación: presente y futuro. Barcelona, 3-4 de junio de 2000, organizadas por el Consell d’Edicions del Centre d’Estudis y Debats de l’Esquerra Socialista de Catalunya. Se publicó parcialmente como artículo en la revista Escrits nº 21, hivern, 2006.
[2] Tema que he abordado en El lienzo de Penélope. España y la desazón constituyente (1812-1978), Madrid, Los libros de la catarata, 1999.
[3] Agnoli, J. & Brückner, P. (1971) (primera edición alemana en 1968): La transformación de la democracia, Méjico, Siglo XXI.
[4] Sobre este asunto, ya, en el siglo XVI, reflexionó Etienne de La Böetie en El discurso de la servidumbre voluntaria.
[5] Los economistas quieren que los obreros sigan en la sociedad tal como está establecida y tal como la han consignado y sellado en sus manuales. Marx, C. (1974): Miseria de la filosofía.
[6] Este tema lo he abordado con más extensión en el capítulo “Gobierno y convivencia. Apunte sobre el origen urbano de la política”, en la obra colectiva: Política y comunicación. Conciencia cívica, espacio público y nacionalismo, Madrid, Los libros de la catarata, 1999.
[7] M. Ferro “Medios y comprensión del mundo”, en Le Monde diplomatique (1998): Pensamiento crítico vs. Pensamiento único, Madrid, Debate.
[8] Camps, V., "El sentido olvidado de la ética", reseña del libro de E. Lledó Memoria de la ética, (El País, "Babelia", 12-XI-1994, p.13).

lunes, 15 de enero de 2018

Competencia

Respuesta a un debate suscitado por Luis Roca Jusmet

La competencia como principio está sobrevalorada, pues, es una pieza clave en el edificio ideológico del liberalismo y aún más del neoliberalismo, que es más falaz. El capitalismo, hoy, no funciona con la competencia, más que en parte, sino sobre el esfuerzo por superarla. 
No estamos en un capitalismo de libre competencia, como pudo serlo y no del todo en sus orígenes, sino en un capitalismo muy evolucionado y articulado, un capitalismo de organización, como indica Habermas, o un capitalismo de Estado (es decir influido por decisiones políticas), donde la competencia está articulada y mediatizada (o incluso anulada) por grandes grupos económicos y financieros nacionales y por organizaciones regionales y mundiales; por asociaciones patronales, sindicales y ciudadanas, por foros y ONGs, que interfieren de alguna forma en un capitalismo muy dinámico que busca superar la competencia a través de monopolios cada vez más poderosos. 
El mercado libre (que nunca lo fue) queda para la producción y el comercio a pequeña escala, pues las grandes corporaciones, formadas por fusiones, opas, joint ventures, etc, no quieren someterse a las leyes del mercado, sino dominar los mercados para burlar la competencia. La tendencia es a formar grandes monopolios mundiales, que dominen un sector productivo o un área comercial. Lo vemos en la reducción de fabricantes de coches, de telefonía, la concentración de grupos editoriales, de industrias de ocio, productoras de cine y tv, de logística (Amazon) o transporte, de energía eléctrica, etc, etc.
Echemos la vista atrás y veamos a dónde ha conducido la cooperación y cual ha sido el resultado de la competencia, que llevada al grado máximo es la guerra.
El quid del asunto, como indica Luis, está en el equilibrio de las tendencias y deseos humanos: en combinar el interés personal con el colectivo; en la cooperación y la competencia; en el interés privado y el interés público; en las aspiraciones del individuo y las de la comunidad. Y tengo la impresión de que, hasta ahora, la humanidad ha ido dando bandazos de un extremo a otro.

lunes, 11 de diciembre de 2017

La noria nacional (2). Constituciones

Reflexiones de un borrico

La noria nacional sigue girando, porque, cuando se vuelve a plantear la reforma de la Constitución, torna el Gobierno de Rajoy a poner pegas, entre ellas, que hace falta un consenso como el del proceso constituyente, que, si no recuerdo mal, sólo se consiguió al final. Y no del todo, pues cuando la Constitución se votó en el pleno del Congreso, el 31 de octubre de 1978, ocho de los dieciséis diputados del Partido Popular no dieron su aprobación, lo mismo que los diputados vascos.
El inmovilismo del Partido Popular también en este asunto le hace merecedor de figurar en las filas de los conservadores pertinaces y le aleja de la infundada pretensión de ser una derecha reformista. Derecha sin complejos, como dijo Aznar, pero inamovible.
No se puede decir que en España hayan faltado personas que se plantearon bien pronto la necesidad de dotar al país de un texto, que, a la luz de los principios de la Ilustración y del primer liberalismo, plasmara en un solemne documento lo que se llamaba la constitución social, la anatomía del país o la organización no escrita del cuerpo de la nación, como uno de los elementos fundamentales para salir políticamente del Antiguo Régimen y entrar en la Modernidad.
Tampoco se puede afirmar que haya faltado celo reformador, tanto en un sentido como en otro -para renovar y para conservar-, sino que lo destacable ha sido la inestabilidad política provocada por estos intentos, que han dado paso a lo que podría calificarse como desazón constituyente.
La Carta de Bayona de 1808, la Constitución de Cádiz de 1812, el Estatuto Real de 1834, la Constitución de 1837, la de 1845, la nonnata Constitución de 1856, los cambios constitucionales entre 1856 y 1868, la Constitución de 1869, el proyecto de Constitución federal de 1873, la Constitución de 1876, los proyectos de Primo de Rivera, la Constitución de 1931, las Leyes Fundamentales de Franco y, luego, la Constitución de 1978 son los hitos de una España necesitada de vertebración política -la orteguiana España invertebrada-, pero en la cual la organización del Estado y la articulación de las diversas corrientes ideológicas no ha podido durar mucho tiempo.
En la historia constitucional española, los sucesivos procesos constituyentes pueden ser contemplados como si fueran las crestas de las olas que indican el movimiento profundo de las aguas sociales y los cambios de gobierno y hasta de régimen político. Desde la limitada perspectiva que ofrecía el año 1836, la observación de esta azarosa existencia ya inspiró a Larra uno de sus ácidos epigramas: Aquí yace el Estatuto. Vivió y murió en un minuto.
Ahora, ante el desafío a la integridad territorial planteado por los nacionalistas catalanes, entre otras cuestiones que requieren atención, voces no precisamente extremistas solicitan de nuevo hacer cambios en la Constitución, pero el Gobierno demora la reforma cumpliendo una vez más el que parece designio inexorable de nuestra historia constitucional: que nuestras constituciones no se pueden reformar, sino que están condenadas a pudrirse y a ser reemplazadas por otras de signo político distinto.
En Estados Unidos, que para tantas cosas es el modelo predilecto de la derecha española, la Constitución de 1787 sigue vigente, pero reformada, claro está, por sucesivas enmiendas, doce de ellas en el siglo XX y la última aprobada en 1992. En España, en los 64 años que transcurren 1812 a 1876, sin contar el Estatuto de Bayona, el Estatuto Real de 1834, la non nata Constitución de 1856 y la abortada Constitución federal, tuvimos cinco constituciones con plena vigencia (1812, 1837, 1845, 1869 y 1876). Y en el siglo XX, hemos aprobado dos constituciones, la de 1931 y la de 1978, sin contar las leyes del Directorio militar de Primo de Rivera, que fueron breves, ni las Leyes Fundamentales de la dictadura franquista, de larga vigencia.
Observando cómo se suceden los auges y las crisis, las luces, más bien cortas, y las sombras, más bien largas, en la historia del constitucionalismo español y, por ende, los altibajos en la modernización del Estado y de la sociedad civil, se extrae la idea de un permanente retorno o la impresión de hallarnos, como si se tratase del inalterable volteo de una incansable y consecuente noria, en un país donde no acaban de encajar la democracia política y el desarrollo económico, ni la tradición con la modernización, por mucho que se intente.

Y ahí seguimos, como borricos, dando vueltas a la noria. 

miércoles, 19 de julio de 2017

Malestar en Cataluña (2)

Good morning, Spain, que es different

A esta dinámica, que ya tiene unos lustros, se une la crisis financiera de 2008, la nuestra y la ajena, que es una manifestación perversa del curso de la economía mundial, y los ciudadanos, a su perplejidad, suman el miedo a las consecuencias de la recesión económica, que ha abierto un abismo bajo sus pies por lo fácil que es descender en nivel o en calidad de vida, por la amenaza del paro, por el empleo precario y la amenaza de un posible despido, por los salarios que bajan y los impuestos que suben, por el pago de la hipoteca y los plazos del coche, por la quiebra de bancos y empresas que parecían eternos, por la pérdida de los ahorros o incluso de la vivienda, por las pensiones (¿habrá para todos?), por el deterioro del sistema sanitario, por los recortes en educación, por la almoneda de los bienes públicos entregados a la privatización que reducen el Estado del bienestar, por el incierto futuro de los hijos, por la amenaza de los foráneos, por la delincuencia, por el aumento de los tráficos ilegales, por la burocratización de la administración pública y privada, por la falta de un horizonte despejado de todos estos temores; por la complejidad de la sociedad actual, en suma, en la que parece que todos los problemas son urgentes y carecen, al mismo tiempo, de solución.
Esta visión está agravada por lo que sucede en el ruedo ibérico, por la crisis de la clase política, por el desgaste del régimen surgido de la Transición, por la corrupción, por los dimes y diretes de los partidos, por las luchas intestinas, por la obsesiva visión a corto plazo, y claro está, en Cataluña, por el Estatut, por la sentencia del Tribunal Constitucional, por la deriva política y delictiva de CiU, por la ofensiva de ERC y por la desorientación de la izquierda, que hace años perdió el rumbo en este tema.
Tan faltos de referencias, de valores firmes, de instituciones estables como los ciudadanos españoles, los catalanes se sienten perdidos (“Perdidos. España sin pulso y sin rumbo”) entre un presente, que según Muñoz Molina (“Todo lo que era sólido”), es “una niebla de palabras arcaicas, himnos viejos y banderas obsoletas, un guirigay de trifulcas políticas” y un “porvenir de dentro de unos días o semanas (que) es una incógnita llena de amenazas y el pasado es un lujo que ya no podemos permitirnos”.
Pero, ante los problemas económicos y políticos propios de España, mezclados con los del resto del mundo, los nacionalistas han buscado un solo motivo que explique el malestar de los catalanes y canalice su indignación, un solo principio que explique las aludidas dinámicas contemporáneas; una sola causa eficiente que dé cuenta, de modo sencillo, del problema y que facilite la solución. Y han dado con ella, expresada en una frase de gran eficacia propagandística: “España nos roba”. 
Así, el malestar en Cataluña se debe a una sola causa, al expolio al que España, desde hace siglos, somete a Cataluña, y la salida a esta situación es sólo una, sencilla y radical: la independencia. Una vez fuera de España (pero cerca de su mercado), los rasgos peculiares del carácter catalán -laboriosidad, seriedad, sensatez, ahorro-, libres ya de la opresiva tutela castellana, volverán a producir los resultados de antaño y Cataluña, triunfante, volverá a ser rica y plena.
Al malestar del ciudadano actual, incrementado por un victimismo sembrado a lo largo de décadas, los nacionalistas le han buscado una salida, que es participar en el proyecto colectivo de formar una nación y fundar un Estado independiente. Una meta que parece fácil de alcanzar y que se presenta como solución a los problemas de los catalanes, planteada y resuelta por ellos mismos.
Todo lo fían a la pretendida capacidad de una raza que es superior a la española, como ya señalaron los padres fundadores del nacionalismo, creyendo que así podrán escapar a las lógicas de la globalización, cuando lo que proponen es acentuarlas, perfilando un horizonte aún más inestable. Pues, aun cuando nieguen su existencia, las tensiones del mundo moderno seguirán estando ahí; los independentistas se las llevarán con ellos, más allá del Ebro o del Jordán.

martes, 18 de julio de 2017

Malestar en Cataluña (1)

El oasis catalán y el resto del mundo
Hay malestar en Cataluña. Eso está fuera de discusión, pero ¿a qué responde ese malestar? Los nacionalistas señalan la causa, la relación con España, sin vincularla con los cambios generados por la globalización, de los cuales lo que acontece en España y en Cataluña es la manifestación doméstica de una lógica mundial.
Los nacionalistas, y quienes les siguen, han eliminado de su horizonte teórico fenómenos que caracterizan las sociedades occidentales haciéndolas similares en sus anhelos y tensiones, y han imaginado Cataluña como una burbuja aislada del mundo e inmune a sus trastornos, que llegan a través de su relación con España como un vendaval, que, desde la península, agita la vida tranquila, ordenada y productiva del oasis catalán.
Es un discurso que, por un lado, desprecia la existencia del capitalismo en expansión como una causa de inestabilidad general, y del asentamiento de la modernidad, con sus lógicas contradictorias -entre ellas no sólo la económica, sino la política y la cultural-, con todo lo que representa, con lo que ofrece y lo que exige. Y por otro lado, ha puesto los ojos en una Cataluña premoderna, idealizada y falsamente soberana, a la que propone regresar incorporando los elementos actuales que sean compatibles con ese sueño.
No es muy original decir que el capitalismo expandido a escala planetaria genera malestar aún en las sociedades mejor situadas, como muestran antecedentes tan sonados como los sucesos de los años sesenta, expresando un primerizo y juvenil rechazo al orden mundial creado en 1945, que ya entonces empezaba a tambalearse y al que la restauración conservadora de Reagan y Thacher dio el definitivo empujón.
Los signos aparecieron primero en las sociedades más avanzadas, sobre todo en Estados Unidos, y autores de distintas tendencias (Herbert Marcuse, Marvin Harris, Daniel Bell, Alvin Tofler, Theodore Roszak, John K. Galbraith, Anthony Giddens, Richard Sennet, Jeremy Rifkin, Manuel Castells o Naomi Klein, entre otros muchos) se han ocupado de ello.
El mundo ha ido perdiendo el perfil establecido tras la IIª Guerra mundial y se desdibuja por medio de conflictos políticos, económicos, militares y culturales, que no permiten atisbar cuál será su nueva configuración, si es que no hemos entrado en una era de inestabilidad permanente. Fruto de ello son los modelos políticos que hacen agua, las formas de gobierno obsoletas, los Estados incapaces de asumir sus tareas, las instituciones que fracasan, el ocaso de las viejas ideologías políticas, la pérdida de sentido de la historia y la constatación de que un capitalismo sin adversarios avanza a trompicones, con una crisis tras otra, impelido por un sector financiero desbocado, ante la perplejidad de los ciudadanos.
Estamos en “La era de la incertidumbre” (Galbraith), en “La sociedad del riesgo” (Beck) o inmersos en “La Modernidad líquida” (Bauman), dotada de una gran dinamismo, en la que todo se acelera y se transmuta -“todo lo sólido se desvanece en el aire” ante la presión del mercado, advirtió Marx- y nada parece destinado a permanecer mucho tiempo (el empleo, la profesión, la educación, la familia, los amores, las filiaciones políticas, la noción de la propia vida o la visión del mundo), pues los viejos valores morales, políticos y religiosos han perdido su función aglutinante y el dejar de ofrecer modelos de comportamiento y normas estables y de definir horizontes ha facilitado la emergencia de un individualismo insolidario, acrítico y deseoso, necesario para sostener un mercado que precisa continua renovación y crecimiento para atender al creciente consumismo, causa y efecto de esa necesaria renovación de la sociedad, al menos como apariencia, pues parece impelida por la moda como principio dominante; es “el imperio de lo efímero” (Lipovetsky) al servicio de incesantes deseos, incentivados por la producción masiva de mercancías, el crédito y la publicidad, y por la propaganda que sobre sí mismo genera este modelo, orgulloso de mostrarse como la única forma de vida posible.