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martes, 25 de abril de 2017

Vigilando, pero poco

Good morning, Spain, que es different

Esperanza Aguirre ha dimitido como concejala y portavoz del grupo municipal del PP en el Ayuntamiento de Madrid, alegando en su descargo no haber vigilado lo suficiente los malos pasos de Ignacio González -un presidente ejemplar, según ella-, al que, como otros, promovió hasta encumbrarle como su sucesor a la presidencia del gobierno autonómico.
El caso no es único, ya que Aguirre, que ha nombrado a unos 500 cargos, dijo que sólo dos le habían salido “ranas”, tampoco vigiló las andanzas de otros altos cargos de su total confianza por sendas que les alejaban de la ley, sin que ella, al parecer, se diese cuenta de lo que ocurría. Claro que tampoco mostró mucho empeño en salir de dudas acerca de lo que la prensa, desde hacía tiempo, venía publicando, que era mucho.
Las personas imputadas en casos de corrupción que ha tenido más cerca, y sólo teniendo en cuenta a los más destacados y afectados por las tramas Gurtel, Púnica, Sanidad y Lezo, son catorce -cuatro exalcaldes: Ginés López (Arganda), Jesús Sepúlveda (Pozuelo), González Panero (Boadilla), Guillermo Ortega (Majadahonda), dos ex diputados autonómicos (Martín Vasco y Bosch Tejedor), seis ex consejeros autonómicos (López Viejo, Lucía Figar, Salvador Victoria, Juan J, Güemes, Manuel Lamela y Francisco Granados), un ex gerente y tesorero del PP de Madrid (Beltrán Gutiérrez, imputado en las tarjetas “black” de Bankia) y un ex presidente de la Comunidad de Madrid (Ignacio González).
Pero con ellos, y por ahora, no se agotan los casos de corrupción del PP en Madrid, pues, además de los que tienen su origen o alcanzan a la sede central (Gurtel, Bárcenas, Bankia), hay otros casos que se apuntan (MercaMadrid, con Concepción Dancausa, delegada del Gobierno, imputada) y otros muchos repartidos por municipios de la provincia, que aumentan sus responsabilidades, pues Aguirre ha sido presidenta del PP de Madrid durante doce años (2004-2016), sin que ese cargo le haya servido, entre otras cosas, para apercibirse, entre otras cosas, de quienes le financiaban ilegalmente las campañas electorales a través de la fundación Fundescam.
La disculpa de hacerse la tonta, la traicionada, la engañada, sencillamente no cuela, porque Aguirre se jactaba de gobernar el partido con gesto severo y el puño de hierro, ubicándose, como Lideresa, en el polo opuesto a Rajoy, que ejerce de líder ausente y poco preciso. Por algo, Aguirre, sintiéndose la legítima heredera de Aznar, quiso disputarle la jefatura, aunque sin llegar al final, presentándose como una Margaret Thatcher con peineta y mantilla.
No hace mucho tiempo, con su habitual chulería, publicó un libro titulado “Yo no me callo” (¡faltaría más!), que merece una segunda parte: “Y tampoco vigilo”. Aunque quizá vigilaba, pero poco -estaba inaugurando cosas y vigilando a la izquierda que no gobernaba-, mientras sus inmediatos colaboradores trincaban mucho, entregados en cuerpo y alma al Ars forrandi.

domingo, 19 de octubre de 2014

¿Peligra la revolución conservadora?



Good morning, Spain, que es different

Hace pocos días, José María Aznar, en la entrega del V Premio FAES de la Libertad, en su papel de Liderísimo de la derecha arremetía contra Podemos: “Los de la revolución ya están aquí. Los de la revolución quieren acabar con la democracia. Vuelven los viejos conocidos de la historia de Europa. Reviven los agentes de la destrucción de la paz, la libertad y la democracia, dispuestos a dejar su huella en el siglo XXI (…) Ni los rupturistas de la identidad ni los de la revolución quieren regenerar la democracia. Buscan lo de siempre, acabar con ella”. (Público, 16-10-2014)  
Por lo que afirma, Aznar desconoce todo o casi todo sobre Podemos, cuyo mensaje no es revolucionario, pero lo importante no es lo que el adversario (aquí tratado como enemigo) dice, sino lo que el Liderísimo quiere hacer creer a los suyos que dice.
Ante la importancia que Podemos ha adquirido en la opinión pública y el crecimiento electoral que pronostican las encuestas, la opinión de Aznar deja traslucir el miedo de la derecha ante lo que puede ser el obstáculo más serio a la “revolución conservadora”, que está en curso en España. 
Porque es lo que está sucediendo. En estos momentos España, bajo la retórica y la urgencia de salir de la crisis económica, está sumida en un proceso de profunda involución social y política, efectuada con la decisión, la rapidez y la radicalidad de un proceso revolucionario, pero a la inversa; el salto es hacia atrás, hacia el pasado, que es donde la derecha española encuentra inspiración.
No hay engañarse, porque, en una situación muy propicia para ello, el Gobierno de Rajoy está aplicando el programa secreto (y completo) que su partido -católico, conservador, autoritario y neoliberal- lleva en el tuétano: que es someter a las clases subalternas a los dictados económicos, políticos y morales de las clases pudientes, contando, claro está, con la bendición de la Curia española y de la canciller alemana.
Se trata de un cambio de régimen; de una silenciosa revolución conservadora acometida sin pregonarla, de un gigantesco salto atrás, propagando que vamos hacia adelante y por el buen camino, aprovechando el desconcierto y la desmoralización de la gente, la profunda crisis de las izquierdas y la falta de articulación de las fuerzas sociales que podrían oponerse. Todo está calculado.
El Partido Popular intenta volver a la añorada España de la IIª Restauración, no a la de Juan Carlos I, en 1975, sino a la de Alfonso XII, en 1875; la que más tarde el regeneracionista Joaquín Costa definiría con dos palabras -oligarquía y caciquismo-, aunque en esta ocasión sea el propio Gobierno de Rajoy el que, con disposición pastoral pero sin compasión alguna, asuma el papel de cirujano de hierro.
Pero, hete aquí, que surgida, para la derecha, de la nada, ha aparecido casi de improviso una fuerza política que puede desbaratar esos planes largo tiempo acariciados, al asumir las necesidades de la legión de damnificados por las política del Partido Popular. Y para Aznar eso supondría un nuevo retraso en el camino hacia el pasado que prometía en la segunda transición.

viernes, 16 de mayo de 2014

Gente de otra época



Esta gente, joven en su mayoría, es fruto de otro tiempo, es fruto de esta época, no defiende ideologías duras y de confrontación, como las de los años sesenta, ni se plantea la conquista del Estado, la ocupación del poder; el cambio abrupto de la sociedad; la expropiación de los ricos, la abolición de la propiedad privada y la colectivización de los medios de producción; es decir, hacer una revoluciónan viejo estilo, sino sólo la reforma, entre otras cosas, porque es un movimiento que aglutina diversas sensibilidades políticas con otras que no lo son y que pertenecen al ámbito sindical y a reclamaciones que tienen que ver con la vida cotidiana.
Son abiertos (a todos), dialogantes, democráticos y hasta ahora,  en sus asambleas y en su organización, digamos interna, que realmente no lo es, han utilizado la negociación y el consenso. Nada que ver con la izquierda de los años sesenta, que era jerárquica y disciplinada. Y tampoco han chocado con la peor cara del sistema, salvo ocasionalmente.
La única vía para reformar la ley electoral pasa por los partidos políticos, y hasta ahora no han planteado nada distinto: lo que quieren es que los partidos recojan sus reclamaciones. Y eso abre una gram gama de acciones posibles: movilizaciones, peticiones, iniciativas legislativas, negociaciones, etc, etc, pero no necesariamente recurrir a la violencia, que incluso podría ser negativa. 
En todo lo que han hecho hasta ahora, desde el 15 de mayo hasta hoy, con lo que han organizado y provocado como reacción y emulación, han dado muestras de mucha capacidad y madurez, y suscitado un gran eco en España y desde luego en Europa. Tienen, de momento, un gran capital, que el uso de la violencia, si es que alguien lo plantea, que no es el caso, echaría por tierra.
Pertenecen a otra cultura política. 
Saludos

Para Colectivo Red Verde, 2-6-2011

Ágoras

La Puerta del Sol de Madrid, con unas improvisadas jaimas de plástico, que le dan un aire africano, pero también las principales plazas de muchas ciudades de España y de algunas del extranjero se han convertido de la noche a la mañana en bulliciosas ágoras, donde ciudadanos del pueblo llano, en su mayoría jóvenes pero no sólo ellos, se reúnen y discuten sobre asuntos comunes, en muchos casos alejados de la agenda de los políticos: debaten sobre la crisis, los bancos, el paro, los estudios, la carestía, la falta de vivienda, los contratos precarios, la desigual distribución de la riqueza, la corrupción y la representación; discuten de economía y de política, abordando desde su punto de vista asuntos reservados a los expertos. Es decir, hablan de la vida, de la supervivencia en tiempos difíciles, de su papel en la sociedad que se está creando, o mejor dicho, destruyendo, y de un futuro cada día más incierto. Y, naturalmente, de la responsabilidad que los políticos profesionales han tenido en todo esto.
La que llamaban generación perdida se ha encontrado consigo misma y con ciudadanos de otras edades para plantear que la política vuelva a ser lo que debe ser: ocuparse de los asuntos comunes a favor de la comunidad, actividad que parece olvidada por quienes han hecho de la gestión pública una profesión particular y algunos un saneado negocio privado.
Este espontáneo movimiento ha revelado que al menos una parte de los ciudadanos no se ha desentendido de la política; la llamada desafección ciudadana no es tal, lo que existe es la desafección de la clase política; son los políticos los que, utilizando la ortopedia de un sistema de representación institucional que lo favorece, se han alejado de quienes les votan y les pagan, y a quienes deben servir. 

Esta es una de las veces en que se ha mostrado más claramente la separación entre la España oficial, de futuro asegurado, y la España real, de futuro más que oscuro. Y mientras la clase política, especialmente los dos grandes partidos, nos ha obsequiado con una campaña electoral de lo más soporífero, además de larga (llevamos ocho años en campaña electoral permanente), en esas plazas, en corrillos y asambleas, se respira vitalidad, desinteresada afición por la política, discusión abierta, intercambio de ideas e imaginación, que muestran dónde está la vida y dónde la burocracia, donde está la sociedad real y dónde la imaginada en encuestas y sondeos, que es la que sirve de referencia a los políticos.
No sabemos en qué acabará todo esto, nadie sabe con anticipación cómo y cuándo termina un movimiento social; tampoco lo sabían los parisinos en 1968 ni los afroamericanos que en Estados Unidos exigían derechos civiles, ni las mujeres que exigían el derecho a abortar, pero es bueno que los jóvenes hayan empezado a moverse. Y no sólo protestan y denuncian, sino que tienen una larga lista de propuestas -un programa más concreto que el de Rajoy y más completo que el de Zapatero-, pero en estas vísperas electorales es apropiado destacar algunos de los cambios políticos que proponen: reformar la ley electoral para que el sistema sea realmente proporcional, listas abiertas y limpias de corruptos, una justicia realmente independiente, sin jueces más que amigos, ni magistrados que actúan al dictado de quien los nombró... No es para asustarse; es lo que pediría cualquier demócrata convencido, que fuera una persona decente.
No es de extrañar que la derecha esté nerviosa.

Nueva Tribuna, 20 de mayo de 2011.