No es que haya querido hacer algo especial en esta fecha tan dicotómica, en la que parte de la población celebra una historia de España tan falseada como la de la otra parte, que no la celebra sino que la padece.
Son dos historias falsas, que expresan posiciones políticas enfrentadas: la leyenda blanca (o azul), que dibuja un país civilizador, evangelizador, generoso y sin mácula, y la leyenda negra, en la que nada hay destacable, salvo el culto a la muerte.
No me voy a extender en argumentos que ya he dado en los artículos "América y la España eterna" 1 y 2, publicados en la revista "El viejo topo" nºs 376 y 377, en mayo y junio de este año, pero sí aportar unos datos que matizan ese manido genocidio perpetrado por los españoles en América.
Y en el día de la Hispanidad, en vez de sumarme a alguno de los dos bandos, pues discrepo de lo que ambos afirman, me he acercado, con una de mis hijas, al Museo de América.
Después de entretenernos en la sala de la cartografía, pues sin tener en cuenta la geografía es difícil hablar del tema del descubrimiento -sí, descubrimiento- de América, no sólo por España, sino por Europa, por África y por Asía, nos hemos dirigido a la parte de la exposición dedicada a la población y de allí hemos sacado las fotografías, que adjunto, sobre la población en América Latina y América del Norte a principios del siglo XIX.
Espero que les gusten, pero sobre todo, no dejen de visitar el museo, que es el mejor antídoto contra la infección mental provocada por las falsas leyendas.
Mostrando entradas con la etiqueta Patria. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Patria. Mostrar todas las entradas
sábado, 12 de octubre de 2019
jueves, 20 de septiembre de 2018
El valle de lágrimas
Crónica serrana:
Para espanto de algunos amigos, el domingo pasado
me planté, con un par…., en el Valle de los Caídos. Era un día luminoso y con
buena temperatura, que invitaba a acercarse a la sierra, a tomar el sol casi otoñal
y respirar aire limpio.
Ya había estado antes en Cuelgamuros
(“Cuelgaduros”, decían los bromistas), de adolescente con el “cole” y de adulto
con colegas, profesores extranjeros que se quedaban con la boca abierta al ver aquel
obrón y conocer lo que significaba, y no es para menos. Así, que, a pesar de
las reticencias de mi santa esposa, que al final accedió a acompañarnos, llevé
a mis hijas a verlo.
No tengo ninguna simpatía por Franco ni por su
régimen, pero el Valle de los Caídos, además de un excesivo mausoleo que indica
la adoración del dictador hacia sí mismo
y el deseo de pasar si no a la eternidad, por lo menos, a la historia, es una dramática
metáfora de este país, que revela una parte no precisamente buena de nuestro
pasado, y todavía de nuestro presente. Y pensé que mis hijas lo debían conocer.
Recordaba, de otras veces, la enorme,
omnipresente, cruz de 150 metros de altura en la cima del risco de la Nava, signo
del poder de la Iglesia, presidiendo todo el valle y debajo, en el frontispicio,
encima del pórtico, la escultura de una virgen, y sobre todo madre, cubierta la
cabeza y sosteniendo el cuerpo inerte de su hijo, un Cristo de 12 metros de
largo; una “Piedad” de piedra gris, obra de Juan de Ávalos, de la misma factura
que las colosales esculturas de los cuatro evangelistas (18 metros de altura
cada uno), en la base de la cruz, y un poco más arriba, adosadas al fuste, las
virtudes cardinales -prudencia, justicia, fortaleza y templanza-, que mucho
escasearon en aquel régimen tan católico y tan dado a los extremos.
Traspasado el umbral y rebasada la reja y las
hornacinas con los dos ángeles guardianes de bronce, que a izquierda y derecha
parecen custodiar la entrada espada en mano, se accede a la nave central, que sigue
tan débilmente iluminada como antes, con luces que generan alargadas sombras,
que acentúan el ambiente tenebroso y refuerzan el estilo imperial y mortuorio
del recinto.
No obstante, en esta ocasión el ambiente
solemne y recogido, proporcionado por la estructura, la simbología, la
decoración y las mortecinas luces, estaba neutralizado por el constante ir y
venir de la gente.
Se veían algunos nostálgicos por la reverencia
con que se acercaban a las tumbas de Franco y de José Antonio, algunos con
banderas -pocos-, muchos curiosos, gente joven con indumentaria veraniega y
familias con niños. Era difícil aproximarse a las tumbas de José Antonio, la
primera, delante del altar, muy sobrio, y de Franco, detrás, rodeadas por
decenas de personas que pretendían retratarlas o hacerse una foto junto a ellas
-un “selfie” histórico-.
Sobre el altar, se alza la cúpula decorada con
un mosaico de figuras cuyo estilo es reconocible en iglesias construidas en los
años cincuenta. El mosaico tiene como centro la figura bizantina de un
“Pantocrátor”, rodeado de un grupo de santos y mártires españoles, y, en la
parte opuesta, la Asunción de la Virgen, llevada al cielo por unos ángeles
desde la cima de la montaña de Montserrat, por voluntad de su autor, el catalán
Santiago Padrós. Rodean a la Virgen un grupo de civiles, religiosos y militares
caídos en la guerra civil. Todo ello poblado con ángeles de grandes y
puntiagudas alas. A izquierda y derecha del altar hay dos capillas desde las
que se accede a los columbarios.
El monumento fue ideado por Franco para
conmemorar la victoria en la guerra civil y enterrar con honores a quienes
habían muerto combatiendo en el bando de los sublevados, pero en 1957 se
decidió convertirlo en un monumento a todos los caídos y enterrar allí sin
distinción, ni separación física, a los muertos de ambos bandos. Unos 33.000
allí reposan, juntos y revueltos, después de haberse matado en vida.
Una locura, pero algo
hemos avanzado: ahora las dos España entran en liza por un quítame allá esos
“másteres”.
jueves, 16 de noviembre de 2017
Azaña. Catalanismo
Good morning, Spain, que es different. Bon matí.
Sobre la utilización política
del nacionalismo, (Companys) me digo algo muy singular: Había que exaltar el
ideal patriótico de Cataluña, como fuerza unificadora de los catalanes, para
contrarrestar la escisión de las clases. Pudiera creerse que Companys se
hallaba en las menguadas posiciones de quienes se imaginan que un problema de
carácter general, permanente, cambia de carácter y de valor con estrechar los
límites geográficos dentro de los que se plantea. Sobre todo, si en el área así
marcada vive un pueblo a quien se le hace creer en su condición privilegiada,
excepcional. Por ese camino parecía echar Companys.
Lo
mismo de su país piensan los nacionalistas vascos. De creerlos, allí no hay
lucha de clases; ni existe motivo para que la haya, de tan <patriarcales>
que son. Naturalmente, los empresarios salen ganando. No podía ser esa la intención
de Companys, que, personalmente y por su partido, ha procurado dejar siempre
muy borrosas las fronteras políticas con el proletariado. Es preciso estar
habituado al ejercicio de traducir, al lenguaje común y claro, las
tergiversaciones y sobreentendidos de la política barcelonesa. Detrás de
aquella exaltación del patriotismo catalán, para contener las escisiones de
clase, había la necesidad y la dificultad de imbuir el catalanismo en la
porción más numerosa del proletariado de Cataluña. Otros han dicho más
claramente: <Hay que catalanizar el campo>. Es decir, que tanto el
campesino como el obrero industrial fuesen, antes que marxistas o
sindicalistas, nacionalistas. Antes que Marx o Sorel o Bakunin, Ramón Berenguer
IV o Maciá…
Manuel Azaña: “Cuaderno de La Pobleta (1937)”, Memorias políticas y de guerra (II), Barcelona,
Crítica, 1978, p. 132.
miércoles, 11 de octubre de 2017
¿Español? Sí.
Has puesto la cosa interesante, Josegabriel Zurbano, y estoy de acuerdo contigo pero vayamos por partes. Un país no son sólo sus leyes, ni su aparato jurídico y político, ni su Carta Magna; es más cosas, su historia, sus tierras, sus paisajes, sus gentes, sus costumbres, sus tradiciones, su gastronomía y, claro está, su riqueza y sus oportunidades de vida. No siempre coinciden unas cosas y otras. Por ejemplo, España por su ubicación geográfica, su clima, sus tradiciones y sus gentes, acogedoras y en general amables y abiertas, es un buen sitio para vivir, lo dicen todos los extranjeros, que están de paso o jubilados pero no están obligados a vivir aquí de su trabajo. No voy a decir con esto que me siento español porque me gusta la paella, como me gusta la butifarra, el bacalao al pil pil, el pulpo a feira, las migas con chorizo o el pescaíto frito, y me gustan la mayoría de sus regiones, salvo aquellas en que son excluyentes y hacen que me sienta como un extraño en mi propio país, tan mío como de Rajoy, ojo.
Me siento excluido y poco español en lo referido a la riqueza colectivamente producida y desigualmente repartida, a la falta de oportunidades, no de hacer negocios, que es en lo que piensa la derecha, sino simplemente para vivir con dignidad que padecen muchas personas; a la dificultad de encontrar un empleo digno y bien pagado y más aún, de conservarlo, a las dificultades para tener y educar hijos (las bajas tasas de natalidad y fertilidad hablan de ello); a las dificultades para innovar, cambiar, experimentar, inventar e investigar y así sucesivamente.
Este es un buen país salvo cuando se habla de economía y de política, y ahí te doy la razón; el sistema representativo está sesgado, es poco democrático, la gobernación es opaca y el parlamento no cumple las funciones de control del Ejecutivo que debería y la Constitución está leída de forma interesada y se aplican unos artículos y otros son papel mojado, pero es lo que tenemos. No hablo de mantenerlo tal cual, y muchos menos de abandonarlo a manos de nuestros incompetentes y corruptos gestores, sino de reformarlo profundamente, para acercar las condiciones de vida y trabajo de la mayoría de la población a las posibilidades vitales que ofrece el clima y la situación geográfica.
Yo no renuncio a este país, que es tan mío como de la derecha más recalcitrante, y eso que no poseo latifundios, ni empresas, ni bancos ni nada por el estilo, no lo poseo materialmente, pero lo considero tan mío, que no quiero que me lo roben los que lo administran en su casi exclusivo provecho, ni los que no miran por su futuro, ni se ocupan de los problemas a largo plazo o son serviles ante terceros países. Ni tampoco los que lo quieren dividir, pensando en que como este país parece irreformable, lo mejor es dividirlo, repartirlo y que cada cual se arregle como pueda a ver si consigue mejorar. Por eso no soy separatista, y soy contrario a la secesión de Cataluña, como lo sería de Andalucía o de Madrid, porque pienso que este país, a pesar de su historia aciaga, con sus muchas dificultades para insertarse en la edad moderna, tiene solución y esa solución sólo puede venir de la izquierda, no de la derecha que lo lleva parasitando desde hace al menos dos siglos, pero de una izquierda que mire por todo el país, que lo vea en conjunto, que piense en soluciones globales y a largo plazo, no en tácticas a corto y en enredarse por partes o regiones. Hay que recuperar este país, con los signos que son de todos, y que le hemos regalado simbólicamente a la derecha, aunque materialmente lo considera suyo en exclusiva.
Me siento excluido y poco español en lo referido a la riqueza colectivamente producida y desigualmente repartida, a la falta de oportunidades, no de hacer negocios, que es en lo que piensa la derecha, sino simplemente para vivir con dignidad que padecen muchas personas; a la dificultad de encontrar un empleo digno y bien pagado y más aún, de conservarlo, a las dificultades para tener y educar hijos (las bajas tasas de natalidad y fertilidad hablan de ello); a las dificultades para innovar, cambiar, experimentar, inventar e investigar y así sucesivamente.
Este es un buen país salvo cuando se habla de economía y de política, y ahí te doy la razón; el sistema representativo está sesgado, es poco democrático, la gobernación es opaca y el parlamento no cumple las funciones de control del Ejecutivo que debería y la Constitución está leída de forma interesada y se aplican unos artículos y otros son papel mojado, pero es lo que tenemos. No hablo de mantenerlo tal cual, y muchos menos de abandonarlo a manos de nuestros incompetentes y corruptos gestores, sino de reformarlo profundamente, para acercar las condiciones de vida y trabajo de la mayoría de la población a las posibilidades vitales que ofrece el clima y la situación geográfica.
Yo no renuncio a este país, que es tan mío como de la derecha más recalcitrante, y eso que no poseo latifundios, ni empresas, ni bancos ni nada por el estilo, no lo poseo materialmente, pero lo considero tan mío, que no quiero que me lo roben los que lo administran en su casi exclusivo provecho, ni los que no miran por su futuro, ni se ocupan de los problemas a largo plazo o son serviles ante terceros países. Ni tampoco los que lo quieren dividir, pensando en que como este país parece irreformable, lo mejor es dividirlo, repartirlo y que cada cual se arregle como pueda a ver si consigue mejorar. Por eso no soy separatista, y soy contrario a la secesión de Cataluña, como lo sería de Andalucía o de Madrid, porque pienso que este país, a pesar de su historia aciaga, con sus muchas dificultades para insertarse en la edad moderna, tiene solución y esa solución sólo puede venir de la izquierda, no de la derecha que lo lleva parasitando desde hace al menos dos siglos, pero de una izquierda que mire por todo el país, que lo vea en conjunto, que piense en soluciones globales y a largo plazo, no en tácticas a corto y en enredarse por partes o regiones. Hay que recuperar este país, con los signos que son de todos, y que le hemos regalado simbólicamente a la derecha, aunque materialmente lo considera suyo en exclusiva.
miércoles, 4 de octubre de 2017
Larga estancia en la Generalitat
Para entender lo ocurrido en Cataluña no basta
con fijarse, claro está, en los sucesos, en particular en los más recientes o
en los acaecidos en los dos últimos años, bajo la presidencia de Puigdemont, que siendo importantes representan sólo la culminación de un proceso largo en
el tiempo.
Uno de los factores que ayudan a explicar mejor
lo ocurrido es la dilatada permanencia del principal partido de la derecha
catalanista al frente de la Generalitat.
Jordi Pujol (CiU) fue presidente de la
Generalitat desde 1980 hasta 2003. Pascual Maragall (PSC) presidió el Gobierno
tripartido (PSC, ERC, ICV-EUiA) entre 2003 y 2006, año en que fue relevado por
José Montilla (PSC), que permaneció hasta 2010, cuando CiU recuperó el Govern
con Artur Mas, que se mantuvo hasta 2016, relevado por Carles Puigdemont.
Es decir, de los 37 años transcurridos entre
1980 y 2017, la derecha hegemónica ha gobernado 30 años; sólo ha dejado de
gobernar durante los siete años del Govern Tripartit, que estuvo sometido a la
presión nacionalista de ERC desde dentro y de CiU desde fuera.
Esta prolongada estancia en las instituciones
ha permitido planificar la política a largo plazo, y una de las orientaciones
más persistentes ha sido ir dando forma a la sociedad catalana según el ideario
nacionalista a través de la enseñanza y del control de los medios de
información públicos pero también privados, hasta configurar un régimen de
propaganda que en los últimos años ha condenado al silencio cualquier opinión
discrepante y ha hecho del nacionalismo el único pensamiento culturalmente
posible y el único sentimiento de lealtad política públicamente aceptable.
La persistencia de esta presión a lo largo del
tiempo explica en buena parte el aumento de la desafección hacia España. En
1997, el 11% de los ciudadanos catalanes se sentía sólo miembro de su comunidad
autónoma. En 2007 este sentir había subido al 17,5%, y un 21% era favorable a
reconocer la posibilidad de ser un país independiente. En septiembre del 2015,
el sentimiento de pertenencia exclusiva era del 22% y un 46% estaba defendía la
posibilidad de que Cataluña fuera un país aparte. En las elecciones llamadas
“plebiscitarias” (27/9/2015), los partidos independentistas obtuvieron el 48%
de los votos válidos.
Premiados por la ley electoral con una
desproporcionada representación parlamentaria, los partidos nacionalistas han
mantenido, por un lado, el doble juego de “apoyo al gobierno y distancia al
Estado”, es decir, ofrecer un apoyo condicionado al Gobierno central, fuere del
PSOE o del PP, y al mismo tiempo guardar distancia respecto al Estado español;
una distancia más aparente que real, pues las instituciones políticas catalanas
forman parte de él, pero el ardid ha dado como resultado que muchos catalanes
estimen la Generalitat como una institución propia, opuesta al (oprobioso)
Estado español.
Por otro lado, han mantenido
un oportuno victimismo, que ha sido el pretexto para tensar siempre la cuerda
con nuevas e insaciables demandas, hasta hoy, en que parece que se han acabado,
porque han decidido tomar por su cuenta lo que creen que les pertenece.martes, 3 de octubre de 2017
Mal, muy mal
Por aludir solamente a lo más reciente y, en
definitiva a lo accidental, mal, muy mal me parece lo sucedido el pasado
domingo. Mal por todas partes.
Mal por parte de la Generalitat, al mantener la
convocatoria de un referéndum que estaba prohibido, que el 61% de los
ciudadanos admite como no válido, y al animar a la gente participar. Mal por
parte de quienes se pusieron de perfil para participar en lo que llamaron una
“movilización”. Y mal, muy mal, por parte del Gobierno, al utilizar a las
fuerzas del orden para impedir un refrendo que era ilegal en su irregular
tramitación parlamentaria, en su chapucera ejecución, carente de las mínimas
garantías democráticas, y en su propósito, que era buscar respaldo social a la autodeterminación,
con un acto que excede las competencias de la Generalitat.
El ilegal refrendo realizado sin intervención
de la fuerza pública hubiera carecido igualmente de validez, pero se habrían
evitado actuaciones violentas, con más de 800 heridos de diversa consideración
(se desconocen los hospitalizados), recogidas en fotografías que producen
sonrojo, porque recuerdan tiempos pasados, y publicadas en la primera plana de
muchos periódicos nacionales y extranjeros. En cualquier caso, deben depurarse
las responsabilidades en los casos donde haya habido excesos y el Gobierno debería
deponer de su cargo al ministro del Interior, último responsable político de la
desafortunada operación.
El Gobierno central tendría que haber
intervenido antes, cosa difícil teniendo al frente a Rajoy, incapaz de hablar e
incapaz de hacer, antes de intentar impedir por la fuerza las votaciones que
pudieran producirse en los hipotéticos lugares donde los activistas, que
demostraron organización e imaginación, hubieran podido esconder las urnas,
pues era como buscar agujas en un pajar.
El de Rajoy era un intento vano, además
insensato por las reacciones que hubiera podido producir y que finalmente ha
producido, y que le ha colocado en el lugar donde quería Puigdemont: mostrando
la cara más hosca del Gobierno de España, que es la represión desatada por cuerpos
armados llegados desde fuera de Cataluña.
En su día, tampoco Zapatero estuvo acertado,
pues el momento de intervenir hubiera sido en septiembre de 2009, cuando el
Ayuntamiento de Arenys de Munt realizó una consulta de ámbito municipal, ilegal
y no vinculante, con una pregunta trampa -¿Está de acuerdo en que Cataluña se
convierta en un Estado de derecho, independiente, democrático y social,
integrado en la Unión Europea?”- cómo podía haber preguntado si era partidario
de que lloviera a gusto de todos.
La iniciativa fue del concejal de la CUP,
apoyada por los 4 concejales del grupo local Arenys de Munt 2000, 3 de ERC y 3
de CiU. La consulta recibió el apoyo de casi 90 personalidades de la vida
pública catalana, entre ellos Pascual Maragall y algunos militantes del PSC, y
por supuesto de CiU, ERC, la CUP y de Iniciativa per Catalunya-Verds. Los concejos
de casi doscientas localidades catalanas se mostraron dispuestos a repetirlo y
sirvió de experiencia para montar el “refrendo” del 9 de noviembre de 2014,
simulacro de infausta memoria, que costó 13 millones de euros, que tardíamente
se reclaman a los organizadores, entre ellos a Artur Mas, que anda pidiendo
solidaridad para reunir la parte del dinero que le toca aportar.
Desde entonces no ha cesado el desafío, que,
entre bromas y veras, ha ido creciendo y sumando apoyos, pues desde la
Generalitat y sus organizaciones afines se ha sembrado la impresión de que de
partir un país -la odiosa España- y crear otro a voluntad de los promotores es
una fiesta callejera de banderas y camisetas de colores, y que desafiar a un
Estado (presuntamente) opresor es un es un juego en que hacerse el valiente sale
gratis.
Y muchas personas, en particular jóvenes, que
no conocieron el régimen de Franco ni las convulsiones de la Transición,
imaginan que están luchando alegremente contra una dictadura, pero conservando
todos los derechos, incluso los ejercidos en exceso contra los de conciudadanos
suyos que no comulgan con las mismas ideas.
Mucha gente ha creído el relato feliz de los
beneficios sin cuento que traerá la independencia y el cuento no menos feliz de
lo fácil que iba a ser llegar a ella. Y lo han creído a pesar de la intención
de los propios mandamases de ignorar la legalidad. Ya advirtió Artur Mas, en su
investidura como President, en 2012, que “ponía rumbo de colisión” con el
Gobierno central y después ha afirmado que se trata de ir “más allá de la legalidad”
y de “poner al Estado contra las cuerdas”. Y lo mismo ha hecho Puigdemont,
apoyado por Junqueras y azuzado por la CUP.
Lo que también ha sucedido, es que por parte
del Gobierno de Rajoy no había respuesta, salvo que, ante cada paso que dado por
los independentistas, sonaba la voz de la grabadora que decía que se aplicaría
la ley, pero como la ley no se aplicaba, o se aplicaba “pero flojito”, como
diría Gila, cundía la sensación de que la impunidad era el premio de los
osados. Hasta el domingo.
¿Se puede desafiar la legalidad?, Claro, no
seré yo quien lo niegue. ¿Se puede ser rebelde y desafiar al Estado? Por
supuesto; muchas personas lo asumieron durante la dictadura y la Transición
para llevar lo más lejos posible las reformas del cambio de régimen, pero
sabían a lo que se exponían y estaban dispuestas a arrostrar las consecuencias.
En todo este asunto del “procés”, mucha gente
con escasa cultura política y poca información y quizá con una visión bastante
deformada de la historia de Cataluña y de España no sabía bien donde se estaba
metiendo y creía de buena fe que desafiar la fuerza del Estado era un alegre
ejercicio de ciudadanía que sólo podía reportar ventajas. Se les puede
disculpar.
Quienes carecen de
cualquier disculpa, y a quienes sus ciudadanos deberán exigir que asuman sus responsabilidades, son los patrocinadores de esta aventura, porque ellos, como
profesionales de la política y familiarizados con el ejercicio del poder, sí lo
saben. viernes, 29 de septiembre de 2017
Pereza
Good morning, Spain, que es different
No
me gustan los escraches, ni las presiones, ni los actos chulescos, ni los
insultos cruzados entre partidarios y detractores del referéndum, en Cataluña y
fuera de ella, así que cuando leo y veo que en varias ciudades grupos de
personas han despedido con aplausos, gritos de “a por ellos” y banderas
nacionales (constitucionales), y en algún caso con presencia de mandos oficiales,
a los policías y guardias civiles que han sido enviados a Cataluña, pienso si
no nos habremos vuelto locos, porque no entiendo las razones de tales “homenajes”.
¿Son acaso enviados a una misión peligrosa? ¿Van a conquistar otro país? ¿Son los
independentistas catalanes delincuentes a los que hay que atrapar?
¿A
quién se le ha ocurrido esta idea de casquero?, con perdón de los casqueros, o ¿es
el resultado de actos espontáneos en un clima de opinión que favorece la
insensatez colectiva? Si es así, qué mal estamos.
Al
ver las fotos, de pronto me he acordado de gritos como aquel de “Pujol, enano,
habla castellano”, que tanto han hecho por emponzoñar el problema, con
independencia de las cuentas que tenga pendientes la familia Pujol con la administración
de justicia.
Los
policías y guardias civiles que se han enviado a Cataluña no son los tercios de Spínola que iban al norte a impedir
que en Flandes se pusiera el sol, por utilizar el título de la obra teatral del
catalán Eduardo -Eduard- Marquina. Un disparate, los gritos y las banderas no
la obra de teatro, aunque en todo este asunto del refrendo y del “procés” hay
mucho de teatral, de impostación, de estudiada gesticulación por todas partes. Y
un exceso de banderas y de banderías. Y dentro de esta lógica, en un gesto de
ampuloso patriotismo, desde el PP de Madrid se pide una jura de bandera
multitudinaria, como respuesta al referéndum del 1 de octubre.
Pero
hombre, o mujer, pues no sé de quién ha sido la idea, déjense de juramentos y
den más argumentos, a los que se quieren separar y a los que no queremos que
haya separación alguna, porque hasta ahora, por parte del Gobierno y del Partido
Popular, han faltado razones políticas, económicas, culturales, sociales,
artísticas, deportivas o geoestratégicas en favor de la permanencia de Cataluña
en España. Se diría que no las tienen, pero a mucha gente ya no le basta con la
vieja retórica de la unidad de España fundada en la gesta de Don Pelayo, la Reconquista,
América, Lepanto y el imperio donde no se ponía el sol.
El patriotismo de hoy debería
estar fundado en razones más actuales, que en el PP no se ven por parte alguna.
Y conformarse con el argumento de la salida de Cataluña de la Unión Europea, me
parece pobre y cómodo, porque se hace descansar la defensa de lo que se
considera un bien nacional en la opinión de terceros países. Lo dicho, percibo
mucha pereza entre estos patriotas.
lunes, 17 de abril de 2017
Universos
A propósito de un post de Pepa Labrador.
En realidad pertenecemos a varios "universos", o quizá sean burbujas en las que estamos metidos: una familia, con sus relaciones específicas, sus usos, sus gustos, sus modos y sus giros lingüísticos; su pequeña historia y su tradición, que depende de otro universo un poco más amplio, el pueblo, el barrio, la comarca, también con sus costumbres, sus productos, sus hábitos alimentarios y sus tradiciones festivas, culinarias, productivas y de ocio, su culto y su particular uso de la lengua y del calendario. Después pertenecemos a otro "universo" mayor -la región o la comunidad autónoma- y finalmente a un país, también con sus peculiaridades de tipo general por encima de los rasgos locales.
Vivimos en todos esos universos a la vez, transitando de unos a otros sin parar y con suma facilidad, a no ser que existan barreras de género, de clase, de raza o religión que lo impidan. Con frecuencia el nacionalismo es una de estas barreras que hacen difícil un tránsito que debería ser fácil en vez de traumático,
En realidad pertenecemos a varios "universos", o quizá sean burbujas en las que estamos metidos: una familia, con sus relaciones específicas, sus usos, sus gustos, sus modos y sus giros lingüísticos; su pequeña historia y su tradición, que depende de otro universo un poco más amplio, el pueblo, el barrio, la comarca, también con sus costumbres, sus productos, sus hábitos alimentarios y sus tradiciones festivas, culinarias, productivas y de ocio, su culto y su particular uso de la lengua y del calendario. Después pertenecemos a otro "universo" mayor -la región o la comunidad autónoma- y finalmente a un país, también con sus peculiaridades de tipo general por encima de los rasgos locales.
Vivimos en todos esos universos a la vez, transitando de unos a otros sin parar y con suma facilidad, a no ser que existan barreras de género, de clase, de raza o religión que lo impidan. Con frecuencia el nacionalismo es una de estas barreras que hacen difícil un tránsito que debería ser fácil en vez de traumático,
viernes, 7 de octubre de 2016
No es una nación
A) Cataluña no
es una nación.
B) En realidad,
los nacionalistas tienen un proyecto de nación, hecha a su imagen y semejanza, pero
la están construyendo, y lo hacen desde las instituciones del Estado que
detestan y con fondos públicos que no son sólo catalanes ni de los partidos
nacionalistas. Se cumple el aserto de Anthony Smith[1] de
que primero es el nacionalismo y luego viene la nación.
C) El proyecto
de construcción nacional está muy avanzado, no obstante se muestra incapaz de
convencer a más de la mitad de los votantes. Pero los nacionalistas tienen
prisa, porque el movimiento secesionista parece haber llegado a su techo.
D) Con una
declaración unilateral de independencia, llevada a cabo por la vía que sea, los
nacionalistas pretenden evitarse el trabajo de convencer al 50% no nacionalista
de las ventajas de su proyecto y han decidido imponer un hecho consumado. Así,
los no nacionalistas quedarían vencidos, pero no convencidos, por el referéndum,
o lo que fuere.
E) Los
nacionalistas afirman que obtener un resultado favorable a sus tesis que supere
el 50% de los votos emitidos en un referéndum es suficiente para declarar la
independencia.
F) Pero, en
buena lógica matemática, que es la que aducen los nacionalistas, (pero que no
siguen, véanse los resultados del referéndum de cartón y de las elecciones “plebiscitarias”),
a ese parco resultado le correspondería declarar la independencia de la mitad
de Cataluña (a elegir), por lo tanto, el elevado porcentaje de ciudadanos opuestos
a la secesión quedaría como rehén de los nacionalistas en el nuevo país.
G) La mitad del país prisionera de la otra parte. Buen comienzo para la
nueva república
[1] Anthony
D. Smith: “Las teorías del nacionalismo” (Península, 1976); “Nacionalismo”
(Alianza, 2004); “Nacionalismo y modernidad” (Istmo, 2000).
lunes, 4 de julio de 2016
Patriota
John Carlin encabeza el artículo "La hora de las mujeres" (El País, 4-7-2016) con una cita atribuida comúnmente a Samuel Johnson: "El patriotismo es el último refugio de un canalla", que, por más que la he buscado no he podido hallar. En "El patriota. Discurso a los electores de Gran Bretaña" (1774), el Doctor Johnson elogia, con buen sentido, las actitudes del buen patriota ("Patriota es el hombre cuya conducta pública está sometida a un principio único: el amor a su país; quien, en su actividad parlamentaria, no alberga esperanzas o temores personales ni aguarda favores o agravios, sino que todo lo somete al interés común") y previene contra los malos patriotas ("El verdadero amigo de su patria se apresta a manifestar sus temores y dar la voz de alerta en cuanto detecta la inminencia de una amenaza, pero lo que nunca hace es tocar a rebato en ausencia de enemigos, o infundir temor entre sus compatriotas sin motivo"). Para Johnson los malos patriotas son los amigos de los bostonianos: "No será patriota quien justifique los ridículos derechos de los usurpadores americanos y pretenda desposeer a la nación de la autoridad legal y natural que esta ejerce sobre sus colonias". Pero en dicho artículo no hay rastro de la famosa cita, que creo tiene su origen en el guión de Stanley Kubrik y Jim Thompson de la película "Senderos de gloria".
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)

