Los depresivos y deprimentes Presupuestos Generales
-un recorte de 27.000 millones de euros y otro adicional de 10.000 millones en
educación y sanidad- y las precipitadas decisiones de última hora confirman las
líneas maestras de las reformas acometidas por el Gobierno desde el mes de
diciembre.
El goteo de
declaraciones, desmentidos, rodeos y eufemismos de los ministros; las fugas,
silencios y lacónicas apariciones de Rajoy, y las decisiones que desde la
oposición dijeron que nunca tomarían, no deben dar la impresión de que el
Gobierno, al cebar la recesión, no sabe a dónde va. Quizá no tiene un programa
muy claro para salir de ella, pero en la reconfiguración social del continente
decidida por la derecha europea al amparo de la crisis, Rajoy, a pesar del
amago soberanista con el fracasado intento de reducir el déficit de 2012, ha
asumido su condición subalterna y trata de cumplir en España la parte que le
toca.
Para la
derecha europea, y para el Partido Popular, es importante aprovechar la ventaja
que ofrece la actual coyuntura y la situación de desconcierto de los ciudadanos
para decidir, desde ahora, el orden social que ha de surgir de la superación de
la crisis. Con medidas excepcionales, hoy están preparando no sólo la salida de
la crisis en un próximo mañana, sino la aplastante victoria sobre las clases
populares que desean obtener pasado mañana, acercando el sur de Europa a las
condiciones laborales del tercer mundo y tratando a la vez de imponer un
retroceso importante en derechos democráticos.
Esta
estrategia tiene dos líneas de actuación, que corresponden a las dos “almas”
(son católicos) del PP -la neoliberal y la conservadora-, que muestran la
cercanía a otros partidos conservadores, en particular el Partido Republicano
de EE.UU., pero también las rancias peculiaridades de la derecha española.
La estrategia económica, sugerida por el “alma”
neoliberal, tiene por objeto defender los intereses del capital privado, en
especial de las mayores fortunas, en detrimento de las necesidades e intereses
de los trabajadores y las clases populares, a los que van destinados los
mayores recortes. A pesar de las declaraciones, el Gobierno trata de aumentar
el desequilibrio existente entre las fuerzas sociales del capital y las del
trabajo fortaleciendo la posición de los empresarios, únicos creadores de
riqueza, y debilitando la de los trabajadores, considerados un apéndice de la
actividad de los primeros. La agresiva reforma laboral, que aumenta la
capacidad de las empresas para cambiar de modo unilateral la relación laboral,
la anunciada del Código Civil para limitar el derecho de manifestación y la
intención de restringir el derecho de huelga responden a este propósito.
Al recortar
derechos para disciplinar la fuerza de trabajo, el Estado cede a los
empresarios parcelas importantes de su función organizadora y coercitiva, que
dejan de ser privilegio público en manos del poder legítimo para ser ejercidas
de modo discrecional por particulares.
Las clases
populares resultan también afectadas por los recortes de gasto que afectan a
los servicios y prestaciones del Estado, de los cuales son los principales
beneficiarios. Junto con la sanidad, la educación, la asistencia a dependientes
y la cohesión social, los recortes afectan también a los fondos dedicados a
investigación, desarrollo e innovación, que son las claves para el crecimiento
económico en el futuro. Es decir, recortes para hoy y miseria para mañana.
El Gobierno no aborda la medida más urgente ante la
crisis, que es la reforma del sector financiero. Lo que suscita la desconfianza
de los “mercados” y las autoridades de la Unión Europa, pues mientras bancos y
cajas de ahorros no regularicen los balances engordados con activos ficticios,
seguirán engullendo ingentes cantidades de dinero del Banco Central Europeo
para mostrar un aparente saneamiento. Fondos que no sirven para reactivar el
aparato económico a través del crédito concedido a empresas y a particulares,
sino para especular invirtiendo en deuda del Estado, que a su vez sangra a los
ciudadanos para enjugarla. Lo cual no evita la depreciación de millones de
viviendas terminadas, a medio construir o procedentes de desahucios, ni del
suelo previsto para edificar y carente de valor en el mercado, que figuran en
los balances de los bancos. Y mientras esa reforma no se aborde, la
desconfianza de los socios europeos está asegurada, diga lo que quiera Rajoy.
Respecto a
los ingresos del Estado, las intenciones del Gobierno quedan igualmente
desveladas por la política fiscal. Contra lo afirmado en campaña, una de las
primeras medidas adoptadas fue subir el Impuesto de Bienes Inmuebles (IBI) y
modificar el IRPF, un impuesto muy gravoso para las rentas del trabajo, que
aportarán 4.200 millones de los 6.200 previstos. Con la reforma del impuesto de
sociedades se prevé recaudar 5.350 millones.
El Gobierno
ha renunciado a gravar las grandes fortunas y respeta el paraíso fiscal de las
SICAV, y, a pesar de lo declarado, renuncia a perseguir el fraude fiscal, que,
según técnicos de Hacienda, se estima en 88.000 millones de euros; 58.000
millones a la Agencia Tributaria y 30.000 a la Seguridad Social. Llevado por la
prisa, el Gobierno espera recaudar 2.500 millones de euros, obtenidos del
modesto gravamen del 10% impuesto a quienes saquen a la luz algo de lo que
tienen escondido o expatriado. Lo que equivale a una amnistía fiscal a los
defraudadores.
Inspirado en
el credo neoliberal -Estado mínimo y Mercado máximo-, el programa del Gobierno
es deliberadamente desigualitario. El Estado se hace mínimo en lo social y
abandona a los económicamente más débiles para hacer de paladín de los fuertes,
con lo cual favorece la supervivencia de los más aptos, que no necesariamente
son los mejores, sino con frecuencia los peores. Es la ley de la jungla adoptada
como orientación estratégica por un gobierno católico.
En resumen,
en sus primeros cuatro meses de gobierno, el Partido Popular ha confirmado los
peores augurios sobre la agenda que celosamente ocultó en la campaña electoral,
al mostrar su manera de actuar -autoritaria y opaca- y sus preferencias: dar
coba a Berlín, obedecer a Bruselas, proteger a los ricos, enriquecer a los
banqueros, empobrecer a las clases medias, satisfacer a la patronal,
disciplinar a los trabajadores, olvidar a los más débiles, contentar a la
Iglesia, amparar a los corruptos, amnistiar a los defraudadores, desprestigiar
a los sindicatos y seguir criticando al PSOE por la herencia recibida. Y en la
calle, ley y orden.
nuevatribuna.es | 21 Abril 2012
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