La Iglesia es una institución opaca, que administra misterios. Su existencia está marcada por el secreto, convertido también en sacramento -la confesión-, tanto en lo referido a la formulación de los dogmas sobre su privilegiada relación con la divinidad, como al modo de funcionar para perpetuarse como organización humana. Junto a los referidos a su situación financiera y a las intrigas por ejercer su extenso poder, entre los secretos mejor guardados están los relativos a las flaquezas humanas de sus miembros, especialmente de las altas jerarquías nacionales y la curia vaticana. Por ello no ha chocado su reacción ante los casos de pederastia descubiertos en EE.UU., México, Holanda, Irlanda, Alemania, Austria y Australia, que han ido apareciendo en los medios de información.
Una demencial campaña de
desprestigio, según el Papa, quien afirma que las mezquinas habladurías no van
a intimidarle, pero no se trata de intimidarle, que, en reciprocidad, no
estaría de más, dado que la intimidación es una práctica que acompaña desde
hace siglos al papado, sino de exigirle que actúe como corresponde a la
altísima autoridad moral que dice ostentar.
La
salida a la luz pública de miles de casos de pederastia en numerosos países
muestra, en primer lugar, la hipocresía de una institución que se dice creada
por designio divino con la misión de salvar almas difundiendo una moral, la
única moral humana digna de tal nombre, que es muy estricta para los creyentes
y parece muy laxa para los funcionarios de la Iglesia. El secreto institucional
ha servido para velar esta doble moral, esta ética farisaica que ha permitido
hurtar a la acción de la justicia delitos de muchos sacerdotes, en algunos
casos cometidos a lo largo de años, al estimarlos simples flaquezas humanas que
podían expiarse mediante la confesión.
Las
opiniones de la Curia disculpan la conducta de los culpables y se olvidan de
las víctimas. Monseñor Álvarez señala que en las familias se dan más casos de
pederastia, pero ése no es el problema. Y monseñor Cañizares afirma que se
publica todo eso para no hablar de Dios, cuando debería preocuparle que Dios
haya podido ser la coartada para abusar impunemente de los menores, porque los
sacerdotes que han cometido tales delitos no son pederastas callejeros, sino que
han utilizado una posición de superioridad institucional y de supuesto magisterio moral que ha confundido intelectual y anímicamente a las víctimas.
En
descargo de los culpables, el Papa ha señalado un problema ético: que han
podido elegir ser virtuosos o no serlo, y una mala elección les ha conducido a
caer en lo más bajo. Es de imaginar que hayan existido tales dilemas morales, pero
lo cierto es que las víctimas, miles de jóvenes y de niños, algunos de ellos física
o síquicamente disminuidos, no han podido elegir.
Lo que a la Iglesia se exige
es resarcir a las víctimas, moral y económicamente y aplicar de manera estricta
la justicia de Dios, que parece más laxa que la humana, y colaborar con la ley,
pues con su silencio y su anuencia, el Vaticano ha extendido bulas para pecar
y, sobre todo, para delinquir. Si el pecado tiene su absolución administrada en
el confesionario por un funcionario eclesiástico, la expiación del delito
corresponde a la justicia ordinaria. Y eso es lo que se ha hurtado.
Con la
protección de los pederastas, la curia ha cometido otro delito: el de encubrir
y amparar a delincuentes. Y recordar todo
esto no tiene como fin intimidar a la Iglesia, sino aplicarle el mismo trato
que al resto de ciudadanos, ¿o habría que decir aquí, que al resto de pecadores?
Nueva Tribuna, 30-3-2010.
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