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jueves, 7 de enero de 2021

La tentación gatopardesca


Cuando los cambios parecen inevitables, puede surgir en la clase política el recurso a la solución “gatopardesca” para conservar el orden establecido. El fenómeno fue expuesto por Lampedusa en su novela Il gatopardo, cuya acción se sitúa en la época de la unificación de Italia. El príncipe de Salina, un terrateniente siciliano, ante los cambios que se avecinan (se acerca Garibaldi, con sus camisas rojas), decide adelantarse a ellos proponiendo su idea de cambiar para que, al final, todo siga igual, que es lo que de verdad le importa. Impulsa una mutación ficticia.
En España estamos viviendo una situación parecida, pero sin un Garibaldi a la vista, aunque algunos, en sus pesadillas, ya lo ven con coleta al frente de una airada legión de frikis armados con teléfonos móviles.
Cuando la gente en la calle reclama de manera pertinaz que se acometan las reformas pertinentes para adaptar el país oficial al país real, las instituciones políticas y económicas a las necesidades de los ciudadanos, está surgiendo en los miembros más avisados de la clase política la tentación gatopardesca, en otros ni eso, afectados como están por la parálisis. 
La tentación del recambio es grande -reemplazar una pieza por otra- y se proponen las reformas por arriba, la sustitución de personas para no afrontar la reforma de las instituciones, con el objeto de seguir conservando el control de los resortes del Estado, el poder de los aparatos y a la postre, la docilidad de los órganos de la representación ciudadana. Se trata de mantener a flote el régimen político surgido de la Transición, que tiene abiertas varias vías de agua, colocando los parches necesarios para que siga navegando un par de décadas más, ahora pilotado por otro timonel.
Pero, ¿servirán las superficiales reformas que se apuntan, el uso de los repuestos previstos y la sustitución de nombres para evitar los cambios en profundidad que reclama la gente en la calle?

martes, 5 de mayo de 2020

Crónica del asedio. Alarma o media veda

Se va a discutir en el Congreso la conveniencia de prolongar el estado de alarma. El Gobierno ha puesto toda la carne en el asador para lograr su aprobación colocando a aliados y a adversarios ante una disyuntiva maximalista: la alarma o el caos, heri Ábalos dixit.
¡Hombre, no! Imitar al general De Gaulle a estas alturas carece de sentido y, además, no estamos en Francia en 1968.
Si se rechaza prolongar el estado de alarma, seguramente se extenderá el contagio, incluso es posible que tengamos que volver al confinamiento, pero eso, que no es bueno, no es el caos. En esta difícil coyuntura, nadie puede decir que tiene la única solución válida para salir de ella y que la alternativa o ausencia de ella es el caos. Más aún cuando el Gobierno está difundiendo la idea de que es necesario un gran acuerdo nacional para hacer frente simultáneamente a la crisis sanitaria y a la económica que viene detrás.
Es fácil de entender que los partidos nacionalistas rechacen la propuesta de prorrogar el estado de alarma y que acusen al Gobierno de centralista, porque quieren aplicar su propio centralismo desde la capital de su territorio autonómico. También lo es el rechazo de la presidenta madrileña, que confunde sus funciones al querer convertir la Comunidad de Madrid en una sobrevenida cámara de oposición al Gobierno central, pero no se entiende bien que el Partido Popular y Ciudadanos rechacen la propuesta, en vista del resultado positivo obtenido por el confinamiento al reducir los contagios y los casos de muerte, y la experiencia, en sentido contrario, de los contados días de la “media veda”. 
La percepción del uso que, en términos generales, han hecho los ciudadanos urbanos del alivio a la reclusión ofrecido en la primera fase de la “desescalada”, no invita a suspender las medidas de alarma, sino a prorrogarla.
Al menos en las grandes ciudades, cuando no existe una imposición expresa, como sucede en los transportes públicos, en los que no se puede viajar sin llevar la mascarilla, los viandantes han interpretado con bastante holgura las normas para prevenir el contagio, desde incumplir los horarios, desplazarse en grupo, no guardar la distancia de seguridad ni haciendo deporte, utilizar la mascarilla a su albedrío, etc.    
Las ganas de salir del encierro, el ansia de libertad, que indicaba un diario conservador en una primera plana que hubiera merecido publicarse en los años en que la libertad con mayúscula faltaba, y no por un virus, pueden haber llevado a demasiadas personas a confundir el alivio en una situación de excepción con su drástica abolición para volver a la normalidad previa a la pandemia, cuando lo cierto es que los hábitos anteriores al mes de marzo se deben dar por acabados para una larga temporada, si no lo son para siempre.
Me temo que con las provisionales medidas de alivio ha vuelto a salir a flote el español indisciplinado que todos llevamos dentro, al que le molesta ajustarse a las normas comunes.
Por otra parte, y como otra de las lecciones de la pandemia, se podría pensar en que el Estado recuperase las competencias de sanidad.
A la luz de la experiencia pasada y también de la reciente, carece de sentido racional -y nacional- seguir manteniendo el fragmentado sistema actual. Debería buscarse un pacto nacional para que el Estado recuperase las competencias transferidas y acabase con el desbarajuste de las 17 administraciones sanitarias, las 17 tarjetas de usuarios y los 17 calendarios, que atomizan y encarecen los acopios, dificultan la difusión de la investigación y los avances técnicos, dispersan los datos, impiden la visión general y actualizada del sistema sanitario y conocer el estado de salud del país, azuzan los celos autonómicos, dificultan la movilidad interior, devienen privilegiadas reservas de empleo y reductos del nacionalismo más sectario y complican la vida a quienes precisan de tales servicios.
El objetivo de un sistema sanitario de alcance nacional debería ser la salud de los ciudadanos en general, vivan donde vivan, estén donde estén y voten a quien voten, porque la salud no entiende de colores o banderas. Y con la división ganan los virus, que no reconocen fronteras
.

miércoles, 1 de abril de 2020

Crónica del asedio. Homenaje


Acaba otro día de encierro con el aplauso vespertino, obligado y con gusto, dedicado a quienes, en primera línea del frente, se baten el cobre con el “bicho”; una microscópica encarnación de la mitológica hidra de Lerna, que multiplicaba sus cabezas a medida que algún valiente -Hércules- se las cortaba, pudiendo tener desde siete hasta diez mil testas, según las leyendas. Cifra fabulosa para las cabezas de una sierpe de aliento hediondo, pero infinitamente pequeña para el virus que se reproduce por millones y se extiende por el mundo buscando cuerpos habitables, como si fuera la última plaga de Egipto.
Así, pues, hay que seguir aplaudiendo cada día a quienes, sin desmayo, supliendo con voluntad la escasez de recursos y con riesgo de su salud e incluso de su vida, cuidan de la nuestra y se ocupan de la ingrata labor de retirar los cuerpos de aquellos que ya la han perdido en esta enconada lucha contra algo que no tiene vida propia, pero cuya existencia depende de la nuestra. Y en este reconocimiento cotidiano caben todos los que se dedican a las diversas tareas sanitarias, presanitarias y parasanitarias, que hoy, como nunca, merecen calificarse de humanitarias.
Este pequeño ritual, efectuado a la caída de la tarde, es el único acto social del día, porque rompe el aislamiento con un breve acto multitudinario, aunque el contacto humano sea lejano, sonoro y visual, de ventana a ventana, e incluso luminoso, pues hay vecinos que encienden y apagan las luces, pero cumple su función aglutinante y renueva nuestro ancestral espíritu gregario, hasta hace poco tiempo bastante sofocado por un individualismo patológico y una lógica de vida que olvida la fraternidad, apremia a competir y denuesta la cooperación.
Junto con el sentido del deber, la piedad y la compasión, que son actitudes que mueven hoy quienes combaten al virus, han quedado como palabras añejas desterradas del habitual vocabulario civil, ausentes del repertorio político y circunscritas al lenguaje religioso, con frecuencia tan retórico y plagado de frases vacías como el discurso político.
El tañido de campana de la cercana parroquia proporciona al homenaje vecinal un aire arcaico, incluso rural, que despierta recuerdos infantiles y remite a otros tiempos e incluso a otro país, alojado en este mismo. 
Mientras dure la pandemia, el homenaje vespertino seguirá siendo necesario, pero cuando concluya este tiempo excepcional, cese el estado de alarma y volvamos a lo que antes se llamaba normalidad -si se puede llamar normal a la precaria situación de la sanidad pública después de la crisis financiera y de los recortes de gasto estatal-, el mejor homenaje a quienes han cuidado de nosotros en estos días será señalar a quienes han sido los promotores del deterioro de la sanidad de todos, y en singular, de los que carecen de otra, a quienes han tenido como objetivo político privatizar servicios y hospitales, enteros o en gestión mixta, hospitales nutridos con pacientes cautivos procedentes de la sanidad pública, sometidos a la maximización del beneficio y administrados como si fueran hoteles, y la entrega, igualmente sin control, de residencias públicas de ancianos a la gestión de empresas privadas que nada sabían de tal menester, ni les importaba, salvo en su resultado económico.  
Lo que nos ha sucedido ahora, no puede volver a ocurrir. Por esa razón, el mejor homenaje que podemos hacer a quienes en estos días cuidan de nosotros es facilitarles su labor en el futuro. Y, en consecuencia, votar a aquellos partidos que se ocupen de aumentar los recursos humanos y materiales de ámbito público, de mejorar los bienes y servicios de uso colectivo, tanto en sanidad, como en enseñanza, en ciencia e investigación.
De aquellos, cuyos principios políticos antepongan el bien público y compartido antes que el interés privado y excluyente, los valores humanos por delante de los valores mobiliarios, la vida antes que la bolsa, el Estado -social- por delante del Mercado y, en definitiva, el país por delante de sus élites, en particular de sus sobreprotegidas élites económicas y financieras.
Y si no existe tal partido, o tales partidos, habrá que fundarlos o refundarlos, porque la inspiración de un nuevo humanismo será una condición necesaria para sobrevivir sin graves conflictos internos ante un futuro incierto, amenazado por nuevas pandemias y por sucesivas crisis del modelo productivo. 

viernes, 20 de marzo de 2020

Crónica del asedio. El “papel”

Antes de declararse oficialmente el estado de alarma, la alarma ya cundía entre la gente. Y una señal de la inquietud popular antes de que el Gobierno adoptase las medidas más rigurosas para prevenir el contagio del virus, ha sido el acopio de mercancías por iniciativa particular, sin esperar más instrucciones.  
El miedo al contagio del virus y al posible desabastecimiento si se daba el caso de que cesase totalmente la actividad productiva, se tradujo en la apremiante necesidad de adquirir bienes necesarios para hacer frente a un futuro incierto. La consecuencia han sido las aparatosas compras familiares antes de recluirse en los domicilios con la despensa llena y la nevera a rebosar, como si hubiera que resistir todo un trimestre sin pisar la calle. Y uno de los productos más demandados y antes agotado en tiendas y mercados ha sido el papel higiénico.
Ante las cajas de los supermercados, largas colas de personas esperaban ser atendidas mostrando, en el carro atestado de rollos de papel higiénico, el ansiado botín de guerra tras arrasar lo que había en las estanterías, como si hubieran conseguido la vacuna que habría de evitarles el contagio del virus por vía rectal.
En la mayoría de los casos, los histéricos y disentéricos acopiadores de rollos eran personas que por su edad no podían recordar el hambre y la escasez en los años de la guerra civil y la postguerra, ni parece que actuaran impulsados por el recuerdo de famosos asedios de nuestra historia, como los de Numancia, Sagunto, Gerona o Zaragoza. 
Posiblemente esta fiebre compradora fuera un acto reflejo adquirido por un largo adiestramiento en las trampas y placeres de la sociedad del consumo, o por el afán de acaparar pensando únicamente en proteger a sus familias y no en las necesidades de los demás, o debida sólo al temor de volver a aquellos tiempos en que el papel de periódico, además de servir de soporte a la información, tenía, tras la lectura, otros usos modestos, aunque necesarios, en la precaria economía de los años cincuenta y aun de los primeros sesenta.
Cuando aún no existía la noción de reciclar, el papel de periódico ya tenía esa función recuperadora y ahorrativa, pues, una vez cumplido el objetivo principal, lo mismo servía para envolver el bocadillo de media mañana que el pescado, por encima del papel de estraza. Y cortado en trozos rectangulares servía para ser colgado de una escarpia en los retretes de algunos bares ubicados en lugares a donde, por la falta de dinero o de gusto del dueño, no había llegado todavía el lujo de los rollos del “Elefante”, que, a pesar de las aristas que ofrecía al doblarse, era el paradigma de la buena limpieza del tafanario.
Ese imprescindible menester fue descrito y a la par loado por aquellos célebres gamberros de La Trinca, en su “Oda al papel higiénico”, montada sobre la Novena Sinfonía de Beethoven, que ya es atrevimiento, como si el maestro de Bonn, además de la sordera, hubiera padecido alguna afección intestinal. Aunque, quizá el trío catalán sólo quisiera ofrecer el oportuno contrapunto a aquel texto de Quevedo titulado “Gracias y desgracias del ojo del culo”, dedicado galantemente a una señora.
En la sociedad moderna, y España lo es, el papel higiénico es un elemento absolutamente necesario en la vida cotidiana, de ahí viene su apetencia, tanta que parece que genera adicción. Con su escasez, ha devenido en un bien económico por excelencia, ya que la economía, contra lo que se dice, no es la ciencia de la abundancia, sino el estudio de la pobreza, pues se ocupa de la gestión de los recursos escasos. De ahí viene que, a causa de su escasez, siga creciendo de forma imparable la demanda del rollo doméstico.
Si sigue así, acabará cotizando en bolsa y servirá para compensar la caída del Ibex.
El dibujo es de mi hermano Antonio.


https://elobrero.es/opinion/44876-cronica-del-asedio-el-papel.html

martes, 17 de marzo de 2020

Crónica del asedio. Alguien a los mandos, por fin


En España, a causa de viejos problemas sin resolver o mal resueltos, de circunstancias del azar y de nuestra peculiar manera de entender la vida, en particular lo concerniente a la vida pública, hemos tenido la mala suerte de enlazar varias crisis, no sólo sobrevenidas de forma inmediata y sucesiva, sino incluso padecidas de manera superpuesta; solapadas.
La más antigua fue la crisis política, expresada en lo que se llamó desafección ciudadana respecto a las actividades de la clase política y a la marcha de las instituciones. Fue el gran desengaño político respecto al régimen democrático, de los últimos veinticinco años.
La segunda fue el estallido de la burbuja inmobiliaria, la subsiguiente crisis financiera y la gran recesión económica, con su secuela de recortes en el gasto público y medidas de austeridad, que golpearon con especial virulencia a los asalariados, a los autónomos, pequeñas empresas y a los grupos sociales económicamente peor dotados, mientras aumentaba el número de millonarios y crecía la fortuna de los que ya lo eran. Una crisis económica es un proceso de concentración de capital, había sentenciado Marx, pero el viejo león de Tréveris está muerto y pasado de moda (dicen).
Fue el gran desengaño económico, que se añadió al desengaño político.  
La tercera crisis -social- fue una consecuencia de la salida insolidaria a la crisis financiera impuesta por la Unión Europea y otros organismos internacionales, y aplicada sin vacilar por el gobierno central y por los gobiernos autonómicos.
Fue la crisis de los ciudadanos indignados, que se expresó en las masivas movilizaciones de protesta que tuvieron lugar entre 2010 y 2014, con un mensaje reivindicativo complejo, gremial y sindical, económico y también político, reformista pero también radical; una crisis que generó a su vez otras dos.
Una fue la crisis del modelo de representación política -“no nos representan”-, con la emergencia de dos nuevos partidos con la pretensión de poner fin al bipartidismo imperante, que resultó debilitado pero no extinguido ni reemplazado por otro con mejor resultado, al menos a corto plazo. 
La cuarta crisis, consecuencia en parte de la anterior, es la propuesta de que la recuperación de la recesión económica no sea equitativa. Tal es el proyecto de los nacionalistas catalanes -“el procés”- de que Cataluña, como región rica, incumpla su compromiso solidario con el resto del país y llegue, si es preciso, a la independencia para conseguirlo.
El fallido intento de llevarlo a cabo en octubre de 2017 y las consecuencias subsiguientes han agudizado las tensiones entre los partidos y dentro de ellos mismos, y han provocado nuevos desplazamientos del voto.
Un proceso encadenado de causas y efectos -insatisfacción-> protesta-> movilización-> reacomodo del voto-> división del espectro político-> inestabilidad gubernamental- nos ha traído, a través de sucesivas elecciones, hasta hoy, en que un gobierno muy inestable debe hacer frente a una nueva crisis provocada por un virus, cuya expansión es rapidísima, y a las consecuencias sanitarias y económicas que vengan a continuación. Pero después de cinco años de interinidad, de gobiernos breves o en funciones, parece que hay alguien a los mandos de la nave.  
Viendo la larga intervención del Presidente del Gobierno al presentar la grave situación del país, así como los motivos que animan al Ejecutivo y los propósitos que persigue al declarar el estado de alarma; viendo después la intervención de los ministros que componen el gabinete de crisis explicando las medidas que son de su competencia y cómo se van desgranando las medidas de choque, tengo la sensación de que, por primera vez en cinco años, hay alguien al frente del país, de todo el país, que, en una situación de excepción nacional, continental, planetaria, ha puesto en práctica el catón de todas las crisis, que es mando único, normas claras y ejecución jerárquica. Que es, precisamente, lo que se echa de menos a escala europea.

17/3/2020

sábado, 14 de diciembre de 2019

Quizás, quizás, quizás


Siempre que te pregunto,
Que cuándo, cómo y dónde,
tú siempre me respondes
Quizás, quizás, quizás
Y así pasan los días,
y yo voy desesperando,
y tú, tú, tú contestando
quizás, quizás, quizás.
Estás perdiendo el tiempo, pensando, pensando…

Este bolero del cubano Osvaldo Farrés, popularizado por Bobby Capó, el trío Los Panchos y por tantas otras versiones, ilustra bien el momento que vivimos, o mejor, que sufrimos, porque la esencia del bolero es el sufrimiento. 
Pedro Sánchez, presionado dentro y fuera del PSOE, a izquierda y derecha, desde el centro y la periferia, por aliados y adversarios, quiere concluir antes de Navidad las conversaciones para lograr el pacto de investidura. Si lo lograse, sería algo así como acertar el premio gordo de la lotería.
Ya ha logrado el condicionado respaldo de una heteróclita cohorte de aliados, que no es suficiente, por lo cual precisa imperiosamente el apoyo de ERC para comenzar una legislatura, que, en principio no parece fácil. Pero en ERC se lo toman con calma; estudian el posible coste de la operación de apoyo y, sobre todo cómo queda la situación de Oriol Junqueras, y recomiendan a Sánchez que tenga paciencia hasta el mes de enero, a ver si los Reyes Magos le traen de regalo una investidura, que no será gratis. Tienen al PSOE macerando, como si España fuera el concurso “Máster chef”.
No importa, pues, que llevemos así cuatro años. Desde las elecciones de 2015, estamos en “funciones”; no sólo el gobierno, sino que todo el país está “en funciones” -“stand by” o en tiempo de adviento-, a la espera de la buena nueva de un pacto de Gobierno; pero no hay prisa. En ERC se dejan querer, pero no ceden, necesitan tiempo para demostrar quién manda, quien es el árbitro, quién puede decidir que haya un gobierno poco estable o mandar todo al garete, porque, tal cómo están las cosas, no hay otro gobierno posible.  
Hemos vuelto a aquella situación del Tripartito catalán, cuando Carod Rovira, con apenas 500.000 votos detrás, decía que tenía la llave de dos gobiernos: el de Cataluña, presidido por Maragall, y el de España, presidido por Zapatero.  
Es tristemente paradójico que la suerte de Sánchez, del PSOE y del país, dependan de un socio tan poco fiable como ERC, que precipitó las elecciones del 28 de abril al negar el “placet” a los Presupuestos del Gobierno socialista, que, además de tener un fuerte contenido social -por ese lado, ERC siempre muestra la debilidad de su izquierdismo-, reemplazaban a los de Rajoy, al que tanta consideración guardan los independentistas catalanes. 
Hay que recordar que ERC, cuando se discutía el proyecto de Estatut en 2005, antes de aprobarse ya le ponía fecha de caducidad. Luego renegó de él, después lo abrazó con fervor y, finalmente, aprobó su abolición y la de la Constitución, en las vergonzosas sesiones del Parlament los días 6 y 7 de septiembre de 2017, y fue, en pugna con los exconvergentes, impulsor de los sucesos posteriores que culminaron en la declaración unilateral de independencia.
Y parece una broma del destino que el sujeto que acusó al President de la Generalitat de traicionar el “procés” por “155 monedas de plata”, que provocó la aplicación del artículo 155 de la Constitución y la fuga de Puigdemont y otros consejeros hacia Bélgica, ahora sea el escogido para negociar el acuerdo de investidura, y, su partido, con una acreditada trayectoria de deslealtad, pueda ser considerado un apoyo fiable del futuro Gobierno. Pero eso es lo que hay.
Una compleja arquitectura institucional, una dejación de décadas ante la pujanza del nacionalismo y unos errores de bulto a izquierda y derecha, han hecho posible esta endiablada situación, en que los apremiantes retos que España tiene planteados ante un proyecto europeo en descomposición en un mundo aceleradamente cambiante y con problemas urgentes que afrontar, tienen al país paralizado por la presión de un partido político cuyo rasgo más notorio es el rural arcaísmo de la Cataluña interior.     
Alma carlista, intransigencia católica, cazurrería provinciana y oportunismo político, eso es ERC.


jueves, 14 de noviembre de 2019

Descentrado y desplomado

De los partidos que han sufrido mermas en apoyo electoral y representación en el Congreso en las elecciones del 10 de noviembre, el más afectado ha sido Ciudadanos.
El PSOE tiene 3 diputados menos, Unidas-Podemos 7 y ERC 2, cifras modestas ante los 47 escaños perdidos por Cs, que se ha desplomado al haberse apartado del centro, cuando más falta hace un partido bisagra que ayude a formar gobiernos. Función que, a todas luces, no cumplía. Y como la función crea el órgano apropiado para llevarla a cabo, Cs ha sucumbido por “selección natural” o por inutilidad política. 
En su origen, Cs fue un partido con dos componentes: una clara corriente liberal, económicamente neoliberal, y otra, más vaga, de tendencia socialdemócrata, presididas ambas por un fuerte sentido patriótico y nacional, como legado de su aparición en Cataluña para hacer frente al soberanismo.  
Fracasada la negociación con el PSOE y Podemos en la primavera de 2016 para investir a Pedro Sánchez, el partido se refundó en enero de 2017, prescindiendo  del ala socialdemocratizante y reafirmando el acento patriótico ante el acelerón de “procés”, ante el cual, a pesar de haber sido el partido más votado en las elecciones autonómicas de diciembre de 2017 (1.110.000 votos y 36 escaños), no supo qué hacer. 
Después, la errática dirección de Albert Rivera vetó la colaboración con el PSOE y alejó el Partido de su inicial proyecto reformista y regeneracionista abordado desde el centro político para llevarlo a competir y a gobernar, en posición subsidiaria, con la derecha desgastada y corrompida del PP y con la derecha extrema de Vox, también corrompida en algunas de sus figuras públicas. Pero sus votantes no le han acompañado en tan insólito viaje.
Rivera ha dimitido, como era preceptivo -eso le honra-, pero sin hacer la menor autocrítica de su lamentable gestión, como también debería ser preceptivo.
En vez de efectuar una imprescindible reflexión sobre las decisiones que han llevado a su partido a un desastre electoral, examen que quedará, suponemos, para sus sucesores, Rivera ha dicho que deja la política para ser feliz en la vida privada. Lo cual es muy emotivo, y hasta lírico, pero poco útil para entender un desgaste electoral tan acusado en poco tiempo. Todo el mundo quiere ser feliz, al menos, en su vida privada, pero, por ahora, en este país nadie acude a la actividad política para ser feliz, sino al contrario, para recibir estocadas de aliados y adversarios.
Seguramente desorientado por el origen de Cs en Cataluña como oposición al frente nacionalista, Rivera no entendió bien la posición y la función del centro político en España a causa de la configuración del sistema representativo y de los valores políticos dominantes en el electorado, que son muy ideológicos y poco pragmáticos. Lo cual genera estabilidad en el voto, favorecida, además, por el sistema bipartidista de hecho, erigido en torno a dos grandes partidos a escala nacional, que aglutinaban, hasta 2015, a los electores de izquierda y derecha en un sistema penalizaba otras opciones.
El centro político, por tanto, no parecía necesario, y en caso de parecerlo era difícil de fundar y mantener, ya que pesaba en la memoria el recuerdo de Unión de Centro Democrático (UCD) y el posterior fracaso de la “Operación Roca”.
UCD, inestable unión de pequeños partidos en torno a la figura de Adolfo Suárez, fue hábilmente torpedeada por la pequeña Alianza Popular, fundada por cinco ministros de Franco, porque estorbaba al proyecto de Manuel Fraga de agrupar a la “mayoría natural” en un solo partido, que fue luego el Partido Popular, que creció recogiendo el voto tanto de la población católica y reformista, recibido de UCD, como el de la base social del franquismo.
La “Operación Roca”, o Partido Reformista Democrático, fue una iniciativa de CiU, contando con algunos pequeños partidos, de esos en que todos sus miembros caben en un taxi, para fundar un partido centrista y liberal que hiciera de bisagra. En realidad, fue uno de esos movimientos pendulares de la burguesía catalana, que periódicamente la llevan desde intentar influir directamente en la política nacional a tratar de romper los vínculos con España. Ahora padecemos una de esas atávicas oscilaciones hacia la ruptura.
El confuso programa y la amalgama de personalidades que componían el PRD (Miquel Roca, Florentino Pérez, Antonio Garrigues Walker, Dolores de Cospedal, Pilar del Castillo, Rafael Arias Salgado y Gabriel Elorriaga), no pudieron evitar que se viera como una operación de CiU para influir en el resto de España en las elecciones de junio de 1986. El fracaso fue rotundo y el PRD acabó su corta existencia cuando se conoció el resultado electoral.
Más tarde, Aznar, emprendió un ilusorio “viaje al centro”, que fue una operación de cosmética de la “Segunda Transición”, pronto olvidada para optar por “una derecha sin complejos”, aprovechando que soplaba el viento de las Azores.
Lo cual no indica que, con independencia de los giros que tácticamente hicieran hacia el centro el PSOE o el PP, no hiciera falta un partido bisagra, pero esa necesidad se resolvió de otra manera.       
En España, tierra de María, según el Papa Karol Wojtyla, parece que nos encomendemos al diablo a la hora de erigir nuestras estructuras representativas. Y una de estas aportaciones bajo luciferina inspiración ha sido entregar la función de partido bisagra a partidos nacionalistas que merecen muy poca confianza, dada su histórica deslealtad y su progresiva reserva con este régimen.
De ahí, que tanto el PSOE como el PP, cuando no han obtenido la mayoría necesaria para gobernar, hayan tenido que buscar el apoyo del PNV o de CiU, o de ambos, y pagar elevadas facturas por esa interesada colaboración, que, a la larga, siempre fortalecía a los nacionalistas. Con ello, la estabilidad pendía de una deslealtad calculada con astucia mercantil, el gobierno central dependía de la periferia y la unidad territorial y la soberanía nacional estaban en manos de sus máximos objetores.
En un mundo perfecto -este no lo es-, el centro obedece a la representación política de ciudadanos que no se ubican en ninguno de los polos, digamos clásicos, de izquierda y derecha o que comparten aspectos de ambos. Responde a la idea de sociedad plural, no polarizada por el esquema maniqueo de matriz religiosa del vicio y la virtud, dividida en buenos y malos, y en amigos y enemigos más que en adversarios.
Lejos del blanco y del negro, el centro debería representar un discreto y poco estridente color gris. Por tanto, no debería ser una opción oportunista, sino una opción política marcada, sobre todo, por una posición de servicio a las otras dos opciones para facilitar el gobierno tanto de la derecha como de la izquierda o asumir la gradual aplicación de sus programas, eliminando sus aspectos más extremados.  
Pero este no es un mundo perfecto y España no es precisamente un país políticamente templado, sino más bien pasional y emotivo. Somos poco dados al compromiso, con el adversario e incluso con el aliado, que se repudia como rendición o traición desde posiciones numantinas, e inclinados a comportarnos como montagnards antes que como gentes del “llano” (le marais) -del pantano, como decía Lenin-, propensas a la negociación y al acuerdo.
Con ganas, podremos aprender con unos cientos de años más de régimen democrático, lo malo es que las circunstancias no ayudan, pues los efectos de la larga etapa de descrédito de las élites, la desafección ciudadana respecto a la clase política y los negativos efectos de la gran recesión económica, que han abierto en la sociedad una profunda brecha en rentas y oportunidades, favorecen la polaridad y la confrontación. Y Ciudadanos, dirigido por Rivera, ha perdido la orientación. Navegando entre Caribdis y Escila, no ha sabido mantener el timón en el centro y ha sido tragado por el poderoso remolino de Vox, que es ahora la perfecta encarnación política de las turbulencias de Caribdis.    


12 de noviembre, 2019.

sábado, 21 de septiembre de 2019

Seguimos en bucle


No salimos del bucle o del círculo vicioso de la interinidad, pues, ante la imposibilidad de formar gobierno, ya tenemos elecciones legislativas a la vista.
Se veían venir, dados los resultados del 28 de abril y el tenso clima de opinión imperante entre los partidos políticos, cuyos dirigentes, encastillados en sus respectivas posiciones, han sido poco propensos al diálogo, al entendimiento y a la colaboración y, por qué no decirlo, a la lealtad y a la generosidad, que son actitudes imprescindibles en la actividad política aunque aquí estén desterradas.
En este fracaso las culpas están repartidas, pues nadie o casi nadie ha colocado el interés general del país por delante de sus expectativas como partido. Y resulta una disculpa pueril culpar a Pedro Sánchez del fracaso en formar gobierno, acusándole de no haberlo intentado con suficiente interés o de tener la secreta intención de precipitar, para algunos desde la fracasada investidura de julio y para otros desde el mes de abril, otras elecciones como objetivo prioritario, cuando lo cierto es que entre partidos que podrían haber facilitado el gobierno -PP, Cs, UP- nadie ha estado dispuesto a echar una mano para que empezase la legislatura, porque todos esperan mejorar sus resultados en unas elecciones convocadas casi de inmediato o después de un inestable y breve gobierno. Es más, a izquierda y derecha, en el centro y en la periferia, existía un consenso espurio para que no gobernara el PSOE.
Pero la responsabilidad del fracaso no se ciñe sólo a los partidos políticos y, en particular, a sus dirigentes, como se desprende de un discurso muy difundido, que afirma que, una vez que los ciudadanos han expresado su voluntad en las urnas, lo que deben hacer los partidos es recoger ese mandato y negociar para formar gobierno. Si el intento fracasa es porque los partidos no han sabido o no han querido negociar y, en consecuencia, porque no han entendido el mandato popular o lo han desatendido o traicionado, como si los mandatos salidos de las urnas fueran coincidentes, complementarios o tuvieran una única y razonable aplicación.
Tal conclusión es falsa, porque lo que se intenta decir es que los partidos no han querido un acuerdo que entre los votantes estaba manifiestamente claro. Lo cual presume que entre los votantes existe una disposición favorable al diálogo, que en la sociedad española no se percibe. 
Si los votantes apoyan a los partidos es porque asumen, y en buena parte refuerzan, el clima de opinión imperante y comparten lo que han hecho y dicho sus dirigentes, lo cual no va dirigido únicamente a los dirigentes de los otros partidos, sino también a sus votantes, porque serán ellos, con sus votos, los que harán difícil o imposible que triunfen las posiciones propias de cada partido, que son las que verdaderamente importan.
Lo que estamos viendo y padeciendo en España desde hace tiempo es que el principio fundamental de la política, tal y como ahora está concebida y aplicada, es obtener la aplastante victoria del partido favorito de cada cual y, por tanto, el correspondiente gobierno en solitario. Es decir, cada votante quiere que ganen los suyos por encima de cualquier otra consideración, y que los intereses generales del país se supediten que los intereses particulares de su partido o, incluso, a los intereses particulares de tal o cual dirigente.   
Por eso, no parece mala solución -y además no hay otra- volver preguntar a la ciudadanía para que conteste en las urnas, aunque a algunos les moleste y a otros no les venga bien.
Es la salida más justa para todas las fuerzas políticas, porque les ofrece la ocasión de recapacitar, ajustar sus programas, perfilar sus mensajes y, en suma, de rectificar, en la forma y en el contenido, para tratar de mejorar sus resultados. Pero no existe garantía de que lo vayan a hacer.
También, para que los votantes realicen el mismo ejercicio de introspección y acaso de rectificación de sus preferencias. De lo cual tampoco hay garantías.

18/9/2019


viernes, 15 de febrero de 2019

"Sispans"


La primera vez que escuché a un locutor de radio pronunciar, en francaise, of course, la palabra “suspense” fue para anunciar “Las diabólicas”, la película de Clouzot. La palabrita tuvo éxito y sirvió para calificar un género cinematográfico basado en la incertidumbre, que mantenía al espectador en suspenso, tenso en la butaca, esperando ansiosamente el final de la película para volver a respirar. Alfred Hitchcock, que manejaba con habilidad (y a veces con trampas) las claves del género, fue el maestro del “sispans”.
Pues, henos aquí los de Pravia, y de otras latitudes, en pleno “sispans”, esperando, el santo advenimiento que esta misma mañana tiene que llegar de la Moncloa.
En esta España de cine pero sin dejar el folletín, en la que vivimos en permanente parusía, con acontecimientos históricos todos los días y un apocalipsis anunciado cada semana, este viernes sí que será definitivo; un viernes, quizá de dolores para algunos, de temores para otros, incluso de pavores para quienes tememos lo peor, dependiendo de la decisión del Presidente del Gobierno de anunciar, o no, la convocatoria de las elecciones generales que pongan fin a esta breve legislatura.
Mientras tanto, hasta que aparezca Pedro Sánchez en la Moncloa, vivo sin vivir en mí; una par de horitas, más o menos, de “sispans”.

miércoles, 5 de diciembre de 2018

La enfermedad de Podemos

Respuesta a un post de Santiago Alba diciendo que Podemos está muerto.


Podemos no está muerto... aún, pero sí enfermo, aquejado de graves dolencias como: a) confusión política: programa ambiguo y cambiante, lenguaje abstruso, que no aporta claridad sino más confusión; b) actitud populista y oportunista: c) confusión organizativa, como inestable confederación de grupos no ofrece una alternativa válida a los viejos partidos y muestra el cesarismo de sus dirigentes, en particular del núcleo madrileño y de PIT, que goza de unas atribuciones que superan las de los secretarios generales de los partidos viejos. d) No aporta nada nuevo en materia de ética para la izquierda, sino un nuevo fariseísmo moral y un continuo espectáculo de luchas internas por el limitado poder del que disponen.

Efectivamente, hay para dar y tomar. Y tomo una: la inanidad de Podemos y compañía -un tiro de salvas-, ahora travestidos con el traje regional de "Adelante Andalucía"; el lenguaje melifluo y el populismo transgresor de charanga y pandereta aquí (de chistu y tamboríl y de cobla y sardana más arriba), muestran la flatulencia que contenía el "núcleo irradiador". El vacío rellenado con gestos aparentemente radicales pero provincianos. La pretendida izquierda que recogía el impulso de los indignados por la crisis cede el testigo a la derecha radical, y ya empezamos a seguir los pasos de Francia.

domingo, 30 de septiembre de 2018

Terremoto (2)

Ayer, en un comentario a un post de mi "primo" Luis, largué un apresurado discursete, que ahora pretendo explicar mejor. No sé si lo he conseguido. Ahí va.
El relevo en la Moncloa se produjo a destiempo, lejos del optimismo popular que habían suscitado las elecciones de diciembre de 2015 y la ilusión de lograr un cambio de gobierno en 2016, como culminación de las protestas sociales contra los efectos de la crisis financiera y las medidas de austeridad dictadas por la “troika”, aplicadas por el gabinete de Rajoy (y algunas, antes por Zapatero).
Como en otras ocasiones y confirmando la separación entre la España real, activa, exigente y necesitada de cambios, y la morosa España oficial, reacia a ellos, se constató el divorcio entre la lentitud de las instituciones para renovarse y abordar reformas en profundidad y las exigencias de la parte más consciente y dinámica de la sociedad, acuciada por la crisis y el deterioro democrático, que, entre otros efectos, afectaba al régimen de partidos, en particular al bipartidismo establecido por PSOE y el PP.
La llamada “desafección ciudadana”, registrada años antes, y la crisis económica agravada por las medidas de austeridad han provocado en España y en Europa un movimiento telúrico del cual todavía no hemos salido. La brutal recomposición social llevada a cabo en los últimos diez años ha removido el espectro político y afectado al sistema de partidos y a la correlación de fuerzas.
Frente a la burocratización de los partidos tradicionales, desde los movimientos sociales se ha querido mejorar la representación política para hacerla más directa, democrática y sensible a las necesidades populares, pero hasta ahora el intento de vincular de forma orgánica partidos políticos y movimientos sociales no ha hallado una solución satisfactoria, como revela la orla de grupos políticos en torno a Podemos, que ofrece la imagen de un magma en permanente ebullición. Así, pues, no sólo persiste el bipartidismo, aunque debilitado, sino que ha emergido un bipartidismo subalterno que coexiste con el primero y aspira a reemplazarlo. Está formado por Podemos y la inestable y condicional cohorte que le rodea y por Ciudadanos, un producto “centrista” de laboratorio, que evoluciona como recambio del PP.
La dificultad que comporta esa recomposición de las fuerzas políticas se debe también al doble efecto que ha tenido la recesión económica como crisis social y como crisis territorial, donde la polaridad entre clases sociales se ha mezclado con la polaridad entre territorios; si la polaridad social expresa la diferencia de rentas, oportunidades, nivel y calidad de vida entre las clases ricas y las clases no ricas y en particular las pobres (la crisis ha aumentado el número de millonarios y el de pobres y excluidos); la polaridad territorial aparece por las diferencias entre regiones ricas y regiones pobres, y el intento de las primeras de desentenderse de la suerte de las segundas. En ambos casos persiste la pugna política por el modo de repartir el excedente social: acentuando la brecha entre clases sociales y entre territorios, según el propósito de la derecha neoliberal, al primar a los grupos sociales y a las zonas más prósperas, con el consiguiente aumento de la desigualdad, o paliando la brecha entre regiones y grupos y clases sociales con medidas de reparto compensatorio -discriminación positiva- y solidaridad, que debería ser la opción de la izquierda.
Todo esto, junto con las indecisiones, los errores, la prisa o la falta de experiencia de las nuevas izquierdas y el recelo y la debilidad ideológica de las viejas, explica que la ilusión y el impulso social de los primeros años de la crisis se haya ido apagando y que el relevo en el gobierno haya llegado cuando la atonía y el desencanto han prendido en la ciudadanía.
Debilitado el impulso social, el cambio de gobierno estuvo lejos de ser una conquista social surgida de las urnas y quedó como resultado de un complejo acuerdo entre partidos con representación parlamentaria con el objetivo loable de sacar del Gobierno, mediante un instrumento legal, a un partido anegado por los casos de corrupción.
Aun así, la moción de censura fue necesaria, no sólo por decencia democrática, sino porque abría la oportunidad de acabar con una etapa aciaga, marcada por el retroceso en conquistas laborales, sociales y derechos civiles, como resultado de la lucha de clases impulsada por el Gobierno de Rajoy con la implacable decisión de doblegar la resistencia social y sentar las condiciones adecuadas para facilitar, por mucho tiempo, la hegemonía del gran capital.

viernes, 28 de septiembre de 2018

Terremoto social y político


Comentario a otro de Luis Roca Jusmet

Europa y España están sufriendo un movimiento telúrico, un verdadero terremoto; tras una brutal recomposición social por la crisis financiera, se ha removido también el espectro político. En España, todas las tendencias están sometidas a tensiones en grado variable, a derecha y a izquierda, en el centro y en la periferia, en los constitucionalistas y en los separatistas. El nacionalismo vasco está dividido respecto al nuevo estatuto y el independentismo en retroceso; el PSOE sufre una crisis tremenda, y más aguda en el PSC; el PP, con la dimisión de Rajoy y Santamaría y pendiente de evaluar la gestión de Casado, sobreexcitado por la vitamina A, tiene una crisis larvada por resolver, acentuada por la corrupción. Ciudadanos, tras la expulsión del sector socialdemócrata, busca ahora su perfil centrista pero ensaya un sorpasso al PP por la derecha. Podemos, un ensayo de fórmula alternativa a los partidos tradicionales a partir de un movimiento social, ha fracasado como partido y ha acabado con el movimiento. Y en Cataluña existe a expensas del soberanismo. Y los soberanistas están divididos en la táctica -las municipales- y en la estrategia: la república. Mientras tanto, unos y otros hablan, se acercan o alejan, prometen o conceden, amenazan o asustan, pero no aparecen programas claros, sino propuestas, ocurrencias, parches y remiendos... pero no aparece una mirada a lo lejos (ni alrededor: clima, Europa, EE.UU., Brexit, etc, etc) ni un dictamen sobre la situación general del país, ni un eje articulador de intervención a corto y a largo plazo con una docena de actuaciones prioritarias y negociables. Me imagino, que el primero que tenga un discurso coherente sobre este asunto se colocará por delante de los demás.

sábado, 14 de julio de 2018

Izquierda a la intemperie


Presentación del libro: La izquierda a la intemperie. Dominación, mito y utopía, Madrid, La catarata, 1997.

Saludos. Agradecimientos. Presentación de la mesa.

Antes que nada, es necesaria una aclaración: el libro es una obra colectiva, mi papel de editor es una simple formalidad, porque cada uno de los autores, aquí presentes, ha escrito sobre lo que más le ha interesado, aunque impulsado por inquietudes que son compartidas y bajo el denominador común de hacerlo desde una posición de izquierda, o de izquierdas (en crisis, como delata el título del libro) y de escribir a la intemperie.
El libro reúne una colección de artículos en tono de ensayo, pero sin el carácter serio y académico que se suele atribuir a la palabra ensayo y recurriendo, más bien, a la acepción teatral del ensayo, como acto de probar, de hacer cosas imperfectas a puerta cerrada, casi para nosotros, en un tono de exploración, de tanteo reflexivo y, por tanto, abierto y sincero; sin público, sin votantes, sin cargos orgánicos que disputar, ni más murallas que defender que las propias ideas, que el libro recoge. Son unas reflexiones a la intemperie, sin el paraguas de la doctrina aceptada ni el protector abrigo de la ortodoxia. Son casi unas reflexiones al desnudo, propias de una izquierda en pelota (una izquierda “full monty”). 
Algunas reflexiones son revisiones de viejos presupuestos, pero no tememos que nos llamen “revisionistas”, al menos en mi caso. Revisionista es una palabra que antaño era definitiva para calificar un texto o una conducta, y para alguien acusado de serlo solía ser preludio de consecuencias terribles, pero ese tiempo ya pasó, o al menos para nosotros, los autores del libro, pasó. Por otra parte si hablamos en términos que hagan alguna referencia a la ciencia, carece de sentido sentirse ofendido por eso, pues la ciencia, las ciencias son saberes en permanente revisión.
Pero aclaro que tampoco hablamos de ciencia, no queremos, no quiero, escudarme en la buena prensa de esa palabra solemne, porque, en la tradición de la que venimos -el marxismo o alguna de sus interpretaciones- mucha doctrina y casi diría mucha teología se han presentado amparadas en la legitimidad de ser elaboraciones científicas, cuando lo cierto es que encubrían lo que eran simplemente productos (o subproductos) ideológicos.
Así que dejaremos lo que se ofrece en el libro en simples reflexiones (que no en reflexiones simples), en un conjunto de ideas, que esperamos sean sugerentes, agrupadas en cuatro epígrafes: El capital, El mito, La utopía, La dominación.
Estos cuatro apartados están recorridos por un hilo que enlaza la introspección, la revisión de algunas señas de identidad de la izquierda comunista en el pasado con la proyección o la propuesta de algunas ideas sobre el papel de la izquierda en el futuro. La reflexión sobre unas señas de identidad que se diluyen, de un perfil que pierde nitidez y se hace borroso, hasta unas propuestas, también incipientes, que apuntan al papel que debería desempeñar la izquierda, o las izquierdas, en un futuro, que estimamos debe estar del todo abierto a la acción humana, en particular a aquellos colectivos, convertidos en fuerzas sociales, que, desde nuestro punto de vista, representan los mejores caracteres de lo que entendemos por humanidad.
A grandes rasgos, el hilo conductor del libro enlaza una crítica de la ideología -un refugio para evitar la duda o para encubrir la ausencia de un saber que no se tiene- de la izquierda comunista revolucionaria, de sus elementos, de sus ritos y de sus mitos; una crítica de la utopía, entendida como el refugio de la izquierda en una hipotética sociedad perfecta, que exime de intervenir políticamente sobre el insatisfactorio mundo presente, salvo de manera testimonial para dar fe de las verdades que custodia. Pero a la vez, algunos asertos, y el mismo espíritu del libro, pueden calificarse de utópicos, pues, ante la oleada neoliberal y conservadora que nos vapulea, es una utopía imaginar un mundo no presidido por la presión del dinero, la imparable extensión del mercado y por los dictados del pensamiento único. En esta medida somos tan utópicos como Espartaco, que, en el corazón del imperio romano, concibió una sociedad sin esclavos y pensó que merecía la pena luchar por hacerla realidad.
Así, pues, frente a la utopía de la derecha neoliberal (a ella aludo en el artículo “La adoración del mercado”) -una utopía disfrazada de ciencia económica, de sociología, de lógica matemática o de inexorables leyes sobre la invariable naturaleza humana-, que profetiza el fin de la Historia y el reinado inacabable de un capitalismo cada vez más salvaje, en el libro se apuntan algunas propuestas sobre cómo deberían ser las relaciones sociales en el futuro, no desde el punto de vista de una arcadia feliz, mágicamente instalada, sino desde la perspectiva de que, además de ser un proyecto justo, es necesario construir una sociedad, imperfecta, eso sí, pero menos desigual, injusta e inhumana que la presente.    
Dos de mis artículos -“Identidad política, lenguaje y mito” y “Marxismo y posmodernidad”- están más volcados en reexaminar el pasado que en atender al futuro, y enlazan, de alguna manera, con ideas ya vertidas en El proyecto radical, aunque la intención no es “hacer añicos del pasado”, como dice una estrofa de la Internacional, sino aprender y buscar en el pasado las posibles causas de la penosa situación del presente. Porque parto de la idea de que la izquierda radical, de la izquierda comunista como conjunto, padece los efectos de un fracaso, pues resultó derrotada en toda la línea -en todas las líneas y programas- en su primera gran batalla política después de la guerra civil, que fue la Transición. 
Otro asunto es ver si su esfuerzo por acabar con la dictadura y forzar la ruptura con el franquismo sirvió para algo o para alguien, o no sirvió, pero resultó derrotada en la mayoría de sus propuestas y, sobre todo, en aquellas que pretendían realizar el programa máximo de inmediato. Y aunque que es innegable que su impulso -generoso impulso- tuvo como efecto llevar más lejos el inicialmente moderado proyecto continuista de prolongar la dictadura en un franquismo sin Franco, los que participamos en aquel intento no siempre supimos ver el aporte de nuestro esfuerzo plasmado en unos resultados que entonces nos parecieron frustrantes.
Pues bien, en la búsqueda de las causas de aquella derrota, me he detenido en examinar en papel del lenguaje en la delimitación de sus señas de identidad.
Una parte importante de los elementos que configuran la identidad de un partido político se funda en palabras; un programa o una línea política se pueden considerar un relato, una colección de palabras que configuran una determinada percepción de la realidad y delimitan unos propósitos sobre qué hacer ante ella o sobre ella, esto es, percibir, analizar y actuar en consecuencia. Son palabras que organizan discursos racionales, pero también suscitan emociones, evocaciones y apelaciones que invitan a la acción.      
En el caso de los partidos de la izquierda revolucionaria, muchas palabras utilizadas para dotar de forma y contenido a sus programas eran palabras que habían sido tomadas prestadas -en realidad, todo el lenguaje es “prestado”, desde las partículas más simples hasta la fonética y las reglas de pronunciación y articulación más complejas; es usado de forma individual, pero es de “propiedad” colectiva-; palabras tomadas de otras situaciones históricas, a veces muy alejadas de aquí, en el tiempo y en el espacio, y fruto de circunstancias que poco tenían que ver con el sentido que se les ha atribuido después.. 
Eran palabras con una gloriosa tradición, que un día habían servido para describir una determinada situación social, interpretar una correlación de fuerzas, suscitar adhesiones, despertar entusiasmo o movilizar voluntades, pero que en la España de los años sesenta y setenta ya no poseían socialmente el mismo significado, o no todo el que en origen habían tenido. Eran palabras fetiche, que se invocaban de manera casi ritual para representar en el presente circunstancias del pasado.
La izquierda radical, en tanto que nueva izquierda, heredó, a través de textos y de la transmisión oral, un discurso y un lenguaje, y junto con ello la representación del mundo de quienes lo habían elaborado, pero no heredó el mundo real que había sido representado con aquellas palabras. De este modo, la elaboración de programas utilizando el mismo lenguaje, el lenguaje común de la izquierda, permitió la continuidad de los significantes, lo cual fue muy importante para mantener la liturgia política y los vínculos con la tradición revolucionaria, pero no consiguió que los significados fueran los mismos, aunque, en virtud de una posición reverencial ante la doctrina -el miedo a la heterodoxia-, las palabras clave se conservaron a pesar de que las circunstancias habían cambiado. 
Y es aquí donde, a pesar de la pretensión científica que exhibían como fundamento la mayoría de los programas, las palabras sirvieron para construir mitos, pues no se advertía que mientras el tiempo había pasado y el mundo se había movido, los conceptos habían quedado petrificados, congelados. Surgía entonces el culto a la palabra, al signo, como representación de una situación ideal, pero con un sentido perpetuo. Y de ahí es de donde, pienso, que debemos salir para seguir siendo útiles en el tiempo presente.
Muchas gracias.  

Madrid, 5 de marzo de 1997.
Escuela de Relaciones Laborales