jueves, 15 de mayo de 2014

La pelota vasca (1)



He leído la carta de Julio Medem que recomienda Carmen.
Será muy conveniente ver la película para hacerse una idea cabal de cuáles son realmente las ideas del autor y cómo las ha llevado a cabo a través de ese montón de entrevistas filmadas. No creo que el PP pueda impedir que se exhiba en salas comerciales a pesar de haberlo intentado en las sesiones del festival. Pero entre tanto llega ese momento, voy a comentar la carta.
En primer lugar, no parece que Medem, en la carta (no sé en la película), haya conseguido ser, como pretende, un pájaro libre que vuela entre dos ciegas montañas, sino que está posado en una de las dos, y que su voz (en la carta, repito; no sé en la película) no ha conseguido separarse de uno de los coros de los que quiere huir. Quiero decir que no es ecuánime en el fondo de su escrito ni tampoco lo es en la forma. Por ejemplo, cuando escribe: el auge del nacionalismo ultraespañol de Aznar, que se ha ido haciendo insoportable en su confrontación totalitaria contra el nacionalismo vasco, hizo que, después de <Lucía y el sexo>, decidiera volver a escribir algo mínimamente justo acerca del conflicto vasco. O sea que el nacionalismo español es ultra pero el vasco no lo es: ¿y dónde reside ese carácter ultra que le falta a uno y le sobra al otro? Más: resulta que Aznar azuza ese ultranacionalismo en una confrontación totalitaria con el nacionalismo vasco, que, según Medem, no es totalitario, pero curiosamente, el ultranacionalismo español no mata a nadie por no ser ultranacionalista español, pero hay nacionalistas vascos que no pueden soportar que otros vascos no comulguen con sus ideas y con sus prácticas y les matan por ello. Por lo visto, el que los nacionalistas -violentos y pacíficos- hayan decidido que el nacionalismo sea obligatorio no merece el calificativo de totalitario; ni tampoco lo merece la idea de configurar la diversa y plural sociedad vasca con los preceptos del nacionalismo étnico e ideológico hasta conseguir, por las buenas o por las malas, una sociedad homogéneamente euskalduna, que es como decir que sólo hay una manera de ser vasco: la que decidió un beato personaje de extrema derecha, hace cien años.
Aznar ha agitado el nacionalismo españolista, el centralismo, el derechismo y todo lo que se quiera; eso es innegable, pero si se quiere ser ecuánime no se puede comparar con la presión que el nacionalismo vasco, el violento y el otro, ejercen sobre la población no nacionalista en el País Vasco.
No creo que Medem sea un ideólogo, sino más bien un vasco -nacionalista- ingenuo, que da por sentado que lo natural de un vasco es ser nacionalista y se sorprende de que aún haya vascos que no comparten ese sentimiento. Dice: presencié espeluznado la campaña electoral de las elecciones vascas del 13 de mayo de 2001 (...) Asistí horrorizado al espectáculo de la calumnia, la mentira y el linchamiento contra el nacionalismo vasco, estrategia populista del gobierno español, a la que también se apuntó el PSOE (y así ya la práctica totalidad de los medios de comunicación de Madrid), rompiendo y reduciendo las opciones políticas en el País Vasco a dos bandos, dos frentes nacionalistas irreconocibles.
Medem parece un alma sensible que se siente horrorizada por una campaña electoral -palabras, no siempre acertadas, contra palabras-, pero no dice nada de los que emplean pistolas o bombas en vez de palabras para impedir que los no nacionalistas puedan llevar la campaña electoral y presentar candidatos en ciertos lugares. Ni tampoco dice nada del linchamiento cotidiano de muchos ciudadanos vascos señalados por su desafección con el régimen allí imperante desde hace 25 años, que se dice pronto, y de otros que son denigrados después de muertos (contra su voluntad, naturalmente), porque según el código de los matarifes hay que mancillar a la víctima para justificar su muerte.
Lo de la prensa de Madrid, ni comentario merece, pues hay posiciones muy dadas a llegar a acuerdos con el PNV y a no crispar las cosas, y muy críticas con el Gobierno y con el PP. No sé qué habrá leído Medem; pero ni ABC, ni La razón ni Época son indicativos de todo lo que se publica en Madrid. Lo que no puede soportar Medem, como nacionalista, es que en dichas elecciones el PP se propusiera como meta desalojar al PNV de Ajuria Enea, y eso sí que es una blasfemia. Hasta ahí podían llegar las cosas: a que en Euskadi no gobernaran los nacionalistas, pues Arana les hizo creer que son los dueños de la finca.
En algunos sectores del PSOE -no en el de Rosa Díez o Terreros-, pero sí en el de Eguiguren, Odon Elorza o Patxi López, por ejemplo, hay gente deseosa de tender cables al PNV. O juristas, como Javier Pérez Royo, que ha avisado del riesgo que implica para la convivencia en Euskadi que el PSOE se separe del PNV. Y esas opiniones se vierten en la prensa y en las tertulias. ¡Y qué decir de Herrero de Miñón! Así que no sé dónde se habrá informado Medem mientras ha permanecido en Madrid.
Pero Medem olvida lo fundamental: que la idea de hacer un frente nacional es obra del PNV. Ese frente surge del Pacto de Estella, mejor dicho, sale del pacto secreto del PNV con ETA, en agosto de 1998, luego hecho público por la banda para presionar a los jeltzales. Y que el Plan Ibarretxe va en la misma dirección: es un proyecto exclusivamente nacionalista, que margina a la población vasca no nacionalista. Pero resulta que ese proyecto excluyente, que convierte en ciudadanos de segunda clase (que voten en la embajada de España, según Arzalluz) a casi la mitad de la población de Euskadi, a Medem no le causa tanto horror como lo que se dice en una campaña electoral.
Escribe Medem: Desde entonces (la campaña electoral), la forma demoledora con que el nacionalismo español criminaliza al vasco está haciendo estragos en la imagen exterior de Euskadi.
Al leer esto, uno se pregunta si este chico está en Babia o en Hondarribia. O sea, que la mala imagen que pueda tener Euskadi en el exterior se debe a la forma demoledora con que el nacionalismo español criminaliza la nacionalismo vasco y no a la acción de los criminales que actúan en nombre del pueblo vasco, que causan estragos no sólo en la imagen de Euskadi, sino en las vidas (más de 800 sacrificadas) y haciendas de personas reales, vascas y no vascas, de Euskadi y de fuera de Euskadi.
Y vamos con otro asunto, que tiene que ver con lo mismo (el texto de Medem es redundante).
Para situar en un escenario adecuado a las personas a las que entrevista en la película, Medem dice: en lugar de entrar del todo en lo vasco, me dediqué a sacar a las personas de sus lugares habituales, sus casas o despachos, para traerlas, una por una, hasta mí. Bien, puede ser un recurso de artista para procurar un fondo neutro sobre el que los entrevistados viertan sus opiniones. Es como si no quisiera ver el problema en el escenario real, donde ocurre, con su marca de sufrimiento, de espanto.... Bien; como recurso está bien, pero ¿a dónde lleva Medem a los entrevistados? Al escenario ideal: a parajes naturales en los que parece que toda tensión entre humanos está fuera de lugar. La suma aleatoria de fondos (en bosques, campas, montes, acantilados) que ayudan a retratar la geografía vasca más primigenia, calada de sentimientos tan antiguos como inamovibles, me vino bien para mantener el ojo de pájaro y así persuadirme de que puedo ver el odio sin odiarlo.     
Así, Medem coloca a sus entrevistados en el País Vasco ancestral, que es curiosamente la Arcadia feliz a la que quieren volver -por las buenas o por las malas- los nacionalistas. El lugar idóneo para hablar sobre los problemas de una sociedad del siglo XXI -¿o no estamos en el siglo XXI?-, es ese paisaje “calado de sentimientos tan antiguos como inamovibles". No es el paisaje variado del País Vasco actual: natural pero también urbano, con fábricas, empresas, oficinas, cines, discotecas, publicidad, medios de comunicación, tecnología, trenes, coches, etc, atravesado por formas de vida y problemas semejantes al resto de sociedades del Europa. No, porque ese paisaje, real, y en buena parte urbano, en el que vive la mayor parte de la población vasca representa la modernidad; la sociedad plural, industrial, secular, dinámica y crítica, contra la cual levantó Arana el discurso nacionalista, basado en los valores ancestrales de la comunidad rural y católica.  
Y eso es lo que está latiendo en una parte del conflicto vasco; la otra parte es simplemente la conservación del poder en exclusiva por parte del PNV, porque, bajo la capa de la cultura y de la historia, el nacionalismo vasco es un discurso sobre el poder, pero sin decirlo abiertamente. Para comprenderlo, basta con  escuchar a Arzalluz, o a Ibarretxe, acusar al PP de querer desalojarlos (por medio de las urnas, claro) del Gobierno vasco, como si eso fuera un crimen. Desde luego, en cuanto pueda veré la película, que, según dicen, acaba con la cámara enfocando un dolmen.
Arnaldo Otegui, que asistió al pase, dijo que una película así era muy de agradecer. Pero Otegui me merece poca confianza como crítico de cine.
Saludos.
Lunes, 22 de septiembre de 2003
Para Colectivo Red Verde

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