He leído la carta de
Julio Medem que recomienda Carmen.
Será muy conveniente
ver la película para hacerse una idea cabal de cuáles son realmente las ideas
del autor y cómo las ha llevado a cabo a través de ese montón de entrevistas
filmadas. No creo que el PP pueda impedir que se exhiba en salas comerciales a
pesar de haberlo intentado en las sesiones del festival. Pero entre tanto llega
ese momento, voy a comentar la carta.
En primer lugar, no
parece que Medem, en la carta (no sé en la película), haya conseguido ser, como
pretende, un pájaro libre que vuela entre dos ciegas montañas, sino que está
posado en una de las dos, y que su voz (en la carta, repito; no sé en la
película) no ha conseguido separarse de uno de los coros de los que quiere
huir. Quiero decir que no es ecuánime en el fondo de su escrito ni tampoco lo
es en la forma. Por ejemplo, cuando escribe: el auge del nacionalismo ultraespañol de Aznar, que se ha ido haciendo
insoportable en su confrontación totalitaria contra el nacionalismo vasco, hizo
que, después de <Lucía y el sexo>, decidiera volver a escribir algo
mínimamente justo acerca del conflicto vasco. O sea que el nacionalismo
español es ultra pero el vasco no lo es: ¿y dónde reside ese carácter ultra que
le falta a uno y le sobra al otro? Más: resulta que Aznar azuza ese
ultranacionalismo en una confrontación
totalitaria con el nacionalismo
vasco, que, según Medem, no es totalitario, pero curiosamente, el
ultranacionalismo español no mata a nadie por no ser ultranacionalista español,
pero hay nacionalistas vascos que no pueden soportar que otros vascos no
comulguen con sus ideas y con sus prácticas y les matan por ello. Por lo visto,
el que los nacionalistas -violentos y pacíficos- hayan decidido que el
nacionalismo sea obligatorio no merece el calificativo de totalitario; ni
tampoco lo merece la idea de configurar la diversa y plural sociedad vasca con
los preceptos del nacionalismo étnico e ideológico hasta conseguir, por las
buenas o por las malas, una sociedad homogéneamente euskalduna, que es como decir que sólo hay una manera de ser vasco: la que decidió un beato personaje
de extrema derecha, hace cien años.
Aznar ha agitado el
nacionalismo españolista, el centralismo, el derechismo y todo lo que se
quiera; eso es innegable, pero si se quiere ser ecuánime no se puede comparar
con la presión que el nacionalismo vasco, el violento y el otro, ejercen sobre
la población no nacionalista en el País Vasco.
No creo que Medem sea
un ideólogo, sino más bien un vasco -nacionalista- ingenuo, que da por sentado
que lo natural de un vasco es ser nacionalista y se sorprende de que aún haya
vascos que no comparten ese sentimiento. Dice: presencié espeluznado la campaña electoral de las elecciones vascas del
13 de mayo de 2001 (...) Asistí horrorizado al espectáculo de la calumnia, la
mentira y el linchamiento contra el nacionalismo vasco, estrategia populista
del gobierno español, a la que también se apuntó el PSOE (y así ya la práctica
totalidad de los medios de comunicación de Madrid), rompiendo y reduciendo las
opciones políticas en el País Vasco a dos bandos, dos frentes nacionalistas
irreconocibles.
Medem parece un alma
sensible que se siente horrorizada por una campaña electoral -palabras, no
siempre acertadas, contra palabras-, pero no dice nada de los que emplean
pistolas o bombas en vez de palabras para impedir que los no nacionalistas
puedan llevar la campaña electoral y presentar candidatos en ciertos lugares.
Ni tampoco dice nada del linchamiento cotidiano de muchos ciudadanos vascos
señalados por su desafección con el régimen allí imperante desde hace 25 años,
que se dice pronto, y de otros que son denigrados después de muertos (contra su
voluntad, naturalmente), porque según el código de los matarifes hay que
mancillar a la víctima para justificar su muerte.
Lo de la prensa de
Madrid, ni comentario merece, pues hay posiciones muy dadas a llegar a acuerdos
con el PNV y a no crispar las cosas, y muy críticas con el Gobierno y con el
PP. No sé qué habrá leído Medem; pero ni ABC, ni La razón ni Época son
indicativos de todo lo que se publica en Madrid. Lo que no puede soportar
Medem, como nacionalista, es que en dichas elecciones el PP se propusiera como
meta desalojar al PNV de Ajuria Enea, y eso sí que es una blasfemia. Hasta ahí
podían llegar las cosas: a que en Euskadi no gobernaran los nacionalistas, pues
Arana les hizo creer que son los dueños de la finca.
En algunos sectores
del PSOE -no en el de Rosa Díez o Terreros-, pero sí en el de Eguiguren, Odon Elorza o
Patxi López, por ejemplo, hay gente deseosa de tender cables al PNV. O
juristas, como Javier Pérez Royo, que ha avisado del riesgo que implica para la
convivencia en Euskadi que el PSOE se separe del PNV. Y esas opiniones se
vierten en la prensa y en las tertulias. ¡Y qué decir de Herrero de Miñón! Así
que no sé dónde se habrá informado Medem mientras ha permanecido en Madrid.
Pero Medem olvida lo
fundamental: que la idea de hacer un frente nacional es obra del PNV. Ese
frente surge del Pacto de Estella, mejor dicho, sale del pacto secreto del PNV
con ETA, en agosto de 1998, luego hecho público por la banda para presionar a
los jeltzales. Y que el Plan
Ibarretxe va en la misma dirección: es un proyecto exclusivamente nacionalista,
que margina a la población vasca no nacionalista. Pero resulta que ese proyecto
excluyente, que convierte en ciudadanos de segunda clase (que voten en la embajada de España, según Arzalluz) a casi la mitad
de la población de Euskadi, a Medem no le causa tanto horror como lo que se
dice en una campaña electoral.
Escribe Medem: Desde entonces (la campaña electoral), la forma demoledora con que el nacionalismo
español criminaliza al vasco está haciendo estragos en la imagen exterior de
Euskadi.
Al leer esto, uno se
pregunta si este chico está en Babia o en Hondarribia. O sea, que la mala
imagen que pueda tener Euskadi en el exterior se debe a la forma demoledora con
que el nacionalismo español criminaliza la nacionalismo vasco y no a la acción
de los criminales que actúan en nombre del pueblo vasco, que causan estragos no
sólo en la imagen de Euskadi, sino en las vidas (más de 800 sacrificadas) y
haciendas de personas reales, vascas y no vascas, de Euskadi y de fuera de
Euskadi.
Y vamos con otro
asunto, que tiene que ver con lo mismo (el texto de Medem es redundante).
Para situar en un
escenario adecuado a las personas a las que entrevista en la película, Medem
dice: en lugar de entrar del todo en lo
vasco, me dediqué a sacar a las personas de sus lugares habituales, sus casas o
despachos, para traerlas, una por una, hasta mí. Bien, puede ser un recurso
de artista para procurar un fondo neutro sobre el que los entrevistados viertan
sus opiniones. Es como si no quisiera ver
el problema en el escenario real, donde ocurre, con su marca de sufrimiento, de
espanto.... Bien; como recurso está bien, pero ¿a dónde lleva Medem a los
entrevistados? Al escenario ideal: a parajes
naturales en los que parece que toda tensión entre humanos está fuera de lugar.
La suma aleatoria de fondos (en bosques, campas, montes, acantilados) que
ayudan a retratar la geografía vasca más primigenia, calada de sentimientos tan
antiguos como inamovibles, me vino bien para mantener el ojo de pájaro y así
persuadirme de que puedo ver el odio sin odiarlo.
Así, Medem coloca a
sus entrevistados en el País Vasco ancestral, que es curiosamente la Arcadia
feliz a la que quieren volver -por las buenas o por las malas- los
nacionalistas. El lugar idóneo para hablar sobre los problemas de una sociedad
del siglo XXI -¿o no estamos en el siglo XXI?-, es ese paisaje “calado de sentimientos tan antiguos como
inamovibles". No es el paisaje variado del País Vasco actual: natural
pero también urbano, con fábricas, empresas, oficinas, cines, discotecas, publicidad,
medios de comunicación, tecnología, trenes, coches, etc, atravesado por formas
de vida y problemas semejantes al resto de sociedades del Europa. No, porque
ese paisaje, real, y en buena parte urbano, en el que vive la mayor parte de la
población vasca representa la modernidad; la sociedad plural, industrial,
secular, dinámica y crítica, contra la cual levantó Arana el discurso
nacionalista, basado en los valores ancestrales de la comunidad rural y
católica.
Y eso es lo que está
latiendo en una parte del conflicto vasco; la otra parte es simplemente la
conservación del poder en exclusiva por parte del PNV, porque, bajo la capa de
la cultura y de la historia, el nacionalismo vasco es un discurso sobre el
poder, pero sin decirlo abiertamente. Para comprenderlo, basta con escuchar a Arzalluz, o a Ibarretxe, acusar al
PP de querer desalojarlos (por medio de las urnas, claro) del Gobierno vasco,
como si eso fuera un crimen. Desde luego, en cuanto pueda veré la película,
que, según dicen, acaba con la cámara enfocando un dolmen.
Arnaldo Otegui, que
asistió al pase, dijo que una película así era muy de agradecer. Pero Otegui me
merece poca confianza como crítico de cine.
Saludos.
Lunes, 22 de
septiembre de 2003
Para Colectivo Red Verde
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