Disculpen los lectores si por un momento distraigo su interés por las apasionantes aventuras textiles y financieras de Francisco Camps y Ricardo Costa, en compañía del Bigotes, del Albondiguilla y de otros implicados en las lucrativas actividades de Orange Market y de Special Events, pero a veces aparecen breves noticias en un rincón de la prensa que también son buenas muestras de lo curioso que es este país.
Resulta
que hace pocos días, el 11 de octubre, en una ceremonia en la basílica de San
Pedro de Roma, el papa Ratzinger decidió hacer santo, entre otros (los envían a
los altares por hornadas), a un religioso catalán, el dominico Francisco Coll
Guitart (1812-1875), previamente beatificado por el papa Woijtila, que fue
quien desató la fiebre de las beatificaciones y las santificaciones en masa con
las que rellenar el ya abultado santoral.
Al
acto no podía faltar, y no faltó, una nutrida representación de la clerecía española,
con el presidente de la Conferencia Episcopal, monseñor Rouco Varela, al
frente de un séquito de 22 obispos y 9 arzobispos patrios.
Hasta ahí, nada hay que objetar,
pues no es extraño que la curia española quiera participar en estos actos, que,
con la pompa acostumbrada, sirven para honrar aparatosamente a los suyos por
los motivos que fueren. Lo raro, aunque habitual, es que a estas insólitas
ceremonias religiosas, acudan autoridades civiles de un Estado que no es
confesional, como el ministro de Asuntos Exteriores, señor Moratinos, una
subsecretaria del mismo ministerio o el alcalde Vich, ciudad donde falleció el
recién santificado. Más extraño aún es ver que entre los asistentes figuró el
vicepresidente de la Generalitat catalana, Josep Lluís Carod Rovira, que, en un
alarde de incoherencia política, puso el nombre de Esquerra Republicana de
Cataluña al servicio de un acto celebrado a mayor gloria de la Iglesia católica,
la misma que, en 1937, con una célebre carta pastoral legitimó como una cruzada
la sublevación del General Franco contra la II República, desatando una larga guerra
civil, que ahora los nacionalistas dicen que España emprendió contra Cataluña.
Pero el sentimiento
nacionalista es así: antes que nada los de mi tierra, aunque sean católicos. Y
si son santos, mejor todavía.
Nueva Tribuna, 15-10-2009.
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