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viernes, 17 de abril de 2020

La República (II)


Las moderadas e inconclusas reformas de los gobiernos republicanos, pero sobre todo la creciente radicalidad de los trabajadores y de facciones de la pequeña burguesía, con una orientación cada vez más decidida -antioligárquica, antilatifundista, anticlerical y antifascista-, asustaron a unas clases pudientes que no estaban dispuestas a perder un ápice de su poder y su riqueza.
Como otras burguesías europeas, la española defendía sus intereses de clase y reclamaba un Estado fuerte, que aplicase con firmeza las decisiones económicas precisas para salir de la crisis, redujera a la impotencia a las fuerzas obreras y populares cuyas exigencias iban en aumento y defendiera un modelo productivo que debía asegurar la acumulación de capital a largo plazo.
Por ello, las reservas que, desde 1931, las clases altas habían albergado hacia la República devinieron en franca hostilidad y buscaron una solución violenta, con la esperanza de que un alzamiento militar derrocase al gobierno del Frente Popular y restaurase, en pocos días, “la ley y el orden”. Es decir, que devolviera un poder con pocas restricciones a las élites tradicionales.
Pero la España de los años treinta no respondía ya a las hechuras de la sociedad del siglo XIX, cuando pronunciamientos militares de uno u otro signo podían cambiar gobiernos, sino que era, en parte, una consecuencia de problemas no resueltos (o mal resueltos) del siglo anterior, pero, sobre todo, de problemas del siglo XX, entre ellos la mutación social producida por la progresiva pero desigual implantación del capitalismo y la difícil adaptación política a dicha evolución.
España era un país con un gran peso económico de un sector agrario montado sobre estructuras arcaicas, lo que quiere decir con un gran problema campesino, y además con grandes diferencias de renta entre clases sociales y regiones, con notables desigualdades territoriales, parcial y desigualmente industrializado, sacudido por la lucha de clases, por las demandas del nacionalismo periférico y por las tensiones entre la tradición y la modernidad, entre el laicismo y el clericalismo, en un continente que padecía los efectos de la I Guerra mundial y en el que, ante la magnitud de los problemas económicos, sociales y territoriales planteados, se empezaban a extender las soluciones de tipo totalitario. 
Situada ante tal encrucijada de problemas nuevos y viejos, internos y externos, la II República estuvo atravesada por dos lógicas radicales y opuestas: resolverlo todo a la vez o no resolver nada y volver atrás. Fue una etapa de voluntarismo reformador y de impaciencia, pero de debilidad, de intentos y retrocesos; de forcejeo entre unas masas que pretendían salir de una postergación de décadas reclamándolo todo con prisa y unas clases poseedoras dispuestas a no ceder un ápice en sus privilegios.
Los años republicanos fueron, pues, una etapa de gobiernos inestables, mientras la sociedad se polarizaba políticamente y las izquierdas y las derechas, en medio de continuos enfrentamientos, trataban de reorganizar sus fuerzas respectivas.
La etapa acabó sus días cuando las fuerzas conservadoras, que formaron el bloque del Movimiento Nacional y clerical, se creyeron con la fuerza suficiente como para instaurar el orden que les convenía asestando, el 18 de julio de 1936, un golpe definitivo a sus adversarios; golpe que fracasó y degeneró en una guerra civil de tres años, que mostró tanto la resistencia popular, a pesar de la falta de apoyo externo, de la debilidad y la inconsecuencia de los gobiernos de la burguesía republicana y de la división de las fuerzas de la izquierda, como la persistencia de las derechas en llevar adelante su objetivo hasta el final, que era obtener la rendición sin condiciones del ejército de la República y la completa derrota de sus enemigos de clase para impedir su actividad en varias décadas o quizá para siempre. 
Como en otras ocasiones, España iba a contrapié de los países de su entorno. Europa se rendía al fascismo, pero en España se le resistía. No lo entendieron así los gobiernos democráticos de Francia e Inglaterra, que abandonaron a la República en un intento de aplacar a Hitler con continuas cesiones, que nunca le dejaron satisfecho, pues, como buen totalitario, lo quería todo.
Con su victoria en la guerra civil, Franco colocó España al paso de Europa, y lo que imperaba en suelo europeo eran el nazional-socialismo, el fascismo y sus sucedáneos. España se acomodaba a la peor expresión de Europa.   
Para justificar el golpe militar del 18 de julio, las derechas dijeron que fue una anticipación a una revolución comunista que estaba en marcha, pero era un pretexto bastante burdo; una justificación que escondía los intereses de clase de la burguesía y, sobre todo, de la oligarquía, que, después, la dictadura dejó explícitos con claridad meridiana.
Es cierto que en la izquierda había quienes propugnaban una revolución, pero también quienes se aponían a ella y quienes, sobre todo, la temían, mucho más entre el heteróclito conjunto de fuerzas políticas que, por intereses difíciles de conciliar, estaban al lado de la República.
De la división reinante en el bando republicano dan prueba no sólo los cambios de Gobierno, sino la pronta defección del Gobierno Vasco, que en la primavera de 1937 se desentendió de la suerte de la República y se rindió a Franco a través de los italianos, las tensiones del Gobierno central con la Generalitat catalana, los sucesos de Barcelona en mayo de 1937, un choque civil dentro de la guerra civil, las diferencias entre los partidos republicanos y dentro de las izquierdas. En el PSOE entre los partidarios de Prieto y los de Largo Caballero, entre los propios anarquistas y en los comunistas entre el PCE y el POUM, perseguido como un agente de Franco, por lo que se puede decir que las izquierdas no se unieron para promover una revolución que no todos querían, pero tampoco para defender la República.
La República se disgregó desde dentro hasta el último minuto -Casado y el Consejo Nacional de Defensa, formado por republicanos, socialistas y miembros de UGT y CNT-, mientras el ejército de Franco la asediaba desde fuera.
Así concluyó la guerra y se instauró el régimen franquista, que fue una brutal reacción del arcaísmo contra la modernidad; uno de los movimientos pendulares que han marcado la historia contemporánea de España, y en particular el inestable siglo XIX, recorrido por la lucha entre la reforma y la contrarreforma, entre la acción revolucionaria y la reacción conservadora, alternando breves etapas de progreso -bienios, trienios, sexenios- con largas etapas de reacción.
El franquismo fue uno de esos hispánicos culatazos, ya avisados por Machado: Los políticos que pretenden gobernar hacia el porvenir deben tener en cuenta la reacción de fondo que sigue en España a todo avance de superficie. Nuestros políticos llamados de izquierda, un tanto frívolos -digámoslo de pasada-, rara vez calculan, cuando disparan sus fusiles de retórica futurista, el retroceso de las culatas, que suele ser, aunque parezca extraño, más violento que el tiro.

 https://elobrero.es/opinion/46871-la-republica-ii.html






domingo, 10 de noviembre de 2019

¡Qué mierda!... pero votaré


Esta campaña electoral, oficialmente corta pero realmente larga -4 años- me ha dejado saturado, aburrido, ahíto de tanto politiqueo, tan poca imaginación y tan poca política. El llamado debate a cinco ha sido el remate. Largo y poco útil. Los cinco galanes iban a lo suyo. Todos contra Sánchez, que hizo alguna propuesta y anunció alguna primicia, pero estuvo flojo, como ido, mirando al atril y tomando notas, pero dejando pasar las ruedas de molino con que Casado invitaba a comulgar a la audiencia cuando, nostálgico, hablaba del paro de Zapatero y de la crisis de Zapatero. Pero ¡hombre!, si la crisis fue el estallido de la burbuja que preparó el gobierno de Aznar, con la ley de liberalización del suelo. Este chico no se ha leído “La segunda transición”, de Jose Mari, ni “España, claves de prosperidad”, coordinado por Luis de Guindos.
Al contrario que Sánchez, Rivera estuvo dinámico, se ve que venía motivado y además cargado de “souvenirs”. Quiso ser el paladín de la familia, imagino que de las de clase media hacia arriba, si sigue con su idea de bajar los impuestos. Abascal, nuevo en esta plaza, e incluido, por el PP, en el grupo constitucional, debe ser por el único artículo que le gusta (el 116.3. El estado de excepción) estuvo moderado, ya que suavizó algunas cosas, pero en otras no pudo disimular lo que es: un representante del franquismo desenterrado, ahora que Franco está definitivamente enterrado. Por las pocas críticas que recibió, ninguna del PP, puede decirse que salió por la puerta grande.
Iglesias volvió a fungir como el intérprete más leal de la Constitución, él que quiso acabar con ella. Recordó que quiere entrar en el gobierno de Sánchez. A lo mejor espera que el lunes le caigan una vicepresidencia y cuatro ministerios.     
En fin, palabrería, regates, fintas, olvidos monumentales, recuerdos falseados, imposturas, medias verdades y mentiras completas… Un muermo. Y la verdad es que el país no lo merece… O quizá sí, porque algo tuvo que ver lo que votamos en abril con esta “segunda vuelta”.
Dejamos a nuestros representantes una buena papeleta, una situación muy compleja, que no han sabido gestionar bien, claro está, pero lo cierto es que no era fácil formar gobierno. El país quedó partido, está partido, en izquierdas y derechas casi mitad por mitad, las derechas están divididas y las izquierdas, también. Hay que añadir los partidos nacionalistas para que esto sea un rompecabezas, por eso lo esperable de la campaña, entendida, al menos desde julio, o mejor desde abril, hubiera sido un poco de generosidad y altura de miras, el interés por sumar y ofrecer soluciones y salidas de compromiso, mirando hacia dentro, con tanto por hacer, pero también hacia afuera (situación internacional, Europa, energía y clima, como poco). Pero dejaron pasar la ocasión, movidos por intereses a corto plazo y tácticas de partido.
Así que somos dignos de aparecer en el Guinness con la marca de la estupidez: cuatro elecciones generales en cuatro años (20/12/2015; 26/6/2016; 28/4/2019 y 10/11/2019) y cuatro gobiernos interinos -Rajoy hasta las elecciones de 2015, Rajoy desde 2016, Sánchez desde la moción de censura en 2018 y Sánchez desde 28/4/2019. Demasiada interinidad. Y ya veremos si tenemos gobierno cuando termine el año.
Esta noche, en la Sexta, hay debate preelectoral de señoras o de damas. Con poco que se esfuercen quedarán mejor que los caballeros. Pero digan lo que digan, votaré; como votaré a pesar de todo lo que han dicho los varones. Tengo el voto decidido desde el mes de julio y no quiero renunciar a ejercer este derecho. No me sabe mal ser convocado de nuevo. No es una molestia, es un acto de responsabilidad en una coyuntura difícil. A veces un voto decide un gobierno, aunque no creo que vaya a ser el mío.   

7 de noviembre de 2019



viernes, 22 de marzo de 2019

Torra, un trilero


A propósito de un comentario de María José Peña sobre el gesto de Quim Torra de descolgar una pancarta amarilla del balcón de la Generalitat, como le pedía la Junta Electoral Central, y colocar otra igual de color balnco.
   
Discrepo amablemente, Maria Jose Peña. Y entiendo tu enfado, que también es el mío, ante esta continua tomadura de pelo en que se ha instalado no sólo Torra, sino el Govern. Una política dedicada, no a gobernar en Cataluña, como es su obligación (que ese sí es el mandato recibido de las urnas), sino a estorbar y a encrespar los ánimos en el resto de España y, a ser posible, en Europa, convirtiendo los insensatos deseos de unos pocos en el primer problema nacional y, a ser posible, continental, según mandato recibido de los dirigentes encarcelados y del gran ausente que vive en Waterloo.
Resistir la aplicación de las leyes, las españolas y las catalanas, no es sólo un desafío a Madrid, al gobierno central o a España, al exhibir pancartas separatistas y lazos en instituciones públicas, sino una muestra de ventajismo electoral respecto a los partidos políticos catalanes que no son separatistas.
Lo curioso del caso, que revela la mentalidad del personaje y la actitud poco gallarda de los indepes, es cómo se expresa esta "resistencia" contra España, que se hace a base de mucha palabrería huera, de trucos y cambalaches y de maniobras de presunta astucia,
propias de pequeño tendero provinciano, del dueño del colmado que te tima en el peso o se equivoca a su favor al devolverte el cambio. Es decir, una política de grandes ambiciones, pero de recoger calderilla. No hay grandeza, hay trileros.
Y esto cabrea, pero hay que aguantar el cabreo y dejar que las instituciones hagan su trabajo: se apercibe, se reitera, la otra parte recurre, se vuelve a actuar y así sucesivamente... Es así, la democracia es lenta, porque ofrece garantías incluso a quienes quieren acabar con ella.
Hay que dejar que se recorran todos los pasos de procedimientos que son largos, que es lo que los separatistas no han hecho, porque en su ámbito han actuado a la brava, cambiando la legalidad a su gusto (por eso están donde están), y lo que vienen buscando desde hace tiempo, no lo olvidemos, es que el gobierno central se salte algún trámite para acusarle en seguida de no democrático, de opresor o de fascista. No hay que darles ese gusto ni pretextos para el victimismo, sino aplicar la ley, en la forma que corresponda, y dejar que se vayan cociendo en su propia salsa.
Tranquilidad y muchas sonrisas, porque el camino es largo.