jueves, 15 de mayo de 2014

Historia mágica de Euskadi (2)



Creo que anoche me excedí y abusé de vuestra paciencia, pero no terminé, así que ahí va otra ración de lo mismo. Se trata de uno de los muchos ejemplos que podrían ponerse.
En Breve historia de Euskadi. De la prehistoria a nuestros días, de Francisco Letamendía, Ruedo Ibérico, 1980, Letamendía, en el primer párrafo del capítulo I, afirma que en casi ningún país de Europa la prehistoria incide en la fisonomía actual. Lo cual no es del todo cierto, pero si así fuera, quien no pretenda estar apegado a unas raíces cuanto más antiguas mejor, no puede menos que alegrarse por haber dejado atrás aquellos días tan bárbaros y de haber remontado, al menos un poco, un estadio tan próximo a la animalidad. Pero bueno, eso no es lo esencial, sino que el autor llama la atención sobre el hecho de que en todas partes ha sido así menos en Euskadi, y como consecuencia de este legado la formación de las clases sociales en su Edad Media histórica queda así condicionada por la pervivencia de las estructuras democráticas tribales de la prehistoria y procede de la disolución de estas.
¿De dónde viene este carácter tribalmente democrático? Lo aclara, o mejor lo intenta, en el epígrafe "La democracia matriarcal primitiva", en el que no estudia la democracia matriarcal vasca sino que se atiene a las definiciones de Morgan sobre la gens, el matriarcado, la consanguinidad, etc. Pero hay que decir que Henry Morgan basó sus estudios sobre la familia en su estancia entre las tribus de los indios iroqueses de Norteamérica y que sus conclusiones sobre el carácter democrático las extrajo de las decisiones de la Liga Iroquesa, que agrupaba a la principales naciones de la lengua algonquina (mohawk, onondaga, seneca, oneida, cayuga y tuscarora). En algunas de las ideas de Morgan publicadas, en 1877, en La sociedad primitiva (creo que hay una edición de Ayuso de finales de los años 70) se inspiró Engels para escribir su obra El origen de la familia, de la propiedad privada y el Estado, pero ninguno de estos autores habla del matriarcado vasco, que quizá Letamendía confunda con la matrilinealidad. Pero eso no le impide concluir: Hasta cuando ha perdurado esta estructura gentilicia entre los pueblos vascos no puede decirse con certeza; pero que ha existido, y hasta fecha no muy remota en el tiempo, es indudable. Bueno, pues o cuenta algo más o no queda más remedio que dudar, o ¿es que vale como apoyatura para defender su tesis sobre la estructura gentilicia prehistórica vasca una investigación hecha en el siglo XIX, en otro continente, entre gentes de otra cultura y en otra etapa de civilización? Para él la confirmación está en la pervivencia de la lengua vasca.
En otro momento, escribe Letamendia,  Barandiarán apunta la hipótesis de que el hombre vasco que los habitaba (los territorios) y a lengua que se hablaba entre ellos en el eneolítico coinciden con los hombres y la lengua vasca actuales (...) constituyendo probablemente la raza vasca moderna una evolución local del hombre de Cromañón, pero lo que en el texto expresa cierta cautela -hipótesis, probablemente- en el lenguaje político de la calle se convierte en certezas probadas.
Otro de estos lapsos se advierte en el epígrafe "La formación del reino de Navarra". Dice en un párrafo: Las antiguas mesnadas tribales se convierten en fuerza pública permanente que sustituye al pueblo armado. Ha nacido el primer Estado vasco, el Estado monárquico.
Aquí ya se puede rastrear la noción de Estado que tiene Letamendía (y de qué concepción teórica proviene esa interpretación abertzale de que ETA es el otro Estado). Pero dejando esto, la aseveración es atrevida, pues la noción Estado es del Renacimiento, corresponde a Maquiavelo, quien designa "lo stato", como lo estable, lo que permanece en el poder por encima de la circunstancia vital del gobernante, lo cual tiene poco que ver con las mesnadas tribales vinculadas a un caudillo o, con el estadio intermedio, las huestes medievales de un señor feudal. 
Por otra parte, no se tiene constancia de ese Estado monárquico, que cuando se consolida, Letamendía se ve obligado a decir que es de Navarra, pero de la división del Reino de Navarra, surgen otros pero no un reino vasco y menos un Estado vasco. Se puede sacar la lista de los reyes de Navarra, de Aragón o de Asturias, el reino más pequeño antes de ser el de León, pero no de los reyes de Vasconia, pues no se produce ni la escisión por reparto realizada por Sancho III, ni una escisión como la del conde Fernán González, en el año 960, que a partir de un condado en el reino de León crea el reino de Castilla. Así que el destino de los vascos será azaroso, pero no existe un reino y menos un Estado, en el sentido moderno del término, en el que los vascos se hayan gobernado de modo independiente. Aunque esto no es lo que cuentan los nacionalistas, sino que los vascos eran independientes hasta que fueron invadidos por España (la fecha de la invasión es desconocida).        
Letamendía, como tantos otros, se ve obligado a buscar razones históricas que justifiquen la invención de la tradición realizada por el romanticismo vascongado, en un proceso que es muy similar en Europa y que comienza en Alemania, con Herder, como reacción alemana a las ideas de la Ilustración y de la civilización, ambas de matriz francesa. Frente a la idea de civilización, que representa la hegemonía intelectual y artística de la Francia en proceso de modernización, los románticos alemanes oponen la cultura popular, el espíritu del pueblo; lo espirutual, arraigado en los siglos como lo verdaderamente valioso frente al racionalismo y el materialismo francés, que juzgan una ligera y apresurada impostación.
La idealización del pasado, de la tradición, de la Edad Media, de la religión, de los mitos, de lo mágico y de lo emotivo, como lo que expresa verdaderamente el sentir de los pueblos, es una reacción conservadora europea ante el racionalismo de la Ilustración, el liberalismo político y las prácticas revolucionarias posteriores a 1789.
El surgimiento del nacionalismo vasco no escapa a esta corriente, pues, como un proyecto político tardío que reacciona frente a la modernización del País Vasco, está precedido por una extensa siembra literaria de este pensamiento romántico, que mucha gente de izquierda debería conocer.
Conclusión: no niego por principio el derecho de autodeterminación de nadie y menos de los vascos, pero quiero discutir seriamente sobre ello: pido que se me justifique con razones, no con mitos; con proyectos para el futuro, no con amañadas reconstrucciones del pasado y, exijo, eso sí, que ese deseo venga avalado por una mayoría cualificada de ciudadanos, no por la actividad de una minoría de fanáticos iluminados que quieren imponer sus criterios por la fuerza. Pero lo que más me sorprende es que entre gentes de la izquierda estas razonables peticiones estén mal vistas.
Saludos.


Jueves, 25 de septiembre de 2003 15:17
Para Colectivo Red Verde.
              

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