Las campañas electorales que preceden a los comicios autonómicos son campo abonado para que los partidos nacionalistas saquen a relucir la lista de viejos agravios, reales o supuestos, y de demandas pendientes de satisfacer, porque el victimismo suele dar buen resultado en las urnas.
En
ERC, que tanto han utilizado la idea de que España maltrata a Cataluña, no
podían dejar pasar la ocasión de hacerlo, y su presidente, en el calor de una
arenga, ha señalado que Hacienda acosa a Cataluña mientras en Andalucía ni Dios
paga impuestos y Madrid es una fiesta fiscal. Pero los datos utilizados por
Puigcercós distan de probar lo que afirma, pues, aunque, en la recaudación de
la Agencia Tributaria por vía ejecutiva Cataluña esté por encima de Madrid o de
Valencia, los cobros corresponden a contribuyentes morosos con la propia administración
catalana, con lo cual el dinero recaudado “por Madrid“ acaba por volver a
Cataluña.
Pero
la inoportuna alusión de Puigcercós no es una frase aislada, sino que, por un
lado, expresa el componente nacionalista de señalar un elemento externo que
amenaza a la nación idealizada (la arcadia de una Cataluña unida y feliz lejos
de España), argumento que comparte con Durán Lleida, quién atribuye el peligro de
desnaturalizar la identidad catalana al nacimiento de los hijos de los
emigrantes, y con Sánchez Camacho, que profesa un tipo de nacionalismo más
cercano a las tesis de Sarkozy, que, en realidad, son las de Le Pen.
Y
por otro lado, se inscribe en el archisabido discurso, repetido tanto por
Esquerra como por CiU, de que el monstruoso ente llamado Madrid acosa a los catalanes y que permanecer en España a Cataluña
le sale caro, porque aporta más de lo que recibe.
Uno
de los datos que más utilizan los nacionalistas para probar esta afirmación es
la balanza fiscal, que indica uno de los flujos monetarios entre territorios,
cuyo saldo muestra la generosa contribución de Cataluña a regiones menos
favorecidas, pero lo mismo ocurre en Madrid, por ejemplo, y nadie se siente
ofendido por ser solidario con los que tienen y, por tanto, aportan menos, pues de eso se trata: de dar sin recibir a cambio tanto
como se entrega. Es decir, de no atenerse estrictamente a las leyes del mercado,
pero esta atrevida inobservancia de la lógica del capital, que debería ser un
precepto obligado en un partido de izquierda, parece que molesta en ERC, cuyos
dirigentes deberían revisar el programa o bien visitar al sicólogo, porque de
tanto defender las señas de identidad de la nación catalana, están perdiendo la
suya como partido de izquierda.
Hay otros datos que expresan
la compleja relación económica entre regiones. Uno de ellos es el flujo de personas
-no todo es la pela- hacia las
grandes urbes y hacia las zonas más industrializadas o más desarrolladas como Madrid,
Cataluña o el País Vasco.
Cataluña es “importadora” de
fuerza de trabajo (obreros, trabajadores) y no tenerlo en cuenta es imperdonable
en una persona de izquierda, cuya teórica base social es la población asalariada. ¿O es que la riqueza catalana no depende de los que trabajan en cataluña? A ver si ahora ERC ha descubierto que la riqueza la crean los empresarios, como defienden Fomento y la CEOE.
Y otro es la balanza comercial, que beneficia claramente a Cataluña, pues vende al resto de España más de lo que compra. Pero donde fallan estrepitosamente los argumentos nacionalistas es en olvidar la fuente principal de los ingresos de Hacienda: el impuesto de las rentas del trabajo, que es personal (recalco: no autonómico) pues todo el que trabaja legalmente tributa según lo que percibe, y es territorialmente igualitario, porque no distingue según el lugar de residencia, pero es socialmente injusto porque grava más las rentas del trabajo que las del capital y más las rentas medias y bajas que las rentas más altas. Por lo cual beneficia tanto a las clases altas madrileñas como a las andaluzas o a las catalanas, a las que Puigcercós defiende como nacionalista, olvidando que su izquierdismo le debería acercar a la suerte de los trabajadores por cuenta ajena y a las clases modestas, que, con los impuestos directos e indirectos, son las que más aportan a las arcas del Estado. Deferencia que le agradece Artur Mas, que es un indiscutible representante político de la burguesía catalana, pero no un entusiasta de las inspecciones fiscales.
Y otro es la balanza comercial, que beneficia claramente a Cataluña, pues vende al resto de España más de lo que compra. Pero donde fallan estrepitosamente los argumentos nacionalistas es en olvidar la fuente principal de los ingresos de Hacienda: el impuesto de las rentas del trabajo, que es personal (recalco: no autonómico) pues todo el que trabaja legalmente tributa según lo que percibe, y es territorialmente igualitario, porque no distingue según el lugar de residencia, pero es socialmente injusto porque grava más las rentas del trabajo que las del capital y más las rentas medias y bajas que las rentas más altas. Por lo cual beneficia tanto a las clases altas madrileñas como a las andaluzas o a las catalanas, a las que Puigcercós defiende como nacionalista, olvidando que su izquierdismo le debería acercar a la suerte de los trabajadores por cuenta ajena y a las clases modestas, que, con los impuestos directos e indirectos, son las que más aportan a las arcas del Estado. Deferencia que le agradece Artur Mas, que es un indiscutible representante político de la burguesía catalana, pero no un entusiasta de las inspecciones fiscales.
Como miembro de un partido
de izquierda, en vez de quejarse de la presión del Fisco sobre Cataluña, Puigcercós
debería ser partidario de subir los impuestos a los empresarios y los
perceptores de rentas altas, catalanes y no catalanes, y de extremar la
vigilancia fiscal para evitar fraudes y chanchullos con dinero privado y
público, como el del caso del Palau y algunos otros, y no debería preocuparse
tanto de los desequilibrios fiscales entre Cataluña y el resto de España, como
de reducir las diferencias de renta entre catalanes y las desigualdades
sociales dentro de Cataluña, que caen dentro del ámbito de sus competencias en el
territorio en el que realiza su actividad política. Sus más directos
adversarios deberían ser los miembros de la burguesía catalana, tanto si hablan
catalán como castellano, como si pagan impuestos o si no los pagan (entonces,
con más motivos), como si les gustan o aborrecen las corridas de toros, y sus
más fiables aliados deberían ser los trabajadores de Cataluña y los del resto
de España, cuya suerte corre pareja a la de los asalariados catalanes. Pero, en
el difícil equilibrio entre los intereses nacionalistas, que son por definición
interclasistas, y un programa de izquierda, que no debería serlo, ignoro si en ERC
tienen claro este asunto. En todo caso, una campaña electoral es una buena
ocasión para dejarlo bien sentado y decir de qué lado están.
Nueva Tribuna, 18-11-2010.
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