viernes, 16 de mayo de 2014

Camino del cielo...pero con turbo



La meteórica ascensión a los altares del fundador del Opus Dei es una muestra de que en España sigue existiendo la vieja costumbre del enchufe y la recomendación. Josemaría Escrivá de Balaguer, bautizado José María Escriba Albás, ha llegado a los altares utilizando las influencias del Opus Dei en el Vaticano, a cuyo cultivo, el neosanto, en vida, se dedicó muy pronto. El Opus Dei, que es un lobby en la espesa burocracia vaticana, ha movido pronto y bien todas las palancas de su amplio poder para llevar en apenas veinte años a los altares a su fundador, como insuperable prueba de que la suya es verdaderamente una obra de Dios, la obra de un divino impaciente por llegar al cielo, más que por un Camino, por una autopista (y con turbo), como señaló hace tiempo Perich, el humorista catalán ya fallecido.
El raudo proceso de beatificación, primero, y de canonización, después, de Escrivá es una muestra del aggiornamento de la Iglesia católica a la dinámica sociedad actual y a la producción en masa. Según esto, hoy día, para ser santo ya no es necesario haber padecido un larga vida de pobreza y privación, ni haber realizado portentos ni milagros acompañados por extraños signos en el cielo, ni se necesitan largas etapas de misticismo en el retiro de un cenobio o de privaciones en una cueva en el desierto venciendo las tentadoras ofertas de Satanás, ni, por supuesto, haber padecido martirio a manos de infieles, aunque ayuda bastante haberse situado políticamente a la derecha. 
Hoy, ser santo es más bien una profesión, un continuo ejercicio de técnicas de mortificación -mucho cilicio-, y de hipocresía (el voto de castidad más parece un voto de onanismo), un adiestramiento en la obediencia ciega -ser sillar, una modesta piedra en un imponente edificio, como aconseja una de las recetas de Camino- y de un cálculo de probabilidades para saber arrimarse al grupo de presión más conveniente, porque sin padrino nadie se bautiza y mucho menos llega a santo. Hoy, para llegar a los altares y formar parte de las legiones del cielo se necesita, en la tierra, la cooperación, siempre interesada, de una poderosa organización que promueva la candidatura de un nuevo santo entre otros cientos de aspirantes en una competencia non sancta. Hoy, las reales o aparentes virtudes personales sirven de poco si no van acompañadas por una eficaz gestión burocrática, por una cuidada campaña de promoción apoyada en la publicidad más que en la propaganda fide. 
Camino, el librito de las 999 máximas mínimas, parece un manual de auto ayuda -hágase santo, o al menos beato, en poco tiempo, siguiendo los consejos del fundador, que ya lo es-. Y la weberiana racionalidad instrumental, que impulsa la lógica del capitalismo, adopta una función sobrenatural y se pone al servicio de la producción estandarizada de santos. Este Papa, que critica el capitalismo pero que utiliza el método fordista para llenar el santoral, en sus 24 años de pontificado ha producido casi 500 canonizaciones, Escrivá hace el número 465, y más de 1200 beatificaciones, en un proceso, que parece industrial, de producción de buena gente -ahí va otro santo, como quien dice ahí va otro coche-.
En España, donde no hubo reforma protestante -¡¡Trento!!-, pero donde cada creyente ha hecho por su cuenta, al ibérico modo, su particular reforma luterana, el Opus Dei, que hace compatible el amor a Dios con el amor al dinero, es la versión española del calvinismo, de ahí su extensa influencia en los círculos del poder empresarial, científico, educativo, académico, económico, político y militar, aunque sus miembros suelen decir que tienen asociados de todas las clases sociales (al menos un taxista y las chicas de la limpieza de las residencias de la Obra).
El fundador, que provenía de una modesta familia de comerciantes, mostró pronto su deseo de salir de la mediocridad provinciana. El nombre de su congregación no es cualquier cosa; la podía haber puesto bajo la advocación de cualquier santa o santo -hay tantos-, pero tenía que ser una obra digna de un dios, una obra de Dios pero montada por él, con lo cual le daba lo mismo caer en el primero de los pecados capitales -la soberbia- si era para engrandecer la obra de Dios y sobre todo la suya. A pesar de sus aspiraciones nunca pudo evitar su pertenencia a la España cañí. Así, en 1968 solicitó -y Franco le concedió (antes le había hecho obispo)- el título de marqués de Peralta, con lo que resultó ser el primer obispo marqués con nombre de rejoneador.
Monseñor Escrivá entraba en el palacio de El Pardo con facilidad y de las filas de su congregación salió un nutrido plantel de prebostes y ministros de la dictadura, los llamados “tecnócratas”, que con su ideología desarrollista reemplazaron a los ideólogos -los falangistas de los primeros gobiernos- para indicarles que la revolución pendiente se posponía sin fecha, subsumida por los planes de desarrollo de Don Laureano. E inversamente, de las filas del Opus salieron pocos discrepantes con respecto al Régimen. Era una obra de Dios bien acomodada a una dictadura de corte católico.
El acto de canonización de monseñor Escrivá, efectuado con gran pompa el pasado día seis, ha estado a la altura de sus pretensiones: reunió 300.000 personas en la plaza de San Pedro, de las cuales cerca de 100.000 provenían de España, y entre ellas una nutrida representación oficial, encabezada por la ministra de Asuntos Exteriores, De Palacio, que dio una nueva muestra de confusión entre lo público y lo privado, entre las funciones propias del Gobierno de un Estado no confesional y las apetencias particulares de un gabinete de católicos practicantes. También se desplazaron a Roma Marta Ferrusola, señora del honorable Pujol, Joan Gaspart (sabíamos que el Barça es más que un club, pero no una sacristía), Ruíz Mateos, claro; el pío alcalde de Madrid, Álvarez del Manzano, el ministro de Defensa, Federico Trillo, que iba por su cuenta con toda su parentela, y el fiscal general del Estado, Jesús Cardenal. Entre los muchos asistentes italianos estuvieron Giulio Andreotti -¡lógico!-, Francesco Cossiga y Massimo D’Alema. Si alguien se pregunta por la crisis de la izquierda italiana, ahí tiene una respuesta. 
A pesar de la cobertura dada por los medios de información españoles, desorbitada en el caso de los medios gubernamentales y los medios oficiosos, la piadosa concentración de Roma no pudo tapar la noticia de otra gran concentración de masas acaecida el día anterior a la canonización de monseñor. La concentración, en Madrid, de 300.000 personas en la puerta de Alcalá, más pequeña y más fea -es difícil competir con Bernini-, hizo aflorar al esencial mundo de la producción y a sus protagonistas. Los trabajadores no pretendían llegar al paraíso, pero tampoco iban a dejar que la tierra fuera un purgatorio por obra y gracia de un decretazo sobre empleo dictado por un gobierno católico.

8 de octubre de 2002.

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