La meteórica ascensión a los altares
del fundador del Opus Dei es una muestra de que en España sigue existiendo la vieja
costumbre del enchufe y la recomendación. Josemaría Escrivá de Balaguer,
bautizado José María Escriba Albás, ha llegado a los altares utilizando
las influencias del Opus Dei en el Vaticano,
a cuyo cultivo, el neosanto, en vida, se dedicó muy pronto. El Opus Dei, que es
un lobby en la espesa burocracia vaticana, ha movido pronto y bien todas
las palancas de su amplio poder para llevar en apenas veinte años a los altares
a su fundador, como insuperable prueba de que la suya es verdaderamente una
obra de Dios, la obra de un divino impaciente por llegar al cielo, más que por
un Camino, por una autopista (y con turbo), como señaló hace tiempo Perich,
el humorista catalán ya fallecido.
El raudo proceso de beatificación,
primero, y de canonización, después, de Escrivá es una muestra del aggiornamento
de la Iglesia católica a la dinámica sociedad actual y a la producción en masa.
Según esto, hoy día, para ser santo ya no es necesario haber padecido un larga
vida de pobreza y privación, ni haber realizado portentos ni milagros
acompañados por extraños signos en el cielo, ni se necesitan largas etapas de
misticismo en el retiro de un cenobio o de privaciones en una cueva en el
desierto venciendo las tentadoras ofertas de Satanás, ni, por supuesto, haber
padecido martirio a manos de infieles, aunque ayuda bastante haberse situado políticamente
a la derecha.
Hoy, ser santo es más bien una profesión, un continuo ejercicio
de técnicas de mortificación -mucho cilicio-, y de hipocresía (el voto de
castidad más parece un voto de onanismo), un adiestramiento en la obediencia
ciega -ser sillar, una modesta piedra en un imponente edificio, como aconseja
una de las recetas de Camino- y de un cálculo de probabilidades para
saber arrimarse al grupo de presión más conveniente, porque sin padrino nadie
se bautiza y mucho menos llega a santo. Hoy, para llegar a los altares y formar
parte de las legiones del cielo se necesita, en la tierra, la cooperación,
siempre interesada, de una poderosa organización que promueva la candidatura de
un nuevo santo entre otros cientos de aspirantes en una competencia non
sancta. Hoy, las reales o aparentes virtudes personales sirven de poco si
no van acompañadas por una eficaz gestión burocrática, por una cuidada campaña
de promoción apoyada en la publicidad más que en la propaganda fide.
Camino,
el librito de las 999 máximas mínimas, parece un manual de auto ayuda -hágase
santo, o al menos beato, en poco tiempo, siguiendo los consejos del fundador,
que ya lo es-. Y la weberiana racionalidad instrumental, que impulsa la lógica
del capitalismo, adopta una función sobrenatural y se pone al servicio de la
producción estandarizada de santos. Este Papa, que critica el capitalismo pero
que utiliza el método fordista para llenar el santoral, en sus 24 años de pontificado ha producido casi
500 canonizaciones, Escrivá hace el número 465, y más de 1200 beatificaciones,
en un proceso, que parece industrial, de producción de buena gente -ahí va otro
santo, como quien dice ahí va otro coche-.
En España, donde no hubo reforma
protestante -¡¡Trento!!-, pero donde cada creyente ha hecho por su cuenta, al
ibérico modo, su particular reforma luterana, el Opus Dei, que hace compatible
el amor a Dios con el amor al dinero, es la versión española del calvinismo, de
ahí su extensa influencia en los círculos del poder empresarial, científico,
educativo, académico, económico, político y militar, aunque sus miembros suelen
decir que tienen asociados de todas las clases sociales (al menos un taxista y
las chicas de la limpieza de las residencias de la Obra).
El fundador, que provenía de una modesta
familia de comerciantes, mostró pronto su deseo de salir de la mediocridad
provinciana. El nombre de su congregación no es cualquier cosa; la podía haber
puesto bajo la advocación de cualquier santa o santo -hay tantos-, pero tenía
que ser una obra digna de un dios, una obra de Dios pero montada por él, con lo
cual le daba lo mismo caer en el primero de los pecados capitales -la soberbia-
si era para engrandecer la obra de Dios y sobre todo la suya. A pesar de sus
aspiraciones nunca pudo evitar su pertenencia a la España cañí. Así, en 1968
solicitó -y Franco le concedió (antes le había hecho obispo)- el título de
marqués de Peralta, con lo que resultó ser el primer obispo marqués con nombre
de rejoneador.
Monseñor Escrivá entraba en el palacio
de El Pardo con facilidad y de las filas de su congregación salió un nutrido
plantel de prebostes y ministros de la dictadura, los llamados “tecnócratas”,
que con su ideología desarrollista reemplazaron a los ideólogos -los falangistas
de los primeros gobiernos- para indicarles que la revolución pendiente se
posponía sin fecha, subsumida por los planes de desarrollo de Don Laureano. E
inversamente, de las filas del Opus salieron pocos discrepantes con respecto al
Régimen. Era una obra de Dios bien acomodada a una dictadura de corte católico.
El acto de canonización de monseñor
Escrivá, efectuado con gran pompa el pasado día seis, ha estado a la altura de sus
pretensiones: reunió 300.000 personas en la plaza de San Pedro, de las cuales
cerca de 100.000 provenían de España, y entre ellas una nutrida representación
oficial, encabezada por la ministra de Asuntos Exteriores, De Palacio, que dio una nueva
muestra de confusión entre lo público y lo privado, entre las funciones propias
del Gobierno de un Estado no confesional y las apetencias particulares de un
gabinete de católicos practicantes. También se desplazaron a Roma Marta
Ferrusola, señora del honorable Pujol, Joan Gaspart (sabíamos que el Barça es
más que un club, pero no una sacristía), Ruíz Mateos, claro; el pío alcalde de
Madrid, Álvarez del Manzano, el ministro de Defensa, Federico Trillo, que iba
por su cuenta con toda su parentela, y el fiscal general del Estado, Jesús
Cardenal. Entre los muchos asistentes italianos estuvieron Giulio Andreotti
-¡lógico!-, Francesco Cossiga y Massimo D’Alema. Si alguien se pregunta por la
crisis de la izquierda italiana, ahí tiene una respuesta.
A pesar de la cobertura dada por los medios de
información españoles, desorbitada en el caso de los medios gubernamentales y los
medios oficiosos, la piadosa concentración
de Roma no pudo tapar la noticia de otra gran concentración de masas acaecida
el día anterior a la canonización de monseñor. La concentración, en Madrid, de
300.000 personas en la puerta de Alcalá, más pequeña y más fea -es difícil
competir con Bernini-, hizo aflorar al esencial mundo de la producción y a sus
protagonistas. Los trabajadores no pretendían llegar al paraíso, pero tampoco
iban a dejar que la tierra fuera un purgatorio por obra y gracia de un decretazo
sobre empleo dictado por un gobierno católico.
8 de octubre de 2002.
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