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miércoles, 1 de enero de 2020

Nuevo año

En Europa y buena parte del mundo occidental regido por el mismo calendario, comienza el año 2020 de la era cristiana, sin que se pueda afirmar que nos hemos acercado mucho a los deseos de su fundador, aquel hijo de un carpintero de Galilea, como para dar un nombre tan solemne a una era tan larga como pródiga en desmanes y crueldades, sin sentir cierta vergüenza.
También nos hemos alejado de otros ideales no presididos por credos religiosos sino humanistas, comunitarios, solidarios o utópicos, que, en diversos momentos de la historia, han señalado el alba de nuevas eras que intentaban corregir los yerros, los excesos o las carencias de las anteriores.
Desde antes de la primera revolución industrial, pero sobre todo a partir de ella, los sentidos religioso y humanístico en la noción del tiempo quedaron enterrados por la mercantil utilidad del calendario como configuración racional del tiempo a largo plazo, complementado por el reloj como medidor del tiempo a corto plazo, en un sistema económico impelido por el deseo de producir la mayor cantidad de mercancías en el menor tiempo posible.
La intención de producir para satisfacer apremiantes necesidades humanas quedó pronto desbordada por la lógica de producir simplemente más y mejor; producir más, en menos tiempo, con el menor coste posible y con el mayor beneficio para quien decidía qué producir y ponía los medios materiales -capital- para hacerlo; producir no sólo para atender necesidades apremiantes, sino para satisfacer necesidades que se podían incentivar, estimular o crear en un proceso que fuera creciente e ilimitado, en el que cada deseo tuviera su satisfacción y cada sujeto sus objetos deseados, a cambio, naturalmente, de que su producción y su venta generasen un beneficio económico.
Desde esta perspectiva, los seres humanos eran convertidos en agentes de un sistema en el que actuaban como productores y consumidores, o mejor, como productores y no consumidores o muy productores (contra su voluntad) y poco consumidores (también contra sus deseos). El mercado era el marco en el que libremente se relacionaban unos con otros, bien como oferentes o bien como demandantes de bienes y servicios, entre los cuales se hallaba la disposición a trabajar para otro, cediendo determinado esfuerzo físico y mental durante cierto tiempo, a cambio de una contraprestación en moneda o en especie, o en ambas.
Presentados, en teoría, como actores soberanos, productores y consumidores quedaron en la práctica como juguetes de un mercado que escapaba a su control e incluso a la comprensión de la ciega lógica que lo impulsaba.
Bajo la engañosa impresión de que el ser humano había conquistado, por fin, su papel de rey de la Creación dominando la naturaleza, en vez de vivir sometido a ella como el resto de los animales, la Tierra se concibió como un gigantesco almacén, que hacía las veces de mina y de vertedero, pues dispensaba lo necesario para producir, por muy insensata que fuera la producción, como la energía y las materias primas y después asimilaba los productos terminados y los residuos, y lo hacía sin límite de tiempo ni aparente coste económico; eso era el progreso, el desarrollo; un proceso creciente y sin fin.   
Mirando a lo lejos desde este año que empieza, sólo se percibe en el horizonte este modelo económico, el capitalismo, como sistema productivo, pero a la vez anárquico, poco eficiente, despilfarrador de recursos que ya son escasos y, por si fuera poco, inestable y dado a sufrir periódicas y destructivas conmociones.  
Un capitalismo sin antagonista, aunque con variantes: un capitalismo regulado (y en franca retirada), un capitalismo cimarrón o asilvestrado, un capitalismo salvaje, un capitalismo más o menos social; un capitalismo incipiente y un capitalismo maduro; un capitalismo de mercado o de monopolio; un capitalismo local y un capitalismo global; un capitalismo con democracia o sin ella, con derechos civiles o despótico; un capitalismo ateo o confesional; un capitalismo de partido único o un capitalismo con varios partidos también únicos, si persisten en alcanzar el mismo fin.  
Este capitalismo sin visible alternativa a corto plazo, aunque con crecientes muestras de instintivo rechazo social, ha topado con un límite, no humano, sino natural, que es la crisis climática, en realidad una revolución del clima que está en sus albores, cuyas señales de alarma se perciben con más frecuencia y mayor intensidad.
El reto de esta década es hacer frente, de modo urgente y coordinado -no hay otro- a esta revolución, porque sus efectos son difíciles de imaginar.  
El gran desafío de la especie humana está en comprobar si seremos capaces de reemplazar este sistema productivo por otro y de limitar la destrucción de la naturaleza poniendo los medios para facilitar su regeneración, que será también la nuestra como humanos, en un planeta que no hemos dominado ni entendido, y que además no nos pertenece como individuos, porque, dada nuestra breve estancia en él, sólo somos temporales usuarios, ni como especie, porque pertenece a todos los que habitan y habitarán en él.
Y nada importa que algunas, o demasiadas personas, por ignorancia o interés en mantener este sistema, nieguen la crisis climática, porque la naturaleza no se va a detener, no va a esperar a que los reacios se convenzan, porque no concede treguas ni admite diálogo; la naturaleza es soberana y la especie humana no lo es, porque depende de ella.
Si, además de hablar, no hacemos pronto algo efectivo, quizá nos demos cuenta, demasiado tarde, de que ya ha pasado nuestra oportunidad para intervenir con algún resultado y de que estamos expuestos a sufrir la venganza de la Tierra, que puede ser brutal e imparable.






miércoles, 5 de septiembre de 2018

Micronaciones

No percibo que la formación de nuevas repúblicas surgidas de la implosión de la URSS y del bloque de países del Este, sea un estímulo a los planes de los nacionalistas. Es al  contrario si preguntamos qué tipo de países son esas nuevas repúblicas.¿Qué sociedades han formado? Pues no parecen a salvo de tensiones étnicas o ideológicas. Además, ¿qué relevancia tienen entre las demás naciones, ante problemas de dimensión mundial? 
La formación de nuevos pequeños países revela la mentalidad provinciana de sus promotores, que se desentienden del contexto e ignoran que puedan verse afectados por lógicas que son mundiales. Los micronacionalistas creen que pueden construir países a su imagen y semejanza, que sean burbujas resguardadas de lógicas mundiales (cambio climático, energía, mercado, deuda, migraciones, etc, etc).

viernes, 25 de mayo de 2018

Del ciudadano ácrítico: el retorno del idiota


Observo que el tema de esta sesión de las “Jornadas”[1] viene definido por tres sugerentes voces -conciencia, crítica y ciudadanos-, así que, a tenor de lo que me suscita la unión de estas tres palabras, antes de responder al interrogante  que señala el título en cuestión, voy a plantear otras preguntas que vienen al hilo del asunto: ¿Podemos imaginar una ciudadanía que no sea crítica? ¿No es el espíritu crítico y vigilante lo que caracteriza a la ciudadanía?
En el Antiguo Régimen, el discurso crítico que brotaba desde los estamentos subalternos contra el ilimitado poder regio, que reservaba la función gubernativa a los altos estamentos -nobleza y clero- e imponía deberes y obediencia al estado llano, es lo que acabó con la figura del súbdito e hizo aparecer la figura del ciudadano burgués, que, más tarde, y debido a las demandas políticas del movimiento obrero, dio lugar al ciudadano moderno, que es un sujeto reclamante de derechos, razonante y crítico, vigilante del poder político, activo y revolucionario, pues introduce una nueva forma de concebir la política, es decir, de acceder y ejercer el poder, para atender a unos asuntos que se van a considerar públicos (comunes, abiertos y opinables) y no reservados a la ocupación privada y permanente de una casta.  
La figura del ciudadano, con tiempo y esfuerzo, y en medio de notables tensiones sociales y de saltos atrás, muy frecuentes y graves en el caso de España[2], ha ido creciendo en derechos nominales y reales, pero desde el punto de vista de la praxis política, hoy, en las postrimerías del siglo XX, en Occidente, el vigoroso trazo que perfilaba al ciudadano se ha ido debilitando, erosionado por los cambios jurídico-políticos, que, desde la década de los años setenta, han dado lugar a los regímenes de democracia dura o fuerte, que ya anticipaba Agnoli[3], como autoritaria respuesta a la crisis de legitimación, que, según Habermas, sufre, desde entonces, el Estado democrático.
En este orden de cosas, uno de los cambios políticos más importantes ha sido sentar las condiciones para que surja un discurso que equipara la figura del ciudadano a la del contribuyente, a la del consumidor o a la del modélico votante. Este programado ciudadano se muestra cuando vota -lo que le ponen delante-, cuando paga los impuestos -que le ponen delante-, cuando consume -los artículos a los precios que le ponen delante- y cuando trabaja en las condiciones laborales, que también le ponen delante.
Este paradigmático sujeto es un ser obediente, aceptante del (des)orden vigente, que no cuestiona, pero en el cual él mismo es cuestionado por ignotos poderes para hacerle volver, cada día un poco más, a la condición propia de un súbdito que acepta su voluntaria sumisión[4] como una condición básica para mantener vigente el orden político y económico. Surge la pasividad (o la resignación) como necesaria condición para mantener el régimen político liberal/democrático y el sistema económico de mercado -la producción capitalista-, como ya señalara Marx (1974, p. 255): la teoría económica liberal /burguesa sólo funciona cuando los trabajadores aceptan someterse a la producción en las condiciones que marca el capital, pues en cuanto brota la lucha de clases, es decir, cuando no se acepta mansamente lo que el capital prescribe, entonces la teoría no se cumple[5].
El sujeto así considerado estaría más cercano al idiota, el ciudadano libre de la Atenas clásica, que, en principio, no ostentaba cargos públicos y que luego fue desentendiéndose de los asuntos comunes (de la gestión de la polis) y acabó viviendo aislado, inmerso en su vida privada y renunciando de hecho a los derechos que le confería su ciudadanía. Por decirlo de otra manera, abusando de la definición de Aristóteles -zoon politikon- del hombre como animal político, el idiota sería el zoon apolitikon, el hombre apolítico. A tenor de esta idea, el individuo apolítico es un hombre (o ya, en nuestros días, una mujer) incompleto, porque está mutilado de un aspecto esencial de su vida humana, es decir, transnatural, que se ocupa de hacerle partícipe de los fines y afanes comunes, el que le brinda la percepción de que su propia existencia sólo tiene sentido en relación con la existencia de otros semejantes, dentro de un proyecto común de cuya gestión también debe de ocuparse[6].
Hoy, en gran medida, el sistema político democrático -o mejor dicho, democrático burgués, pues sigue conformado por la hegemonía burguesa y respondiendo de manera principal, aunque no exclusiva, al logro de los intereses de esta clase- se esfuerza por producir ingentes cantidades de idiotas. Lo peor del asunto es que también los llamados partidos de izquierda (y los sindicatos) han invertido no pocos de sus esfuerzos en alimentar esta contagiosa epidemia de idiotez.
Así, pues, la respuesta a la pregunta que señala el objeto de esta sesión estaría en hacer revivir esa incómoda figura para el gobernante, porque es crítica, activa, acreedora, participativa, interpeladora del poder político (y del económico), que debiera ser el ciudadano moderno: en hacer revivir, adaptado a las necesidades de nuestra época, el zoon politikon aristotélico, pues para el filósofo de Estagira, la política es un instrumento para formar y articular la parte social de cada individuo, el ámbito para alcanzar la socialización suprema, que es convertirse en ciudadano; es decir, sentirse miembro de una colectividad y asumir los deberes y derechos que implica vivir en comunidad, porque vivir es convivir y compartir tiempo y espacio (territorio).
El quid de la cuestión está en que hacer revivir a este paradigmático sujeto no es tarea fácil, porque llegar a ser un ciudadano crítico y exigente precisa, entre otros requisitos, entender bien lo que ocurre alrededor, y eso -llegar a entender, a comprender- es hoy algo bastante difícil de conseguir.

MIRAR Y NO ENTENDER
Hoy, cuando recibimos cada día más cantidad de información sobre la situación del mundo que la que han recibido nunca las generaciones precedentes, no podemos asegurar que prestando atención a las noticias que nos suministran los medios -la prensa- entendemos bien lo que acontece en el planeta.
De la lectura de los periódicos, la audición de la radio y el visionado de los programas informativos de televisión no obtenemos la impresión de entender lo que ocurre. Es más, personalmente siento que la representación del mundo que costosamente me había ido elaborando a lo largo de muchos años se ha ido desbaratando en poco tiempo, y que ni uniendo los trozos dispersos de la vieja imagen con las novedades cotidianas consigo formalizar una nueva visión coherente que reemplace a la antigua, lo cual me llena de perplejidad.
Por fortuna, existen personas que ofrecen unas reflexiones que van por delante de las nuestras y nos procuran el alivio de hallarnos en buena compañía en este mundo que se nos ha vuelto tan extraño.
Anthony Giddens (1993, p.16) señala: la opinión de que no es posible obtener un conocimiento sistemático de la organización social resulta, en primer lugar, de la sensación que muchos de nosotros tenemos de haber sido atrapados en un universo de acontecimientos que no logramos entender del todo y que en gran medida parecen escapar a nuestro control.
Otro autor, un periodista y estudioso de los procesos de la comunicación, I. Ramonet (1997, p.87), comparte esta desazón cuando escribe: Nos enfrentamos a una crisis de inteligibilidad: aumenta la distancia entre lo que sería necesario comprender y las herramientas conceptuales necesarias para tal comprensión. Con la desaparición de las certezas y la ausencia de proyecto colectivo, ¿habrá que resignarse a vivir lo que Max Weber llamaba <<el desencanto del mundo>>?
Opinión compartida por J. Mª Ripalda (1999, p.105) que señala que las clásicas distinciones de frentes se difuminan; los viejos esquemas políticos, oficiales o revolucionarios, no funcionan; el discernimiento es más necesario y difícil que nunca. Y Marc Ferro[7] escribe: somos conscientes de vivir en unas sociedades sin brújula, que han perdido sus puntos de referencia y ya no saben unir el futuro y el pasado. Lo mismo se puede decir de las ideologías, porque ya no sirven de referencia, se trate de socialismo o de liberalismo, puesto que las prácticas que pretendían encarnarlos han resultado equivocadas. Parece, pues, que habitamos en un mundo sin rumbo, como lo califica Ramonet (1997), o desbocado, como lo hace Giddens (2000), o que, de repente, haya explotado el desorden, como afirma Fernández Durán (1993).
En los años 60 y 70, entre la “gente maja”, progresista o comprometida en la lucha contra la dictadura, se puso de moda un término -tomar conciencia-, que era una aberración semántica (tomar conciencia es gramaticalmente similar a tomar horchata), pero señalaba la necesidad de entender, de ser conscientes de lo que pasaba. Eran un par de palabrejas de separaban el mundo de los alienados del mundo de los iniciados, de los seres conscientes, de los que estaban orientados, sabían lo que pasaba y lo que había que hacer.
La conciencia solía tomarse, como un bebedizo, en uno o varios seminarios, en los cuales un iniciado abría los arcanos de la concepción materialista de la historia a los catecúmenos.
Después de varios seminarios bien cargados de conciencia, ya se tenían las claves de cómo funcionaba el mundo y de por qué lo hacía, y ya se podía pensar en cambiarlo. Con tan ligero equipaje teórico, los que en los años sesenta teníamos alrededor de veinte años nos aprestamos a transformar el mundo de manera radical (desde la raíz) y no de otra forma, pues la fuerza de nuestro empeño no residía tanto en un real conocimiento del mundo como en la creencia de que poseíamos ese saber. Nuestra titánica tarea de pretender cambiar el mundo de manera revolucionaria no era tanto una consecuencia de la ciencia como de la fe; de haber tomado conciencia. Sin embargo, el proceso de conocer el mundo -no digamos ya el de transformarlo- es una tarea algo más compleja y requiere un poco más de tiempo. 
Los griegos de la época clásica llamaban contemplación -mirar detenidamente- a la labor de meditar, reservada a los hombres libres que disponían del tiempo suficiente como para poder entregarse a interpretar el mundo después de haberlo contemplado largamente -eso es lo que significa en griego théorein, <ver>, <contemplar>, señala Victoria Camps[8]-, y de ahí ha quedado el sentido posterior del término teoría como resultado de la reflexión, de la contemplación, de la actividad de mirar y de pensar. La theoría era un reflejo que se construía en el aire de la mente y que se levantaba con la dúctil materia de las palabras. Por ello, la theoría -lo visto, en suma-, se reconstruía abstractamente, sin la grávida realidad e indiferente a la asunción que de ellas habían hecho nuestros ojos, señala Emilio Lledó en la obra citada (1994, p.12), pero hoy, la afanosa escrutación del mundo por una mirada anhelante sólo parece hallar el caos como resultado de su esfuerzo y, en consecuencia, en vez de encontrar conocimiento, tropieza no sólo con la duda, sino con la confusión.
Comprender es hoy la apuesta capital, sentencia Ramonet (1997, p. 191), luego de señalar que estamos saliendo de un universo de simples determinismos y entramos en un mundo de complejidad, en el que la incertidumbre, la estrategia y la innovación aparecen fuertemente ligadas. Pero su imbricación nos aparece como un enigma.
Así, pues, tal y como prescribía Hegel a sus coetáneos, los humanos de hoy volvemos a estar condenados por Dios a ser filósofos; condenados a tener como tarea prioritaria la interpretación de un mundo que en sus evoluciones nos deja perplejos.
Javier Muguerza (1990, p. 46) considera interesante este estado de tensión que para él es la perplejidad, ya que es la antesala de la búsqueda -la filosofía apenas es más que un conjunto de cuestiones incesantemente planteadas y vueltas a replantear, de problemas siempre abiertos, de perplejidades que nos asaltan una y otra vez. De tal manera, indica este autor, que, si para la inmensa mayoría de los mortales, incluida la inmensa mayoría de los filósofos (y, por supuesto, el que esto escribe), la perduración de un estado de irresuelta perplejidad tendría bastante más de pesadilla, y hasta de maldición, que de dádiva o de regalo de los cielos, algunos escasos filósofos pueden disfrutar con el don de la perplejidad, puesto que es el único padecimiento filosófico capaz de inmunizarnos contra el escepticismo propio de la ignorancia y la certeza del dogmatismo.
Pero no debemos renunciar a entender este presente confuso haciendo de la perplejidad una razón de vida o la base de una postura estética, si es que aspiramos a actuar de alguna manera sobre la realidad. Muy al contrario, el dinamismo del mundo actual no respeta la automarginación para dedicarse a contemplar los afanes humanos (demasiados de ellos trágicos) desde un hipotético Olimpo resguardado de dudas y tensiones. Al final, hay que actuar y para hacerlo hay que tratar de comprender; es decir, no renunciar, cuanto menos, a utilizar la razón, como indica Muguerza (1990, p. 662) -Cualquiera que sea el grado de perplejidad teórica en que uno esté sumido, hay ocasiones en la vida en que no queda más remedio que optar por una u otra alternativa. La opción por la razón frente a la sinrazón es una de ellas. Es, sin lugar a dudas, la opción fundamental. Y la necesidad de optar por la razón es de índole eminentemente práctica.
Así, pues, en nuestros confusos días y como previo requisito a la intención de actuar sobre el mundo -tarea propia de cíclopes, si se trata de transformarlo- o al menos de no abandonarlo del todo a su controvertido rumbo, habría que plantearse (o replantearse) la imperiosa necesidad de volver a interpretarlo; de comprenderlo en su acelerado dinamismo y en su creciente complejidad, tarea, a mi parecer, no menos ciclópea.

Mayo, 2000.



[1] Jornadas sobre medios de comunicación: presente y futuro. Barcelona, 3-4 de junio de 2000, organizadas por el Consell d’Edicions del Centre d’Estudis y Debats de l’Esquerra Socialista de Catalunya. Se publicó parcialmente como artículo en la revista Escrits nº 21, hivern, 2006.
[2] Tema que he abordado en El lienzo de Penélope. España y la desazón constituyente (1812-1978), Madrid, Los libros de la catarata, 1999.
[3] Agnoli, J. & Brückner, P. (1971) (primera edición alemana en 1968): La transformación de la democracia, Méjico, Siglo XXI.
[4] Sobre este asunto, ya, en el siglo XVI, reflexionó Etienne de La Böetie en El discurso de la servidumbre voluntaria.
[5] Los economistas quieren que los obreros sigan en la sociedad tal como está establecida y tal como la han consignado y sellado en sus manuales. Marx, C. (1974): Miseria de la filosofía.
[6] Este tema lo he abordado con más extensión en el capítulo “Gobierno y convivencia. Apunte sobre el origen urbano de la política”, en la obra colectiva: Política y comunicación. Conciencia cívica, espacio público y nacionalismo, Madrid, Los libros de la catarata, 1999.
[7] M. Ferro “Medios y comprensión del mundo”, en Le Monde diplomatique (1998): Pensamiento crítico vs. Pensamiento único, Madrid, Debate.
[8] Camps, V., "El sentido olvidado de la ética", reseña del libro de E. Lledó Memoria de la ética, (El País, "Babelia", 12-XI-1994, p.13).

domingo, 10 de diciembre de 2017

Trump imputable

Tendrían que ser los jueces, abriendo un proceso de "impeachment" como hicieron con Nixon, por muchísimo menos, que le obligó a dimitir. Trump, además de ser una bomba para el resto del mundo, es un tipo impresentable para los estadounidenses: mentiroso compulsivo, miente de manera habitual, el Washington Post hizo una estadística que daba un promedio de siete mentiras diarias durante los primeros 200 días de mandato (por muhco menos el fiscal Kenneth Starr le buscó las vueltas a Bill Clinton con el asunto de la becaria Mónica Lewinsky); más de una docena de mujeres han dicho que han sufrido acoso sexual por su parte; es un misógino ordinario que dice que le gusta coger a las mujeres por la entrepierna; ha bajado los impuestos a los ricos; ganó las elecciones con ayuda de los hackers rusos y prometiendo cosas que no ha cumplido, ni cumplirá; ha reactivado el consumo de energías fósiles; ha autorizado la construcción de un oleoducto, que Obama habia paralizado, que atraviesa zonas protegidas y territorios de los indios; se ha querido cargar varias veces el seguro sanitario de Obama (ya veremos si lo consigue); ha sacado EE.UU. de los compromisos mundiales sobre el clima y sobre los refugiados; quiere construir un muro en la frontera con Méjico; persigue a los inmigrantes, y la última ha sido atizar, en favor del reaccionario gobierno de Netanyahu, el conflicto entre israelíes y palestinos. Ese tipo no puede seguir gobernando.

domingo, 22 de octubre de 2017

Nacionalismo, utopía y pragmatismo.

En todo lo que está sucediendo en Cataluña, que es muy grave, es difícil entender la actitud de las izquierdas, que parecen confundidas, obnubiladas, desbordadas. Unas, que no se han opuesto con suficiente contundencia al discurso nacionalista, dudan; otras parecen seducidas por el relato victimista del  pueblo oprimido, sin ver más lejos; otras oscilan continuamente entre unas posiciones y otras y unas terceras están entregadas al proceso de fundar una república, aunque guarden reservas sobre el contenido final de ese proyecto. 
Unas y otras no parecen haber valorado con suficiente claridad las tendencias contradictorias que internamente animan el movimiento secesionista, que, a la hora de ponerse en práctica, otra cosa son los discursos, parecen muy difíciles de combinar.
Por un lado, existe una tendencia contemporánea, actualísima, propia de las sociedades urbanas, desarrolladas y competitivas, impelidas por la lógica de un mercado global y dinámico, como es la general falta de solidaridad instalada como principio universal. En este caso, de las regiones ricas hacia las que no lo son o lo son menos, tan característica del neoliberalismo imperante, que impone el egocentrismo como norma de conducta personal, social, económica y política. Tendencia que responde a los intereses del capital que, en aras de aumentar el beneficio, acepta la lógica de la competencia y del mercado con las mínimas restricciones y, de ser posible, con ninguna.
Así, una parte del independentismo, bajo los conocidos lemas del patriotismo más ingenuo y desinteresado (somos una nación, queremos decidir, etc, etc), esconde la divisa del individualismo, la competencia y mercado libre, creyendo que Cataluña, sin el lastre de las regiones pobres de España, sería un país como Dinamarca, que estaría en mejores condiciones para poder competir en el mercado internacional.
Podría decirse que esta es la tendencia pragmática del nacionalismo.
Por otro lado, se encuentra la tendencia opuesta: la intención de restaurar los lazos sociales que neutralicen la insolidaria tendencia anterior, promoviendo una nueva comunidad de aspiraciones e intereses, que supere las diferencias internas de la sociedad catalana luchando colectivamente por llevar adelante un proyecto común. Intento que, según el discurso nacionalista, está lastrado por España. Pero se trata de construir el futuro mirando al pasado, a la tradición, a una Cataluña arcaica, foral, preindustrial o instalada en la pequeña producción, en el comercio local y en el proteccionismo económico.
Esta sería la tendencia utópica. Si la primera tendencia está inspirada en el moderno neoliberalismo, la segunda encuentra su inspiración remota en la Cataluña rural y clerical y en el carlismo.
Modestamente, creo que si la izquierda (o las izquierdas) pretende sobrevivir a este momento de crisis, debería recuperar su autonomía respecto a la derecha, a la derecha nacional, centralista, españolista, y respecto a las derechas locales, regionales, nacionalistas, que no son menos derechas; olvidarse de la disgregación del Estado y de su conquista por parcelas, nefasta consecuencia de su dogmatismo e inviable empresa hasta ahora, y plantearse su conquista o en su defecto la reforma del Estado en beneficio de las clases subalternas.
Y, en tanto llega ese día, que por ahora no se atisba en el horizonte, plantearse, como tarea ineludible, disputar la hegemonía a las derechas para alcanzar la mayoría social suficiente con la que poder neutralizar sus rancios proyectos, centrales y periféricos.

jueves, 19 de octubre de 2017

Hechos no diferenciales

En las manifestaciones a favor de la independencia de Cataluña no se han visto personas llevando barretinas en la cabeza ni calzando espardenyes, como hubiera sido lo esperado en ocasiones donde tanta importancia se concede a las señas de identidad, a los llamados “hechos diferenciales”, señalados con machacona insistencia por los promotores del nacionalismo catalán.
Muy al contrario, la vestimenta de los asistentes a estos actos de afirmación nacional puede calificarse de cosmopolita, de nacionalmente indiferenciada, de similar a la del resto de España y de Europa (y quizá del mundo); es decir, la propia de la clase media urbana, ropa informal, cómoda y moderna, impuesta por las normas del consumo de masas y las modas dictadas por las grandes marcas de ropa y calzado. Camisetas y sudaderas, pantalón vaquero, por lo general en chicos y chicas, o faldas actuales, calzado cómodo, sandalias y sobre todo, zapatillas deportivas de marca extranjera; cabezas con gorras, incluso con la visera hacia atrás “american style”. O como la llevan las “top models influencers”. Todo ello confeccionado en China, la fábrica del mundo.
Los más radicales han adoptado una estética batasunizante, pero igualmente moderna, nada de gorra, sino pelo cortado con hacha, camisetas superpuestas, imitando a Sheldon Cooper (otro “influencer”), pantalón vaquero y zapatillas deportivas de marca extranjera, todo ello confeccionado en el mismo lugar, así que de diferenciarse, pues más bien poco, pues lucen el uniforme universal dictado por la globalización.
El único signo distintivo eran las banderas esteladas -confeccionadas ¿dónde? Adivinen-, el propósito y las consignas, porque quitando eso, las concentraciones han sido semejantes a las de cualquier otro lugar de España donde concurran multitudes por los motivos más diversos.
También es distintivo el cántico de “Els segadors”, un himno que alude a unos hechos pretéritos y a una profesión que ya no existe, porque ahora segar, trillar y empacar el cereal lo hace, sin tradición ni poesía, una sola máquina, que trabaja destajo sin parar para comer, dar sombra al botijo y mucho menos para rezar el ángelus -¿Qué haría hoy el pintor Jean Millet?- cuando tañe la campana de la iglesia más cercana, porque las cosechadoras, que tienen alma de metal y sangre de hidrocarburo, no creen en Dios, como los cipreses de Gironella. No, el campo ya no es lo que era.
Hace siglos, con un cop de falç se podía degollar al adversario, a un cacique, a un terrateniente, o a un mensajero del Conde Duque, pero hoy para proclamar la república hace falta un cop de sort i sobretot un cop de seny. I d’aixó hi ha molt poc.

miércoles, 18 de octubre de 2017

El nacionalismo y sus creencias

Good morning, Spain, que es different

El nacionalismo, que aduce inspirarse en la historia y en la naturaleza (en los vínculos con la tierra, en comunidades originarias, en sentimientos primigenios y en tradiciones ancestrales), parte de varios supuestos que son históricamente falsos.
El primero es creer que la existencia de las naciones genera en sus habitantes el sentimiento nacional, lo cual no siempre es cierto, y en particular en los nacionalismos emergentes de naciones sin Estado, como el catalán o el vasco (o el padano o el bretón), donde el sentimiento nacional precede a la nación, sirve para fundar la nación (aglutinar a los adictos) y después para sustentar la reclamación de un Estado propio en nombre de la nación fundada. Lo señala Anthony D. Smith: primero, el nacionalismo; luego, la nación.
El segundo error es creer que a cada nación le corresponde un estado propio e independiente, que responde a la idea de la nación soberana.
El tercero es creer que los grandes estados surgidos en el Renacimiento (Austria, España, Francia, Inglaterra, Rusia, Suecia) son estados nacionales, montados sobre la base de un sentimiento nacional previo.
Así, los nacionalistas imaginan que su pretensión de fundar un estado propio sigue el camino que antes emprendieron los estados o países hoy existentes.   Pero están equivocados, pues tales estados (término renacentista que alude a lo estable, a lo que permanece como aparato de dominación y administración por encima de las circunstancias vitales de los dirigentes) no se fundaron sobre la base de un solo pueblo, ni étnica ni lingüísticamente puro, sino, tras guerras y uniones dinásticas y matrimoniales), sobre la lealtad de los súbditos a la religión y a la corona; de ahí la importancia que cobraron las dinastías (y las luchas dinásticas) y la religión (las luchas religiosas), pues si la religión era una de las bases del Estado, el individuo que profesase otra religión no sólo era un hereje, era un desafecto, un súbdito desleal; tan traidor como el que conspirase contra el rey.
“Cuius regio, eius religió” es el lema por el cual la confesión religiosa del príncipe debe ser la de sus gobernados, que estuvo vigente hasta el Tratado de Westfalia, que, en 1648, puso fin a la guerra de los 30 años en Europa y a la de los 80 años entre España y los Países Bajos, y dejó sentados dos principios (en letra grande, digamos) -la religión dejó de ser causa de guerra y la integridad territorial como fundamento de la soberanía-, que estuvieron en vigor hasta las revoluciones y movimientos nacionalistas del siglo XIX.
Por otra parte, dada la vocación imperial de todas estas monarquías, lo de menos era la raza o la lengua de sus habitantes, pues lo que importaba era la extensión del territorio a dominar y la cantidad de súbditos que contuviera, para trabajar, nutrir las huestes reales en caso de guerra y pagar impuestos.
Pero aunque el origen de los estados citados hubiera sido la nación étnica, que no lo fue, hoy, en Europa, fundar una nación sobre tal supuesto no sería posible, pues las gentes están mezcladas en sociedades muy complejas, a no ser que se haga una depuración interna de individuos para formar la nación pura, la nación nacionalista. Es decir, desagregar a los grupos, deshacer los lazos y las relaciones existentes, romper la sociedad, en suma, y separar lo que lleva unido muchos años para volver unirlo con otros criterios. Pero tal operación, realizada siempre con tensiones y a veces brutalmente (limpieza ética), no es natural ni  históricamente lógica, ni tampoco lo es desde el punto de vista económico, sino la aplicación de un programa político y, por tanto, tan artificial como cualquier otro programa político aplicado sobre la sociedad.
El nacionalismo así entendido es como una ortopedia social, como un molde, una depuración en la sociedad existente y la reconfiguración de otra, montada sobre el modelo de sociedad homogénea que los nacionalistas tienen en mente, que Milosevic llevó a cabo de forma brutal en Yugoslavia. 
Esta concepción del nacionalismo es heredera del modelo de construcción de naciones de los años sesenta, surgido de las guerras de descolonización en África y Asia, después de la IIª Guerra Mundial. Modelo que durante años ha inspirado a los partidos de izquierda, entre ellos a los españoles, que conviene revisar para analizar el fenómeno del nacionalismo desde otra perspectiva, que, al menos, tenga en cuenta lo siguiente.
Primero. Las dificultades para definir de modo preciso el concepto “nación”, en términos que permitan discutir sobre el problema político de la autodeterminación Lo mismo sucede con la palabra “pueblo”, de validez en el campo de la antropología pero poco útil como concepto político.
Segunda. La compulsiva búsqueda de identidad, tanto personal como colectiva, que, con un sentido fuerte y duradero, cobije a las personas del individualismo imperante, como uno de los fenómenos de las sociedades actuales, en las que existe una añoranza de los valores de grupo, de comunidad, de sentimientos compartidos ante la soledad establecida por la competencia en todas las escalas, donde la sociedad parece que ha sido “ocupada” por el mercado.
Tercera. El análisis de las consecuencias sociales y políticas de la globalización y, en suma, de la evolución de un capitalismo extendido a escala mundial, agresivo y desbocado, impulsado por el dinámico sector financiero.   

miércoles, 28 de junio de 2017

Calor en Phoenix

Good morning, Spain, que es different

Dice la prensa que hace mucho calor en Phoenix, capital del estado de Arizona.
Ya lo había advertido Sam Loomis (John Gavin), mientras se vestía en una habitación del hotel Jefferson: “Estoy cansado de sudar. Sudo para pagar las deudas de mi padre, que está en su tumba… Sudo para pagar la pensión de mi exmujer, que vive no sé dónde…” 
No era un reproche a Marion Crane (Janet Leigh), ocupada en el mismo menester, sino admitir con fatalismo que su apurada situación económica no les permitía casarse.
Ella acabó de vestirse, blusa blanca de manga corta y falda, y salió a la calle. Eran las tres de la tarde del once de diciembre, y hacía calor.
Lo reconocía Tom Cassidy, un cliente que llegó a la empresa donde trabajaba Marion: “Tendrían que decirle a su jefe que ponga aire acondicionado”. El jefe lo admitió: “Vamos a mi despacho, Tom, que está refrigerado”.  
Después, alegando un dolor de cabeza para salir antes de la oficina, Marion Crane tuvo 40.000 buenas razones para coger el coche, un cochazo corriente, y dejar Phoenix. Nunca volvería, ni llegaría a su destino llevando 40.000 dólares en el bolso, pues se topó con un psicópata que regentaba un motel de carretera.
Este relato de Alfred Hitchcock, ubicado en 1960, en estos días de junio de 2017 tendría que hacer mucho más hincapié en el calor, que ha alcanzado en Phoenix los 48 grados centígrados, temperatura más propia del Valle de la Muerte, el desierto repartido entre Nevada y California.
Otras ciudades del suroeste norteamericano han soportado también la oleada de calor, y del sur y ¡del norte! de España sin ir más lejos. 
Hablan los meteorólogos de una subida general de temperaturas sin retorno posible; de los incendios y de la escasez y descenso de las lluvias regulares y del ascenso de fenómenos tormentosos cada vez más intensos y frecuentes. Advierten los expertos en análisis del clima sobre los efectos del deshielo de los polos y la subida del nivel del mar, y de que el Sahara se expande, avanza hacia el centro de África y hacia el sur de Europa.
Pero el ignorante inquilino de la Casa Blanca actúa como un psicópata y sigue negando el cambio climático -debe estar aconsejado por el primo de Rajoy, que era incapaz de detectar los cambios del tiempo-, alegando que es un cuento de los chinos para atar las manos de Estados Unidos y poder sobrepasarlos económicamente. Otro que teme el “sorpasso”. 
En realidad, este atrabiliario presidente, republicano singular, sigue los mismos criterios que tenía Ronald Reagan para “Hacer grande América” (la consigna que comparten o que este ha copiado de aquel), y es que un imperio (ahora voluntariamente encogido) no puede someter su soberanía a tratados internacionales que la limiten, y si Estados Unidos quiere -y debe- seguir siendo la primera potencia mundial, no tiene que renunciar a usar las fuentes de energía que considere más adecuadas para su desarrollo, aunque sean muy contaminantes, porque así lo prescriban los acuerdos o a la opinión de terceros países.
El cambio climático es imparable y lo único razonable que se puede hacer es tratar de paliar sus consecuencias cambiando el modelo productivo capitalista, depredador de la naturaleza y despilfarrador de recursos, pero incluso los gobiernos más conscientes del peligro -y el nuestro no está entre ellos- carecen, dilación tras dilación, de planes a corto plazo y de la voluntad de llevarlos a cabo con decisión, aunque sea de manera unilateral.
No parece que, a las élites que dirigen el mundo, el problema merezca un tratamiento drástico y urgente, mientras el clima, que es consecuencia de millones de años de evolución del planeta, cambia de manera rápida y perceptible para los limitados ojos humanos. 
Pero los intereses de las personas más ricas de la Tierra, que son quienes dirigen realmente el proceso de mercantilización del mundo llamado globalización, que es un sistema para expropiar a una escala nunca imaginada (un robo gigantesco) al resto del planeta, empezando por los más pobres, se sobreponen a los de toda la población. 
Muy pocas personas, asociadas en potentes organizaciones internacionales y selectos (y opacos) círculos privados, dirigen el mundo a través de la economía y han decidido que su interés a corto plazo, que es seguir aumentando sus fortunas, merece el sacrificio de necesidades apremiantes de millones de personas y aún de sus vidas a largo plazo. 
Para llenarse la bolsa mientras dura su corta vida, han decidido acelerar el fin de la especie humana en un gesto de infinita codicia y de inmenso egoísmo. Una actitud de psicópatas, peores aún que Norman Bates. Malditos sean. 

domingo, 23 de abril de 2017

La mentira en el poder

Tiempos salvajes nº 1, septiembre-octubre, 2003

La frase la imaginación al poder, que en mayo del 68 escribió sobre una pared un mozalbete parisino, expresaba el hastío de la gente joven hacia la política del general De Gaulle y señalaba la cualidad fundamental de un gobierno que aspirase a remontar la desesperante y anodina administración de la realidad para adaptar la actividad política a las necesidades de un mundo nuevo, que, con la crítica del viejo, empezaba a imaginarse. 
Hoy, cuando la actividad política es más desesperante y la realidad mucho más desesperada para demasiada gente, millones de personas de todo el planeta han convertido en un reto aquella juvenil denuncia y asumido que otro mundo es tan posible como necesario. Empero, en España, el Gobierno da muestras cada día de carecer no sólo de imaginación para enfrentarse a un mundo tan precisado de ella, sino que, manipulando la información, obstruyendo los controles democráticos y ninguneando a la oposición, ha instaurado, de hecho, la opacidad como norma y la mentira como elemento auxiliar cuando falla la primera, para encubrir decisiones arbitrarias sin fundamento técnico o jurídico, ocultar vínculos entre lo público y lo privado, velar tratos preferentes, tapar errores o disimular muestras de incapacidad.
Una serie de acontecimientos nacionales e internacionales ocurridos mediada la legislatura han puesto a prueba el escaso talante democrático del Gobierno, su falta de capacidad para reaccionar con acierto y prontitud ante hechos que han reclamado intervenciones eficaces e inmediatas y su dificultad para admitir errores. La huelga general del 20 de junio del 2002, la movilización contra los efectos del chapapote, la huelga general contra la Ley de Calidad, las resistencias callejeras ante la LOU y las masivas manifestaciones contra la guerra de Iraq han revelado la indignación popular ante el elevado grado de incompetencia del Gobierno, que ha reaccionado tarde y mal ante eventos dramáticos y se ha negado a asumir las mínimas responsabilidades políticas. Así que lo que prometía ser la despedida triunfal de Aznar y la víspera de otra mayoría absoluta ha resultado un año aciago, en que los 10 puntos de ventaja en intención de voto que el PP sacaba al PSOE se han perdido en menos de seis meses y han dado un práctico empate en las elecciones autonómicas y locales. Pero la lección no está aprendida, porque el Gobierno ha persistido en su estrategia de negar las evidencias oponiendo desinformación, propaganda, opacidades y mentiras. 
En el primer caso citado -la huelga general del 20-J-, la Audiencia Nacional ha condenado a TVE por vulnerar derechos fundamentales -de huelga y libertad sindical- y ofrecer información sesgada sobre la jornada siguiendo la consigna del ministro portavoz, Pío Cabanillas, que tuvo que madrugar para mentir. “No ha habido huelga general” señaló demasiado temprano, anticipando una noticia desmentida por los hechos, pero que sirvió de criterio para confeccionar los informativos del día.
Las circunstancias que rodearon el naufragio del Prestige han sido aclaradas a pesar de que el Gobierno intentó ocultar su indiferencia, primero, y sus errores después, con la deformación de la verdad sobre el suceso. Primero quiso desentenderse del problema, luego minimizar la dimensión de la catástrofe -No hay marea negra-, después se negó a crear una comisión de investigación en el parlamento central o  el autonómico para depurar responsabilidades políticas y finalmente atacó a la oposición local y nacional.
En fecha reciente se ha sabido que el errático rumbo seguido por el petrolero hasta su naufragio se debió, en contra de lo afirmado por nuestras autoridades, a las presiones de los gobiernos de Portugal y de Francia. Y se ha sabido por las declaraciones que altos cargos españoles han realizado ante una comisión de investigación de la Asamblea francesa, pero aquí, el Partido Popular no la ha considerado necesaria.
Donde las mentiras gubernamentales han alcanzado mayores dimensiones ha sido en la guerra contra Iraq. El apoyo incondicional de Aznar a los belicosos planes de G. W. Bush ha necesitado una amplia campaña de propaganda y desinformación para ofrecer motivos mínimamente verosímiles a la opinión pública. Como es sabido, el motivo principal aducido para justificar la guerra ha resultado ser una patraña. Una vez invadido el país, no sólo no se han hallado vínculos entre Al Qaeda y el régimen de Sadam ni han aparecido las temidas armas de destrucción masiva, sino que cuando Bush, Blair y Aznar decidieron la invasión ya sabían, por los inspectores de la ONU y por los propios servicios secretos, que tales armas no existían. Pero mientras Bush y Blair se ven en aprietos para justificar su decisión en países en los que la mentira de un gobernante puede ser el fin de su carrera política, Aznar se sigue negando a dar explicaciones y tapando unas mentiras con otras, al asegurar, ahora, que ha actuado siempre bajo el mandato de la ONU y atribuyendo a los inspectores algo que siempre han negado.
Como en otros casos, la responsabilidad en el ocultamiento de la verdad o en la deliberada difusión de falsedades ha recaído no sólo sobre Aznar sino sobre todo el gabinete, sobre los ministros concernidos -Cascos, Rajoy, Arenas-, y sobre otros responsables del Partido Popular -Luis de Grandes, Fraga-. En la guerra de Iraq, Aznar ha sido secundado en sus fábulas por Ana Palacio y Federico Trillo, en una campaña de propaganda de tinte gobbelsiano con la que se ha buscado ampliar el efecto social de la mentira principal multiplicando el número de reemisores y repitiendo el mismo mensaje por diferentes bocas. El llamado Argumentario por la paz y la seguridad, del Ministerio de Defensa, cuya correcta denominación sería Colección de fábulas castrenses al estilo de Samaniego, tiene como objeto suministrar argumentos favorables a la guerra (en nombre de la paz) a altos mandos del ejército que habrían de participar en la campaña de propaganda. Como en los demás casos, la salida a la luz, por la prensa, de este belicoso catecismo ha puesto en circulación nuevos embustes tratando de negar la evidencia.
El mismo ministro ha creído que, igual que las brujas engañan a Macbeth, él podría engañar a la opinión pública en el asunto del accidente del Yakolev, que costó la vida a 62 militares españoles, propalando una sarta de falsedades sobre el estado del aparato. Pero lo sabido sobre el accidente, a pesar de las brumas difundidas por el ministro, es que ni el avión ni la tripulación reunían las condiciones de seguridad adecuadas y que el ministerio de Defensa no conoce las condiciones de los servicios que contrata ni comprueba el estado de los aparatos, simplemente cree lo que le cuentan las compañías subsidiarias que trabajan para la OTAN.
En el capítulo de las fábulas sin tragedias colectivas, por ahora, pero con un elevado índice de accidentes laborales, hay que incluir la inacabable obra del AVE Madrid-Lérida, cercada por una oscura niebla administrativa y plagada de decenas de irregularidades en la adjudicación de las contratas y de mentidos y desmentidos en cuanto a plazos, señalización, firmeza del suelo y seguridad del trazado, que vuelven a sembrar dudas respecto a la capacidad del ministro del ramo. 
La habitual resistencia del Gobierno a investigar casos de corrupción cuando pudieran afectar a personas del PP -Piqué (Ercross), Matas (Formentera), Rato y Ramallo (Gescartera), Palacio (lino), Huete (Funeraria), entre otros- ha encontrado una curiosa excepción en la comisión de la Asamblea de Madrid para investigar las relaciones de los tránsfugas Tamayo y Sáez. Pero como el interés es torticero y busca vincular al PSOE con una trama inmobiliaria a través de los tránsfugas, la comisión carece de documentación para poder iniciar una instrucción previa al interrogatorio de los testigos, sobre cuya lista el PP ha ejercido el veto que le proporciona su exigua y viciada mayoría. 
La orden dada a los servicios secretos -el antiguo CESID- para que dejen de investigar sobre la corrupción, la sustitución, mientras permanece Fungairiño, de Fernández Bermejo y Jiménez Villarejo al frente, respectivamente, de la Fiscalía del Tribunal Superior de Madrid y de la Fiscalía Anticorrupción, así como el cambio de competencias de ésta y la inhibición del Fiscal General del Estado en el caso Tamayo y Sáez, a pesar de los abrumadores indicios de delito, proporcionan suficientes motivos de alarma como para pensar que el Gobierno desea que una parte de sus actividades siga permaneciendo en una cómoda y oscura zona de sombra.

Caballo Loco


Agosto 2003

El negro corazón de Wall Street

Tiempos salvajes nº 1, septiembre-octubre, 2003

Vivimos en tiempos salvajes y paradójicos, en los que no sólo se han derrumbado regímenes políticos de dimensiones continentales, se han alterado sistemas económicos completos, se han trastocado fronteras y erosionado principios fundamentales de las sociedades, que estaban sustentados en grandes ideologías, sino que los utilitarios valores (a veces simples consignas políticas o lemas publicitarios) que, en los países desarrollados occidentales, los han sustituido para servir de doméstico aglutinante social, son desmentidos cada día por la fuerza de los hechos. La legitimación del ya omnipresente sistema capitalista va contra los acontecimientos, que niegan, más pronto que tarde, lo que los discursos de sus defensores afirman. Los aparentemente indiscutibles valores de la empresa privada -racionalidad, agilidad, innovación, flexibilidad, competencia, eficacia- y las cualidades del mercado -información, libertad, competencia, transparencia- en que se apoya el discurso económico dominante, acaban de recibir una serie de golpes demoledores en Estados Unidos, el país que mejor los representa.

Mundos opacos
Una de las evidencias de la abismal distancia que separa los principios doctrinales del liberalismo económico de las prácticas habituales de sus agentes la podemos hallar en el mercado financiero, que es hoy día el factor más dinámico del capitalismo extendido a escala mundial y el más claro exponente de la lógica del sistema; el mercado financiero es ya simplemente el mercado. Pero la Bolsa, el mercado de capitales, no representa un mercado libre y transparente, donde los inversores adecuadamente informados dirigen, en buena lógica capitalista, su dinero hacia las empresas que gozan de buena salud y presentan mejores expectativas a largo plazo, sino un mercado opaco y enloquecido, dominado por el beneficio a corto plazo y por operaciones especulativas cuyo secreto conocen unos pocos. Hemos podido observar como cotizaban a la baja las acciones de empresas con un sólido patrimonio y un funcionamiento regular, mientras subía como la espuma el precio de las acciones de empresas de novísima tecnología que contaban con poco más que con un nombre sonoro y, al parecer, magníficas posibilidades de negocio en el futuro.
Desde hace un año las principales bolsas del mundo se han desplomado, impulsadas hacia el abismo por el vertiginoso descenso de las empresas de la llamada nueva economía, de la economía en la era de Internet, que muestran así su verdadera dimensión, aunque después de haber llenado los bolsillos de unos cuantos avispados directivos, capaces todavía de vender humo a precio de oro y de engañar a algunos de los más versados “tiburones” del mercado (la compra de Lycos por Terra, la filial de Telefónica, mostró a Villalonga como un ambicioso pardillo, que jugaba, naturalmente, con dinero ajeno).
A consecuencia de la investigación suscitada en los EE.UU. por el escándalo de la empresa de telefonía Worldcom, cuyo presidente se había hecho con un paquete de más de 800.000 acciones de varias empresas antes de que empezaran a cotizar en Wall Street, se ha podido conocer de primera mano algo que ya se sospechaba. En un informe elaborado por dos empleados de la empresa inversora Salomon, Smith & Barney se cuenta como ésta y otras compañías del ramo ofrecían a clientes selectos información confidencial para poder comprar títulos con ventaja sobre otros inversores. Así, la manipulación del mercado bursátil junto con la complicidad política y el tráfico de influencias, la información privilegiada, el maquillaje financiero o la contabilidad creativa se han revelado prácticas muy extendidas en el llamado capitalismo de casino -pero con trampas- o en la economía de amiguetes, que tiene como fin enriquecer a los directivos de las empresas a costa de engañar a los accionistas y a los empleados, y de burlar, además, al fisco. Y con la pérdida de integridad y de transparencia de la Bolsa ha quedado en entredicho la pretendida capacidad autorreguladora del mercado de capitales, de tal manera que, aun contraviniendo las actitudes ultraliberales que caracterizan al Gobierno republicano, George W. Bush ha anunciado su intención de reformar las leyes para duplicar las penas de cárcel para los directivos corruptos y crear una comisión federal para investigar estos delitos económicos.  
Las dificultades financieras de Worldcom y sobre todo de Enron, cuya crisis es para algún analista norteamericano tan significativa como el atentado del 11 de septiembre del año pasado, han sido los dos avisos más serios sobre el rumbo que está tomando la economía norteamericana, pero no han sido casos únicos, pues la lista de empresas enredadas en prácticas poco ortodoxas es muy larga: además de Enron (la séptima compañía de EE.UU.) y Worldcom (segunda operadora de telefonía) están, entre otras, Dynegy (rival de Enron), Arthur Andersen (auditora de Enron, Worldcom, Global Crossing y Halliburton), Duke Energy, Adelphia (sexta empresa de televisión por cable), Xerox (la primera fabricante de fotocopiadoras del mundo), Merrill Lynch (el primer broker de EE.UU.), Rhythms NetConnections, Qwest Communications (la cuarta de EE.UU.), Tyco International, Merck, Global Crossing, Bristol-Myers, Enterasys, Computer Asociates, Kmart, Imclone Systems, Peregrine Systems, Network Asociates, Lucent, Rite Aid, AOL Time-Warner y Halliburton Corporation, la compañía petrolera de la que fue presidente el actual vicepresidente Dick Cheney, que está acusado de fraude. Hasta un total de sesenta grandes compañías están siendo investigadas por la Securities and Exchange Comission (SEC), la agencia norteamericana equivalente a la Comisión Nacional del Mercado de Valores, por si sus actividades constituyeran delito, y los máximos responsables de las 690 grandes compañías que cotizan en Bolsa y que facturan más de 1.200 millones de $ anuales -entre ellas Rolls Royce, IBM, Aegon, Cable & Wireless- han debido jurar que sus cuentas reflejan realmente la situación de las empresas, y luego deberán hacerlo las casi 17.000 empresas que cotizan en Bolsa, incluidas las extranjeras. Pero se han conocido casos semejantes en Europa: Francia (Vivendi, France Telecom), España (BBV, Telefónica), Suiza (AAB), Austria (un holding de grandes bancos), por no hablar ya de Italia, donde el Jefe del Gobierno, Silvio Berlusconi, está modificando de prisa y corriendo la legalidad vigente, porque de aplicarse (que no se aplica) podría llevarle a la cárcel por sus irregulares actividades financieras. 
Por lo que respecta a Worldcom, la segunda operadora de telefonía a larga distancia de EE.UU. (trabaja con más de sesenta países), sus directivos presentaron, en el 2001, unos beneficios ficticios de 1400 millones de dólares y transformaron, con malas mañas contables, 3.850 millones de gastos en 3.850 millones en inversiones de capital a largo plazo. Según expertos, la compañía tendrá que rebajar en 52.000 millones de euros su inflado valor contable y es dudoso que pueda remontar la situación de quiebra. De momento, está en suspensión de pagos y, dejando aparte las sanciones económicas o penas de cárcel que puedan recaer sobre los responsables de este fraude, el destrozo es de tal magnitud que 17.000 de sus 67.000 trabajadores van a ser despedidos. 
El caso de la compañía eléctrica Enron es más complejo, puesto que presenta un comportamiento fraudulento en varios ámbitos. Por la parte contable, sus responsables, a través de una complicada red de empresas filiales, hincharon de manera artificial los beneficios para ocultar a los accionistas su nivel real de endeudamiento, y por la parte  productiva, manipularon los precios y utilizaron diversas tácticas para generar excesos de demanda energética en California mientras exportaban electricidad fuera del estado con el fin de producir cortes y restricciones en el suministro. Falta decir que, al mismo tiempo que tales operaciones provocaban la quiebra de la empresa, más de ciento cincuenta altos ejecutivos de la compañía se hacían millonarios.

Piratas de confianza
Cuando el discurso patronal adopta un tono pedagógico y paternal sobre los fines sociales del beneficio privado utiliza con frecuencia una figura retórica que alude a la (presunta) afinidad de intereses entre los trabajadores, la dirección y los accionistas de la empresa. Según esta metáfora, una empresa es una nave en la que todos caben y de cuya travesía, aunque tengan funciones distintas, todos obtienen ventajas. Lo importante, por tanto, es llegar a buen puerto. La metáfora de la nave presupone la confianza entre todos los componentes de la empresa y busca mejorar la colaboración de todos los navegantes, desde el capitán hasta el grumete. Pero hoy, la intención pedagógica de este discurso tiene que cambiar, especialmente en sus conclusiones, en la vieja moraleja, porque, a la luz de la experiencia, los capitanes de empresa ya no merecen la confianza de la tripulación ni de los armadores -los accionistas-, porque son verdaderos piratas que desvalijan su propio barco antes de echarlo a pique y huir con el botín (generalmente a un paraíso fiscal).
En un momento en que la globalización económica está impulsada por actividades que cuentan con cuatro rasgos esenciales -inmediato, inmaterial, permanente y planetario- como señala Ramonet en Un mundo sin rumbo, la influencia del mercado de capitales, que ya es continuo, se ha vuelto determinante en economía, y por tanto, para las grandes empresas es fundamental llegar a cotizar en Bolsa. Para ello es importante mostrar una imagen saludable de su situación económica, y con tal de lograrlo ofrecen a sus directivos unos estímulos desorbitados, como las opciones de compra de acciones (stock options) entre otros, lo cual ha acabado pervirtiendo el propósito inicial, pues falsear los datos contables para ofrecer una buena imagen pública de la empresa y conseguir que suba el precio de sus acciones se ha convertido en una práctica demasiado extendida entre los directivos de grandes empresas.  
El economista Paul Samuelson señalaba el pasado verano (El País, Negocios, 25-VIII-2002): Lo que los recientes escándalos enseñan es que, en realidad, las opciones sobre la adquisición de acciones han servido para tentar a los directores generales para que hagan aquello que a la larga lleva a las empresas a la bancarrota en vez de convertirlas en un negocio más eficaz que proporcione trabajo a más gente. Esta es la forma de sacar partido al juego de las opciones sobre acciones: creas falsos beneficios y luego las vendes a quien suspira por tus propios millones, mientras los empleados y los acreedores encajan el golpe.
Así, las empresas se embarcan en operaciones financieras muy arriesgadas, que las hacen crecer artificialmente y alcanzar altas cotizaciones en Bolsa, pero luego viene la manipulación de la contabilidad para ocultar los reveses y el dinero desviado hacia los altos directivos. Las tretas contables, la ingeniería financiera, la contabilidad creativa, el maquillaje contable o como se quiera llamar a esa manipulación de los libros no tiene otra finalidad que ocultar, o posponer el descubrimiento, de lo que luego se revelan como estafas y quiebras fraudulentas, porque en gran parte de los casos, la ruina de las compañías ha ido acompañada por un rápido y desmesurado enriquecimiento de sus consejeros, de su presidente o de una parte de sus directivos.
Poco tiempo antes de que Nortel, empresa fabricante de productos de telecomunicación, anunciara un plan de reajuste con despidos de empleados, su director financiero, Terry Hungle, aumentaba ilegalmente su plan de jubilación con un aporte de 380.000 euros procedentes de la caja de la empresa. La empresa helvético-sueca ABB informa de que sus dos presidentes se habían asegurado unas pensiones de 155 millones de euros, muy por encima de las que les correspondían legalmente. Adelphia ha suspendido pagos porque el fundador y sus tres hijos habían utilizado la empresa como su banco particular y habían destinado 3.100 millones de dólares a otros negocios, entre ellos a comprar decenas de apartamentos en Manhattan y a construirse un campo de golf.
El presidente de Tyco International, Dennis Kozlowsky, procesado de momento por tomar un millón de dólares de la empresa para comprar cuadros, también ha recibido de la compañía préstamos sin interés por valor de más de cien millones de dólares. El presidente de la farmacéutica Imclone está acusado de vender acciones de la compañía al tener información confidencial sobre la probable desautorización de un fármaco anticanceroso que la empresa produce.
Bernie Ebbers, el presidente de Worldcom, se había concedido un préstamo (con dinero de la empresa, naturalmente) de 375 millones de dólares con el que había comprado un rancho gigantesco (66.000 hectáreas) en Canadá. Scott Sullivan, exdirector financiero de la quebrada Worldcom, se está construyendo en Florida una mansión valorada en más de 50 millones de dólares.
El presidente de Global Crossing, conocedor de la mala situación de la empresa y sin informar de ello a los accionistas, vendió sus títulos y se embolsó 630 millones de dólares antes de que la empresa quebrara. Parte del botín lo ha invertido en construirse una casa en Los Ángeles valorada en 65 millones de dólares. También es escandaloso el caso del presidente de Enron, Kenneth Lay, que alentó a los empleados a comprar acciones de la empresa mientras él, conociendo su situación real, vendía las suyas.
En Francia, a Vivendi le ha costado 20 millones de dólares de indemnización el despido pactado de J. M. Messier, el presidente que la ha llevado al desastre.
Según indica Rosa Townsend (El País-Negocios 28-VIII-2002) los presidentes ejecutivos de las veinticinco mayores compañías norteamericanas que se hallan en suspensión de pagos han recibido en conjunto unas liquidaciones de 3.300 millones de dólares, a pesar de haberlas hundido y de haber provocado el despido de más de 100.000 empleados. Lo que ante los ojos de la gente corriente parece el mundo al revés y un premio a la incompetencia, lo señalaba Samuelson en el mismo artículo: el pueblo llano nunca ha comprendido la realidad; las opciones sobre acciones son la principal razón de por qué en el 2002 los directores generales ganan 400 veces más que el sueldo medio de un empleado, mientras que en los años 80 era 40 veces superior.
En cuanto a remuneraciones, merece citarse el caso de la “jubilación de oro” del presidente de la General Electric, Jack Welch, cuya fortuna se calcula en unos 900 millones de dólares. En el 2000, su último año en activo en la compañía, percibió una remuneración de 16 millones de dólares, y tras jubilarse ha quedado como asesor externo por la módica cantidad de 86.500 dólares por 30 días anuales de trabajo y 17.000 dólares más por cada día adicional dedicado a la empresa. Puede utilizar, además, sin cargo los aviones y helicópteros de la compañía, un coche con conductor para él y para su mujer, utilizar un piso de la empresa en Manhattan con todos los gastos pagados, así como los de sus otras cuatro residencias en EE.UU., incluyendo facturas de teléfono, ordenadores y un mobiliario en el que General Electric se ha gastado 7,5 millones de dólares. Por si fuera poco, había pactado el pago de facturas de los restaurantes y tenía asiento reservado, también a cargo de la compañía, en partidos de baloncesto, de base ball, en los campeonatos del Open de tenis y de Wimbledon y en la ópera de Nueva York. Las cláusulas de este acuerdo secreto de jubilación con General Electric han sido desveladas por la mujer de Welch en su demanda de divorcio (cherchez la femme).
Como no son casos aislados, y aunque no se conoce la extensión de este fenómeno dentro y fuera de los EE.UU, no es difícil entender que o bien se trata de un capitalismo desprovisto de cualquier resto de la ética que Weber le atribuyó en sus comienzos y que, abandonada ya la moral fundacional -la rigurosa moral del pionero-, actúa impulsado por un lógica que reposa en un hedonismo compulsivo y en la búsqueda desenfrenada de dinero y poder sin reparar en medios, o bien que los chanchullos son consustanciales con el sistema, como ya lo había advertido Marx, en 1873, en el postfacio a la segunda edición de El Capital: Desde 1848, la producción capitalista comenzó a desarrollarse en Alemania, y ya hoy da su floración de negocios turbios. 

José M. Roca
24 de octubre del 2002, para la revista Tiempos salvajes