La aplicación retroactiva de la llamada “doctrina Parot” a presos de ETA juzgados antes de la reforma del Código Penal de 1995, ha sido, como lo fue la llamada “guerra sucia”, uno de los desdichados atajos utilizados por el Estado español para acabar con el terrorismo.
Un
error señalado por la reciente sentencia del Tribunal Europeo de Derechos
Humanos TEDH), que obliga al Estado español a restablecer una interpretación no
torticera de la ley, lo cual es de agradecer, pues demasiadas interpretaciones
torticeras de las leyes se hacen ya en otros asuntos.
La
doctrina Parot ha supuesto endurecer las penas de privación de libertad a más
de un centenar de presos de ETA, que, en aplicación de la sentencia del Tribunal
de Estrasburgo, serán excarcelados cuando cumplan la condena y hayan disfrutado
de los beneficios de la redención de penas que estaban en vigor cuando fueron
juzgados y sentenciados, lo cual no supone concesión de privilegio alguno como
afirman los malintencionados, sino aplicar las leyes en el contexto temporal en
que permanecen vigentes.
La
sentencia del Tribunal europeo ha caído como un jarro de agua fría sobre el
Partido Popular, en un momento en que, para su desgracia, está gobernando, lo que
ha obligado a sus dirigentes a hacer un ejercicio de desdoblamiento, pues como
gobernantes deben acatar la sentencia, pero sus lazos con la Asociación de
Víctimas del Terrorismo les obligan a salir a la calle a discrepar de un
tribunal del que han acatado gustosamente sus sentencias en otras ocasiones.
Si
hubiera gobernado el PSOE, el Partido Popular habría sacado a la calle a sus
mesnadas metiendo mucho ruido, como hizo en, al menos, media docena de veces
cuando actuaba como una feroz y desleal oposición. Sin embargo, Zapatero no se
libra, pues para los ideólogos de FAES, la sentencia del TEDH forma parte de un
pacto del PSOE con ETA. Ya saben, aquella conjura, en la que ETA, como “autora
intelectual”, los islamistas como ejecutores materiales, policías amigos del
PSOE y agentes de inteligencia de marruecos, planearon y perpetraron los
atentados del 11 de marzo de 2004, con el único fin de que perdiera las
elecciones el partido del “mejor gobierno de la democracia”. Poco importó que
no pudiera hallarse la menor prueba de lo dicho, a pesar del empeño de algunos
jueces y de algunos periodistas, y que en el juicio del 11-M quedara clara la
autoría de los islamistas, porque los fabuladores no se arredraron y
continuaron predicando la vigencia de tan inicuo pacto en la (presunta) entrega
de Navarra a ETA, contra la cual Rajoy se manifestó en Pamplona, en la
negociación secreta con ETA después del atentado de la T-4 y en la promesa de
aliviar las condenas de los presos, como ahora vienen a decir. O sea, que ETA,
más fuerte que nunca, como ellos dicen, se avino a negociar un alargamiento de
las penas de sus presos, que es lo que implica la aplicación retroactiva de la
doctrina Parot, que ahora el Tribunal de Estrasburgo ha echado por tierra. El
razonamiento es de locos, a no ser que se piense que el omnipotente Zapatero,
que ha sido el único causante de la crisis económica, según el PP, ha
conseguido también -¡qué poderío!- que los miembros del Tribunal de Estrasburgo
acepten formar parte de su pacto secreto con ETA.
Bien,
pues con estas fábulas, los ideólogos del Partido Popular explican lo que
sucede a gentes crédulas y poco instruidas, predispuestas por su situación a
creer cualquier cosa, y les envenenan la mente y las mantienen en estado de
permanente indignación para ser movilizadas cuando les convenga. Pero esta vez,
las asociaciones de víctimas han tomado la iniciativa y han colocado al
Gobierno de Rajoy en un brete.
El
problema del terrorismo, estrechamente ligado al de la unidad de España, es un
tema central del programa del Partido Popular, no obstante si nos atenemos a
los hechos más que a los dichos de sus dirigentes, parece más un elemento que
les sirve para desgastar al gobierno cuando están en la oposición, que un problema
que hayan tenido intención de resolver cuando están en el Gobierno. La
propaganda y los discursos sobre ETA, el terrorismo, las víctimas y la unidad
de España, seguidos de las manifestaciones correspondientes, no han ido
acompañados de un afán legislativo similar. Para comprobarlo basta con hacer un
poco de memoria.
El
PSOE llegó al Gobierno en 1982 y heredó de los gobiernos anteriores (y estos de
la dictadura) una forma ilegal de luchar contra el terrorismo -la “guerra sucia” del Batallón Vasco Español y de ATE-,
continuada por los Grupos Antiterroristas de Liberación (GAL), que estuvieron
activos entre 1983 y 1987. La práctica del terrorismo de Estado fue un
desastre, no sólo por sus resultados, sino porque deslegitimó un Estado democrático que
estaba afianzándose y a un partido que acababa de llegar al Gobierno, y porque proporcionó
nuevos apoyos a ETA y brindó al PP la ocasión para desatar una feroz oposición.
Impelida
por los atentados de Hipercor (21 muertos) y Zaragoza (11 muertos), la
corrección del error estuvo en cambiar de estrategia y formar una alianza con
los partidos opuestos al terrorismo, que se concretó en el Pacto de Madrid, en
1987, en el Pacto de Ajuria Enea y en el de Navarra, en 1988. El año siguiente
el Gobierno de González mantuvo, en Argel, conversaciones con ETA.
Mientras
tanto, no queriendo agravar las penas con la intención de facilitar una salida
negociada al terrorismo, se mantuvo vigente el Código Penal de 1973, con
reformas parciales entre 1985 y 1989, hasta que en 1995 se reformó de manera
más profunda.
A
pesar de lo dicho en la campaña electoral de 1996, que le llevó al Gobierno
-“no hay atajos en la lucha contra el terrorismo, ni el atajo de la ilegalidad
ni el de la negociación, que sólo sirve para envalentonar a los terroristas”-,
Aznar envió a tres negociadores a Zurich a hablar con ETA, en mayo de 1999,
pero antes y después de esa cita, el Gobierno permitió el regreso a España de
304 etarras exiliados y acercó a 135 encarcelados a prisiones cercanas al País
Vasco. Durante los mandatos de Aznar, se produjeron 311 excarcelaciones de
etarras, entre ellas, las de 64 terroristas condenados a penas de más de veinte
años de cárcel.
En
el año 2000, Zapatero propuso al Gobierno el Pacto por las Libertades y contra
el Terrorismo, del cual saldría, en 2002, la Ley de Partidos Políticos, que
dejó a Batasuna fuera de la legalidad. Medida que fue avalada por el Tribunal
Europeo de Derechos Humanos.
Gobernando ya Zapatero y
presionando el PP desde la oposición y las víctimas desde la calle, el Tribunal
Supremo aceptó, en 2006, la aplicación de la “doctrina Parot”, que permitía alargar
las penas a posteriori, que fue modificada parcialmente pero finalmente avalada
por el Tribunal Constitucional, en 2008. Fue un error, que ahora el Tribunal de
Estrasburgo obliga a subsanar, pero un error de quienes han tenido más iniciativas
legislativas y han colaborado más desde la oposición para resolver el problema,
que de los que han dedicado su tiempo a la retórica patriotera y a proclamar una firmeza que los hechos desmentían.
Trasversales,
26 de octubre de 2013
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