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domingo, 9 de febrero de 2020

Raza superior

El nazismo transmitió a los alemanes, y convenció a millones de ellos, de que pertenecían a un pueblo elegido, a una raza superior, a un pueblo de señores destinado a gobernar a otros pueblos inferiores, y que esa misión dependía de que la raza superior se mantuviera pura, incontaminada, incluso que se perfeccionara en sus mejores cualidades, lo cual exigía eliminar a los inferiores, judíos, enfermos, discapacitados, locos, homosexuales y de paso a los adversarios políticos, es decir, a todos los que no compartieran ese programa. Esas ideas permitieron que mucha gente no precisamente rica, sino tenderos, zapateros, clase media baja, trabajadores en precario, miles de parados; gente pobre e incluso miserable sintiera el orgullo de pertenecer a una raza superior, aunque, desde el punto de vista de la clase, fueran inferiores, pero eso lo arreglarían las conquistas de la guerra, que traerían riqueza para todos los arios.

lunes, 21 de enero de 2019

Fascismo y similares

Ayer, en "Socialismo y barbaries" hablaba -escribía- sobre el fascismo sin precisar mucho. Ahora lo hago con algo más de detalle.
El actual no es un fascismo evidente, ostentoso, sino un fascismo incipiente, embrionario, que apunta rasgos y actitudes conocidas y un ideario político que lo anuncia de modo fragmentario, sin formar todavía un programa explícito.
Lo que va apareciendo es la opinión sobre temas diversos -problemas sociales- que va configurando un modo de pensar, pero sobre todo de sentir -el mensaje fascista se dirige a la emoción más que a la razón de los destinatarios- y de actuar; es imperativo, impele a actuar ante una situación definida por la urgencia, como la patria en peligro de romperse, de desnaturalizarse o de rendirse a fuerzas y culturas extrañas.
Es un fascismo sin uniformes, sin disciplina militar, sin camisas pardas o negras, sin gorras, botas y correajes, sin saludo a la romana ni paso de la oca; sin desfiles, estandartes ni bandas de música, sin escuadras de combate, piras de libros, ataques armados a sus adversarios y sistemática persecución de minorías, peyorativamente calificadas para facilitar su aislamiento, su neutralización política o, eventualmente, su destrucción o su expulsión del territorio nacional, pero las ideas y los actos que va surgiendo apuntan en esa preocupante dirección.
En cualquier caso, y al margen del término elegido para describir el fenómeno -populismo de derecha, neofascismo, postfascismo, prefascismo o protofascismo-, lo que se percibe es el aumento de sus seguidores, que ha llevado al gobierno, a través de elecciones, a personajes como los citados ayer

Hoy no hay fascios, uniformados y encuadrados, ni secciones de las SA, entre otras cosas porque no hacen falta para combatir a la izquierda, que bastante se combate ella sola. Pero antes de aparecer los fascios había un clima de opinión, sembrado con mucha antelación por relatos dispersos, que preparaba el terreno para su aparición. Y a eso es a lo que me refiero. Por otra parte, el fascismo fue un fenómeno típico de Europa, aunque el nacionalismo racial y violento prendió también fuera de ella y se expresó con formas particulares.

Lo de Cataluña puede parecer el fascismo de las SA, pero no es lo mismo ni equiparable. Lo que existe en Cataluña es una copia edulcorada de la kale borroka, sin bombas ni muertos detrás. Los CDR no son un cuerpo militar encuadrado, entrenado y sometido con disciplina a un mando único, sino una expresión revoltosa de los envalentonados hijos de la clase media, llevada a cabo con la impunidad que les otorga la posición social de sus papás y sobre todo la protección de la Generalitat, a cuyos fines sirven. Nada heroico ni muy preocupante, por ahora.


domingo, 20 de enero de 2019

Socialismo y barbaries

No hace tanto tiempo, cuando en Europa reinaba la rebeldía, el dilema esencial planteado a las izquierdas era elegir entre la democracia y la dictadura, entre el fascismo o la democracia, entre la reforma o la revolución.
Pero hoy no es el caso; las reformas tendentes a paliar los peores efectos de la recesión económica y los programas de austeridad apenas se están iniciando, carecen de la ambición y la profundidad necesarias y aun así tropiezan con la resistencia de la derecha y de las estructuras del poder económico y financiero. La palabra revolución ha desaparecido del lenguaje político habitual, incluso del repertorio de la izquierda, o se utiliza, desprovisto de carga política, en sentido general o comercial -la revolución de la moda, de la cosmética, de la telefonía o “de las sonrisas”-, tratando de rebajar el contenido dramático y políticamente reivindicativo que tuvo antaño.
Revolución -el impulso transformador de los de abajo contra los de arriba, para  instaurar un orden nuevo favorable de los primeros- es una palabra insoportable para las élites y las derechas políticas que las representan. Contrarrevolución, el impulso en sentido contrario para restaurar el viejo orden, lo es para las clases subalternas y para los partidos de izquierda que las representan.  
Hoy estamos bajo ese signo, el de la contrarrevolución o, para evitar un mensaje excesivamente dramático, bajo el signo de la involución, del retroceso. El dilema planteado en esta hora es resistencia o involución.
Ante la ofensiva de un capitalismo salvaje y descarnado, ufano de su poderío, expresado no sólo en el conservadurismo dominante desde hace décadas, sino en el ascenso de fuerzas políticas de ultraderecha, las desorientadas izquierdas deben optar entre resistir o claudicar (y suicidarse).
El impulso conservador viene de muy atrás, no sólo de las respuestas de las derechas a las movilizaciones sociales contra la crisis (indignados, mareas, 15-M, Ocuppy Wall Street, mujeres, etc) o al hundimiento de la URSS y el ocaso de su bloque de influencia, sino de la “revolución conservadora”, puesta en marcha políticamente por Ronald Reagan y Margaret Thatcher, en los años ochenta, como reacción a la última oleada de rebeldía de los años sesenta y primeros setenta y a la crisis del modelo productivo de la segunda postguerra.
Desde entonces, con las izquierdas seducidas por terceras vías o por otras alternativas presuntamente modernas y eficaces, que han conducido a su desorientación y progresivo repliegue, estamos inmersos en una onda larga de conservadurismo y reacción, que adquiere un perfil aún más inquietante con el ascenso de una derecha extremada y exultante.     
Hoy, el fantasma que recorre Europa y parte del mundo no es el fantasma del comunismo, un impulso nuevo llegado para remover los cimientos de la sociedad (y de la historia) en favor de los desposeídos, sino el fantasma del viejo fascismo, neofascismo, postfascismo o un embrionario prefascismo, como también ha sido bautizado. En cualquier caso, y al margen del término elegido para describir el fenómeno, lo que se percibe es el ascenso de mensajes políticos de extrema derecha, fascistizantes o fascistoides, su creciente importancia en la opinión pública, el aumento de su apoyo electoral y la llegada a los gobiernos de sus representantes más genuinos.
Hace ahora cien años, en el contexto del agitado fin de la I Guerra Mundial y en vísperas de una revolución que fracasaría, Rosa Luxemburg, para desterrar el odio y el homicidio entre los pueblos, proponía el socialismo -el régimen de cooperación de trabajadores libres- como el único camino de la humanidad para salvarse.
En el folleto “¿Qué se propone la Liga Espartaco?”, escrito poco antes de su muerte en Berlín, resumió las tensiones de su tiempo en una frase: “Socialismo o hundimiento en la barbarie”.
Desde entonces, no nos hemos librado de la barbarie; una barbarie multiplicada por la tecnología de la muerte y la destrucción. Ella misma fue una de sus víctimas al ser asesinada brutalmente, en enero de 1919, por los “freikorps”, que pronto engrosarían las filas de los “camisas pardas” del partido nazi.
A pesar de existir zonas de paz, progreso y desarrollo, lo que ha predominado ha sido, por un lado, la barbarie política y militar, primero en una nueva guerra desatada en 1939, aún más extensa y más cruenta (62 millones de muertos, 35 millones de heridos y mutilados, 3 millones de desaparecidos y 30 millones de desplazados), librada a escala mundial, y luego las que han seguido a escala local o regional, y, por otro lado, la barbarie económica de un sistema productivo infrahumano, coronado por un desproporcionado reparto de la riqueza en favor de los más ricos, que, tras la gran crisis financiera, parece conducirnos hacia condiciones de vida y trabajo propias del siglo XIX para los asalariados.
Conocemos el socialismo con barbarie y el capitalismo con barbarie. Miremos con atención lo que tenemos en Europa y no nos engañemos: no podemos esperar mejoría alguna de la mano de gobernantes como Putin y Trump, que amenazan la Unión Europea, ni de sus émulos Orbán y Kacczinsky, Wilders, Le Pen o Salvini, ni de Casado y Abascal.
No sabemos cuándo y cómo podremos instaurar una sociedad más justa y más libre, ni si ello es posible teniendo en cuenta la historia de la humanidad, pero de ningún modo podemos quedarnos quietos ante propuestas políticas que refuerzan la barbarie. 

viernes, 16 de noviembre de 2018

Franquismo, fascismo

Han vuelto a la palestra política, si es que alguna vez se fueron, los vocablos “fascismo” y “franquismo”, utilizados más como definitivos insultos que no precisan explicación adicional, que para facilitar el debate y el intercambio de razones.   
Empleados de forma indistinta, como sinónimos, fascismo y franquismo no son términos equiparables. Franco no era fascista; y el fascismo antes de la guerra civil era minoritario. En las elecciones de 1936, la Falange, que según su fundador no era fascista, no sacó ni un escaño, y si llegó al poder fue como parte subsidiaria en un golpe de Estado ejecutado por militares.
Fascista es un terrible epíteto, por lo que tiene de calificación moral, pero que, salvados los años inmediatos al final de la guerra civil, es equivocado para definir el régimen de Franco. La breve influencia política e ideológica de la Falange, las iniciales alianzas del Régimen y la parafernalia del partido único no eran más que un ligero barniz moderno -sugerido por formas políticas de entonces- para encubrir que, bajo un régimen de excepción permanente, había una esencia más rancia: su carácter antimoderno; predemocrático, aunque el régimen hubiera nacido como una reacción al sistema democrático.
La crisis de los valores burgueses, que hace eclosión en los años veinte, se presenta sobre todo como crisis de dirección política, como crisis de hegemonía en sentido gramsciano, pero adobada en el caso español con la pujanza de valores propios de la sociedad tradicional, producto de la histórica debilidad de la burguesía nacional.
Lo cual conforma el régimen de Franco como netamente español; sitúa sus raíces, sus fines y motivaciones, su legitimación y sus intereses como efecto del convulso e inconcluso proceso de modernización de España. El franquismo es, típicamente, un fenómeno español, que responde a problemas peculiares, y que tiene a su frente a un hombre física, moral e ideológicamente español.
A diferencia de otros dirigentes fascistas, Franco no representa audaces valores modernos frente a una burguesía decadente, sino los valores de las clases altas, de la oligarquía absentista y de la burguesía proteccionista, y las mediocres aspiraciones de la clase media y media baja de provincias -familia, orden, tradición pacata, religiosidad beata, estricta moral y la noción de la vida y del tiempo propia del ámbito rural- y su temor al desorden, al laicismo, a la libertad y al conflicto social asociados a los aires modernizantes que llegan de las urbes industriales y sobre todo del extranjero.
Franco encarna la prevención del antiguo régimen ante dos de las consecuencias de la modernidad: el sistema político representativo, es decir, el miedo al sufragio universal, y el pánico de las clases altas al movimiento obrero -efecto inevitable de la industrialización-, al que no son capaces de atraer ni de integrar, sino sólo desoír sus justificadas demandas y reprimir las expresiones de su indignación.
Estas viejas aspiraciones hallan el momento propicio para manifestarse en la crisis de dirección política de la burguesía liberal, que marca el ocaso de la Restauración y se agudiza en la II República, pero en su forma de plantearse -un golpe militar- y en los apoyos recibidos se aprecia una considerable distancia con respecto a cómo resuelven el problema los verdaderos fascistas.
Si afirmamos que la entrada y el protagonismo de las masas laboriosas en el escenario social es uno de los elementos característicos de la modernidad, el miedo a las masas es uno de los rasgos que muestran el carácter premoderno del franquismo y lo distinguen de los dos modelos clásicos de fascismo -alemán e italiano-. Mientras que éstos aceptan la entrada en la historia de ese nuevo sujeto colectivo -oceánico, según la expresión fascista- y utilizan la movilización de las masas para llegar al poder, el franquismo, heredero del miedo a las masas, toma el poder precisamente para someter a unas masas que habían sido ganadas mayoritariamente por los sindicatos y representaban una amenaza para las clases que tradicionalmente habían detentado el poder político y la hegemonía política y cultural.
Mientras el fascismo utiliza el carisma del jefe para movilizar a las masas y dirigirlas hacia la conquista del Estado, Franco -bajo de estatura, gordo y con voz atiplada-, carece de carisma, y lo que podía parecérsele es posterior a la toma del poder y  construido por la propaganda para movilizar, ocasionalmente, a sus adeptos.
Las concentraciones de apoyo a Franco y la difusión de los idealizados valores de su personalidad para suscitar su culto, no son la continuación de su popularidad después de la toma del poder. Muy al contrario, de haber contado con el fervor de las masas, Franco hubiera visto dificultada su labor de conspirador cuartelero. Su triunfo no es el de un tribuno de la plebe, sino el del estratega militar al servicio de las clases altas, en una guerra que expresa de forma aguda la lucha de clases.
De la misma manera, para el fascismo las masas son el vehículo para desatar la tensión social, para buscar el peligro -"vivir peligrosamente"- y hacer la guerra como prueba de los pueblos -"como higiene social", según Marinetti-, en tanto que Franco no precisa de las masas porque su objetivo es el contrario: disciplinarlas para volver al orden de la sociedad estamental.
La idea fundamental de Franco es congelar las relaciones sociales; nada de clases en pugna ni de conflictos sociales, sino colaboración entre estamentos en el Estado corporativo (familia, municipio, sindicato), configurando una sociedad piramidal y jerárquica, según criterios militares y religiosos.
El fascismo y algunos de sus cultos -la velocidad, la máquina, el futuro, la técnica, la electricidad, la fábrica, la violencia, la ciudad- son demasiado modernos para Franco, que tiene una concepción tomista de la sociedad -aunque según parece no había leído a Santo Tomás-, en la que cada cual debe buscar la perfección en el lugar que le corresponde, según el rango que la Providencia haya querido darle.
Su concepción de la política como servicio, influida por una interpretación militar, y justificación de su propio poder como leal sirviente de la patria (sin entregarse ni al relevo ni al descanso), contiene la noción de que la perfección es mantenerse en el lugar social que a cada uno le corresponde, como un servicio al todo, a la patria. Pero además había otro rasgo que distinguía al franquismo del fascismo. El de Franco era un poder con vocación total, porque aspiraba a gobernarlo todo, incluso el rincón más íntimo de cada persona. No sólo por la cantidad y calidad del poder que detentaba, sino porque la estructura del propio régimen estaba pensada para prohibir, según una acertada definición de Ionesco, todo aquello que no fuera obligatorio.
Además del gran poder que concentraba en sus manos, que emparejaba la figura de Franco con la de otros dictadores, había algo que distinguía su régimen de los demás. Gobernar cuerpos, ganar voluntades, doblegar resistencias fueron metas de Hitler y Mussolini, pero Franco aspiraba a más: su intención era gobernar almas.
Su proyecto de regenerar España mirando al pasado,  buscando legitimar su poder con personajes de la reconquista y el imperio, aspiraba a una reorientación total de la sociedad, para sacar a España de la decadencia a donde la habían conducido los malos políticos que habían tratado de modernizarla.
Su autoproclamada condición de caudillo se amparaba en una legitimidad superior a la de cualquier poder terrenal, que era la gracia de Dios. Detrás estaba la visión de una España piadosa y guerrera, librando una sucesión de batallas contra los seculares enemigos del solar patrio y de la verdadera religión. La Cruzada, en que convirtió la guerra civil, era la continuación de otras, en las que el brazo armado del Estado había servido a la Iglesia.
Franco restableció la vieja alianza medieval de la espada y el altar, con el Estado confesional y el Concordato con el Vaticano. Así, la Iglesia iluminaba de nuevo al gobernante y éste defendía -y concedía prebendas- a la Iglesia. De nuevo, unidas política y religión, la dimensión pública y la privada del ciudadano, dirigidas por la alianza del poder terrenal y el celestial. Si el hombre era portador de valores eternos, tales valores debían ser dirigidos por el poder del Estado, para que no se descarriaran ni después de la muerte.        

https://elobrero.es/opinion/item/21339-franquismo-fascismo.html        
                                                     

martes, 13 de noviembre de 2018

Sobre Heidegger

Sobre un comentario de R. Álvarez Aituna en FB.

Qué paradoja es la del filósofo que dice que el hombre es un ser para la muerte, apostando por un Reich que debería durar un milenio, erigido sobre millones de cadáveres.

Sócrates pagó con la vida su noción de la filosofía; Heideger puso la suya al servicio de los verdugos. No hay comparación. Uno fue consecuente; el otro un farsante.

Vale, pero hay que quitar trascendencia a su conducta, por muy sublimes que sean sus justificaciones, para pensar que, como humano -ser del mundo; estar en el mundo; ser en el tiempo, ser de su tiempo-, se pudo dejar influir por el clima de opinión dominante -el auge del nazismo- y sumarse a un movimiento popular sorprendente por su potencia y sus objetivos para medrar con él, como hicieron tantos otros, que no fueron filósofos.

martes, 16 de octubre de 2018

Aron. Totalitarismo.

Cada vez que las democracias han estado en presencia de un régimen autoritario han creído que los hombres en pugna eran lo suficientemente razonables como para preferir un buen compromiso a una mala guerra. Así, los hombres dados al compromiso nunca han logrado comprender lo que ya había explicado Georges Sorel desde principio de siglo: que hay un tipo de hombres que prefiere lograr sus objetivos a través de la lucha más que por la negociación y el compromiso; un tipo de hombre para quien la negociación y el compromiso son atributos detestables. Hago alusión aquí a las “Refléxions sur la violence” de Georges Sorel (de 1908), donde explica que el compromiso y la negociación responden a un espíritu de bajeza, y que la afirmación intransi-gente de su punto de vista -la voluntad incondicional de triunfo- ostenta una virtud. 
Otro ejemplo es el libro “Mein kampf”, donde Hitler explica de forma clara que los partidos democráticos, al carecer de doctrina, pueden establecer compromisos, pero que los grupos o partidos que respondan a una filosofía total no pueden admitir el espíritu de compromiso, aplicando de manera integral su voluntad. De ahí resulta que, cuando los hombres de las democracias establecen compromisos en política exterior con los sistemas totalitarios, corren el riesgo de no comprender que el compromiso, para sus interlocutores, no es una solución definitiva, sino sólo una etapa de cara a una reclamación suplementaria.

Raymond Aron (1997): Introducción a la filosofía política, Barcelona, Paidós, 1999, p. 119. 

jueves, 5 de mayo de 2016

Arendt y Eichman

A propósito de un comentario de Luis Roca Jusmet sobre la película Hanna Arendt

No he visto la película, pero sí leído a Arendt y no me gusta el término banalidad del mal referido a Eichman, porque me parece que casa mal con lo que ella vierte en su obra "Los orígenes del totalitarismo". Quizá, en ese momento, se dejó llevar por la impresión que le produjo Eichman en el juicio, donde la estrategia defensiva pudo ser la de que era un tipo anodino, gris y obediente, que cumplía órdenes, pensando que con eso quedaba exento de responsabilidades y de que ablandaría algo al tribunal. Es lo que dijeron los encausados del 23-F, lo que decía hace pocos días una tarado de ETA, que ejecutaba siguiendo órdenes, y lo que aducen los yihadistas, que matan gente siguiendo el mandato de Alá. Debe ser muy duro haber participado en un proyecto monstruoso y tener que reconocer más tarde que ha habido una implicación personal en él, sin eximentes. 
Eichman no era un ejecutante simple, un segundón, un comandantillo local, un peón de brega del nazismo: era un tipo que había ayudado a poner en marcha una maquinaria poderosísima, primero de política y propaganda, luego militar; era un dirigente, un tipo convencido de lo que hacía y que convencía a sus subordinados para que hicieran lo que él mandaba. Su actuación en el III Reich no era banal, fue criminal; no vamos a creer ahora que todos los jefazos del partido nazi eran unos mandados y que Hitler fue el único responsable del holocausto judío (6 millones de muertos), del holocausto ruso (22 millones de muertos) y del estallido de la II Guerra mundial: antes hubo una larga preparación de mentes y conciencias para poder hacerlo, antes se preparó a la gente en el campo de la cultura (el asalto a la razón lo llamó Lukács) y de los sentimientos (el irracionalismo), luego de la política, necesaria para llegar al Gobierno, que eran condiciones para prepararla para la guerra. Los nazis llegaron al poder por las urnas, no con mayoría absoluta, claro, pero ya habían dejado claro lo que querían hacer. Quizá mucha gente se unió sin saber mucho lo que hacía, otros muchos estuvieron de acuerdo, pero no los dirigentes, los elaboradores, los autores, los impulsores de aquella monstruosidad; los dirigentes no son inocentes, no son banales, tanto si son criminales de guerra como si son corruptos en tiempos de paz.