Es evidente que la
película de Julio Medem La pelota vasca. La piel contra la piedra no es
una película cualquiera y que las reacciones que suscita tienen su origen más
allá del ámbito artístico. Para comprobarlo basta con observar la polémica que
provocó su exhibición en el festival de cine de San Sebastián y luego su
estreno en los circuitos comerciales, así como los largos preámbulos de tipo
ideológico que contienen ciertos comentarios críticos, que más parecen
precauciones para no apartarse del tono políticamente correcto con respecto al
nacionalismo vasco, así como la insólita y finalmente fracasada pretensión de
la ministra de Cultura, doña Pilar del Castillo, de impedir su exhibición.
La pelota vasca es un documental
político, realizado con intención política, aunque no partidista, sobre un tema
político que despierta pasiones, y rodado y exhibido en un contexto marcado por
la escalada de despropósitos tanto del Gobierno central como del Ejecutivo
vasco, la ilegalización de Batasuna, la puesta en circulación del Plan
Ibarretxe y la violencia de ETA como telón de fondo. En este clima, la
película, a pesar del propósito dialogante del director, ha encontrado unos
ánimos poco propensos para ser tratada con serenidad. Y, sin embargo, merece la
pena verse; casi diría que es una película necesaria, tanto por lo que
explícitamente muestra como por lo que deja entrever.
La película está
formada por una larga serie de entrevistas (unas 70), unidas por trozos de
documentales y tomas de paisajes
Quizá
70 entrevistas sean demasiadas y eso hace que las intervenciones sean cortas, a
veces de una sola frase, pero en conjunto ofrecen una amplia gama de opiniones.
Aún así, y a pesar de las muchas entrevistas, se echa de menos la opinión de
gente de Basta ya, de la familia de Gregorio Ordoñez, de Miguel Ángel Blanco o
de Carlos Totorica, por ejemplo. Aunque sé que ha habido personas que no han
querido ser entrevistadas.
El
montaje es bueno, y los fondos musicales están muy bien escogidos. El final, con
orquesta y el Orfeón Donostiarra, es tremendo. Es una película que todo el
mundo debería ver. Una película necesaria, en definitiva.
Eso
no quita para que, en lo esencial, no esté de acuerdo con lo que nos transmite
su autor, desde la perspectiva de una presunta imparcialidad, que no pasa de
ser un buen deseo.
Ya
indiqué en correos anteriores -"La pelota vasca" 1, 2 y 3- lo que me
parecía la aparente posición neutral del director a la hora de justificar su
intención de rodarla. Y esos temores suscitados por la lectura del artículo de
Julio Medem se han confirmado al ver la película; que es interesante, repito.
La
película tiene dos discursos que transcurren en planos paralelos.
Uno
es un discurso plural y explícito, formado por las opiniones de gente muy
diversa. En ese aspecto, el resultado está conseguido tomando trozos de las
entrevistas (en castellano y en euskera), frases a veces muy cortas,
yuxtaponiéndolas o contraponiéndolas en el montaje. En ese sentido, la película
ofrece un documento bastante plural, con las ausencias ya señaladas, claro.
Salen curas y seglares; políticos y periodistas, familiares de víctimas y de
victimarios; sociólogos, ertzainas, gente de aquí y del lado francés... Y
personas con proyección pública como Carlos Garaicoetxea, Xavier Arzalluz, Juán
José Ibarretxe, Patxi López, Fernando Madina, Julen de Madariaga, Felipe González,
Bernardo Atxaga, Iñaki Ezkerra, Txiki Benegas, Antonio Elorza, Odón Elorza, Juan
Pablo Fusi, Javier Elzo, Iñaki Gabilondo, Patxi Zabaleta, Txema Montero, Arnaldo
Otegi y muchos más...
Unas
opiniones son más racionales, más frías, otras más viscerales o más emotivas,
pero con todo, expresan lo que piensan sus autores.
La
suma de todo ello podría parecer que es la opinión de un pueblo que habla, pero
sabemos que no es así y que hay un gran protagonista que está ausente -ETA-, que
condiciona los discursos y las emociones de todos los demás. ETA no habla
-Madariaga está en Aralar y Otegi en Batasuna-, pero sin ETA la situación en el
País Vasco no se entiende.
El
segundo discurso, paralelo al anterior, al que acompaña y en ciertos pasajes
resalta, es el discurso implícito: es el que realiza el director en el montaje
al alternar paisajes y episodios documentales con las entrevistas y al elegir
los escenarios donde se ubican las personas entrevistadas. Pues con la elección
de paisajes, episodios y escenarios, se acaba la pluralidad y aparecen todos
los tópicos del discurso nacionalista, al parecer asumidos de forma acrítica
por el director, y asistimos a la puesta en escena de la arcadia feliz y
milenaria, en la que se apoya cómodamente el discurso explícito de los
nacionalistas y donde cobra todo su sentido el mensaje primitivo y excluyente
de algunas de las opiniones vertidas en las entrevistas.
Los
episodios a los que me refiero son los clásicos deportes vascos -herri
kirolen-, por lo general basados en la fuerza (los remeros de las traineras,
los bueyes arrastrando la piedra y los hombres tirando de los bueyes, el
frontón, los hombres tirando de la maroma, los hombres levantado piedras o
cortando troncos con hacha). Tomas de deportes donde se exalta el esfuerzo, el
sudor, el trabajo muscular. Parecen todos deportes muy de machotes, de gente
que sólo puede vencer con la fuerza. La misma impresión ofrece la lucha de esos
carneros dándose topetazos con la testuz. O de esos hombres dándose cabezazos.
Todo ello suscita la impresión de hallarnos ante costumbres ancestrales y
actividades recreativas provenientes de un mundo rural del que están ausentes
las máquinas y otras habilidades humanas que no sean la pura fuerza bruta.
Las
escogidas vistas de paisajes nos muestran una naturaleza espléndida: tierras,
campos verdes, cerros, montañas, riscos, bosques, el mar, bravo y calmo,
puertos, playas apacibles y olas inmensas, caseríos, sembrados, pajares,
rebaños, bucólica paz... pero todo ello referido al mismo lado del mundo vasco:
el mundo rural. Son muy pocas las entrevistas que tienen fondo urbano y salvo
una panorámica aérea de Bilbao con el museo Guggenheim, otra de San Sebastián y
un trozo documental sobre el desarrollo industrial, que sirve de complemento a
la entrevista de Fusi, la mayor parte del metraje esta dedicada al campo. Se
echa en falta el País Vasco industrial, minero, comercial, empresarial,
bancario, con cines y diversiones actuales, con medios de información y calles
con escaparates; urbano y moderno, en suma. Está ausente ese lado del País
Vasco que genera el alto nivel de vida del que tan orgulloso está Arzalluz, que
no sale de la modesta economía de los rebaños y de los caseríos. Y esa
importante omisión no es accidental, porque lo que está en la mente del
director no es hacer un documental sobre el País Vasco actual y sus problemas,
aunque quizá esa haya sido su intención, sino lo que está en su subconsciente,
que es al final lo que ha reflejado la película, es la visión de Euskadi que
ofrece el discurso nacionalista y que ha impregnado la mente de parte de la
ciudadanía vasca y la de Medem.
Pero
donde la película descarrila es cuando recoge, sin ningún tipo de reserva,
algunas de las falsificaciones históricas más flagrantes del discurso de los nacionalistas,
cuando asume la visión de un largo enfrentamiento entre España y Euskadi. El
bombardeo de Guernica es un ejemplo. Es innegable que la legión Cóndor
bombardeó Guernica, y que los nazis eran aliados de Franco, pero también eran
aliados de los vascos que combatieron al lado de Franco ¿o no? Entre ellos, el
padre de Arzalluz que era carlista. Y no lo es menos, que esa alianza bombardeó
Madrid, no una, sino muchas veces, produciendo muchas más víctimas que en
Guernica. Pero sobre eso los nacionalistas nada dicen; tampoco sobre la unilateral rendición
de los gudaris a los italianos en Santander ni sobre la entrega de Bilbao a las
tropas de Franco sin que los gudaris dispararan un sólo tiro. El famoso
cinturón de hierro resultó ser una baladronada, mientras que en Madrid se
detuvo a las tropas de Franco hasta el final de la guerra.
Es
cierto que Franco reprimió derechos civiles en Euskadi, pero también en el
resto de España, y que, como señala la película, tomando una secuencia de la
película de Gillo Pontecorvo Operación
ogro, prohibió hablar euskera, pero también es cierto que la poderosa
burguesía vasca colaboró encantada con la dictadura y que familias como los
Oriol, Ibarra, Careaga, Aguirre, Arteche, Bordegaray, Garnica, etc, etc,
hicieron, desde posiciones de privilegio y en muchos casos de oligopolio, mucho
dinero con Franco, que contó también con una buena plantilla de ministros y
altos cargos vascos y navarros.
Formando
parte de ese enfrentamiento se presenta la aparición de ETA y el asesinato de
Carrero Blanco, lo cual es cierto, pero es parcial, porque ETA ha matado a más
de 800 personas, en su inmensa mayoría no militares, pero a un solo presidente
del Gobierno.
¿Por
qué no se ha referido Medem al atentado de la calle del Correo en Madrid o al de
Hipercor en Barcelona?, que también se perpetraron fuera de Euskadi y que
ilustran mejor el camino que entonces tomó ETA.
Después de una
intervención de Bernardo Atxaga señalando su preferencia por el uso del término
“ciudad vasca” más que el de “pueblo vasco” -la ciudad no es de nadie y es
de todos; no hay un origen, nadie puede decir esta ciudad es mía porque yo
llegué primero...-, es descorazonadora la visión del dolmen con que Medem concluye
su discurso y despide al espectador, porque el megalito milenario sirve a la
perfección como metáfora de la ardua tarea de quienes quizá ingenuamente
queremos entender, con la razón, los problemas del País Vasco despojándolos de
sus mitos, y buscar, con una postura abierta, una solución democrática. Pero parece
que seguimos condenados a darnos de cabeza contra la piedra.
Saludos
Martes
4 de noviembre de 2003.
Para
Colectivo Red Verde.
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