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lunes, 27 de abril de 2020

Crónica del asedio. Cuarenta días


Tras la tercera prórroga del estado de alarma, hemos sobrepasado los cuarenta días de encierro, palabra que, en un país taurino, es más apropiada que confinamiento, ¿imagina alguien “los confinamientos de San Fermín”?
Fuera de bromas, confinamiento suena a decisión gubernativa, lo que, en realidad, es, pero a distancia, en un confín, en un lugar lejano e impreciso, como sugiere una de las estrofas -“en todo el mar conocido del uno al otro confín”- de la ”Canción del pirata” -de Espronceda, no de Joaquín Sabina, cuya composición sobre el pirata con pata de palo, tampoco es manca-.
Es decir, que el confinamiento doméstico puede indicar encierro lejos del lugar de residencia, fuera de casa, con lo que dejaría de ser doméstico -en la “domus”, casa en latín-. Al cabo, estos días nos quedamos en casa encerrados, aunque no a cal y canto, que es como se tapiaban, con piedra y argamasa, puertas y ventanas, cuando los dueños dejaban sus viviendas por una larga temporada, para evitar visitas u ocupaciones no deseadas. 
El confinamiento, o encierro, es una decisión acertada, seguida por los gobiernos en todas las epidemias padecidas desde la “peste antonina”, transmitida por las legiones procedentes de Asia menor y esparcida por el movimiento de tropas, que, en el siglo II, diezmó al imperio romano, llevándose por delante la vida de casi cinco millones de personas y presumiblemente la del propio emperador, a la sazón Marco Aurelio.
Nuestro gobierno se ha atenido a esta vieja e higiénica medida con sucesivas prórrogas. La quincena de alarma devino treintena y ésta, cuarentena. Terrible palabra que recuerda los relatos medievales sobre los encierros provocados por las pestes llegadas del Oriente lejano. Y los relatos escritos, como efecto de las mismas, con los que Giovanni Bocaccio, en el “Decamerón”, creó un género narrativo que estos días reverdece con “La peste” de Camus, “El amor en tiempos del cólera” de García Márquez, “El ensayo sobre la ceguera” de José Saramago (no de Sara Mago) o “La máscara de la muerte roja” de Poe.
Un país en cuarentena, eso somos; cuarenta días y cuarenta noches metidos en casa, con nuestras familias -quienes puedan estar acompañados- y muchos con animales domésticos, lo que trae a la mente el relato de la Biblia sobre el diluvio universal, con que Yavéh quiso castigar a sus desobedientes criaturas por su vida disipada.
Cuarenta días y cuarenta noches de lluvia incesante soportaron Noé y su familia,  embarcados en el arca con los animales elegidos, y después, cien días más, añadidos, hasta que el descenso de las aguas dejó varado el artesanal navío sobre el monte Ararat, el pico más alto de Turquía, con más de cinco mil metros de altitud, lo que da una idea de la magnitud de la bíblica inundación, del grado alcanzado por el divino cabreo y, en última instancia, de la desbordada imaginación del autor del relato.
Ahora el diluvio es distinto, no es agua que cae desde el cielo, sino un virus que procede de aquí abajo, de la tierra, que se extiende con rapidez y con efectos devastadores por todo el mundo -2,8 millones de afectados y 200.000 fallecidos, de ellos 23.000 en España-, por lo que parece una amenaza para la supervivencia de la humanidad, y quizá lo sea.
A corto plazo, y con independencia de su evolución, pone en cuestión la vigencia de un modo de producir, que no contempla límites morales, costes sociales ni ambientales, impelido por la lógica de obtener la máxima ganancia con el mínimo de gasto, que obliga a aglutinar personas en grandes urbes y zonas fabriles, especializar áreas productivas, desplazar población, concentrar recursos, extraer materias primas hasta agotar sus fuentes, consumir ingentes cantidades de energía no renovable, transportar mercancías a largas distancias, centralizar las decisiones en supercentros de poder ubicados lejos del control ciudadano y depositar parte del beneficio obtenido en lugares al margen de la ley, llamados paraísos fiscales, tolerados, cuando no alentados, por autoridades mundiales y nacionales.
Lo cual precisa un sistema similar de distribución y consumo -la producción en masa exige consumo de masas-, que, al buscar la máxima eficacia en el contacto entre la oferta y la demanda, concentra multitudes en espacios y lugares adecuados, como son los modernos templos de ocio y consumo, que facilitan, además, la vida social y afectiva dada por la proximidad.
Según Margaret Thatcher, defensora del neoliberalismo extremo y de un individualismo que tenía mucho de patológico, la sociedad no existía; lo que existía eran las personas y las familias.
Tal noción era racionalmente tan absurda como ver los ladrillos colocados en orden y negar la existencia de la casa construida como resultado, además de políticamente demagógica y económicamente interesada, y si nunca pudo ser probada con los hechos, a pesar de que políticamente tendió a ello, no por ello dejó de ser eficaz electoralmente al actuar sobre la ignorancia programada, la habitual falta de interese por asuntos no inmediatos y cotidianos y la vida entregada al trabajo, al ocio evasivo, cuando no embrutecedor, al corto plazo y al dejarse llevar por sentidos y emociones, por gustos e inmediatas apetencias, pero lejos del conocimiento, y más aún de la sabiduría, que caracterizan a buena parte del mundo llamado civilizado, aunque escasamente reflexivo.
Pero, la sociedad es el conjunto de instituciones de todo tipo, formada por una tupida maraña de lazos diversos -familiares, amicales, jurídicos, políticos, laborales, comerciales, etc,-, de relaciones habituales u ocasionales, directas o indirectas, que forman estructuras de trato rutinario u ocasional, de colaboración voluntaria o forzada, y de solidaridad; de supervivencia, en suma, cuya vital importancia se percibe, precisamente, cuando faltan. 
El encierro, la reclusión domiciliaria ante la pandemia, nos ha reducido durante unos días la proyección social al limitar nuestra vida al ámbito de la relación estrictamente familiar, pero, en esta difícil coyuntura, la vida como personas y la supervivencia como especie depende, como nunca, del esfuerzo mancomunado de la colectividad; del funcionamiento de las estructuras de atención, ayuda y solidaridad, en primer lugar, pero sin olvidar otras que están detrás.
Depende de la sociedad, en definitiva, que muestra su finalidad al multiplicar la potencia de las capacidades de los individuos. Y nos recuerda lo esencial, pero habitualmente olvidado: que vivimos agrupados porque somos débiles.


domingo, 13 de mayo de 2018

Élites y capitalismo

Respuestas a Norberto Martín, a propósito de un texto de Monse AC

Es la mundialización de las élites, una superclase social con proyección internacional. Es la prolongación de la élite norteamericana de la que hablaba Wright Mills, en los años cincuenta -"La élite del poder"- o las 400 grandes familias de Nueva York, entrelazadas por relaciones personales, familiares, financieras, clubes, universidades y círculos exclusivos. Un supercentro de poder, no elegido por la ciudadanía, pero con una inmensa capacidad para influir en los destinos del país.

Norberto, la noción de pueblo es una noción confusa para abordar problemas de representación política en las sociedades desarrolladas. Puede servir desde el punto de vista antropológico para analizar sociedades tribales o poco desarrolladas del tercer mundo, donde todavía estén muy presentes en la organización política y religiosa las relaciones de parentesco, de raza y de género.

No defiendo que haya que resignarse ante enemigos felices (felices ellos, claro), sólo apunto que el uso de determinados conceptos no ayuda a identificarlos. Dices que todo el mundo pertenece a un pueblo, una nación y una clase social. Digo que, además, a una familia, a un grupo de parentesco y amistad, y en el caso que nos ocupa, a una asociación o corporación, a un grupo financiero y a un grupo de presión internacional. El capital está organizado a diversos niveles dentro y fuera de los países. El problema viene al tratar de detectar cuál es la lealtad prioritaria de cada persona en general y de esas élites en particular: ¿está en la familia o en la nación? ¿en la clase social o en el pueblo? ¿en el grupo de presión o en la llamada patria? Y me voy a algo más concreto: los miembros de esos selectos grupos que mueven el mundo -el Club Bilderberg, la Trilateral, o los directivos del Banco Mundial, del BCE o del FMI- están unidos por intereses que están por encima de los de sus compatriotas, cuyos salarios, empleos, pensiones y condiciones de vida y trabajo importan muy poco ante la posibilidad de obtener el máximo rendimiento a sus inversiones. Las necesidades del pueblo o de la nación sometidas a los intereses de una clase o, peor aún, de un grupo. Deduzco, entonces, que tales sujetos dejan de pertenecer al pueblo, a su nación, si es que alguna vez lo hicieron salvo por lugar de nacimiento. Por otro lado, esas élites "offshore", cuyas inversiones y empresas recorren el planeta buscando el máximo rendimiento -golondrinas, las llama Naomi Klein-, están vinculadas a las élites locales, a las oligarquías nacionales -¿que forman parte del pueblo o no?-, que han unido a ellos sus intereses facilitando legal o ilegalmente, de modo democrático o dictatorial, la penetración de capital extranjero en las economías nacionales. Pensemos, como ejemplo, en cómo los fondos internacionales de inversión se están haciendo con una parte importante del parque de viviendas públicas y privadas de España. Por eso digo que la nación es un concepto poco adecuado para describir las relaciones sociales en las sociedades modernas, porque se utiliza como una comunidad de intereses que es una ficción. Y lo mismo digo de pueblo.

Encantado de debatir. No, el capitalismo no ha abolido las clases sociales, las ha disfrazado u ocultado, empezando por la propia burguesía, en especial su segmento más alto, que es la clase dominante más oculta de la historia. En primer lugar porque sus intereses particulares están disfrazados como intereses generales, intereses de todos, intereses de la nación, uniendo patriotismo y negocio, mientras que las necesidades de los trabajadores, de las mujeres, de los niños, de los emigrantes, de las minorías raciales, sexuales, de los jóvenes de los parados, etc, etc, los presentan públicamente como intereses particulares, que siempre se deben supeditar a los intereses generales del país, que la burguesía -el capital privado- representa. En segundo lugar, por la despersonalización de la dominación del capital, que cada día es más anónimo y está más alejado de la mirada y del posible control de las clase subalternas. Y en tercer lugar porque las élites habitan, actúan y se mueven en mundos propios, en ámbitos reservados, en círculos selectos, nacionales e internacionales; en burbujas, en definitiva, de ahí que sea tan difícil investigar sus ingresos, sus gastos, sus propiedades, su modo de vida, sus relaciones, sus conexiones con el poder político, su endogamia, su reproducción social como clase, etc, etc, mientras las clases subalternas están abiertas a todo todo de prospecciones sociológicas. Y acabo: el imperialismo es una forma extendida de nacionalismo; en el caso de EE.UU. está claro, por el mandato de su "destino manifiesto" y por las necesidades del capital, y en caso del bloque contrario, ya agotado, por la imposición del modelo soviético sobre las países del entorno y por su subordinación a los intereses de la URSS. Hay otro tipo de imperialismo, que es el árabe, transmitido a través del islamismo, que ha sometido a las sociedades donde es hegemónico.

lunes, 9 de abril de 2018

Tocqueville. Cómo investigar

Consejo a doctorandos y doctorandas, masterizandos, masterizandas y asimilados y asimiladas (no confundir con acemilados y acemiladas).
A la hora de hacer frente a un trabajo de investigación en el campo de las ciencias sociales (ignoro lo que sucede en el campo de las experimentales), lo importante es detectar un asunto que haya que aclarar, un proceso, un suceso que haya que esclarecer y que dé pie a plantear una hipótesis, una interrogación, una duda que debamos disipar o que poner a prueba, es decir, verificar si nuestra primera impresión sobre un hecho, un asunto, una materia, es cierta o es equivocada. Desde el punto de vista del trabajo, tanto da el haber acertado como el haber errado en el diagnóstico, si la investigación ha sido rigurosa, porque lo importante es haber disipado la duda, contestado la interrogación y desechado la sospecha que nos llevó a investigar.
Todo lo cual conlleva no poca dificultad a la hora de empezar a plantearlo, pero a veces, nos estrujamos el magín buscando como afrontarlo cuando tenemos claros ejemplos al alcance de la mano (toma nota Cifuentes). Por ejemplo el trabajo de investigación que se plantea un interesante conservador como Tocqueville, en la introducción a su libro "El Antiguo Régimen y la Revolución". Dice así:
"En 1789, los franceses llevaron a cabo el mayor esfuerzo que jamás haya realizado pueblo alguno con el fin de cortar en dos, por así decirlo, su propio destino, y de separar por medio de un abismo lo que habían sido hasta entonces de lo que querían ser en adelante. Con esa finalidad, adoptaron todo género de precauciones para no incorporar nada del pasado a lo que había de ser su nueva condición, y se impusieron toda clase de esfuerzos para moldearse de otra manera que sus padres; no descuidaron nada para hacerse totalmente irreconocibles.
Por mi parte, siempre había pensado que en esta singular empresa obtuvieron mucho menos éxito de lo que se ha creído en el exterior, y mucho menos, desde luego, de lo que ellos mismos creyeron. Estaba convencido de que, sin darse cuenta, heredaron del Antiguo Régimen la mayor parte de los sentimientos, de las costumbres e incluso de las ideas con ayuda de las cuales realizaron la Revolución que lo destruyó, y creía, asimismo que, involuntariamente, se sirvieron de las ruinas de dicho régimen para construir el edificio de la nueva sociedad; de modo que, para comprender bien tanto la Revolución como su obra, había que olvidar por un momento la Francia que tenemos ante nosotros y acudir a interrogar dentro de su tumba a la Francia que ya no existe. Esto es lo que he intentado hacer aquí, pero me ha costado más trabajo el conseguirlo de lo que nunca hubiera podido imaginar (…) He emprendido, pues, la tarea de penetrar hasta el meollo de este Antiguo Régimen, tan cerca de nosotros por el número de años transcurridos pero que permanece oculto por la Revolución".
Tocqueville: "El Antiguo Régimen y la Revolución", 1856.
Ahí está expuesto el problema, la cuestión que suscita la duda y el planteamiento de la sospecha, la hipótesis, que Tocqueville quiere confirmar estudiando a fondo la sociedad del Antiguo Régimen para comprobar lo que de ésta permanece tras la Revolución.
Ignoro si llegado el caso, Tocqueville, con esta investigación, superaría la prueba de someterse a un tribunal académico y obtendría el correspondiente título de doctor o el ansiado "máster" que se le escapa a Cifuentes, pero como libro es magnífico.

viernes, 20 de enero de 2017

El tesón de Secondat

"He empezado muchas veces esta obra para abandonarla después; he lanzado mil veces al viento las hojas que ya tenía escritas; sentía caer todos los días las manos paternas; perseguía mi objeto sin formarme un plan; no conocía aún las reglas ni las excepciones; encontraba la verdad y la perdía al momento. Pero cuando descubrí mis principios, todo lo que andaba buscando vino a mí y durante veinte años he visto cómo mi obra empezaba, crecía, avanzaba y concluía". 
Montesquieu, "Prefacio", Del espíritu de las leyes, Barcelona, Orbis, 1984.