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martes, 22 de septiembre de 2020

¿Felicidad, infelicidad?

 Escribe, hoy, Luis Roca Jusmet: 

"¿Es la felicidad un concepto que debe entrar en la política? ¿ Debe servir la política para favorecer la felicidad de los ciudadanos ? Si es así: ¿ Debe entenderse felicidad como algo público que conseguimos al participar en la vida pública, constituir una comunidad política y formar parte de la voluntad general ? ¿ O debe servir la política para facilitar que cada cual busque su camino privado para la felicidad? La primera opción es la de Rousseau : algunos la llaman republicana, otros comunitarista. La segunda es la de Mill y suele llamarse liberal. Estoy de acuerdo con esta última y no me sonroja llamarme liberal. Pero la diferencia entre el liberalismo de derechas y de izquierdas es que el primero considera que es el mercado, protegido por el Estado, el que debe garantizar el juego. El liberalismo de izquierdas considera que, aún aceptando el mercado, es el Estado el que debe garantizar al máximo este camino, garantizando la igualdad de derechos y facilitando la igualdad de oportunidades. Esta es mi opción política".

Le respondo:

Desconfío de la felicidad como objetivo político, aunque ha habido constituciones donde figuraba como propósito general. En primer lugar porque no existe un estado o situación de beatitud alcanzable de modo prolongado, y menos aún permanente -en el futuro no lo sé si será posible-; a lo más que hemos llegado es a reducir las cuotas de infelicidad y a crear situaciones donde alcanzar una felicidad momentánea. Y en segundo, porque la felicidad es subjetiva, y lo que puede ser felicidad para unos pueden ser un tormento para otros. Políticamente, para mí el rasero está mucho más abajo: en lograr de modo general unas condiciones de vida dignas de la especie humana, y a partir de ahí, que cada cual busque o encuentre sus momentos de felicidad, sin provocar la desgracia o la infelicidad de los demás.

viernes, 1 de mayo de 2020

Crónica del asedio. Extraño 1 de Mayo


Extraño Primero de mayo, este, a celebrar bajo las condiciones de la alarma sanitaria, que impide la aglomeración de personas y, por tanto, las marchas y concentraciones de trabajadores que son tradicionales en este día.
Las necesarias medidas de prevención, para evitar el contagio y no perder parte de lo ganado hasta ahora en la lucha contra el “bicho”, imponen una situación de excepción que recuerda los años de la dictadura, distantes ya, y para los más jóvenes, en la prehistoria de la España postmoderna, cuando mandaba otro “bicho”, también letal, y estaba prohibida cualquier expresión colectiva que recordara siquiera de forma lejana la contraposición de aspiraciones e intereses entre el capital y el trabajo.
Unidos, ambos, coactivamente por el Régimen en el retórico proyecto común de España -“una unidad de destino en lo universal”-, formulación de raíz orteguiana asumida por la Falange, y en el ámbito laboral, por el encuadramiento obligatorio de patronos y productores (la palabra obreros no se usaba por connotación marxista) en la Organización Sindical, un sindicato interclasista de estructura vertical, como todo en un Régimen jerárquico, donde los trabajadores ocupaban el lugar subalterno que les correspondía por su función en el aparato productivo, en un sistema político y económico que era clasista hasta lo más profundo de la médula de su fundadores.
En caso de que, ante un problema laboral, la retórica confluencia de intereses entre empresarios y trabajadores no concluyera en un acuerdo forzado por la estructura del sindicato único, en un sistema donde todo era único (el caudillo único, el partido único, la religión única, la Iglesia única y, claro, el sindicato único), allí estaba el apoyo del Ministerio de Gobernación para resolver, con la fuerza, por lo general desmedida, el problema a favor de los intereses patronales.
Así era de descarnado y evidente el carácter clasista del Régimen, pero había gente que decía que no lo veía. Una situación parecida, de España o de Portugal, debió de inspirar a Saramago su libro “Ensayo sobre la ceguera”, referido a los ciegos que no quieren ver, como metáfora del egoísmo de las personas que viven pendientes de sí mismas, desinteresadas de lo que sucede a su alrededor si no redunda en su beneficio.  
Por fortuna la dictadura pasó -no hay mal que cien años dure, aunque cuarenta son muchos- y los trabajadores recuperaron derechos y los sindicatos su función en unos años, en que las reclamaciones laborales acompañaron las demandas de cambio político.
Hoy, la coyuntura no es buena para quienes dependen de un empleo. El neoliberalismo, en una ofensiva larga y tenaz, ha impregnado toda la sociedad con los axiomas de su catecismo y ha instaurado un capitalismo especulativo, parasitario, esquilmador de los bienes públicos y depredador de la naturaleza, que, por medio de tremendas crisis, transfiere renta desde las clases bajas hacia las clases altas, concentra el capital en menos manos y multiplica la pobreza.
Un capitalismo exultante, que ha desterrado al olvido la lucha de clases entre los trabajadores y las clases subalternas, pero no ha desaparecido para las clases  y estratos sociales dominantes, como percibe ese multimillonario americano, de cuyo nombre no quiero acordarme, que dice que existe la lucha de clases y que la suya va ganando. Y para prueba ahí está su crecido botín. ¿Botín? ¿Dónde he oído esa palabra en la lucha de clases, además de en las novelas de piratas y aventureros?
Las tensiones entre el capital y el trabajo no se han mitigado a causa de un armónico armisticio, establecido entre los representantes de ambos, sino por el  desequilibrio entre los contendientes, entre las poderosas fuerzas del capital, reacias a cualquier concesión hacia las clases laboriosas, y los agentes de estas, los desorientados partidos y sindicatos de trabajadores. La lucha de clases no ha desaparecido, y si no muestra más crudeza es por el desfallecimiento de una de las partes, no por alguna avenencia; es, simplemente, una expresión de la diferencia de poder.
La contrarreforma laboral de 2012, es una muestra de ese poder, que unida al cambio tecnológico, ha situado el empleo, por precario o insultantes que sean el sueldo o las condiciones del contrato, como un premio a los trabajadores que las organizaciones patronales administran a su albedrío.
Con el mercado laboral convertido en una ruleta, cada cual espera tener la suerte de que la bolita caiga en su número y le toque un buen empleo. Y cuando, en las condiciones actuales, personas que trabajan recurren a las pastillas, al sicólogo, a la religión o a los libros de autoayuda, en vez de acudir a un sindicato para resolver los problemas en su centro de trabajo, es que algo va muy mal en el campo laboral y aún peor en el campo sindical, porque no se percibe o se ha abandonado la perspectiva general, el marco, no sólo económico, sino político, de las relaciones laborales, y no se contemplan las soluciones colectivas, que son las que aportan soluciones duraderas porque cambian la correlación de fuerzas, es decir, modifican las relaciones de poder entre las clases sociales que representan al capital y al trabajo.
Hoy, día Primero de Mayo, no habrá manifestaciones en la calle. Es necesario que así sea. Y en vez de congregarse y marchar -“en pie, marchar que vamos a triunfar”, como cantaba el grupo Quilapayún, en un himno mil veces coreado-, las y los “currelantes” -así los llamaba Carlos Cano en su célebre murga-, desde sus casas, se conectarán por internet a un foro para asistir a los actos de rigor organizados por los sindicatos.
Vivir para ver. Y, este virus, ¿no será de derechas?


sábado, 21 de septiembre de 2019

Seguimos en bucle


No salimos del bucle o del círculo vicioso de la interinidad, pues, ante la imposibilidad de formar gobierno, ya tenemos elecciones legislativas a la vista.
Se veían venir, dados los resultados del 28 de abril y el tenso clima de opinión imperante entre los partidos políticos, cuyos dirigentes, encastillados en sus respectivas posiciones, han sido poco propensos al diálogo, al entendimiento y a la colaboración y, por qué no decirlo, a la lealtad y a la generosidad, que son actitudes imprescindibles en la actividad política aunque aquí estén desterradas.
En este fracaso las culpas están repartidas, pues nadie o casi nadie ha colocado el interés general del país por delante de sus expectativas como partido. Y resulta una disculpa pueril culpar a Pedro Sánchez del fracaso en formar gobierno, acusándole de no haberlo intentado con suficiente interés o de tener la secreta intención de precipitar, para algunos desde la fracasada investidura de julio y para otros desde el mes de abril, otras elecciones como objetivo prioritario, cuando lo cierto es que entre partidos que podrían haber facilitado el gobierno -PP, Cs, UP- nadie ha estado dispuesto a echar una mano para que empezase la legislatura, porque todos esperan mejorar sus resultados en unas elecciones convocadas casi de inmediato o después de un inestable y breve gobierno. Es más, a izquierda y derecha, en el centro y en la periferia, existía un consenso espurio para que no gobernara el PSOE.
Pero la responsabilidad del fracaso no se ciñe sólo a los partidos políticos y, en particular, a sus dirigentes, como se desprende de un discurso muy difundido, que afirma que, una vez que los ciudadanos han expresado su voluntad en las urnas, lo que deben hacer los partidos es recoger ese mandato y negociar para formar gobierno. Si el intento fracasa es porque los partidos no han sabido o no han querido negociar y, en consecuencia, porque no han entendido el mandato popular o lo han desatendido o traicionado, como si los mandatos salidos de las urnas fueran coincidentes, complementarios o tuvieran una única y razonable aplicación.
Tal conclusión es falsa, porque lo que se intenta decir es que los partidos no han querido un acuerdo que entre los votantes estaba manifiestamente claro. Lo cual presume que entre los votantes existe una disposición favorable al diálogo, que en la sociedad española no se percibe. 
Si los votantes apoyan a los partidos es porque asumen, y en buena parte refuerzan, el clima de opinión imperante y comparten lo que han hecho y dicho sus dirigentes, lo cual no va dirigido únicamente a los dirigentes de los otros partidos, sino también a sus votantes, porque serán ellos, con sus votos, los que harán difícil o imposible que triunfen las posiciones propias de cada partido, que son las que verdaderamente importan.
Lo que estamos viendo y padeciendo en España desde hace tiempo es que el principio fundamental de la política, tal y como ahora está concebida y aplicada, es obtener la aplastante victoria del partido favorito de cada cual y, por tanto, el correspondiente gobierno en solitario. Es decir, cada votante quiere que ganen los suyos por encima de cualquier otra consideración, y que los intereses generales del país se supediten que los intereses particulares de su partido o, incluso, a los intereses particulares de tal o cual dirigente.   
Por eso, no parece mala solución -y además no hay otra- volver preguntar a la ciudadanía para que conteste en las urnas, aunque a algunos les moleste y a otros no les venga bien.
Es la salida más justa para todas las fuerzas políticas, porque les ofrece la ocasión de recapacitar, ajustar sus programas, perfilar sus mensajes y, en suma, de rectificar, en la forma y en el contenido, para tratar de mejorar sus resultados. Pero no existe garantía de que lo vayan a hacer.
También, para que los votantes realicen el mismo ejercicio de introspección y acaso de rectificación de sus preferencias. De lo cual tampoco hay garantías.

18/9/2019


martes, 16 de octubre de 2018

Aron. Totalitarismo.

Cada vez que las democracias han estado en presencia de un régimen autoritario han creído que los hombres en pugna eran lo suficientemente razonables como para preferir un buen compromiso a una mala guerra. Así, los hombres dados al compromiso nunca han logrado comprender lo que ya había explicado Georges Sorel desde principio de siglo: que hay un tipo de hombres que prefiere lograr sus objetivos a través de la lucha más que por la negociación y el compromiso; un tipo de hombre para quien la negociación y el compromiso son atributos detestables. Hago alusión aquí a las “Refléxions sur la violence” de Georges Sorel (de 1908), donde explica que el compromiso y la negociación responden a un espíritu de bajeza, y que la afirmación intransi-gente de su punto de vista -la voluntad incondicional de triunfo- ostenta una virtud. 
Otro ejemplo es el libro “Mein kampf”, donde Hitler explica de forma clara que los partidos democráticos, al carecer de doctrina, pueden establecer compromisos, pero que los grupos o partidos que respondan a una filosofía total no pueden admitir el espíritu de compromiso, aplicando de manera integral su voluntad. De ahí resulta que, cuando los hombres de las democracias establecen compromisos en política exterior con los sistemas totalitarios, corren el riesgo de no comprender que el compromiso, para sus interlocutores, no es una solución definitiva, sino sólo una etapa de cara a una reclamación suplementaria.

Raymond Aron (1997): Introducción a la filosofía política, Barcelona, Paidós, 1999, p. 119. 

jueves, 31 de mayo de 2018

La política necesaria


En un día como hoy, mientras se debate en el Congreso la moción de censura que tiene el propósito de desalojar del Gobierno al corrompido partido de Rajoy, sólo me atrevo a exponer una desusada noción de la política.
La humana actividad de la política es necesaria porque no somos ni ángeles ni bestias; porque, a nuestro pesar, tenemos mucho de bestias pero nos creemos ángeles, y sobre todo, porque estamos solos, arrojados a un mundo sin dioses y excluidos del mundo de las bestias, y, por tanto, el orden humano es de nuestra exclusiva incumbencia.
La política es la actividad -¿la ciencia, el arte?- empeñada en intentar fundar un orden terrenal -no celestial-, inestable y cambiante a pesar de los esfuerzos por dotarlo de homogeneidad y permanencia, en el que los humanos, seres con grandes limitaciones, desmedidos deseos y tremendas ambiciones, puedan cooperar de la forma que sea -por acuerdo o coerción, o por una combinación de ambas- para sobrevivir.
Los humanos, como los primates más evolucionados que somos, nos hemos apartado de la naturaleza, en donde tenemos nuestro origen como individuos y como especie y, en parte, de nuestro hábitat, pero no nos hemos apartado lo suficiente como para ser sólo entes culturales.
Nos hemos adaptado y apartado, a la vez, de la naturaleza transformándola, en lugar de sólo adaptarnos a ella como hacen los demás animales, y nos hemos transformado nosotros a medida que hemos transformado el entorno. Hemos cambiado el medio -los medios, pues somos la única especie que puede habitar en medios naturales tan dispares-, pero en ese proceso hemos mutado y nos hemos convertido en seres culturales, determinados por la naturaleza, claro, pero también por nuestras propias creaciones para alejarnos de ella.
Con esto, pretendo señalar que compartimos con los animales el inexorable mandato de la naturaleza, que es asegurar la continuidad de las especies mediante los instintos de supervivencia y de reproducción de cada individuo, y segundo, que no compartimos, al menos plenamente, el modo asumido por los animales para cumplir esos imperativos mandatos.  
Los humanos -los humanes, como escribe Mosterín, cuando nos considera una especie- hemos escapado, aunque no del todo, a esas determinaciones de la naturaleza, y si descartamos por inverosímil la hipótesis religiosa que asegura -sin pruebas- que existe una sublime y eterna inteligencia que gobierna el orden celeste, del cual el orden terrestre es sólo una emanación imperfecta, entonces podemos referirnos a la necesaria función de la política.
Y si no somos plenamente ni bestias ni ángeles, sino que compartimos porciones de ambos, que somos pasión y razón a la vez, nuestro orden social es precario; por eso es necesaria la política: el arte o la ciencia de gobernar, de gobernarnos, y de afrontar los asuntos comunes.
Hablar sobre la política obliga a referirse al origen urbano del término griego, pues, en la cultura europea occidental, es en la Grecia clásica donde surgen las primeras reflexiones sobre los obstáculos que encuentra la convivencia entre personas desconocidas, es decir, el trato permanente entre gentes que no son ni lejanamente parientes. Y es en la polis -la ciudad/Estado-, en el limitado territorio donde se agrupan de manera estable personas extrañas, donde inicialmente se medita acerca de las dificultades que entraña esa permanente y forzada convivencia.
La ciudad, no sólo entendida como diseño urbano, sino como espacio para convivir y como metáfora del Estado, es el ámbito específicamente humano, artificial, logrado por miles de años de civilización que nos ha alejado del ámbito propio de los animales, que es la naturaleza. En ese ámbito exclusivamente humano se entrecruzan cada día miles de trayectorias vitales y de proyectos particulares, que no son coincidentes ni en sus medios ni en sus fines, de ahí viene la necesidad de organizar, limitar y encauzar, tales proyectos para evitar que choquen y que se destruyan recíprocamente en su aspiración a realizarse. La ciudad (el Estado moderno) es, así, además de un ámbito artificial, un territorio conflictivo en precario equilibrio, amenazado por las contradictorias apetencias de grupos e individuos.
Aristóteles, que consideraba que el orden social depende de la voluntad de muchos, veía, ya en el siglo IV antes de Cristo y en una civilización bien distinta a la nuestra, las tensiones que podían acabar con la ciudad y proponía una ética eminentemente práctica que las contuviera y condujera, y que tuviera, por demás, su continuación en la política como gestión de los asuntos comunes, pues, si cada ciudadano o cada grupo asumía que sus aspiraciones debían contemplar como obligado límite las aspiraciones de otros, era posible garantizar la permanencia de ese ámbito, que él consideraba natural -tan natural como la agrupación de las abejas, señala-, en el que dichas aspiraciones pudieran realizarse.
Pero no somos abejas, aunque estemos en un avispero. Lo que espero, aunque quizá ya sea tarde, es que en el Congreso predomine la razón antes que la pasión, las razones antes que las pasiones; la candidez de los ángeles antes que los instintos de las bestias. Pero no estoy seguro de que así ocurra.

miércoles, 9 de mayo de 2018

De buscón, en Recoletos


En Madrid, el Día del libro no tiene la relevancia que tiene el día de Sant Jordi en Barcelona, pues no se acerca ni de lejos al ambiente de fiesta popular que tiene en la ciudad condal, capital del mundo editorial durante decenios, pero respecto a libros, Madrid tiene otras cosas, que no están mal. Y con esto, tal y como está el patio de revuelto, no quiero comparar ni colocar una ciudad sobre la otra, pues en cuestión de lecturas y culturas, prefiero sumar; añadir ocasiones, antes de oponer y restar.  
Una de estas madrileñas ocasiones es la Feria del libro, una anual cita para los amantes de la lectura; ubicada en el paseo de Coches del Retiro en los días de la primavera tardía, cuando se alternan el calor y las tormentas. Otra es la feria permanente de libros antiguos, situada en la cuesta dedicada a Claudio Moyano (1809-1890), el que siendo ministro en el Gobierno de Narváez hizo aprobar la Ley de Instrucción Pública, que definió la organización de la enseñanza en España desde 1857 hasta la ley de Villar Palasí en 1970.
Dichosos tiempos, aquellos, en que el sistema de enseñanza duraba decenios, en cambio ahora, cada ministro del ramo quiere tener su ley, a su gusto y manera, para confusión de alumnos, padres y profesores y para perjuicio del país, que en materia de educación o de enseñanza e instrucción anda, también, desnortado y predispuesto a acoger sin reservas las teorías pedagógicas de cualquier charlatán postmoderno. Pero volvamos a los libros que no son sólo de texto.
Además de las casetas de la Cuesta de Moyano, los lectores (y lectoras, no se me enfaden las empoderadas, que, suelen ser las que más leen), cuentan con dos ferias del libro antiguo y de ocasión, que en otoño y primavera levantan sus casetas en el Paseo de Recoletos. La feria es un gozo, no sólo por los libros para bibliófilos y amantes de las páginas con ácaros, sino por la diversidad de láminas, carteles, cromos, tebeos y libros infantiles y juveniles, que llenan las casetas de color con su portadas.
No se debe acudir a Recoletos con la idea de encontrar un título preciso, pero dedicando algo de tiempo a mirar lomos y portadas de cientos de ejemplares, un buscador pertinaz se puede tropezar con cosas curiosas y títulos de interés. Por ejemplo, en la última feria de otoño, sin buscarlas, me vinieron, casi a la mano, una historia gráfica en la Comuna parisina, editada en francés e ilustrada con preciosos dibujos, que no pude dejar allí. También “Ochrana”, de A. Vasiliev, memorias del último director de la policía zarista, editado por Espasa Calpe en 1930, “The West”, una antología de la Harper’s Magazine sobre el Oeste americano, que tampoco pude abandonar a la suerte de otro lector, y finalmente, en otro orden de cosas, me topé con las “Obras Completas” de José Antonio Primo de Rivera, en un solo volumen editado en 1945 y a un precio razonable, que, no es que sea el santo preferido de mis devociones, pero leído a ratos y picando aquí y allá entre sus páginas, se obtiene una idea de lo que, en las filas de la derecha española, españolísima, se pensaba en los años treinta. Es decir, un singular aporte para conocer algo mejor este condenado país, obtenido directamente de una de sus fuentes. Aunque ya conocía al personaje por una antología.
Ayer, en una agradable mañana, acudí, como otras veces con una de mis hijas, al Paseo de Recoletos, que, para los forasteros, es el paseo comprendido entre las plazas de Cibeles y de Colón. La estatua de la diosa, en el carro con sus leones y surtidores de agua, fija; la del marino, itinerante, pues, sucesivos alcaldes madrileños le han ido marcando singladuras en la plaza, moviendo al pobre Cristóbal y a su pedestal de un lado a otro, como prueba del acierto con que la población de la villa ha calificado estos y otros caprichos de sus regidores llamándolos alcaldadas.
El Paseo de Recoletos es un tramo de una de las calles más largas y más notables de Madrid, desde el punto de vista monumental y como eje de la vida política, económica, financiera y cultural de la ciudad. Es el primordial eje viario que va desde el sur, el río Manzanares, hasta el norte, donde acaba, en ese otro río, pero de coches, que es el cierre de la M-30. Lo que sucede es que, en una manía o costumbre, a mi juicio muy mala del lugar, la misma calle, el mismo paseo en este caso, tiene varios nombres: Paseo de las Delicias, Paseo del Prado, Paseo de Recoletos y Paseo de la Castellana. Antes tenía, además, el de Avenida del Generalísimo, oportunamente apeado.
No puede decirse que la importancia de esta larga y bella vía urbana, que conecta el camino hacia los secarrales de la Mancha, por el sur, con la ruta hacia las zonas verdes de la Sierra por el norte, haya merecido, por parte de alguna de las tres administraciones -la central, la autonómica y la local- que tratan de gobernar la vida de los madrileños, la atención de dotarla de una línea de Metro, que la recorra entera, de arriba a abajo, o de construir alguna estación más en el ferrocarril subterráneo de Cercanías para que pueda suplir esa carencia. Descuidos de gente que se mueve por la urbe en coche oficial.  
Bien, como decía, en la soleada mañana de ayer, la feria estaba animada y era un gusto pasear y recorrer las casetas. Mejor dicho, hubiera sido un gusto hacerlo si los visitantes no hubieran visto interrumpida su labor de ojeadores por la intempestiva presencia de patinadores y ciclistas, que recorrían el paseo a velocidades impropias y sin respetar el espacio de los peatones, en el que ellos eran invasores. La de los ciclistas es la última plaga que ha caído sobre los peatones de Madrid, que se ven obligados a compartir sus aceras con todo tipo de transportes privados dotados de ruedas.
Para concluir, la búsqueda, o casi mejor, la “busca” barojiana, me deparó la suerte de encontrar un librote, en formato grande, “Marx et son époque”, de Arthur Conte, de quien no tenía noticia, pero consultada la wiki, ha resultado ser un diputado socialista, luego centrista, periodista y escritor especializado en historia, y director de la televisión pública, ORTF, fallecido en 2013.
Es una biografía de Marx, abundantemente ilustrada con fotografías y dibujos de la época, acompañada por un apéndice de cuadros cronológicos, que sólo por eso y por los dibujos merece comprarse. Además, estamos en el año y en el mes del bicentenario del nacimiento de Marx. Y también, pero eso es lo de menos, por el precio: 5 euros. Una bicoca.
Compré también una antología de la revista “Leviatán”, desde el nº 1, mayo de 1934, al nº 25, junio de 1936, aunque faltan números. Lleva un prólogo de Paul Preston, está editada por Turner en 1976 (9 euritos).
Vi “Estudios sobre la revolución”, de E. H. Carr, de Alianza, en buen estado, edición de 1970. ¿Y quién no lo compra en este mes de mayo por 5 euros?
También fue al saco “La teoría de la historia de Karl Marx”, de Gerald Cohen, que se me escapó en su día (edición española de 1986). Este me dolió más: 20 euros, a pesar de mi intento de regatear, en el que estoy poco ducho.
Encontré otra alhaja dado el momento, “Las nacionalidades” de Pi y Margall, encuadernado en pliegos y con las páginas aún sin abrir: 5 euros. Y ya de retirada, apareció una novela de un  viejo conocido, P. G. Wodehouse: “Un par de solteros”, editada en 1944, por Al monigote de papel, en buen uso; 6 euros.
Esa fue la cosecha de la mañana. 

martes, 2 de enero de 2018

Depresión

No niego el carácter biológico de la depresión, cuyo origen puede estar en la carencia de ciertos elementos en nuestro organismo o en la alteración del equilibrio entre ellos (litio, sodio, potasio, hierro), pero cuando se alude a esa extensión estamos hablando de una enfermedad social, hablando de insatisfacciones, de frustraciones de miles de personas, que nos remiten no a una epidemia sino a un tipo de sociedad que promete mucho, que incentiva continuamente nuestros deseos, que destruye los lazos sociales y familiares, que carece de racionalidad en la producción y en el consumo, que muestra una increíble capacidad para mutar, que dificulta ponerse al día tras una incesante innovación tecnológica, que ha sustituido valores humanos como el amor, la solidaridad, la igualdad, la cooperación por el afán de lucro, la competencia a todas las escalas, el culto al dinero, al poder y a la fama conseguidos pronto y del modo que sea, por el egoísmo y el trato interesado, o usando un término ya pasado de moda, una sociedad que genera alienación, enajenación, no sólo mental, sino social; es decir personas sometidas a una condiciones sociales de existencia cuyo origen escapa a su comprensión, de ahí que no se perciban salidas colectivas, sino individuales, pues el malestar social se percibe primero de manera personal.
El remedio, por tanto, al alcance y comprensión de la mayoría será individual: libros de autoayuda, visitas al sicólogo o al siquiatra, fármacos... o melancolía. Hay un dicho antiguo que dice que el trabajo inútil produce melancolía. Somos una sociedad de Sísifos.

jueves, 31 de agosto de 2017

Poder legítimo

 "¿Cómo definir un gobierno legítimo? Un gobierno legítimo puede ser definido como un régimen cuya estructura de poder ha sido establecida en teoría y organizada en la práctica según reglas fijadas tiempo atrás, conocidas y aceptadas por todos, e interpretadas y aplicadas sin vacilaciones ni dudas con el acuerdo unánime de la comunidad, siguiendo la letra y el espíritu de la ley reforzada por las tradiciones consuetudinarias (...) El gobierno ilegítimo es por principio el extremo opuesto al gobierno legítimo, se trata de una forma de poder configurada y organizada basada en reglas y normas impuestas por la fuerza poco tiempo atrás, y que habitualmente resultan inaceptables para la inmensa mayoría de la población (...) Mientras que los gobiernos prelegítimos quieren y pueden respetar el principio de legitimidad que la mayoría se resiste a aceptar como válido, pensando que su ejemplo terminará convenciendo a los ciudadanos a aceptar la nueva forma de poder, el gobierno ilegítimo, por el contrario, no quiere, no puede y no pretende someterse al principio de legitimidad por él mismo proclamado, ya que con él no busca más que encubrir un dominio impuesto al pueblo contra su voluntad".
Guglielmo Ferrero: El poder, Madrid, Tecnos, 1991, p. 187.

domingo, 16 de julio de 2017

Lakoff. Think tanks

Gracias al trabajo de sus think tanks -escribe Lakoff (2007, 130)-, de sus profesionales del lenguaje, de sus escritores, de sus agencias publicitarias y de sus especialistas en los medios, los conservadores han impuesto una revolución en el pensamiento y en el lenguaje durante treinta o cuarenta años. Utilizando el lenguaje, han tildado a los liberales[1], cuyas políticas son populistas, de elitistas decadentes, de despilfarradores no patrióticos, de liberales de limusina, de liberales frívolos, de liberales de muchos impuestos y de mucho gasto, de liberales holliwoodienses, de liberales de la Costa Este, de élite liberal, de liberales inconsistentes, etc. Al mismo tiempo, han calificado a los conservadores, cuyas políticas favorecen a la élite económica, de populistas
Lakoff, G. (2007): No pienses en un elefante, Madrid, UCM

Según Lakoff (2008, 61), en los últimos treinta años, los conservadores se han gastado más de 4.000 millones de dólares en formar una red de think tanks y de institutos de opinión y formación.
Lakoff, G. (2008): Puntos de reflexión. Manual del progresista, Barcelona, Península.





[1] Lakoff utiliza aquí el término <liberales> en sentido americano; es decir, progresistas o demócratas.

sábado, 15 de julio de 2017

Trump y Lakoff

Muy interesante, Lakoff, que, desde el punto de vista político, matiza y desmenuza la vieja tesis de la ideología dominante (desde Marx, Gramsci, Althuser, Habermas... hasta Abercrombie), con alusiones a W. Reich (el padre autoritario) y la sociología del conocimiento (Mannheim. Sus libros "No pienses en un elefante. Lenguaje y debate político" (2004, 2007 en español) y "Puntos de reflexión. Manual del progresista" (2006, 2008 en español) deberían ser de obligada lectura para los progresistas. Recomiendo los once consejos que les da ("No pienses", p. 58 y 59), continuados en doce trampas que hay que evitar, en "Puntos de reflexión, p. 34 y ss).

http://blogs.elconfidencial.com/mundo/mondo-cane/2017-07-10/donald-trump-es-vulgar-e-inculto-pero-no-tonto_1412289/?utm_source=facebook&utm_medium=social&utm_campaign=BotoneraWeb

lunes, 26 de junio de 2017

El arte de la guerra

Breve introducción a la lectura del libro de Sunzi (Sun Tzu).

La guerra es el asunto más importante para el Estado. Es el terreno de la vida y de la muerte, la vía que conduce a la supervivencia o a la aniquilación. No puede ser ignorada.

Así comienza Sunzi El arte de la guerra. La guerra es un asunto importante e inevitable; es un asunto complejo, que depende de muchos factores (sociales, políticos, económicos, orográficos, climáticos y, por supuesto, militares). Es un asunto colectivo: la guerra implica a muchas personas, es asunto de masas, de movilización de masas, pero también es un asunto de dirigentes.
Sunzi destina su libro a ilustrar a los generales, no a la tropa; a los estrategas, a aquellos que deben hacer de la guerra un ejercicio intelectual antes que un ejercicio bélico o un asunto de preparación corporal y adiestramiento en el uso de las armas.
El arte de la guerra data, aproximadamente, del último tercio del siglo IV a.n.e., como hipótesis más probable.
Parece que Sunzi (544-496 a.n.e.) fue contemporáneo de Confucio (551-479 a.n.e.) y que escribió, él o sus discípulos (otra hipótesis), su libro en una etapa en que se producía en China una profunda mutación política desde el período llamado de Primaveras y Otoños (770-476 a.n.e.) a la etapa de los Reinos Combatientes (476-221 a.n.e).
Esta mutación, debida a la crisis del régimen político aristocrático, consistió en   concentrar en manos de unos pocos monarcas autoritarios el poder que había estado repartido entre familias aristocráticas. Así, el poder detentado por una numerosa y dispersa nobleza a lo largo de China quedará concentrado en un soberano y centralizado en la capital de cada reino. Con ello, aparece un nuevo tipo de relaciones entre los reinos, basado tanto en la diplomacia como en los conflictos bélicos a gran escala.

Diferencias entre la noción de la guerra por parte de la nobleza -período de las Primaveras y Otoños- y la concepción de Sunzi en la etapa de los Reinos Combatientes.

La guerra s/ la nobleza
La guerra según Sunzi
Función
Simbólica: homenaje muertos
Práctica: defensa y/o conquista
Legitimidad
Nobles: uso de la violencia
Estado: uso de la violencia
Actores
Aristocracia y huestes
Estratega, masas campesinas
Fines
Demostrar valor, honor
Conquistar territorio, riqueza
Forma
Competición ritual, duelo
Guerra de masas, levas
Conocer
Por adivinación
Análisis racional, cálculo
Normas
Virtudes caballerescas
Todo vale, incluso engañar
Eficacia
Destreza con las armas
Estrategia. Disciplina colectiva.
Tropa
Caballería, carros
Infantería
Efectos
Guerra parcial
Afecta a toda la población

Rasgo distintivo fundamental
El rasgo distintivo fundamental entre ambas formas de abordar el conflicto armado es el paso de la guerra al modo aristocrático a la guerra de masas.
Lo que en la guerra, en la etapa de Primaveras y Otoños, es demostración de la habilidad personal de los nobles en la preparación corporal (artes marciales) y en la destreza en el manejo de las armas, en la guerra según Sunzi es poder sobre las masas, visión de la guerra a largo plazo -estrategia- y habilidad para disponer y utilizar las tropas de modo eficiente en el combate. La preparación voluntaria del guerrero de la nobleza, conseguida con un constante esfuerzo personal siguiendo el estricto protocolo de las artes marciales, en la guerra de masas se sustituye por la necesidad de mover con conocimiento, orden y eficacia grandes cantidades de personas mediante el adiestramiento en la obediencia y la disciplina. La lucha de masas reemplaza al duelo caballeresco. 
Lo que en la guerra al estilo aristocrático depende de la preparación individual, en la guerra de masas, según Sunzi, se consigue con la fuerza del número, de gran cantidad de personas sin gran preparación en las artes marciales. El éxito del estratega reside en lograr que las levas de campesinos sin adiestramiento militar se comporten con eficacia en el combate siguiendo las órdenes recibidas. El estratega debe conseguir obediencia a sus órdenes para mover, en determinada dirección y alcanzar determinados fines, a miles de individuos con independencia de su voluntad. El ejército debe ser una máquina que responde de modo automático a las órdenes del estratega.
En la guerra según Sunzi no cabe el estricto y complejo ritual que envuelve y condiciona la guerra al modo aristocrático, que obliga a los contendientes a dedicar mucho tiempo (toda su vida) a conocer y perfeccionar unas reglas de combate muy estrictas, cuya aceptación y cumplimiento son signos de nobleza.
El modelo de guerra según Sunzi sobrepasa el conflicto como ocupación exclusiva del estamento aristocrático y lo extiende a la población de todo el reino, adaptando su estructura, ingresos, administración territorial y gobierno de las personas a los objetivos de la guerra. Por ello, es un tipo de guerra que precisa del análisis racional y el conocimiento general, del enemigo, del estado de las propias tropas, del terreno y del clima; necesita de la información, del cálculo y del engaño (la guerra es el arte de engañar).  Y el estratega es el que conoce y actúa según estos principios, al contrario que en la guerra según la nobleza, en que la adivinación jugaba un papel importante.
“El arte de la guerra” más que un manual para la guerra es una reflexión filosófica sobre la naturaleza humana, sobre el poder y la dominación. Sunzi no es un caudillo belicoso que se complace en perseguir y destruir al enemigo, sino al contrario, muestra que la guerra se debe evitar. Para él, la mejor victoria es la que se produce sin combate – “los más deseable es someter al enemigo sin librar una batalla con él”-, pero tampoco es un pacifista. Él admite la guerra, piensa que es mejor evitarla -“En la guerra es preferible conservar un país que destruirlo, preservar un ejército que destruirlo, preservar un batallón que destruirlo, preservar una compañía que destruirla, preservar una brigada que destruirla. Por tanto, obtener cien victorias sobre cien combates no es lo mejor. Lo más deseable es someter al enemigo sin librar batalla con él”-, pero si no es posible apunta los principios necesarios para ganarla -la guerra se estructura en cinco factores: la virtud (la cohesión entre los superiores y el pueblo), el clima, la topografía, el mando y la disciplina)-. El conocimiento de estos factores permite al buen estratega someter a las fuerzas enemigas, pues “quien conoce al enemigo y se conoce a sí mismo disputa cien combates sin peligro. Quien conoce al enemigo pero no se conoce a sí mismo vence una vez y pierde otra. Quien no conoce al enemigo ni se conoce a sí mismo es derrotado en todas las ocasiones”.  

La edición de Trotta (2001) de “El arte de la guerra” es bastante buena y trae una extensa introducción que ayuda mucho a entender el texto. Y quienes sepan chino (imagino que mandarín) pueden intentar entender al Maestro en las páginas finales.