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domingo, 23 de agosto de 2020

Notas 1968 (7). El pulso del bajo clero con el Estado

A las circunstancias aludidas en la entrega anterior, hay que añadir los primeros actos de terrorismo de ETA, que aumentaron la tensión en el País Vasco y, en consecuencia, el conflicto entre la clerecía de base y la Curia y, de rebote, entre ésta y el Gobierno.

Más que un conflicto entre la Iglesia y el Estado, pues la Iglesia formaba parte del propio Estado franquista, que era confesional, lo que realmente se acentuó fue la tensión del bajo clero y la feligresía con el Gobierno.

Estos son los hechos más relevantes del año, en el ámbito que nos ocupa.

El 23 de enero, el TOP condenó a Alfonso C. Comín (miembro del PSUC) a 16 meses de cárcel por un artículo publicado en un semanario católico francés.

El 6 de febrero, comparecían ante el TOP cuatro sacerdotes vascos, acusados de participar en una manifestación.

El 10, un tribunal militar condenó a un soldado a 6 años de cárcel por negarse a prestar servicio en sábado, porque lo prohibía su religión. Según Amnistía Internacional, 50 objetores de conciencia estaban en la cárcel por negarse a prestar el servicio militar.

El día 17, el Gobierno autorizó la enseñanza del vascuence en las escuelas públicas.

El día 10 de marzo, el clero vasco emitía una nota de protesta por la detención de diez militantes nacionalistas en Vitoria.

El 14 de abril, Pascua de Resurrección, el Gobierno desplegó, en el País Vasco, la policía para impedir la celebración del Aberri Eguna (Día de la patria vasca).

En Madrid, el día 10 de mayo, se produjo un hecho que mostró un rostro bien diferente de la Iglesia, cuando 300 personas asistieron a una misa por Adolfo Hitler y los que fallecieron defendiendo la “civilización occidental y cristiana”. No fue la única vez.

El día 7 de junio, el asesinato del guardia civil José Pardines, en un control de carretera, por Javier Echevarrieta, miembro de ETA, y la muerte de este, por disparos de la guardia civil, en otro control, reavivaron la tensión entre la Iglesia y el Gobierno.

El día 10, un grupo de sacerdotes ocupó durante varias horas el obispado de Bilbao, en protesta por la represión ejercida por la policía sobre los asistentes a las misas por el alma de Javier Echevarrieta.

En julio, presionada por una carta de trabajadores, la Conferencia Episcopal expresó su apoyo a la libertad sindical y al derecho de huelga. En el mismo mes entró en funcionamiento la cárcel concordataria de Zamora.

El día 1 de agosto, seis sacerdotes ingresaron en la cárcel de Zamora y otro en la prisión de Basauri por el impago de multas gubernativas.

El día 2, tras el asesinato del comisario de policía, Melitón Manzanas, a manos de un comando de ETA, el Gobierno decretó el estado de excepción en Guipúzcoa durante tres meses. Para facilitar la labor represiva de la policía, pocos días después aprobó el Decreto-Ley sobre Represión del Bandidaje y el Terrorismo, cuya aplicación en todo el país generó arbitrariedades, malos tratos y torturas, y, pronto, las lógicas protestas.

El día 15, la Confederación Internacional de Sindicatos Cristianos denunció la oleada represiva en el País Vasco, y el día 16, cuarenta sacerdotes ocuparon como protesta el obispado de Bilbao.

El día 1 de septiembre, en las iglesias donostiarras se leyó una carta pastoral del obispo que acusaba al Gobierno de emplear la violencia y de vulnerar el Concordato. El obispado de Bilbao rechazó el proceso judicial incoado a 66 sacerdotes por firmar una carta denunciando la represión gubernamental.

El 17, era detenido el etarra Juan José Etxabe.

El 27, un consejo de guerra condenó a dos años de cárcel a José María y a Agustín Ibarrola.

El dos de octubre, falleció Aureli Escarré, abad de Montserrat. Más de 15.000 personas asistieron a su entierro, que se convirtió en un acto de afirmación catalanista. 

El 29 de octubre, el Gobierno prorrogó tres meses el estado de excepción en Guipúzcoa.

El 4 de noviembre, 60 curas se encerraron en el seminario de Derio (Bilbao), en protesta por el silencio de la Curia ante la represión policial. Solicitaban la dimisión del obispo y la renuncia de la Iglesia a los privilegios del Régimen.

El día 6, el TOP solicitó penas de 10 a 16 años de cárcel para cuatro jóvenes acusados de pertenecer a ETA.

El 12, en Bilbao, dos de los sacerdotes encerrados en Derio asistieron a un coloquio en la Facultad de Económicas. El obispado les amenazó con la suspensión “a divinis”.

El día 18, 550 sacerdotes bilbaínos enviaron una carta al Vaticano solicitando que interviniese en la diócesis. Designado administrador apostólico por Roma, monseñor Cirarda se hizo cargo del obispado de Bilbao el día 20.

Ese mismo día, la Conferencia Episcopal recibía un escrito de 39 enlaces sindicales del Metal solicitando su ausencia en las Cortes cuando se aprobase la Ley Sindical.

Tras casi un mes de encierro, el día 29, los 60 sacerdotes abandonaban el seminario de Derio y denunciaban la represión para aniquilar la etnia vasca y al pueblo trabajador.

Doce de diciembre. Detención de 11 militantes nacionalistas en Bilbao. En Madrid, 14 mujeres, madres y esposas de presos políticos, se encerraban en la iglesia de los jesuitas. El día 15, doscientas personas se congregaron ante la iglesia de Caño Roto para exigir mejor trato a los presos de Carabanchel.

En 1969, la Encuesta Nacional del Clero indicaba que casi la mitad de los sacerdotes españoles simpatizaba con ideas políticas cercanas a la izquierda; casi la mitad -el 47%- de los curas jóvenes era partidaria del socialismo y sólo el 10% del clero defendía a la dictadura.

 

miércoles, 19 de agosto de 2020

Notas 1968 (6). Curas rebeldes


Otro factor de erosión de la dictadura fue la movilización contra el Gobierno emprendida por una porción del bajo clero, comprometido con la cuestión social y la cuestión nacional.
La actividad opositora de seminaristas y curas jóvenes revelaba la división en la Iglesia entre una jerarquía vinculada al Régimen y un sector disidente del clero llano y la feligresía, más sensibles a los cambios en el mundo y proclives a aceptar las enseñanzas del Concilio Vaticano II, que en España cayeron como una pedrada, según el cardenal Tarancón, pues la Curia permanecía uncida a la dictadura y aferrada a los privilegios obtenidos en la cruzada.
Pero el clero joven, comunidades de base y un sector minoritario de la Curia en regiones donde crecía el sentimiento nacionalista se fueron apartando del Régimen y señalando cuál debía ser el lugar de la Iglesia, que era lejos del poder y cerca de la gente. La jerarquía debía separarse del Estado dictatorial y acercarse a la sociedad.
Con frecuencia la crítica más radical desbordaba los propósitos del Concilio y se extendía a la situación de la Iglesia en el mundo, instalada en el sistema capitalista y cerca del poder político o económico, despótico o democrático, siempre que le permitiera acomodarse a su amparo.
La Curia respondía a estas críticas ejerciendo la autoridad -Roma locuta, causa finita-, imponiendo silencio, trasladando a los disidentes y amenazando con la “suspensión a divinis” o la excomunión.
Frente a la poderosa institución -uniformada, jerárquica, burocrática, intolerante y plenamente integrada en las hechuras del Régimen- dirigida por la Curia con la misma frialdad que una empresa multinacional -una multinacional de la fe-, surgía desde abajo una queja que reclamaba el derecho a expresarse dentro de la Iglesia, trataba de parecerse a la gente corriente, viviendo y vistiendo como ella -la sustitución de la sotana por el clergyman (el alzacuellos) suscitó una gran polémica-, y demandaba sencillez, autenticidad y pobreza franciscana ante una jerarquía privilegiada y prepotente.
Curas de base y grupos cristianos fomentaban la vida comunitaria, las liturgias sencillas y participativas, la misa como asamblea -ecclesia-, más cercana y espontánea, y ofrecían una visión distinta de la religión -religare, volver a unir, o relegere, volver a leer-, pues frente al Dios autoritario y justiciero, aliado del poder, mostrado por la Curia, que justificaba la dictadura en cartas pastorales, homilías, sesiones de catequesis y obligatorias asignaturas sobre el dogma católico, las comunidades de base mostraban un Dios misericordioso, justo y liberador, que estaba al lado de los pobres y los perseguidos, y, sobre todo, un Cristo políticamente rebelde y más bien tercermundista.
De las bases, como una natural prolongación política de la caridad y de la compasión, surgía un humanismo socialista o un ingenuo comunismo cristiano, radical e igualitario, derivado de la tajante afirmación de que Jesús fue el primer comunista, que espantaba a la jerarquía, pero acercaba la iglesia militante a la izquierda menos dogmática, creando un marco propicio para un diálogo entre católicos y comunistas, entre cristianos y marxistas, que iba aún más allá, al mostrar la relativa facilidad para pasar de las filas de uno a las del otro, como se pudo comprobar poco después, pues una sociedad democrática y sin clases estaba más cerca del ideal evangélico que una sociedad clasista con un gobierno dictatorial.
En este contexto surgió el fenómeno de los curas obreros, curas de izquierda, algunos de ellos seguidores del socialismo, el comunismo o los nacionalismos regionales, como Juan Mari Zulaica, Felipe Izaguirre, Mariano Gamo, Francisco García Salve, Jesús Fernández Naves, José María Xirinachs, Xabier Amuriza, Francisco Botey, José María Llanos, Carlos García Huelga, Diamantino García, Pedro Casaldaliga y Vicente Couce, entre otros muchos, animados por el debate sobre las enseñanzas del Concilio, suscitado por José María Díez Alegría, José María González Ruíz, Enrique Miret Magdalena, Jordi Llimona o Josep Dalmau, inspirados, a su vez, por las interpretaciones conciliares de teólogos como Hans Kung, Yves Congar, Karl Rahner y Edward Schillebeeckx, entre los más innovadores o, quizá, los más audaces.
Los curas obreros, casi un millar, pero un auténtico revulsivo para la Iglesia y el Régimen, representaban la parte del clero más cercana a los ciudadanos y, en particular, a la clase obrera, al movimiento vecinal y a los grupos sociales más desfavorecidos. Afirmaban que su labor no estaba sólo en los templos, sino, sobre todo, entre la gente, en las fábricas, las minas y los barrios populares, y que los templos debían estar abiertos a las necesidades de la gente, por lo cual muchas parroquias dieron cobijo a la incipiente oposición clandestina.
Los curas obreros fueron parte del movimiento más activo contra la dictadura, participaron en protestas de todo tipo, en organizaciones sindicales y partidos políticos clandestinos, socialistas y comunistas (“Cristianos en el partido, comunistas en la Iglesia”, afirmaba Alfonso C. Comín), y en los movimientos nacionalistas.
Muchos de ellos, además de medidas disciplinaras eclesiásticas, recibieron sanciones gubernativas, multas y penas de cárcel, que debieron cumplir, en virtud del Concordato, en la prisión provincial de Zamora, apartados de otros presos.
La cárcel concordataria de Zamora, una penitenciaría para curas, fue una versión española de la ergástula mamertina de Roma, donde la leyenda dice que fueron encerrados el apóstol Pedro y el propagandista Pablo de Tarso.
Alberto Gabikagogeastoa fue el primer “huésped” de la concordataria. Ingresó en julio de 1968, condenado a seis meses de cárcel y al pago de 10.000 pesetas de multa por una homilía que el TOP consideró subversiva. Hasta su cierre en 1977, más de un centenar de sacerdotes, en su mayor parte vascos, pasó por las celdas zamoranas.
Similar escisión se vivía en las organizaciones llamadas de apostolado seglar, como la Juventud Obrera Católica (JOC), Juventud Estudiante Católica (JEC), la Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC) y la Vanguardia Obrera Social (VOS), producida por la contradicción existente entre la posición de la jerarquía dentro del Régimen y el contacto directo de estas organizaciones con los sujetos más frágiles de la sociedad.
La base más activa evolucionó desde los valores del mensaje evangélico, como la fraternidad, la compasión, la caridad y la esperanza de obtener, por las penalidades de la vida terrenal, una justa recompensa en la otra vida, a reclamar derechos laborales y políticos, un reparto equitativo de la riqueza, mejores salarios y condiciones de trabajo, viviendas decentes para procurar una vida digna a los trabajadores y sus familias, escuelas, servicios sanitarios y dotaciones en los barrios populares, crecidos de forma apresurada en la periferia de las grandes ciudades con el impulso de la industrialización y la especulación inmobiliaria.
En un mundo, y en un año, en que crecían por doquier las protestas contra el orden establecido, España debía cambiar más por la exigencia y la acción de los humildes, que por la hipotética largueza de los poderosos, amparados en la hipócrita retórica de la jerarquía eclesiástica. Y un socialismo cooperativo y democrático, sin colectivismo autoritario ni persecución religiosa, aparecía en el horizonte como alternativa necesaria al capitalismo explotador y alienante.
Así que no pocos miembros de organizaciones de apostolado seglar pasaron a hacer apostolado sindical como miembros o fundadores de asociaciones como las Comisiones Obreras, la Unión Sindical Obrera, la Asociación Sindical de Trabajadores, la UGT y los sindicatos de corte nacionalista. Y otros muchos acabaron nutriendo las filas de los partidos de izquierda y extrema izquierda, que a finales de la década se estaban gestando.
Una interpretación más radical de lo dicho, la hicieron los curas guerrilleros, que participaron o dirigieron grupos armados en América Latina y, en España, se acercaron al nacionalismo violento, singularmente el vasco.

jueves, 5 de marzo de 2020

Manolito; el cura Pérez



Estos días estoy a curas. Y no sé por qué. Quizá porque algunos sucesos recientes -la muerte de Ernesto Cardenal- o lejanos -aniversario de los sucesos de Vitoria, marzo de 1976- han despertado episodios que creía olvidados y sacado a la luz nombres, días, frases y rostros, que ahora buscan un hueco en la agenda para dejar momentánea constancia de su presencia en el tiempo; de mi tiempo en la vida. 
Y con la noticia de la elección del nuevo presidente de la Conferencia Episcopal, el aragonés José Antonio Omella, me he acordado de otro cura, también maño, y de Alfamén, por más señas.
Conocí a Manuel Pérez -Manolito-, cuando él era un utópico aprendiz de cura, estudiante del Seminario Hispanoamericano, y yo un militante cristiano igual de utópico, inquieto, posconciliar y premarxista; también un aprendiz de casi todo (y a la postre, maestro de casi nada).  
Coincidimos en una parroquia que servía de refugio a la juventud del barrio, en la etapa de hacer las primeras reflexiones sobre el sentido de la vida y la orientación personal ante un futuro aún por decidir. Era el momento de plantear las dudas sobre las verdades políticas y religiosas aprendidas y de formular las primeras y pasionales críticas al legado recibido, que condujeron al posterior “descarrío”, respecto al orden establecido, de bastantes de los allí presentes, en diversas direcciones de lo que se llamó, de modo simple, antifranquismo.
Algún día tendré que hablar de aquella parroquia, que, como tantas otras, fue un semillero de “rojos” ingenuos y primerizos, de "tránsfugas" del cristianismo al marxismo, y de aquel club juvenil, donde había democracia, tareas compartidas por chicas y chicos, elecciones a los cargos directivos y presidente y presidenta, dicho y hecho sin alharacas, sin agravios ni teoría moral o social detrás, simplemente porque parecía “lo normal” -así se definió-, a medidos de los años sesenta, en pleno franquismo y teniendo como “base social del club” a jóvenes del barrio y bachilleres de colegios de curas y de monjas.
Quizá, el verdadero “milagro español”, término adjudicado exclusivamente al ámbito económico en aquellos años de desarrollismo y moderado consumo, se produjo en esos pequeños reductos urbanos que sirvieron de modestas y espontáneas escuelas de civismo y ciudadanía.       
Aún recuerdo la última vez que nos vimos allí: Manolito se iba a Francia, a trabajar en la vendimia, y yo me preparaba para irme a “la mili”, a servir a la patria -al Régimen- contra mi voluntad, pero era lo que tocaba hacer a los veinte años. Nos cruzamos algunas cartas y después no supe más, hasta que un día, años después, un periódico publicó la noticia de que el cura español Manuel Pérez, reemplazaba en la jefatura del Ejército de Liberación Nacional de Colombia (ELN), al español Domingo Laín (sacerdote en Tauste), muerto en combate. Vi la foto y era él, más viejo, claro, barbado y armado.  
Tres sacerdotes españoles, Manolito, Domingo Laín y José Antonio Jiménez, llegaron a América del Sur en 1967, a trabajar con los más humildes del continente, para intentar revertir la mala suerte de la gente pobre en países ricos, y de los ricos.
Después de la Conferencia Episcopal Latinoamericana (CELAM) que, en 1968 -otra vez vuelve a salir el célebre año-, decidió denunciar el subdesarrollo económico y ponerse del lado de los pobres siguiendo el mandato evangélico, un grupo de curas -grupo de Golconda- se reunió en la finca así llamada en la región de Cundinamarca, para estudiar la encíclica “Populorum Progresio” (El progreso de los pueblos), tras lo cual llegaron a la conclusión de que, por medios pacíficos e institucionales -lo habían intentado y habían deportado a los aragoneses- no era posible acometer las reformas en profundidad que precisaba el país para salir del subdesarrollo, por lo que, dada la violencia institucional, la única salida era formar un frente popular revolucionario para echar abajo las estructuras políticas y económicas e instaurar una sociedad socialista, más humana y más justa. Y, en consecuencia, en 1969, siguiendo el ejemplo de Camilo Torres, muerto en combate en 1966, ingresaron como guerrilleros en el ELN.  
En 1970, falleció José Antonio Jiménez, en 1974, Domingo Laín y en 1998, Manolito fue a reunirse con sus compañeros. Creo que en algún sitio conservo al menos una de sus cartas.        

miércoles, 4 de marzo de 2020

Relevo en la Curia


Hoy trae la prensa la noticia de que la Conferencia Episcopal ha elegido un nuevo presidente, el aragonés José Antonio Omella, de la diócesis de Barcelona. 
Inmediatamente el cerebro me ha servido un par de palabras casi homónimas -omeya, la célebre dinastía del califato cordobés; y Momella, en Tanzania (“Hatari”; el cine me puede)-, pero lo importante es que me he acordado de otro cura aragonés, de Alfamén, por más señas, del que ya hablaré.
El nuevo prelado, dicen que persona dialogante y afín a las ideas del Papa Paco (no es blasfemia), viene a acabar -ya era hora- con el legado de Rouco Varela, hombre preconciliar donde los haya y alineado con los papas conservadores, agitador social y soliviantador de masas, que ha pretendido, y en demasiadas ocasiones lo ha conseguido, decir a los gobiernos lo que debían hacer. Dictados, acompañados por movilizaciones callejeras y misas en lugares públicos, que algunos mandatarios han seguido, encantados, al pie de la letra, como si les faltaran -que les faltan- razones civiles para defender sus decisiones políticas, pero sin tener que recurrir a la vieja alianza del poder civil y el poder eclesiástico, que, para la derecha de este país carece de fecha de caducidad.
Omella es cardenal y arzobispo de Barcelona, pero por su labor mediadora entre Rajoy y Puigdemont, no es bien visto por los independentistas.
Primero, porque no es catalán y eso choca con la vieja demanda de “Volem bisbes catalans”, que ahora quiere decir más que eso -“Queremos obispos catalanistas, o mejor, independentistas”-, por lo cual es abiertamente rechazado por asociaciones como Cristians per la Independència o Esglesia Plural (pero todos independentistas). Ya veremos lo que da de sí su mandato, pero en principio, es un alivio librarse de una Curia tan escorada políticamente a la derecha, pues las consecuencias de sus actos afectan a todo bicho viviente, sea adicto o no, ya que católicos lo somos todos, hasta que una ley modifique ese estatus que nos fue adjudicado sin consulta cuando íbamos en mantillas.

lunes, 2 de marzo de 2020

Réquiem por Ernesto Cardenal


“Creo en vos arquitecto, ingeniero,
artesano, carpintero, albañil y armador.
Creo en vos, constructor del pensamiento,
De la música y el viento, de la paz y del amor.
Yo creo en vos, compañero,
Cristo humano, Cristo obrero
De la muerte vencedor con el sacrificio inmenso
Engendraste al hombre nuevo para la liberación”.

Si hubiera que elegir una composición para las honras fúnebres de este poeta, sacerdote, escritor, escultor, teólogo y político, modestamente sugeriría al encargado del ritual el Credo de la Misa Campesina, de Carlos Mejía Godoy -el de “los perjúmenes, mujer”, ¿recuedan?-, porque Cardenal era, sobre todo, un hombre de fe; de fe en la humanidad.
Creía, con el compromiso político y la reflexión teológica, en los habitantes de este mundo, que debía ser reformado para que los seres humanos tuvieran realmente una vida humana, lo que llevó a apoyar el movimiento armado contra la prolongada dictadura de la familia Somoza, que era la dueña y señora de Nicaragua, que fue desalojada del poder, tras un conflicto civil que provocó 50.000 muertos.
Y después a comprometerse, como ministro de Cultura del primer gobierno del Frente Sandinista de Liberación Nacional, que tendría una agitada existencia, ya que el primer documento de Santa Fe (Nuevo Méjico) había dictaminado que el mar Caribe era un lago marxista y suponía un peligro para Estados Unidos y sus aliados.
En consecuencia, las reformas revolucionarias del país fueron abortadas por los atentados y sabotajes contra granjas, escuelas y cooperativas, más que contra objetivos militares, perpetrados por tropas mercenarias de la “Contra”, asentadas en Honduras y alimentadas por el presidente Reagan, en lo que se llamó “una guerra de baja intensidad”, cuyo objetivo no era derrocar al gobierno, sino desgastarlo actuando contra infraestructuras civiles.
La ofensiva de la “Contra”, financiada ilegalmente por la CIA, sin autorización del Congreso (escándalo Irán-Contra), quebró al gobierno y al país.
Agotado moralmente y económicamente extenuado por diez años de guerra, que habían constado 30.000 muertos y un daño material incalculable, el país escuchó los cantos de sirena de Violeta Chamorro y en 1990 entregó el poder a la derecha, que, ya desde dentro lo acabó de expoliar, empezando por privatizar todo lo que pudo, y después durante el corrompido mandato de Arnoldo Alemán.
En 2006, los sandinistas ganaron las elecciones, pero el sandinismo no era el mismo, ni tampoco Daniel Ortega, cuyo despótico gobierno persiguió a Cardenal. Quien ya había recibido una pública reconvención de aquel colosal reaccionario polaco que llegó al solio pontificio con el anticomunismo como norte de su infausto magisterio.
Cardenal era un defensor de la Teología de la Liberación y Juan Pablo II formaba con Reagan y Thatcher un triunvirato conservador decidido a acabar con la Unión Soviética y con el comunismo sobre la faz de la tierra.
El mundo estaba cambiando rápidamente, los curas obreros y guerrilleros estaban pasados de moda y la Teología de la Liberación era condenada por el Vaticano y además combatida por diversas iglesias protestantes conservadoras, en una operación promovida por el Instituto para la Religión y la Democracia, vinculado a los halcones del Partido Republicano para neutralizar la influencia de la Teología de la Liberación -“un disfraz religioso del marxismo”- entre las organizaciones populares y combatir su postura abiertamente hostil hacia las dictaduras militares de la zona, apadrinadas por el poderoso vecino del norte.
Viendo el rumbo que tomaba el sandinismo, Cardenal abandonó la política. Vivía retirado, dedicado a pensar y a escribir sus memorias.
Ha muerto en Managua con 95 años. Y sabiendo cómo era y cómo ha vivido, no es necesaria ninguna recomendación para que le reciban allá arriba, en la “pasarela”, en el pórtico de la Gloria o en “La puerta del cielo” (como cantaba Gigliola Cinquetti), tal como él recomendaba, en su día, a su Señor, que acogiese a una empleada de tienda que se había querido matar a los dieciséis años.
            Señor:
Recibe a esta muchacha conocida en toda la Tierra,
con el nombre Marilyn Monroe, aunque este no era su verdadero nombre…
que ahora se presenta ante Ti sin ningún maquillaje,
sin su agente de prensa
sin fotógrafos y sin firmar autógrafos,
sola como un astronauta ante la noche espacial”.
(Oración por Marilyn Monroe)

https://elobrero.es/opinion/43964-requiem-por-ernesto-cardenal.html

jueves, 10 de octubre de 2019

El prior


Un alcalde manda mucho, un ministro o ministra, todavía más, y mucho más el presidente del Gobierno. Pero a la luz de los hechos, hoy día quien más manda en España es un prior benedictino.
El prior benedictino de la abadía del Valle de los Caídos, aclárese, que, duro como la piedra berroqueña del colosal monumento, se empeña en impedir la exhumación de los restos de Franco para que reciban sepultura, también cristiana, en el panteón familiar, a pesar de la decisión del Congreso y del Tribunal Supremo en tal sentido. 
¿Y cuáles son los resortes que permiten al prior hacer un uso tan ostentoso del poder como para desafiar una decisión del Gobierno, un acuerdo del Congreso y una sentencia del Tribunal Supremo?
Él dice que tiene el mandato de custodiar ese cuerpo en ese lugar sagrado, sin que se sepa de dónde le viene orden tan suprema, a no ser que, como falangista en ejercicio, se sienta compelido a montar eterna guardia en la tumba del Generalísimo de los Ejércitos y Jefe indiscutido del partido único.   Además aduce que le asiste la Providencia Divina. Mientras tanto, ahí sigue, impasible el ademán y riéndose de las instituciones.
En realidad lo que le ampara son las garantías del Estado de derecho, que le permiten expresarse libremente y ejercer, si bien con abuso y poco acierto, su minúsculo poder sobre una limitada parcela, también el cuidado exquisito del Gobierno en ejecutar la decisión, ladinamente interrumpida con recursos y artimañas jurídicas impuestas por los herederos del dictador, por la subvencionada Fundación Franco, por las dilaciones de un juez que ignora en qué siglo vive y por las de este insensato o trasnochado prior, que fue falangista antes de ser fraile, y parece encarnar el ideal joseantoniano de ser mitad monje y mitad soldado, y en este caso mitad monje y mitad fascista, o ambas cosas al completo.
Le ampara también la Conferencia Episcopal que en casos menos graves ha intervenido con celeridad y contundencia, pero que, en este, en vez de atizarle una episcopal colleja y enviarle a hacer guardia sobre los luceros, está, en el fondo, de acuerdo con él, a pesar de su postura farisaica, pues el hecho brinda a la Iglesia una excelente ocasión para desgastar a un Gobierno de izquierda, por moderado que sea. Y finalmente le ampara el renovado Concordato, que hace las veces de Providencia Divina.
Ya que la celestial no ha podido ser hallada, la última instancia terrena que ampara jurídicamente la pertinaz conducta del fraile falangista son los Acuerdos con la Santa Sede, negociados secretamente por el gobierno de UCD mientras se discutía públicamente la Constitución y emergidos mágicamente, completos y firmados, el día 3 de enero de 1979, cinco días después de haber entrado en vigor la Carta Magna, en la cual no tienen cabida.
La Conferencia Episcopal debería indicar al relapso que se olvide del espíritu de cruzada que brotaba de la carta colectiva del episcopado español del 1 de julio de 1937, que aquel tiempo por fortuna ya pasó, y recomendarle que, como fraile, aplique con esmero la regla de San Benito: Ora et labora… et colabora.


lunes, 15 de abril de 2019

Procesiones



Las procesiones son cabalgatas fúnebres, vayan por dentro o por fuera, en silencio o con saetas y banda de música; muestras de atávica idolatría, pero son dignas de verse como espectáculo y como expresiones de pública exhibición de creencias íntimas ultramundanas, propias de un país de conversos a palos.


domingo, 14 de abril de 2019

América y la España eterna (1)


El 13 de agosto de 1521, heroicamente defendido por Cuauhtemoc, cayó Tlatelolco en poder de Hernán Cortés. No fue ni triunfo ni derrota. Fue el doloroso nacimiento del pueblo mestizo que es el México de hoy.
Placa en la plaza de las Tres Culturas (México, D.F.)

La carta de Méjico
Como si no tuviéramos el palenque bastante revuelto ante la inminente sucesión de citas electorales, ha llegado, para acabar de acentuar los enconos, la inoportuna solicitud del Presidente mejicano, Andrés Manuel López Obrador (AMLO) al Rey de España, instándole a pedir perdón a los pueblos originarios, por los excesos cometidos por los españoles durante la conquista y colonización de los territorios que hoy forman parte de aquella república.
La solicitud del presidente mejicano no se debe entender sólo como una posible reacción sentimental ni como un ingenuo y retórico llamamiento a restablecer los lazos entre ambos países -profundos desde hace décadas-, sino como una petición formal, oficial, que viene acompañada por cierta presión política y de una condena por adelantado, que ha suscitado, entre las fuerzas políticas,  respuestas que eran de prever, como ya veremos.
Entre otros gestos simbólicos con los que inaugura su mandato, López Obrador, que debe buena parte de su éxito electoral al voto de comunidades indígenas, pretende abrir una reflexión sobre la conquista de Méjico, que concluya en un relato que facilite la reconciliación de España con su antigua colonia. Como “hay heridas abiertas -afirma en un vídeo- es mejor reconocer que hubo abusos y se cometieron errores”, en tierras que fueron tomadas “por la espada y por la cruz”. A participar en esta reflexión, en la que él mismo se incluye, invita también al Papa Francisco, al que ha enviado una carta similar. “Hagamos juntos un relato de lo sucedido desde el inicio de la ocupación, de la invasión, de los tres siglos de colonia y también de los 200 años de México independiente“.
Pero el propósito no parece tanto llegar a elaborar un relato compartido sobre lo ocurrido en una etapa tan dilatada de tiempo, con la dificultad que eso conlleve, y que sería más propio de un foro de historiadores, como conseguir que España y el Vaticano asuman el veredicto de culpabilidad previamente enunciado y pidan perdón; lo que, de hacerse, implicaría asumir tal dictamen sin más discusión y considerarse culpables de antemano y a tanta distancia de los hechos. De no aceptar la solicitud, el presidente de Méjico anuncia que no asistirá a los actos de conmemoración de la fundación de Veracruz, hace 500 años, ni a los de la independencia, en 2021.
La petición soslaya que la independencia significó la derrota militar de España y la expulsión de los colonizadores, y que con eso debería quedar saldada la deuda, si es que hubo alguna que debiera saldarse de ese modo. Carece, pues, de sentido que la nación vencedora, o mejor dicho la clase criolla de la nación vencedora, pues fue la que realmente obtuvo provecho de la victoria, exija, 200 años después, un desagravio al gobierno de la nación vencida, que ya fue castigada con la expulsión del país y la pérdida de la colonia. Pero, como se ha visto después, con la independencia los indígenas ganaron poco, y por ello hay que volver a culpar a la antigua metrópoli, en vez de buscar las razones en la gestión de quienes han gobernado Méjico desde 1821.
Sorprende que López Obrador, un hombre blanco -un gachupín-, nieto de un exiliado español que llegó a Méjico desde el municipio santanderino de Ampuero, poseedor de un título universitario y con una larga carrera política a su espalda, quiera empezar su mandato -tomó posesión del cargo en diciembre de 2018- indisponiéndose con dos estados -España y el Vaticano- con los que su país, por cultura y por religión, está estrechamente emparentado, a no ser que persiga otra cosa.
AMLO, que desde el PRI ha pasado por varias formaciones políticas hasta llegar a la jefatura del Movimiento de Regeneración Nacional (MORENA), fue elegido presidente de la República en las elecciones federales de 2018, por la coalición “Juntos Haremos Historia”, formada por MORENA, el Partido del Trabajo y el Partido Encuentro Social. Candidatura que recibió el apoyo de varios políticos suramericanos, como Rafael Correa, Cristina Fernández y Ernesto Samper, y de algunos de la izquierda francesa (Melenchon) y española, como Miguel Ángel Revilla o Pablo Iglesias.
El Presidente, que ha impulsado una comisión para investigar la desaparición y presunta incineración de 43 estudiantes, ocurrida en el estado de Guerrero en 2014, parece que quiere señalar su mandato como diferente a los anteriores, iniciando una etapa justiciera, tanto sobre hechos del presente, que no se agotan en los crímenes en Guerrero, pues ahí están las atrocidades perpetradas por los traficantes de drogas y de personas (los coyotes), las luchas entre cárteles y la desaparición y asesinato de mujeres en Ciudad Juárez, como del pasado más remoto, inspirado en un indigenismo más retórico que práctico, con el que se suma a la ola revisionista sobre la historia de América, que muestra la llegada de los españoles al continente como un desastre, a Colón como un déspota y reduce la colonización al expolio de riqueza y al exterminio de nativos, y trata de reducir la importancia del descubrimiento y colonización de América quitando valor histórico al Nuevo Mundo, no sólo por el hecho de topar con un continente insospechado, sino porque su descubrimiento y exploración, junto con la circunnavegación del globo alteraron la percepción del mundo mantenida hasta entonces. El Nuevo Mundo arrumbaba al mundo viejo y daba paso realmente a un mundo nuevo, que abría las mentes más inquietas a nuevos descubrimientos en todos los órdenes del saber.
Así, el lema electoral “hacer historia”, ante las dificultades para cambiar en profundidad el estado de las cosas en un país que lleva camino de ser un Estado fallido, quizá se reduzca a reescribir la historia que ya está escrita, pero mirando a un pasado idealizado que absuelva de responsabilidad a la clase gobernante. Doctrina que cuenta con seguidores en otros países del hemisferio y, por supuesto, en Estados Unidos, donde el Día de Colón -Columbus Day- ha dejado de celebrarse en medio centenar de ciudades. En España también padecemos esta “fiebre revisionista”, como luego veremos.
Puede que la adscripción a esa ola sea la última razón para aludir a sucesos de hace 500 años como si fueran hechos insólitos en la historia de América y aún de la humanidad, y sorprende más que se haga en un mundo que ha avanzado mucho y bien en no pocos aspectos, pero que no ha logrado desterrar la guerra, la violencia y la crueldad de las relaciones entre sus habitantes, como lo prueban el gulag ruso, Auschwitz y Dachau, Hirosima y Nagasaki, dos guerras mundiales en el último siglo, en las que España, por cierto, no participó, y las que aún se libran en varios escenarios del planeta por motivos económicos, religiosos, raciales o tribales, por no hablar de las hambrunas, las migraciones masivas y otras catástrofes no naturales.
Cuando los españoles llegaron a América, la violencia ya estaba allí en forma de antropofagia, esclavitud y rituales sacrificios humanos, como muestra el Códice de Tudela[1], y sus habitantes vivían en un estado de conflicto permanente entre  comunidades indígenas y unos despóticos imperios que las enfeudaban. Y allí la dejaron cuando se marcharon, porque, en el caso de Méjico, como en el de otras repúblicas de Hispanoamérica, la historia ha sido pródiga en violencia política,  conflictos armados, revoluciones y restauraciones, desde la independencia en 1821 hasta bien entrado el siglo XX. Y no ha cesado en el XXI, aunque provocada por otros motivos.
No es que durante la conquista y la colonización de América, los españoles fueran pacíficos, que no lo fueron, pero, aparte de emplear la diplomacia para ganarse a unos aliados que eran absolutamente necesarios, dada la escasa tropa con que contaban para enfrentarse a fuerzas muy superiores en número, utilizaron medios y tácticas de guerra que eran habituales en Europa en aquella época. Nada de lo que haya que sentirse orgulloso, claro está, pero también hay que desterrar no pocas leyendas que desde muy pronto circularon sobre el Nuevo Mundo. Una tierra extraña y misteriosa, de fabulosa riqueza y ocultos tesoros, que se decía habitada por seres monstruosos, mitad hombres mitad bestias, y recorrida por espíritus malignos, que fue sometida a costa de matanzas de seres humanos, unas ciertas y otras no, atribuidas tanto al deseo de quienes abogaban por proteger a los indios, exagerando su sufrimiento para obtener de la Corona leyes favorables a su protección, como a los relatos de los propios conquistadores abultando sus hazañas en espera de obtener mejor recompensa. Aun así, no se puede negar que hubo violencia, pero tampoco se debe olvidar que no se trataba sólo de luchas con tribus aisladas, sino de guerras entre imperios; el imperio español, inferior en tropas pero mejor armado y dotado de tácticas superiores, enfrentado a otros imperios (el azteca, el maya o el incaico), cuyos guerreros superaban con mucha diferencia el número de soldados españoles. Luchas que no distaban mucho en crueldad de las que entonces asolaban Europa, escindida en guerras de religión.
Es difícil negar que hubo mortandad entre los aborígenes, menos por las armas y por la escueta tropa que las manejaba que por las enfermedades transmitidas por los españoles y por los animales que llevaban con ellos, ante las cuales la población nativa carecía de anticuerpos. Pero sin negar el daño causado, es curioso que esos relatos sobre la brutalidad española, que forman la interesada leyenda negra, surgieran en los países de cultura anglosajona que colonizaron América del Norte exterminando a los nativos y recluyendo a los supervivientes en reservas, a los que negaron derechos civiles hasta mediado el siglo XX.
La compartida opinión del general norteamericano Philip Sheridan (1831-1888) sobre el trato a dar a los nativos -“El único indio bueno es el indio muerto”-, obtenía su contraste en Méjico, donde, un indio contemporáneo suyo, el abogado de origen zapoteca Benito Juárez (1806-1872), alcanzaba la Presidencia de la República en 1858, antes de que el general yanqui se hiciera famoso por sus tácticas de tierra quemada en la guerra de Secesión y aplicara después su draconiana doctrina en las guerras indias, durante la conquista del Oeste.
Con excesiva frecuencia, los críticos resumen la conquista y colonización española de América en un par de palabras terribles -expolio y genocidio-, pero dejan de lado otras consideraciones.
Cierto es que durante decenios la minería fue la actividad primordial del Nuevo Mundo, que hubo exportación de oro, plata y otros metales, que enriquecieron a muchos desaprensivos, pero sirvieron para allegar fondos al imperio español y mantener el estandarte católico en las guerras de religión, entre otros destinos no siempre nobles, y también es cierto que existió el llamado asiento de negros, el vil comercio de esclavos, y que se mantuvo hasta finales del siglo XIX un fructífero comercio de metales, piedras preciosas, materias primas y productos obtenidos en haciendas y encomiendas, mediante el trabajo forzoso e incluso esclavizado con africanos arrancados de su tierra, aunque tales usos se suavizaron con el paso del tiempo y no fueron generales, pues hubo zonas donde los indios dispusieron de tierras. Méjico fue uno de los lugares donde antes se impuso el trabajo mediante salario y también donde los indios fueron expulsados de sus tierras y forzados a convertirse en peones, después de la independencia, como sucedió en tiempos de Porfirio Díaz, lo que fue una de las causas del movimiento campesino que sustentó el zapatismo en los años de la revolución. Pero tales conductas no fueron privativas de los españoles, pues ingleses, holandeses, portugueses, franceses, alemanes o italianos hicieron otro tanto en sus colonias, con efectos que han sido más persistentes, como en África, donde se han mantenido regímenes políticos racistas hasta casi las postrimerías del siglo XX, como un signo aciago de los tiempos. Pero ningún imperio es, en principio, humanitario y generoso. Es difícil imaginar al imperio británico siendo dadivoso en vez de rapaz y cuesta creer que Napoleón hubiera conquistado media Europa regalando a manos llenas. Sin hablar del terror sembrado por el rey Leopoldo II de Bélgica, para recoger el caucho en su finca del Congo, no en los albores del Renacimiento sino a finales del siglo XIX, tal como fue narrado por Joseph Conrad en su novela “El corazón de las tinieblas”.

Poderes “blandos”
Hasta aquí hemos aludido a vuela pluma a lo que se podría calificar de presión autoritaria de España sobre América -la conquista, la violencia, la guerra, el expolio, el trabajo forzado, etc-, es decir, a los aspectos más reprobables del ejercicio del poder; al “poder duro”, dicho en los términos que emplea Joseph Nye[2] para referirse a la hegemonía de Estados Unidos: El poder militar y el poder económico son ejemplos de poder duro, del poder de mando que se puede emplear para inducir a terceros a cambiar de postura. El poder duro puede basarse en incentivos (zanahorias) o en amenazas (palos). Pero también hay una forma indirecta de ejercer el poder.
Un país puede obtener los resultados que desea en política mundial porque otros países quieran seguir su estela, admirando sus valores, emulando su ejemplo, aspirando a sus niveles de prosperidad y apertura. En este sentido, es tan importante tener la vista puesta en la política mundial y atraer a terceros, como obligar a otros a cambiar mediante amenazas o el uso de armas militares o económicas. Este aspecto del poder -lograr que otros ambicionen lo que uno ambiciona- es lo que yo llamo poder blando. Más que coaccionar, absorbe a terceros.
Hablemos, pues, brevemente, del poder o de los poderes “blandos” empleados por los españoles en América.    
La innegable apetencia por la riqueza no impidió la preocupación por conocer la realidad de las Indias y la suerte de sus moradores. Pronto se empezó a hablar de los derechos de los otros, de los distintos, de los “salvajes”, y a admitir su existencia en condiciones de igualdad. Bartolomé de las Casas, Jerónimo de Mendieta, Diego Durán, Francisco de Vitoria, Juan de Torquemada y Bernardino de Sahagún fueron algunas de las figuras proclives a reconocer y garantizar los derechos de los nativos en sus personas y propiedades.
En la Junta de Valladolid, celebrada entre 1550 y 1551, tuvo lugar  la “Polémica de los naturales” acerca del trato a dar a los aborígenes, que mostró el debate entre dos opiniones enfrentadas. De un lado, Bartolomé de las Casas, estimado después como pionero en los derechos humanos, estuvo entre los protectores de los indios, y del otro, el sacerdote el antierasmista, Juan Ginés de Sepúlveda, que justificó el dominio de los españoles sobre los nativos, invocando el derecho de los pueblos civilizados a someter a los pueblos que no lo eran, a imponerles su civilización y educarles en su religión para situarlos al mismo nivel.  
Desde la perspectiva de hoy, laica y racional, la evangelización se percibe como un ejercicio de autoridad, complementario a la dominación política, para someter ideológicamente a la población de las colonias, pero, entonces, en la Europa azotada por la lucha entre católicos y protestantes, por un lado, y con el Islam, por otro, donde la religión aún conservaba una influencia fundamental sobre el pensamiento político y filosófico, sobre la moral y el derecho, sobre la producción y administración de la riqueza y también sobre guerra, la evangelización resumía en gran parte la noción de civilización propia del occidente europeo. A pesar de ello, antiguas creencias se mantuvieron, y otras se mezclaron con la religión católica y con otras procedentes de Europa y de África, dando lugar a un curioso fenómeno de cultos sincréticos, que persisten en la actualidad.  
No hay que olvidar que el descubrimiento y colonización de América tiene lugar mientras se asiste en Europa a la conflictiva transición de la noción teocéntrica del mundo a la visión antropocéntrica, a la afirmación de lo humano frente a lo divino, que era dominante en el pensamiento medieval. Con el Renacimiento empieza la gran ruptura ideológica con el viejo orden estamental y emerge la reclamación de la autonomía del sujeto, primero en el campo de la fe religiosa, luego en el de la ciencia, la política y la economía, que tendría su continuación en la Ilustración y el liberalismo, hasta cuajar en la figura del ciudadano. Pero la mentalidad del viejo orden, que socialmente se erigía sobre la figura del súbdito, se negaba a desaparecer y halló reductos desde donde resistir la presión de la Modernidad, y esa dualidad, esa contradicción entre lo viejo y lo nuevo, acentuada por la revolución industrial y la progresiva extensión del mercado, estuvo presente tanto en España, en la metrópoli, como en las colonias cuando se emanciparon, y explica en buena medida su evolución y las dificultades de su adaptación al mundo contemporáneo.
Entre las expresiones del “poder blando” de España en América debe figurar en primer lugar la lengua castellana, con diversos acentos, necesaria para gobernar el continente, que no impidió el aprendizaje de algunas de las lenguas principales que allí se hablaban, varios centenares hoy día, para entenderse con los nativos. Pero la lengua castellana, superior como medio de comunicación a los sistemas de glifos y pictogramas de las lenguas autóctonas, fue minoritaria durante decenios; era la lengua de los españoles, de la administración, de la política; la lengua militar y del comercio con la Península, que se hizo dominante después de la independencia.
Al producirse las independencias -escribe Grijelmo[3]-, la hablaban tres millones de personas, de los 13 millones que habitaban entonces Hispanoamérica. La verdadera implantación del español fue obra de las nuevas repúblicas, que lo eligieron en detrimento de otras lenguas autóctonas que seguían (y siguen) vivas. 
La lengua unificó el continente; se habla español desde California hasta el Cabo de Hornos, y Méjico, con más de 120 millones habitantes, es el país que más contribuye a la expansión de español en el mundo. Le sigue Estados Unidos, como lengua no oficial, donde lo hablan 40 millones de personas, como lengua nativa, y otros 12 millones como lengua de segunda y tercera generación. Le siguen Colombia, con 48 millones, y Argentina con 42 millones. En Brasil es lengua obligatoria en la enseñanza y la gran semejanza con el portugués ha generado el “portuñol”, un híbrido de ambas surgido espontáneamente en zonas de contacto con países hispanohablantes. Según el Instituto Cervantes, en el año 2017, hablaban español 572 millones de personas en todo el mundo, con una proyección de 754 millones a mediados de este siglo. Pero la lengua no es sólo un importante vehículo político y cultural, sino un poderoso factor de desarrollo económico en el mercado internacional y una poderosa herramienta en la sociedad de la información.   
Es preciso recordar, que, en su obra de difusión cultural, España, durante su estancia en América como potencia colonial, fundó más de treinta universidades a lo largo de todo el continente, y al menos seis en Méjico -dos en la ciudad de Méjico (en 1551 y 1645), en Mérida (en 1622), en Puebla (1578), en Guadalajara (1792) y en Celaya (1726). Y entre los resultados de esa obra hay que señalar la delimitación territorial y la identidad del continente ante el resto del mundo, cuya historia moderna no se comprende sin la presencia política y económica de América. Aunque la unidad continental, conseguida por el imperio español y anhelada también por algunos caudillos independentistas, se fragmentase tras las luchas por la independencia, dando lugar a una balcanización política y territorial, que, desde 1823, al amparo de la doctrina Monroe, fue aprovechada por Estados Unidos para intervenir estratégicamente en el subcontinente, no para cooperar en la emancipación de las jóvenes repúblicas, ayudando a superar las diferencias sociales y raciales del pasado colonial, proteger su patrimonio cultural y sus fuentes de riqueza, sino para aprovecharlas, en su propio interés, contando con la anuencia de las oligarquías de cada país, en una colaboración que llega hasta hoy. De ahí que la nueva perspectiva de la unidad continental se obtenga desde la Casa Blanca a través de organismos como la Organización de Estados Americanos (OEA), el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), la Junta Interamericana de Defensa, planes de desarrollo y acuerdos comerciales,  que aseguran la dependencia económica, amparada en la protección política y militar dispensada por el nuevo imperio.
Poniéndonos un poco cursis, podemos hablar del “poder amoroso”, como otra expresión del “poder blando”, cuya consecuencia es la mezcla racial, el mestizaje que recorre de arriba abajo Iberoamérica. La relación sexual entre razas aparece pronto con doña Marina, la Malinche, prisionera maya de los aztecas y amante de Hernán Cortés, así como con otras jóvenes indígenas que se emparejaron con españoles.
Sobre este asunto conviene recodar la Real Cédula de Carlos I, de diciembre de 1533, dirigida a las autoridades de Tenochtitlán recabando información sobre las Indias y sus habitantes[4], que, entre otras instrucciones, solicita: Y asimismo, de las calidades y extrañezas que en ella hay, particularmente las de cada pueblo por sí, y qué población de gentes hay en ella de los naturales, poniendo sus ritos y costumbres particularmente. Y asimismo qué vecinos y moradores de españoles hay en ella, y dónde vive cada uno y cuántos de ellos son casados con españoles y con indias, y cuántos por casar.
Hoy, los descendientes de aquellas belicosas comunidades con que se toparon los soldados españoles forman parte importante de la población de América, y en algunos países son la población mayoritaria. Es más, los descendientes de aquellos indios están o han estado en fecha reciente al frente de varios gobiernos iberoamericanos.
También los descendientes de aquellos aborígenes que se opusieron o aliaron con Hernán Cortés, son pobladores de Méjico, pero no han sido visibles para la  estrecha oligarquía que rige desde hace décadas los destinos del país, porque forman parte de las clases subalternas, de la parte más pobre, desatendida y miserable de las clases subalternas, lo cual explica, en parte, la pacífica rebelión de los mayas en Chiapas, encabezada por el subcomandante Marcos, y la deriva violenta de los jóvenes más pobres, atrapados en las redes de la delincuencia por falta de oportunidades legales para sobrevivir dignamente.
Así, que por ahí debería empezar el señor López Obrador, no exigiendo que los españoles pidan perdón por hechos ocurridos hace 500 años y a lo largo de trescientos, petición que se puede aceptar como gesto diplomático con todos los matices que se quieran añadir, sino pidiéndolo él por las iniquidades que padecen hoy muchos de sus compatriotas.
Debería solicitar perdón como miembro de la clase gobernante por los hechos ocurridos en octubre de 1968, durante la presidencia de Díaz Ordaz, cuando la policía disparó contra una concentración de estudiantes en la plaza de Tlatelolco, provocando una cifra aún desconocida de víctimas, que diversas fuentes sitúan entre 300 y 400 personas muertas, sin que el caso se haya esclarecido hasta la fecha.
También debería hacerlo por las mujeres secuestradas, torturadas, asesinadas o desaparecidas en la fronteriza Ciudad Juárez y por los asesinatos de maestros, estudiantes, activistas sociales y periodistas que investigan el narcotráfico y la corrupción política, porque tiene en su tierra una violencia que es cotidiana y se ejerce sobre ciudadanos mejicanos, sean o no descendientes de los aztecas, de los mayas o de cualquiera de las otras etnias.
Y ya puestos a recordar el ayer, también debería pedir disculpas al Gobierno español y al Rey de España, por no haber sabido conservar el legado recibido en 1821, ya que, en 1836, Méjico perdió Tejas, en los célebres episodios de El Álamo y San Jacinto, y en 1848, en virtud del Tratado de Guadalupe-Hidalgo, perdió más de la mitad de su territorio en favor de Estados Unidos, lo que dio paso a los estados norteamericanos de California, Nevada, Nuevo Méjico, Utah, Tejas, y parte de los de Arizona, Colorado, Oklahoma, Kansas y Wyoming.
Una gran pérdida para el país, atribuible a la clase política de entonces, que no parece alcanzar a la clase política de hoy cuando intenta obtener réditos políticos removiendo el pasado.

Madrid, abril, 2019.



[1] Puede verse en el Museo de América, en la Ciudad Universitaria de Madrid.
[2] J. S Nye: La paradoja del poder norteamericano, Madrid, Taurus, 2003, p. 30. 
[3] A. Grijelmo: “Algunos bulos solemnes”, El País, Ideas, 7/4/2019, p. 12.
[4] Sobre el mestizaje, remito de nuevo al Museo de América, en Madrid.

sábado, 27 de octubre de 2018

Franco y sus restos 2


En respuesta a mis amables cuestionadores voy a intentar explicarme mejor.
La exhumación de los restos de Franco ha vuelto a desatar viejos demonios del país; en unos, más bien de la derecha, por la osadía de sacarlos del Valle de los Caídos; en otros, de la izquierda, por el posible traslado a la catedral de la Almudena. Han vuelto a salir a la palestra el clericalismo y el anticlericalismo, respaldados con opiniones que invitan a la confusión, porque mezclan lo público con lo privado y lo político con lo religioso.
Ya que no ha sido decisión de la familia ni tampoco de la Iglesia sacar los restos de Franco del Valle de los Caídos, entiendo, que el Gobierno asuma la tarea política de adoptar una decisión que llega con retraso, porque los honores al dictador debieron concluir al mismo tiempo que la dictadura; con la restauración del régimen democrático, en el mismo día que la Constitución entró en vigor, porque suponía, en teoría o al menos formalmente, la negación del régimen anterior. No se hizo por razones diversas, pero se debía hacer.
Una vez decidida la exhumación, el destino de los restos corresponde a la familia y a la entidad que quiera aceptarlos, sabiendo lo que públicamente significa esa acogida. La familia compromete a la Conferencia Episcopal porque quiere que la Iglesia ampare al dictador. Y cualquier entidad religiosa quedaría comprometida si los acogiera. Pero la Iglesia debe a Franco la situación de privilegio que disfruta y seguramente atenderá la petición de la familia. Así, pues, ambos quedan comprometidos con un nuevo pacto, que es un remedo de aquel espíritu de cruzada del año 1937. Ellos sabrán.
A partir de aquí, entiendo que acaba la función del Gobierno. Podría ser una cuestión de Estado, apunta Agus Salva. Podría. ¿Pero no se ayuda a la Iglesia con los presupuestos del Estado?, señala, justamente, José Gabriel. Pues, sí, visto así podría ser una cuestión de Estado, pero es mejor que no lo sea, desde el punto de vista de separar la Iglesia y el Estado, que es la gran confusión que hay que deshacer yendo al origen de este embrollo, que es el Acuerdo de enero de 1979 con el Vaticano, que era la actualización del Concordato con Franco, pero adaptado a la nueva situación del país. La Iglesia, al menos la parte más representativa, apoyó la Transición como una reconciliación entre españoles, pero se cuidó muy bien de conservar los privilegios.
Desde el punto de vista de separar lo más posible la Iglesia del Estado, la actividad política de los actos religiosos, los asuntos públicos, que son generales, de las cuestiones de fe, que son particulares, incluso íntimas, entiendo que el Gobierno no debe influir sobre las decisiones de la Curia, pero debe tomar buena nota de ellas, y se cargará de razón para frenar las intenciones de los obispos cuando se entrometan en asuntos políticos, queriendo moldear las leyes civiles con el enfoque de su moral particular.
Creo que en este asunto, como en otros, estamos ante una falsa representación, de lo cual resulta que actuamos normalmente sobre una ficción. España ¿es católica? ¿Representa la Iglesia católica la creencia religiosa de los habitantes de España? ¿De cuántos? Ahí está el quid del asunto. El número de católicos es un misterio, pero el trato que recibe la Iglesia por parte del Estado sigue siendo el mismo que si fuera la religión del país y del Estado. Y eso es lo que se debe corregir. Pero hasta ahora, por razones bastante complejas, no ha habido manera de poner el cascabel al gato.   
 

Franco y sus restos 1


A propósito del traslado de los restos de Franco.
Que el dictador sea, probablemente, enterrado en la catedral de la Almudena, en Madrid, no se puede considerar que sea un gol que la derecha ha colado al Gobierno de Sánchez.
La derecha ganó la guerra, sí, y rindió homenaje a quien le complugo, eso son hechos, datos inmodificables; otra cosa es que aún pervivan beneficios simbólicos o materiales que pudo obtener de su victoria, y uno de ellos es mantener con honores los restos del dictador en un mausoleo a su memoria, erigido por su voluntad y construido por prisioneros políticos. Una vez sacados los restos de ese cenotafio, su destino definitivo corresponde, a mi entender, a la familia del dictador y, si finalmente, acaban en un recinto religioso, a la jerarquía eclesiástica.
La aprobación o la reprobación de ese enterramiento, creo que corresponde a quienes se consideren seguidores de esa fe, es decir a los católicos, a los cuales, como seguidores de la doctrina evangélica, les debería de revolver las entrañas. No entiendo, por tanto, las manifestaciones callejeras de "gente de la izquierda" para impedir que los restos de Franco acaben en la catedral de la Almudena, como si fueran católicos practicantes, que a lo mejor lo son, en cuyo caso, su conducta política sería coherente con su fe. Pero no parece el caso.
Lo que creo que procede es la crítica política a los efectos de esa decisión, que muestran los persistentes vínculos de la familia del dictador, y de gran parte de la derecha española, con la Iglesia católica, así como la aquiescencia de la Conferencia Episcopal con la decisión de la familia, que es una muestra más del lazo establecido por la derecha y la Iglesia para conspirar contra el gobierno de la República y alentar el golpe de Estado de 1936, que degeneró en una guerra civil, que el Vaticano, a petición de la Curia española, calificó de cruzada. Franco, que hizo de su régimen un centinela del occidente cristiano frente al comunismo y la masonería, gozó del privilegio de intervenir en el destino de los obispos y entraba en las catedrales bajo palio, mantuvo esa alianza con un pacto específico, el Concordato, renovado secretamente en 1978, mientras se discutía la Constitución. 
Transcurridos más de 40 años desde la muerte del dictador, extraña que por ambas partes, la familia y un sector de la derecha y la Iglesia, se mantenga esa secular alianza del sable y el altar, como una persistente anomalía en un Estado moderno y democrático.