Anuncia la prensa que el próximo día 12 de febrero,
míster Draghi, presidente del Banco Central Europeo, comparecerá en el Congreso
de los Diputados. Comparecerá, se aparecerá o se manifestará en el Congreso. ¡Oh,
portento de los portentos! ¡Qué dicha la nuestra, que el gran banquero se digna
visitarnos! Pero contengamos la alegría porque la visita será breve. El milagro
se obrará por tiempo muy limitado, porque el tiempo es euros y el de don Mario
no está para malgastarse atendiendo a los representantes de un país de pelanas.
La sesión será a puerta cerrada, ante diputados de varias
comisiones, pero sin taquígrafos, actas ni grabaciones (para que no conste,
según un lema de moda en el Gobierno). Tras la alocución de don Mario, que
iluminará a los asistentes con su verbo durante una hora y media, los
portavoces de los grupos podrán intervenir durante seis minutos, para no
aburrirle. Se desconoce durante cuánto tiempo podrán aplaudir y si deben
recibir sus palabras inclinando la cerviz y en posición genuflexa. Habrá que
consultar el protocolo.
La visita ha sido así concertada por imposición del Banco
Central Europeo, ante lo cual cabe preguntarse si nos hemos vuelto locos, no
sólo nosotros, que parecemos afectados por el viento de Tarifa, sino el resto
de los europeos. Parece una broma, una broma pesada; pero no, va en serio; es
una operación, que alguien ha concebido como de gran alcance político, para
mayor gloria del Gobierno español y para deshonra de España.
A Rajoy, que lleva un año toreando al Congreso, cuando
acude, o haciendo de don Tancredo cuando no acude, el formato de esta visita
bancaria le debe parecer de perlas, pero a este humilde… súbdito -iba a
escribir ciudadano, pero acabo de darme cuenta de mi verdadera condición- le
parece una afrenta a los últimos residuos de soberanía popular que nos
quedan.
El emisario de los grandes capitales, el representante de
la usura europea, uno de los personajes más nefastos de la política mundial
-Trichet no era mejor-, el presidente de un organismo que no ha cesado de
procurar males a nuestro país, el mandado del Bundesbank, que es donde está el
verdadero poder financiero de la Unión Europea, y el sacristán de la Kaiserin
alemana frau Merkel, viene a vernos imponiendo unas condiciones que son
inaceptables. Todavía no somos una colonia, aunque llevamos camino de serlo. El
visitante no puede imponer las normas al
anfitrión. Nada le debemos, y mucho menos rendirle pleitesía de este modo tan
humillante.
3 de febrero de 2013
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