Políticamente, la sociedad
española de nuestros días se erige sobre el mito de la refundación democrática
de la segunda restauración borbónica -o la tercera si se tienen en cuenta la de
Fernando VII, en 1814, y la de Alfonso XII, en 1875- y la reforma del Estado
plasmada en la Constitución de 1978, proceso conocido como transición a la
democracia.
En nuestro
moderno mito fundacional los elementos racionales y visibles, los componentes
históricos y sociológicos verificables se combinan con pasajes ambiguos o
notablemente oscuros, cuya vigencia explicativa se debe más a la creencia de
los gobernados en la necesidad de compartir ciertas ficciones político
-jurídicas, que a su relación con hechos verificables y actitudes demostrables.
Pese a ello, ese relato se ha convertido en hegemónico.Este discurso, surgido
públicamente al intentar dirigir el sentido de aquellos hechos y luego
brillantemente reformulado a la luz de los resultados, ha quedado, para uso interno,
como la explicación dominante sobre la transición y, para uso externo, como un
modelo que ha sido propuesto -exportado-
a países de América Latina y del Este de Europa que han abordado cambios
políticos similares.
Este relato sobre la
Transición, en que se reparten abundantes halagos para sus protagonistas,
afirma, en síntesis, que el cambio de régimen desde la dictadura franquista
hasta la monarquía parlamentaria fue un proceso democrático -transición democrática-, cuya
realización ha sido posible por la madurez cívica del pueblo español, porque
fue conducido de manera serena por una clase política responsable -tanto la
élite originaria del franquismo como la surgida de la oposición democrática-,
por el respeto mostrado por los llamados poderes fácticos, en particular por el
Ejército, por la intercesión de la Iglesia católica en favor de la
reconciliación entre españoles, por haber estado impulsado por un noble motor
-la Corona- y por haber sido patroneado hasta buen puerto por un excelente
timonel -el Rey-.
Esta delineada explicación,
ideal, o mejor dicho ideológica, pues responde a intenciones derivadas de
conveniencias de grupo y de intereses de clase, al hacer que esa interesada
representación de la realidad sea asumida por toda la sociedad española, destaca
los acuerdos, elimina las diferencias y oculta los intereses particulares, que,
provenientes, sobre todo, del bloque social dominante en la dictadura, han
conseguido pervivir posteriormente amparados en el interés general, nacional y
pretendidamente racional, del nuevo Estado de derecho. Nos hallamos, pues, ante
una muestra del hilo que une la narración histórica con el cálculo político.
Como sucede con otros mitos, para
poder cumplir satisfactoriamente su función aglutinante, el moderno relato
legitimador necesita ser recordado, repetido, hasta convertirse en la incuestionada
explicación dominante que adquiere socialmente la misma consistencia que un
mito; que lo tenido por cierto, sin refutación racional posible.
Pero nuestro moderno relato
fundacional, el discurso que debe ser recordado, se yergue, curiosamente, sobre
la amnesia.
El día que muere Franco señala
el fin de una era y el comienzo de otra, erigida sobre la general desmemoria.
El país parece afectado por la repentina epidemia de Alzheimer que impide
recordar los hechos más recientes. Epidemia
si cabe más dolorosa porque hace olvidar no eventos remotos sino la historia
inmediata, la historia personalmente vivida por la gran mayoría de los
españoles. A partir de esa fecha, los ciudadanos deben renunciar a sus
recuerdos y esperar lo que los amanuenses de la transición decidan imprimir
sobre sus mentes.
El consenso con que empieza la
transición -el pacto para no hablar del pasado ni exigir cuentas, y el acuerdo
sobre las reglas de juego del régimen democrático- se prolonga como una
amenazadora sombra hacia el porvenir; el consenso táctico -el acuerdo
coyuntural entre élites políticas- se convierte en el diseño estratégico de la
desmemoria social y en el compromiso doctrinal que habrá de alumbrar la
interpretación posterior de los acontecimientos según lo acordado en aquel
pacto fundacional erigido sobre el olvido.
Nueva Tribuna, 15 de abril de 2010
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