La detonación, ayer,
en Guecho, de un coche con 40 kilos de explosivos ha vuelto a poner sobre la
mesa la escaso crédito que merece la oferta negociadora de Otegui y de paso la
dudosa confianza que merecen los aliados de Ibarretxe en la promoción de su
Plan. La explosión, que ha causado un herido pero podía haber causado más (la
bomba no contenía una "carga simbólica" como las de este verano),
indica que no estamos ante un escenario sin violencia, como prometió Ibarretxe
cuando puso en marcha su proyecto soberanista. El siempre condicionado apoyo de
ETA al PNV, ahora ha consistido en dar tres votos en la Cámara vasca para
apoyar el Plan Ibarretxe, pero guardarse otros tres para seguir poniendo bombas.
Quizá la explosión de
la bomba, colocada en un barrio residencial de clase alta, responda a un motivo
económico -forzar la recaudación del dinero por la extorsión- unido a otro
simbólico -mostrar la vigencia del anticapitalismo en ETA-, pero sin duda tiene
efectos sobre el contexto político del momento. Puede que se trate de la acción
particular de algún comando (el comando financiero) o que se trate de una
acción centralizada con el fin de influir sobre una posible negociación. Si se
trata de negociar la rendición, es muy posible que con esta y otras acciones
violentas la dirección de ETA pretenda obtener más contraprestaciones: es una
liquidación pero no unas rebajas. También es posible
que se trate de la acción de un grupo contrario a la negociación.
Desde hace un tiempo
estamos asistiendo a la divulgación de mensajes contradictorios procedentes de
ETA y su entorno, pues hay quienes parece que desean negociar mientras se pueda
y acabar reservando algunas fuerzas y algún crédito social para invertirlo en
la lucha política, y quienes sostienen que hay que seguir más o menos igual
hasta conseguir los últimos fines.
No es tan
descabellado pensar que ETA/Batasuna pueda permanecer inmune a la tensión que
antes han sufrido otros grupos revolucionarios, especialmente los armados, entre los que han deseado permanecer fieles a las esencias y
los que han preferido adaptarse a nuevas circunstancias.
En ETA, el debate ya
se dio en su momento y condujo a los poli-milis a dejar las armas; la división
también se produjo en el actual IRA (que, no olvidemos, es la escisión de los
“provisionales”) entre los partidarios de la negociación de Stormont y la rama
"auténtica" que pretendía seguir con lo mismo. Entre los verdes
alemanes, aunque por motivos distintos, se produjo la división entre los
"fundis" y los "realos", y actualmente, IU está recorrida
por una división semejante, entre quienes desean renovar la coalición y los que
desean retornar a la verdadera identidad.
El gran problema es que en ETA hay armas por
medio, y su historia enseña que en todos los casos en que han existido
divisiones internas, el sector más duro, el más propenso a la utilización de
las armas, es el que permanecido insensible a las peticiones de cambio y el que
ha mantenido la organización hasta hacer de ella lo que hoy es.
Intentando ponerse en
el lugar de quienes están dentro de la organización, hay argumentos para apoyar
cualquiera de los dos caminos, pero la elección puede decidirla una negociación
sobre el precio a pagar por seguir uno u otro.
Los que deseen
abandonar el terrorismo no pueden dejar de observar cómo se ha debilitado el
arraigo social. ETA ha perdido gran parte de los réditos que arrastró desde la dictadura; sus militantes han perdido la aureola de héroes antifranquistas
para convertirse en sangrientos auxiliares de un proyecto racista y excluyente.
Vista internamente como un ejército de liberación nacional, ha degenerado en
una banda que aterroriza a una parte importante de la población a la que
teóricamente pretende liberar. Se ha convertido en el enemigo de casi la mitad
de la población vasca, los no nacionalistas, y es vista con desconfianza por
una parte importante de los nacionalistas, incluso del PNV, que en su momento
han padecido también los ataques selectivos, aunque sin víctimas mortales, de
sus aliados estratégicos.
Pero, además de los
resultados de una acción policial y judicial cada día más eficaz, lo más
preocupante para el mundo abertzale ha sido percibir los efectos de la rebelión
ciudadana, que, superada una larga etapa de intimidación, ha empezado a
disputar la calle a sus acólitos y a influir en la opinión pública.
El hastío producido
en muchos ciudadanos por una actividad terrorista intensa y extensa, culminada
por la "socialización del sufrimiento" preconizada por la ponencia Oldartzen, ha generado como reacción la
expresión pública del dolor compartido, convirtiendo en movimiento colectivo lo
que eran sólo terrores individuales.
La respuesta al terror
de los violentos ha sido la movilización de los pacíficos reclamando algo tan
primario como los derechos civiles más elementales, lo cual ha colocado en un
brete al Gobierno vasco encargado de garantizarlos. Y cuando esa movilización
solidaria y esa reclamación elemental en un régimen democrático alcanzan
determinada legitimidad social y se convierten en noticia habitual en los
medios de información son muy difíciles de contrarrestar con las armas en la
mano.
Por otra parte, el
sector con más visión política (lo que es Batasuna) percibe la importancia
de estar en las instituciones cuando un régimen político se ha legitimado ante
sus ciudadanos, como es el caso español. Y Otegui sabe que una organización
como Batasuna pintaría muy poco en el panorama político si se quedara fuera de
las instituciones vascas.
El dilema de ETA parece estar en
renovarse o morir políticamente; o mejor dicho, renovarse o morir políticamente
matando.
Saludos
Miércoles, 19 de
enero de 2005.
Para Colectivo Red
Verde
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