jueves, 15 de mayo de 2014

ETA. Renovarse o morir



La detonación, ayer, en Guecho, de un coche con 40 kilos de explosivos ha vuelto a poner sobre la mesa la escaso crédito que merece la oferta negociadora de Otegui y de paso la dudosa confianza que merecen los aliados de Ibarretxe en la promoción de su Plan. La explosión, que ha causado un herido pero podía haber causado más (la bomba no contenía una "carga simbólica" como las de este verano), indica que no estamos ante un escenario sin violencia, como prometió Ibarretxe cuando puso en marcha su proyecto soberanista. El siempre condicionado apoyo de ETA al PNV, ahora ha consistido en dar tres votos en la Cámara vasca para apoyar el Plan Ibarretxe, pero guardarse otros tres para seguir poniendo bombas.  
Quizá la explosión de la bomba, colocada en un barrio residencial de clase alta, responda a un motivo económico -forzar la recaudación del dinero por la extorsión- unido a otro simbólico -mostrar la vigencia del anticapitalismo en ETA-, pero sin duda tiene efectos sobre el contexto político del momento. Puede que se trate de la acción particular de algún comando (el comando financiero) o que se trate de una acción centralizada con el fin de influir sobre una posible negociación. Si se trata de negociar la rendición, es muy posible que con esta y otras acciones violentas la dirección de ETA pretenda obtener más contraprestaciones: es una liquidación pero no unas rebajas. También es posible que se trate de la acción de un grupo contrario a la negociación.
Desde hace un tiempo estamos asistiendo a la divulgación de mensajes contradictorios procedentes de ETA y su entorno, pues hay quienes parece que desean negociar mientras se pueda y acabar reservando algunas fuerzas y algún crédito social para invertirlo en la lucha política, y quienes sostienen que hay que seguir más o menos igual hasta conseguir los últimos fines.
No es tan descabellado pensar que ETA/Batasuna pueda permanecer inmune a la tensión que antes han sufrido otros grupos revolucionarios, especialmente los armados, entre los que han deseado permanecer fieles a las esencias y los que han preferido adaptarse a nuevas circunstancias.
En ETA, el debate ya se dio en su momento y condujo a los poli-milis a dejar las armas; la división también se produjo en el actual IRA (que, no olvidemos, es la escisión de los “provisionales”) entre los partidarios de la negociación de Stormont y la rama "auténtica" que pretendía seguir con lo mismo. Entre los verdes alemanes, aunque por motivos distintos, se produjo la división entre los "fundis" y los "realos", y actualmente, IU está recorrida por una división semejante, entre quienes desean renovar la coalición y los que desean retornar a la verdadera identidad.
El gran problema es que en ETA hay armas por medio, y su historia enseña que en todos los casos en que han existido divisiones internas, el sector más duro, el más propenso a la utilización de las armas, es el que permanecido insensible a las peticiones de cambio y el que ha mantenido la organización hasta hacer de ella lo que hoy es.
Intentando ponerse en el lugar de quienes están dentro de la organización, hay argumentos para apoyar cualquiera de los dos caminos, pero la elección puede decidirla una negociación sobre el precio a pagar por seguir uno u otro.
Los que deseen abandonar el terrorismo no pueden dejar de observar cómo se ha debilitado el arraigo social. ETA ha perdido gran parte de los réditos que arrastró desde la dictadura; sus militantes han perdido la aureola de héroes antifranquistas para convertirse en sangrientos auxiliares de un proyecto racista y excluyente. Vista internamente como un ejército de liberación nacional, ha degenerado en una banda que aterroriza a una parte importante de la población a la que teóricamente pretende liberar. Se ha convertido en el enemigo de casi la mitad de la población vasca, los no nacionalistas, y es vista con desconfianza por una parte importante de los nacionalistas, incluso del PNV, que en su momento han padecido también los ataques selectivos, aunque sin víctimas mortales, de sus aliados estratégicos.      
Pero, además de los resultados de una acción policial y judicial cada día más eficaz, lo más preocupante para el mundo abertzale ha sido percibir los efectos de la rebelión ciudadana, que, superada una larga etapa de intimidación, ha empezado a disputar la calle a sus acólitos y a influir en la opinión pública.
El hastío producido en muchos ciudadanos por una actividad terrorista intensa y extensa, culminada por la "socialización del sufrimiento" preconizada por la ponencia Oldartzen, ha generado como reacción la expresión pública del dolor compartido, convirtiendo en movimiento colectivo lo que eran sólo terrores individuales.
La respuesta al terror de los violentos ha sido la movilización de los pacíficos reclamando algo tan primario como los derechos civiles más elementales, lo cual ha colocado en un brete al Gobierno vasco encargado de garantizarlos. Y cuando esa movilización solidaria y esa reclamación elemental en un régimen democrático alcanzan determinada legitimidad social y se convierten en noticia habitual en los medios de información son muy difíciles de contrarrestar con las armas en la mano.
Por otra parte, el sector con más visión política (lo que es Batasuna) percibe la importancia de estar en las instituciones cuando un régimen político se ha legitimado ante sus ciudadanos, como es el caso español. Y Otegui sabe que una organización como Batasuna pintaría muy poco en el panorama político si se quedara fuera de las instituciones vascas.
El dilema de ETA parece estar en renovarse o morir políticamente; o mejor dicho, renovarse o morir políticamente matando.
Saludos

Miércoles, 19 de enero de 2005.
Para Colectivo Red Verde

No hay comentarios:

Publicar un comentario