Mostrando entradas con la etiqueta América. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta América. Mostrar todas las entradas

martes, 7 de julio de 2020

Gerónimo. Vida y leyenda


O Gerónimo y sus circunstancias cinematográficas, que diría Ortega.
¡Gerónimo! Es la palabra clave con que el jefe de un comando de los SEALS, desplazado a Abottabad (Pakistán) en una misión secreta, comunica a sus superiores que se ha alcanzado con éxito el objetivo de la operación. Es la secuencia culminante de la película “La noche más oscura” de Kathryn Bigelow (2012).
Gerónimo, un guerrero apache tan temido como odiado y respetado por algunos de sus enemigos, que los tuvo, y muy encarnizados, aparece, ya viejo, en esta fotografía de 1905.
La fotografía del otro día -en “Cuatro de julio”- era de uno de los Gerónimos de ficción, en concreto de Wess Studi (en realidad, indio cheroqui, no apache), como Gerónimo, y de Jason Patric, como el teniente Gatewood, en la película “Gerónimo. Una leyenda americana” (Walter Hill, 1993).
A Studi le recordarán como un cruel pawnee, en “Bailando con lobos” (Kevin Kostner, 1990) y como el malvado Magua en “El último mohicano” (Michael Mann, 1992).
A Jason Patric le hemos visto en “El Álamo. La leyenda” (J. Lee Hankcok, 2004). Una revisión del mito tejano y ligera corrección de “atrezzo” de la superproducción “El Álamo” (John Wayne, 1960), pero con menos “glamour” y sin la banda sonora de Dimitri Tiomkin. Patric interpretaba el papel de James Bowie, que en la versión de Wayne ocupaba a Richard Widmark, a Alan Ladd, en “La novia de acero” y a Sterling Hayden en “La última orden” (Frank Lloyd, 1955). Bowie y su típico cuchillo, forjado, dice la leyenda, con material de un aerolito, es un personaje muy apropiado para relatos de aventuras.
Las hazañas de Gerónimo y de su grupo ya habían sido llevadas al cine varias veces. Desde “Gerónimo’s last raid” (Gilber Hamilton, 1912), pasando por “Venganza india” (Paul Sloan, 1939) y otras varias, hasta el “Gerónimo” de ojos azules de Arnold Laven (1962), encarnado por Chuck Connors, que era Buck, el mayor y más peligroso de los hermanos Hanassey en “Horizontes de grandeza” (William Wyler, 1958).
Gerónimo es el indio que no se rinde, el pertinaz guerrero que rechaza los acuerdos que acepta Cochise, presentado, en general, como un jefe más razonable.
Jay Silverheels (indio mohawk canadiense) era el Gerónimo irreductible frente al justo Cochise, interpretado por Jeff Chandler, en “Flecha rota” (Delmer Daves, 1950). Cochise pacta una tregua con el capitán Tom Jeffors y se muestra comprensivo con el idilio surgido entre la apache Sunsirre (Debra Paget) y el capitán (James Stewart). Curiosamente, el único hombre blanco amigo de Gerónimo fue Tom Jeffors.
En “Raza de violencia” (1954), un joven Rock Hudson asumía el papel de Taza hijo de Cochise. Y Rod Redwing encarnaba al hijo de Gerónimo en “Son of Gerónimo” (Gordon Bennett, 1952), mientras que el papel de Gerónimo lo asumía el jefe Youlachie.
En “Tierra de orgullo” (Jesse Hibbs, 1956), hallamos otra vez a Gerónimo encarnado por Silverheels, pero esta vez en la reserva de San Carlos (cerca de Tucson, Arizona), pero cediendo el protagonismo a Audie Murphy, que encarna a John Clum, el director de la reserva que protege a los apaches del trato humillante que les dan los militares.
En la película, la interesantísima Ann Bancroft (mistres Robinson, en “El graduado”) hace el papel de Tianay, india apache enamorada del insulso Audie (el amor es ciego, aunque sea apache).    
En 1883, perseguido por su viejo adversario George Crook y localizado en Méjico por el teniente Gatewood, Gerónimo se rindió con condiciones, pero el mando relevó a Crook y rompió el acuerdo, lo que provocó su huida de la reserva con un pequeño grupo de incondicionales.
El Gobierno encargó al general Nelson Miles la captura o la ejecución de Gerónimo, que, con un grupo de 25 guerreros, resistió durante varios meses a un ejército de 6.000 hombres.
En septiembre de 1886, se rindió a Miles, a quien los apaches despreciaban. El general fue tan cicatero que arregló las cosas para que el teniente Gatewood no recibiera reconocimiento alguno por haber localizado al jefe apache.
Las tierras de los chiricahuas fueron vendidas y Gerónimo fue deportado a Florida, a Alabama y después a Oklahoma, donde accedió a contar a S. M. Barret la historia de su vida.
Falleció en Fort Sill (Oklahoma) el 17 de febrero de 1909, de una pulmonía.
Su biografía está dedicada al presidente Teodoro Roosevelt, el hombre, que, por encima del mando militar que lo impedía, le autorizó a que contara su vida.



domingo, 5 de julio de 2020

Cuatro de julio, 2020

Cuatro de julio, ¿ya? Pues, ha llegado por sorpresa; bueno, por sorpresa no; mi hija, la “americana”, me avisó: Papá, el “finde” hay que comprar hamburguesas, que es Cuatro de Julio. 
Y gastronómicamente hemos cumplido, pero no literariamente; “imperdoneibol”. Sorry.
Me coge la fecha bastante cabreado con lo que ocurre en las Américas. En las de arriba, en las del centro y en las de abajo. Podría decir ¡me duele América!, pero sería bastante demagógico en boca de un hispánico “mindundi”, porque la ampulosa frase -referida a España es de José Antonio- parece propia de un gobernante populista. Pero hablemos de Estados Unidos, que es lo propio del día.
Me tiene frito, contrito, cabreado y a la vez me deja helado, el atrabiliario presidente del país; un hombre ignorante y voluble, que parece un niño malcriado y caprichoso, incapaz de mantener la coherencia sobre algo durante al menos un par de días, y me enfurece la respuesta que está dando a la pandemia de coronavirus, al alentar con sus sandeces a insensatos ciudadanos que niegan la existencia del virus o reducen su capacidad mortífera, contribuyendo con su actitud a expandir la infección. Curiosa muestra de patriotismo y curiosa manera de hacer que Estados Unidos vuelva a “ser grande” con menos gente.
El mismo estupor me provoca que el primer mandatario del país se coloque del lado de los supremacistas blancos, en el recrudecido problema racial surgido a raíz del homicidio de George Floyd, otra persona negra muerta por un agente de policía. ¿Y van cuántas...?
Cuando han transcurrido 244 años de la Declaración de Independencia, 233 de la aprobación de la Constitución, 156 años de la abolición de la esclavitud, 57 años del discurso de Martin Luther King -“I have a dream”- en el Memorial Lincoln de Washington y 56 años de la aprobación de la Ley de Derechos Civiles, es una vergüenza no sólo que siga habiendo casos como este, que el racismo aún sea una actitud tolerable para buena parte de la población blanca y que, después de haber tenido un presidente negro, que no actuó como una persona negra, como muchos esperaban, el inquilino de la Casa Blanca esté alineado incondicionalmente con los racistas blancos.
Como una de las consecuencias de la masiva reacción popular a la muerte de George Floyd, se ha recrudecido el sentimiento antiespañol, al que se atribuye, en origen, el racismo estadounidense, que tiene, desde luego, otra procedencia geográfica y otra motivación política y, singularmente, económica, y muchedumbres ignorantes solicitan que se eliminen los monumentos dedicados a Cristóbal Colón o a fray Junípero Serra, como autores o inductores de la esclavitud y de las matanzas que condujeron a la práctica desaparición de la población aborigen.
No se puede afirmar que los colonizadores españoles fueran hermanas de la caridad, que llegaran ofreciendo regalos a los territorios que luego formaron parte de Méjico y de Estados Unidos, pero el vasto Virreinato de Nueva España estableció tratados con pueblos indígenas del suroeste, como los taos, los pueblos, los navajos, incluso, con grupos de los feroces apaches -jicarillas, chiricahuas, mezcaleros, mimbreños-, que les respetaban sus costumbres y mantuvieron, si no la paz, al menos la tranquilidad y, en muchos casos, les dieron amparo ante las correrías de otros pueblos llegados a la zona.
Tratados que fueron abolidos cuando esos territorios se convirtieron en la república del Méjico independiente y, sobre todo, cuando, en función del Tratado de Guadalupe-Hidalgo de 1848, pasaron a ser territorio de Estados Unidos. Como fueron abolidos, violados o dejados en desuso los sucesivos tratados que las diferentes tribus indias del norte, de las llanuras y del este del país, fueron firmando con las autoridades de la naciente República, a medida que los colonos blancos ocupaban sus ancestrales territorios en su marcha hacia el Oeste, para lograr la unificación continental bajo hegemonía blanca, anglosajona y protestante.
Los estadounidenses, a través de la enseñanza escolar, de la literatura y, sobre todo, del cine, han recibido una información bastante sesgada sobre su historia, y lo que deberían revisar, más que derribar monumentos, es el papel jugado por muchos de sus personajes históricos en el problema racial.
Por ejemplo, el general y presidente Andrew Jackson, cuya efigie aparece en los billetes de 20 dólares; héroe de la Independencia, de la guerra de 1812 con Inglaterra en la batalla de Nueva Orleans, luchador contra los indios semínolas en Florida y autor de la Ley de Traslado forzoso de los indios choctaws y cheroquis al otro lado del Misisipi, al territorio de Oklahoma en 1837 y 1838. Una deportación forzosa conocida como “la senda de las lágrimas”, de 2.200 millas de longitud, que dejó en el camino los cadáveres de 4.000 indios de todas las edades.
Deberían revisar el papel del general George Crook, perseguidor de los apaches o del nefasto general Nelson Miles, que le sucedió en esa guerra y autor, además, de la masacre de indios siuox en Wounded Knee, en 1890. 
Ambos militares no perseguían la integración de los apaches, que habían intentado los españoles -muchos apaches eran católicos y bastantes de sus jefes, entre ellos Gerónimo, hablaban español-, sino su rendición incondicional y su reclusión en reservas.  
También merece revisarse la figura del presuntuoso general George Custer -llevada al cine por un simpático y romántico Errol Flynn-, derrotado por Toro Sentado y Caballo Loco en Little Big Horn, o la del “gran” Sheridan, autor de la frase “el único indio bueno es el indio muerto”, y la del no menos famoso y legendario William Frederick Cody, Búfalo Bill, exterminador de indios y de bisontes, y luego empresario circense, que mostraba un “Salvaje Oeste” edulcorado a los habitantes de las ciudades del este.
Sin embargo, son estos y otros atrayentes personajes, cuyas vidas, adecuadamente adaptadas a los guiones de las películas de aventuras, que han hecho pasar distraídas tardes de cine a varias generaciones de espectadores dentro y fuera de Estados Unidos (entre los que me hallo), son quienes han configurado la visión de muchos norteamericanos sobre la historia de su propio país. Y esa equivocada percepción sobre “el problema indio” o “el problema negro” no se corrige derribando estatuas de Colón o vetando la proyección de películas como “Lo que el viento se llevó”.



jueves, 5 de marzo de 2020

Manolito; el cura Pérez



Estos días estoy a curas. Y no sé por qué. Quizá porque algunos sucesos recientes -la muerte de Ernesto Cardenal- o lejanos -aniversario de los sucesos de Vitoria, marzo de 1976- han despertado episodios que creía olvidados y sacado a la luz nombres, días, frases y rostros, que ahora buscan un hueco en la agenda para dejar momentánea constancia de su presencia en el tiempo; de mi tiempo en la vida. 
Y con la noticia de la elección del nuevo presidente de la Conferencia Episcopal, el aragonés José Antonio Omella, me he acordado de otro cura, también maño, y de Alfamén, por más señas.
Conocí a Manuel Pérez -Manolito-, cuando él era un utópico aprendiz de cura, estudiante del Seminario Hispanoamericano, y yo un militante cristiano igual de utópico, inquieto, posconciliar y premarxista; también un aprendiz de casi todo (y a la postre, maestro de casi nada).  
Coincidimos en una parroquia que servía de refugio a la juventud del barrio, en la etapa de hacer las primeras reflexiones sobre el sentido de la vida y la orientación personal ante un futuro aún por decidir. Era el momento de plantear las dudas sobre las verdades políticas y religiosas aprendidas y de formular las primeras y pasionales críticas al legado recibido, que condujeron al posterior “descarrío”, respecto al orden establecido, de bastantes de los allí presentes, en diversas direcciones de lo que se llamó, de modo simple, antifranquismo.
Algún día tendré que hablar de aquella parroquia, que, como tantas otras, fue un semillero de “rojos” ingenuos y primerizos, de "tránsfugas" del cristianismo al marxismo, y de aquel club juvenil, donde había democracia, tareas compartidas por chicas y chicos, elecciones a los cargos directivos y presidente y presidenta, dicho y hecho sin alharacas, sin agravios ni teoría moral o social detrás, simplemente porque parecía “lo normal” -así se definió-, a medidos de los años sesenta, en pleno franquismo y teniendo como “base social del club” a jóvenes del barrio y bachilleres de colegios de curas y de monjas.
Quizá, el verdadero “milagro español”, término adjudicado exclusivamente al ámbito económico en aquellos años de desarrollismo y moderado consumo, se produjo en esos pequeños reductos urbanos que sirvieron de modestas y espontáneas escuelas de civismo y ciudadanía.       
Aún recuerdo la última vez que nos vimos allí: Manolito se iba a Francia, a trabajar en la vendimia, y yo me preparaba para irme a “la mili”, a servir a la patria -al Régimen- contra mi voluntad, pero era lo que tocaba hacer a los veinte años. Nos cruzamos algunas cartas y después no supe más, hasta que un día, años después, un periódico publicó la noticia de que el cura español Manuel Pérez, reemplazaba en la jefatura del Ejército de Liberación Nacional de Colombia (ELN), al español Domingo Laín (sacerdote en Tauste), muerto en combate. Vi la foto y era él, más viejo, claro, barbado y armado.  
Tres sacerdotes españoles, Manolito, Domingo Laín y José Antonio Jiménez, llegaron a América del Sur en 1967, a trabajar con los más humildes del continente, para intentar revertir la mala suerte de la gente pobre en países ricos, y de los ricos.
Después de la Conferencia Episcopal Latinoamericana (CELAM) que, en 1968 -otra vez vuelve a salir el célebre año-, decidió denunciar el subdesarrollo económico y ponerse del lado de los pobres siguiendo el mandato evangélico, un grupo de curas -grupo de Golconda- se reunió en la finca así llamada en la región de Cundinamarca, para estudiar la encíclica “Populorum Progresio” (El progreso de los pueblos), tras lo cual llegaron a la conclusión de que, por medios pacíficos e institucionales -lo habían intentado y habían deportado a los aragoneses- no era posible acometer las reformas en profundidad que precisaba el país para salir del subdesarrollo, por lo que, dada la violencia institucional, la única salida era formar un frente popular revolucionario para echar abajo las estructuras políticas y económicas e instaurar una sociedad socialista, más humana y más justa. Y, en consecuencia, en 1969, siguiendo el ejemplo de Camilo Torres, muerto en combate en 1966, ingresaron como guerrilleros en el ELN.  
En 1970, falleció José Antonio Jiménez, en 1974, Domingo Laín y en 1998, Manolito fue a reunirse con sus compañeros. Creo que en algún sitio conservo al menos una de sus cartas.        

lunes, 2 de marzo de 2020

Réquiem por Ernesto Cardenal


“Creo en vos arquitecto, ingeniero,
artesano, carpintero, albañil y armador.
Creo en vos, constructor del pensamiento,
De la música y el viento, de la paz y del amor.
Yo creo en vos, compañero,
Cristo humano, Cristo obrero
De la muerte vencedor con el sacrificio inmenso
Engendraste al hombre nuevo para la liberación”.

Si hubiera que elegir una composición para las honras fúnebres de este poeta, sacerdote, escritor, escultor, teólogo y político, modestamente sugeriría al encargado del ritual el Credo de la Misa Campesina, de Carlos Mejía Godoy -el de “los perjúmenes, mujer”, ¿recuedan?-, porque Cardenal era, sobre todo, un hombre de fe; de fe en la humanidad.
Creía, con el compromiso político y la reflexión teológica, en los habitantes de este mundo, que debía ser reformado para que los seres humanos tuvieran realmente una vida humana, lo que llevó a apoyar el movimiento armado contra la prolongada dictadura de la familia Somoza, que era la dueña y señora de Nicaragua, que fue desalojada del poder, tras un conflicto civil que provocó 50.000 muertos.
Y después a comprometerse, como ministro de Cultura del primer gobierno del Frente Sandinista de Liberación Nacional, que tendría una agitada existencia, ya que el primer documento de Santa Fe (Nuevo Méjico) había dictaminado que el mar Caribe era un lago marxista y suponía un peligro para Estados Unidos y sus aliados.
En consecuencia, las reformas revolucionarias del país fueron abortadas por los atentados y sabotajes contra granjas, escuelas y cooperativas, más que contra objetivos militares, perpetrados por tropas mercenarias de la “Contra”, asentadas en Honduras y alimentadas por el presidente Reagan, en lo que se llamó “una guerra de baja intensidad”, cuyo objetivo no era derrocar al gobierno, sino desgastarlo actuando contra infraestructuras civiles.
La ofensiva de la “Contra”, financiada ilegalmente por la CIA, sin autorización del Congreso (escándalo Irán-Contra), quebró al gobierno y al país.
Agotado moralmente y económicamente extenuado por diez años de guerra, que habían constado 30.000 muertos y un daño material incalculable, el país escuchó los cantos de sirena de Violeta Chamorro y en 1990 entregó el poder a la derecha, que, ya desde dentro lo acabó de expoliar, empezando por privatizar todo lo que pudo, y después durante el corrompido mandato de Arnoldo Alemán.
En 2006, los sandinistas ganaron las elecciones, pero el sandinismo no era el mismo, ni tampoco Daniel Ortega, cuyo despótico gobierno persiguió a Cardenal. Quien ya había recibido una pública reconvención de aquel colosal reaccionario polaco que llegó al solio pontificio con el anticomunismo como norte de su infausto magisterio.
Cardenal era un defensor de la Teología de la Liberación y Juan Pablo II formaba con Reagan y Thatcher un triunvirato conservador decidido a acabar con la Unión Soviética y con el comunismo sobre la faz de la tierra.
El mundo estaba cambiando rápidamente, los curas obreros y guerrilleros estaban pasados de moda y la Teología de la Liberación era condenada por el Vaticano y además combatida por diversas iglesias protestantes conservadoras, en una operación promovida por el Instituto para la Religión y la Democracia, vinculado a los halcones del Partido Republicano para neutralizar la influencia de la Teología de la Liberación -“un disfraz religioso del marxismo”- entre las organizaciones populares y combatir su postura abiertamente hostil hacia las dictaduras militares de la zona, apadrinadas por el poderoso vecino del norte.
Viendo el rumbo que tomaba el sandinismo, Cardenal abandonó la política. Vivía retirado, dedicado a pensar y a escribir sus memorias.
Ha muerto en Managua con 95 años. Y sabiendo cómo era y cómo ha vivido, no es necesaria ninguna recomendación para que le reciban allá arriba, en la “pasarela”, en el pórtico de la Gloria o en “La puerta del cielo” (como cantaba Gigliola Cinquetti), tal como él recomendaba, en su día, a su Señor, que acogiese a una empleada de tienda que se había querido matar a los dieciséis años.
            Señor:
Recibe a esta muchacha conocida en toda la Tierra,
con el nombre Marilyn Monroe, aunque este no era su verdadero nombre…
que ahora se presenta ante Ti sin ningún maquillaje,
sin su agente de prensa
sin fotógrafos y sin firmar autógrafos,
sola como un astronauta ante la noche espacial”.
(Oración por Marilyn Monroe)

https://elobrero.es/opinion/43964-requiem-por-ernesto-cardenal.html

sábado, 12 de octubre de 2019

Día del Pilar o día de las dos leyendas

No es que haya querido hacer algo especial en esta fecha tan dicotómica, en la que parte de la población celebra una historia de España tan falseada como la de la otra parte, que no la celebra sino que la padece. 
Son dos historias falsas, que expresan posiciones políticas enfrentadas: la leyenda blanca (o azul), que dibuja un país civilizador, evangelizador, generoso y sin mácula, y la leyenda negra, en la que nada hay destacable, salvo el culto a la muerte.
No me voy a extender en argumentos que ya he dado en los artículos "América y la España eterna" 1 y 2, publicados en la revista "El viejo topo" nºs 376 y 377, en mayo y junio de este año, pero sí aportar unos datos que matizan ese manido genocidio perpetrado por los españoles en América.
Y en el día de la Hispanidad, en vez de sumarme a alguno de los dos bandos, pues discrepo de lo que ambos afirman, me he acercado, con una de mis hijas, al Museo de América.
Después de entretenernos en la sala de la cartografía, pues sin tener en cuenta la geografía es difícil hablar del tema del descubrimiento -sí, descubrimiento- de América, no sólo por España, sino por Europa, por África y por Asía, nos hemos dirigido a la parte de la exposición dedicada a la población y de allí hemos sacado las fotografías, que adjunto, sobre la población en América Latina y América del Norte a principios del siglo XIX.
Espero que les gusten, pero sobre todo, no dejen de visitar el museo, que es el mejor antídoto contra la infección mental provocada por las falsas leyendas.




martes, 3 de septiembre de 2019

La playa


Volver de las vacaciones es, en mi caso, y a lo largo de casi toda mi vida, volver de la playa, de una playa. He tenido esa suerte, quizá inmerecida, pero el destino es caprichoso.
“La playa” era una canción de los años sesenta, de la francesa Marie Lafôret -pelo largo, voz melosa y ojos azules-; un slow-fox, una baladita lenta, muy apropiada para bailar en una verbena o en un guateque veraniego, cuando por la misma época sonaban “Sapore di sale, sapore di mare”, de Gino Paoli, “Legata a un granello si sabbia”, de Nico Fidenco, “Abbronzatissima, sotto i raggi di sole”, de Edoardo Vianello o “Cuando calienta el sol, aquí en la playa”, de los hermanos Rigual.
Canciones bailables, cantables y tarareables, tras las cuales se puede adivinar la destinataria de tales reflexiones o la musa que las inspiraba: una atractiva chica joven (de jóvenes todas lo son), en traje de baño o en bikini, tendida sobre la arena, recibiendo la caricia del sol mediterráneo, en el caso de las italianas, y del Caribe, en el otro, pues los Rigual brothers eran cubanos, o saliendo del agua, como Úrsula Andress, con un bikini blanco y una caracola en la mano, en la playa de la isla del maléfico Dr. No, en la primera aventura cinematográfica de James Bond.
Pero la más antigua alusión musical al mar y a la playa de la que guardo memoria es anterior. Y, aunque mi mente infantil no entendía lo que quería decir la relamida frase “bajo el palio sonrosado de la luz crepuscular”, sí me llegaba el mensaje del estribillo de Jorge Sepúlveda -“Mirando al mar soñeeeé”-, porque yo también miraba al mar, que era el Mediterráneo del Maresme, y como todos los niños, soñaba con las playas y los mares con que los tebeos, las novelas y, sobre todo, las películas encandilaban la imaginación infantil con las andanzas de audaces aventureros. 
Recuerdo piratas mal encarados que llegaban a islas de nombre exótico -Caimán, Tortuga, Trinidad, Jamaica, Martinica- buscando tesoros de capitanes difuntos y se entretenían, entre grandes risotadas, con mujeres alegres en las tabernas de puertos como Maracaibo, La Ceiba o Port Royal, donde, animados por excesivas libaciones de ron, hacían planes para abordar galeones españoles y procurarse un buen botín, que, años más tarde, supe que era nombre de banquero.
En una playa del Caribe, el pirata Ballow (Burt Lancaster) y su colega “Ojo” (Nick Cravat), como ya lo habían hecho en “El halcón y la flecha”, exhibían sus cualidades circenses para burlar a los guardias del gobernador (español), en una isla que preparaba una revolución. Algo así ocurría en ”Queimada”, pero el marmóreo Walker (Marlon Brando) no le llegaba a Ballow ni a la suela del zapato. Recuerdo, también, las playas de “La isla del tesoro” y, claro está, de la solitaria isla de Robinson Crusoe.
Buenas tardes de cine proporcionaban aventureros en los mares del sur, en el océano Índico y, sobre todo, en el Pacífico -“South Pacific”-, como el capitán O’Keefe (Burt Lancaster), arrojado por las olas a una playa, tras ser abandonado en un bote por la tripulación de su barco amotinada, antes de convertirse en “Su majestad de los mares del Sur”.
También Ulises (Kirk Douglas) era un náufrago, al principio de la película del mismo nombre, arrojado por el mar a la isla de los feacios, donde Nausicaa (Rossana Podestá) le hallaba desvanecido en la playa. La abandonaba por Silvana Mangano (Penélope). Yo no sé qué hubiera hecho de estar en su lugar.
Digna de mención es la secuencia en que el sargento Allison (Robert Mitchum), superviviente de un buque hundido por un ataque japonés, llega, con las botas colgando del cuello y un cuchillo en la mano, a la playa de una isla en apariencia abandonada. Luego comprueba que allí queda sor Ángela, una monja católica (Deborah Kerr) y que los japoneses volverán. Lo que sucedió entre el sargento y la monja, no se lo cuento, “Sólo Dios lo sabe”.
Guerra, playa y Pacífico son tres factores que unen “Arenas sangrientas”, “Guadalcanal” y “Playa roja”, entre otras muchas, con las más actuales “La delgada línea roja”, “Banderas de nuestros padres” y “Cartas de Iwo Jima”, y con la serie “The Pacific”.
También en el escenario de la guerra en Asia, hay una escena memorable en la orilla no del mar sino de un río -el río Kwai, en Birmania-, entre el británico coronel Nicholson (Alec Guiness) y el americano mayor Shears (William Holden), que cruza nadando el río dispuesto a matarle. ¿Usted? ¡Usted!, son las últimas palabras de ambos antes de morir.    
Hablando de playas no puede quedar al margen la de “Omaha”, en Normandía, cementerio de “marines” el día D, según se puede apreciar en “El día más largo” y, sobre todo, en la primera media hora de “Salvar al soldado Ryan”, que resultó ser un jovencísimo Matt Damon, antes de convertirse en un desmemoriado agente secreto en la trilogía del caso Bourne.  
No lejos de allí, tuvo lugar la operación inversa que precedió al desembarco en Normandía; fue el embarque en las playas de Dunkerque, en junio de 1940, de tropas inglesas y francesas, que huían de los soldados de la Wehrmacht. Episodio relatado con poco entusiasmo en la reciente “Dunkerque” y mucho mejor en “Fin de semana en Dunkerque”, centrada peripecias de Jean Paul Belmondo para salir de allí.
Hay otra película de guerra, de otra hipotética guerra, que lleva por título original “On the beach” (“En la playa”), estrenada en España como “La hora final”. Es una película de 1959, típica de los años de la guerra fría, que relata los últimos días de vida humana en el planeta a causa de la contaminación nuclear producida por una guerra atómica. Es, en cierto modo, un antecedente de la secuencia final de “El planeta de los simios”, que muestra la playa de Nueva York, con la estatua de la Libertad destruida sobre la arena (¡Malditos!).
Pero dejemos la guerra y el hipotético fin del mundo, volvamos a escenas más gratificantes y quédense con tres bonitos recuerdos.
El primero es el beso de Burt Lancaster y Deborah Kerr, en una playa de Pearl Harbor, justo donde rompen las olas. El triunfo del amor, por encima de galones militares y barreras sociales, un morreo de antología y la apología de un adulterio, que iba a durar poco tiempo, en “De aquí a la eternidad”.
El segundo es la llegada de una barca grande a una playa de Florida para ser transportada hasta el lago Okeechobee, con el fin de cruzarlo de noche, en una arriesgada operación militar (“un plan estúpido, improvisado por un borracho”). “Tambores lejanos” es una rara película del Oeste que empieza en una playa y acaba en otra, en un duelo singular entre el capitán Wyatt (Gary Cooper) y Oscala, el jefe de los indios semínolas.
El tercero, una aventura juvenil, tiene la playa como escenario de una carrera de niños y jóvenes montando una cebra, un burro, un avestruz, un elefante y un mono sobre un perro, ante los atónitos ojos de una partida de atolondrados piratas capitaneados por Sessue Hayakawa (el coronel Saito, en “El puente sobre el río Kwai”), que son valientemente rechazados por una familia de “Robinsones de los mares del sur”, comandada por John Mills y Dorothy McGuire.
¡Ah! Las playas; el mar, el sol… y las chicas. ¡Y qué lejos la juventud!

sábado, 6 de julio de 2019

4 de julio 2019. Anverso y reverso

El jueves, una de mis hijas, que conoce mis flaquezas, me dijo: Papá, hoy es cuatro de julio, ¿qué te parece si nos comemos unas hamburguesas? Me pareció de perlas y así lo hicimos. Nos zampamos unas estupendas hamburguesas, con abundante guarnición, regadas, por mi parte, con verdejo frío, y por la suya con “fino cañería”, para celebrar el 243 aniversario de la Declaración de Independencia que dio paso a la primera república de la era moderna.
Ambos compartimos la afición -¿Debilidad? ¿Seducción? ¿Influencia? ¿Enajenación?- por la cultura yanqui, así que comimos y bebimos a la salud de Washington, de Jefferson, de Adams, de los federalistas o de Lincoln, entre los primeros políticos, y de Roosevelt, Wallace, Luther King, Malcolm X, Huey Newton, Tom Hayden, Angela Davis, Bernie Sanders y las prometedoras candidatas del Partido Demócrata.   
También por los relatos de Fenimore Cooper, Oliver Curwood, Jack London, Mark Twain o Zane Grey sobre el Oeste y sus legendarios protagonistas: Daniel Boone, David Crockett, Jim Bowie, Jim Bridger, el estirado William Travis, Buffalo Bill, Tom Jeffors, John Clum, Bill Bonney, Al Sieber, Wyat Earp, Par Garret, los hermanos James, los Younger, los Dalton, los no menos famosos hermanos Ringling (socios del circo Barnum) y los hermanos Marx (sin Engels). Sin dejar de lado a sus valientes antagonistas: Mano Amarilla, Alce Negro, Toro Sentado, Caballo Loco, Mangas Coloradas, Quana Parker, Osceola, Cochisse y Goyatéh, más conocido como Gerónimo, ni al Pony Express, la diligencia, el OK Corral, Fort Laramie y el ferrocarril de Topeka a Santa Fe.
Y, claro está, celebramos también las pinturas del viejo Oeste de Frederic Remington, George Catlin y  Charles Russell, y las fotografías de indios de Edward Curtis, también las de Wegee de Nueva York y las tristísimas de Dorotea Lange sobre la gran depresión de los años treinta. Y, claro, las novelas de Dashiell Hammet y Jim Thomson, John Dos Passos, William Faulkner, Ernest Hemingway, Truman Capote...
Tampoco podíamos olvidar a aquellos tipos duros del cine, como Burt Lancaster, Kirk Douglas, Robert Mitchum, Charlton Heston y John Wayne o blandos como Rock Hudson, Mongomery Clift, Anthony Perkins o Jack Lemmon, hieráticos como Clint Eastwood o histriónicos como Eli Wallach, o aquellos galanes, como Clark Gable, Cary Grant, William Holden, Paul Newman, Robert Redford, Henry Fonda o Gregory Peck, afortunados mortales por compartir pantalla con Jean Simmons, Gene Tierney, Hedy Lamarr, Joan Collins, Rhonda Fleming, Donna Reed, Virginia Mayo, Marilyn Monroe, Jane Russell, Jayne Mansfield y Raquel Welch o con chicas típicas de comedias: Doris Day, Debbie Reynolds y Meg Ryan, ni dejar atrás la veta de actores black (is black, but black is beautiful): Sidney Poitier, Ossie Davis, Jim Brown, Richard Roundtree (Shaft) Morgan Freeman, Danny Glover o Denzel Washington. 
Ni a tipos larguiruchos como Gary Cooper y James Stewart o bajitos como Mickey Rooney y Danny de Vito, malvados gangsters -Edward Robinson, Humphrey Bogart y James Cagney- o celebérrimos tontainas como Red Skelton, Red Buttons o Jerry Lewis, Buster Keaton, o Stan Lurel y Oliver Hardy, Bud Abott y Lou Costello.  
No podían quedarse en el tintero de la celebración Fred Astaire, Michael Connors, Dan Dailey y Gene Kelly, y las mujeres que bailaron o volaron con ellos: Ginger Rogers, Cyd Charisse, Ann Miller o Vera Ellen, ni quienes dirigieron en aquellos años sus películas: Frank Capra, Franklin Schafner, Billy Wilder, Robertd Siodmak, Robert Aldrich, William Wyler, William Wellman, George Stevens, Howard Hawks, Anthony Mann, John Ford o Sam Peckimpah, entre los directores veteranos.
Tampoco olvidar a quiénes se cuidaron de la ambientación musical con magníficas bandas sonoras - Victor Young, Dimitri Tiomkin, Jerry Goldsmith, Miklos Rosza, Bernard Herrman, Henry Mancini, Elmer Berstein y Jerome Moross- o simplemente componían inolvidables melodías: Aaron Copland, Ferde Groffé, Leroy Anderson, George Gershwin, Cole Porter y Leonard Berstein. Y hablando de música, ¿qué decir del jazz? ¿Y del swing? ¿Y del blues? ¿Y del country? ¿Y del pop? ¿Y del folk? ¿Y del rock? ¿Y de las y los cantantes melódicos?
Bien, pues después de este reconocimiento de la capacidad de influir que tiene el “poder blando”, según Joseph Nye, desde la más tierna infancia -el Pato Donald, Walt Disney, los tebeos, los superhéroes-, al día siguiente me entero por la prensa de que el atrabiliario personaje que temporalmente ocupa, con la “sua famiglia”, la Casa Blanca, ha celebrado el 4 de julio apoderándose de la fiesta nacional, una fiesta popular de familiares y amigos, sin carácter político de partido, y la ha convertido en un acto electoral, en un mitin de partido, o mejor dicho del ala más retrógrada e irracional del Partido Republicano, y en una muestra insuperable de “poder duro”, con la exhibición de aviones y carros de combate; es decir, de imperialismo. Y entonces me coloca entre los adversarios. Contradicciones que tiene la vida; pura dialéctica hegelian

domingo, 14 de abril de 2019

América y la España eterna (1)


El 13 de agosto de 1521, heroicamente defendido por Cuauhtemoc, cayó Tlatelolco en poder de Hernán Cortés. No fue ni triunfo ni derrota. Fue el doloroso nacimiento del pueblo mestizo que es el México de hoy.
Placa en la plaza de las Tres Culturas (México, D.F.)

La carta de Méjico
Como si no tuviéramos el palenque bastante revuelto ante la inminente sucesión de citas electorales, ha llegado, para acabar de acentuar los enconos, la inoportuna solicitud del Presidente mejicano, Andrés Manuel López Obrador (AMLO) al Rey de España, instándole a pedir perdón a los pueblos originarios, por los excesos cometidos por los españoles durante la conquista y colonización de los territorios que hoy forman parte de aquella república.
La solicitud del presidente mejicano no se debe entender sólo como una posible reacción sentimental ni como un ingenuo y retórico llamamiento a restablecer los lazos entre ambos países -profundos desde hace décadas-, sino como una petición formal, oficial, que viene acompañada por cierta presión política y de una condena por adelantado, que ha suscitado, entre las fuerzas políticas,  respuestas que eran de prever, como ya veremos.
Entre otros gestos simbólicos con los que inaugura su mandato, López Obrador, que debe buena parte de su éxito electoral al voto de comunidades indígenas, pretende abrir una reflexión sobre la conquista de Méjico, que concluya en un relato que facilite la reconciliación de España con su antigua colonia. Como “hay heridas abiertas -afirma en un vídeo- es mejor reconocer que hubo abusos y se cometieron errores”, en tierras que fueron tomadas “por la espada y por la cruz”. A participar en esta reflexión, en la que él mismo se incluye, invita también al Papa Francisco, al que ha enviado una carta similar. “Hagamos juntos un relato de lo sucedido desde el inicio de la ocupación, de la invasión, de los tres siglos de colonia y también de los 200 años de México independiente“.
Pero el propósito no parece tanto llegar a elaborar un relato compartido sobre lo ocurrido en una etapa tan dilatada de tiempo, con la dificultad que eso conlleve, y que sería más propio de un foro de historiadores, como conseguir que España y el Vaticano asuman el veredicto de culpabilidad previamente enunciado y pidan perdón; lo que, de hacerse, implicaría asumir tal dictamen sin más discusión y considerarse culpables de antemano y a tanta distancia de los hechos. De no aceptar la solicitud, el presidente de Méjico anuncia que no asistirá a los actos de conmemoración de la fundación de Veracruz, hace 500 años, ni a los de la independencia, en 2021.
La petición soslaya que la independencia significó la derrota militar de España y la expulsión de los colonizadores, y que con eso debería quedar saldada la deuda, si es que hubo alguna que debiera saldarse de ese modo. Carece, pues, de sentido que la nación vencedora, o mejor dicho la clase criolla de la nación vencedora, pues fue la que realmente obtuvo provecho de la victoria, exija, 200 años después, un desagravio al gobierno de la nación vencida, que ya fue castigada con la expulsión del país y la pérdida de la colonia. Pero, como se ha visto después, con la independencia los indígenas ganaron poco, y por ello hay que volver a culpar a la antigua metrópoli, en vez de buscar las razones en la gestión de quienes han gobernado Méjico desde 1821.
Sorprende que López Obrador, un hombre blanco -un gachupín-, nieto de un exiliado español que llegó a Méjico desde el municipio santanderino de Ampuero, poseedor de un título universitario y con una larga carrera política a su espalda, quiera empezar su mandato -tomó posesión del cargo en diciembre de 2018- indisponiéndose con dos estados -España y el Vaticano- con los que su país, por cultura y por religión, está estrechamente emparentado, a no ser que persiga otra cosa.
AMLO, que desde el PRI ha pasado por varias formaciones políticas hasta llegar a la jefatura del Movimiento de Regeneración Nacional (MORENA), fue elegido presidente de la República en las elecciones federales de 2018, por la coalición “Juntos Haremos Historia”, formada por MORENA, el Partido del Trabajo y el Partido Encuentro Social. Candidatura que recibió el apoyo de varios políticos suramericanos, como Rafael Correa, Cristina Fernández y Ernesto Samper, y de algunos de la izquierda francesa (Melenchon) y española, como Miguel Ángel Revilla o Pablo Iglesias.
El Presidente, que ha impulsado una comisión para investigar la desaparición y presunta incineración de 43 estudiantes, ocurrida en el estado de Guerrero en 2014, parece que quiere señalar su mandato como diferente a los anteriores, iniciando una etapa justiciera, tanto sobre hechos del presente, que no se agotan en los crímenes en Guerrero, pues ahí están las atrocidades perpetradas por los traficantes de drogas y de personas (los coyotes), las luchas entre cárteles y la desaparición y asesinato de mujeres en Ciudad Juárez, como del pasado más remoto, inspirado en un indigenismo más retórico que práctico, con el que se suma a la ola revisionista sobre la historia de América, que muestra la llegada de los españoles al continente como un desastre, a Colón como un déspota y reduce la colonización al expolio de riqueza y al exterminio de nativos, y trata de reducir la importancia del descubrimiento y colonización de América quitando valor histórico al Nuevo Mundo, no sólo por el hecho de topar con un continente insospechado, sino porque su descubrimiento y exploración, junto con la circunnavegación del globo alteraron la percepción del mundo mantenida hasta entonces. El Nuevo Mundo arrumbaba al mundo viejo y daba paso realmente a un mundo nuevo, que abría las mentes más inquietas a nuevos descubrimientos en todos los órdenes del saber.
Así, el lema electoral “hacer historia”, ante las dificultades para cambiar en profundidad el estado de las cosas en un país que lleva camino de ser un Estado fallido, quizá se reduzca a reescribir la historia que ya está escrita, pero mirando a un pasado idealizado que absuelva de responsabilidad a la clase gobernante. Doctrina que cuenta con seguidores en otros países del hemisferio y, por supuesto, en Estados Unidos, donde el Día de Colón -Columbus Day- ha dejado de celebrarse en medio centenar de ciudades. En España también padecemos esta “fiebre revisionista”, como luego veremos.
Puede que la adscripción a esa ola sea la última razón para aludir a sucesos de hace 500 años como si fueran hechos insólitos en la historia de América y aún de la humanidad, y sorprende más que se haga en un mundo que ha avanzado mucho y bien en no pocos aspectos, pero que no ha logrado desterrar la guerra, la violencia y la crueldad de las relaciones entre sus habitantes, como lo prueban el gulag ruso, Auschwitz y Dachau, Hirosima y Nagasaki, dos guerras mundiales en el último siglo, en las que España, por cierto, no participó, y las que aún se libran en varios escenarios del planeta por motivos económicos, religiosos, raciales o tribales, por no hablar de las hambrunas, las migraciones masivas y otras catástrofes no naturales.
Cuando los españoles llegaron a América, la violencia ya estaba allí en forma de antropofagia, esclavitud y rituales sacrificios humanos, como muestra el Códice de Tudela[1], y sus habitantes vivían en un estado de conflicto permanente entre  comunidades indígenas y unos despóticos imperios que las enfeudaban. Y allí la dejaron cuando se marcharon, porque, en el caso de Méjico, como en el de otras repúblicas de Hispanoamérica, la historia ha sido pródiga en violencia política,  conflictos armados, revoluciones y restauraciones, desde la independencia en 1821 hasta bien entrado el siglo XX. Y no ha cesado en el XXI, aunque provocada por otros motivos.
No es que durante la conquista y la colonización de América, los españoles fueran pacíficos, que no lo fueron, pero, aparte de emplear la diplomacia para ganarse a unos aliados que eran absolutamente necesarios, dada la escasa tropa con que contaban para enfrentarse a fuerzas muy superiores en número, utilizaron medios y tácticas de guerra que eran habituales en Europa en aquella época. Nada de lo que haya que sentirse orgulloso, claro está, pero también hay que desterrar no pocas leyendas que desde muy pronto circularon sobre el Nuevo Mundo. Una tierra extraña y misteriosa, de fabulosa riqueza y ocultos tesoros, que se decía habitada por seres monstruosos, mitad hombres mitad bestias, y recorrida por espíritus malignos, que fue sometida a costa de matanzas de seres humanos, unas ciertas y otras no, atribuidas tanto al deseo de quienes abogaban por proteger a los indios, exagerando su sufrimiento para obtener de la Corona leyes favorables a su protección, como a los relatos de los propios conquistadores abultando sus hazañas en espera de obtener mejor recompensa. Aun así, no se puede negar que hubo violencia, pero tampoco se debe olvidar que no se trataba sólo de luchas con tribus aisladas, sino de guerras entre imperios; el imperio español, inferior en tropas pero mejor armado y dotado de tácticas superiores, enfrentado a otros imperios (el azteca, el maya o el incaico), cuyos guerreros superaban con mucha diferencia el número de soldados españoles. Luchas que no distaban mucho en crueldad de las que entonces asolaban Europa, escindida en guerras de religión.
Es difícil negar que hubo mortandad entre los aborígenes, menos por las armas y por la escueta tropa que las manejaba que por las enfermedades transmitidas por los españoles y por los animales que llevaban con ellos, ante las cuales la población nativa carecía de anticuerpos. Pero sin negar el daño causado, es curioso que esos relatos sobre la brutalidad española, que forman la interesada leyenda negra, surgieran en los países de cultura anglosajona que colonizaron América del Norte exterminando a los nativos y recluyendo a los supervivientes en reservas, a los que negaron derechos civiles hasta mediado el siglo XX.
La compartida opinión del general norteamericano Philip Sheridan (1831-1888) sobre el trato a dar a los nativos -“El único indio bueno es el indio muerto”-, obtenía su contraste en Méjico, donde, un indio contemporáneo suyo, el abogado de origen zapoteca Benito Juárez (1806-1872), alcanzaba la Presidencia de la República en 1858, antes de que el general yanqui se hiciera famoso por sus tácticas de tierra quemada en la guerra de Secesión y aplicara después su draconiana doctrina en las guerras indias, durante la conquista del Oeste.
Con excesiva frecuencia, los críticos resumen la conquista y colonización española de América en un par de palabras terribles -expolio y genocidio-, pero dejan de lado otras consideraciones.
Cierto es que durante decenios la minería fue la actividad primordial del Nuevo Mundo, que hubo exportación de oro, plata y otros metales, que enriquecieron a muchos desaprensivos, pero sirvieron para allegar fondos al imperio español y mantener el estandarte católico en las guerras de religión, entre otros destinos no siempre nobles, y también es cierto que existió el llamado asiento de negros, el vil comercio de esclavos, y que se mantuvo hasta finales del siglo XIX un fructífero comercio de metales, piedras preciosas, materias primas y productos obtenidos en haciendas y encomiendas, mediante el trabajo forzoso e incluso esclavizado con africanos arrancados de su tierra, aunque tales usos se suavizaron con el paso del tiempo y no fueron generales, pues hubo zonas donde los indios dispusieron de tierras. Méjico fue uno de los lugares donde antes se impuso el trabajo mediante salario y también donde los indios fueron expulsados de sus tierras y forzados a convertirse en peones, después de la independencia, como sucedió en tiempos de Porfirio Díaz, lo que fue una de las causas del movimiento campesino que sustentó el zapatismo en los años de la revolución. Pero tales conductas no fueron privativas de los españoles, pues ingleses, holandeses, portugueses, franceses, alemanes o italianos hicieron otro tanto en sus colonias, con efectos que han sido más persistentes, como en África, donde se han mantenido regímenes políticos racistas hasta casi las postrimerías del siglo XX, como un signo aciago de los tiempos. Pero ningún imperio es, en principio, humanitario y generoso. Es difícil imaginar al imperio británico siendo dadivoso en vez de rapaz y cuesta creer que Napoleón hubiera conquistado media Europa regalando a manos llenas. Sin hablar del terror sembrado por el rey Leopoldo II de Bélgica, para recoger el caucho en su finca del Congo, no en los albores del Renacimiento sino a finales del siglo XIX, tal como fue narrado por Joseph Conrad en su novela “El corazón de las tinieblas”.

Poderes “blandos”
Hasta aquí hemos aludido a vuela pluma a lo que se podría calificar de presión autoritaria de España sobre América -la conquista, la violencia, la guerra, el expolio, el trabajo forzado, etc-, es decir, a los aspectos más reprobables del ejercicio del poder; al “poder duro”, dicho en los términos que emplea Joseph Nye[2] para referirse a la hegemonía de Estados Unidos: El poder militar y el poder económico son ejemplos de poder duro, del poder de mando que se puede emplear para inducir a terceros a cambiar de postura. El poder duro puede basarse en incentivos (zanahorias) o en amenazas (palos). Pero también hay una forma indirecta de ejercer el poder.
Un país puede obtener los resultados que desea en política mundial porque otros países quieran seguir su estela, admirando sus valores, emulando su ejemplo, aspirando a sus niveles de prosperidad y apertura. En este sentido, es tan importante tener la vista puesta en la política mundial y atraer a terceros, como obligar a otros a cambiar mediante amenazas o el uso de armas militares o económicas. Este aspecto del poder -lograr que otros ambicionen lo que uno ambiciona- es lo que yo llamo poder blando. Más que coaccionar, absorbe a terceros.
Hablemos, pues, brevemente, del poder o de los poderes “blandos” empleados por los españoles en América.    
La innegable apetencia por la riqueza no impidió la preocupación por conocer la realidad de las Indias y la suerte de sus moradores. Pronto se empezó a hablar de los derechos de los otros, de los distintos, de los “salvajes”, y a admitir su existencia en condiciones de igualdad. Bartolomé de las Casas, Jerónimo de Mendieta, Diego Durán, Francisco de Vitoria, Juan de Torquemada y Bernardino de Sahagún fueron algunas de las figuras proclives a reconocer y garantizar los derechos de los nativos en sus personas y propiedades.
En la Junta de Valladolid, celebrada entre 1550 y 1551, tuvo lugar  la “Polémica de los naturales” acerca del trato a dar a los aborígenes, que mostró el debate entre dos opiniones enfrentadas. De un lado, Bartolomé de las Casas, estimado después como pionero en los derechos humanos, estuvo entre los protectores de los indios, y del otro, el sacerdote el antierasmista, Juan Ginés de Sepúlveda, que justificó el dominio de los españoles sobre los nativos, invocando el derecho de los pueblos civilizados a someter a los pueblos que no lo eran, a imponerles su civilización y educarles en su religión para situarlos al mismo nivel.  
Desde la perspectiva de hoy, laica y racional, la evangelización se percibe como un ejercicio de autoridad, complementario a la dominación política, para someter ideológicamente a la población de las colonias, pero, entonces, en la Europa azotada por la lucha entre católicos y protestantes, por un lado, y con el Islam, por otro, donde la religión aún conservaba una influencia fundamental sobre el pensamiento político y filosófico, sobre la moral y el derecho, sobre la producción y administración de la riqueza y también sobre guerra, la evangelización resumía en gran parte la noción de civilización propia del occidente europeo. A pesar de ello, antiguas creencias se mantuvieron, y otras se mezclaron con la religión católica y con otras procedentes de Europa y de África, dando lugar a un curioso fenómeno de cultos sincréticos, que persisten en la actualidad.  
No hay que olvidar que el descubrimiento y colonización de América tiene lugar mientras se asiste en Europa a la conflictiva transición de la noción teocéntrica del mundo a la visión antropocéntrica, a la afirmación de lo humano frente a lo divino, que era dominante en el pensamiento medieval. Con el Renacimiento empieza la gran ruptura ideológica con el viejo orden estamental y emerge la reclamación de la autonomía del sujeto, primero en el campo de la fe religiosa, luego en el de la ciencia, la política y la economía, que tendría su continuación en la Ilustración y el liberalismo, hasta cuajar en la figura del ciudadano. Pero la mentalidad del viejo orden, que socialmente se erigía sobre la figura del súbdito, se negaba a desaparecer y halló reductos desde donde resistir la presión de la Modernidad, y esa dualidad, esa contradicción entre lo viejo y lo nuevo, acentuada por la revolución industrial y la progresiva extensión del mercado, estuvo presente tanto en España, en la metrópoli, como en las colonias cuando se emanciparon, y explica en buena medida su evolución y las dificultades de su adaptación al mundo contemporáneo.
Entre las expresiones del “poder blando” de España en América debe figurar en primer lugar la lengua castellana, con diversos acentos, necesaria para gobernar el continente, que no impidió el aprendizaje de algunas de las lenguas principales que allí se hablaban, varios centenares hoy día, para entenderse con los nativos. Pero la lengua castellana, superior como medio de comunicación a los sistemas de glifos y pictogramas de las lenguas autóctonas, fue minoritaria durante decenios; era la lengua de los españoles, de la administración, de la política; la lengua militar y del comercio con la Península, que se hizo dominante después de la independencia.
Al producirse las independencias -escribe Grijelmo[3]-, la hablaban tres millones de personas, de los 13 millones que habitaban entonces Hispanoamérica. La verdadera implantación del español fue obra de las nuevas repúblicas, que lo eligieron en detrimento de otras lenguas autóctonas que seguían (y siguen) vivas. 
La lengua unificó el continente; se habla español desde California hasta el Cabo de Hornos, y Méjico, con más de 120 millones habitantes, es el país que más contribuye a la expansión de español en el mundo. Le sigue Estados Unidos, como lengua no oficial, donde lo hablan 40 millones de personas, como lengua nativa, y otros 12 millones como lengua de segunda y tercera generación. Le siguen Colombia, con 48 millones, y Argentina con 42 millones. En Brasil es lengua obligatoria en la enseñanza y la gran semejanza con el portugués ha generado el “portuñol”, un híbrido de ambas surgido espontáneamente en zonas de contacto con países hispanohablantes. Según el Instituto Cervantes, en el año 2017, hablaban español 572 millones de personas en todo el mundo, con una proyección de 754 millones a mediados de este siglo. Pero la lengua no es sólo un importante vehículo político y cultural, sino un poderoso factor de desarrollo económico en el mercado internacional y una poderosa herramienta en la sociedad de la información.   
Es preciso recordar, que, en su obra de difusión cultural, España, durante su estancia en América como potencia colonial, fundó más de treinta universidades a lo largo de todo el continente, y al menos seis en Méjico -dos en la ciudad de Méjico (en 1551 y 1645), en Mérida (en 1622), en Puebla (1578), en Guadalajara (1792) y en Celaya (1726). Y entre los resultados de esa obra hay que señalar la delimitación territorial y la identidad del continente ante el resto del mundo, cuya historia moderna no se comprende sin la presencia política y económica de América. Aunque la unidad continental, conseguida por el imperio español y anhelada también por algunos caudillos independentistas, se fragmentase tras las luchas por la independencia, dando lugar a una balcanización política y territorial, que, desde 1823, al amparo de la doctrina Monroe, fue aprovechada por Estados Unidos para intervenir estratégicamente en el subcontinente, no para cooperar en la emancipación de las jóvenes repúblicas, ayudando a superar las diferencias sociales y raciales del pasado colonial, proteger su patrimonio cultural y sus fuentes de riqueza, sino para aprovecharlas, en su propio interés, contando con la anuencia de las oligarquías de cada país, en una colaboración que llega hasta hoy. De ahí que la nueva perspectiva de la unidad continental se obtenga desde la Casa Blanca a través de organismos como la Organización de Estados Americanos (OEA), el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), la Junta Interamericana de Defensa, planes de desarrollo y acuerdos comerciales,  que aseguran la dependencia económica, amparada en la protección política y militar dispensada por el nuevo imperio.
Poniéndonos un poco cursis, podemos hablar del “poder amoroso”, como otra expresión del “poder blando”, cuya consecuencia es la mezcla racial, el mestizaje que recorre de arriba abajo Iberoamérica. La relación sexual entre razas aparece pronto con doña Marina, la Malinche, prisionera maya de los aztecas y amante de Hernán Cortés, así como con otras jóvenes indígenas que se emparejaron con españoles.
Sobre este asunto conviene recodar la Real Cédula de Carlos I, de diciembre de 1533, dirigida a las autoridades de Tenochtitlán recabando información sobre las Indias y sus habitantes[4], que, entre otras instrucciones, solicita: Y asimismo, de las calidades y extrañezas que en ella hay, particularmente las de cada pueblo por sí, y qué población de gentes hay en ella de los naturales, poniendo sus ritos y costumbres particularmente. Y asimismo qué vecinos y moradores de españoles hay en ella, y dónde vive cada uno y cuántos de ellos son casados con españoles y con indias, y cuántos por casar.
Hoy, los descendientes de aquellas belicosas comunidades con que se toparon los soldados españoles forman parte importante de la población de América, y en algunos países son la población mayoritaria. Es más, los descendientes de aquellos indios están o han estado en fecha reciente al frente de varios gobiernos iberoamericanos.
También los descendientes de aquellos aborígenes que se opusieron o aliaron con Hernán Cortés, son pobladores de Méjico, pero no han sido visibles para la  estrecha oligarquía que rige desde hace décadas los destinos del país, porque forman parte de las clases subalternas, de la parte más pobre, desatendida y miserable de las clases subalternas, lo cual explica, en parte, la pacífica rebelión de los mayas en Chiapas, encabezada por el subcomandante Marcos, y la deriva violenta de los jóvenes más pobres, atrapados en las redes de la delincuencia por falta de oportunidades legales para sobrevivir dignamente.
Así, que por ahí debería empezar el señor López Obrador, no exigiendo que los españoles pidan perdón por hechos ocurridos hace 500 años y a lo largo de trescientos, petición que se puede aceptar como gesto diplomático con todos los matices que se quieran añadir, sino pidiéndolo él por las iniquidades que padecen hoy muchos de sus compatriotas.
Debería solicitar perdón como miembro de la clase gobernante por los hechos ocurridos en octubre de 1968, durante la presidencia de Díaz Ordaz, cuando la policía disparó contra una concentración de estudiantes en la plaza de Tlatelolco, provocando una cifra aún desconocida de víctimas, que diversas fuentes sitúan entre 300 y 400 personas muertas, sin que el caso se haya esclarecido hasta la fecha.
También debería hacerlo por las mujeres secuestradas, torturadas, asesinadas o desaparecidas en la fronteriza Ciudad Juárez y por los asesinatos de maestros, estudiantes, activistas sociales y periodistas que investigan el narcotráfico y la corrupción política, porque tiene en su tierra una violencia que es cotidiana y se ejerce sobre ciudadanos mejicanos, sean o no descendientes de los aztecas, de los mayas o de cualquiera de las otras etnias.
Y ya puestos a recordar el ayer, también debería pedir disculpas al Gobierno español y al Rey de España, por no haber sabido conservar el legado recibido en 1821, ya que, en 1836, Méjico perdió Tejas, en los célebres episodios de El Álamo y San Jacinto, y en 1848, en virtud del Tratado de Guadalupe-Hidalgo, perdió más de la mitad de su territorio en favor de Estados Unidos, lo que dio paso a los estados norteamericanos de California, Nevada, Nuevo Méjico, Utah, Tejas, y parte de los de Arizona, Colorado, Oklahoma, Kansas y Wyoming.
Una gran pérdida para el país, atribuible a la clase política de entonces, que no parece alcanzar a la clase política de hoy cuando intenta obtener réditos políticos removiendo el pasado.

Madrid, abril, 2019.



[1] Puede verse en el Museo de América, en la Ciudad Universitaria de Madrid.
[2] J. S Nye: La paradoja del poder norteamericano, Madrid, Taurus, 2003, p. 30. 
[3] A. Grijelmo: “Algunos bulos solemnes”, El País, Ideas, 7/4/2019, p. 12.
[4] Sobre el mestizaje, remito de nuevo al Museo de América, en Madrid.