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martes, 28 de enero de 2020

De “Junts pel Sí” a “Ahora ya no”


Ayer, en el Parlament, tuvo lugar otra sesión histórica -histriónica, más bien- del sainete en que se ha convertido la actividad política en Cataluña.
El President vicario del President fugado fue despojado de su acta de diputado, por una orden de la Junta Electoral Central, respaldada por el Tribunal Supremo, que fue acatada por el republicano Roger Torrent, presidente del Parlament, lo cual supuso un paso más en la progresiva separación de ERC y JuntsperCat.
La pérdida del acta fue la consecuencia de otro tropezón con la justicia de quien, aprovechándose de su cargo de President, ha tenido hasta ahora como única actividad institucional el impulsar la independencia provocando incidentes y desafiando las leyes, como si fuera un mozalbete de los CDR. Y con los jueces se ha encontrado.
Es decir, Torra parece dedicado a seguir el camino opuesto al de ERC de desjudicializar la política (sin que sepamos en qué se va a concretar eso) suscitando la apertura de un caso judicial tras otro contra su propia persona. Por cierto, y hablando de tribunales, el juez pide imputar a otros doce altos cargos de Convergencia por su (presunta) participación en la trama de corrupción del 3%. También está pendiente de declarar el Sindic de Greuges, Rafael Ribó, clarísimo ejemplo de la deriva ideológica de la izquierda pesebrista, por aceptar favores en especie. Pero volvamos a lo de ayer.
Muy enfadado por la deslealtad de su socio, y hasta hace cuatro días comparsa del disparate, salió de la cámara llevándose a los suyos y ahí quedo eso: es decir, los Presupuestos.
Torra parece dispuesto a desbaratar el intento de ERC de avenirse a dialogar -ahora todo es diálogo- con el Gobierno de Sánchez para sacar a su gente de la cárcel. Y a veremos cómo lo consigue. Lo cual exige aflojar la tensión, pero Torra cree que cuanto peor vayan las cosas, mejor para el “procés”, que está agonizando. Junqueras ha insistido en llegar a un refrendo negociado y ayer sólo se reunieron doscientas personas en la calle para apoyar a Torra. Y quemaron un contenedor de basura. Un acto simbólico.
De aquello de la lista del President y de Junts pel Sí, hemos pasado al “Prou. Ara ja no”. Pero el Gobierno de España depende de ese manicomio.   

    

sábado, 14 de diciembre de 2019

Quizás, quizás, quizás


Siempre que te pregunto,
Que cuándo, cómo y dónde,
tú siempre me respondes
Quizás, quizás, quizás
Y así pasan los días,
y yo voy desesperando,
y tú, tú, tú contestando
quizás, quizás, quizás.
Estás perdiendo el tiempo, pensando, pensando…

Este bolero del cubano Osvaldo Farrés, popularizado por Bobby Capó, el trío Los Panchos y por tantas otras versiones, ilustra bien el momento que vivimos, o mejor, que sufrimos, porque la esencia del bolero es el sufrimiento. 
Pedro Sánchez, presionado dentro y fuera del PSOE, a izquierda y derecha, desde el centro y la periferia, por aliados y adversarios, quiere concluir antes de Navidad las conversaciones para lograr el pacto de investidura. Si lo lograse, sería algo así como acertar el premio gordo de la lotería.
Ya ha logrado el condicionado respaldo de una heteróclita cohorte de aliados, que no es suficiente, por lo cual precisa imperiosamente el apoyo de ERC para comenzar una legislatura, que, en principio no parece fácil. Pero en ERC se lo toman con calma; estudian el posible coste de la operación de apoyo y, sobre todo cómo queda la situación de Oriol Junqueras, y recomiendan a Sánchez que tenga paciencia hasta el mes de enero, a ver si los Reyes Magos le traen de regalo una investidura, que no será gratis. Tienen al PSOE macerando, como si España fuera el concurso “Máster chef”.
No importa, pues, que llevemos así cuatro años. Desde las elecciones de 2015, estamos en “funciones”; no sólo el gobierno, sino que todo el país está “en funciones” -“stand by” o en tiempo de adviento-, a la espera de la buena nueva de un pacto de Gobierno; pero no hay prisa. En ERC se dejan querer, pero no ceden, necesitan tiempo para demostrar quién manda, quien es el árbitro, quién puede decidir que haya un gobierno poco estable o mandar todo al garete, porque, tal cómo están las cosas, no hay otro gobierno posible.  
Hemos vuelto a aquella situación del Tripartito catalán, cuando Carod Rovira, con apenas 500.000 votos detrás, decía que tenía la llave de dos gobiernos: el de Cataluña, presidido por Maragall, y el de España, presidido por Zapatero.  
Es tristemente paradójico que la suerte de Sánchez, del PSOE y del país, dependan de un socio tan poco fiable como ERC, que precipitó las elecciones del 28 de abril al negar el “placet” a los Presupuestos del Gobierno socialista, que, además de tener un fuerte contenido social -por ese lado, ERC siempre muestra la debilidad de su izquierdismo-, reemplazaban a los de Rajoy, al que tanta consideración guardan los independentistas catalanes. 
Hay que recordar que ERC, cuando se discutía el proyecto de Estatut en 2005, antes de aprobarse ya le ponía fecha de caducidad. Luego renegó de él, después lo abrazó con fervor y, finalmente, aprobó su abolición y la de la Constitución, en las vergonzosas sesiones del Parlament los días 6 y 7 de septiembre de 2017, y fue, en pugna con los exconvergentes, impulsor de los sucesos posteriores que culminaron en la declaración unilateral de independencia.
Y parece una broma del destino que el sujeto que acusó al President de la Generalitat de traicionar el “procés” por “155 monedas de plata”, que provocó la aplicación del artículo 155 de la Constitución y la fuga de Puigdemont y otros consejeros hacia Bélgica, ahora sea el escogido para negociar el acuerdo de investidura, y, su partido, con una acreditada trayectoria de deslealtad, pueda ser considerado un apoyo fiable del futuro Gobierno. Pero eso es lo que hay.
Una compleja arquitectura institucional, una dejación de décadas ante la pujanza del nacionalismo y unos errores de bulto a izquierda y derecha, han hecho posible esta endiablada situación, en que los apremiantes retos que España tiene planteados ante un proyecto europeo en descomposición en un mundo aceleradamente cambiante y con problemas urgentes que afrontar, tienen al país paralizado por la presión de un partido político cuyo rasgo más notorio es el rural arcaísmo de la Cataluña interior.     
Alma carlista, intransigencia católica, cazurrería provinciana y oportunismo político, eso es ERC.


lunes, 20 de mayo de 2019

O nacionalista o de izquierda


Aquí y ahora no se puede ser, a la vez, nacionalista y de izquierda. Quizá en otro momento sí fue posible o incluso necesario; no lo discuto. Quizá en otros lugares, en otros países y en otras circunstancias, los proyectos de la izquierda y del nacionalismo hayan podido andar parejos o incluso compartir un objetivo común; es posible. Pero hoy, aquí y ahora, en España, no se puede ser a la vez nacionalista y de izquierda, porque sus objetivos chocan; no sólo no convergen sino que se oponen, son contradictorios.
Desde hace décadas, el nacionalismo no es un aliado para la izquierda sino un foco de problemas, un elemento de distorsión ideológica y de confusión política; un artero y desleal adversario, que actúa como una máquina de picar carne destruyendo el programa social e igualitario, civil y moderno de la izquierda, y triturándolo bajo la muela de lo natural, lo ancestral, lo identitario y, presuntamente, auténtico, pero subordinado al injusto orden emanado del centralismo estatal. Una vez picado su programa, lo engulle y lo asimila y lo pone al servicio de un victimismo cultivado con tesón.
A las izquierdas españolas les cuesta afrontar la realidad del país, se pierden en mirar cada uno de los árboles, por lo general sauces llorones, pero no ven el conjunto del bosque; no saben ubicar correctamente la tensión entre la unidad y la diversidad, entre las partes y el todo; entre lo común y compartido y lo particular y privativo, en lo que es realmente el país, porque una persistente idea les lleva a confundir España con la imagen de ella legada por el régimen de Franco.
El inesperado legado de la pertinaz propaganda franquista ha sido hacer creer a buena parte de la izquierda, en particular a la más radical, que el carácter temporal del régimen expresaba la esencia imperecedera del país, que España era como la dictadura y que su historia verdadera era el relato de los mitos de la Cruzada.
Ante lo cual, esa izquierda antifranquista no reaccionó racionalmente contra los mitos sino de forma emotiva, pues rechazó los mitos franquistas pero acabó aceptando los mitos de los nacionalismos periféricos, que, en parte, pero sólo en parte, como mitos de clase, se le oponían.
De lo cual resultaba una curiosa y arbitraria distinción: la derecha española era heredera del franquismo, autoritaria, retrógrada y centralista, y las derechas nacionalistas, vasca, gallega y catalana eran democráticas, progresistas y antifranquistas. La elección estaba clara.
La consecuencia de ello ha sido que la izquierda más opuesta a la dictadura fue derrotada y subsumida por las derechas refugiadas en el nacionalismo periférico. La descarnada derecha del Partido Popular, con su desigualitario programa, ayuda, por reacción, a la izquierda a mantener su proyecto, pero su centralismo incide en la débil noción del Estado que padece buena parte de la izquierda y suscita la reacción opuesta, la tendencia hacia la periferia, circunstancia que las derechas nacionalistas utilizan en su favor.
Desaparecidos los proyectos de la izquierda y la extrema izquierda de tendencia comunista en favor de los nacionalismos periféricos, la "nueva" izquierda ha nacido aceptando como un dato incuestionable esa dependencia ideológica, con lo cual está atrapada en la defensa del nacionalismo burgués como las moscas en la miel.
Esta izquierda se ha sumado a las versiones locales del lamento joseantoniano -“me duele España”- con una retahíla de jeremiadas del mismo estilo -“me duele Cataluña”, “me duele Euskadi”, “me duele Galicia”, “me duele Andalucía”, etc-; es decir, me duele cualquier región o, mejor, cualquier nación, menos España, que no puede doler porque no existe. Hemos vuelto a 1949, a “España como problema”, o incluso más atrás.
España, cuando no se puede evitar nombrarla, es sólo el nombre impostado de una entidad jurídica y una maquinaria administrativa, que es el Estado; una superestructura hueca sin calor humano, privada de habitantes, de verdadera nación, y poblada por obedientes funcionarios, que cumplen como autómatas la burocrática labor de ayudar a la derecha centralista a gobernar despóticamente sobre las naciones que habitan la Península Ibérica. El español es un Estado sin pueblo, sin nación propia; una nación fallida pero con un Estado real, que asfixia a las verdaderas naciones que mantiene bajo su dominación y que aspiran a tener sus propios estados.
El ideario nacionalista aduce que, una vez liberada de la oprobiosa tutela del Estado español, surgirá sin límites la auténtica expresión de esos pueblos, sus identidades milenarias, sus historias particulares, sus lenguas, sus costumbres ancestrales, los rasgos peculiares y sus preferencias verdaderas, hoy sofocadas por el persistente centralismo franquista.
Hay una izquierda, o más de una, que afirma que hay que ayudar a que eso sea cierto, a que las oprimidas naciones, indeterminadas en número, se manifiesten con toda su pujanza y decidan en referéndum sobre el artificial conjunto, pues lo valioso es la diversidad, que hay que mantener a toda costa, aunque económicamente sea conveniente llegar a ciertos acuerdos de cooperación, por supuesto, voluntarios, para construir algo mayor pero sin condicionar el poder de lo local, natural y verdadero.
Es una teoría del Estado que en la nueva izquierda coincide con la teoría del Partido, en la cual es decisiva la confluencia de las partes. Confluencia es la palabra mágica que produce la unidad a partir de la dispersión y la ruptura. El Estado debe ser resultado de la libre confluencia de naciones soberanas, y el Partido será el resultado de la libre confluencia de grupos políticos nacionales, regionales y locales.
El origen tal teoría puede ser el intento de justificar la impotencia o la falta de capacidad para fundar un partido estructurado o bien la aplicación de un viejo principio que la izquierda sigue al pie de la letra desde hace décadas: divide y perderás.

20/5/2019


jueves, 14 de marzo de 2019

Cosas de Spain


La izquierda y la derecha son productos del país, tan típicos como los toros, los churros o las gambas al ajillo. Y este país, por su historia política, económica y académica, es poco racional; es emotivo, crédulo e ignorante; primitivo y espontáneo. Lo mejor de la universidad, lo crítico, lo avanzado, lo racional, se vació con la derrota de la República (que sucedió a un régimen desgastado y corrompido) y, tras la guerra civil, fue rellenada con rábulas del Movimiento Nacional, y eso dio sus resultados en gran parte de la clase política y económica que hizo la transición y no se corrigió después; la universidad está burocratizada, tomada por grupos de presión políticos y confesionales; aburre, agoniza, es un muermo. La gran obra destructora de Franco durará más de cien años, que se dice pronto. Y una de las consecuencias es la mediocridad y la corrupción de élites políticas, económicas y culturales, que deberían ser un ejemplo para la gente corriente.
Falta cultura, ejercicio de la libertad, discusión, democracia, laicismo, tolerancia, pragmatismo, racionalidad, generosidad y mirada a largo plazo y alrededor (al mundo) en las clases que dirigen, no te digo ya en las que no lo hacen. 
Mucha ignorancia, despreocupación por lo que no sea evidente e inmediato, mucho fútbol y poca lectura. Sobra opinión visceral y propuestas maximalistas. Y sobran postín y postureo; somos postineros, en dinero, en posición y en saber; solemos ir de "enteraos". Y sobra intransigencia respecto a las opiniones discrepantes. Políticamente es difícil discutir, y casi imposible llegar a acuerdos. Poca gente se toma la molestia de escuchar; nos gusta hablar, pero no escuchar, y lo que parecen diálogos, en realidad son monólogos simultáneos.

El caso de la monarquía es un claro ejemplo. Su restauración fue problemática desde el punto de vista de la legitimidad, pero, bueno, se hizo, los partidos políticos la aceptaron, pero el problema vuelve a salir ahora, y no está resuelto, ni para mucha gente que hizo la transición ni desde luego para los que nacieron después. Y podría resolverse con un referéndum, que, al menos hoy (más adelante no lo sé), daría la victoria a los monárquicos. Eso daría una legitimidad irrebatible. Pero con la derecha de este país no hay manera; porque es irracional y autoritaria.   

Podemos. No es como IU, que desea permanecer en la oposición para siempre. Podemos aspira a gobernar, por tanto sólo puede crecer con un programa amplio, que será un populismo de izquierdas o algo parecido. No creo que sea un monstruo muy distinto de los que hay; les faltan tablas y hay que dejarles que aprendan y se den cuenta de que las movilizaciones se acaban y que las estructuras perduran. A lo mejor inventan algo nuevo y mejor será que lo hagan manteniendo una relación estrecha con los ciudadanos sin dejarse encerrar en las instituciones como les ha ocurrido a los demás.

Cataluña y País vasco son casos típicos de cerrilismo. Objetivamente son movimientos reaccionarios, sobre todo el caso de ETA, que es un producto del siglo XIX, es carlismo en estado casi puro, con un envoltorio tercermundista. Y ERC no le va a la zaga. 

Mensaje al Perich (17/6/2014)


jueves, 14 de febrero de 2019

Junqueras juzga al tribunal


El vicepresident del Govern de la Generalitat en los días de autos, Oriol Junqueras, después de anunciar que no responderá a las preguntas de la fiscalía, de la abogacía del Estado y de la acusación particular, ha mantenido una entretenida charla con su abogado defensor, mediante la cual, tras aceptar con cristiana humildad el brillante currículo profesional y la pacífica trayectoria vital que le ha preparado el letrado, ha impartido un cursillo sobre las bondades del nacionalismo y sobre su indudable talante democrático, en el que se le ha olvidado citar como ejemplo, que los independentistas sólo tienen el respaldo del 37% del censo y el 48% de los votos válidos, y que el partido más votado en Cataluña es Ciudadanos. Pero eso son pelillos a la mar, lo importante es lo que han  afirmado los independentistas siempre que han tenido ocasión y Torra hace unos días, que ellos obedecían el mandato del pueblo catalán emitido el día 1 de octubre. Vale.
Tras las arengas en favor de los justiciables con que los abogados defensores obsequiaron a los presentes en la sala, en la sesión del primer día, Junqueras ha decido juzgar a los juzgadores y convertirse en acusador espontáneo con una sarta de frases para pasar a la historia. Ha recalcado su objetivo político -“no renunciaré al derecho de autodeterminación”- y descalificado el proceso mismo: “Este es un juicio político”, “me considero un preso político”.
Además ha negado algunos de los cargos que sin duda le van a hacer: “No se usó dinero público en el referéndum”, “siempre hemos rechazado la violencia” y finalmente ha dictado a los jueces lo que deben hacer -“Esto no se resuelve poniendo a la gente en la cárcel”- y señalado que están colocados en el lado equivocado de la historia: “Nada de lo que hemos hecho es delito”, “votar no es delito, impedirlo por la fuerza sí”. Y luego, como en un desplante torero, ha dejado en el aire una frase -“Nuestra propuesta de solución política sigue vigente”- para brindar una salida airosa al estado español, que viene a decir déjense de pamplinas y vamos a negociar con alguien que sea valiente, no como Pedro Sánchez.    
Con esta actuación desde las filas del martirologio del catalanismo irredento, Junqueras espera arañar unos cuantos votos a su odiado rival, y sin embargo colega en esta aventura, que está en Bélgica viendo el juicio por televisión.

sábado, 19 de enero de 2019

Junqueras. Erre que erre.

Podría creerse que ha entrado en razón, pero no. Admite que la jugada les salió mal, (porque no recibió apoyo exterior, que era lo que ingenuamente esperaban; si la llegan a tener estaríamos hablando de otra cosa), pero mantiene la corrección y la oportunidad del procés: 
El "Gobierno no entiende el verdadero sentido de la democracia" (él sí), porque "reprime los derechos, como el derecho de Cataluña a decidir libremente su futuro", "la extrema derecha nos persigue en los tribunales. Somos una garantía de defensa de la democracia", "jamás hemos actuado contra la legalidad vigente, jamás la hemos vulnerado. Convocar un referéndum no es ilegal, fue excluido del Código Penal de forma explícita" "No estábamos modificando el Estatut en aquel momento (6 y 7 de septiembre). Y por tanto, carece de sentido invocar el artículo 222 para aquella coyuntura". "En Canadá, tras un referéndum convocado unilateralmente, el Tribunal Supremo lo que hizo fue vehicular la demanda, no castigarla, porque las cuestiones políticas se tratan políticamente" "Yo siempre tuve presente que el aparato del Estado no podría resistir la tentación de encarcelarnos". Y así sucesivamente.

Entrevista de M. Noger y X. Vidal Folch, El País, 19/1/2019, pp 16 y 17

domingo, 20 de mayo de 2018

President


Por fin Cataluña tiene President. A los nacionalistas les ha costado cinco meses encontrar una persona que pueda ejercer el cargo. Dado el tiempo transcurrido desde las elecciones y los ardides seudolegales empleados para intentar colocar en la Generalitat a un presidente huido de la justicia y que además reside en el extranjero, Joaquim Torra parece el candidato más presentable que tienen a mano, pues ha concitado también el apoyo, indirecto y calculado pero eficaz para el objetivo perseguido, de la CUP; esa extravagante fuerza de ultraizquierda, que desde que comenzó el “Procés” apoya sin desmayo a la derecha radical, racista y clerical catalana.
En la toma de posesión, los nacionalistas han desestimado el protocolo habitual para seguir el guion vodevilesco con el que intentan demostrar a cada paso que son diferentes y que Cataluña no es España.
Han renunciado al salón de plenos, a los discursos de rigor y al ritual traspaso de poderes, pues la ceremonia ha tenido lugar en una sala presidida por una imagen de la Virgen de Montserrat, con la asistencia de una docena de personas de las más allegadas. No asistieron los anteriores presidentes, ni los grupos parlamentarios, ni hubo periodistas independientes o no afines, ni tampoco representantes del Gobierno central, ya que Torra exigió la presencia de una persona con rango inferior al de ministro. Condición que fue rechazada.
Así, pues, desprovisto de cualquier solemnidad, en aras de la “sencillez”, de la brevedad -apenas cinco minutos- y de la eficacia -no hay que perder un minuto en bobadas, mientras espera la República-, Torra tomó posesión del cargo de presidente autonómico sin acatar la Constitución y prometiendo fidelidad al pueblo de Cataluña, cualquiera que sea éste, en cantidad y en cualidad, en el imaginario del “molt Honorable”, porque el partido más votado fue Ciudadanos, dirigido por una txarnega y además guapa, aunque sus ancestros procedan de la degradada raza semítica del sur de la península. Lo cual representa una afrenta a la supremacía catalana, que es uno de los ejes del furibundo ideario del nuevo President. 
Concluido el acto, lejos de la ansiada normalidad que tantos ciudadanos desean, en Cataluña sigue reinando el esperpento con un nuevo presidente calificado de provisional por el anterior, que es quien lo ha designado, y degradado por él mismo cuando considera a Puigdemont el “legítimo President”, con lo cual sólo cabe concluir que Torra se considera un presidente “ilegítimo” en este régimen bicéfalo, que establece un mando en Germania y otro en la Marca Hispánica, subordinado al primero, como en tiempos de Carlomagno. Puede que esté ahí la explicación de la brevedad y el tono de trámite burocrático que tuvo la ceremonia.
De este modo, Torra da por bueno el argumento de Puigdemont de no reconocer el resultado de las elecciones de diciembre de 2017, efectuadas al amparo del artículo 155 de la Constitución. Pero, desde el momento en que Puigdemont y su partido concurrieron a los comicios, legitimaron la convocatoria electoral y recibieron su legitimidad política del resultado de las urnas.
Puigdemont no está perseguido por la ley por concurrir a unas elecciones, ni por haber defendido la independencia ni por opinar a favor de la secesión de Cataluña, sino por haber preparado concienzudamente el camino sin tener competencias para ello y por intentar llevarla a cabo, desoyendo de manera reiterada los llamamientos del Tribunal Constitucional para que no lo hiciera, que es en lo que disienten los nacionalistas y algunos juristas, que parecen inclinarse por la indulgencia: lo intentó pero no lo consiguió, así que no ha pasado nada.
Quim Torra, President provisional designado por el Ausente, ha afirmado que gobernará para todos los catalanes. No es mal deseo, pero teniendo en cuenta su labor en Omnium Cultural y como comisario del Born, y conociendo cómo piensa y cómo siente, es de temer que la supremacía racial, proclamada en decenas de sus artículos, se convierta en la doctrina de Estado que guíe su mandato y configure el armazón ideológico y político de la futura República.
La verdad es que da un poco de vértigo, pero no hay que desesperar, sino esperar y ver. Torras más altas han caído.

miércoles, 16 de mayo de 2018

La cabeza de la serpiente


El día claro es el que hace salir a la víbora, y eso requiere andar con cuidado (…) Así pues, hay que considerarle como un huevo de serpiente, que, si se incuba, será tan dañino como todos los de su especie, por eso hay que matarle en el cascarón.
(Shakespeare: Bruto, en Julio César, acto II).

En Cataluña, uno tras otro, los tópicos nacionalistas van cayendo, desmentidos por la realidad. Uno de ellos, básico, ha sido afirmar que el nacionalismo catalán, a diferencia del vasco, no es un nacionalismo étnico sino cívico, pues no tiene una base biológica sino política y cultural. Una formulación más del repertorio de tópicos de la mitología catalanista, basada en la sublimación del “seny”, de la cordura y la sensatez, como filosofía de la vida y como un rasgo del buen talante de gente democrática y laboriosa, predispuesta al comercio y al diálogo fructífero antes que al enfrentamiento. Palabras.
Retórica, que, para mucha gente de dentro y de fuera de Cataluña, se pudo mantener mientras crecía el embrión de la serpiente.
En 1977, el cineasta sueco Ingmar Bergman dirigió la película “El huevo de la serpiente”, título seguramente sugerido por la tragedia de Shakespeare, el cual quizá tomó la idea de Plinio el Viejo, quién como cónsul o procónsul romano en Germania pudo tener contacto con los mitos bárbaros de la región, entre los cuales la serpiente jugaba, al parecer, un papel importante. Quizá fuese así, y no sería extraño que ETA, que siempre quiso legitimarse como heredera de un pueblo milenario, fuera partícipe de una idea similar al adoptar como emblema el hacha y la culebra.  
El caso es que en la película de Bergman, situada en Alemania, en los años de gestación del movimiento nacional socialista, uno de los personajes indica que la fina membrana del huevo permite ver como dentro se agita, vivo, el reptil.
Desde entonces, el huevo de la serpiente se ha usado como una metáfora del fascismo en ascenso, del fascismo embrionario, con el cual hay que acabar antes de que se desarrolle y acabe mordiendo. Ese es el sentido en que Bruto, en la tragedia de Shakespeare, utiliza la metáfora para justificar el asesinato de Julio César antes de que llegue a ser rey, pues una vez que lo sea habrá acabado con la República, a la que Bruto y los otros conjurados en el crimen defienden.
En Cataluña, el huevo de la serpiente se ha incubado durante décadas a base de quejas y de victimismo, de continuas exigencias al gobierno central, de sugerir la idea de que la Generalitat es una institución propia y no una parte del Estado español; de adoctrinar en las aulas, de tergiversar los hechos y de amañar la historia para hacerla coincidir con el relato de que existe una ofensiva de España contra Cataluña, un conflicto de siglos que debe ser resuelto aceptando el plan de los nacionalistas. Y resultado, también, de grandes dosis de propaganda, de trampas semánticas y de frases simples que encierran aparentes e incontrovertibles verdades para soliviantar a una parte de la población poco informada u educada desde hace tiempo en las verdades del barquero del nacionalismo, y dirigirla contra sus propios vecinos, con el fin de extraer de tal división de Cataluña la ciudadanía combativa que precisa el proyecto independentista.
La membrana de la retórica nacionalista no era totalmente opaca, pues permitía ver que el bicho que había en su interior estaba vivo. Había quien lo negaba, quien no miraba y quien miraba y no lo veía, pero allí estaba el reptil, se movía y crecía.
Bien, ya ha sacado la cabeza. El peor pronóstico se ha cumplido y ha llegado al Govern de Cataluña un digno representante de tales ideas.
Dejando aparte sus comentarios en las redes -los “tuits”- que, por su brevedad y la prisa con que pueden haber sido escritos no se deben considerar una fiel expresión de sus ideas, los artículos de Quim Torra, que se suponen meditados antes de redactarse, dejan pocas dudas respecto a su ideología.
Torra es un admirador de Estat Catalá, una organización separatista y fascista de los años treinta del siglo pasado, que tenía sus propias milicias armadas, y de los hermanos Badía. Uno de ellos, Miquel, participó en un atentado frustrado contra Alfonso XIII, fue Secretario de Orden Público de la Generalitat, organizó a los escamots, un grupo paramilitar, y obtuvo (mala) fama como perseguidor de los anarquistas, en particular de la FAI, que finalmente acabó con su vida y la de su hermano, en abril de 1936.
Pero Torra no es sólo un admirador de personajes y sucesos del pasado, sino que es un doctrinario de los peores componentes del nacionalismo coetáneo. En uno de sus artículos escritos durante el “procés”, calificaba de bestias, de hienas, de víboras y carroñeros a los españoles y, claro, a los catalanes que rechazan su excluyente proyecto político, a los que atribuye un odio a Cataluña insertado en el ADN.
Se supone que Puigdemont, que es quien ha designado a Torra como candidato a presidir el gobierno catalán, que quienes han aceptado tal designación y lo han propuesto en el Parlament y quienes le han votado comparten el supuesto de que es la persona más adecuada para representar el programa independentista y el unilateral camino para hacerlo realidad, y que, además, es quien mejor expresa los valores y los mitos que lo animan, aunque hagan de él un gobernante que puede estar más cerca de un “duce” o un “conducator”, que de un presidente democrático.
Así, pues, los nacionalistas han decidido ahora dar a conocer sus intenciones con toda claridad. Se acabaron las metáforas y los eufemismos con que han venido disfrazando sus pretensiones durante décadas.
Torra ha dejado meridianamente claro que la supremacía catalana no es una opción política, no responde al deseo de dividir a la ciudadanía de Cataluña, ni de menospreciar a los llegados de fuera; que no es fruto de la caprichosa voluntad de los nacionalistas, sino una consecuencia de las desigualdades que la naturaleza establece entre los seres humanos, una cuestión de raza, de ADN, de morfología, de complexión anatómica -franca o danesa, según convenga, pero siempre nórdica, no sureña (semítica)-; un efecto de la excelente capacidad cerebral y de la fortaleza espiritual catalana. 
Simplemente, hay que admitir que los catalanes son superiores al resto de los españoles, porque la naturaleza, y Dios para algunos, así lo han querido. Son, entonces, una raza de señores, que han nacido para mandar sobre los españoles, miembros de una raza inferior, que han nacido para obedecer. Es lo que hay.
Joaquim Torra ha venido a respaldar lo que ya estaba anunciado por forjadores del catalanismo como Pompeu Gener, el doctor Robert, Bosch-Gimpera, Martí i Juliá o Prat de la Riba. Es decir, a poner de actualidad viejas ideas antropológicas, organicistas y raciales, propias de la mentalidad colonial del siglo XIX, para que sirvan de fuente de inspiración en el proceso de alumbrar un país nuevo en el siglo XXI.
Este es el proyecto que Puigdemont, a través de un servicial funcionario que actúa como presidente provisional, ha propuesto a los catalanes para un futuro más bien oscuro.    



domingo, 13 de mayo de 2018

Estrategia de CiU y ERC

Cargar las culpas del auge del nacionalismo sobre el PSOE y el PSC me parece osado; tienen su responsabilidad, claro, pero el mérito del ascenso del nacionalismo en Cataluña corresponde sobre todo a los nacionalistas, a CiU y a ERC, que son los que han llevado la voz cantante y dirigen el proceso. Y antes que Maragall y que Zapatero hay que acordarse de la Declaración de Barcelona, en julio de 1998, que rompía con el modelo autonómico. Fue firmada por Jordi Pujol (CiU), Xose Manuel Beiras (BNG) y Xabier Arzalluz (PNV), en la que proponían abordar, mediante el diálogo, la articulación plurinacional del Estado español, en una Europa que apuntaba a vertebrarse respetando los derechos de los pueblos y culturas que la integran. Y hay que acordarse del pacto secreto del PNV con ETA, en agosto de ese año, que es el precedente del Pacto de Estella, en septiembre de 1998, que culminará en el Plan Ibarretxe (2003-2005). Vista así, la cosa tiene otro aspecto y es la ofensiva concertada de los nacionalistas, con el apoyo de ETA, entonces en tregua, para empezar a terminar con el estado autonómico

martes, 2 de enero de 2018

No soc aquí

Otra vez los acontecimientos políticos vienen a recordar un conocido comentario de Marx sobre la aparente repetición de hechos y personajes en la historia.
En el capítulo primero de “El 18 Brumario de Luis Bonaparte”, Marx alude a una frase del oscuro filósofo de Stuttgart en estos términos: “Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal se producen, como si dijéramos, dos veces. Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y otra vez como farsa”.
En España el comentario se cumple como esperpento, porque en nuestra historia los hechos dan tantas vueltas como los cangilones de una incansable noria y, como en una rutinaria representación teatral, los sucesos, a medida que se repiten, van perdiendo su apariencia dramática, y los actores, cada vez menos convencidos de su papel, van dotando a sus personajes de una expresión paródica y la gesta que pretendían representar degenera en sainete. Y Cataluña no escapa a este fatal destino hispánico.
En 1926, Francesc Maciá, junto con una partida de voluntarios armados, intentó invadir Cataluña desde Francia para provocar una rebelión general y proclamar la república catalana. El suceso se conoce como el “complot de Prats de Molló”, que es el lugar donde la gendarmería francesa detuvo a los conjurados. Maciá fue detenido y tras residir unos meses en Bruselas viajó a América.
En 1931 regresó a España, fundó ERC y el 14 de abril proclamó la república catalana, ocupando el cargo de presidente en funciones. La república duró tres días. Tras un acuerdo con el gobierno de la República española, la república catalana se convertiría en un gobierno autónomo y se llamaría Generalitat de Cataluña; Maciá fue su presidente hasta su muerte, acaecida en 1933.
El 6 de octubre de 1934, Luis Companys, a la sazón President de la Generalitat,
como reacción al gobierno de la CEDA, acusado de ser partidario del fascismo y de la monarquía, y teniendo como telón de fondo la huelga revolucionaria convocada en diversos lugares del país, proclamó el Estado Catalán, con la intención de invitar a las izquierdas a formar una República Federal Española con capital en Barcelona. Esta vez el Gobierno no se avino a negociar, decretó el estado de guerra y acabó con la ilusión en pocas horas. Hubo medio centenar de muertos y unos siete mil detenidos, el régimen autonómico fue suspendido y Companys y el Govern fueron condenados a 30 años de cárcel por rebelión. Fueron liberados en 1936, tras la victoria del Frente Popular en las elecciones de febrero.
El último intento de proclamar la república catalana ha sido “el procés”, puesto en marcha por Artur Mas con la intención de crear una situación como la de Maciá y obligar al Gobierno de Rajoy a negociar un concierto económico para Cataluña similar al del País Vasco, pero ha sido desbordado por la radicalidad de sus socios en la empresa, ERC y la CUP, dispuestos a proclamar de modo unilateral la independencia, sin mediar negociación alguna.     
Sin embargo, el recuerdo de la reacción gubernamental al intento de 1934 ha pesado en la conciencia de los independentistas, pues pocos han estado dispuestos a emular la actitud de Companys, “populista, viril y martirial”, según la “Historia mínima de Cataluña” de Jordi Canal, y la proclamación, este otoño, de la república catalana fue un acto vergonzante y confuso, que llevó la duda y el desconcierto a sus seguidores.
Desbaratado el intento con la aplicación del artículo 155 de la Constitución, parte de los responsables están en la cárcel, pero algunos consellers, con el President a la cabeza, que ha huido casi como Dencás, consejero de Gobernación en 1934, han buscado asilo en Bélgica.   
Como si no hubiera ocurrido nada, el ex honorable Puigdemont, ha tenido a bien dirigir, desde Bruselas, el tradicional discurso de fin de año a la ciudadanía catalana, como si aún fuera el President de la Generalitat, abolida por él mismo en los primeros días de septiembre, o el presidente de la republica proclamada, asumida o firmada de modo vergonzante y por lo bajini, y no un político español huido de la justicia por el delito de secesión.  
Con un lazo amarillo en la solapa y la bandera oficial de la Generalitat detrás, Puigdemont ha ignorado las propias responsabilidades, ha descrito el mundo fantástico de la arcadia catalana desbaratado por la aplicación del artículo 155, ha animado al Gobierno español a reconocer el resultado de las urnas y empezar a negociar, y ha repetido la cantinela de considerarse el legítimo President de la Generalitat y además reclama el cargo en el futuro gobierno catalán, por ser el primero de la lista independentista más votada (21,65% de votos frente a 21,39% de ERC), sin explicar cómo será posible hacerlo sin pasar por el juzgado, si es que pone un pie en España, y acabar, probablemente, en la cárcel.
Puigdemont anda por Bruselas como un pollo sin cabeza, pero creyendo que aún la conserva sobre los hombros, discurseando aquí y allá, contando su vida a quienes quieran escucharle, pues parece que son muchos los que tienen pocas cosas que hacer, y tratando de evitar que los suyos le olviden. De ahí vienen los gritos de socorro -encara estic aquí, lluny però viu-, como este episodio del discurso “oficial” de fin de año, que más parece un divertimento televisivo para después de tomar las doce uvas, compitiendo con el refrigerado atuendo de Cristina Pedroche y las caricaturas políticas de José Mota. Puigdemont promete volver, como McArthur, el general norteamericano en Filipinas, pero él emulando a Tarradellas, en 1977, y decir, como el honorable Josep: Ja soc aquí.
Imagina que, a su regreso, será recibido con el clamor que faltó al proclamar la republiqueta, y podrá decir a sus seguidores: Ya estoy otra vez aquí. No os preocupéis, que está todo arreglado.
Este sainete hace recordar otra frase Marx, en la misma obra, referida al golpe de Estado del sobrino de Napoleón -“La lucha de clases creó en Francia las circunstancias y las condiciones que permitieron a un personaje mediocre y grotesco representar el papel de héroe”-, al que calificó de Napoleón el pequeño, porque el grande había sido su tío.
Hoy, las circunstancias políticas han permitido que en Cataluña haya surgido un pequeño Tarradellas. Él reconoce su tamaño y teme convertirse en el increíble hombre menguante. 

jueves, 16 de noviembre de 2017

Azaña. Catalanismo

Good morning, Spain, que es different. Bon matí.

Sobre la utilización política del nacionalismo, (Companys) me digo algo muy singular: Había que exaltar el ideal patriótico de Cataluña, como fuerza unificadora de los catalanes, para contrarrestar la escisión de las clases. Pudiera creerse que Companys se hallaba en las menguadas posiciones de quienes se imaginan que un problema de carácter general, permanente, cambia de carácter y de valor con estrechar los límites geográficos dentro de los que se plantea. Sobre todo, si en el área así marcada vive un pueblo a quien se le hace creer en su condición privilegiada, excepcional. Por ese camino parecía echar Companys.
Lo mismo de su país piensan los nacionalistas vascos. De creerlos, allí no hay lucha de clases; ni existe motivo para que la haya, de tan <patriarcales> que son. Naturalmente, los empresarios salen ganando. No podía ser esa la intención de Companys, que, personalmente y por su partido, ha procurado dejar siempre muy borrosas las fronteras políticas con el proletariado. Es preciso estar habituado al ejercicio de traducir, al lenguaje común y claro, las tergiversaciones y sobreentendidos de la política barcelonesa. Detrás de aquella exaltación del patriotismo catalán, para contener las escisiones de clase, había la necesidad y la dificultad de imbuir el catalanismo en la porción más numerosa del proletariado de Cataluña. Otros han dicho más claramente: <Hay que catalanizar el campo>. Es decir, que tanto el campesino como el obrero industrial fuesen, antes que marxistas o sindicalistas, nacionalistas. Antes que Marx o Sorel o Bakunin, Ramón Berenguer IV o Maciá…


Manuel Azaña: “Cuaderno de La Pobleta (1937)”, Memorias políticas y de guerra (II), Barcelona, Crítica, 1978, p. 132.

martes, 3 de octubre de 2017

Mal, muy mal

Por aludir solamente a lo más reciente y, en definitiva a lo accidental, mal, muy mal me parece lo sucedido el pasado domingo. Mal por todas partes.
Mal por parte de la Generalitat, al mantener la convocatoria de un referéndum que estaba prohibido, que el 61% de los ciudadanos admite como no válido, y al animar a la gente participar. Mal por parte de quienes se pusieron de perfil para participar en lo que llamaron una “movilización”. Y mal, muy mal, por parte del Gobierno, al utilizar a las fuerzas del orden para impedir un refrendo que era ilegal en su irregular tramitación parlamentaria, en su chapucera ejecución, carente de las mínimas garantías democráticas, y en su propósito, que era buscar respaldo social a la autodeterminación, con un acto que excede las competencias de la Generalitat.
El ilegal refrendo realizado sin intervención de la fuerza pública hubiera carecido igualmente de validez, pero se habrían evitado actuaciones violentas, con más de 800 heridos de diversa consideración (se desconocen los hospitalizados), recogidas en fotografías que producen sonrojo, porque recuerdan tiempos pasados, y publicadas en la primera plana de muchos periódicos nacionales y extranjeros. En cualquier caso, deben depurarse las responsabilidades en los casos donde haya habido excesos y el Gobierno debería deponer de su cargo al ministro del Interior, último responsable político de la desafortunada operación.
El Gobierno central tendría que haber intervenido antes, cosa difícil teniendo al frente a Rajoy, incapaz de hablar e incapaz de hacer, antes de intentar impedir por la fuerza las votaciones que pudieran producirse en los hipotéticos lugares donde los activistas, que demostraron organización e imaginación, hubieran podido esconder las urnas, pues era como buscar agujas en un pajar.
El de Rajoy era un intento vano, además insensato por las reacciones que hubiera podido producir y que finalmente ha producido, y que le ha colocado en el lugar donde quería Puigdemont: mostrando la cara más hosca del Gobierno de España, que es la represión desatada por cuerpos armados llegados desde fuera de Cataluña.
En su día, tampoco Zapatero estuvo acertado, pues el momento de intervenir hubiera sido en septiembre de 2009, cuando el Ayuntamiento de Arenys de Munt realizó una consulta de ámbito municipal, ilegal y no vinculante, con una pregunta trampa -¿Está de acuerdo en que Cataluña se convierta en un Estado de derecho, independiente, democrático y social, integrado en la Unión Europea?”- cómo podía haber preguntado si era partidario de que lloviera a gusto de todos.
La iniciativa fue del concejal de la CUP, apoyada por los 4 concejales del grupo local Arenys de Munt 2000, 3 de ERC y 3 de CiU. La consulta recibió el apoyo de casi 90 personalidades de la vida pública catalana, entre ellos Pascual Maragall y algunos militantes del PSC, y por supuesto de CiU, ERC, la CUP y de Iniciativa per Catalunya-Verds. Los concejos de casi doscientas localidades catalanas se mostraron dispuestos a repetirlo y sirvió de experiencia para montar el “refrendo” del 9 de noviembre de 2014, simulacro de infausta memoria, que costó 13 millones de euros, que tardíamente se reclaman a los organizadores, entre ellos a Artur Mas, que anda pidiendo solidaridad para reunir la parte del dinero que le toca aportar.
Desde entonces no ha cesado el desafío, que, entre bromas y veras, ha ido creciendo y sumando apoyos, pues desde la Generalitat y sus organizaciones afines se ha sembrado la impresión de que de partir un país -la odiosa España- y crear otro a voluntad de los promotores es una fiesta callejera de banderas y camisetas de colores, y que desafiar a un Estado (presuntamente) opresor es un es un juego en que hacerse el valiente sale gratis.
Y muchas personas, en particular jóvenes, que no conocieron el régimen de Franco ni las convulsiones de la Transición, imaginan que están luchando alegremente contra una dictadura, pero conservando todos los derechos, incluso los ejercidos en exceso contra los de conciudadanos suyos que no comulgan con las mismas ideas.
Mucha gente ha creído el relato feliz de los beneficios sin cuento que traerá la independencia y el cuento no menos feliz de lo fácil que iba a ser llegar a ella. Y lo han creído a pesar de la intención de los propios mandamases de ignorar la legalidad. Ya advirtió Artur Mas, en su investidura como President, en 2012, que “ponía rumbo de colisión” con el Gobierno central y después ha afirmado que se trata de ir “más allá de la legalidad” y de “poner al Estado contra las cuerdas”. Y lo mismo ha hecho Puigdemont, apoyado por Junqueras y azuzado por la CUP.
Lo que también ha sucedido, es que por parte del Gobierno de Rajoy no había respuesta, salvo que, ante cada paso que dado por los independentistas, sonaba la voz de la grabadora que decía que se aplicaría la ley, pero como la ley no se aplicaba, o se aplicaba “pero flojito”, como diría Gila, cundía la sensación de que la impunidad era el premio de los osados. Hasta el domingo.
¿Se puede desafiar la legalidad?, Claro, no seré yo quien lo niegue. ¿Se puede ser rebelde y desafiar al Estado? Por supuesto; muchas personas lo asumieron durante la dictadura y la Transición para llevar lo más lejos posible las reformas del cambio de régimen, pero sabían a lo que se exponían y estaban dispuestas a arrostrar las consecuencias.
En todo este asunto del “procés”, mucha gente con escasa cultura política y poca información y quizá con una visión bastante deformada de la historia de Cataluña y de España no sabía bien donde se estaba metiendo y creía de buena fe que desafiar la fuerza del Estado era un alegre ejercicio de ciudadanía que sólo podía reportar ventajas. Se les puede disculpar.
Quienes carecen de cualquier disculpa, y a quienes sus ciudadanos deberán exigir que asuman sus responsabilidades, son los patrocinadores de esta aventura, porque ellos, como profesionales de la política y familiarizados con el ejercicio del poder, sí lo saben. 




domingo, 1 de octubre de 2017

¿Estrategia o táctica?

Estoy de acuerdo con los principios generales (los ciudadanos tienen derecho a expresarse políticamente, elaborar un nuevo Estatuto, a reformar o a dotarse de las instituciones públicas que deseen, etc), pero además de admitir los principios teóricos hay que observar la aplicación práctica de tales ideas y no ignorar el uso que de ellas puede hacerse, porque, o bien el nacionalismo es un espantajo o un truco de maniobreros para hacerse con cuotas mayores de poder, o si se convierte en un extendido sentimiento acaba reclamando un Estado propio. Y para no ser absolutamente tontos hay que pensar que quienes invierten tanto tiempo y dinero (público y privado) en fomentar ese sentimiento es para luego darle alguna utilidad. Carece de sentido estar difundiendo discursos nacionalistas para luego decir: bueno, aquí paramos. Esa no es la actitud de los partidos nacionalistas, y las tensiones entre centro y periferia a lo largo de los años que llevamos de régimen parlamentario son una prueba de ello.
Porque, una de dos, en ERC y CiU (y el PNV) no se creen lo del nacionalismo y lo usan sólo para recoger votos hasta que den con un Estatuto en el que se encuentren cómodos, o se lo creen y van a ir hasta las últimas consecuencias. Yo creo que en esos partidos hay gente que va a ir a por todas. En todo caso, están inculcando un sentimiento en la gente que va a ser muy difícil de desterrar, especialmente en el País Vasco, donde ha corrido mucha sangre y hay sembrado mucho odio. Quizá sea una forma poco noble de hacer política estar continuamente calentando la caldera y abrir de vez en cuando la espita para que pierda un poco de presión. 
Por otro lado, si recurrimos a la historia no hemos de dejar de ver lo ocurrido, precisamente, en la I y II Repúblicas.
Privado de su principal valedor, Prim, el rey Amadeo de Saboya, aburrido de este país, abdicó el 9 de febrero de 1873 y dijo ahí os quedáis, que os compre quien os entienda. Caso insólito en la historia: un rey que abandona un reino, un chollo, que no lo debía ser tanto. Tres días después, se proclamó la I República, en medio de la tercera guerra carlista (1872-1876). Y mientras se elaboraba en las Cortes una constitución federal, inspiradas por los anarquistas hubo revueltas populares en Sevilla, Córdoba, Granada, Cádiz, Málaga, Valencia, Alcoy, Murcia y en Cartagena, el famoso cantón. Luego, un baile de ministros, dimisiones y, finalmente, el general Pavía disolvió las Cortes y allí acabó la breve existencia de la I República y de la non nata constitución federal.
Segundo acto: II República: algo similar; la prisa de unos, la intransigencia de otros, los nacionalistas vascos a lo suyo (la II República les importaba un pimiento y la guerra civil aún menos) y los nacionalistas catalanes también, pues proclamaron el 14 de abril de 1934, la República catalana, pero por lo menos aguantaron junto a la II República hasta el final de la guerra.
La solución, terrible, dada por la dictadura al problema también la conocemos. Y el problema sigue sin resolverse, porque no se puede resolver, pues tanto Cataluña como el País Vasco son sociedades internamente divididas, con desigualdades de renta y con representaciones políticas muy plurales; no son pueblos ni cultural, ni racial ni lingüísticamente homogéneos, ni naciones montadas sobre criterios comunales y tradiciones compartidas más que en cierta proporción, sino sociedades asentadas sobre el modo de producción capitalista; modernas, industriales, burguesas, abiertas, recorridas por el tráfico capitales, mercancías, personas, ideas, modas y saberes que comparten con el resto de España, de Europa y del mundo, donde, frente al sentido comunitario propio de las aldeas, predomina un individualismo propio de las ciudades, de sujetos que entablan entre sí relaciones no sólo comunitarias, parentales, sino de interés, económicas, coyunturales, propias de las sociedades modernas. Son sociedades más urbanas que rurales, a pesar de que la representación política de sus habitantes esté desequilibrada en favor del campo y de la fuerza que tiene en el imaginario nacionalista el ámbito rural, incluso precapitalista.
Tanto en Cataluña como en el País Vasco hay más sociedad que comunidad. Y ahí no hay otra solución que negociar sobre la base de la razón guiando al interés y el sentimiento; es decir sólo caben soluciones “mixtas”, que no contenten a una parte en detrimento de otra, para poder contentar un poco a todos y disgustar un poco a todos. Pero esta solución no la quieren los partidos nacionalistas, porque piensan siempre en el programa máximo -disponer de Estado propio para formar su nación- y tienden hacia él, y por otro lado, hasta ahora casi nadie ha hablado del coste del programa máximo para la población de las comunidades autónomas gobernadas por los nacionalistas, pues parece que son sólo los no nacionalistas quienes deben pagar las facturas políticas y económicas de las aventuras nacionales.
No rechazo hablar de autodeterminación, de independencia y de soberanía, pero en serio, sin trucos ni trampas. Y aunque preferiría que no fuera así, como el presunto nacionalista español que según algunos soy, aceptaría que España perdiera parte de su actual territorio si con ello se alcanzaba la tranquilidad en el País Vasco y en Cataluña, por ejemplo. Pero creo que esa sería una mala solución también para esos nuevos Estados, porque los nacionalistas no se detendrían cuando obtuvieran la independencia, pues pretenden formar sociedades homogéneas, recrear la antigua comunidad en forma idealizada; es decir rehacer la imaginada nación nacionalista, formada por individuos cultural y políticamente semejantes, cortados por el patrón de los nacionalistas, que pretenden componen una nación homogénea y que así se mantenga a lo largo del tiempo, conservando, lo que según ellos, les han legado los siglos.
Al fin y al cabo, para ser lógico, y los partidos nacionalistas en esto lo son, el nacionalismo es adversario de la pluralidad; a los nacionalistas les aterra la diversidad, rechazan convivir con personas distintas en un país plural, por eso se quieren separar de España, pero rechazan una sociedad interna plural (que  contenga españoles, emigrantes), porque creen en países homogéneos, en identidades colectivas, en comunidades ideales, puras, formadas por individuos cultural y políticamente clónicos. Y ese es el objetivo máximo, que se persigue tanto antes como después de la independencia.

para Colectivo Red Verde, 19/10/2014.


jueves, 7 de septiembre de 2017

Nocturnidad y alevosía

Good morning, Spain que es different (and Catalonia too)


Nocturnidad y alevosía
Precedido por el truco de recusar a los miembros del Tribunal Constitucional para tratar de evitar una rápida reacción ante lo que se preparaba, ayer, con la atrabiliaria actuación de la Presidenta del Parlament, señora Forcadell, y con secreto, opacidad, prisa, abuso de autoridad, nocturnidad, alevosía, desprecio de la cortesía parlamentaria e incluso de las reglas de la buena educación, la exigua mayoría parlamentaria independentista (72 diputados de 135), pero no electoral (48% de los votos, 35% del censo), consumó el primer acto del choque de trenes aprobando la ley con que la Generalitat intenta celebrar un referéndum de autodeterminación el día 1 de octubre.
Pasando por encima de la opinión de los letrados de la Cámara, evitado el dictamen del Consejo de Garantías Estatutarias, vulnerando el reglamento y el propio Estatut, que exige una mayoría cualificada de dos tercios (90 diputados) para aprobar una ley de semejante trascendencia, y desoyendo las protestas de los diputados de la oposición, que representan a la mayoría electoral (52%), la Ley del referéndum se introdujo a la fuerza en el orden del día.
A partir de ahí, transcurrió la apresurada tramitación, sin publicidad, sin plazos, sin debate, sin informes y dictámenes previos, de una ley que había permanecido oculta a los ojos de la oposición parlamentaria y de la ciudadanía, y que fue desvelada con el tiempo justo para ser leída y votada sin resistencia. Que una ley que nace en tan deplorables circunstancias sea la que debe amparar la fundación, dicen que democrática, de un nuevo país, desgajado territorialmente de España, ofrece una idea bastante aproximada de lo que sus promotores tienen en la cabeza, que es un tipo de Estado propio de otras latitudes, quizá una república bananera, quizá la Turquía de Erdogán.   
Ayer, no sólo se consumó el primer acto del prometido choque de trenes, desde que, en su investidura en noviembre de 2010, Artur Mas anunció que Cataluña iniciaba un proceso de transición nacional y ponía rumbo de colisión, sino que la mayoría independentista del Parlament comenzó una revolución en el derecho al inaugurar una nueva era política en Cataluña, en España y en el mundo entero, que invierte la jerarquía jurídica hasta ahora vigente, de que las normas de menor rango se subordinan a las de mayor rango.
Siguiendo la lógica recién establecida, cualquier municipio de Cataluña, por la sola voluntad de los representantes de sus moradores y en uso de una soberanía que no desea compartir, se puede declarar instancia jurídica suprema y elaborar unas normas, que, aun siendo locales, sean consideradas superiores a todas las demás y actuar en consecuencia. Con lo cual puede decidir si se constituye en república independiente dentro de la hipotética nueva república de Cataluña, en una monarquía independiente fundando una nueva dinastía, continuar unido a España como un privilegiado enclave o incluso solicitar al Congreso de Estados Unidos su admisión como nuevo estado de la Unión, tal como en su día hizo Cartagena, en tiempos del cantón. Un adelanto, vamos.





miércoles, 5 de julio de 2017

El "papel"

Good morning, Spain, que es different

Con la fanfarria acostumbrada el President Puigdemont públicamente ha presentado otro anuncio -de anuncio en anuncio y tiro porque me toca- sobre el referéndum de autodeterminación, que debe celebrarse, según sus cuentas, el próximo 1 de octubre.
Es un anuncio sobre la proposición de ley, hasta ahora un papel, realizado con gran solemnidad en el Teatro Nacional de Cataluña, en un acto para amigos incondicionales y de cara a la galería, porque no se trata de una ley, ni siquiera de un proyecto de ley, puesto que no ha entrado en el Parlament a través del registro y no ha sido aprobado ni siquiera debatido. Eso se deja para más adelante, para hacerlo a última hora, con prisas y lectura única, con la intención de que el Gobierno no tenga tiempo de recurrir lo acordado en el Parlament. Van dados si creen que Rajoy se va a estar quieto.   
Se conoce la fecha del refrendo y, desde luego, la intención de celebrarlo, pero no se conoce el censo de posibles votantes, y hasta ahora no hay urnas, no se sabe si habrá funcionarios o serán voluntarios quienes se ocupen de la mecánica, ni de cuantos locales dispondrán los organizadores, aunque parece que las dependencias están garantizadas en pueblos y localidades pequeñas y en Gerona. El “papel” tampoco fija un porcentaje mínimo de participación para declararlo válido, pero basta con que el número de votos afirmativos sea superior al de negativos por un solo voto, para que el resultado se considere válido y, por tanto, para que Cataluña sea declarada un país independiente, suponemos que por Puigdemont y su Gobierno (¿o también por voluntarios?), en el plazo de dos días. Una chapuza escasamente democrática.   
Mucha prisa, ninguna pausa; improvisación, grandielocuencia y una base legal muy poco fiable, pues ni las leyes nacionales ni las internacionales, tampoco la Unión Europea, que lo ha reiterado, ni la ONU, respaldan la secesión de Cataluña, porque no está en un Estado autoritario, aunque el Gobierno sea proclive al centralismo y en este caso no se haya distinguido por sus explicaciones, ni bajo dominación colonial. Y ahí va una pregunta que deberían plantearse los anticapitalistas que apoyan el “procés”. ¿Es posible que las normas laborales de la “metrópoli” hayan sido inspiradas por representantes de la “colonia” oprimida?
Con iniciativas propias o apoyando las del Gobierno central, CiU ha estado siempre dispuesta a restringir derechos laborales, moderar salarios y flexibilizar la contratación de trabajadores en toda España, no sólo en Cataluña. El gobierno de CiU, en Cataluña, ha sido pionero, antes que el de Rajoy, en aplicar recortes al Estado del Bienestar y en externalizar servicios públicos (y pionero en corrupción, ¡ojo! Banca Catalana).
Otro dato: el primer presidente y confundador de la patronal española, Confederación Española de Organizaciones Empresariales (CEOE), fue el catalán Carlos Ferrer Salat (1977-1984), procedente de la patronal catalana Fomento del Trabajo Nacional, y el actual, desde 2010, es Joan Rosell, también catalán. Recuérdese el programa fundacional de la CEOE, recogido en parte en la Constitución y en sucesivos pactos sociales y aplicado en las empresas de todo el país: defensa del capitalismo (léase economía de mercado) y de la competitividad, homologación de la legislación laboral española con la europea, rebaja de impuestos a las empresas y de las cotizaciones a la Seguridad Social, reducción del tamaño sector público. Y hoy comprometida hasta el tuétano con la globalización neoliberal y el capitalismo salvaje, que salta fronteras territoriales y morales, mostrando, una vez más, que el capital no tiene patria.
Recuérdese también que Francesc Cambó, fundador de la Lliga, diseñó el sistema bancario de la monarquía alfonsina, de la república, de la dictadura franquista y que pervivió hasta la gran reforma de la banca en los años ochenta ¿Cataluña, una colonia?     

jueves, 25 de mayo de 2017

¿Qué representa Puigdemont?

Good morning, Spain, que es different

El 35% del censo, el 48% de los votos válidos y el 53% de los diputados
El President de la Generalitat, miembro de una coalición política independentista, se presenta de ordinario como el representante de una Cataluña que fuera toda ella nacionalista, cuyo mandato, ir a la independencia, dice obedecer. Lo cual es mucho decir. Hagamos unas sencillas cuentas para ver, en realidad, a quienes representa y a quienes obedece.
En las elecciones del 27 de septiembre de 2015, que los nacionalistas consideraron plebiscitarias, los resultados fueron estos:
Partido
Votos
% censo
% válidos
diputs.
% diputs
JxSi
1.620.973
  29%
   39,54
  62
   46%
C’s
   734.910
  13%
   17,93
  25
   19%
PSC
   522.209
    9%
   12,74
  16
   12%
CSQP
   366.494
    7%
     8,94
  11
     8%
PP
   348.444
    6%
     8,50
  11
     8%
CUP
   336.375
    6%
     8,21
  10
     7%
Suma
3.929.405  
  71,30

135
 100%
Resto
   148.529

     3,63
-------
------


  
 


El censo fue de 5.510.713 electores; la abstención de 1.199.106, el 23%.

Diputados por provincias y partidos

Barna
Gerona
Lérida
Tarrag
Totales
JxSi
  32
  11
  10
  9
  62
C’s
  17
    2
    2
  4
  25
PSC
  12
   1            
    1
  2
  16
CSQP
    9
    1
    0
  1
  11
PP
    8
    1
    1
  1
  11
CUP
    7
    1
    1
  1
  10
Totales
  85
  17
  15
 18
135

Los votos a los programas independentistas de JxSi y de la CUP representaron el 35% del censo, el 48% de los votos válidos y el 53% de los escaños. Es decir, el diseño del sistema electoral favoreció a JxSi, el partido mayoritario y con más representación en el ámbito rural, sobre el resto, cuyo electorado se ubica sobre todo en Barcelona (véase el segundo cuadro). Por tanto, se puede tener la mayoría en el Parlament (62+10, sobre 135 escaños), pero no representar a la mayoría electoral, la cual corresponde a los no secesionistas, pues el 52% de los votos recibidos por estos es superior al 48%.
Esa es la representación real, electoral, social, de las fuerzas que acaudilla Puigdemont, aunque su representación personal es menor, dada la sucesiva serie de chambas que le han colocado de President. O sea que el President, personalmente poco representativo, excepto para el “Astut” que digitalmente le eligió, representa como mucho a algo menos de la mitad de los votantes, con lo cual lo de representar a la “nación catalana”, a Puigdemont le queda grande. Es una gratuita y falsaria atribución, un don que no le corresponde. Representa, como mucho a casi la mitad de los votantes catalanes, es decir, a “media nación”. Pero vamos un poco más lejos.
Por población, en 2015, Barcelona tenía 5.464.000 habitantes; Tarragona 792.000, Lérida 430.000 y Gerona 739.000. Lo lógico y democrático sería que hubiera una relación lo más proporcional posible entre los votantes y sus representantes, es decir que, para hacer efectivo el principio de un ciudadano un voto y que todos los votos valgan lo mismo, todas las provincias deberían tener el número de diputados más adecuado a su número de habitantes (los inscritos en el censo electoral, claro está; los menores no votan). Pero no es así. Veamos.

Electores y diputados por provincias
Provincia
Electores
Diputados
Dip. s/electores
Barcelona
4.124.254
   85
1/48.520
Gerona
   510.820
   17
1/30.048
Lérida
   313.729
   15
1/20.915
Tarragona
   561.910
   18
1/31.217

La última columna indica cuántos electores representa un diputado en cada una de las provincias. Así, un diputado de Barcelona representa más del doble de electores que un diputado de Lérida, y más de 1,5 veces el de electores de Gerona y Tarragona, pero su decisión en el Parlament vale lo mismo que el de ellos (un voto) tenga el respaldo social que tenga.
Para que los electores de Barcelona tuvieran la misma representación por cada diputado que los electores de Lérida, la provincia de Barcelona debería estar representada por 197 diputados en el Parlament, y no tiene ni los de la mitad de esa cifra (98). De nuevo el sesgo del sistema electoral beneficia a los partidos con más voto rural (JxSi, es decir CDC y ERC) en detrimento de los partidos con voto urbano, especialmente a los de Barcelona, la gran urbe, cuyos votantes se ven disminuidos en sus opciones políticas ante los votantes de ámbito rural, particularmente de las comarcas del interior, la Cataluña profunda, que es donde reside el voto más nacionalista, el verdadero apoyo de Puigdemont. Ese 35% del censo, que coincide, en el sondeo de Metroscopia (El País, 24/5/217), con el 35% de los que serían partidarios de la declaración unilateral de independencia. Un número importante de electores, pero lejos de la mayoría de la que alardea Puigdemont para justificar su proyecto de imponer el independentismo obligatorio.
Que no se olvide: con el 35% del censo, el 48% de los votos válidos y el 53% de los escaños el Gobierno catalán quiere proclamar de modo unilateral la independencia de Cataluña. Curiosa noción de lo que es la democracia.