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domingo, 20 de enero de 2019

Socialismo y barbaries

No hace tanto tiempo, cuando en Europa reinaba la rebeldía, el dilema esencial planteado a las izquierdas era elegir entre la democracia y la dictadura, entre el fascismo o la democracia, entre la reforma o la revolución.
Pero hoy no es el caso; las reformas tendentes a paliar los peores efectos de la recesión económica y los programas de austeridad apenas se están iniciando, carecen de la ambición y la profundidad necesarias y aun así tropiezan con la resistencia de la derecha y de las estructuras del poder económico y financiero. La palabra revolución ha desaparecido del lenguaje político habitual, incluso del repertorio de la izquierda, o se utiliza, desprovisto de carga política, en sentido general o comercial -la revolución de la moda, de la cosmética, de la telefonía o “de las sonrisas”-, tratando de rebajar el contenido dramático y políticamente reivindicativo que tuvo antaño.
Revolución -el impulso transformador de los de abajo contra los de arriba, para  instaurar un orden nuevo favorable de los primeros- es una palabra insoportable para las élites y las derechas políticas que las representan. Contrarrevolución, el impulso en sentido contrario para restaurar el viejo orden, lo es para las clases subalternas y para los partidos de izquierda que las representan.  
Hoy estamos bajo ese signo, el de la contrarrevolución o, para evitar un mensaje excesivamente dramático, bajo el signo de la involución, del retroceso. El dilema planteado en esta hora es resistencia o involución.
Ante la ofensiva de un capitalismo salvaje y descarnado, ufano de su poderío, expresado no sólo en el conservadurismo dominante desde hace décadas, sino en el ascenso de fuerzas políticas de ultraderecha, las desorientadas izquierdas deben optar entre resistir o claudicar (y suicidarse).
El impulso conservador viene de muy atrás, no sólo de las respuestas de las derechas a las movilizaciones sociales contra la crisis (indignados, mareas, 15-M, Ocuppy Wall Street, mujeres, etc) o al hundimiento de la URSS y el ocaso de su bloque de influencia, sino de la “revolución conservadora”, puesta en marcha políticamente por Ronald Reagan y Margaret Thatcher, en los años ochenta, como reacción a la última oleada de rebeldía de los años sesenta y primeros setenta y a la crisis del modelo productivo de la segunda postguerra.
Desde entonces, con las izquierdas seducidas por terceras vías o por otras alternativas presuntamente modernas y eficaces, que han conducido a su desorientación y progresivo repliegue, estamos inmersos en una onda larga de conservadurismo y reacción, que adquiere un perfil aún más inquietante con el ascenso de una derecha extremada y exultante.     
Hoy, el fantasma que recorre Europa y parte del mundo no es el fantasma del comunismo, un impulso nuevo llegado para remover los cimientos de la sociedad (y de la historia) en favor de los desposeídos, sino el fantasma del viejo fascismo, neofascismo, postfascismo o un embrionario prefascismo, como también ha sido bautizado. En cualquier caso, y al margen del término elegido para describir el fenómeno, lo que se percibe es el ascenso de mensajes políticos de extrema derecha, fascistizantes o fascistoides, su creciente importancia en la opinión pública, el aumento de su apoyo electoral y la llegada a los gobiernos de sus representantes más genuinos.
Hace ahora cien años, en el contexto del agitado fin de la I Guerra Mundial y en vísperas de una revolución que fracasaría, Rosa Luxemburg, para desterrar el odio y el homicidio entre los pueblos, proponía el socialismo -el régimen de cooperación de trabajadores libres- como el único camino de la humanidad para salvarse.
En el folleto “¿Qué se propone la Liga Espartaco?”, escrito poco antes de su muerte en Berlín, resumió las tensiones de su tiempo en una frase: “Socialismo o hundimiento en la barbarie”.
Desde entonces, no nos hemos librado de la barbarie; una barbarie multiplicada por la tecnología de la muerte y la destrucción. Ella misma fue una de sus víctimas al ser asesinada brutalmente, en enero de 1919, por los “freikorps”, que pronto engrosarían las filas de los “camisas pardas” del partido nazi.
A pesar de existir zonas de paz, progreso y desarrollo, lo que ha predominado ha sido, por un lado, la barbarie política y militar, primero en una nueva guerra desatada en 1939, aún más extensa y más cruenta (62 millones de muertos, 35 millones de heridos y mutilados, 3 millones de desaparecidos y 30 millones de desplazados), librada a escala mundial, y luego las que han seguido a escala local o regional, y, por otro lado, la barbarie económica de un sistema productivo infrahumano, coronado por un desproporcionado reparto de la riqueza en favor de los más ricos, que, tras la gran crisis financiera, parece conducirnos hacia condiciones de vida y trabajo propias del siglo XIX para los asalariados.
Conocemos el socialismo con barbarie y el capitalismo con barbarie. Miremos con atención lo que tenemos en Europa y no nos engañemos: no podemos esperar mejoría alguna de la mano de gobernantes como Putin y Trump, que amenazan la Unión Europea, ni de sus émulos Orbán y Kacczinsky, Wilders, Le Pen o Salvini, ni de Casado y Abascal.
No sabemos cuándo y cómo podremos instaurar una sociedad más justa y más libre, ni si ello es posible teniendo en cuenta la historia de la humanidad, pero de ningún modo podemos quedarnos quietos ante propuestas políticas que refuerzan la barbarie. 

martes, 27 de noviembre de 2018

40º Aniversario Constitución. Roca

Comparada con la de Estados Unidos, en vigor desde 1787, aunque actualizada con sucesiva Enmiendas, la Constitución española de 1978 tiene pocos años, pero si se la compara con la duración de las otras Constituciones y Estatutos españoles es la de vigencia más larga, con la excepción de la de 1876, que estuvo vigente hasta 1923.
España fue de los primeros países en dotarse de un solemne documento escrito que reflejara la composición de las distintas partes del cuerpo social y las relaciones de la estructura jurídica, política y administrativa del Estado, que reemplazara la noción del país como un gran cuerpo humano compuesto de cabeza y extremidades, propia del Antiguo Régimen; la constitución fisiológica.  
Tras la reforma inglesa de 1688, la Constitución norteamericana de 1787, las constituciones de la Francia revolucionaria (1791, 1793, 1795) y las que hubo desde el Consulado al Imperio (1799, 1802, 1804), España se incorpora, en 1810, a la segunda oleada de las revoluciones atlánticas, más moderada que la primera, que producirá su texto fundamental en Cádiz, en 1812.
Pero el resultado de la controvertida relación entre la sociedad estamental y el mundo moderno, donde el súbdito no acaba legalmente de morir y el ciudadano no acaba políticamente de nacer, será un largo e inacabado proceso constituyente, en el que los avances de tipo progresista, que duran poco tiempo, ser alternan con bruscos saltos hacia atrás, en los que el arcaísmo parece recuperar el terreno perdido frente a la modernidad.
Tampoco se puede afirmar que haya faltado celo reformador, que más bien ha sobrado, tanto en un sentido como en otro -para renovar y para conservar-, sino que lo destacable ha sido la inestabilidad política provocada por esos intentos, que ha dado paso a lo que podría calificarse de desazón constituyente.
La Carta de Bayona de 1808, la Constitución de Cádiz de 1812, el Estatuto Real de 1834, la Constitución de 1837, la de 1845, la nonnata Constitución de 1856, los cambios constitucionales entre 1856 y 1868, la Constitución de 1869, el proyecto de Constitución federal de 1873, la Constitución de 1876, los proyectos de Primo de Rivera, la Constitución de 1931, las Leyes Fundamentales de Franco y, luego, la Constitución de 1978 son los jalones de una España necesitada de vertebración política, en la que la organización del Estado y la articulación de las diversas corrientes ideológicas no han podido durar mucho tiempo.
Los sucesivos procesos constituyentes pueden ser contemplados como si fueran las crestas de las olas que indican el movimiento profundo de las aguas sociales. Desde la limitada perspectiva que ofrecía el año 1836, la observación de esta azarosa existencia ya inspiró a Larra uno de sus ácidos epigramas -Aquí yace el Estatuto. Vivió y murió en un minuto-.
Nuestra azarosa trayectoria constitucional puede entenderse con los nombres de otros sucesos, pero representa históricamente lo mismo: entrada del ejército francés en España, huida de la familia de Carlos IV de Borbón a Francia, guerra de la Independencia, reinado de José Bonaparte, primeras Cortes liberales, fin de la guerra, primera restauración borbónica (Fernando VII) y regreso del absolutismo, trienio constitucional (Riego), nueva restauración absolutista (Cien Mil Hijos de San Luis) y década ominosa, regencia (María Cristina) y guerra carlista, reforma liberal, bienio progresista, década moderada y segunda guerra carlista, revolución de 1854, etapa conservadora isabelina, gloriosa revolución de 1868 y caída de la monarquía (Isabel II, al exilio), nueva guerra carlista, sexenio revolucionario, cambio de dinastía y abdicación de Amadeo de Saboya, Iª República, segunda restauración borbónica (Alfonso XII), agonía del canovismo, dictadura (Primo de Rivera) y dictablanda (Berenguer), Alfonso XIII al exilio, IIª República, guerra civil, dictadura franquista, una transición, tercera restauración borbónica (Juan Carlos I) y régimen democrático.

Roca, J. M. (2013): La oxidada Transición, Madrid, La Linetrna sorda, pp. 56-57. 

martes, 13 de noviembre de 2018

Lectura. Día 3. Utopías del 68

Tercer día de la cadena de lectura. 
El libro elegido para hoy es de Antonio Elorza: "Utopías del 68. De París y Praga a China y México" (Barcelona, Pasado y Presente, 2018), que, como se puede ver, va más allá del célebre mayo francés.
"Hay un denominador común en todas las utopías: el enfrentamiento del utopista con la realidad desecha la posibilidad de las reformas y plantea la exigencia de construir un orden nuevo, acorde con las categorías y los valores que estima como racionales y necesarios" (Introducción: "El año de Prometeo")

domingo, 28 de octubre de 2018

Lectura. Día 2. Solé Tura


Segundo día de la cadena de lectura.
Hoy, toca un libro de Jordi Solé Tura,
de 1967. Es una reedición de 2017 de "Catalanismo y revolución burguesa", con comentarios de Javier Cercas, Joan Botella y Borja de Riquer. Transcribo un párrafo del autor de la edición castellana de 1974: "Mi hipótesis de trabajo es que la historia del nacionalismo catalán, en sus diversas fases, es la historia de una revolución burguesa frustrada (…) El nacionalismo catalán nació, se desarrolló y dio de sí lo mejor de sus energías en el período en que el modo de producción capitalista pugnaba por elevarse en el plano hegemónico sin conseguirlo plenamente. Al secular esfuerzo de la burguesía industrial catalana por ejercer su hegemonía en el bloque dominante, sin conseguirlo en ningún momento, corresponde en el plano político e ideológico un planteamiento que va del asalto directo al poder central (hasta el período revolucionario abierto en 1868, en líneas generales) al asalto periférico (fase nacionalista). La primera fase terminó con un compromiso inestable, de carácter oportunista (Restauración) y la segunda con otro compromiso a largo plazo y a nivel superior (cuyos comienzos podríamos situar en 1917), del que todavía no ha salido ni es probable que salga ya. El drama de la burguesía catalana es que en ninguna de estas fases ha conseguido alzarse con la victoria".
Propongo como nuevos eslabones de esta cadena libresca a Joaquim Pisa, Isabel García Bejarano y Jose Luis Vergara.
Me faltan otros cuatro para completar los siete preceptivos, pero los citados (y citada, ¡ojo!) ya pueden ir preparando las portadas de sus libros. Si aceptan la invitación, claro está.

miércoles, 5 de septiembre de 2018

Solé Tura.Revolución burguesa frustrada


Mi hipótesis de trabajo es que la historia del nacionalismo catalán, en sus diversas fases, es la historia de una revolución burguesa frustrada (…) El nacionalismo catalán nació, se desarrolló y dio de sí lo mejor de sus energías en el período en que el modo de producción capitalista pugnaba por elevarse en el plano hegemónico, sin conseguirlo plenamente. Al secular esfuerzo de la burguesía industrial catalana por ejercer su hegemonía en el bloque dominante, sin conseguirlo en ningún momento, corresponde en el plano político e ideológico un planteamiento que va del asalto directo al poder central (hasta el período revolucionario abierto en 1868, en líneas generales) al asalto periférico (fase nacionalista). La primera fase terminó con un compromiso inestable, de carácter oportunista (Restauración) y la segunda con otro compromiso a largo plazo y a nivel superior (cuyos comienzos podríamos situar en 1917), del que todavía no ha salido ni es probable que salga ya. El drama de la burguesía catalana es que en ninguna de estas fases ha conseguido alzarse con la victoria.

J. Solé Tura: Catalanismo y revolución burguesa, Introducción a la edición castellana de 1974, Barcelona, El viejo topo, 2017, p. 47.

miércoles, 25 de abril de 2018

Aquellos claveles…


Otra vez es 25 de abril, y otra vez vuelve el agridulce recuerdo de aquellos cravos vermelhos da liberdade, como cantaba Carlos Puebla en una visita a Portugal; rojos claveles azarosamente convertidos símbolo de la esperanza de cambio, que el movimiento de las fuerzas armadas -MFA- despertó entre los portugueses y las izquierdas de Europa. Pues, una insólita revolución pacífica venía soplar sobre las cenizas aún calientes de la oleada de insumisión juvenil, estudiantil pero también obrera, que había agitado el continente, a los dos lados del muro, a finales de los años sesenta.
La comuna de Berlín en 1967, había continuado en la primavera de Praga y en el mayo francés del 68 y en el otoño caliente italiano de 1969. En los años setenta, la festiva agitación callejera había dejado paso a algo mucho más serio -el terrorismo no nacionalista-, que en Alemania (Rote Armee Fraktion), Francia (Action Directe), Grecia (O. R. 17 Noviembre) e Italia (Brigatte Rosse, Prima Linea), revelaban la prisa y la impotencia de grupos de la extrema izquierda ante el declive del movimiento de masas. A partir de entonces, todo fue más sórdido, más dramático, más dogmático, pues el fracaso de la expectativa de que en los países desarrollados de Europa era posible realizar cambios radicales emulando  exóticas revoluciones del tercer mundo, dio paso a una rabiosa y desesperada reacción contra el Estado burgués, a la que muchos jóvenes se entregaron con espíritu prometeico y la vana intención de doblegarle o de entregar su vida como tributo a un sueño fracasado, casi como un suicidio ante el amor despechado de una revolución esquiva.
El 25 de abril, que venía a compensar en Europa la deriva golpista que poco a poco iba cambiando la faz de América Latina, sorprendió gratamente al “rojerío” español, que vio con alborozo un triunfo que compensaba la caída del gobierno de Allende por el cuartelazo de Pinochet unos meses antes, pero también alarmó al propio régimen franquista en su ocaso, que vio aterrado como caía fácilmente el gobierno de Marcelo Caetano, su socio en el Pacto Ibérico que unía a dos dictaduras que vivían dándose la espalda, bajo la atenta mirada del amigo americano.
La revolución de los claveles influyó en la Transición española, que, tras el asesinato de Carrero Blanco en 1973, ya se alumbraba. En ese verano hizo su aparición pública la Junta Democrática, el PSOE celebraría su congreso de Suresnes en septiembre y el resto de la oposición clandestina, que ya daba señales de vida, se preparaba para lo que ya anunciaba el mal estado de salud de Franco. Su dictadura sería la última en caer de las tres del sur de Europa, ya que la de los coroneles griegos acabó sus días en julio de ese año.  

lunes, 9 de abril de 2018

Tocqueville. Cómo investigar

Consejo a doctorandos y doctorandas, masterizandos, masterizandas y asimilados y asimiladas (no confundir con acemilados y acemiladas).
A la hora de hacer frente a un trabajo de investigación en el campo de las ciencias sociales (ignoro lo que sucede en el campo de las experimentales), lo importante es detectar un asunto que haya que aclarar, un proceso, un suceso que haya que esclarecer y que dé pie a plantear una hipótesis, una interrogación, una duda que debamos disipar o que poner a prueba, es decir, verificar si nuestra primera impresión sobre un hecho, un asunto, una materia, es cierta o es equivocada. Desde el punto de vista del trabajo, tanto da el haber acertado como el haber errado en el diagnóstico, si la investigación ha sido rigurosa, porque lo importante es haber disipado la duda, contestado la interrogación y desechado la sospecha que nos llevó a investigar.
Todo lo cual conlleva no poca dificultad a la hora de empezar a plantearlo, pero a veces, nos estrujamos el magín buscando como afrontarlo cuando tenemos claros ejemplos al alcance de la mano (toma nota Cifuentes). Por ejemplo el trabajo de investigación que se plantea un interesante conservador como Tocqueville, en la introducción a su libro "El Antiguo Régimen y la Revolución". Dice así:
"En 1789, los franceses llevaron a cabo el mayor esfuerzo que jamás haya realizado pueblo alguno con el fin de cortar en dos, por así decirlo, su propio destino, y de separar por medio de un abismo lo que habían sido hasta entonces de lo que querían ser en adelante. Con esa finalidad, adoptaron todo género de precauciones para no incorporar nada del pasado a lo que había de ser su nueva condición, y se impusieron toda clase de esfuerzos para moldearse de otra manera que sus padres; no descuidaron nada para hacerse totalmente irreconocibles.
Por mi parte, siempre había pensado que en esta singular empresa obtuvieron mucho menos éxito de lo que se ha creído en el exterior, y mucho menos, desde luego, de lo que ellos mismos creyeron. Estaba convencido de que, sin darse cuenta, heredaron del Antiguo Régimen la mayor parte de los sentimientos, de las costumbres e incluso de las ideas con ayuda de las cuales realizaron la Revolución que lo destruyó, y creía, asimismo que, involuntariamente, se sirvieron de las ruinas de dicho régimen para construir el edificio de la nueva sociedad; de modo que, para comprender bien tanto la Revolución como su obra, había que olvidar por un momento la Francia que tenemos ante nosotros y acudir a interrogar dentro de su tumba a la Francia que ya no existe. Esto es lo que he intentado hacer aquí, pero me ha costado más trabajo el conseguirlo de lo que nunca hubiera podido imaginar (…) He emprendido, pues, la tarea de penetrar hasta el meollo de este Antiguo Régimen, tan cerca de nosotros por el número de años transcurridos pero que permanece oculto por la Revolución".
Tocqueville: "El Antiguo Régimen y la Revolución", 1856.
Ahí está expuesto el problema, la cuestión que suscita la duda y el planteamiento de la sospecha, la hipótesis, que Tocqueville quiere confirmar estudiando a fondo la sociedad del Antiguo Régimen para comprobar lo que de ésta permanece tras la Revolución.
Ignoro si llegado el caso, Tocqueville, con esta investigación, superaría la prueba de someterse a un tribunal académico y obtendría el correspondiente título de doctor o el ansiado "máster" que se le escapa a Cifuentes, pero como libro es magnífico.

lunes, 27 de noviembre de 2017

Revoluciones exóticas (4). Notas

Respuestas a comentarios a los artículos del epígrafe colgados en FB.

En principio, Monroe hizo una declaración de intenciones para defender no la democracia sino la independencia de los países de América, ante la posible iniciativa de las potencias europeas de recuperar como colonias o impedir la independencia de otras con el impulso de la ola conservadora del Congreso de Viena. Los EE.UU. miraban con prevención a las viejas monarquías europeas, pero sólo podían oponer declaraciones al poderío de los imperios europeos. Inglaterra y Francia, e incluso España, eran potencias marítimas, pero EE.UU., no. La declaración de Monroe se convirtió en doctrina política cuando, tras la victoria sobre Méjico y el tratado de Guadalupe Hidalgo, los EE.UU. fueron más conscientes de su fuerza y pudieron respaldar sus palabras con tropas. Se preparaban para ser un imperio, pero aún no lo eran.

Sí, la guerra del 98 con España es una de las muestras del creciente poder económico y naval norteamericano en el Caribe, lo mismo que en el Pacífico la conquista de Hawai y las Filipinas y la llegada a China. El almirante Mahan había cambiado la estrategia gubernamental de defender las costas por la de conquistar los mares por medio de una potente flota para arrebatar la hegemonía a los británicos.

Se puede hablar de todo eso, naturalmente, pero lo que yo intento en el artículo, aunque creo que no lo he conseguido, es aludir a la época fundacional de los EE.UU. al momento revolucionario, a los primeros documentos, que podrían haber sido de utilidad a la izquierda revolucionaria española en un momento en que esta recurría a experiencias de otros países cuya historia, tradiciones, dimensiones, cultura y situación estaban más lejos de la nuestras que las de EE.UU. En un momento de cambios, hablo de buscar enseñanzas en un país cuando este hizo cambios, no después. De la misma manera, que para muchos jóvenes la revolución de Octubre era sugerente, pero no la época de Breznev o de Chernenko.

Claro, la Ilustración era Europea, pero políticamente prendió en EE.UU. antes que en Europa, mejor dicho que en Francia, porque en otros lugares como en España tardó más. Pero además de, en los franceses, la revolución americana se inspiró en ingleses como Locke o en Tom Paine, entre otros propagandistas. Pero lo importante es que allí se dio primero, lo que en su momento tuvo importancia, pero después, con la evolución de los EE.UU como potencia mundial, para mucha gente, y sobre todo para la izquierda, el momento fundacional quedó oscurecido y declarado políticamente nulo como fuente de conocimiento.

Quizá yo tenga esa idea oficialista de la historia, que tú adviertes; puede ser, y espero que con tus aportaciones me ofrezcas una idea mejor.

Vale. Conocido y estupendo, pero es del medievo, de la sociedad estamental, la sociedad de los siervos de lo que tú hablas. Y sigues en la vía oficialista de la historia, pero desde más atrás. Avísame cuando todo eso que tú citas llegue a la emergencia de la figura del ciudadano moderno y a la proclamación de la república en España antes que en Estados Unidos, pues de eso hablo, no de otra cosa.

Revoluciones exóticas (y 3)

¿Y por qué no mirar a Estados Unidos, cuyos fundadores habían librado una guerra (de guerrillas, como en España) contra la monarquía británica y habían instaurado la primera república moderna? ¿No existían, entonces, semejanzas con nuestra Guerra de la Independencia contra la Francia napoleónica y con los primeros intentos de instaurar un régimen político antiabsolutista sobre una base constitucional? ¿Acaso no merecía España ser incluida en la misma oleada de revoluciones atlánticas, iniciada en Inglaterra en el siglo XVII y concluida con la más temprana independencia de sus propias colonias? ¿Y, acaso, no habían sido los norteamericanos los primeros en garantizar los derechos del ciudadano moderno, a pesar de la flagrante contradicción de privar de ellos a los aborígenes y esclavizar a los afroamericanos?
Pero en los años sesenta y setenta, la izquierda española mantenía una relación muy contradictoria con Estados Unidos. Por un lado, era, como el resto de la sociedad, ávida consumidora de tecnología, de información general y de cultura norteamericana (moda, literatura, arte, cine, música, deporte), pero, por otro, guardaba un gran recelo sobre sus instituciones, pues el gobierno yanqui era uno de los principales valedores de la dictadura de Franco. Además, Estados Unidos era el paradigma del capitalismo coetáneo y mostraba su cara más hosca con el imperialismo, resumido entonces en unos pocos conceptos que lo querían decir todo (expolio de otros países, empresas multinacionales, gobiernos títeres y represión popular, auspiciados por el Departamento de Estado, el Pentágono y la CIA).
Definitivamente, lo aprovechable de Estados Unidos estaba en sus calles, que en aquellos años hervían de protestas; estaba en la rebeldía y organización de la gente, en la lucha por los derechos civiles y la liberación de las mujeres y los homosexuales, en los Panteras Negras, en la contracultura, en los movimientos de estudiantes por la libertad de expresión, en la lucha sindical de los “chicanos”, en la ecología, en el pacifismo y en la oposición a la guerra de Vietnam, no en las instituciones.
Así, podíamos discutir con vehemencia sobre las tesis de abril, la revolución de febrero y la insurrección de octubre en la Rusia de 1917, sobre la Larga marcha, el Gran salto adelante y la Revolución cultural en China, sobre los “barbudos” en la sierra y los comunistas en la ciudad, en Cuba, sobre el papel del FLN y los fellahas en Argelia o sobre la ruta “Hochimin” y la ofensiva del Tet en Vietnam, sin saber mucho más acerca de esos países, pero no debatíamos sobre la Declaración de Derechos del Buen Pueblo de Virginia, sobre la Declaración de Independencia, sobre el federalismo, impulsado por Alexander Hamilton, James Madison y John Jay, tan oportuno hoy como en los años de la Transición, y sobre la Constitución federal de 1787, con su inteligente adición de Enmiendas.
Nos perdimos, en un momento muy propicio, un buen debate sobre eventos políticos de un país más semejante al nuestro, y al que en ciertos aspectos tratábamos de imitar aunque no lo reconociéramos, cuyo origen se debía a otra de las revoluciones exóticas o a la primera de ellas en el Nuevo Mundo.
Por ello, hay que reconocer las razones de Hanna Arendt cuando escribe: Lo realmente importante fue que la tradición revolucionaria europea del siglo XIX no mostró más que un interés pasajero por la Revolución americana o por el progreso de la República americana. En abierto contraste con el siglo XVIII, cuando mucho de la Revolución americana, el pensamiento político de los “philosophes” se amoldó a los acontecimientos e instituciones del Nuevo Mundo, el pensamiento revolucionario de los siglos XIX y XX se ha comportado como si nunca se hubiera producido una revolución en el Nuevo Mundo, como si nunca hubieran existido ideas y experiencias americanas en la esfera institucional y política sobre las que mereciera la pena meditar (…) Este fenómeno adquiere tintes especialmente desagradables cuando hasta las revoluciones que se producen en el continente americano se expresan y actúan como si se supieran de memoria los textos revolucionarios de Francia, Rusia y China, pero no hubieran oído hablar nunca de la Revolución americana (Sobre la revolución, Alianza, 1988, p. 223).
Algo semejante ocurría en España, en los años sesenta y setenta, en las filas de la izquierda revolucionaria. La revolución americana fue una gran desconocida.


Madrid, 9 de octubre de 2017, 50º aniversario de la muerte del Ché.

Publicado en El viejo topo nº 358, noviembre, 2017.

Revoluciones exóticas (2)

Otros jóvenes españoles y europeos, sobre todo franceses, de la misma generación se inclinaron por la versión china de la versión rusa, que era la muy prolongada en el tiempo Revolución Popular, Democrática y antiimperialista, de Mao Zedong en el legendario Celeste Imperio, sabiendo, salvo algunos episodios aislados (Temujín, Kublai Kan, Pu-Yi), aún menos cosas de un país gigantesco, misterioso y hermético, poblado por varias etnias, con una cultura milenaria y una filosofía de la vida completamente alejadas de Occidente y de una España todavía bastante cañí.
También Argelia (Fanon, Ben Bella) y Vietnam (Ho Chi Min) como revoluciones lejanas ejercieron su influjo sobre las jóvenes y jovencísimos antifranquistas  españoles. Y desde luego, la revolución cubana, bien contada y bien cantada, con su aura guerrillera, su épica casi evangélica -Fidel Castro con doce de los suyos- y su música pegadiza fue la que suscitó una adhesión más romántica, no sólo por la cercanía temporal y la proximidad cultural, y por la aportación de Ché Guevara sobre el foco insurreccional, que teorizó Regis Debray en su opúsculo “¿Revolución en la Revolución?” y que le vino muy bien a ETA, sino también por la muerte de su promotor (de la que se ha cumplido en octubre medio siglo), que comprobó en carne propia el fracaso de su teoría en las selvas de Bolivia, dejando a muchos de sus seguidores en una terrible orfandad. Pero, ¿cuáles eran las razones que empujaban a los jóvenes izquierdistas españoles hacia las revoluciones exóticas?
Por un lado, la atracción por lo que llegaba de fuera de nuestras fronteras con el aura del éxito y la ausencia de revoluciones españolas en las que inspirarse, pues, en España, tierra de insurrecciones, motines populares, pronunciamientos militares y guerras civiles, los intentos revolucionarios rara vez concluyen con éxito o su duración es efímera. Ya lo advirtió Marx en uno de sus artículos para el New York Daily Tribune: España no ha adoptado nunca la moderna moda francesa, tan al uso en 1848, de empezar y terminar una revolución en tres días. Sus esfuerzos en este terreno son complejos y más prolongados. De tres años parece ser el plazo más breve a que se constriñe, si bien el ciclo revolucionario abarca a veces hasta nueve años (…) Ni el político más agudo puede predecir cuánto durará el actual ni cuál será su desenlace (…) A pesar de estas repetidas insurrecciones (1808, 1820, 1834, 1854) no ha habido en España hasta el presente siglo revoluciones serias.
En Francia las cosas han sido distintas, más drásticas y eficaces, y, desde luego más duraderas, pero, para los jóvenes revolucionarios españoles, la Revolución de 1789, más conocida pero entendida como prototipo de revolución burguesa, aunque ofrecía aprovechables enseñanzas sobre las clases subalternas -el tercer estado de Sieyés y la actividad de los sans-culottes-, representaba, al fin y al cabo, el triunfo del enemigo de clase por muchos derechos del hombre y del ciudadano que proclamara, de modo que sus conquistas debían ser superadas por una auténtica revolución proletaria. De Olimpia de Gouges y los derechos de las mujeres, la mayoría de los varones no habíamos oído hablar. La Revolución seguía siendo cosa de hombres, como cierta marca de coñac, según rezaba el anuncio de un célebre brandy jerezano de la época.
También nos empujaba la carencia de información fiable sobre países tan lejos del nuestro en todos los aspectos, como los arriba citados, y la ausencia de una investigación rigurosa y prolongada que nos acercara a la realidad de sus sociedades por encima de las deformaciones de la propaganda, que tanto a favor como en contra nos alcanzaba, de modo que, teniendo encima la persistente cantinela del régimen franquista contra el perverso comunismo financiado por Moscú, dimos más crédito a la propaganda que coincidía con nuestras ingenuas y juveniles pretensiones.
No faltaban en aquella izquierda grandes dosis de improvisación y dogmatismo, y de reverencia por las acciones de otros (por muy gloriosas que hubieran sido), impelidas por las ganas de acabar con la dictadura y por una fe ciega, o bastante cegata, en la teoría, o mejor doctrina, sobre la Revolución, entendida como un elástico traje para todas las tallas, que precisaba sólo ajustes en las sisas y en el dobladillo de mangas y perneras para sentar como un guante; un modelo prêt a porter adaptado a las necesidades del consumidor revolucionario para vestir apresurados cambios de régimen.
El resultado solía ser la copia, la imitación, la falta de originalidad de “soluciones” construidas sobre la plantilla de revoluciones, un día triunfantes y ya un tanto ajadas, en países lejanos, económicamente dependientes o en desarrollo, en sociedades agrarias o poco industrializadas, con tradiciones políticas, religiosas y culturales que se hallaban a gran distancia de las nuestras.
El modelo que podía satisfacer la búsqueda de las contradicciones antagónicas de la lucha de clases que habían desaparecido en Europa estaba en el Tercer Mundo, en la lucha anticolonial, que reposaba en gran medida en dos supuestos no del todo ciertos: en la roussoniana teoría del buen salvaje y en la maldad de los hombres blancos occidentales; en la pureza y la inocencia de las poblaciones autóctonas, que luchaban por su tierra, su cultura y su riqueza, por un lado, y en la demostrada avaricia y crueldad de los colonizadores, cuando aún no se habían percibido del todo los excesos, carencias y deformidades de regímenes socialistas, socializantes, nacionalistas o populares, producto de tantas heroicas guerras de liberación con resultados tan parcos. Aunque ya había indicios de su degeneración, pero se atribuían a las insidias de los gobiernos occidentales, a la subversiva acción de las empresas multinacionales y los servicios secretos (la CIA, el MI6 o la Sureté, que tampoco era manca) y a la incansable propaganda del enemigo imperialista en el mundo bipolar de la guerra fría y, por otra parte, se esperaba que más pronto que tarde dichos excesos pudieran corregirse a medida que tales revoluciones madurasen. No fue así.

                                                                       *

Publicado en El viejo topo nº 358, noviembre, 2017.

domingo, 26 de noviembre de 2017

Revoluciones exóticas (1)

Se cumple este otoño el primer centenario de la Revolución de Octubre en Rusia, la gran convulsión política del recién iniciado y conflictivo siglo XX, cuyas consecuencias se habrían de notar el resto de la centuria e incluso marcarla profundamente, como señala Hobsbawm en su “Historia del siglo XX. 1914-1991”, cuyo final, como siglo corto, hace coincidir con el ocaso de la era soviética.
En Rusia, en medio de la Gran Guerra europea, se había constituido por la fuerza pero inicialmente con escasa violencia, el primer sistema productivo alternativo al capitalismo; una sociedad de trabajadores, gobernada por trabajadores, instituida, en principio, sobre supuestos políticos distintos no sólo a la economía capitalista sino a la sociedad burguesa. Era una teoría llevada a la práctica; una utopía con visos de ser realizada, que inauguraba la oposición ideológica, política y militar entre dos sistemas -capitalista y socialista-, que habría de afectar en el futuro a la vida de millones de personas.
El mundo capitalista y la sociedad burguesa vieron ese alumbramiento con estupor. Del temor a que el ejemplo se extendiera y pusiera en peligro el orden dominante vino el envío de tropas de catorce países en apoyo del ejército de los guardias blancos para acabar con el poder soviético. Fueron derrotadas, pero después de intervenir durante tres años en el conflicto mundial, la guerra civil, aún victoriosa, dejó humana y económicamente exhausta a la nueva Rusia y supuso el primer gran obstáculo a la Revolución, que en buena medida quedaría afectada en su evolución por ese acontecimiento.
En España, para los jóvenes de mi generación, que en los años sesenta estaban en la veintena y vivían empeñados en acabar con la dictadura franquista, la Revolución de octubre de 1917, Revolución Bolchevique o simplemente Octubre, era un ejemplo, lejano pero aún lleno de vigor, sobre lo que se podía hacer para cambiar el mundo y, sobre todo, para cambiar de régimen político; un modelo de revolución proletaria, y el Consejo de Comisarios del Pueblo presidido por Lenin, el primer gobierno obrero de la historia, después del efímero ensayo de la Comuna parisina.
A pesar de la deriva burocrática y de los excesos del período estaliniano, malformaciones presuntamente subsanables, que no tenían por qué repetirse en otras latitudes, Octubre era un ejemplo a imitar, porque era la prueba fehaciente que verificaba la teoría (y la profecía) sobre la Revolución, así con mayúscula, que ya no era una simple palabra, una consigna o una nebulosa posibilidad de cambio, sino el fatal destino de una ley histórica; el modo de cambiar un régimen político de modo favorable a las clases subalternas, plasmado en la toma del poder por los trabajadores y sus aliados; era un cambio drástico que implicaba una ruptura con el sistema político anterior y colocaba las bases para emprender un proceso de profundas reformas que condujera hacia un sistema colectivista, indudablemente mejor, más justo y más igualitario que el capitalismo movido por el ansia de satisfacer el interés material de los individuos y, en particular, de los poseedores de capital.
Las ganas de acabar con la dictadura de Franco y la prisa juvenil por cambiar el mundo abonaban la impaciencia y hacían creer en la posibilidad, más aún, en la necesidad, de promover un cambio político que instaurase, con el gobierno de las clases subalternas, la justicia, la libertad, la fraternidad y un equitativo reparto de la riqueza, y tal cambio sólo podía venir de una revolución triunfante.
Así que los jóvenes izquierdistas de entonces, animados por los sucesos de los tumultuosos años sesenta, buscaron inspiración en las revoluciones triunfantes y Octubre fue una de ellas. Y sin saber mucho sobre Rusia, esa es la verdad, o mejor dicho, desconociendo su larga historia, salvo lo concerniente a los sucesos de 1917, pero convencida por las leyendas que la rodeaban más que por los áridos y polémicos escritos de Lenin y otros bolcheviques, mucha gente joven tomó la otoñal insurrección bolchevique como un modelo, a veces puro, de revolución socialista, y otras veces mezclado con algún aporte más actual.

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Publicado en la revista El viejo topo nº 358, noviembre, 2017.

domingo, 5 de noviembre de 2017

Las revoluciones exóticas

Se cumple este otoño el primer centenario de la Revolución de Octubre en Rusia, la gran convulsión política del recién iniciado y conflictivo siglo XX, cuyas consecuencias se habrían de notar el resto de la centuria.
En Rusia se había constituido, por la fuerza pero con escasa violencia, el primer sistema económico alternativo al capitalismo; una sociedad de trabajadores instituida, en principio, sobre supuestos contrarios a la sociedad burguesa. Era una teoría llevada a la práctica; una utopía con visos de ser realizada, que inauguraba la oposición ideológica y política entre dos sistemas -capitalista y socialista-, que habría de marcar en el futuro la vida de millones de personas.
El mundo capitalista y la sociedad burguesa vieron el experimento con estupor. Del temor a que el ejemplo se extendiera y pusiera en peligro el orden dominante vino el envío de tropas de catorce países en apoyo del ejército de los guardias blancos para acabar con el poder soviético. Fueron derrotadas, pero después de intervenir durante tres años en el conflicto mundial, la guerra civil, aún victoriosa, dejó humana y económicamente exhausta a la nueva Rusia y supuso el primer gran obstáculo a la Revolución, que en buena medida quedaría afectada en su evolución por este acontecimiento.
En España, para los jóvenes de mi generación, que en los años sesenta estaban en la veintena y vivían empeñados en acabar con la dictadura franquista, la Revolución de octubre de 1917, Revolución Bolchevique o simplemente Octubre, era un ejemplo, lejano pero aún lleno de vigor, sobre lo que se podía hacer, un modelo de revolución proletaria, y el Consejo de Comisarios del Pueblo presidido por Lenin, el primer gobierno obrero del mundo, después del efímero ensayo de  la Comuna parisina.
A pesar de la deriva burocrática y de los excesos del período estaliniano, malformaciones presuntamente subsanables, que no tenían por qué repetirse en otras latitudes, Octubre era un ejemplo a imitar, porque era la prueba fehaciente que verificaba la teoría (y la profecía) sobre la Revolución, así con mayúscula, que ya no era una simple palabra, una consigna o una nebulosa posibilidad de cambio, sino el fatal destino de una ley histórica; el modo de cambiar un régimen político de modo favorable a las clases subalternas plasmado en la toma del poder por los trabajadores y sus aliados; era un cambio drástico que implicaba una ruptura con el sistema político anterior y colocaba las bases para emprender un proceso de profundas reformas que condujera hacia un sistema colectivista, indudablemente mejor, más justo y más igualitario que el capitalismo movido por el ansia de satisfacer el interés material de los individuos y, en particular, de los poseedores de capital.
Las ganas de acabar con la dictadura de Franco y la prisa juvenil abonaban la impaciencia y hacían creer en la posibilidad, más aún, en la necesidad, de un  cambio político que instaurase, con el gobierno de las clases subalternas, la justicia, la libertad, la fraternidad y un equitativo reparto de la riqueza, y tal cambio sólo podía venir de una revolución triunfante.
Así que los jóvenes izquierdistas de entonces buscaron inspiración en las revoluciones triunfantes y Octubre fue una de ellas. Y sin saber mucho sobre Rusia, esa es la verdad, o mejor dicho, desconociendo su larga historia, salvando lo concerniente a los sucesos de 1917, pero convencida por las leyendas que la rodeaban más que por los áridos escritos de Lenin y otros bolcheviques, mucha gente tomó la insurrección rusa de 1917 como un modelo, a veces puro, de revolución socialista, y otras veces mezclado con algún aporte más actual.
Otras gentes de la misma generación se inclinaron por la versión china de la versión rusa, que era la Revolución popular, democrática y antiimperialista, de Mao Tse Tung en el legendario Celeste Imperio, sabiendo aún menos cosas de un país gigantesco, misterioso y hermético, poblado por varias etnias, con una cultura milenaria y una filosofía de la vida completamente alejadas de Occidente y de una España todavía bastante cañí.
También Argelia (con Fanon) y Vietnam (con Ho Chi Min) como revoluciones lejanas ejercieron su influjo sobre las jóvenes y jovencísimos antifranquistas  españoles. Y desde luego fue la revolución cubana, bien contada y bien cantada, con su aura guerrillera, su épica casi evangélica -Fidel Castro con doce de los suyos- y su música pegadiza- la que suscitó una adhesión más romántica, no sólo por la cercanía temporal y la proximidad cultural, y por la aportación de Ché Guevara sobre el foco insurreccional, que teorizó Regis Debray en su opúsculo “¿Revolución en la Revolución?”, sino también por la muerte de su promotor (de la que se cumplen ahora 50 años), que comprobó en carne propia el fracaso de su teoría en las selvas de Bolivia, dejando a muchos de sus seguidores en una terrible orfandad. Pero, ¿qué era lo que empujaba a los jóvenes izquierdistas españoles hacia las revoluciones exóticas?
Por un lado, la atracción por lo que llegaba de fuera de nuestras fronteras y la ausencia de revoluciones españolas en las que inspirarse, pues, en España, tierra de insurrecciones, motines populares y pronunciamientos militares, los intentos revolucionarios rara vez concluyen con éxito o su duración es efímera. Ya lo advirtió Marx en uno de sus artículos para el New York Daily Tribune: España no ha adoptado nunca la moderna moda francesa, tan al uso en 1848, de empezar y terminar una revolución en tres días. Sus esfuerzos en este terreno son complejos y más prolongados. De tres años parece ser el plazo más breve a que se constriñe, si bien el ciclo revolucionario abarca a veces hasta nueve años (…) Ni el político más agudo puede predecir cuánto durará el actual ni cuál será su desenlace (…) A pesar de estas repetidas insurrecciones (1808, 1820, 1834, 1854) no ha habido en España hasta el presente siglo revoluciones serias.
En Francia las cosas han sido distintas, más drásticas y eficaces, pero para los jóvenes revolucionarios, la Revolución de 1789, más conocida pero entendida como revolución burguesa, aunque ofrecía enseñanzas aprovechables sobre las clases subalternas -el tercer estado de Sieyés y la actividad de los sans-culottes-, representaba, al fin y al cabo, el triunfo del enemigo de clase, por muchos derechos del hombre y del ciudadano que proclamara, de modo que sus conquistas debían ser superadas por una auténtica revolución proletaria. De Olimpia de Gouges y los derechos de la mujer, la mayoría de los varones no habíamos oído hablar. La Revolución seguía siendo cosa de hombres, como el coñac, según rezaba un anuncio de la época.
También nos empujaba la carencia de información fiable sobre países tan lejos del nuestro en todos los aspectos, como los arriba citados, y la ausencia de una investigación rigurosa y prolongada que nos acercara a la realidad de sus sociedades por encima de las deformaciones de la propaganda, que tanto a favor como en contra nos alcanzaba, de modo que, teniendo encima la persistente cantinela del régimen franquista contra el perverso bolchevismo financiado por Moscú, dimos más crédito a la propaganda que coincidía con nuestras ingenuas y juveniles pretensiones.
No faltaban en aquella izquierda grandes dosis de improvisación y dogmatismo, y de reverencia por las acciones de otros (por muy gloriosas que hubieran sido), impelidas por las ganas de acabar con la dictadura y por una fe ciega, o bastante cegata, en la teoría, o mejor doctrina, sobre la Revolución, entendida como un elástico traje para todas las tallas, que precisaba sólo ajustes en las sisas y en el dobladillo de mangas y perneras para sentar como un guante; un modelo prêt a porter adaptado a las necesidades del consumidor revolucionario para vestir apresurados cambios de régimen.
El resultado solía ser la copia, la imitación, la falta de originalidad de “soluciones” construidas sobre la plantilla de revoluciones, un día triunfantes y ya un tanto ajadas, en países lejanos, dependientes o en desarrollo, en sociedades agrarias o poco industrializadas, con tradiciones políticas, religiosas y culturales que se hallaban a gran distancia de las nuestras.
El modelo que podía satisfacer la búsqueda de las contradicciones antagónicas que habían desaparecido en Europa estaba en el Tercer Mundo, en la lucha anticolonial, que reposaba en gran medida en dos supuestos no del todo ciertos: en la teoría del buen salvaje y en la maldad de los hombres blancos occidentales; en la pureza y la inocencia de las poblaciones autóctonas, que luchaban por su tierra, su cultura y su riqueza, por un lado, y en la demostrada avaricia y crueldad de los colonizadores, cuando aún no se habían percibido del todo los excesos, carencias y deformaciones de regímenes socialistas, socializantes, nacionalistas o populares, resultantes de tantas heroicas guerras de liberación con resultados tan parcos. Aunque indicios ya había, pero se atribuían a la incansable propaganda del enemigo imperialista en el mundo bipolar de la guerra fría y, por otra parte, se esperaba que más pronto que tarde dichos excesos pudieran corregirse a medida que madurasen tales revoluciones.
¿Y por qué no mirar a Estados Unidos, cuyos fundadores habían librado una guerra (de guerrillas, como en España) contra la monarquía británica y habían instaurado la primera república moderna? ¿Acaso no había semejanzas con nuestra Guerra de la Independencia y con los primeros intentos de instaurar un régimen político antiabsolutista sobre una base constitucional?
Pero en los años sesenta y setenta, la izquierda española mantenía una relación muy contradictoria con Estados Unidos. Por un lado, era, como el resto de la sociedad, ávida consumidora de tecnología y de cultura norteamericana (moda, literatura, arte, cine, música, deporte…), pero, por otro, mantenía un gran recelo sobre sus instituciones, pues el gobierno yanqui era uno de los principales valedores de la dictadura de Franco. Además, Estados Unidos era el paradigma del capitalismo coetáneo y mostraba su cara más hosca con el imperialismo, resumido entonces en unos pocos conceptos que lo querían decir todo (expolio, empresas multinacionales, gobiernos títeres y represión popular, auspiciados por el Departamento de Estado, el Pentágono y la CIA).
Definitivamente, lo aprovechable de Estados Unidos estaba en sus calles, que en aquellos años hervían de protestas; estaba en la rebeldía y organización de la gente, en la contracultura, en la lucha por los derechos civiles y la liberación de las mujeres, en los Panteras Negras, en los estudiantes, en la lucha sindical de los “chicanos”, en la ecología, en el pacifismo y en la oposición a la guerra de Vietnam, no en las instituciones.
Así, podíamos discutir con vehemencia sobre las tesis de abril, la revolución de febrero y la insurrección de octubre en la Rusia de 1917, sobre la Larga marcha, el Gran salto adelante y la Revolución cultural en China, sobre los “barbudos” en la sierra y los comunistas en la ciudad, en Cuba, sobre el papel del FLN y los fellahas en Argelia o sobre la ruta “Hochimin” y la ofensiva del Tet en Vietnam, sin saber mucho más acerca de esos países, pero no debatíamos sobre la Declaración de Derechos del Buen Pueblo de Virginia, sobre la Declaración de Independencia, sobre el federalismo, impulsado por Alexander Hamilton, James Madison y John Jay, tan oportuno hoy como en los años de la Transición, y sobre la Constitución federal de 1787, con su inteligente adición de Enmiendas.
Nos perdimos, en un momento muy propicio, un buen debate sobre eventos de un país más semejante al nuestro y al que en ciertos aspectos tratábamos de imitar, aunque no lo reconociéramos, cuyo origen se debía también a otra de las revoluciones exóticas o a la primera de ellas en el Nuevo Mundo.
Por ello, hay que dar la razón a Hanna Arendt cuando escribe: Lo realmente importante fue que la tradición revolucionaria europea del siglo XIX no mostró más que un interés pasajero por la Revolución americana o por el progreso de la República americana. En abierto contraste con el siglo XVIII, cuando mucho de la Revolución americana, el pensamiento político de los “philosophes” se amoldó a los acontecimientos e instituciones del Nuevo Mundo, el pensamiento revolucionario de los siglos XIX y XX se ha comportado como si nunca se hubiera producido una revolución en el Nuevo Mundo, como si nunca hubieran existido ideas y experiencias americanas en la esfera institucional y política sobre las que mereciera la pena meditar (…) Este fenómeno adquiere tintes especialmente desagradables cuando hasta las revoluciones que se producen en el continente americano se expresan y actúan como si se supieran de memoria los textos revolucionarios de Francia, Rusia y China, pero no hubieran oído hablar nunca de la Revolución americana (Sobre la revolución, Alianza, 1988, p. 223).
Algo semejante ocurría en España, en los años sesenta y setenta, en las filas de la izquierda revolucionaria.

Madrid, 9 de octubre de 2017, 50º aniversario de la muerte del Ché.
Publicado en la revista El viejo topo nº 358, noviembre 2017.


domingo, 8 de octubre de 2017

Octubre 1917

Este otoño se han cumplido cien años del suceso que conmocionó el naciente siglo XX: la Revolución de octubre de 1917, que, en medio de la Iª Guerra Mundial, puso fin al imperio zarista e instauró un nuevo régimen político.
Pareció entonces que empezaba el principio del fin del mundo conocido y en gran medida así fue, pues, con el desenlace de la guerra, otros imperios siguieron el camino del zarista -el alemán, el austro-húngaro y el otomano-. El imperio británico permanecía, el francés se resentía y el americano emergía como la futura gran potencia que llegaría a ser. En China, el imperio manchú, bajo la dinastía Ching (o Qing) había caído poco antes, en 1911. Concluía políticamente el siglo XIX y el mundo cambiaba.
En la enorme Rusia, se había erigido, por la fuerza pero con escaso vertido de sangre, el primer gobierno obrero del mundo, el primer sistema económico alternativo al capitalismo, que inauguraba la gran oposición ideológica y política entre los dos sistemas -capitalista y socialista- que habría de marcar el siglo.
Era una idea llevada a la práctica; una utopía con visos de ser realizada. El mundo civilizado, el mundo capitalista, la sociedad burguesa la veían con estupor y se resistieron a permitirlo. Del temor a que el ejemplo se extendiera y pusiera en peligro el orden dominante vino el apoyo de la burguesía internacional al ejército de los blancos para tratar de derribar el poder soviético. Después de tres años de participar en la I Guerra Mundial, la guerra civil supuso una gran sangría para el pueblo ruso y el primer gran obstáculo para la Revolución. 
La Revolución de Octubre tuvo consecuencias internacionales, pero también internas en países contendientes o neutrales, hubieran resultado vencedores o sido vencidos en la guerra, pues uno de sus efectos fue señalar que el enemigo podía estar dentro de cada país.
Octubre indicó a las clases dominantes el potencial peligro que residía en las clases subalternas, en las clases menesterosas, ahora peligrosas, en la posible rebelión de los pobres y de los trabajadores. Avisaba que la revolución podía estallar dentro de cada país, movida por fuerzas interiores animadas por el nuevo poder soviético, que pretendía extender esa rebelión a escala internacional, tal como trabajadores, soldados y campesinos habían hecho en Rusia, volviendo las bayonetas contra sus amos. Se preparaba la revolución mundial y se había fundado en 1919 la organización que la haría posible, la Internacional Comunista o Komintern, y los instrumentos para promoverla y llevarla a cabo, los partidos comunistas, dirigidos por ella.
Octubre desató el miedo en las clases poseedoras de todo el mundo, el temor a la súbita politización de los trabajadores, de los sindicatos, de los funcionarios, del ejército, que podían ser captados por el comunismo, como había sucedido en Rusia, un imperio dirigido, desde 1613[i], con mano de hierro por la dinastía de los Romanov, apoyada por una nutrida aristocracia. Si eso había sucedido en un régimen dictatorial con abundantes residuos feudales, era lógico pensar que pudiera repetirse con más facilidad en los regímenes parlamentarios, donde las clases subalternos disfrutaban de más libertad. Con el miedo a los “rojos” se desató el “terror blanco” y se instauró en los gobiernos la obsesión por la seguridad interna, por la vigilancia, la persecución de agentes subversivos, la búsqueda y captura de comunistas y el deseo de acabar, como fuese, con el experimento soviético y con intentos similares que pudieran aparecer en el futuro. Había nacido una nueva versión del Congreso de Viena, pero lo cierto es que el recuerdo de Octubre contuvo el capitalismo durante décadas.
Decir que desde entonces ha pasado un siglo no es ocioso, porque en estos cien años han sucedido muchas cosas, y una de las más importantes es el fracaso de aquella revolución en su principal objetivo -liberar a los oprimidos, permitir el gobierno de los trabajadores y ofrecer una alternativa al modo de producción capitalista-, fracaso que llevó, en 1991, a la implosión del sistema económico, político y militar (la URSS, el COMECON y el Pacto de Varsovia) generado por ella.
Durante mucho tiempo, en las filas de la izquierda se creyó que la instauración del socialismo era un proceso irreversible hacia el futuro, una etapa a superar sin posible vuelta atrás; no ha sido así.
En el siglo soviético -no llega a un siglo, sólo 70 años-, el mundo ha estado influido por el comunismo, ese temible adversario del sistema capitalista surgido en Rusia y continuado después en otros lugares, como China, Cuba, Vietnam o Camboya. Revoluciones que, a pesar de haber promovido el crecimiento económico mediante una industrialización acelerada, también han degenerado en colectivismo burocrático, en el poder de un nuevo estamento social, en la dictadura de un partido y en despotismo estatal; justo lo opuesto de lo que pretendían ser. Grotescas deformaciones de una teoría que pretendía liberar de sus cadenas a los trabajadores y, como efecto, a toda la humanidad. Y algo semejante ocurre con el pasado.
A la vista de los acontecimientos ocurridos en Rusia (y en otros lugares, claro) desde la destrucción de la URSS, se puede afirmar que la idea de totalidad que acompañó a la Revolución de Octubre (y a otras) no ha resistido la prueba del paso del tiempo.
La revolución no fue total, no inauguró un mundo completamente nuevo, pues no pudo borrar del todo el pasado; lo atemperó, lo modificó, lo constriñó o lo sepultó, pero no lo pudo suprimir, porque no logró borrarlo de la imaginación colectiva, aunque en la forma política, legalmente, quedase abolido.
Más difícil que transformar el sistema económico y las estructuras políticas ha sido el cambiar mentalidades. La gran ambición de los revolucionarios había sido fundar un orden nuevo poblado por ciudadanos nuevos, pero la tarea se mostró más ardua de lo pensado, pues es muy difícil cambiar, y más si es con prisa y en medio de grandes dificultades, las costumbres y las cabezas. Ni aún con el apoyo de una dictadura, el hombre nuevo (y la mujer nueva) salen del horno a demanda.
La vieja Rusia emergió en 1991, porque en realidad siempre había estado allí, disfrazada en los despóticos modos imperiales de la nomenklatura, de la oficialidad zarista de los boyardos del PCUS, de la nueva aristocracia obrera y funcionarial y de los ciudadanos llanos tratados como nuevos siervos, bajo la atenta mirada de la policía política en sus distintas versiones a lo largo de los años, la Vecheka, GPU, NKVD y KGB, no tan alejadas en su propósito de la Ojrana zarista.




[i] Comenzó la dinastía Miguel I, nieto de Iván IV, el Terrible.

sábado, 1 de octubre de 2016

Ideologías

A propósitos de un comentario de Teresa Freixas a un tuit de Otegui, con una frase de Txiki (mañana cuando yo muera, no me vengáis a llorar. Nunca estaré bajo tierra, soy viento de libertad").

Hay ideologías repugnantes que inspiran comportamientos igual de repulsivos, pero las ideologías se hacen evidentes en los actos, que son la única materia de percibirlas, y son los actos los que merecen aprobación o reprobación, la protección o la reprobación de la ley. Entiendo que la ideología, conjunto de ideas políticas en este caso, no delinque por muy perversa que sea; delinquen los individuos que la comparten y que se expresan a través de sus actos, que son la materia punible.

Respecto a la frase de Otegui, que he visto más veces atribuida a otras personas, quizá sea de Paredes Manot, la forma de rima asonante no casa bien con el estilo del Ché, compárese con estas despedidas mucho menos poéticas: "Los he querido mucho, sólo que no he sabido expresar mi cariño; soy extremadamente rígido en mis acciones y creo que ha veces no me entendieron. No era fácil entenderme. Ahora, una voluntad que he pulido con delectación de artista, sostendrá unas piernas flácidas y unos pulmones cansados. Lo haré. Acuédense de vez en cuando de este pequeño condotieri del siglo XX. Un gran abrazo de hijo pródigo y recalcitrante para ustedes" (carta a sus padres); "Sobre todo, sean siempre capaces de sentir en lo más hondo cualquier injusticia cometida contra cualquiera en cualquier parte del mundo. Es la cualidad más linda del revolucionario.. Hasta siempre, hijitos, espero verlos todavía. Un beso grandote y un abrazo de Papá" (carta sus hijos); "Tendría muchas cosas que decirte a ti y a nuestro pueblo, pero siento que son innecesarias las palabras y no pueden expresar lo que yo quisiera.; no vale la pena emborronar cuartillas. Hasta la victoria siempre. ¡Patria o muerte! Te abraza con todo fervor revolucionario. Ché." (carta a Fidel Castro).

martes, 26 de abril de 2016

La aspiración igualitaria (III)

Concluye aquí esta breve serie. Y recalco la fecha en que fue efectuado un dictamen tan pesimista, por los rasgos que entonces se apuntaban y hoy ya son plenamente reconocidos: 1992, el año de los fastos (y los gastos) de la Exposición Universal de Sevilla, el Centenario del Descubrimiento de América, los Juegos Olímpicos de Barcelona, y el año que en comenzó la crisis económica que marcó el declive del gobierno de Felipe González.

3. La democracia desigual

Hoy, en las postrimerías del siglo XX, tanto el llamado socialismo real, o el socialismo realmente existente, como el liberalismo triunfante han conseguido burlar el afán igualitario para generar nuevas formas de desigualdad social.
En el primer caso, la existencia del partido único y la ocupación del Estado por una nomenklatura sin control social alguno han supuesto la negación de uno de los principios fundacionales de tales sociedades, teóricamente formadas por sujetos política y económicamente iguales. 
En el segundo caso, el liberalismo ha dado lugar a democracias capitalistas, democracias burguesas, gobernadas por varias nomenklaturas que forman una clase con intereses particulares en el entramado del poder, y nuestro país, pese a su tardía instalación en tal modelo, no es una excepción.
Hoy la democracia es formal; carece de contenido moral, de ética. Ha quedado reducida a unas cínicas reglas para alcanzar el poder político y permitir sin sobresaltos la alternancia entre las élites. No es una forma de gobernar ni de pertenecer a la comunidad política. El aristotélico zoon politikón, que vive en comunidad y se ocupa de los asuntos de la comunidad (ese es el sentido primigenio de la política, cuando la polis es la comunidad), ha dado paso al zoon apolitikón, gobernado por una casta de profesionales en la gestión de los asuntos públicos, que son cada vez más los asuntos privados de una clase política ideológicamente indiferenciada. Así, habría que actualizar la vieja frase del Manifiesto Comunista que dice que "el gobierno del Estado moderno no es más que una junta que administra los negocios comunes de toda la burguesía”, y añadir la idea de que el Estado es el lugar privilegiado donde hace negocios la clase política, como los hechos están demostrando cada día.
Si a lo largo de los dos últimos siglos las clases dominantes se han defendido como gato panza arriba del derecho al sufragio de las clases subalternas, para acabar reconociéndolo muy a su pesar, no por eso han cejado en su empeño de restaurar la desigualdad social y política, y no digamos ya la económica. 
En realidad, el vaciamiento que se ha producido en las reglas que conforman la democracia política mediante la interesada intervención de las élites en las leyes electorales y los reglamentos de las cámaras, la disciplina de partido, el papel del Ejecutivo, los supercentros de poder alejados del control ciudadano, etc, etc, muestran que se trata de una lucha de las oligarquías de cualquier ideología política contra el principio igualitario del sufragio universal. No contra la forma, que es intocable porque confiere legitimidad (incluso los dictadores la utilizan), sino contra el contenido igualador de la democracia. Así, de hecho, no son equivalentes los votos de todos los ciudadanos, ni todos los ciudadanos son realmente elegibles ni la política es una actividad de toda la politeia. Con ello se ha llegado a un sistema de representación irresponsable, por el cual los electores disponen de una capacidad muy limitada sobre sus representantes, tanto para designarlos como para deponerlos.
Si el fracaso del socialismo real muestra las dificultades para crear sociedades realmente igualitarias, en las que los individuos puedan disfrutar de los mismos derechos y oportunidades, el modelo defendido por la doctrina neoliberal muestra las dificultades para mantener la igualdad de los derechos individuales en las desigualitarias sociedades actuales.
En este modelo, la desigualdad como principio, incentivada por la penetración de las leyes del mercado en todos los rincones de la sociedad, ha generado un mundo hobbesiano donde la insolidaridad y la desigualdad se han convertido en patrones de vida.
La justificación de tales conductas parece encontrarse en el papel concedido por cada sujeto a su propio yo como suprema instancia para medir la relación con todos los demás. El éxito individual, medido en dinero y en poder, y el hedonismo buscado de manera compulsiva parecen ser la última y poderosa razón para olvidarse de los otros, que únicamente existen como ocasionales servidores -de usar y tirar- o como competidores en una sociedad concebida como una jungla, en la que, desterrada toda cooperación desinteresada, sólo cabe competir para vencer o ser vencido.
Como en otros momentos oscuros de la historia, la aspiración igualitaria descansa, pero no parece que vaya a ser por mucho tiempo, pues la gravedad de los problemas sociales y el rápido deterioro ecológico muestran que vivimos en un mundo cada vez más pequeño, más frágil, más inhumano y más injusto, en el que la actuación irresponsable de unos pocos conlleva consecuencias gravísimas para muchos. Pero no ha de tardar la respuesta de los muchos, defendiendo su vida y la del planeta, al imponer nuevos raseros que erosionen la desigualdad existente y la injusticia imperante.

Madrid, verano de 1992. 

Para Iniciativa Socialista, número 21, extra “Libertad, Igualdad y Solidaridad”, octubre de 1992. 
Aparecido en el libro colectivo: "Entre dos siglos (1989-2005)", Madrid. SEPHA, 2006, dentro de la selección de textos publicados por la revista Iniciativa Socialista (luego Trasversales) desde su fundación en 1989.