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sábado, 15 de febrero de 2020

Divide y no podrás


Se desconoce si la intención de Pablo Iglesias de tomar el cielo por asalto era haciéndolo todos juntos, en pandilla, o por “confluencias”, por grupos de gentes afines lanzándose a ocupar cada grupo la parte de un cielo único, o lanzándose al abordaje del paraíso autóctono, regional o, mejor aún, nacional, que le correspondiera en un cielo de cielos.
Esa duda, nunca aclarada expresamente, se fue disipando con la práctica y el tiempo, porque Podemos, una inestable confederación de grupos más que un partido que nunca se intentó formar como un solo grupo organizado y mucho menos centralizado, salvo el estricto grupo directivo -el núcleo irradiador-, se plegó muy pronto a la orografía política del país, al relieve ideológico del terreno, no sólo el establecido por el régimen autonómico, sino el acentuado por las demandas de los nacionalismos periféricos. 
Con lo cual, Podemos poco podía poner de su parte para resolver la tensión entre el centralismo y la periferia, o, mejor dicho, las tensiones entre comunidades autónomas y las de estas con la Administración central, sino al contrario, ya que, al plegarse a lo más hondo del terreno, a los valles profundos de la emoción identitaria, y solicitar, como solución a tales tensiones, la celebración de refrendos para ratificar la unión o justificar la separación respecto al Estado español de los territorios que lo demandaren, acentuaba la tendencia a la desintegración del país y del Estado; de ese mismo país y de ese mismo Estado que aspiraba a gobernar.
Lo que inicialmente sólo fue un ejercicio de oportunismo político, creyendo que así podría ampliar pronto y fácilmente su base electoral para reemplazar al PSOE como fuerza hegemónica de la izquierda -tarea que le sobrepasaba-, en poco tiempo se reveló que la maniobra, o la estrategia, que es peor, producía el efecto contrario.
Alimentando estas tensiones, y sin excluir errores de bulto en otros asuntos, en los territorios con un sentimiento nacional más profundo Unidas-Podemos ha ido perdiendo electores en favor de partidos autóctonos de larga tradición nacionalista y desapareciendo a ojos vista como fuerza independiente. 
Está sufriendo el proceso de desnaturalización y posterior absorción por los movimientos nacionalistas que sufrieron en su momento la izquierda comunista y los partidos de la extrema izquierda.
A las divisiones anteriores, ahora se añade la deserción de la taifa andaluza. 
Los anticapitalistas se separan de U-Podemos y se quedan en Adelante Andalucía, la coalición electoral convertida en un partido de tipo populista aún más apegado al terreno regional -confederal y andalucista-, que en el futuro será competencia electoral de Unidas-Podemos, para deleite de la coalición de derechas que ocupa la Junta de Andalucía.
El que la separación se haya alcanzado con un acuerdo "pacífico y empático" no impide considerarla una ruptura, una división, otra más de la izquierda y, peor aún, cuando se trata de una izquierda pretendidamente nueva, que, con muchas ínfulas y deseos de ganar -sus dirigentes sabían cómo hacerlo-, venía a superar los vicios y los errores de las anteriores izquierdas, acostumbradas a perder.  
La escisión andaluza perjudica a Unidas-Podemos como organización y debilita su posición en el gobierno de coalición con el PSOE; ahora es, sencillamente, un socio más débil en el Gobierno central -débil de nacimiento-, lo que aumenta su fragilidad y hace aún más difícil la legislatura.   
Pero lo ocurrido no es algo nuevo, sino la consecuencia lógica de su discurso: el partido de partidos es políticamente lo que mejor se corresponde con la nación de naciones. 
Teresa Rodríguez ha sido la última en decirlo. Y la moraleja es aterradora.

14 de febrero 2020


sábado, 19 de octubre de 2019

Hacia el choque


Después de tres días de disturbios y tres noches de insomnio en Cataluña, estamos llegando al temido o ansiado choque de trenes, que tendrá lugar, según la agenda de los nacionalistas, el próximo fin de semana, cuando coincidan en la gran manifestación de Barcelona las marchas llegando desde las otras provincias, con la huelga general, en realidad un patriótico lock-out del Govern, que se une al aleatorio cierre de facultades universitarias, institutos, empresas y comercios a causa de los cortes de carreteras y vías férreas. Si es que no han preparado alguna acción en Madrid, porque el intento de bloquear el aeropuerto de Barajas ha sido un fracaso y la manifestación de apoyo tuvo poco éxito.
El motivo aducido, paralizar Cataluña y hundir España, más parece querer dar la razón a los jueces, que protestar porque la sentencia del Tribunal Supremo no coincide con el veredicto absolutorio que la Generalitat y el oficioso estado mayor del “procés”, habían decidido para los dirigentes encarcelados.
La desmedida reacción -ocupaciones de calles, lugares e instituciones públicas, el bloqueo de carreteras y vías férreas, las decenas de incendios, las agresiones y provocaciones a ciudadanos “no afectos” y a policías, que están actuando con “perfil bajo”, como se dice ahora- ha acabado de forma drástica con la mística impostación de pacifismo y revelado que quienes deseaban trocear un país y convertir en extranjeros, al menos, a la mitad de sus  conciudadanos, poco tenían que ver en sus medios y en sus fines con figuras como Rosa Parks, Luther King o con Mahatma Ghandi. La revolución de las sonrisas ha mostrado los colmillos. 
Dejando claro que les asiste el derecho a manifestarse pacíficamente, pero no más, era una ilusión creer que una sentencia condenatoria del Tribunal Supremo habría ayudado a paralizar o reconducir la situación, dada la intención del Govern y de las organizaciones del movimiento de persistir en lo mismo -lo volveremos a hacer-, pero tampoco lo habría logrado una sentencia  absolutoria, que hubiera ratificado la legalidad y la legitimidad de todo el “procés”, juzgando y absolviendo sólo los últimos actos de sus dirigentes. Así que el problema sigue, pero más enconado.
Lo cierto es que antes de conocerse la sentencia y desde el momento de tomar posesión de su cargo, el President Torra, que se considera vicario del verdadero President que reside en Waterloo, ha señalado su intención de avanzar hacia la independencia como prioritaria (y al parecer única) función de su mandato, y la tensión con el Gobierno central no ha dejado de alimentarse para mantener en estado de alerta a las fuerzas propias, pues al fin y al cabo se trata de avanzar hacia la victoria definitiva sobre el Estado español, que, según Torra, ya fue derrotado el 1 de octubre de 2017, al celebrarse un referéndum ilegal y carente de garantías, cuyos resultados ningún país reconoció y que acabó con unos dirigentes en la cárcel y otros huidos. También los hechos de estos días los pueden considerar una victoria, al mantener en guardia al Estado español y a los vecinos en vela, pero los hay que se conforman con poco con tal de creer que van ganando.     
Así, pues, debemos prepararnos, con paciencia y sin excesivo dramatismo, para el gran choque, al que se va a llegar según la estrategia señalada por Artur Mas en 2010, cuando anunció que Cataluña iniciaba un proceso de transición nacional y fijaba el rumbo de colisión, que fatalmente llegará el fin de semana.  
Lo sucedido estos días y lo que está por suceder, revela un aspecto, negado por la propaganda y manifestado hasta ahora de modo episódico pero constante en el “procés”, que ha sido el uso progresivo de las demostraciones de fuerza, si bien de forma pacífica y multitudinaria, y también en ocasionales, y cada vez más frecuentes, casos de amedrentamiento y violencia de diverso grado, pero la evolución de los acontecimientos y el apremio de la Generalitat a los activistas -apreteu, apreteu- ha hecho que la violencia ocasional e individual ya aparezca organizada y ejercida colectivamente. Ya no son actos aislados de hinchas descerebrados o de “infiltrados”, como afirma Torra, que los tiene en su propia casa, sino una táctica gubernamental llevada a cabo con juvenil empeño por unos seguidores que han sido engañados, una y otra vez desde el primer momento, sobre la facilidad con que se habría de realizar el tránsito desde el opresivo Estado español hasta la idílica y nebulosa república catalana.
La sentencia del Tribunal Supremo ha señalado la falacia de describir el proceso de desmembrar un país mediante una artera, oportunista e inadecuada metáfora: la “desconexión”, pues cuando se intenta accionar el interruptor, da calambre. 

17/10/2019



martes, 15 de octubre de 2019

“Podemos” rescata el referéndum pactado


En vísperas de conocerse la sentencia del Tribunal Supremo sobre las penas impuestas a los dirigentes del “procés”, Unidas-Podemos, con su habitual don de la oportunidad, rescata para el programa electoral del 10 de Noviembre, la petición de un referéndum pactado en Cataluña (de autodeterminación, se supone), que había arrinconado para facilitar la negociación con el PSOE, finalmente fallida. 
El “rescate” del refrendo es una decisión desafortunada por varias razones.
La primera es que apoya la propuesta nacionalista, numéricamente grande y ostentosamente visible, pero minoritaria, pues, en las tres últimas elecciones autonómicas en Cataluña las fuerzas nacionalistas han obtenido el 48% de los votos frente al 52% de los no nacionalistas. Así que no veo que, ni siquiera numéricamente, les asista más razón.
La segunda es que apoya la propuesta de una región rica, pero insolidaria, frente al resto de regiones que no lo son, o que lo son menos. A eso se debe añadir que la propuesta ha surgido del estrato social más acomodado de Cataluña y que ha sido llevada adelante por un partido que se ha caracterizado por tener una clarísima política de clase y que además está corrompido en los niveles más altos de su aparato directivo, con lo cual cabe sospechar, que entre las razones del “procés” está la de eludir la acción de la justicia y las responsabilidades en las antisociales medidas de austeridad adoptadas frente a la crisis, que han sido el origen de la indignación popular en Cataluña, luego astutamente reorientada hacia España.
La tercera razón es que se trata de una propuesta electoral que desconoce los usos políticos del país e ignora la dinámica que presidió la formulación y puesta en marcha del Estado autonómico, que, según Podemos, ha fracasado.
La fórmula del “café para todos” derivó en una tensión constante entre las administraciones autonómicas para dotarse de los fondos y las competencias de las que tuvieran más. Y ese ha sido el origen del “procés”: la promesa de Artur Mas de dotar a Cataluña de un concierto económico como el del País Vasco. Es decir, lograr un trato de privilegio como el de los vascos.
Puesto a apoyar la celebración de un referéndum pactado en Cataluña, ¿con qué razones Podemos se lo negaría a los nacionalistas vascos? Más teniendo en cuenta, que por definición de su dirigente Nagua Alba, Podemos en Euskadi es abertzale, y que la susodicha ha defendido el cupo vasco, eso sí, a condición de que su negociación no fuera opaca. Así, pues, podemos dar por sentado que después del refrendo en Cataluña, inmediatamente vendría una reclamación de los nacionalistas vascos en el mismo sentido. ¿Se podría, después, negar a los nacionalistas gallegos celebrar el suyo? Y después de apoyarlo en Cataluña, en el País Vasco o en Galicia, tres “nacionalidades históricas”, ¿se podría negar su celebración en regiones, igualmente “históricas”, que, desearan, de este modo, convertirse en naciones tan “históricas” como las anteriores? Con lo cual en el curso de relativamente poco tiempo, podríamos estar empantanados en una sucesiva celebración de refrendos de autodeterminación, que acabarían no sólo con el país, sino con los nuevos países, que habrían quedado profundamente divididos interiormente. Sin hablar de las consecuencias en la Unión Europea, que no está en de sus mejores momentos. 
A esta situación kafkiana podríamos llegar si se aceptase el disparate, pero parece que es lo que pretende Pablo Iglesias cuando habla de “repensar la España plurinacional” (título de un libro escrito con Xavier Domenech, Xosé Manuel Beiras, Ana Domínguez y otros) y de construir un proyecto colectivo  mediante “un patriotismo republicano plurinacional”. Es decir, primero troceamos el país con una serie de refrendos para fundar nuevas naciones, que sean, ante todo, republicanas, y después tratamos de unirlas de nuevo en un solo Estado mediante un patriotismo republicano y plurinacional. Lo importante para Iglesias es “conectar España” de forma democrática y republicana, esa España de la que Artur Mas pensaba desconectar a Cataluña, rápida y fácilmente, de modo unilateral.  
Ignoro si la propuesta de apoyar un refrendo pactado en Cataluña es una opción meditada o una ocurrencia de última hora en vista de lo que dicen los sondeos electorales, pero en cualquier caso parece, y opino modestamente, la feble piedra angular del discurso político de Unidas-Podemos; el débil cimiento que soporta el edificio de los demás puntos del programa. Pues, las propuestas ecológicas y salariales, las pensiones, la reforma laboral, la “reforma fiscal justa”; en definitiva, el contenido económico, ecológico, laboral, asistencial, fiscal o civil de su programa, por muy justo, radical o razonado que sea, deja de tener sentido en cuanto alguien pregunte: ¿Todo esto se aplicará antes o después de los refrendos? Y si se hace antes, ¿con qué fin?

Madrid, 14 de octubre de 2019


lunes, 20 de mayo de 2019

O nacionalista o de izquierda


Aquí y ahora no se puede ser, a la vez, nacionalista y de izquierda. Quizá en otro momento sí fue posible o incluso necesario; no lo discuto. Quizá en otros lugares, en otros países y en otras circunstancias, los proyectos de la izquierda y del nacionalismo hayan podido andar parejos o incluso compartir un objetivo común; es posible. Pero hoy, aquí y ahora, en España, no se puede ser a la vez nacionalista y de izquierda, porque sus objetivos chocan; no sólo no convergen sino que se oponen, son contradictorios.
Desde hace décadas, el nacionalismo no es un aliado para la izquierda sino un foco de problemas, un elemento de distorsión ideológica y de confusión política; un artero y desleal adversario, que actúa como una máquina de picar carne destruyendo el programa social e igualitario, civil y moderno de la izquierda, y triturándolo bajo la muela de lo natural, lo ancestral, lo identitario y, presuntamente, auténtico, pero subordinado al injusto orden emanado del centralismo estatal. Una vez picado su programa, lo engulle y lo asimila y lo pone al servicio de un victimismo cultivado con tesón.
A las izquierdas españolas les cuesta afrontar la realidad del país, se pierden en mirar cada uno de los árboles, por lo general sauces llorones, pero no ven el conjunto del bosque; no saben ubicar correctamente la tensión entre la unidad y la diversidad, entre las partes y el todo; entre lo común y compartido y lo particular y privativo, en lo que es realmente el país, porque una persistente idea les lleva a confundir España con la imagen de ella legada por el régimen de Franco.
El inesperado legado de la pertinaz propaganda franquista ha sido hacer creer a buena parte de la izquierda, en particular a la más radical, que el carácter temporal del régimen expresaba la esencia imperecedera del país, que España era como la dictadura y que su historia verdadera era el relato de los mitos de la Cruzada.
Ante lo cual, esa izquierda antifranquista no reaccionó racionalmente contra los mitos sino de forma emotiva, pues rechazó los mitos franquistas pero acabó aceptando los mitos de los nacionalismos periféricos, que, en parte, pero sólo en parte, como mitos de clase, se le oponían.
De lo cual resultaba una curiosa y arbitraria distinción: la derecha española era heredera del franquismo, autoritaria, retrógrada y centralista, y las derechas nacionalistas, vasca, gallega y catalana eran democráticas, progresistas y antifranquistas. La elección estaba clara.
La consecuencia de ello ha sido que la izquierda más opuesta a la dictadura fue derrotada y subsumida por las derechas refugiadas en el nacionalismo periférico. La descarnada derecha del Partido Popular, con su desigualitario programa, ayuda, por reacción, a la izquierda a mantener su proyecto, pero su centralismo incide en la débil noción del Estado que padece buena parte de la izquierda y suscita la reacción opuesta, la tendencia hacia la periferia, circunstancia que las derechas nacionalistas utilizan en su favor.
Desaparecidos los proyectos de la izquierda y la extrema izquierda de tendencia comunista en favor de los nacionalismos periféricos, la "nueva" izquierda ha nacido aceptando como un dato incuestionable esa dependencia ideológica, con lo cual está atrapada en la defensa del nacionalismo burgués como las moscas en la miel.
Esta izquierda se ha sumado a las versiones locales del lamento joseantoniano -“me duele España”- con una retahíla de jeremiadas del mismo estilo -“me duele Cataluña”, “me duele Euskadi”, “me duele Galicia”, “me duele Andalucía”, etc-; es decir, me duele cualquier región o, mejor, cualquier nación, menos España, que no puede doler porque no existe. Hemos vuelto a 1949, a “España como problema”, o incluso más atrás.
España, cuando no se puede evitar nombrarla, es sólo el nombre impostado de una entidad jurídica y una maquinaria administrativa, que es el Estado; una superestructura hueca sin calor humano, privada de habitantes, de verdadera nación, y poblada por obedientes funcionarios, que cumplen como autómatas la burocrática labor de ayudar a la derecha centralista a gobernar despóticamente sobre las naciones que habitan la Península Ibérica. El español es un Estado sin pueblo, sin nación propia; una nación fallida pero con un Estado real, que asfixia a las verdaderas naciones que mantiene bajo su dominación y que aspiran a tener sus propios estados.
El ideario nacionalista aduce que, una vez liberada de la oprobiosa tutela del Estado español, surgirá sin límites la auténtica expresión de esos pueblos, sus identidades milenarias, sus historias particulares, sus lenguas, sus costumbres ancestrales, los rasgos peculiares y sus preferencias verdaderas, hoy sofocadas por el persistente centralismo franquista.
Hay una izquierda, o más de una, que afirma que hay que ayudar a que eso sea cierto, a que las oprimidas naciones, indeterminadas en número, se manifiesten con toda su pujanza y decidan en referéndum sobre el artificial conjunto, pues lo valioso es la diversidad, que hay que mantener a toda costa, aunque económicamente sea conveniente llegar a ciertos acuerdos de cooperación, por supuesto, voluntarios, para construir algo mayor pero sin condicionar el poder de lo local, natural y verdadero.
Es una teoría del Estado que en la nueva izquierda coincide con la teoría del Partido, en la cual es decisiva la confluencia de las partes. Confluencia es la palabra mágica que produce la unidad a partir de la dispersión y la ruptura. El Estado debe ser resultado de la libre confluencia de naciones soberanas, y el Partido será el resultado de la libre confluencia de grupos políticos nacionales, regionales y locales.
El origen tal teoría puede ser el intento de justificar la impotencia o la falta de capacidad para fundar un partido estructurado o bien la aplicación de un viejo principio que la izquierda sigue al pie de la letra desde hace décadas: divide y perderás.

20/5/2019


martes, 7 de mayo de 2019

El fardo de Iglesias

El otro partido que el pasado día 28 de abril recibió un notable revés electoral fue Unidas Podemos. El resultado obtenido se puede calificar de severa derrota respecto al objetivo de convertirse en un elemento imprescindible para formar, con el PSOE, un gobierno de izquierdas, y se debe ver como una alarmante pérdida de apoyo popular respecto a las elecciones generales de 2016, pero no sólo respecto a ellas.
Los 3.733.000 votos, en números redondos, y los 42 diputados obtenidos, frente a los 5.087.000 votos y 71 escaños obtenidos con el aporte de las confluencias el 26/6/2016, revelan un retroceso del respaldo electoral que va del 21,15%, en 2016, al 14,31%, en 2019, y una pérdida aproximada de 1.300.000 votantes.
Si se tienen en cuenta la participación -el 75,75%, la más alta desde las elecciones de 2004, que dieron el triunfo al PSOE- y la vigencia del eje izquierda y derecha en estos comicios, aunque la polaridad estuviera dividida en varias izquierdas y tres derechas, y se compara el resultado de 2019 con el de las elecciones de diciembre de 2015, el retroceso es aún más dramático, pues a la pérdida de votos de 2019 respecto a 2016, hay que sumar los votos perdidos -1.062.000, en número redondos- en junio de 2016 respecto a las elecciones de diciembre de 2015, con lo que se obtiene una suma 2.362.000 votos. Pero no siendo esa una cifra despreciable, no es lo más importante que ha perdido Podemos en dos citas electorales trascendentales.
La primera, la del día 28 de abril, lo es por dos circunstancias: por la aparición de la extrema derecha como una opción política diferenciada de otras dos fuerzas de la derecha -PP y Cs-, también muy escoradas hacia el extremo, el terreno acotado por el discurso de Vox, por el que han competido.
La otra circunstancia era la posibilidad de salir de la etapa de interinidad, que, desde 2015 ha marcado la actividad institucional del país. La salida del bucle de gobiernos breves e inestables con un gobierno de tres derechas aliadas o con un gobierno de izquierdas, en coalición o con apoyo parlamentario, ha inclinado a muchos votantes de izquierda al pragmatismo y al cálculo y, por ende, a confiar en el voto útil, lo cual ha perjudicado a Podemos. Y vamos con las elecciones de 2015. 
Podemos llegó a las elecciones de diciembre de 2015 en triunfo. Fundado en enero de 2014, había dado la sorpresa obteniendo 5 escaños en las elecciones europeas de mayo de ese año y, gracias a varias alianzas locales y regionales, obtuvo buen resultado en las elecciones municipales y autonómicas de 2015. Venía, además, respaldado por la masiva movilización ciudadana contra los efectos de la crisis financiera y los recortes del gobierno de Rajoy para hacer frente, en teoría, a la gran recesión.
Sirvan unas cifras para ilustrar aquella oleada de protestas: en 2008, año en que estalló la burbuja inmobiliaria, se dieron en España (en números redondos) 16.000 manifestaciones y actos de protesta, en 2009 fueron 24.000, 22.000 en 2010, 21.000 en 2011, 44.000 en 2012, 43.000 en 2013 y 37.000 en 2014. Además de tres huelgas generales a escala nacional y varias más a escala local y regional.
La gravedad de la crisis económica hizo emerger nuevos movimientos sociales, coloreadas mareas, asociaciones de afectados, plataformas, marchas, etc, y finalmente el 15-M-2011, como expresión concentrada de todo ello y como crítica política e ideológica a la crisis del régimen, que abarcaba desde los partidos políticos (corruptos y no corruptos), a la Casa Real (caso Noos), la judicatura, órganos de control y agencias gubernamentales, asociaciones patronales, y, en general, a quienes habían dirigido el país hasta entonces; “la casta”, como la calificó Podemos.
En este clima de indignación contra un sistema económico que había alentado la burbuja financiera y unas instituciones de control que no supieron o quisieron ejercer correctamente sus funciones vigilando la deriva de la banca, a la que hubo que rescatar con 66.000 millones de euros, detraídos de gasto social, y contra un gobierno anegado por la corrupción, que impuso despidos laborales a millones, rebajas de salarios y pensiones mientras sus miembros se subían el sueldo y altos cargos del Partido recibían gratificaciones en dinero negro, surgieron varios intentos de remozar las tradicionales fuerzas de la izquierda y de fundar otros partidos.
Además de Izquierda Abierta y Democracia Real Ya, en 2014, se presentaron varias agrupaciones electorales locales y regionales (Guanyem Barcelona o Ganemos Madrid y otras similares en Málaga, Murcia, Logroño, Galicia, etc). Pero fue, finalmente, Podemos la organización de más entidad y la que devino en el núcleo más representativo de la disidencia política y de la indignación ciudadana, y con este apoyo se presentó a las elecciones generales, en diciembre de 2015.
Podemos obtuvo 42 escaños, En Comú-Podem 12, Compromís-Podemos 9, En Marea-Podemos 6, IU-UPC 2 escaños. En conjunto, 6.113.000 votos y 71 escaños, pero el resultado, con ser bueno para un partido con apenas dos años de existencia, no fue el esperado por las desmesuradas expectativas que albergaban sus dirigentes, que aspiraban a sobrepasar al PSOE y a hacerse con la hegemonía de la izquierda.
No pudo ser y, a partir de ahí, en una mezcla de errores tácticos y pérdida de visión estratégica, combinadas con prisa y excesiva ambición por llegar al Gobierno, el desencuentro con el PSOE condujo a unas elecciones anticipadas en junio de 2016, en las que perdió más de un millón de votos, y a que, como resultado ellas y al sectarismo de su principal dirigente, Podemos permitiera que siguiera gobernando el agotado equipo de Rajoy.
La frustración entre sus seguidores fue enorme, pero, en vez de corregir el rumbo y desplazar al máximo responsable de la operación, la asamblea de Vista Alegre II ratificó el aparente triunfo del gran estratega y marginó a los críticos. Fue un cierre en falso, como después se ha visto con las divisiones y abandonos sufridos y, sobre todo, con lo que podría llamarse la fisión del núcleo irradiador, escindido pero no para generar más energía.   
Ese es el fardo que Iglesias arrastra como un penitente, desde la primavera de 2016; un fardo que recuerda el ataúd que arrastraba el primer “Django” del cine (Franco Nero) en la película homónima, no el “Django desencadenado” del temible Tarantino. Fardo del que Iglesias (no Franco Nero) podría liberarse, y así lo deberían reclaman sus deudos, dimitiendo como máximo dirigente de Unidas-Podemos y máximo responsable del desastre. Aunque quizá espere para hacerlo a conocer el resultado de los comicios de mayo.

José M. Roca
7/5/2019

 

miércoles, 20 de marzo de 2019

El derecho a llevar armas

Sobre un posteo de Monse AC y unos comentarios de Pablo Iglesias


Pablito Iglesias es un imprudente y un ignorante. 
La democracia es un sistema de representación que se legitima por la discusión y luego por el voto de la mayoría para decidir entre opciones distintas, pero se funda en una noción de la actividad política que tiene como fin principal atemperar los conflictos y resolverlos por vía pacífica. La posesión de armas por ciudadanos particulares no favorece eso, sino la tendencia contraria, que ha sido, hasta ahora, la de la historia de la humanidad. 
La definición de Clausewitz de que la guerra es la continuación de la política por otros medios, es decir el recurso general al usar las armas, acaba no sólo con la noción de política indicada más arriba sino con la propia noción de democracia, pues deja de tener sentido tratar de convencer con argumentos, si se puede vencer usando las armas. 
En democracia, quienes negocian siempre pierden algo para tratar de llegar a un acuerdo que satisfaga a las partes en litigio; en la guerra el que gana se lo llevo todo e impone sus condiciones al vencido.
Es más, la seguridad de los ciudadanos es un derecho que acompaña a los otros derechos, y, por lo tanto, es una ineludible competencia del Estado, de ahí que deba ser pública, no privada, y resuelta por cada cual, bien recurriendo a tener armas en propiedad o recurriendo a empresas (ejércitos privados, guardas jurados, alarmas, guardaespaldas, etc), con lo cual el Estado moderno, que es el único que puede hacer uso de la violencia legítima, retrocede ante el derecho de los particulares, que creen vivir en el estado de naturaleza, en guerra o en desconfianza permanente unos de otros. Es decir, desde el punto de vista de las ideas políticas, volvemos a tiempos previos a Rousseau, a Locke y a Hobbes.
Una de las características de los sociedades, o mejor comunidades, que vivían en el estadio de barbarie es que no existían cuerpos armados (soldados), sino que todos los hombres participaban en actividades armadas de ataque o defensa (eran guerreros). En cierto modo, y a pesar de tener el ejército más poderoso del mundo de cara al exterior, en EE.UU. internamente está muy extendida la idea de que cada persona o cada familia pueden defenderse por sí mismas. Un efecto perverso, creo yo, del individualismo y de la historia del país (la conquista y colonización del Oeste).

jueves, 14 de marzo de 2019

Cosas de Spain


La izquierda y la derecha son productos del país, tan típicos como los toros, los churros o las gambas al ajillo. Y este país, por su historia política, económica y académica, es poco racional; es emotivo, crédulo e ignorante; primitivo y espontáneo. Lo mejor de la universidad, lo crítico, lo avanzado, lo racional, se vació con la derrota de la República (que sucedió a un régimen desgastado y corrompido) y, tras la guerra civil, fue rellenada con rábulas del Movimiento Nacional, y eso dio sus resultados en gran parte de la clase política y económica que hizo la transición y no se corrigió después; la universidad está burocratizada, tomada por grupos de presión políticos y confesionales; aburre, agoniza, es un muermo. La gran obra destructora de Franco durará más de cien años, que se dice pronto. Y una de las consecuencias es la mediocridad y la corrupción de élites políticas, económicas y culturales, que deberían ser un ejemplo para la gente corriente.
Falta cultura, ejercicio de la libertad, discusión, democracia, laicismo, tolerancia, pragmatismo, racionalidad, generosidad y mirada a largo plazo y alrededor (al mundo) en las clases que dirigen, no te digo ya en las que no lo hacen. 
Mucha ignorancia, despreocupación por lo que no sea evidente e inmediato, mucho fútbol y poca lectura. Sobra opinión visceral y propuestas maximalistas. Y sobran postín y postureo; somos postineros, en dinero, en posición y en saber; solemos ir de "enteraos". Y sobra intransigencia respecto a las opiniones discrepantes. Políticamente es difícil discutir, y casi imposible llegar a acuerdos. Poca gente se toma la molestia de escuchar; nos gusta hablar, pero no escuchar, y lo que parecen diálogos, en realidad son monólogos simultáneos.

El caso de la monarquía es un claro ejemplo. Su restauración fue problemática desde el punto de vista de la legitimidad, pero, bueno, se hizo, los partidos políticos la aceptaron, pero el problema vuelve a salir ahora, y no está resuelto, ni para mucha gente que hizo la transición ni desde luego para los que nacieron después. Y podría resolverse con un referéndum, que, al menos hoy (más adelante no lo sé), daría la victoria a los monárquicos. Eso daría una legitimidad irrebatible. Pero con la derecha de este país no hay manera; porque es irracional y autoritaria.   

Podemos. No es como IU, que desea permanecer en la oposición para siempre. Podemos aspira a gobernar, por tanto sólo puede crecer con un programa amplio, que será un populismo de izquierdas o algo parecido. No creo que sea un monstruo muy distinto de los que hay; les faltan tablas y hay que dejarles que aprendan y se den cuenta de que las movilizaciones se acaban y que las estructuras perduran. A lo mejor inventan algo nuevo y mejor será que lo hagan manteniendo una relación estrecha con los ciudadanos sin dejarse encerrar en las instituciones como les ha ocurrido a los demás.

Cataluña y País vasco son casos típicos de cerrilismo. Objetivamente son movimientos reaccionarios, sobre todo el caso de ETA, que es un producto del siglo XIX, es carlismo en estado casi puro, con un envoltorio tercermundista. Y ERC no le va a la zaga. 

Mensaje al Perich (17/6/2014)


miércoles, 30 de enero de 2019

Ventanas indiscretas 3


Aupado en la movilización social, pero no emanado directamente de ella (el 15-M tuvo otras salidas políticas sin éxito), Podemos, sin poder institucional, escaso arraigo social y sin vínculos con el mundo laboral, contaba con los improvisados círculos surgidos al calor del movimiento y con notable habilidad para situarse en lo que Habermas llama la “notoriedad pública”; en la superficie de la actividad política, que es el ámbito de la comunicación.
Sus dirigentes, bien preparados y dotados de eficaz oratoria, expusieron la audacia de sus pretensiones con un lenguaje crítico y afán provocador, que suscitó expectación en unos grupos sociales, esperanza en otros y, desde luego, la enconada respuesta de sus adversarios, en particular de la farisaica derecha, a la cual se complacían en soliviantar, lo cual halló excelente acogida en los medios de información, ávidos siempre novedades -lo nuevo es el principio del periodismo- y dados a suscitar debates, para mantener la audiencia, a base de realimentar conflictos que luego eran replicados en las redes de Internet.       
Pero, “Spain is different”.
En España no es posible (ni recomendable) un populismo patriótico como el peronismo, que recorra transversalmente la sociedad y acoja en su seno desde peronistas de extrema izquierda a peronistas de extrema derecha, para que acabe gobernando la élite peronista de un modo u otro.
Tampoco suscita entusiasmo una suerte de populismo cívico-militar como el socialismo bolivariano, porque en España se recuerdan, con horror en la izquierda y con honor en la derecha, los 40 años de dictadura del Generalísimo, que ha sido un modelo para golpistas de todo el mundo.
El populismo de masas -la “mayoría natural” de Fraga- lo representa la derecha en el PP, con un populismo neoliberal, patriotero y clerical, conseguido con demagogia, jerarquía, disciplina, prebendas y clientelismo (patria y pasta).
Disputar esa hegemonía con un pensamiento alternativo es un trabajo que requiere años de esfuerzo, pero está reñido con el objetivo de llegar pronto al gobierno. La prisa es un rasgo de Podemos, al menos, en su primera etapa. 
Por otra parte, agrupar a la izquierda es tarea propia de cíclopes, porque aquí tiende fácilmente a la fragmentación.
Hay otro ingrediente propio de este país, que es la tensión periférica, contagiada por el nacionalismo burgués de Cataluña y el País Vasco, con la intención de ostentar en exclusiva el poder político en sus territorios pero compartiendo a la vez el mercado nacional y los beneficios de la proyección internacional de la economía española. Que este proyecto tenga lugar en dos de las regiones más ricas del país no ha sido óbice para que dóciles organizaciones de izquierda lo hayan asumido como propio, aún costa de desnaturalizar sus programas.
Por tanto, lo que ahí aparece no es la posibilidad de organizar a un pueblo en torno a un proyecto, sino la de unir diferentes “pueblos” con sentido nacional en torno a un proyecto, si es que se reconoce como un dato imprescindible la existencia de tales “pueblos” y de las fuerzas políticas que los representan, con las cuales hay que avenirse como sea para montar un proyecto político que tenga como primer objeto derribar el tambaleante “régimen del 78”.  
La consecuencia será comprobar que no es posible tomar el cielo por asalto, es decir, sin consenso, sino que este es imprescindible para conseguir elevarse y acercarse a él. Más aún, mantenerse políticamente vivo sobre el suelo va a depender de múltiples y trabajosos consensos. 
Un par de datos más sobre el análisis de la correlación de fuerzas, que revelan la impericia -la juventud de los dirigentes de Podemos- y les hace comportarse como turistas. Se tarda en conocer a fondo este país, que es moderno y dinámico en la superficie, pero tradicional y lento en lo profundo. 
En España, la derecha carece de principios morales y no es democrática, porque tiene una concepción patrimonial del país, pero es fuerte, tiene un sentido de clase arraigado y larga experiencia de gobierno, aunque no es buena gestora; está presente en la instituciones, dispone de poder local y autonómico, mantiene estrechos vínculos con los poderes económicos y financieros, con la Iglesia, la judicatura, cuerpos profesionales, con la jefatura de las fuerzas armadas y con organizaciones internacionales afines. Ha heredado y multiplicado el caciquismo más rancio y sostiene extensas redes clientelares. Es vengativa, pero no reconoce errores o excesos y es reacia a solicitar disculpas. Es un adversario desleal y un mal enemigo. Si asaltar el cielo era sacar del gobierno al PP, Podemos no lo tenía fácil.
Tampoco era fácil desplazar al PSOE al puesto de segunda fuerza de la izquierda, teniendo en cuenta que IU había fracasado en el intento.
A pesar de su crisis (no sólo de liderazgo), el PSOE, era un partido veterano, con casi 140 años de existencia, que había recuperado un lugar principal en la política española después de 40 años de dictadura y había cumplido un papel esencial en la fundación y funcionamiento del régimen parlamentario. Disponía de poder local y autonómico y tenía relación con actores sociales, políticos y culturales nacionales y extranjeros. Era una fuerza bastante sólida a pesar de su crítica situación y, por tanto, un rival con el que era difícil competir.   
Y los dirigentes de Podemos, aupados en el movimiento y en los medios de comunicación se dispusieron a pasar de la nada al gobierno en un par de años. Lo nunca visto, pero lo intentaron. 
Continuará.

domingo, 27 de enero de 2019

Ventanas indiscretas (2)

El “núcleo irradiador” -el grupo fundador de Podemos- tenía por delante una ingente tarea, pero en teoría estaba bien surtido de ideas políticas para ello. 
Entre otros autores y teorías -son doctos profesores universitarios-, una buena ración de marxismo figuraba en su equipaje, si bien en varias versiones; una más propia de la tradición comunista, incluso estaliniana, como se vería en el aspecto organizativo (una combinación de magma en ebullición y politburó). También el marxismo italiano, Gramsci, por su teoría de la hegemonía, exhibida en el primer momento, luego abandonada y recuperada ahora en Madrid por Errejón, y el postmoderno (y confuso) marxismo de Negri, formulador de la teoría del bíopoder en red, del imperio sin emperador y de la multitud -todos los explotados, todos los sometidos- como alternativa liberadora.  
No faltaba la versión populista del estructuralismo de Althusser, defendida por Laclau en la Argentina de los Kirchner ni la aportación, igualmente populista, del socialismo bolivariano cívico-militar. Contaban también en sus currículos con  viajes, becas y estancias en Europa y América Latina con el Centro de Estudios Políticos y Sociales, así como con ejercicios de “contrapoder” en la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad Complutense y con la experiencia en materia de comunicación ideológica proporcionada por el programa “La tuerka”, en una pequeña emisora de televisión local.    
Con esto (y Lenin, Maquiavelo o Berlinguer) en la maleta, Podemos hizo su aparición pública despreciando el eje izquierda-derecha, por obsoleto, para hacer del eje arriba/abajo la palanca fundamental de la acción política. De ahí vendría la idea de la oposición entre el pueblo y la élite, pero como España no es América Latina, no existe el pueblo español sino “los pueblos” -para Podemos, España es un estado plurinacional-, de modo que la élite fue bautizada como “la casta” y el pueblo fue reemplazado por la gente, lo más parecido a la multitud de Negri y al uomo qualumque de Mussolini.
No faltaban unas dosis de optimismo histórico respecto a la situación: la crisis financiera y la corrupción habían deteriorado de tal manera el régimen del 78, que se tambaleaba y había que empujarlo para que cayera y reemplazarlo por otro -una república- salido de un proceso constituyente (de nuevo Negri). 
Aupado en la movilización social y en particular en el movimiento 15-M, del que se considera heredero, el lenguaje radical, el tono crítico cuando no crispado de sus dirigentes, así como despectivo con la izquierda -“no quieren ganar”-, En Podemos, mostraban músculo, saber (de forma bastante abstrusa) y suficiencia: tenían prisa y ansia de triunfo -“venimos a ganar”-, y además sabían cómo lograrlo. Y, preparados para ganar, se dispusieron a tomar el cielo por asalto, no por consenso.
Pero España es diferente y las teorías importadas chocaron con la realidad.
Continuará 

jueves, 24 de enero de 2019

Ventanas indiscretas 1

Desde el punto de vista político y social, en Europa, la crisis financiera fue como un movimiento telúrico, que en España aumentó de intensidad debido, primero, a nuestro peculiar modelo de crecimiento económico, muy basado en la especulación del suelo y el crecimiento inmobiliario facilitado por la mano de obra poco cualificada y el crédito barato, y debido, después, a la drástica reducción del gasto social aplicada con saña por el gobierno de Rajoy, implicado, además, en numerosas tramas de corrupción.  
A la indignación social provocada en la clase media y la clase trabajadora por la acusación de la derecha española y europea de que la causa de la crisis era haber vivido por encima de sus posibilidades recurriendo a un crédito desmedido, y, en consecuencia, merecer como castigo la reducción de salarios y pensiones, el empleo precario, el paro y el recorte de gasto público, se unía el hecho de que quien lo aplicaba era un gobierno autoritario y corrompido, que subía el sueldo de sus miembros de modo escandaloso en plena crisis y aceptaba sin rechistar las medidas de austeridad contra sus compatriotas dictadas por la Comisión Europea, el BCE y el FMI, mientras solicitaba el rescate de una banca ambiciosa y mal gestionada, pero se mostraba insensible a las protestas sociales y al daño infligido a las clases sociales económicamente más débiles (gobernar es repartir dolor, decía el ministro de Justicia Ruíz Gallardón).
Todo ello exigía una respuesta política enérgica, que ni IU ni el PSOE, paralizado en una débil oposición responsable, eran capaces de ofrecer.
La oleada de movilizaciones sociales iniciada en 2010 -tres huelgas generales, las coloreadas mareas, el cerco al Congreso, las marchas de obreros y mineros, el 15-M-2011, etc- mostraban una indignación y sobre todo un deseo de cambio que, ante la inacción de las izquierdas, se podía perder o ser captado por una derecha populista. Y ese fue el terreno abonado en el que germinó Podemos, que explicó su fundación como resultado de un análisis de coyuntura que ofrecía la posibilidad de intervenir decisivamente en política a una organización radical de izquierda.  
La crisis había abierto “una ventana de oportunidad” -fue el término empleado- para una fuerza política de izquierda, distinta, alternativa a las existentes, que supiera recoger la crítica negativa de la ola de malestar social y transformarla en impulso positivo para cambiar de gobierno o, en sentido más lírico, tomar el cielo por asalto.
Asomaba, ahí, una vieja idea de la izquierda radical: montarse en la cresta de la ola para dirigir el movimiento en la dirección adecuada.
Como respuesta extensa y en gran parte espontánea, la movilización era diversa y multiforme, intergeneracional, interclasista, interterritorial, gremial y social, pues agrupaba a personas sin distinción de edad, género, profesión o religión; personas de diferente origen y posición social, técnicos y profesionales de clase media, trabajadores fijos y precarios, parados, obreros sin cualificar, estudiantes, becarios, funcionarios, usuarios y profesionales de servicios públicos, estafados por la banca, afiliados sindicales, gente ya politizada, incluso organizada en partidos y grupos de izquierda, núcleos de activistas y asociaciones solidarias, y quienes recibieron en esas jornadas su bautismo político; era un totum revolutum movido por la indignación y la repulsa provocadas por el maltrato recibido desde el Gobierno.
Dar expresión política a todo eso era una empresa difícil; unir reclamaciones tan diversas y territorialmente dispersas en un propósito común y dar salida a situaciones tan distintas en un programa político era una tarea larga y compleja, pero el tiempo corría, pues el reloj político de las instituciones, que marcaba la fecha de las elecciones, era muy distinto del tiempo de los movimientos, marcado, en unos casos, por la urgente necesidad de satisfacer las demandas más apremiantes y, en otro caso, por la dificultad para coordinar y formalizar un proyecto compartido sobre una base social tan heteróclita.
A esta dificultad se añadía otra; no bastaba con ofrecer un programa alternativo al de la izquierda ensimismada -PSOE, IU-, sino que para llevarlo adelante había que fundar un tipo de organización distinto, que evitase el riesgo de reproducir los negativos efectos de una clase política -“la casta”- alejada del sentir de la ciudadanía.  
Las circunstancias habían abierto una ventana de oportunidad, pero sólo eso: pues tanta oportunidad había para acertar y tener éxito como para equivocarse y fracasar.
El “núcleo irradiador” de Podemos creyó que podía fundar un partido y conservar el movimiento coordinando los círculos locales con una dirección representativa y suficientemente centralizada como para resultar eficaz y ejecutiva; combinar la democracia de base, participativa, la discusión asamblearia a escala local, con la necesaria unidad de acción a escala regional y nacional.
Continuará.

jueves, 6 de diciembre de 2018

El laberinto andaluz


La crisis de representación política -que desborda a los partidos- se extiende también a Andalucía. La lenta descomposición del bipartidismo va por zonas y se extiende ahora hacia el sur, al viejo feudo del PSOE, a su principal granero de votos e importante bastión político por el peso territorial y censal de Andalucía sobre el resto del partido y sobre el resto del país.
Desmintiendo muchos pronósticos, los resultados de las elecciones del 2 de diciembre muestran el mapa político andaluz como un laberinto, que se suma a otros laberintos ya existentes, por la dificultad de hallar una salida adecuada a lo verdaderamente que necesitamos. Veamos.
En primer lugar, los resultados electorales no muestran un vuelco; un cambio drástico marcado por la diferencia entre una gran derrota y una victoria sin paliativos, sino una situación más compleja, cuyo desenlace no tiene por qué representar una mejoría respecto a la situación precedente.
El PSOE pasa de los 47 escaños, que tenía en 2015, a 33 en 2018, pero sigue siendo el partido más votado; el PP también pierde, pues pasa de 33 escaños a 26; Cs, con un gran ascenso, pasa de 9 escaños a 21. En cuarto lugar, Adelante Andalucía (U-P) obtiene 17 escaños, pero pierde 3 respecto a 2015 (IU 5 y Podemos 15). Y aparece Vox con 12 escaños, que es, en apariencia, lo más nuevo, y junto con Cs, un neto ganador.
Se entiende la alarma de Ferraz por el resultado -el recurso a los tópicos y al folclore, de los que ha abusado Susana Díaz, no da más de sí-, hay un amago de solicitar su dimisión, pero esta mujer es correosa y resiste la presión alegando que el PSOE sigue siendo la fuerza más votada. Otra cosa es que ella pueda seguir al frente de la Junta, dado el interés mostrado por el PP, Cs y Vox en desalojarla y poner fin a una era, de corrupción dice Casado tratando de ocultar la colosal del PP. Pero es indudable que el tema de los ERE ha pasado factura.
La suma de escaños de los partidos de izquierda aporta 50 diputados (33 del PSOE y 17 de U-P) y 59 la del PP, Cs y Vox, que han realizado la campaña electoral en clave nacional, es decir contra al independentismo catalán. Otro asunto es en qué condiciones se produce esta avenencia entre las derechas o entre dos partidos de derechas y uno centro, que es lo que debe decidir Cs en su difícil opción, en la que quedará retratado haga lo que haga.
No se entiende el júbilo en el PP, ni la actitud exultante de Casado por el ascenso de Cs y Vox, sus competidores más cercanos, uno por la derecha y otro por la izquierda, con los cuales una sencilla suma de escaños le permitiría, en teoría, formar gobierno, que sería una forma de endulzar el retroceso electoral, tan necesaria tras el desalojo de la Moncloa por la moción de censura. Claro que Vox es una escisión del PP, de sus militantes y dirigentes, que han decidido volar por su cuenta, apoyados por ese visionario anglosajón llamado Aznar, que está detrás de sus dos delfines -Casado y Abascal-, decidido a implantar el trumpismo made in Spain.
Vox representa, por un lado, lo más rancio del franquismo sacado a la luz sin complejo alguno, que sirve de alimento a la parte más plebeya y popular de la derecha. Está dirigido por un aventurero contrario a los gobiernos autonómicos, pero que ha vivido del momio de dos de ellos, el vasco y el de Madrid, apadrinado además por la buscadora de príncipes y descubridora de sapos. Su arraigo en la provincia de Almería, viejo feudo del PP, con su red clientelar bien asentada, presenta otra contradicción de bulto, que es el selectivo discurso contra los extranjeros, no dirigido a los jeques árabes que llegan en yate a Puerto Banús, sino contra los inmigrantes pobres procedentes de África, que luego, si hay suerte, encuentran trabajo en condiciones ilegales o con contratos leoninos, cuando existen, en los invernaderos que forman el fructífero mar de plástico, que serviría para hacer una versión moderna de la cabaña del tío Tom.   
Unidos Podemos ha perdido 3 escaños, poco, pero en realidad mucho. 300.000  votos en tres años no es una fruslería, más cuando, en 2015, obtuvieron mejor resultado por separado (15 Podemos, 5 IU). El dato es aún más preocupante cuando la alta abstención (41%) se ha dado en zonas y barrios propios del voto de izquierda, cuyos habitantes parecen haber pensado: “No nos representan”. La campaña, que ha despertado poco entusiasmo, alejada de los problemas cotidianos ha oscilado entre el folclore de la patria chica y el nacionalismo de la patria grande para contrarrestar el nacionalismo de la patria catalana -es la reconquista, han dicho en Vox-.
En esta feria de provincianas vanidades, U-P ha concurrido como “Adelante Andalucía”, frase publicitaria que indica poco -un significante vacío, como lo definiría algún miembro de su núcleo irradiador-, pero que tiene un inconfundible tono regional, muy ingenuo o deliberadamente confuso. “Adelante Andalucía”, pero ¿toda? A algunos no hace falta que les animen porque bastante delante están ya en posición social, propiedades y renta. Otros, por el contrario, lo necesitan mucho, porque están muy atrás en esos temas y en otros -paro, empleo precario, bajos salarios, subsidio del PER, trabajo temporal (temporero), y en el disfrute de servicios (sanidad, educación, ayudas a dependencia, etc)-.
“Adelante Andalucía” representa lo mismo que decir “Adelante Cataluña” o “Puxa Asturies” y como expresión regionalista o nacionalista alude a una comunidad de proyectos e intereses, que no es real y, en términos “podemísticos”, borra la distinción entre las castas o las poderosas tramas, que haberlas haylas también en las “naciones”, y la gente, el referente preferido de Podemos.
Para su fortuna, la aparición de Vox ha venido a solventar el molesto expediente de realizar una autocrítica por el resultado obtenido y a resolver los problemas de identidad y de programa, pues ya puede ser realmente antifascista. Y como ejemplo ahí están los llamamientos de sus dirigentes a resistir al fascismo y las manifestaciones contra el resultado de las elecciones bajo la añeja consigna de “No pasarán”. Glorioso colofón.

https://elobrero.es/opinion/item/22255-el-laberinto-andaluz.html





miércoles, 5 de diciembre de 2018

La enfermedad de Podemos

Respuesta a un post de Santiago Alba diciendo que Podemos está muerto.


Podemos no está muerto... aún, pero sí enfermo, aquejado de graves dolencias como: a) confusión política: programa ambiguo y cambiante, lenguaje abstruso, que no aporta claridad sino más confusión; b) actitud populista y oportunista: c) confusión organizativa, como inestable confederación de grupos no ofrece una alternativa válida a los viejos partidos y muestra el cesarismo de sus dirigentes, en particular del núcleo madrileño y de PIT, que goza de unas atribuciones que superan las de los secretarios generales de los partidos viejos. d) No aporta nada nuevo en materia de ética para la izquierda, sino un nuevo fariseísmo moral y un continuo espectáculo de luchas internas por el limitado poder del que disponen.

Efectivamente, hay para dar y tomar. Y tomo una: la inanidad de Podemos y compañía -un tiro de salvas-, ahora travestidos con el traje regional de "Adelante Andalucía"; el lenguaje melifluo y el populismo transgresor de charanga y pandereta aquí (de chistu y tamboríl y de cobla y sardana más arriba), muestran la flatulencia que contenía el "núcleo irradiador". El vacío rellenado con gestos aparentemente radicales pero provincianos. La pretendida izquierda que recogía el impulso de los indignados por la crisis cede el testigo a la derecha radical, y ya empezamos a seguir los pasos de Francia.

martes, 22 de mayo de 2018

El chalé


Al perro flaco nunca le faltan pulgas y a la izquierda desnortada le sobran los problemas. Y ahora viene, para su formación más nueva, un asunto doméstico devenido en problema político; quizá en crisis de partido.
Resulta que la pareja Iglesias-Montero, o viceversa, se ha comprado un chalé, valorado en 600.000 euros, en un pueblo cercano a la sierra del Guadarrama. Para quienes no conozcan la morfología social de Madrid, la zona del norte y el oeste, por encima de la Casa de Campo y del monte del Pardo y más cercan a la sierra del Guadarrama, es verde y oxigenada; la zona del sur y del sureste, es industrial, contaminada y seca.
El norte y el oeste son tradicionales zonas de residencia de la población con mayor poder adquisitivo, bien dotadas de servicios públicos, zonas verdes y campos de golf, donde abundan las urbanizaciones de chalets, las reservas exclusivas de ricos y famosos y los edificios de poca altura; zonas con predominio del voto a partidos de centro y de derecha (y con abundantes casos de corrupción en sus ayuntamientos).
En el este, el corredor del Henares, y en el sur, están las grandes conurbaciones de lo que fueron los antiguos barrios dormitorio, que albergaban al proletariado que precisaba el desarrollo industrial; con construcción en altura y alta densidad de población asalariada, que con su voto a partidos de izquierda han formado durante mucho tiempo el llamado cinturón rojo de Madrid, ya perdido.  
Como padres, la decisión de Iglesias y Montero está bien razonada, pues desean para sus futuros retoños (gemelos en embrión, ya famosos) un lugar sano donde crecer y educarse, pues se dice que la cercanía de cierto colegio ha influido en la elección de la zona.  
Los 600.000 euros no son una tontería, pero invertidos en una parcela de 2.000 metros cuadrados, con una vivienda de 250 metros cuadrados, piscina y casa de invitados, no parece mala compra. Tampoco es una minucia el préstamo de 540.000 euros, a devolver en 30 años, si se ajusta a las condiciones habituales del mercado. Cada cual tiene derecho a entramparse como le dé la gana, pero el tema tiene otras implicaciones que dejo para más adelante.
Por ese precio -600.000 euros- en un barrio céntrico de Madrid, como Chamberí, Arguelles, Retiro o algo más lejos, Chamartín, y no en las zonas más caras, se encuentran pisos de 130 o 140 metros cuadrados, con 3 dormitorios, comedor, cocina, 2 baños y poco más; la mayoría sin plaza de aparcamiento ni trastero. Vivir dentro del perímetro formado por la vía de circunvalación M-30 es muy caro. Pero se puede adquirir en propiedad un piso más barato y en barrios más populares, aunque más lejos del centro.
La compra de esa finca expresa el sueño de dos empleados bien remunerados de clase media o, quizá, la posibilidad de contar con una residencia adecuada a las necesidades de dos personas que precisan un espacio al que dar un uso político. Algo así como la famosa “bodeguilla”, para recibir amigos y allegados y celebrar reuniones no muy numerosas. En definitiva, una vivienda apropiada para unos políticos con futuro y quizá para un vicepresidente del gobierno.    
Hasta aquí, y con lo que se sabe del asunto, nada hay en la decisión que deba provocar escándalo. Sí lo provoca que sean dos personas como Iglesias y Montero, que se han cansado de dar lecciones de moralidad y de austeridad, y de atacar a la casta en nombre de los de abajo. En este caso, la incoherencia es notable, porque la forma de vivir que la pareja ha previsto para el futuro se aleja de lo predicado y se acerca al estilo de vida de los que han criticado
Pero hay elementos que quizá sean más preocupantes: uno es la hipótesis de que ambos van a seguir contando con los mismos ingresos a lo largo de 30 años para hacer frente a la devolución del crédito. ¿Van a seguir renovando sus actas de diputados para mantener ese nivel de vida? ¿Se van a convertir en políticos profesionales formando parte de la denostada casta? El otro es el vínculo hipotecario de dos políticos, que van de alternativos, con un prestamista. Lo cual choca con el propósito de Podemos de autofinanciarse para no depender, precisamente, de la banca.
En este fregado, hay otro elemento de tipo simbólico, que es el papel de pareja modélica que ambos ejercen en Podemos, que ha servido de guía y unión en un partido donde el programa político es bastante impreciso y malamente cumple esta función aglutinante. La fluida relación de la dirección con la estructura es importante en todos los partidos, pero en una organización tan magmática y en permanente ebullición como Podemos, que rinde, además, un culto poco meditado a la pareja y en particular a Pablo Iglesias, el liderazgo fuerte y el vínculo personal aportan elementos aglutinantes que faltan en una línea política poco definida.
La decisión personal, privada, de la pareja se ha convertido en un problema colectivo y ha generado una crisis política, que se pretende resolver mediante una consulta, y aquí surge una pregunta oportuna. Los demás dirigentes, cuadros, militantes, afiliados o inscritos de Podemos, ¿someten también sus decisiones personales a la opinión colectiva? ¿Existe en los estatutos de Podemos algún artículo en tal sentido o es este un caso excepcional?
Estas preguntas no son ociosas, porque la aseveración de que lo personal es político, utilizada para criticar a la derecha, se puede aplicar también a los partidos de izquierda, en los cuales, antaño, se ejercían severos controles sobre los breves espacios de vida privada que les quedaban a los militantes. La práctica cayó en desuso, pero ignoro si queda algún resto de tal vigilancia en las organizaciones políticas postmodernas.
El modo de resolver el problema por parte de Iglesias -amenazar con dimitir- no es buena solución, porque revela el órdago de quien se cree imprescindible y recuerda al desafío de Felipe González ante un asunto de más envergadura, como era la renuncia del PSOE al marxismo en el célebre XXVII Congreso. 
Tampoco abunda en coherencia la solución de Monedero, que propone que el partido ratifique la decisión de la pareja; es decir, que apruebe una anomalía o que sancione un privilegio de sus máximos dirigentes. 
Conviene aclarar que gran parte de la crítica a la compra del chalé se funda en un supuesto que no está probado: que Podemos es un partido de trabajadores, aunque pueda recoger votos de asalariados y aun de estratos sociales muy golpeados por la crisis.
Podemos no es un partido obrero, ni proletario, pues se ha definido más bien como el partido de la gente, transversal, de los de abajo contra los de arriba, contra la casta, pero es que entre la gente hay situaciones muy disparejas y estratos sociales con origen, perspectivas y renta desiguales; es un partido, o mejor, una confederación de partidos, que representa a grupos sociales con necesidades y aspiraciones políticas muy diferentes. Por su composición social, no es un partido de trabajadores, sino de jóvenes empleados urbanos, de estudiantes, de titulados precarizados y de activistas de clase media. De ahí vienen esta y otras incoherencias.

jueves, 19 de abril de 2018

Juegos


En Madrid, Ciudadanos juega al póker con el PP; ambos jugadores, con el rostro impasible, escrutan los movimientos del otro para intentar concluir la partida llevándose la apuesta que está sobre el tapete -la dimisión, destitución o reemplazo de Cifuentes-, evitando que sea apeada con una moción de censura por el PSOE y Podemos. A todos les ha entrado prisa electoral, pero Rajoy, impasible, deja que el tiempo abrase a sus adversarios. Cifuentes, sentenciada, ha optado por abandonar el trono obligada, sin honor y sin máster.
En el resto de España, en el PP siguen jugando al Monopoly, con el Gobierno en funciones, casi paralizado, y confiando que la presión de los indepes catalanes y la aplicación del artículo 155 les salven la legislatura.       
El cercano funeral político por Cifuentes, ha repercutido también en Podemos desatando un lío -¿y cuándo no es Pascua en Podemos?- por un quítame allá esos tronos. Cuando se está preparando a Errejón como candidato al trono de la Comunidad de Madrid, alguien ya piensa en despojar del suyo a Iglesias.
A ver si va a tener que ser Felipe VI quien le diga al experto en “Juego de tronos” lo que tiene que hacer para conservar su monarquía, aunque sólo sea por devolverle el obsequio que el gran Descamisado le hizo en su día.  
En el PSOE pocas cosas están claras, que Gabilondo será candidato a la Comunidad, sí lo está, pero poco más. Y la oferta a Carmena como hipotética candidata a la alcaldía más parece un rumor envenenado. Tampoco está claro que Carmena repita como candidata, a no ser que consiga, por su propia salud, librarse de unos cuantos incompetentes que varias capillas de Podemos y sus aledaños le han colocado como equipo.    
Los independentistas catalanes siguen jugando, como trileros, a mover los cubiletes para esconder al candidato a President -nada por aquí, nada por allá, ¿dónde está?-  y Puigdemont, en Alemania, juega a “la manga riega, que aquí no llega”, creyéndose a salvo de la justicia española.
En el PNV siguen jugando a lo de siempre: a la regla Ignaciana de no ser del mundo, léase España, pero estar en el mundo (cobrando), y ateniéndose a la frase del de Loyola, de “en tiempo de desolación nunca hacer mudanza”. ¿Y para qué van a cambiar, si les va bien con el cupo?
España es Casino Royal, pero sin 007.