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jueves, 14 de noviembre de 2019

Descentrado y desplomado

De los partidos que han sufrido mermas en apoyo electoral y representación en el Congreso en las elecciones del 10 de noviembre, el más afectado ha sido Ciudadanos.
El PSOE tiene 3 diputados menos, Unidas-Podemos 7 y ERC 2, cifras modestas ante los 47 escaños perdidos por Cs, que se ha desplomado al haberse apartado del centro, cuando más falta hace un partido bisagra que ayude a formar gobiernos. Función que, a todas luces, no cumplía. Y como la función crea el órgano apropiado para llevarla a cabo, Cs ha sucumbido por “selección natural” o por inutilidad política. 
En su origen, Cs fue un partido con dos componentes: una clara corriente liberal, económicamente neoliberal, y otra, más vaga, de tendencia socialdemócrata, presididas ambas por un fuerte sentido patriótico y nacional, como legado de su aparición en Cataluña para hacer frente al soberanismo.  
Fracasada la negociación con el PSOE y Podemos en la primavera de 2016 para investir a Pedro Sánchez, el partido se refundó en enero de 2017, prescindiendo  del ala socialdemocratizante y reafirmando el acento patriótico ante el acelerón de “procés”, ante el cual, a pesar de haber sido el partido más votado en las elecciones autonómicas de diciembre de 2017 (1.110.000 votos y 36 escaños), no supo qué hacer. 
Después, la errática dirección de Albert Rivera vetó la colaboración con el PSOE y alejó el Partido de su inicial proyecto reformista y regeneracionista abordado desde el centro político para llevarlo a competir y a gobernar, en posición subsidiaria, con la derecha desgastada y corrompida del PP y con la derecha extrema de Vox, también corrompida en algunas de sus figuras públicas. Pero sus votantes no le han acompañado en tan insólito viaje.
Rivera ha dimitido, como era preceptivo -eso le honra-, pero sin hacer la menor autocrítica de su lamentable gestión, como también debería ser preceptivo.
En vez de efectuar una imprescindible reflexión sobre las decisiones que han llevado a su partido a un desastre electoral, examen que quedará, suponemos, para sus sucesores, Rivera ha dicho que deja la política para ser feliz en la vida privada. Lo cual es muy emotivo, y hasta lírico, pero poco útil para entender un desgaste electoral tan acusado en poco tiempo. Todo el mundo quiere ser feliz, al menos, en su vida privada, pero, por ahora, en este país nadie acude a la actividad política para ser feliz, sino al contrario, para recibir estocadas de aliados y adversarios.
Seguramente desorientado por el origen de Cs en Cataluña como oposición al frente nacionalista, Rivera no entendió bien la posición y la función del centro político en España a causa de la configuración del sistema representativo y de los valores políticos dominantes en el electorado, que son muy ideológicos y poco pragmáticos. Lo cual genera estabilidad en el voto, favorecida, además, por el sistema bipartidista de hecho, erigido en torno a dos grandes partidos a escala nacional, que aglutinaban, hasta 2015, a los electores de izquierda y derecha en un sistema penalizaba otras opciones.
El centro político, por tanto, no parecía necesario, y en caso de parecerlo era difícil de fundar y mantener, ya que pesaba en la memoria el recuerdo de Unión de Centro Democrático (UCD) y el posterior fracaso de la “Operación Roca”.
UCD, inestable unión de pequeños partidos en torno a la figura de Adolfo Suárez, fue hábilmente torpedeada por la pequeña Alianza Popular, fundada por cinco ministros de Franco, porque estorbaba al proyecto de Manuel Fraga de agrupar a la “mayoría natural” en un solo partido, que fue luego el Partido Popular, que creció recogiendo el voto tanto de la población católica y reformista, recibido de UCD, como el de la base social del franquismo.
La “Operación Roca”, o Partido Reformista Democrático, fue una iniciativa de CiU, contando con algunos pequeños partidos, de esos en que todos sus miembros caben en un taxi, para fundar un partido centrista y liberal que hiciera de bisagra. En realidad, fue uno de esos movimientos pendulares de la burguesía catalana, que periódicamente la llevan desde intentar influir directamente en la política nacional a tratar de romper los vínculos con España. Ahora padecemos una de esas atávicas oscilaciones hacia la ruptura.
El confuso programa y la amalgama de personalidades que componían el PRD (Miquel Roca, Florentino Pérez, Antonio Garrigues Walker, Dolores de Cospedal, Pilar del Castillo, Rafael Arias Salgado y Gabriel Elorriaga), no pudieron evitar que se viera como una operación de CiU para influir en el resto de España en las elecciones de junio de 1986. El fracaso fue rotundo y el PRD acabó su corta existencia cuando se conoció el resultado electoral.
Más tarde, Aznar, emprendió un ilusorio “viaje al centro”, que fue una operación de cosmética de la “Segunda Transición”, pronto olvidada para optar por “una derecha sin complejos”, aprovechando que soplaba el viento de las Azores.
Lo cual no indica que, con independencia de los giros que tácticamente hicieran hacia el centro el PSOE o el PP, no hiciera falta un partido bisagra, pero esa necesidad se resolvió de otra manera.       
En España, tierra de María, según el Papa Karol Wojtyla, parece que nos encomendemos al diablo a la hora de erigir nuestras estructuras representativas. Y una de estas aportaciones bajo luciferina inspiración ha sido entregar la función de partido bisagra a partidos nacionalistas que merecen muy poca confianza, dada su histórica deslealtad y su progresiva reserva con este régimen.
De ahí, que tanto el PSOE como el PP, cuando no han obtenido la mayoría necesaria para gobernar, hayan tenido que buscar el apoyo del PNV o de CiU, o de ambos, y pagar elevadas facturas por esa interesada colaboración, que, a la larga, siempre fortalecía a los nacionalistas. Con ello, la estabilidad pendía de una deslealtad calculada con astucia mercantil, el gobierno central dependía de la periferia y la unidad territorial y la soberanía nacional estaban en manos de sus máximos objetores.
En un mundo perfecto -este no lo es-, el centro obedece a la representación política de ciudadanos que no se ubican en ninguno de los polos, digamos clásicos, de izquierda y derecha o que comparten aspectos de ambos. Responde a la idea de sociedad plural, no polarizada por el esquema maniqueo de matriz religiosa del vicio y la virtud, dividida en buenos y malos, y en amigos y enemigos más que en adversarios.
Lejos del blanco y del negro, el centro debería representar un discreto y poco estridente color gris. Por tanto, no debería ser una opción oportunista, sino una opción política marcada, sobre todo, por una posición de servicio a las otras dos opciones para facilitar el gobierno tanto de la derecha como de la izquierda o asumir la gradual aplicación de sus programas, eliminando sus aspectos más extremados.  
Pero este no es un mundo perfecto y España no es precisamente un país políticamente templado, sino más bien pasional y emotivo. Somos poco dados al compromiso, con el adversario e incluso con el aliado, que se repudia como rendición o traición desde posiciones numantinas, e inclinados a comportarnos como montagnards antes que como gentes del “llano” (le marais) -del pantano, como decía Lenin-, propensas a la negociación y al acuerdo.
Con ganas, podremos aprender con unos cientos de años más de régimen democrático, lo malo es que las circunstancias no ayudan, pues los efectos de la larga etapa de descrédito de las élites, la desafección ciudadana respecto a la clase política y los negativos efectos de la gran recesión económica, que han abierto en la sociedad una profunda brecha en rentas y oportunidades, favorecen la polaridad y la confrontación. Y Ciudadanos, dirigido por Rivera, ha perdido la orientación. Navegando entre Caribdis y Escila, no ha sabido mantener el timón en el centro y ha sido tragado por el poderoso remolino de Vox, que es ahora la perfecta encarnación política de las turbulencias de Caribdis.    


12 de noviembre, 2019.

domingo, 10 de noviembre de 2019

¡Qué mierda!... pero votaré


Esta campaña electoral, oficialmente corta pero realmente larga -4 años- me ha dejado saturado, aburrido, ahíto de tanto politiqueo, tan poca imaginación y tan poca política. El llamado debate a cinco ha sido el remate. Largo y poco útil. Los cinco galanes iban a lo suyo. Todos contra Sánchez, que hizo alguna propuesta y anunció alguna primicia, pero estuvo flojo, como ido, mirando al atril y tomando notas, pero dejando pasar las ruedas de molino con que Casado invitaba a comulgar a la audiencia cuando, nostálgico, hablaba del paro de Zapatero y de la crisis de Zapatero. Pero ¡hombre!, si la crisis fue el estallido de la burbuja que preparó el gobierno de Aznar, con la ley de liberalización del suelo. Este chico no se ha leído “La segunda transición”, de Jose Mari, ni “España, claves de prosperidad”, coordinado por Luis de Guindos.
Al contrario que Sánchez, Rivera estuvo dinámico, se ve que venía motivado y además cargado de “souvenirs”. Quiso ser el paladín de la familia, imagino que de las de clase media hacia arriba, si sigue con su idea de bajar los impuestos. Abascal, nuevo en esta plaza, e incluido, por el PP, en el grupo constitucional, debe ser por el único artículo que le gusta (el 116.3. El estado de excepción) estuvo moderado, ya que suavizó algunas cosas, pero en otras no pudo disimular lo que es: un representante del franquismo desenterrado, ahora que Franco está definitivamente enterrado. Por las pocas críticas que recibió, ninguna del PP, puede decirse que salió por la puerta grande.
Iglesias volvió a fungir como el intérprete más leal de la Constitución, él que quiso acabar con ella. Recordó que quiere entrar en el gobierno de Sánchez. A lo mejor espera que el lunes le caigan una vicepresidencia y cuatro ministerios.     
En fin, palabrería, regates, fintas, olvidos monumentales, recuerdos falseados, imposturas, medias verdades y mentiras completas… Un muermo. Y la verdad es que el país no lo merece… O quizá sí, porque algo tuvo que ver lo que votamos en abril con esta “segunda vuelta”.
Dejamos a nuestros representantes una buena papeleta, una situación muy compleja, que no han sabido gestionar bien, claro está, pero lo cierto es que no era fácil formar gobierno. El país quedó partido, está partido, en izquierdas y derechas casi mitad por mitad, las derechas están divididas y las izquierdas, también. Hay que añadir los partidos nacionalistas para que esto sea un rompecabezas, por eso lo esperable de la campaña, entendida, al menos desde julio, o mejor desde abril, hubiera sido un poco de generosidad y altura de miras, el interés por sumar y ofrecer soluciones y salidas de compromiso, mirando hacia dentro, con tanto por hacer, pero también hacia afuera (situación internacional, Europa, energía y clima, como poco). Pero dejaron pasar la ocasión, movidos por intereses a corto plazo y tácticas de partido.
Así que somos dignos de aparecer en el Guinness con la marca de la estupidez: cuatro elecciones generales en cuatro años (20/12/2015; 26/6/2016; 28/4/2019 y 10/11/2019) y cuatro gobiernos interinos -Rajoy hasta las elecciones de 2015, Rajoy desde 2016, Sánchez desde la moción de censura en 2018 y Sánchez desde 28/4/2019. Demasiada interinidad. Y ya veremos si tenemos gobierno cuando termine el año.
Esta noche, en la Sexta, hay debate preelectoral de señoras o de damas. Con poco que se esfuercen quedarán mejor que los caballeros. Pero digan lo que digan, votaré; como votaré a pesar de todo lo que han dicho los varones. Tengo el voto decidido desde el mes de julio y no quiero renunciar a ejercer este derecho. No me sabe mal ser convocado de nuevo. No es una molestia, es un acto de responsabilidad en una coyuntura difícil. A veces un voto decide un gobierno, aunque no creo que vaya a ser el mío.   

7 de noviembre de 2019



sábado, 21 de septiembre de 2019

Seguimos en bucle


No salimos del bucle o del círculo vicioso de la interinidad, pues, ante la imposibilidad de formar gobierno, ya tenemos elecciones legislativas a la vista.
Se veían venir, dados los resultados del 28 de abril y el tenso clima de opinión imperante entre los partidos políticos, cuyos dirigentes, encastillados en sus respectivas posiciones, han sido poco propensos al diálogo, al entendimiento y a la colaboración y, por qué no decirlo, a la lealtad y a la generosidad, que son actitudes imprescindibles en la actividad política aunque aquí estén desterradas.
En este fracaso las culpas están repartidas, pues nadie o casi nadie ha colocado el interés general del país por delante de sus expectativas como partido. Y resulta una disculpa pueril culpar a Pedro Sánchez del fracaso en formar gobierno, acusándole de no haberlo intentado con suficiente interés o de tener la secreta intención de precipitar, para algunos desde la fracasada investidura de julio y para otros desde el mes de abril, otras elecciones como objetivo prioritario, cuando lo cierto es que entre partidos que podrían haber facilitado el gobierno -PP, Cs, UP- nadie ha estado dispuesto a echar una mano para que empezase la legislatura, porque todos esperan mejorar sus resultados en unas elecciones convocadas casi de inmediato o después de un inestable y breve gobierno. Es más, a izquierda y derecha, en el centro y en la periferia, existía un consenso espurio para que no gobernara el PSOE.
Pero la responsabilidad del fracaso no se ciñe sólo a los partidos políticos y, en particular, a sus dirigentes, como se desprende de un discurso muy difundido, que afirma que, una vez que los ciudadanos han expresado su voluntad en las urnas, lo que deben hacer los partidos es recoger ese mandato y negociar para formar gobierno. Si el intento fracasa es porque los partidos no han sabido o no han querido negociar y, en consecuencia, porque no han entendido el mandato popular o lo han desatendido o traicionado, como si los mandatos salidos de las urnas fueran coincidentes, complementarios o tuvieran una única y razonable aplicación.
Tal conclusión es falsa, porque lo que se intenta decir es que los partidos no han querido un acuerdo que entre los votantes estaba manifiestamente claro. Lo cual presume que entre los votantes existe una disposición favorable al diálogo, que en la sociedad española no se percibe. 
Si los votantes apoyan a los partidos es porque asumen, y en buena parte refuerzan, el clima de opinión imperante y comparten lo que han hecho y dicho sus dirigentes, lo cual no va dirigido únicamente a los dirigentes de los otros partidos, sino también a sus votantes, porque serán ellos, con sus votos, los que harán difícil o imposible que triunfen las posiciones propias de cada partido, que son las que verdaderamente importan.
Lo que estamos viendo y padeciendo en España desde hace tiempo es que el principio fundamental de la política, tal y como ahora está concebida y aplicada, es obtener la aplastante victoria del partido favorito de cada cual y, por tanto, el correspondiente gobierno en solitario. Es decir, cada votante quiere que ganen los suyos por encima de cualquier otra consideración, y que los intereses generales del país se supediten que los intereses particulares de su partido o, incluso, a los intereses particulares de tal o cual dirigente.   
Por eso, no parece mala solución -y además no hay otra- volver preguntar a la ciudadanía para que conteste en las urnas, aunque a algunos les moleste y a otros no les venga bien.
Es la salida más justa para todas las fuerzas políticas, porque les ofrece la ocasión de recapacitar, ajustar sus programas, perfilar sus mensajes y, en suma, de rectificar, en la forma y en el contenido, para tratar de mejorar sus resultados. Pero no existe garantía de que lo vayan a hacer.
También, para que los votantes realicen el mismo ejercicio de introspección y acaso de rectificación de sus preferencias. De lo cual tampoco hay garantías.

18/9/2019


miércoles, 8 de mayo de 2019

Las “mochilas” de Casado


Grande ha sido el descalabro electoral del Partido Popular, que ha perdido 71 escaños en el Congreso (de 137 ha caído a 66) y 74 en el Senado (de 130 a 56), que era su bastión más firme desde hace 25 años. Y grande ha sido la frustración del nuevo líder, Pablo Casado, cuyo vuelo gallináceo estaba lastrado desde el principio por la crítica situación del Partido, que aún no había digerido su desalojo del Gobierno en junio del año pasado. 
Esa era una de las “mochilas” que Casado llevaba a la espalda en la carrera hacia las urnas, y que no supo aligerar con un poco de inteligencia y algo menos de prisa, provocada por una actitud que debe formar parte del libro de estilo, que es tomarse muy mal la pérdida del Gobierno y tratar de volver a él con la mayor rapidez y sin reparar en las formas.
El PP, desde siempre, ha tenido mal perder, y en este caso, juzgaron la moción de censura como una maniobra, no como un procedimiento legal (y además justificado) para sacar a Rajoy de la Moncloa, tras la sentencia del caso “Gurtel”, y acusaron de ilegítimo al Gobierno de Sánchez, como si señalando un presunto culpable se volatilizase en el aire el problema de la corrupción.
Pues esa es la mochila más pringosa que Casado lleva a la espalda. Una mochila “llena de mierda”, como la calificó Álvaro Pérez, “el Bigotes”, antiguo promotor de eventos y proveedor de trajes del presidente Camps, sobre la que Casado no ha amagado ni la mínima autocrítica, porque el problema sigue -ya está señalada Esperanza Aguirre en las investigaciones de la trama “Púnica”- y seguirá pendiendo sobre la jefatura del PP, con independencia de quien la ostente.
Otra mochila está llena con los efectos negativos de las medidas de austeridad, que han lesionado, y lesionarán hasta que sean revertidas, a la parte más popular de su electorado, que ha podido comprobar que con palabrería patriótica no se tapan las penalidades dejadas por los recortes y la reforma laboral. Esos efectos se han cargado también en la cuenta de Sánchez, como si hubiera gobernado los últimos 8 años en vez de los últimos 8 meses.
La cuarta mochila es la morosa, indolente e inexplicable actitud ante el “procés”. Igualmente mal digerido en el Partido y peor aún por el propio Casado, que entonces formaba parte del pasivo equipo de Rajoy y ha querido absolverse con acusaciones y gesticulación.
Obviando los cinco años de flema gallega ante un problema que crecía día a día y que, al final, no se pudo arreglar negociando como creyeron, pues para eso la vicepresidenta montó un despacho en Barcelona, la culpa se ha echado sobre Sánchez por hablar con el President de la Generalitat y se le ha acusado de establecer un pacto con independentistas catalanes y vascos “para romper España”, que es la versión actualizada para la ocasión de aquel infundio lanzado contra Zapatero acusándole de “entregar Navarra a ETA”. Pero la verdad es que la palabrería y las insidias no han podido borrar los cinco años de insólita pereza ante lo que ahora presentan como el primer problema del país.  
Aún hay que añadir otra carga sobre las maltrechas espaldas de Casado, que es su propia cruz, tallada por él mismo con primor artesano, según el consejo de un pésimo ebanista, al competir con Vox, con la retórica y las formas de Vox, tratando de sacar pecho para sacudirse el degradante sambenito de dirigir la “derechita cobarde”.
La campaña electoral, crispada y faltona, ha sido un desastre, como lo revelan no sólo los resultados, sino las fugas de sus propios compañeros, que han sufrido en sus carnes las malas formas de lo que él entiende como renovación del partido; y lo entiende tan mal que casi se queda sin él.   

30 de abril, 2019



martes, 7 de mayo de 2019

El fardo de Iglesias

El otro partido que el pasado día 28 de abril recibió un notable revés electoral fue Unidas Podemos. El resultado obtenido se puede calificar de severa derrota respecto al objetivo de convertirse en un elemento imprescindible para formar, con el PSOE, un gobierno de izquierdas, y se debe ver como una alarmante pérdida de apoyo popular respecto a las elecciones generales de 2016, pero no sólo respecto a ellas.
Los 3.733.000 votos, en números redondos, y los 42 diputados obtenidos, frente a los 5.087.000 votos y 71 escaños obtenidos con el aporte de las confluencias el 26/6/2016, revelan un retroceso del respaldo electoral que va del 21,15%, en 2016, al 14,31%, en 2019, y una pérdida aproximada de 1.300.000 votantes.
Si se tienen en cuenta la participación -el 75,75%, la más alta desde las elecciones de 2004, que dieron el triunfo al PSOE- y la vigencia del eje izquierda y derecha en estos comicios, aunque la polaridad estuviera dividida en varias izquierdas y tres derechas, y se compara el resultado de 2019 con el de las elecciones de diciembre de 2015, el retroceso es aún más dramático, pues a la pérdida de votos de 2019 respecto a 2016, hay que sumar los votos perdidos -1.062.000, en número redondos- en junio de 2016 respecto a las elecciones de diciembre de 2015, con lo que se obtiene una suma 2.362.000 votos. Pero no siendo esa una cifra despreciable, no es lo más importante que ha perdido Podemos en dos citas electorales trascendentales.
La primera, la del día 28 de abril, lo es por dos circunstancias: por la aparición de la extrema derecha como una opción política diferenciada de otras dos fuerzas de la derecha -PP y Cs-, también muy escoradas hacia el extremo, el terreno acotado por el discurso de Vox, por el que han competido.
La otra circunstancia era la posibilidad de salir de la etapa de interinidad, que, desde 2015 ha marcado la actividad institucional del país. La salida del bucle de gobiernos breves e inestables con un gobierno de tres derechas aliadas o con un gobierno de izquierdas, en coalición o con apoyo parlamentario, ha inclinado a muchos votantes de izquierda al pragmatismo y al cálculo y, por ende, a confiar en el voto útil, lo cual ha perjudicado a Podemos. Y vamos con las elecciones de 2015. 
Podemos llegó a las elecciones de diciembre de 2015 en triunfo. Fundado en enero de 2014, había dado la sorpresa obteniendo 5 escaños en las elecciones europeas de mayo de ese año y, gracias a varias alianzas locales y regionales, obtuvo buen resultado en las elecciones municipales y autonómicas de 2015. Venía, además, respaldado por la masiva movilización ciudadana contra los efectos de la crisis financiera y los recortes del gobierno de Rajoy para hacer frente, en teoría, a la gran recesión.
Sirvan unas cifras para ilustrar aquella oleada de protestas: en 2008, año en que estalló la burbuja inmobiliaria, se dieron en España (en números redondos) 16.000 manifestaciones y actos de protesta, en 2009 fueron 24.000, 22.000 en 2010, 21.000 en 2011, 44.000 en 2012, 43.000 en 2013 y 37.000 en 2014. Además de tres huelgas generales a escala nacional y varias más a escala local y regional.
La gravedad de la crisis económica hizo emerger nuevos movimientos sociales, coloreadas mareas, asociaciones de afectados, plataformas, marchas, etc, y finalmente el 15-M-2011, como expresión concentrada de todo ello y como crítica política e ideológica a la crisis del régimen, que abarcaba desde los partidos políticos (corruptos y no corruptos), a la Casa Real (caso Noos), la judicatura, órganos de control y agencias gubernamentales, asociaciones patronales, y, en general, a quienes habían dirigido el país hasta entonces; “la casta”, como la calificó Podemos.
En este clima de indignación contra un sistema económico que había alentado la burbuja financiera y unas instituciones de control que no supieron o quisieron ejercer correctamente sus funciones vigilando la deriva de la banca, a la que hubo que rescatar con 66.000 millones de euros, detraídos de gasto social, y contra un gobierno anegado por la corrupción, que impuso despidos laborales a millones, rebajas de salarios y pensiones mientras sus miembros se subían el sueldo y altos cargos del Partido recibían gratificaciones en dinero negro, surgieron varios intentos de remozar las tradicionales fuerzas de la izquierda y de fundar otros partidos.
Además de Izquierda Abierta y Democracia Real Ya, en 2014, se presentaron varias agrupaciones electorales locales y regionales (Guanyem Barcelona o Ganemos Madrid y otras similares en Málaga, Murcia, Logroño, Galicia, etc). Pero fue, finalmente, Podemos la organización de más entidad y la que devino en el núcleo más representativo de la disidencia política y de la indignación ciudadana, y con este apoyo se presentó a las elecciones generales, en diciembre de 2015.
Podemos obtuvo 42 escaños, En Comú-Podem 12, Compromís-Podemos 9, En Marea-Podemos 6, IU-UPC 2 escaños. En conjunto, 6.113.000 votos y 71 escaños, pero el resultado, con ser bueno para un partido con apenas dos años de existencia, no fue el esperado por las desmesuradas expectativas que albergaban sus dirigentes, que aspiraban a sobrepasar al PSOE y a hacerse con la hegemonía de la izquierda.
No pudo ser y, a partir de ahí, en una mezcla de errores tácticos y pérdida de visión estratégica, combinadas con prisa y excesiva ambición por llegar al Gobierno, el desencuentro con el PSOE condujo a unas elecciones anticipadas en junio de 2016, en las que perdió más de un millón de votos, y a que, como resultado ellas y al sectarismo de su principal dirigente, Podemos permitiera que siguiera gobernando el agotado equipo de Rajoy.
La frustración entre sus seguidores fue enorme, pero, en vez de corregir el rumbo y desplazar al máximo responsable de la operación, la asamblea de Vista Alegre II ratificó el aparente triunfo del gran estratega y marginó a los críticos. Fue un cierre en falso, como después se ha visto con las divisiones y abandonos sufridos y, sobre todo, con lo que podría llamarse la fisión del núcleo irradiador, escindido pero no para generar más energía.   
Ese es el fardo que Iglesias arrastra como un penitente, desde la primavera de 2016; un fardo que recuerda el ataúd que arrastraba el primer “Django” del cine (Franco Nero) en la película homónima, no el “Django desencadenado” del temible Tarantino. Fardo del que Iglesias (no Franco Nero) podría liberarse, y así lo deberían reclaman sus deudos, dimitiendo como máximo dirigente de Unidas-Podemos y máximo responsable del desastre. Aunque quizá espere para hacerlo a conocer el resultado de los comicios de mayo.

José M. Roca
7/5/2019

 

domingo, 21 de abril de 2019

Ser de izquierda


¿Qué es ser de izquierda, hoy? La respuesta es sencilla.
Situarse en la izquierda del espectro político, considerarse una persona “de” izquierdas o de izquierda, en singular, es una manera de colocarse en el mundo y ante el mundo; una manera de ver el mundo, de percibir y explicar el mundo; una forma de emplazarse en la sociedad y ante la sociedad; ante una sociedad determinada y en un tiempo, igualmente, determinado, intentando ser coetáneos del presente.
Ser de izquierda, considerarse de izquierda es ubicarse en una época y ante una época, aceptar sus circunstancias y condiciones y hacer frente a sus desafíos.

Ser de izquierdas es una manera de ser y de estar en el mundo, dada por una ética exigente y difícil de seguir -que ojalá fuera universal-, que obliga a tener conciencia de la responsabilidad contraída con los otros, tanto en el ámbito privado (pareja, hijos, familia, amigos, vecinos, profesión, trabajo, negocios), como en el ámbito de lo público y compartido, respecto a los bienes que son comunes, sobre todo, cuando se asumen cargos institucionales.

Ser de izquierda implica tener una mirada crítica respecto al mundo recibido y asumir el compromiso de reformarlo para hacerlo mejor. Es decir, no permanecer inerte ante la deriva del mundo: ser de izquierda supone ser activo y aceptar el compromiso de cambiar el mundo, la sociedad, el entorno inmediato, el propio país, para dejarlo, a las generaciones venideras, en mejor estado del que lo recibieron las generaciones presentes.

Este compromiso, además de ético y generacional, es democrático, pues supone una posición y una acción a favor de la mayoría, en particular, de las clases subalternas, las clases trabajadoras, las personas peor dotadas por la naturaleza o peor tratadas por la economía; y de la creciente mayoría de marginados, despojados y empobrecidos, generada por la globalización, por las crisis financieras y por las medidas de austeridad selectiva, dirigidas hacia abajo de la escala de rentas y habilitadas, en teoría, para salir de la crisis, pero que, en la práctica, han servido para redondear el expolio iniciado antes y establecer una situación, difícil de revertir, que asegure una etapa prolongada de crecimiento y acumulación de capital que transfiera, con la menor resistencia posible de los perjudicados, riqueza desde las rentas bajas hacia las altas.  

Hoy, ante las cercanas elecciones, ser de izquierda supone, al menos en el terreno de los principios, intentar revertir estas perversas tendencias y apoyar programas políticos encaminados a corregir las asimetrías que padecemos, es decir: igualar derechos, equilibrar rentas, repartir cargas y beneficios en desigual proporción -quien obtiene más beneficio, debe asumir más cargas-, preservar bienes y servicios públicos, ofrecer oportunidades, garantizar la protección de las personas y grupos sociales más débiles y fundar instituciones que aseguren la continuidad de las medidas solidarias.
Dicho sea sin ánimo de molestar.


viernes, 19 de abril de 2019

Carlismo y salchichón


Con la cercanía del día 28 se recrudece en Cataluña el otro “procés”, que, curiosamente, se aleja de un elemento sustancial de lo que los nacionalistas presentan como rasgo típico de la identidad catalana -el seny (la sensatez, la cordura)- y los independentistas como un rasgo tópico de su estrategia -la revolución de las sonrisas-, para acercarse al gesto crispado y a la mueca abertzale.
El camino hacia la unilateral independencia de Cataluña hace tiempo que se puso en marcha con ideas y actitudes prestadas por el nacionalismo vasco, con ello el “procés” se travestía de elementos importados y pervertía, de forma inadvertida, supongo, su proyecto identitario, celosamente definido, para ir adoptando los rasgos de otro, con un perfil no menos excluyente.
Uno de estos elementos ha sido la progresiva batasunización de la calle, impulsada por las organizaciones paragubernamentales y en particular por los grupos de jóvenes radicales de los CDR, que tanto se parecen a Jarrai en sus buenos tiempos, cuando impedía, con ayuda de sus encapuchados hermanos mayores, que los partidos no nacionalistas pudieran hacer campaña electoral en determinadas localidades del País Vasco.  
Desde hace años, una de las tácticas del nacionalismo catalán ha sido acotar determinadas “zonas liberadas” de ideas, personas y partidos no nacionalistas, mediante todo tipo de presiones, contando, claro está, con el telón de fondo de la ideología catalanista dominante, inculcada por el aparato escolar y académico, por la persistente acción de la Generalitat en favor de las excluyentes tesis del nacionalismo y la “espiral de silencio” establecida por el aparato de propaganda, formado por medios de información públicos y privados afines y por medios, en teoría, independientes pero subvencionados, que han ofrecido la cobertura informativa y la justificación política y moral a las actividades de estos grupos.
El último de estos actos de acoso y exclusión ha sido el recibimiento, con insultos y amenazas, a Inés Arrimadas en Vic, territorio de fuerte tradición carlista y, por tanto, intolerante con cualquier opinión no concordante con el estrecho repertorio de ideas tenido como propio.
Carlismo y salchichón, la cosa no da para más.     

Escarceos electorales 28-A

"Lo que no acabo de entender es qué pintan en un debate sobre como solucionar los problemas de un país dos partidos (PNV y ERC) que tienen como objetivo explícito destruirlo. No sé, es como poner a los de las funerarias a gestionar el sistema de ambulancias (algo que sucedió en USA, por cierto)" (Félix Ovejero). 

Respuestas mías: 
Pues pintan, porque cuentan (y mucho) en la política nacional. Uno, enunció el programa social, del que se olvidan en cuando pueden gobernar o cogobernar. El otro recalcó siempre que había que respetar el marco del concierto vasco. No hubo sorpresas y la vida sigue igual o casi igual, hasta que decidamos que puede ser distinta.

Discrepo. Claro que les interesa, porque la gobernanza nacional les puede aportar (e históricamente así ha sido) recompensas para su propósito local.
Nadie en su sano juicio se aparta voluntariamente de un reparto del que puede sacar un beneficio que no conseguiría por su propio esfuerzo

Las leyes son las que hay. Y priman al nacionalismo. ¿De dónde surge, en buena parte, el dislate actual en Cataluña? Pues de que Carod, con menos de medio millón de votos se jactaba de que tenía la llave de dos gobiernos: el tripartido catalán y el central.

Uno de los factores que explican la situación actual es la crisis de representación: la desigual representación política de los ciudadanos en las instituciones. Actuamos sobre una ficción democrática.
En buena lógica democrática y de acuerdo con el número de electores que representan, el lugar apropiado para ERC y el PNV sería un debate con otras fuerzas regionales, de cara a las elecciones al Senado o a un organismo federal similar. No en un debate de candidatos al Congreso donde están como carísimos convidados de piedra. Pero la ley está como está y se aprovechan de ello.

jueves, 18 de abril de 2019

El debate en TVE


Me resistía, pero al final sucumbí: la carne (de cañón) es débil. Pospuse un episodio de “Homeland” y me “enchufé” al debate “a seis” de TVE-1, con la promesa -a mi santa, que estaba a mi vera- de que no haría comentarios sobre la marcha, como si yo fuera otro candidato que tuviera que responder a todos los demás. Promesa que incumplí repetidas veces…
Por lo que he ido viendo, oyendo y leyendo sobre el programa, hay opiniones para todos los gustos, claro está, y detrás de cada opinión se adivina una ideología y la afinidad con un partido político, pero vayamos al tema.
Una observación referida a la simple cortesía. ¿Por qué los participantes y el  moderador del programa están de pie? No entiendo esa preferencia por facilitar las varices, pero debe tener alguna razón seria, que no alcanzo a comprender. Quizá se deba a la táctica de algún experto en comunicacionismo político, que no ha entendido bien el manual en inglés de algún “coaching” norteamericano… A lo mejor allí, como son tan puritanos…
Pero vayamos al tema y empecemos por ellas, que iban arregladas, algunas muy arregladas, sobre todo las que, por sus opiniones, se colocaban a la derecha del espectro político -Cayetana, más severa; Inés, un pincel en color rosa. Las otras dos, -las “hermanas” Montero- bien, discreta Irene, ropa cómoda en estilo casual y urbano; nada de transgresiones, y no tanto María Jesús, más excéntrica y “desigual”, más en ministra. 
Y vamos con los dos adanes, que parecían llegar de dos mundos opuestos y, sin embargo, parecidos. Aitor iba como siempre, vestía un traje azul, de los clásicos de caballero, corbata a juego, camisa de último grito, con el cuello de corte horizontal, que gusta tanto a los políticos de la derecha, y zapatos negros. Iba a tono, con cierta elegancia funcional.
Su oponente, que no ha oído hablar de Petronio ni de Beau Brummell, iba… iba… iba de Rufián style. O sea, camisa blanca de picos abajo, cuello abierto, chaqueta azul abrochada, que le venía un poco estrecha o era un recurso para resaltar la corpulencia pectoral. Pantalón azul, vaquero y arrugado, y zapatos marrones. Ya sé que el hábito no hace al monje, ni siquiera en ERC, que parece que tiene tantos, pero esos zapatos… Es que no podía apartar la vista. Así que Aitor, el del tractor, parecía un brazo de mar al lado de este muchacho urbano.
Por lo que se refiere al debate, que fue interesante, y por resumir, hay que señalar que la ministra no tuvo uno de sus mejores días, iba nerviosa, casi precipitada, ante al acoso a que la sometía Cayetana, que aplicó la táctica habitual del PP de no dejar hablar y de interrumpir constantemente. Claro, que tenía poco que decir sobre el programa de su partido y sobre este país, del que sólo parece conocer la Andalucía de Susana Díaz. Del resto, nada de nada -le parecerá buena la gestión del PP en Madrid, en Valencia, en Murcia, en Castilla la Mancha y, claro está, en la Gurtel, etc, etc-, y del programa nada, mostrando que el PP carece de programa salvo llegar a la Moncloa como sea para seguir haciendo lo que ha hecho hasta ahora, y para eso hay que impedir que la izquierda vuelva a gobernar. La verdad es que su intervención me defraudó, esperaba de ella algo más de calidad, no de calidez, porque estuvo fría y seca. 
Arrimadas no estuvo mejor, recitó tres o cuatro cositas de su tierra natal y de la adoptiva, y el mantra de los emprendedores. Sus alusiones a que los dirigentes comunistas viven muy bien, me sonaron a muletilla viejuna. Se la vio falta de recursos, trasplantada; fuera de Cataluña no se luce. Y contó un chiste bueno cuando dijo que Ciudadanos era el partido de la igualdad. Casi me caí del sillón.
Irene dejó el estilo mitinero que suele utilizar, se ve que preparó mucho los gestos y el tono de la intervención; fue prolija en datos y cifras pero con una proyección utópica: se puede, se puede. Y no secundó las provocaciones de Cayetana, que fue incansable en su estrategia destructiva.
Rufián estuvo relativamente moderado y recitó la parte social del programa que ERC olvida cuando llega a gobernar o cogobernar, para mostrar su verdadera alma (son católicos), que es el nacionalismo.
Finalmente, Aitor, relajado y con muchas tablas, estuvo propositivo y moderado; pragmático y constructivo, pero recalcando cada vez que podía, que son los dueños de la parcela vasca.

viernes, 22 de marzo de 2019

Torra, un trilero


A propósito de un comentario de María José Peña sobre el gesto de Quim Torra de descolgar una pancarta amarilla del balcón de la Generalitat, como le pedía la Junta Electoral Central, y colocar otra igual de color balnco.
   
Discrepo amablemente, Maria Jose Peña. Y entiendo tu enfado, que también es el mío, ante esta continua tomadura de pelo en que se ha instalado no sólo Torra, sino el Govern. Una política dedicada, no a gobernar en Cataluña, como es su obligación (que ese sí es el mandato recibido de las urnas), sino a estorbar y a encrespar los ánimos en el resto de España y, a ser posible, en Europa, convirtiendo los insensatos deseos de unos pocos en el primer problema nacional y, a ser posible, continental, según mandato recibido de los dirigentes encarcelados y del gran ausente que vive en Waterloo.
Resistir la aplicación de las leyes, las españolas y las catalanas, no es sólo un desafío a Madrid, al gobierno central o a España, al exhibir pancartas separatistas y lazos en instituciones públicas, sino una muestra de ventajismo electoral respecto a los partidos políticos catalanes que no son separatistas.
Lo curioso del caso, que revela la mentalidad del personaje y la actitud poco gallarda de los indepes, es cómo se expresa esta "resistencia" contra España, que se hace a base de mucha palabrería huera, de trucos y cambalaches y de maniobras de presunta astucia,
propias de pequeño tendero provinciano, del dueño del colmado que te tima en el peso o se equivoca a su favor al devolverte el cambio. Es decir, una política de grandes ambiciones, pero de recoger calderilla. No hay grandeza, hay trileros.
Y esto cabrea, pero hay que aguantar el cabreo y dejar que las instituciones hagan su trabajo: se apercibe, se reitera, la otra parte recurre, se vuelve a actuar y así sucesivamente... Es así, la democracia es lenta, porque ofrece garantías incluso a quienes quieren acabar con ella.
Hay que dejar que se recorran todos los pasos de procedimientos que son largos, que es lo que los separatistas no han hecho, porque en su ámbito han actuado a la brava, cambiando la legalidad a su gusto (por eso están donde están), y lo que vienen buscando desde hace tiempo, no lo olvidemos, es que el gobierno central se salte algún trámite para acusarle en seguida de no democrático, de opresor o de fascista. No hay que darles ese gusto ni pretextos para el victimismo, sino aplicar la ley, en la forma que corresponda, y dejar que se vayan cociendo en su propia salsa.
Tranquilidad y muchas sonrisas, porque el camino es largo.