No me he atrevido a consultar a los oráculos oficiales ni a los augures aficionados, ni a solicitar un pronóstico a las sibilas y menos aún a los evisceradores de aves, echadores de cartas y nigromantes, ni a mirar los posos de la taza del café ni a pedir opinión a los poseedores de patas de conejo, no sea que confirmen mis temores sobre el año entrante, por todo ello, con buena intención, aunque con cautela y en voz baja, les deseo un año 2025 ligeramente próspero y moderadamente feliz (en estas circunstancias no se debe pedir demasiado).
martes, 31 de diciembre de 2024
martes, 26 de noviembre de 2024
La Curia no quiere pagar
La noticia es del pasado día 23 de noviembre, del año del Señor 2024. Y
digo en serio lo de año del Señor, porque se refiere a la Curia.
La Conferencia Episcopal rechaza la idea de crear un fondo estatal para
indemnizar a las víctimas de la pederastia de sus sacerdotes. El fondo es una
sugerencia del beato Defensor del Pueblo, el "hermano" Ángel
Gabilondo, para dar algún tipo de salida acordada a este asunto, pero la Santa
Madre no se aviene a consensos con el poder civil (le gusta más el poder
militar, sobre todo si es católico).
La cuestión es que la Curia se desentiende de la lujuria -pecado capital- de
sus funcionarios, que considera una flaqueza humana -la carne es débil, aunque
lleve sotana-, perdonable con el sacramento de la confesión y el consiguiente
arrepentimiento, que en no pocos casos ha resultado momentáneo; el tiempo justo
para que el cura "pecador" sea trasladado de parroquia y pueda continuar en otra parte la misma actividad
depredadora.
Pero da la casualidad de que los reprobables actos que la Iglesia considera pecados, el Código Penal
los considera delitos, y ese es el tema. La Iglesia actual, dejemos la historia,
tiene detrás una larga trayectoria de consentir y encubrir delitos aborrecibles cometidos con
menores, y lo justo es que pague por ello, con las correspondientes penas de
cárcel y la pertinente indemnización a las víctimas, pero no con fondos públicos, sino con
fondos de sus propias arcas, que repletas las tiene. No parece razonable eximir
a una organización poco ejemplar de una ejemplar indemnización a las víctimas
de sus abusos.
sábado, 10 de agosto de 2024
Ha vuelto Fantomas
No me refiero al personaje literario francés, villano de tantas novelas, ni al del primer cine mudo; ni tampoco al protagonista, en los años sesenta, de varias películas protagonizadas por Jean Marais, perseguido por el espasmódico Louis de Funes, sino a un personaje, igualmente gesticulante, de la política regional, que trata de oscurecer la investidura del socialista Salvador Illa como President de la Generalitat. Y lo hace para atraer la atención del público, como si fuera el mismísimo Gran Sebastián reclamando la pista central del Circo Barnum. Los mayores me entenderán, y los jóvenes, que vayan al cine y se dejen de “influencers”.
Puigdemont, pues no podía ser
otro, no da saltos mortales en el trapecio sin una red que le proteja, sino
volteretas políticas sin riesgo, con la seguridad que le han proporcionado
hasta ahora las instituciones como representante político; es más bien un
volatinero a ras de suelo, pero sin llegar a tocar la tierra, pues cree estar en
audacia por encima del resto de los mortales, sensación deformada quizá por la
perspectiva obtenida siendo niño desde la altitud de apenas 200 metros sobre el
nivel del mar, en Amer, su pueblo natal.
Puigdemont, en su
voluntariamente trágico papel de Gran Ausente en Waterloo, ha amenazado varias
veces con volver, -“Y volver, volver, volveeeer”-, como si fuera Vicente
Fernández, pero por otros motivos más patrióticos, pues sigue creyendo que es
el único presidente legítimo de la Generalitat surgido en el “procés”. Ni siquiera
el ínclito (o más bien paráclito) Torra se consideraba digno de ocupar su
despacho, pues realmente no gobernaba, sino atizaba el fuego independentista
-“apreteu, apreteu”- y le guardaba el sitio hasta su regreso.
Recordarán que Marx, en los
renglones iniciales de “18 Brumario”, apostillaba la afirmación de Hegel de que
los grandes hechos de la historia se producen, como si dijéramos, dos veces, la
primera vez, afirmaba el de Tréveris, como tragedia y la segunda como farsa. Pues
bien, eso podía suceder en Alemania o en Francia, pero no en Spain, porque Spain
is different, y Cataluña molt diferent, perqué hi ha un fet
diferencial. O sea, un hecho diferencial en un país ya diferente del resto,
lo cual ayuda a explicar el maldito embrollo (recuerden a Pietro Germi) que fue
“el procés”.
El “procés” se “vendió” a sus
seguidores como el relato épico de una nación en marcha hacia su independencia,
pero realmente era una farsa; un imposible, un sueño de iluminados y políticos,
que querían huir de su responsabilidad en la crisis social que vivió Cataluña
con el estallido de la burbuja inmobiliaria y las medidas de austeridad,
dictadas por Merkel y el FMI, y aplicadas por CiU antes que en el resto de
España. En esto Cataluña no era diferente, pues la causa y los efectos fueron
los mismos que en el resto del país, pero los nacionalistas quisieron darle una
salida distinta, eludiendo su responsabilidad y buscando un enemigo exterior:
“España nos roba”. España nos debe dinero; con el dinero que se lleva España,
no habría crisis. Se eludía la corrupción de CiU, con la familia Pujol al
frente del entramado de la financiación irregular, y se eludían los recortes en
educación y sanidad públicas, la falta de vivienda pública, las
privatizaciones, las concesiones a la Iglesia, etc, etc. La falsedad del aserto
“España nos roba” la tuvo que desmontar Borrell, ante la pasividad de Rajoy,
que leía el “Marca” en vez de ordenar a Montoro que diera al infundio una
respuesta contundente. Pero ¿qué iba a decir Montoro, si el PP hacía lo
mismo que CiU?
Fue una farsa -“íbamos de
farol”, reconoció Clara Ponsatí-, porque el “procés” se "vendió" con mucho
verbo encendido, pero como una serie de paseos de amigos y de marchas
familiares hacia la “desconexión” con España, como si declarar de modo
unilateral la independencia de un país fuera un acto simple, rápido y mecánico,
ejecutado a conveniencia de una de las partes. Y al propio Puigdemont fue el
primero al que le temblaron las piernas cuando apretó el “interruptor” y puso
pies en polvorosa de modo vergonzante, tras la efímera declaración de
independencia. Una vez en Waterloo quiso recomponer el gesto de cobardía y
fraguarse una aureola de no se sabe qué, para mantener a los suyos entretenidos
y al país girando en torno a él.
Si el inicio ya fue una farsa,
la repetición no podía serlo; tenía que ser algo más suave, intrascendente, ni
siquiera un esperpento, porque en el esperpento hay todavía algo de tragedia;
aquí no la ha habido ni podía haberla, dado el tono de sainete que ha tenido el
caso desde que Artur Más puso “rumbo de colisión” contra el Estado español y la
aventura de Puigdemont acabó en el maletero de un coche camino de Bélgica, sin
decir ni pío a sus socios, que acabaron en Can Brian y en Estremera.
No hay tragedia; no hay drama
en este final, costoso final, lleno de concesiones y renuncias, hacia el
restablecimiento de la normalidad política en Cataluña, porque el regreso del
Ausente forma parte del mismo circo; no vuelve el héroe, viejo, herido o
cansado, pero más sabio o más lúcido; vuelve el mismo saltimbanqui a dar la
última pirueta afirmando que el “procés” sigue vivo.
De momento parece que se ha
extraviado o que la policía le ha perdido la pista en las calles de Barcelona.
Como si fuera Fantomas.
8 de agosto de 2024. Para El
obrero
jueves, 6 de junio de 2024
Amnistías 2
De
momento viene bien que alguien arregle en Cataluña lo que el PP empeora, si además
sirve para que sea más barato el precio de la luz, que suba el salario mínimo, se
reduzca la tasa de paro y mejore el empleo, suba el ingreso mínimo de
supervivencia, aumente la protección de las mujeres y los menores o tengan
contrato laboral las empleadas del hogar. Es decir, para que el Gobierno vaya
cumpliendo sus promesas, aunque otras queden en el tintero.
Otro
tema es que la amnistía sirva para reducir la influencia del nacionalismo. Aunque
el independentismo esté en retroceso (pese a la actitud chulesca de sus
promotores), la amnistía no es una pócima de efecto inmediato. El nacionalismo,
fomentado con firmeza desde la Generalitat -cuestión de Estado (catalán)-, será
importante mientras no se combata desde una posición progresista como el añejo proyecto
de un sueño romántico y burgués del siglo XIX, preñado de supremacía provinciana,
efectuado en nombre de una Cataluña idílica que nunca existió. Pero esa
intención es débil en el PSOE y más aún en la izquierda postmoderna, entre
tanto, políticamente el nacionalismo se combate con argumentos muy rancios.
En
este asunto conviene tener en cuenta no sólo los sucesos más recientes, sino
los procesos, la secuencia de acontecimientos, que, en el caso de las relaciones
del gobierno central con los partidos nacionalistas y con los terroristas es
larga y diversa, pues hay coyunturas en que las concesiones son explícitas y
otras en que son tácitas o, mejor dicho, encubiertas. Y en los casos de perdón
son evidentes.
Debería
ser notoria la propensión del PP a los perdones encubiertos. Para facilitar una
negociación con el Movimiento de Liberación Nacional Vasco, Aznar acercó a 120
presos de ETA a cárceles del País Vasco, permitió la excarcelación y el regreso
el regreso a España de varios centenares de miembros y colaboradores de la
banda. No fue el único: Rajoy excarceló a 14 etarras, Acebes a 23 y Mayor Oreja
a 19, todo ello sin gran ceremonia. En cuanto a los indultos, Aznar es campeón
en concederlos: 1.443 en un solo día, por delitos diversos.
Como
en cualquier trato es obligado entrar en las contraprestaciones, que, en el
caso de la negociación del gobierno de Aznar con ETA, por parte de ésta no hubo
contraprestación alguna, pues siguió como siempre. Aznar había dicho que sería
“generoso” y lo fue con una serie de “entregas a cuenta”, pero a cambio de nada,
pues la negociación se interrumpió tras la reunión de Zurich. O sea, que fue un
timo; el gran estadista fue engañado por un puñado de encapuchados para sacar
de la cárcel y traer del exilio a un montón de militantes y partidarios. Todo
ello no impidió al PP acusar a Zapatero de “traicionar a los muertos” y a
Rubalcaba de “colaborar con el terrorismo”, cuando el PSOE se propuso negociar
con ETA. Entonces sí hubo un resultado positivo, pues ETA cesó en sus atentados
y luego se disolvió.
Y
citemos de pasada la chapucera amnistía fiscal para ricos, de Cristóbal Montoro
con el fin de regularizar las cuentas de 31.500 muertos de hambre con un
“perdón” de 2.800 millones de euros. Finalmente fue declarada inconstitucional.
Pero
lo que más sorprende de este asunto es que dos partidos - PP y Vox- con el mismo
origen político -el franquismo- critiquen acerbamente la amnistía propuesta por
Sánchez siendo herederos de los beneficiarios del mayor perdón habido en este
país desde 1975, que fue la amnistía de 1977.
La Ley de Amnistía de octubre de 1977 tuvo un doble efecto: permitió a opositores del franquismo salir de la cárcel y a la vez impidió que entraran en ella muchos de los más inhumanos defensores de la dictadura; sacó de la cárcel a víctimas del franquismo, pero evitó encarcelar a quienes habían actuado como verdugos.
miércoles, 5 de junio de 2024
Amnistías (1)
Ya tenemos ley de amnistía para los independentistas catalanes. Tras casi medio año de compleja gestación, el 30 de mayo se aprobó en el Congreso con 177 votos a favor, procedentes de los partidos de izquierda y los nacionalistas, y 172 en contra, emitidos por el PP, Vox, Coalición Canaria y Unión del Pueblo Navarro.
Como
es habitual cuando la derecha está en la oposición, la aprobación se hizo con
la consabida bronca, presente durante la tramitación pues empezó incluso antes,
cuando el Gobierno mostró su intención de rebajar la tensión en Cataluña con un
indulto y luego una amnistía para los implicados del “procés”.
Desde
ese momento, la ciudadanía asistió al toque a rebato de las derechas para
oponerse a tal amnistía, devenida en ocasional motivo para tratar de derribar
al Gobierno, recién salido de las urnas y calificado de ilegítimo porque el
vencedor, por escaso margen de votos, fue el PP, que no puede gobernar por una
elemental falta de apoyo parlamentario. Feijoo quiso negociar con los
independentistas su investidura para presidir el Gobierno, pero los pactos locales
y regionales del PP y Vox impidieron cualquier acuerdo posible. De otro modo
hubiera aceptado la investidura pagando el precio que los nacionalistas exigieron
a Sánchez o incluso uno más alto.
Ya lo hizo
Aznar en 1996, en el pacto del Majestic con CiU, al aumentar de modo ostensible
la financiación y las competencias autonómicas de la Generalitat; o sea, aceptando
las demandas nacionalistas y fortaleciendo al futuro estado catalán. Y a petición
de Pujol, suprimió el servicio militar obligatorio para evitar que los jóvenes
nacionalistas tuvieran que ingresar en el (oprobioso) ejército español y jurar lealtad
a una bandera que consideran ajena y opresora.
Entonces
nadie llamó traidor a Aznar en el Congreso, ni cómplice de los terroristas por
hacer dádivas similares al PNV, que votó su investidura (pero se abstuvo con Zapatero),
ni nadie le afeó la servil reverencia a CiU al afirmar que hablaba catalán en
la intimidad, que, por supuesto, nadie creyó. Fue un gesto lacayuno que luego
repitió con George Bush al hablar castellano con acento texano. Y nadie le
llamó payaso, aunque lo merecía. También aceptaron en el PP el sacrificio de
Vidal Quadras (hoy en Vox) para apoyar a Pujol cuando CiU perdió la mayoría en
las elecciones catalanas de 1999. Y es que el PP rebosa oportunismo y
aspavientos.
Por
eso, la amnistía, como ETA sacada de la tumba, Bildu, los fondos europeos de recuperación,
la excepción energética ibérica o la defensa del estado palestino, son
oportunidades para criticar al Gobierno e insultar a Sánchez, ante la falta de
un programa político que oponerle, pues uno de los problemas más graves del PP,
hundido en la mediocridad, es la falta de un programa político de gobierno,
incluso la ausencia de política, suplida con dosis crecientes de mendacidad, en
la que sus dirigentes siguen de cerca los pasos de Vox.
Feijoo,
llegado del cacicato gallego tras la rápida defenestración de Pablo Casado por
denunciar un caso de corrupción, y recibido como la gran esperanza blanca,
comprueba la dureza de la política en Madrid desbordado por las iniciativas del
Gobierno y el cerco de la triple A, que le acota el terreno. Y con ese reducido
margen de maniobra, se mueve queriendo satisfacer a las dos alas de su partido y
además quitar votantes a Vox, pero da bandazos presionado por Aznar, Ayuso y,
sobre todo, por Abascal, que tiene los “derechos de autor” y marca el camino. Es
patético ver cómo los rudimentarios y demagógicos argumentos de Abascal se
repiten literalmente pocos días o pocas horas después en los escaños del PP.
La
amnistía, menos en la reciente campaña electoral catalana donde ha estado oportunamente
ausente, igual que las alusiones a ETA y Bildu en las elecciones vascas, es,
desde hace meses, un motivo para desgastar a Sánchez y provocar un adelanto electoral
que, so capa de salvar España del abismo al que la conduce un gobierno
ilegítimo, permita a Feijoo llegar a la Moncloa, que para eso le trajeron de
Galicia.
Puede
que sea así o no. Ya lo veremos, pero de momento esta oposición desleal e
irresponsable produce daños colaterales y uno de ellos es el deterioro de una institución
tan importante como la administración de justicia, donde no le basta con impedir
la renovación del Consejo General del Poder Judicial, con el mandato caducado
desde hace más de cinco años, y antes la del Tribunal Supremo, sino que ha movilizado
a los jueces como si fueran piezas orgánicas al servicio de sus apremiantes necesidades.
La
ciudadanía ha asistido al insólito espectáculo de ver a jueces, fiscales y
magistrados opinar en contra de la amnistía antes de que se conociera el
borrador de la ley y asiste a su resistencia a aplicarla una vez aprobada, en espera
del resultado de los recursos presentados contra ella por las comunidades
autónomas donde gobiernan el PP y Vox. Incluso el ilustre colegio de abogados
de Madrid, para el que no existen “inconstitucionalidades pequeñas”, se ha
manifestado en el mismo sentido. No sólo la Justicia, también el Derecho parece
propiedad del PP.
Desde
un punto de vista racional, no se entiende la posición de Feijoo, pues le viene
bien que Sánchez asuma el desgaste de restaurar la normalidad política en
Cataluña, devuelva el juego a unas instituciones deterioradas y alivie la
tensión entre los independentistas y quienes no lo son. Lo cual puede favorecer
al PP en un futuro, incluso cercano.
Parece
que Feijoo olvida que cuando España ha estado más cerca de la división - de la
“balcanización”, según palabras del Liderísimo-
fue cuando gobernaba Rajoy, aquel registrador gallego con plaza en Levante, que
leía el “Marca” mientras los independentistas preparaban la “desconexión” de
Cataluña ante sus barbas y el artero Puigdemont huía a Flandes para enarbolar desde
allí la piqueta destructora.
Aquel
desaguisado es lo que trata de arreglar la amnistía, que además es un pago del
PSOE por el apoyo de los partidos nacionalistas a la investidura de Sánchez. ¿Es
un precio alto? Pues, claro, nadie lo duda. Pero alto ha sido el precio que los
nacionalistas han puesto siempre a su colaboración con el PSOE o el PP cuando
han perdido la mayoría absoluta, pues el sistema electoral, que parece diseñado
por el diablo, los coloca en esa ventajosa situación. Onerosa posición arbitral,
que ni el PSOE ni el PP han querido corregir, pagando por ello el peaje y el
sonrojo correspondientes.
Para El obrero
miércoles, 3 de abril de 2024
ÉXODOS 2
En septiembre de 1939 comenzó la II Guerra Mundial, durante la cual el III Reich puso en marcha, en Alemania y en territorios ocupados por la Wehrmacht, la “solución final”, un plan genocida para terminar rápida y violentamente con el llamado “problema judío” y de paso con varios millones de personas que no eran del agrado del régimen nazi. El “problema judío” era un eufemismo referido a uno de los obstáculos, a superar con una depuración de seres y razas inferiores, para que una raza natural de señores pudiera gobernar despóticamente los territorios conquistados por el poderoso ejército del III Reich.
En
1942, se celebró un congreso judío en el hotel Biltmore de Nueva York, que
aprobó un plan que prefiguró el futuro de la región. El plan no contemplaba la
existencia de dos estados, sino sólo la fundación de un estado judío sobre todo
el territorio de Palestina, proyecto que recibió el apoyo de Estados Unidos.
El
ambiente de la segunda postguerra, con el telón de fondo del juicio contra
dirigentes nazis en Nuremberg (1945-1946), acusados de haber provocado, en
retaguardia, es decir, lejos de los frentes de combate, la muerte de unos seis
millones de judíos y de otros cinco de gitanos, polacos, rusos, discapacitados,
homosexuales y enemigos políticos del III Reich, allanó el camino a la causa
sionista al extender la simpatía hacia los supervivientes del Holocausto (Shoá)
y aumentar el número de partidarios de fundar un estado para acogerlos.
En
la ONU, varias comisiones estudiaron la cuestión, que, sobre el hecho consumado
de respetar la ocupación judía realizada hasta la fecha, contemplaba dos
salidas: una era la fundación de dos estados -uno judío y otro árabe-, con
Jerusalén como ciudad compartida bajo un estatuto especial. La otra proponía
fundar un estado único con dos provincias, una árabe y otra judía.
Entre
tanto, en Palestina la violencia no menguaba: en julio de 1946, el Irgún (de
Menahem Beguín), atentó contra los británicos, haciendo estallar una bomba en
el Hotel Rey David, en Jerusalén, provocando casi un centenar de muertos. La
actividad terrorista de tres grupos armados sionistas -el Irgún, el Stern y el
Haganá- se dirigía, sobre todo, contra los palestinos para forzarles a abandonar
sus viviendas y propiedades con objeto de acotar un territorio vacío que
facilitase el asentamiento de las sucesivas levas de emigrantes judíos que
habrían de poblar el inminente estado hebreo.
La
división e impotencia de los árabes, el victimismo y la capacidad de influir de
los sionistas, apoyados por el poderoso grupo de presión judío norteamericano,
el desinterés de Gran Bretaña, muy quebrantada por la guerra, y el apoyo de
Estados Unidos y la Unión Soviética, que entonces diseñaban el orden mundial,
inclinaron la balanza a favor de dividir Palestina y fundar, en teoría, dos
estados. El episodio del Exodus, en julio de 1947, tuvo lugar en ese
crispado contexto.
El
29 de noviembre de 1947, la ONU aprobó el Plan de Partición de Palestina
(Resolución 181), por 33 votos a favor (países europeos, EE.UU. y la URSS), 13
en contra (países musulmanes y la India) y 10 abstenciones (entre ellas, China
y Gran Bretaña). La declaración fue bien acogida por el movimiento sionista, ya
que adjudicaba el 57% del suelo al estado de Israel y el 43% restante al
hipotético estado de los palestinos. Con este desequilibrado reparto, los
judíos, que eran menos de la tercera parte de la población, recibían más de la
mitad del territorio, que además eran las zonas más fértiles, mientras que los
palestinos recibían la parte menos productiva, desértica y montañosa.
La
decisión fue rechazada por los árabes, y aumentaron las acciones violentas. El
9 de abril de 1948, 250 personas de la aldea palestina Deir Yassin fueron
asesinadas y el acto difundido por las milicias sionistas como aviso de la
suerte que esperaba a los palestinos, si no optaban por la evacuación
voluntaria. En respuesta, 77 médicos judíos y otro personal sanitario fueron
asesinados en un hospital de Jerusalén. El ambiente llevaba de modo inexorable
hacia la guerra.
El
14 de mayo de 1948, antes de que expirara el mandato británico sobre la zona,
David Ben Gurión proclamó, de forma unilateral, el estado de Israel, que fue
reconocido por Estados Unidos y la URSS. Con la declaración, comenzó la primera
guerra entre árabes e israelíes, que concluyó en enero de 1949, por
intervención de la ONU, cuando Israel controlaba el 78% del suelo de Palestina.
En marzo, en las primeras elecciones, Ben Gurión fue elegido primer ministro
del estado de Israel, que fue admitido en la ONU el día 10 de mayo. En
diciembre, la ONU creaba la Oficina de Socorro para los Refugiados Palestinos
(UNRWA) (que Netanyahu quiere destruir) y la fundación del hipotético estado
palestino se posponía sin fecha.
Durante
la guerra, el ejército israelí, mejor armado, instruido y asesorado, había
destruido casi medio millar de localidades y provocado la expulsión de casi
800.000 palestinos, que buscaron refugio en Gaza, Cisjordania y en los países
árabes limítrofes. Nunca se les permitió volver ni recibir compensación alguna,
como recomendaba la ONU. Fue sólo el principio de una emigración progresiva.
La
fundación del estado de Israel fue para los judíos el final de la diáspora, el
descanso después del éxodo, pero entonces comenzó el éxodo de los que vivían allí,
pues Palestina no era una tierra vacía y baldía, una superficie sin habitantes,
como afirmaba la propaganda sionista -los
judíos son un pueblo sin tierra y Palestina es una tierra sin pueblo-, sino
un territorio habitado desde hacía siglos por antiguos vecinos y ocasionales
adversarios de los israelitas del Antiguo Testamento, entre ellos los
palestinos o filistin, los bíblicos filisteos, cuyos descendientes no eran
responsables de la conquista de Judea por los romanos, la diáspora de los
hebreos, la persecución en Europa, el holocausto y la vesania de los nazis,
pero sobre los que recayó el coste de pagar la elevada factura de perder su
tierra, su vida y su historia, con que los gobiernos europeos quisieron lavar
su mala conciencia por no haber querido parar antes los pies a Adolfo
Hitler.
La
fundación del estado de Israel fue para los palestinos el principio de la Nakba
(la catástrofe), una forzada emigración que no ha terminado. Según la UNRWA,
5,9 millones de palestinos viven, en su gran mayoría, en difíciles condiciones
en campos de refugiados en Líbano, Jordania, Siria, Egipto, en países del
cercano Oriente o incluso más lejos.
Desde
hace 75 años, las naciones civilizadas, los países democráticos y la ONU tienen
delante un nuevo pueblo sin tierra, un pueblo errante y disperso: lo forman los
palestinos. Lo que plantea un problema urgente, que es buscarles acomodo en
algún lugar o permitirles volver a su tierra en condiciones dignas y fundar su
propio estado territorialmente unificado, que coexista con el estado de Israel.
O condenarlos a un éxodo perpetuo.
José
Manuel Roca, 2/4/2024. Para El obrero.es
ÉXODOS (I)
Tras una estancia en Israel, en 1956, como corresponsal de guerra, el novelista León Uris (1924-2003), hijo de judíos polacos emigrados a Estados Unidos, publicó en 1958 el relato de un episodio del año 1947 acaecido en el puerto de Haifa. El libro -Exodus (Éxodo en la edición española)- fue bien acogido por el público y llevado al cine en 1960. La película, del mismo título, fue dirigida por Otto Preminger, con guion del propio Uris y del perseguido Dalton Trumbo, e interpretada por célebres artistas de la pantalla.
El
libro y la película -como también La sombra de un gigante (Shavelson,
1966)- contribuyeron a popularizar la causa y los mitos del moderno estado de
Israel, que por entonces crecía en población admitiendo emigrantes judíos
dispersos por el mundo, de Europa en particular, donde, después de la II Guerra
mundial, unos 250.000 se hacinaban en campos de refugiados en Austria y
Alemania.
El
Exodus, nombre tomado del segundo libro del Pentateuco -Génesis,
Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio-, que
relata el hipotético viaje de “retorno” de los judíos desde el Egipto faraónico
a la Tierra Prometida, fue un antiguo paquebote utilizado por Estados Unidos
durante la IIª Guerra mundial, adquirido en 1946 a través de intermediarios por
el grupo paramilitar sionista Haganá para trasladar judíos europeos a
Palestina, entonces un protectorado británico.
El
11 de julio de 1947, el Exodus zarpó del sur de Francia con 4.500
personas a bordo, con el propósito de arribar al puerto de Haifa el día 18,
pero, cuando se hallaba sólo a 40 kilómetros de su destino, fue abordado por
tropas británicas procedentes del crucero “Ajax”[1],
que causaron tres muertos y varios heridos en el asalto antes de tomar el
control del buque.
Como
represalia por la deportación de los pasajeros del Exodus ordenada por
las autoridades británicas, en septiembre de 1947 un grupo de militantes de dos
organizaciones armadas sionistas -el Irgún y el Lehi (grupo Stern)- colocaron
una potente bomba en el Cuartel General de la Policía de Haifa, que provocó la
muerte de cuatro policías británicos, otros cuatro árabes, una mujer y un niño
y una treintena de heridos. Pero dejemos aquí el libro y la película.
El
futuro estado judío se inspiraba en la arbitraria Declaración de lord Balfour
de 1917, aprobada por el gobierno de Londres, que proponía dividir el
territorio de Palestina en dos estados, uno judío y otro árabe. Los ingleses
administraban de modo provisional un territorio perdido por el imperio otomano,
pero dispusieron de él como si fueran sus legítimos propietarios para cederlo a
unos nuevos ocupantes llegados de Europa, aunque sin pedir opinión a los
palestinos, que lo habitaban desde hacía siglos. En realidad, era el resultado
de negociaciones secretas entre ingleses y franceses para repartirse los
despojos del imperio otomano (acuerdo Sikes-Picot de 1916) y de promesas de
independencia no cumplidas, hechas a los árabes y a los kurdos para contar con
su apoyo en la lucha contra los turcos. Intrigas en parte descritas en las
andanzas del militar inglés Thomas E. Lawrence (Lawrence de Arabia en la
película de David Lean).
Fundar
un estado confesional judío en Palestina era meter una brasa en Oriente
próximo, una región sometida a diversas apetencias imperialistas, de cultura
árabe y religión hegemónicamente musulmana -aunque con católicos, ortodoxos y
drusos-, donde personas extranjeras de otra religión y otra raza, blanca de
origen europeo en su mayoría, con otras culturas, lenguas y tradiciones no
serían bien recibidas, sobre todo si aumentaba rápidamente su afluencia y su
tendencia a expandirse.
La
fundación de un estado judío en el cercano Oriente tenía el claro propósito
colonial de ocupar el territorio perdido por los turcos con un estado de corte
europeo, aunque con otra apariencia, basado en la presunta legitimidad aducida
por los judíos de reclamar como propia una tierra que decían haber abandonado
en el siglo primero de la era cristiana, pero que les estaba reservada por una
voluntad inapelable, superior a cualquier pacto político entre seres humanos.
En
1918, el Plan Balfour fue rechazado por los árabes y en 1919 por el Congreso
General Sirio, celebrado en Damasco, además de por colectividades judías de
Europa y América. Entre 1919 y 1928 se celebraron siete congresos palestinos en
los cuales se rechazó de forma reiterada y se reafirmó el deseo de hacer de
Palestina un estado independiente. Pero el flujo migratorio de los judíos hacia
Palestina no cesó y los choques armados se hicieron frecuentes.
Además
de los llegados en el siglo XIX, entre 1919 y 1923 llegaron 35.000 judíos y
otros 70.000, la mitad de ellos polacos, entre 1924 y 1928, y se multiplicaron
los atentados. En 1929, un acto del Betar, un grupo armado israelí antecedente
del Irgún, provocó un pogromo (estrago) contra los judíos en Jerusalén y una
serie de enfrentamientos que se saldaron con cerca de 300 muertos.
En
1936, con una huelga general comenzó la gran revuelta árabe, que en los tres
años siguientes provocó 7.000 víctimas. En julio de 1937, una bomba hizo
explosión en el mercado árabe de Haifa matando a 74 personas y dejando heridas
a más de cien.
La
llegada de los nazis al gobierno en Alemania supuso un salto cualitativo, pues,
por un lado, acentuó la huida de judíos hacía otros países, entre ellos
Palestina, cuya población judía, en 1941, sobrepasaba las 110.000 personas. Y,
por otro, contenía un plan extraordinario para resolver la “cuestión judía”,
basado en la depuración étnica y en la conquista del espacio vital necesario
para que la élite de una raza superior -la raza aria- pudiera instaurar, sobre
una amplia región del este europeo, un régimen político totalitario, que habría
de durar mil años.
José
Manuel Roca, 1/4/2024, para El obrero.es
[1] Los aficionados a la historia de la II
Guerra mundial y al cine, recordarán que el “Ajax”, junto con otros dos
cruceros ingleses, el “Ëxeter” y el “Aquiles”, libraron, en el estuario del Río
de la Plata, una batalla contra el crucero alemán “Graff Spee”, sin lograr
hundirlo.
jueves, 21 de marzo de 2024
Autonomía cultural nacionalista.
Dedicada a los neogaribaldinos y otros grupos sumatorios, que no suman, porque habitan en el planeta Liliput.
La frase es del "camarrada" Lenin. En ruso, no sé cómo sonará, pero en castellano lo que dice es bien clarito.
"El Partido del proletariado rechaza resueltamente la llamada “autonomía cultural nacional”, que consiste en sustraer de la competencia del Estado los asuntos escolares, etc, para ponerlos en manos de una especie de dietas nacionales. Este plan crea fronteras artificiales entre los obreros que viven en la misma localidad y que incluso trabajan en la misma empresa, según su pertenencia a esta o la otra “cultura nacional”; es decir, refuerza los lazos entre los obreros y la cultura burguesa de cada nación por separado, mientras que la tarea de la socialdemocracia consiste en fortalecer la cultura internacional del proletariado del mundo entero".
martes, 12 de marzo de 2024
Aquel día once de marzo
Aquel día, sobre todo por la mañana, yo también creí que los atentados en Madrid eran obra de ETA. Era lo más fácil y casi lo habitual, pues teníamos un terrorismo doméstico que desde hacía 36 años venía produciendo víctimas cada cierto tiempo; últimamente civiles, incluso niños, y en su historial no faltaban los atentados indiscriminados, como los de Barajas y Atocha en Madrid, con bombas dejadas en las consignas en su insensata campaña contra el turismo, o el de la cafetería Rolando en la calle del Correo, también en Madrid, o el atentado de Hipercor, en Barcelona. Ibarretxe había atribuido a ETA la autoría en su primera intervención, pero lo desmintió Otegui, que debía tener información fiable.
En
conversaciones con amigos a lo largo del día, un día intenso, con muchas
llamadas, fue apareciendo la posibilidad de que fuera un acto de fanáticos
islamistas. La idea no era descabellada, pues según se iba conociendo la
magnitud de los atentados, el número de mochilas con explosivos, la elección de
los lugares y el número de víctimas, de muertos y heridos, la operación parecía
desbordar la capacidad de los etarras, es más, parecía un acto insensato, desmesurado,
que por su poder destructivo suponía el suicidio de la banda.
Un
atentado de esas dimensiones impediría cualquier negociación y crearía tal
repulsa en la ciudadanía que privaría a los etarras de apoyo social; sería su
fin. Y en realidad, lo fue, porque después de aquello, lo que hiciera ETA no
sólo sería minúsculo, sino que carecería de sentido político, porque ese día y
los siguientes todo cambió; el país se entristeció, quedó paralizado por el
horror y con la sensación de haber entrado de golpe en otra época, ya anunciada
de modo sangriento en septiembre de 2001, con el derribo de la Torres Gemelas
en Nueva York.
La
mañana del día 11, mientras preparaba el café escuché como una detonación
lejana y tembló el cristal de la ventana de la cocina, y mi hija, que se estaba
tomando un cola-cao, me lo confirmó. Después hubo otro ruido apagado, con otro temblor.
Parecía como si hubiera estallado una bombona de butano o algo así, ya que
descarté, por ilógico, un atentado con bombas en un barrio de trabajadores.
¿Quién podía querer hacer daño a gente que se estaba preparando para ir a
trabajar?
Puse
la radio -la SER- y de modo disperso, con interrupciones, conexiones, palabras
de aquí y de allá, noticias de un sitio y otro se fue recomponiendo el
rompecabezas y aclarando el itinerario diseñado por los matarifes -Santa Eugenia, El Pozo, Atocha- en su camino
hacia la apoteosis final en el nudo de comunicaciones que es Atocha, que por fortuna falló en algunos aspectos,
con el correspondiente ahorro de víctimas.
Cuando
se hubieron marchado mi mujer y mi hija, bajé a la calle y me encaminé a la
estación, donde un poco antes de las 8 de la mañana solía tomar el tren de
cercanías para ir a la facultad, pero ese día había huelga, aún así pensaba
acudir a una concentración de profesores, pero los atentados cambiaron los
planes de todo el mundo.
Antes de llegar, me encontré con un espectáculo dantesco, la calle estaba llena de restos de metal, de plástico, ladrillos, escombros, trozos de cable. El cuerpo de un hombre yacía tirado junto a la acera, había salido despedido de la estación, que había perdido parte del techo y algunas paredes. La tremenda detonación había ocurrido con el tren parado, uno de los vagones estaba destrozado, abierto por el techo y partido brutalmente por la mitad… Y recuerdo de modo confuso, el ruido de las sirenas, luces azules y rojas, coches de la policía, bomberos, sanitarios, ambulancias, camillas, ruido, agitación y socorros improvisados…y las ganas de vomitar. Y eso que había pasado mucho rato desde que sonó la explosión. Al pronto, el desastre me recordó fotografías de Beirut en sus peores momentos.
Ante aquello me sentí impotente y para evitar
ser un estorbo me volví a casa, impaciente a ver si había noticias de mi hija,
que todos los días a esa hora hacia un transbordo en la estación de Atocha. En
cuanto llamó por teléfono y me dijo que estaba bien, bajé a la calle.
El
barrio estaba conmocionado, la gente iba y venía, preguntaba por sus
familiares y por sus vecinos. Niños y jóvenes andaban por la calle, pues el
colegio y el instituto, situados frente a la estación, habían sido
desalojados para destinar las instalaciones a lo que hiciera falta y porque
hasta el colegio habían llegado restos humanos. Algunos de esos niños no sabían
que a esa hora eran huérfanos. Sus padres, como en un rutinario día cualquiera
se habían dirigido a la estación a tomar un tren donde les esperaba la muerte.
Supimos
que había vecinos heridos, uno de ellos, Emiliano con mal pronóstico. Estuvo
ingresado bastante tiempo y falleció al cabo de un año a consecuencia del daño
recibido; siempre lo añado a la cifra de víctimas de aquella salvajada.
El
día fue tremendo, incapaz de centrar la atención en otra cosa fui de la radio a
la televisión y de esta al teléfono, que no dejó de sonar en todo el día, con
llamadas de familiares y amigos que saben que vivimos cerca de la estación de
El Pozo y que tomo el tren por la mañana casi a diario.
Por
la tarde, la asociación de vecinos convocó una concentración ante el edificio
de la Asamblea de Madrid. No fue un acto oficial, ni hubo representantes
políticos, sino una reunión espontánea de gente con caras largas buscando el
contacto humano y dando y solicitando información. Allí, entre lo que contaban unos
y otros, con noticias procedentes de fuentes, sobre todo, extranjeras, empezó a
parecer verosímil que los autores de los atentados fueran terroristas
islamistas e inmediatamente se relacionó con la invasión de Iraq el año 2003.
El día
había sido atroz, esa noche mi mujer y yo estuvimos viendo las noticias hasta
muy tarde y apenas pudimos descansar. No olvidaré aquel día once de marzo.
11 de
marzo de 2024
viernes, 8 de marzo de 2024
Ucrania: dos años
Respuesta a los comentarios de Luis Marchand y a Agus Salva, a un recordatorio mío de la invasión de Ucrania en febrero de 2022.
Luis, Salva, gracias, colegas. Creo que la guerra, con la ocupación del territorio, la destrucción de las condiciones de vida, la privación del futuro para miles de personas y la actualidad de la muerte es el fenómeno más visible y más cruel de otros conflictos que están detrás y que no se suelen abordar porque son muy molestos, muy dolorosos o muy complejos para la simpleza que reina en la izquierda postmoderna, boba, blanda, buenista y sentimental, para la cual la prédica -o el sermón- del diálogo y el acuerdo, de la deseable reconciliación y el entendimiento entre personas y culturas, es la coartada para no enfrentarse al mundo real, que exige, a quienes dicen formar una corriente política, pronunciarse sobre la vida y la muerte de unos o de otros. Es así de simple para quienes aspiran a servir de referencia, al menos informativa, a la gente, a orientar el sentido del voto y llegar a gobernar y a moverse en un mundo conflictivo, renunciando al papel que les corresponde a las oenegés o a las religiones y con el que parecen querer competir. Es más cómodo y menos comprometido encerrarse en la burbuja moral para no tener que adoptar decisiones que pueden ser dramáticas.
Uno de los conflictos que hay detrás es la pugna entre Estados Unidos y Rusia, que exige revisar la naturaleza de ambos, dejando al margen, de ser posible, los tópicos más conocidos.
El
otro es sacar la guerra del primer plano del análisis para detenerse en la
lucha por la hegemonía, en las bases que la sustentan y en cómo se ejerce por
cada uno de esos actores, lo cual remite a la cultura, no sólo a la política y
menos aún al ejército, y a la civilización.
11-M-2004. XX aniversario (2)
2. La opinión del Gobierno: sin duda, ETA
No obstante, al día siguiente, a
las 11,30, en rueda de prensa previa al Consejo de Ministros, Aznar afirma que
el Gobierno ha dado toda la información de que dispone y en que mantendrá
siempre su compromiso de transparencia e insiste en la autoría de ETA -No
concedo el beneficio de la duda a quien mantiene su voluntad criminal y ha
estado siempre (...) dispuesto a descargarla sobre personas inocentes- pero
sin citarla -La banda terrorista tan bien conocida en nuestro país-, y
cuando se le solicita que aclare cuál de las dos líneas de investigación es la
prioritaria, se escabulle: Estamos ante un atentado terrorista terrible. No
me pidan que juegue a las quinielas. En la rueda de prensa posterior al
Consejo, ante preguntas de los periodistas insistiendo en lo mismo, indica que el
Ejecutivo ha dado toda la información. No hay ningún aspecto que conozca el
Gobierno que no se haya puesto en conocimiento de la opinión pública.
Con los indicios aparecidos y la
información proveniente del extranjero -junto con la de Madrid, han caído las
bolsas de Nueva York y Tokio, efecto que los atentados de ETA nunca han
producido- las dudas sobre la autoría del ETA se extienden. En los mismos
periódicos las opiniones se dividen[1]. En
canales de televisión extranjeros se atribuye el atentado a grupos de fanáticos
islamistas y, en primera plana, el diario gallego La voz de Galicia atribuye
a Al Qaeda la autoría del atentado.
El diario abertzale Gara
publica un editorial que lleva por título “Barbaridad inadmisible”. Por la
tarde, en llamadas telefónicas efectuadas a este diario y a Euskal Televista,
un portavoz de ETA afirma que la banda no es responsable de los atentados de
Madrid (volverá a desmentirlo el domingo), pero el ministro del Interior, que
estimó verosímil el anuncio de ETA de declarar una tregua en Cataluña porque le
permitía criticar al Gobierno tripartito catalán y al PSOE, no concede el menor
crédito a estos avisos. Tampoco Urdaci, jefe de informativos de TVE, pues,
aduce, al no haber sido grabada la llamada no se puede analizar la voz y
comprobar si coincide con la de otros mensajes de ETA. Y tampoco Rajoy, que en varias
declaraciones ha seguido defendiendo la hipótesis central del Gobierno, le
concede el menor crédito.
A las 18,30, el ministro del
Interior comunica el hallazgo de una bolsa de deporte conteniendo explosivo
(goma 2), pero, como luego se ha sabido, el mecanismo para hacerla estallar es
el mismo que los utilizados en los atentados de Bali y de Casablanca. En ese
momento, en medios policiales se disipan las dudas que pudieran existir acerca
de quienes son los autores del atentado, pero de eso no se informa a la opinión
pública.
Esa tarde, multitudinarias
manifestaciones bajo el mismo lema se producen en todo el país. En la que, pese
a la intensa lluvia, tiene lugar en un entristecido Madrid, grupos de
manifestantes gritan ¿Quién ha sido? ante la presencia de Aznar, creando
una situación de gran tensión y perplejidad en la cabecera del cortejo, en la
que junto al Gobierno aparecen, por vez primera, el príncipe y las infantas,
así como representantes de los principales partidos y sindicatos, ex
presidentes del gobierno, altos cargos de la Unión Europea y primeros ministros
de varios gabinetes extranjeros. En otros lugares de España y en una veintena
de ciudades del extranjero se efectúan concentraciones similares. En Barcelona,
Rato y Piqué son insultados por unos manifestantes que les llaman
asesinos.
Como suele ocurrir en situaciones
de emergencia, millones de personas, más de dos en Madrid, han acudido a
manifestarse en solidaridad con las víctimas y contra el terrorismo respaldando
la interesada convocatoria del Gobierno -Con las víctimas del terrorismo,
con la Constitución-, pero también ha empezado a percibirse la desconfianza
hacia la información proporcionada por el ministro del Interior y crece la
sospecha de que la poca claridad sobre la autoría de los atentados sea
utilizada en beneficio del Partido Popular en las elecciones del próximo
domingo. La reserva de una parte importante de la ciudadanía está justificada,
porque la manipulación informativa no ha terminado.
La noche del día 12, después de
asistir a las multitudinarias manifestaciones, los espectadores de Telemadrid,
la cadena autonómica madrileña controlada por el gobierno de Esperanza Aguirre,
ven alterada la programación. Sin previo aviso, se reemplaza la película
norteamericana Vidas paralelas por Asesinato en febrero, que
reconstruye el asesinato del diputado vasco Fernando Buesa y de su escolta,
Jorge Díaz, a manos de ETA, en febrero del 2000.
El sábado, día 13, jornada de reflexión, lo
que no obsta para que el diario El Mundo publique una entrevista a
Mariano Rajoy, Zaplana comparece en La Moncloa indicando que el Gobierno está
informando con total transparencia y vuelve a reafirmar la autoría de ETA,
trasladando la carga de la prueba a quienes opinan lo contrario: Algunos
parece que quieren descartar que pueda ser la banda criminal y asesina ETA,
cuando todo apunta, salvo que se demuestre lo contrario, y hay líneas de
investigación en marcha de las que se ha dado cuenta, que, desde luego, no nos
debería causar ninguna sorpresa que fueran los criminales y asesinos de la
banda terrorista ETA. Poco después, Acebes vuelve a informar en parecidos
términos -la prioridad es la banda que lleva 30 años y 900 muertos en España-,
pero añade que puede existir una colaboración entre grupos terroristas.
[1] Por ejemplo, en El País del 12
de marzo, J. L. Cebrián: “Terrorismo en El Pozo”, F. Savater: “Autopsia”, I.
Sánchez-Cuenca: “ETA mata y se suicida”, R. Alonso: “El espejismo del IRA”, J.
Ramoneda: “Al estilo Al Qaeda”, E. Ekaizer: “En la mira de ETA y de Osama”, J.
Marías: “De buena mañana”, J. Pradera: “Ni ley del Talión ni rendición”, A.
Muñoz Molina: “Con plomo en las entrañas”. En La Vanguardia de la misma
fecha, W. Laqueur, en “Madrid”, señala que el atentado se trata de un anticipo
de lo que está por venir, K. Aulestia: “Las horas de silencio”, M. Carol: “El
11-M”, S. Cardús i Ros: “No es un análisis: sólo un balbuceo”, F. Ónega: “¿Quién puede ser tan criminal?”, F-M.
Alvaro: “Actores sin máscara”, F. De Carreras: “Contra el fanatismo”. En El
Mundo del mismo día: F. Jiménez Losantos: “Madrid-Perpiñán”, Esperanza
Aguirre: “No podrán con la libertad y la ley”, R. Regás: “Barbarie y muerte”,
A. Ruiz Gallardón: “Trenes llenos de vida”, C. García Abadillo: “Terrorismo,
contradicciones y cintas coránicas”, V. Prego: “Jamás lo olvidaremos”, R. Del
Pozo: “Nuestro 11-M, atacaron al corazón”, M. Sintes: “Estar a la altura”, T.
Fernández Auz: “Malditos asesinos”, F. Umbral: “Detener el aire”.
11-M-2004. XX aniversario (1).
1. La opinión del Gobierno: ante la duda, ETA
El
día 11 de marzo de 2004 será de los que no se olviden en mucho tiempo. La
brutalidad de los atentados conmociona toda Europa y más lejos. La ciudad de
Madrid se sumerge en un torbellino de perplejidad, tristeza, dolor, socorros
frenéticos y solidaridad a raudales. A medida que transcurre el día y se
percibe la magnitud de la tragedia la actividad ciudadana se va paralizando. La
gente regresa pronto a sus casas y parte de la hostelería y la industria del
ocio cierra sus negocios.
La
campaña electoral se suspende, se establece la comunicación entre los
responsables políticos (en varios casos rota desde hace tiempo), se hacen las
primeras declaraciones y se busca explicación a unos hechos terribles, cuya
autoría, por seguir una dilatada y macabra costumbre, apunta a ETA.
Numerosas
muestras de solidaridad llegan de toda España y del extranjero, pero los
primeros en expresar su pesar y su rechazo son los vascos, se diría que, movidos,
como escribe Kepa Aulestia al día siguiente, por el sentimiento de culpa de
pertenecer a una colectividad en cuyo nombre unos pocos podían cometer tal
atrocidad.
A
las 9,30 de la mañana, un consternado Ibarretxe dice ante las cámaras de
televisión: Los terroristas son simplemente alimañas... Qué monstruosidad,
qué espanto tan grande...ETA está escribiendo sus últimas páginas. Pero Arnaldo
Otegui le corrige: No contemplo ni como hipótesis que ETA esté detrás de
esos atentados. Porque ETA a lo largo de su historia siempre ha avisado de la
colocación de los explosivos. Rechaza el atentado y lo atribuye a un
operativo de la resistencia árabe. Lo cual no aclara mucho, porque Otegi es
un habitual exculpador de las barbaridades de ETA, y porque ésta no siempre ha
avisado de sus intenciones -recuérdense las bombas trampa- ni ha asumido todos
los atentados cometidos (el de la cafetería Rolando, en Madrid, por ejemplo).
Aznar
convoca parcialmente al Gobierno, pero no al Gabinete de crisis (que se reúne
por vez primera el 17 de marzo). En la reunión, de la que no existe acta, están
presentes los vicepresidentes R. Rato y J. Arenas, el ministro del Interior, A.
Acebes, el ministro portavoz Zaplana, el secretario General de Presidencia J.
Zarzalejos y el secretario de Estado de Comunicación, A. Timmermans. Ni la
ministra de Asuntos Exteriores, Ana Palacio, ni los responsables de Defensa, F.
Trillo, y de Hacienda, C. Montoro, miembros natos del gabinete de crisis.
Tampoco
el jefe de los servicios de inteligencia (CNI), Jorge Dezcallar -fuera de
juego hasta el día 16-. Su ausencia, la de los responsables de Exteriores y
Defensa, y la presencia de dos altos cargos relacionados con la comunicación
(Zaplana y Timmermans) dejan traslucir las intenciones de cómo el Presidente
pretende abordar la crisis.
Aznar
tampoco reúne el Pacto Antiterrorista, ni cita a representantes de otros
partidos, a los que les hace llegar su opinión -Espero que no haya dudas de
que ha sido un atentado, indica por teléfono a Zapatero- y la invitación para
acudir a una manifestación convocada para el día 12.
Con
estas decisiones, el Gobierno piensa afrontar la crisis en solitario y obtener
los posibles réditos, si los hay, también en solitario. Para ello, despliega
una intensa actividad en el campo de la información o, mejor, de la
comunicación. Aznar en persona telefonea a los directores de varios periódicos
de Madrid y Barcelona (volverá a hacerlo por la tarde) indicándoles que el
Gobierno no duda de la autoría de ETA. Desde La Moncloa se transmite el mismo
mensaje a los corresponsales de la prensa extranjera.
A
las 13,30, el ministro del Interior anuncia la cifra de muertos en ese momento
-173 y 600 heridos- e indica su creencia de que ETA es la autora del atentado,
calificando de intolerable cualquier intoxicación por parte de miserables
que apunte hacia otros autores. Poco después interviene Zapatero, que acepta la
versión del Gobierno -Estamos ante el atentado más horrendo de ETA- y
llama a la unidad democrática frente al terrorismo.
A
las 14,30 interviene Aznar. Se refiere al 11 de marzo como una fecha en la
historia de la infamia y califica a los autores de asesinos fanáticos. Habla de
la banda terrorista pero no cita a ETA. Anuncia tres días de luto oficial e
invita a los ciudadanos a acudir, al día siguiente, a la manifestación
convocada con el lema: Con las víctimas del terrorismo, con la Constitución,
por la derrota del terrorismo. La alusión a la Constitución, convertida
otra vez en patrimonio particular del PP, trata de reforzar la idea de que se
trata de dar una respuesta a aquellos que no la aceptan: ETA.
Esa
idea sobre quiénes son los autores se traslada al Consejo de Seguridad de la
ONU, donde, en ausencia de Inocencio Arias, la representante española, Ana
Menéndez, presenta una resolución urgente condenando a ETA por los atentados de
Madrid, que a pesar de las dudas de los presentes se aprueba. Cuatro días
después, conocidos los verdaderos autores, Arias se verá obligado a pedir
disculpas.
Sin
embargo, esa misma tarde, el Ministerio de Asuntos Exteriores envía un mensaje
a todas las embajadas españolas señalando a ETA como autora de los atentados y
advirtiendo de la intención de otras fuerzas políticas de desviar las sospechas
hacia otros grupos terroristas. Otto Schilly, ministro alemán de del Interior,
criticará, días después, a su homólogo Ángel Acebes, porque hubo retrasos, imprecisión
y cosas inciertas en la información del gobierno español.
A
las 20,15, poco después de que la policía haya difundido las fotografías de
nueve miembros de ETA presuntamente relacionados con el atentado, Acebes
anuncia el hallazgo de la furgoneta Kangoo y la apertura de una segunda línea
de investigación, pero recalca que la línea esencial sigue siendo ETA. Opinión
que Aznar confirma en una ronda de llamadas a directores de varios diarios.
A
las 20,30, el Rey, en una comparecencia extraordinaria -la primera desde el
intento de golpe del 23-F de 1981- habla por televisión. Muestra su repulsa,
condena el atentado, pero no menciona a ETA, y exhorta a la unidad.
A
las 21,30, la agencia Reuters comunica que el londinense Al-Quds Al-Arabi,
diario propalestino impreso en lengua árabe, ha recibido una nota en la que un
grupo cercano a Al Qaeda se hace responsable de los atentados de Madrid.
Esa
misma noche, la desactivación de la bomba hallada en una mochila en el apeadero
de El Pozo permite obtener nuevos datos, que dirigen definitivamente la
investigación policial hacia grupos islamistas.
domingo, 3 de marzo de 2024
Procesiones en Madrid
¡Qué bien! ¡Estupendo! ¡Qué gran avance de la civilización es la decisión municipal de que, en Semana Santa, todas las procesiones católicas de Madrid pasen por la Puerta del Sol!
sábado, 2 de marzo de 2024
Puig Antich. Hace 50 años
El día 12 de febrero de 1974, el presidente del Gobierno, Arias Navarro, presentó en las Cortes una timorata “apertura” -el llamado “espíritu del 12 de febrero”- para abordar algunas reformas y ampliar en grado muy limitado la participación de la ciudadanía que legitimase la monarquía dispuesta por Franco como continuación de su régimen. Se trataba de legalizar unas asociaciones -que no partidos, se recalcaba- para promover la “ordenada concurrencia de pareceres”, que, con respeto a las Leyes Fundamentales del Movimiento, coexistieran con los cauces representativos existentes, que eran el familiar, el municipal y el sindical, con los filtros de participación conocidos.
Cuando
desapareciera la figura del Caudillo, que con sus inapelables decisiones
regulaba las tensiones entre las familias políticas que componían el bloque
social dominante, favoreciendo a unas u otras según aconsejara la coyuntura, el
invento de Arias pretendía fundar un marco competitivo, pero restringido, en el
que, de forma ordenada, las familias del Régimen pudieran expresar legal, pero,
sobre todo, lealmente, los intereses propios de su ideario, de sus actividades
profesionales o de su ubicación en el ámbito productivo, comercial, financiero
o cultural a través de programas políticos y promover a los candidatos idóneos
para representarlas en las instituciones del Estado. Es decir, establecía un
marco que permitía competir por ostentar cuotas de poder institucional entre
quienes compartían la legitimidad de la dictadura, pero mantenía fuera de dicho
marco a quienes no la compartieran, la quisieran modificar forzando el marco
establecido y, claro está, a quiénes albergaran el propósito de acabar con el
régimen surgido de la victoria en la guerra civil.
El
“espíritu del 12 de febrero” representaba la liberalización -en una democracia
restringida- para unos pocos y la exclusión del resto, que estaba representado
políticamente por las fuerzas de la oposición, igualmente diversa y todavía
bastante dispersa, ante la cual cabía una distinción en el trato gubernamental,
que se haría evidente en los años de la Transición, entre la oposición
consentida, tolerada, y la oposición intolerable y perseguida.
El
invento de Arias se reveló poco útil, pues las asociaciones -que no partidos-,
pensadas también para integrar fuerzas políticas moderadas que pudieran surgir
tras la muerte de Franco, fueron pronto olvidadas o, mejor dicho, rebasadas por
los acontecimientos, en una realidad que iba muy deprisa.
Pocos
días después del discurso “aperturista” de Arias, afirmando la persistente
naturaleza represiva del Régimen, debía cumplirse la sentencia del joven
anarquista Salvador Puig Antich, miembro del Movimiento Ibérico de Liberación
(MIL), que, acusado de matar a un policía en un confuso forcejeo al ser
detenido, había sido condenado a la pena capital. También el polaco Heinz Chez,
acusado del asesinato de otro agente de policía, fue condenado a la misma pena.
Uno
era un adversario político de la dictadura, el otro un delincuente común, pero
ambos fueron castigados, sin distinción, como una muestra de la equidad del
Régimen, con la pena máxima, que se ejecutó el día 2 de marzo de 1974, por
medio de un cruento y medieval instrumento, que era plenamente acorde con la
mentalidad imperante en aquel sistema político y jurídico: el llamado garrote
vil. Fue la última vez que semejante herramienta se utilizó en España.
Haciéndose
eco de las protestas en España y de presiones llegadas desde el extranjero,
cuatro ministros -Barrera, Cabanillas, Carro y Fernández-Cuesta- apoyaron una
petición de indulto, que no prosperó.
Era
difícil que lo hiciera, pues el día 20 de diciembre de 1973, el presidente del
Gobierno, el predecesor de Arias Navarro, el almirante Luis Carrero Blanco,
había sido asesinado, junto con su escolta y el conductor de su coche blindado,
en un atentado perpetrado por ETA en la llamada “Operación Ogro”. El comando se
había desplazado a Madrid con la intención de secuestrarle, pero ante la
dificultad de hacerlo optó por acabar con su vida.
Después
de la muerte de Carrero era muy difícil que Franco concediera un perdón.
Tampoco lo hubo para dos miembros de ETA y tres del FRAP ejecutados el 27 de
septiembre de 1975, a pesar de las numerosas peticiones de clemencia y las
manifestaciones de repudio que recorrieron Europa. Menos de dos meses después,
Franco fallecía de una septicemia generalizada.
La ejecución por garrote vil aparece en
las películas Los atracadores (Rovira Beleta, 1962) y El verdugo (García
Berlanga, 1963). Y la preparación y ejecución del atentado contra Carrero
Blanco en Operación Ogro (Gillo Pontecorvo, 1979).
