No me refiero al personaje literario francés, villano de tantas novelas, ni al del primer cine mudo; ni tampoco al protagonista, en los años sesenta, de varias películas protagonizadas por Jean Marais, perseguido por el espasmódico Louis de Funes, sino a un personaje, igualmente gesticulante, de la política regional, que trata de oscurecer la investidura del socialista Salvador Illa como President de la Generalitat. Y lo hace para atraer la atención del público, como si fuera el mismísimo Gran Sebastián reclamando la pista central del Circo Barnum. Los mayores me entenderán, y los jóvenes, que vayan al cine y se dejen de “influencers”.
Puigdemont, pues no podía ser
otro, no da saltos mortales en el trapecio sin una red que le proteja, sino
volteretas políticas sin riesgo, con la seguridad que le han proporcionado
hasta ahora las instituciones como representante político; es más bien un
volatinero a ras de suelo, pero sin llegar a tocar la tierra, pues cree estar en
audacia por encima del resto de los mortales, sensación deformada quizá por la
perspectiva obtenida siendo niño desde la altitud de apenas 200 metros sobre el
nivel del mar, en Amer, su pueblo natal.
Puigdemont, en su
voluntariamente trágico papel de Gran Ausente en Waterloo, ha amenazado varias
veces con volver, -“Y volver, volver, volveeeer”-, como si fuera Vicente
Fernández, pero por otros motivos más patrióticos, pues sigue creyendo que es
el único presidente legítimo de la Generalitat surgido en el “procés”. Ni siquiera
el ínclito (o más bien paráclito) Torra se consideraba digno de ocupar su
despacho, pues realmente no gobernaba, sino atizaba el fuego independentista
-“apreteu, apreteu”- y le guardaba el sitio hasta su regreso.
Recordarán que Marx, en los
renglones iniciales de “18 Brumario”, apostillaba la afirmación de Hegel de que
los grandes hechos de la historia se producen, como si dijéramos, dos veces, la
primera vez, afirmaba el de Tréveris, como tragedia y la segunda como farsa. Pues
bien, eso podía suceder en Alemania o en Francia, pero no en Spain, porque Spain
is different, y Cataluña molt diferent, perqué hi ha un fet
diferencial. O sea, un hecho diferencial en un país ya diferente del resto,
lo cual ayuda a explicar el maldito embrollo (recuerden a Pietro Germi) que fue
“el procés”.
El “procés” se “vendió” a sus
seguidores como el relato épico de una nación en marcha hacia su independencia,
pero realmente era una farsa; un imposible, un sueño de iluminados y políticos,
que querían huir de su responsabilidad en la crisis social que vivió Cataluña
con el estallido de la burbuja inmobiliaria y las medidas de austeridad,
dictadas por Merkel y el FMI, y aplicadas por CiU antes que en el resto de
España. En esto Cataluña no era diferente, pues la causa y los efectos fueron
los mismos que en el resto del país, pero los nacionalistas quisieron darle una
salida distinta, eludiendo su responsabilidad y buscando un enemigo exterior:
“España nos roba”. España nos debe dinero; con el dinero que se lleva España,
no habría crisis. Se eludía la corrupción de CiU, con la familia Pujol al
frente del entramado de la financiación irregular, y se eludían los recortes en
educación y sanidad públicas, la falta de vivienda pública, las
privatizaciones, las concesiones a la Iglesia, etc, etc. La falsedad del aserto
“España nos roba” la tuvo que desmontar Borrell, ante la pasividad de Rajoy,
que leía el “Marca” en vez de ordenar a Montoro que diera al infundio una
respuesta contundente. Pero ¿qué iba a decir Montoro, si el PP hacía lo
mismo que CiU?
Fue una farsa -“íbamos de
farol”, reconoció Clara Ponsatí-, porque el “procés” se "vendió" con mucho
verbo encendido, pero como una serie de paseos de amigos y de marchas
familiares hacia la “desconexión” con España, como si declarar de modo
unilateral la independencia de un país fuera un acto simple, rápido y mecánico,
ejecutado a conveniencia de una de las partes. Y al propio Puigdemont fue el
primero al que le temblaron las piernas cuando apretó el “interruptor” y puso
pies en polvorosa de modo vergonzante, tras la efímera declaración de
independencia. Una vez en Waterloo quiso recomponer el gesto de cobardía y
fraguarse una aureola de no se sabe qué, para mantener a los suyos entretenidos
y al país girando en torno a él.
Si el inicio ya fue una farsa,
la repetición no podía serlo; tenía que ser algo más suave, intrascendente, ni
siquiera un esperpento, porque en el esperpento hay todavía algo de tragedia;
aquí no la ha habido ni podía haberla, dado el tono de sainete que ha tenido el
caso desde que Artur Más puso “rumbo de colisión” contra el Estado español y la
aventura de Puigdemont acabó en el maletero de un coche camino de Bélgica, sin
decir ni pío a sus socios, que acabaron en Can Brian y en Estremera.
No hay tragedia; no hay drama
en este final, costoso final, lleno de concesiones y renuncias, hacia el
restablecimiento de la normalidad política en Cataluña, porque el regreso del
Ausente forma parte del mismo circo; no vuelve el héroe, viejo, herido o
cansado, pero más sabio o más lúcido; vuelve el mismo saltimbanqui a dar la
última pirueta afirmando que el “procés” sigue vivo.
De momento parece que se ha
extraviado o que la policía le ha perdido la pista en las calles de Barcelona.
Como si fuera Fantomas.
8 de agosto de 2024. Para El
obrero
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