A
poco que se rasque, brota de una u otra manera la España eterna. La que ahora
asoma es la que explica su historia en el Cossío;
la España goyesca, la de Pepehillo, Pedro Romero y Costillares, la de Marcial
Lalanda, Chicuelo y Belmonte; la de Manolete, Bienvenida y Dominguín; del Viti y de Mondeño, el "maestro" que se hizo fraile; la del arte grotesco del Platanito, que pedía una oportunidad (perdida),
cuando el toreo se convirtió en un soporte importante del turismo de masas con
Manuel Benítez, El Cordobés, que
tenía escaso arte y poca técnica, pero mucha hambre. Y eso es hoy la fiesta
nacional: por un lado una actividad que permite a algunos salir de la pobreza y
a otros muchos mantener una extensa industria, y por otro, un espectáculo, que,
a pesar de los buenos espadas -José Tomás tiene cientos de seguidores
catalanes-, según muchos aficionados vende productos adulterados; se quejan de
que sobra la "pasta" de aprovechados y falta la casta de los astados.
En Barcelona, que no hace tanto
tiempo tenía dos plazas de toros y la sombra enorme de Balañá, se discute en el
Parlament si se acepta una iniciativa
legislativa popular para suprimir las corridas de toros en Cataluña. La
propuesta viene de grupos ecologistas, en especial de los animalistas, y
cuenta con el apoyo claro de ERC y de Iniciativa per Catalunya, con el apoyo
emboscado de Convergencia Democrática y de una parte del PSC, pero con la rotunda
oposición del PP y de Ciutadans.
Albergo
la sospecha de que detrás de la humanitaria presentación de esa iniciativa legislativa lo
que se plantea no es un debate sobre la relación de los humanos con los
animales, ni sobre la posible ética de las bestias, ni sobre el maltrato a los animales
(a todos, no sólo a los toros bravos), sino la utilización por los nacionalistas
de la causa de la protección de animales para arrimar el ascua a su sardina. No
se trata de discutir si se acaba con una industria al prohibir matar animales públicamente
en un festejo, pues de los miles de vacas y terneras sacrificadas sin fiesta para
alimento humano no hablan, ni de los millones de cerdos convertidos en pernil
y peus de porc, y de los corderos convertidos en chuletas, con un destino
similar, sino de prescindir de una fiesta considerada española en la que se
torean, alancean y matan toros de lidia, porque no conviene como una seña de la identidad
catalana, que se prefiere asociar a la producción de fuet y de butifarra, a las
monas de Pascua y a las galletas de Camprodón. Lo que la alianza de la
izquierda y los nacionalistas pretende es marcar otra diferencia con el resto
de España, que se percibe como antigua, tradicional y brutal en el trato con
los animales, frente a una Cataluña cultivada y postmoderna.
Lo
que está en el fondo de la propuesta es otro paso en la construcción de la
nación que los nacionalistas catalanes tienen en la cabeza, plasmada en la búsqueda de
diferencias que permitan hablar de un cuerpo social, y sobre todo electoral,
distinto, cuyos intereses y aspiraciones los partidos nacionalistas se proponen
administrar en exclusiva, como si fueran asuntos de su masía.
Lo que no se entiende muy
bien es qué pintan en ese proyecto los partidos de la izquierda, entretenidos en
ese folclore como si no tuvieran otras cosas más importantes que ofrecer (que a
lo mejor no las tienen).
Nueva Tribuna, 23-9-2010.
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