En Cataluña se acaba la fiesta (nacional), quizá sea por eso, pero hace tiempo que languidecía. Dicen los entendidos que la decisión del Parlament de prohibir las corridas de toros ha sido la puntilla a una actividad que había ido decayendo por sus propios vicios. Los intereses de empresarios, maestros, apoderados y ganaderos, la falta de casta de las bestias, los trucos para restar bravura al toro, las tardes aburridas con “perritoros” y “mulotauros” ramoneando en el coso y las faenas llenas de mantazos de algunos perezosos maestros, habían ido privando a la fiesta de nuevos seguidores. Sobrevivía a duras penas, como un testigo de otros tiempos, en los que la afición popular, no sólo en Cataluña, era tan grande que llevaba a algunos a empeñar el colchón en el Monte de Piedad para asistir a una corrida, y donde la sensibilidad ante el sufrimiento de los animales era muy diferente de la de hoy. Ese mundo recibió, como tantas otras actividades, un rejón de muerte con la guerra civil, y aunque la dictadura promocionó el toreo el resultado ya no fue el mismo. El desarrollo y la modernización transformaron en gran medida las costumbres de la España atávica y rural de la que dependía.
Los partidos
catalanes podían haber dejado que “la fiesta” acabara de modo natural por falta
de seguidores, pero han decidido salir por la puerta grande, con un nutrido
cartel y el aviso de que no hay billetes. El celo intervencionista del Gobierno
Tripartito, y en particular la presión de ERC (donde es difícil ver el vínculo
de la causa republicana con la prohibición de las corridas) ha encontrado el
apoyo de CiU para apuntillar esta industria de manera precipitada, con una
decisión que responde tanto al cálculo electoral y al deseo de evitar sufrimiento
a los animales, como al de aportar otra prueba que confirme la existencia de
una identidad distinta -el tópico de la Cataluña civilizada y laboriosa frente
a la España perezosa y cruel-.
No me parece
que las corridas de toros sean un bien de interés general, que merezca ser
llevado al Tribunal Constitucional y a la UNESCO para ser protegido, como pretende
Rajoy, ni que la identidad nacional -¿la España torera y olé?- se sustente de
modo principal en la tauromaquia, pero sí creo que, tópicos aparte, ciertos
aspectos de la cultura, tanto en su expresión más elaborada como en las
versiones más populares, han estado, y aún están, muy influidas por el toreo. Además
de un negocio floreciente -una industria-, el mundo de los toros ha impregnado
con su léxico el lenguaje popular, ha proporcionado durante al menos dos siglos
tema de conversación, a veces encendida, en tertulias de casinos, tabernas, cafés
y peluquerías de caballeros, ha alimentado las rivalidades nacionales, ha
creado un género periodístico -la crónica taurina- y varios tratados -el Cossío-
y ha servido de inspiración a escritores (Merimée, Blasco Ibañez), poetas
(Lorca, Alberti), músicos (Bizet), pintores (de Goya hasta Picasso, pasando por
Romero de Torres), y luego a guionistas de cine, teatro y televisión. Carmen,
Sangre y arena, Los clarines del miedo o El niño de las monjas
son algunas muestras de ello. En todo caso, obras bastante pasadas de moda.
¿Quién lee hoy Currito de la Cruz, pudiendo leer a Larson, a Dan Brown o
a Ruiz Zafón? Aunque las crónicas taurinas de Joaquín Vidal merecen figurar en
las antologías del buen periodismo.
En un país
atrasado y lleno de carencias, el toreo ha ofrecido una vía para la promoción
personal, un modelo de emprendedor hispánico: el maletilla que intenta salir
de la pobreza -más cornás da el hambre, como decía El Cordobés- tomando
la alternativa en una plaza de renombre. Pero no todo han sido ni las grandes
tardes de los primeros espadas, ni los grandes dramas ocurridos en el
ruedo o en torno a él, pues la industria taurina ha ofrecido espectáculos para
todos los públicos además de las corridas; becerradas, charlotadas -el célebre
Bombero torero y la cuadrilla de enanos toreros de Eduardini- y un sucedáneo
esperpéntico que eran la charlotada y la faena al estilo Cantinflas.
Durante
décadas, la radio ha emitido cientos de horas de coplas, pasodobles y cuplés
dedicados a cantar las pasiones del mundo del toreo y a exaltar a los grandes
diestros (Gallito, Marcial, Manolete, Manuel Benítez,
Domingo Ortega).
Bien, todo
eso pertenece al pasado, forma parte del acervo de una cultura que estaba en
decadencia y que, con la prohibición de las corridas, ya no se renovará. Es ley
de vida que todo se acaba, pero, salvo por los interesados y contradictorios
motivos apuntados, no acabo de entender esta prisa por prohibir una actividad
minoritaria por parte de unos partidos cuya existencia se basa en afirmar que
representan a una nación oprimida. Con todo, la decisión se queda a
medias al permitir otro espectáculo taurino donde los animales no reciben precisamente
buen trato.
Ignoro qué tipo
de cultura catalana inspirarán los correbous, si es que inspiran alguna,
y si de las improvisadas carreras callejeras huyendo o acosando al toro de
fuego, saldrán figuras que provoquen en la opinión popular el mismo fervor que
los grandes diestros de la lidia suscitaron en su día.
Prohibidas
las corridas, con los correbous se han sustituido los toreros por los
pirómanos. Francamente, no veo un gran adelanto, ni me parece una tradición que
se deba conservar como un distintivo de la identidad.
Nueva Tribuna,
1-9-2010.
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