El régimen político salido de los pactos de la Transición hace tiempo que está agotado; peor, por falta de decisión para reformarlo se pudre, hiede. Y ante la parálisis de los dos grandes partidos que pueden hacerlo y la deriva autoritaria del Gobierno, los nacionalistas catalanes han decidido no esperar más. Mientras España está políticamente paralizada, Cataluña ha echado a andar e, impelida por los nacionalistas, se dirige hacia un objetivo que muchos ciudadanos catalanes creen alcanzable.
Desterrado
el insensato optimismo del Gobierno, que contempla España como “asombro del
mundo”, y en ausencia de una explicación verosímil sobre lo que somos hoy como
país y lo que podemos ser el día de mañana, Mas tiene un
proyecto político que ofrecer; más aún, tiene un sueño que ha sabido transmitir
a un número creciente de catalanes: el sueño de compartir un destino común, mejor
que el insatisfactorio presente.
Artur
Mas ofrece una salida política a los catalanes, en un país en que la recesión
económica, la crisis institucional, el deterioro de las élites y la desafección
ciudadana exigen reformas prontas y profundas, pero que está empantanado por el
inmovilismo del Partido Popular y la debilidad del PSOE, que son los que podrían acometerlas.
Ante
esa pasividad, Mas insta a los catalanes a buscar una salida propia; si España
carece de soluciones ante la crisis, Cataluña intenta hacer algo. El “derecho a
decidir” de los catalanes aparece como respuesta a la indolente actitud del
gobierno español, que ni decide ni deja decidir.
El
relato de Mas llama a rebelarse contra un poder que se
presenta como opresivo, expoliador (España
nos roba) y lejano; es un revulsivo que convoca a
sumarse a la emoción colectiva de erigir una nación, atrayente objetivo que implica
ilusión, generosidad y grandeza.
La propuesta de lograr la
independencia para Cataluña es una operación audaz y ambiciosa por sus
consecuencias geopolíticas, pues no sólo trata de producir cambios en Cataluña
y en España, sino de que podría generar una conmoción en Europa, al alentar a otros movimientos secesionistas. Quizá por
ello, Mas ha contagiado su sueño a los nacionalistas más
radicales, al conferirles el papel de pioneros en una reconfiguración del
continente que rompa con el modelo de los Estados y tenga como base regiones
que se reclamen como naciones.
Frente
a esto, ¿qué ofrecen las izquierdas catalanas? Poca cosa, pues, con proyectos
vagos, modestos y confusos, hacen esfuerzos para no quedar fuera de la
movilización social y de las críticas al Gobierno central, tan
agradecidas por el electorado catalán, pero el apoyo a las tesis nacionalistas
les aleja de su teórica base social, compuesta en gran parte por población asalariada
de origen inmigrante, poco proclive a atender la llamada del nacionalismo.
Las
izquierdas catalanas parten del fracaso del Gobierno tripartito, donde fueron arrastradas por la pugna entre ERC y CiU por ver quién
radicalizaba más sus exigencias ante el nuevo Estatut, cuya azarosa tramitación ha
influido negativamente en la actual situación.
Con
el PSC sumido en una profunda crisis y ERC apoyando claramente a la burguesía
que CiU representa, quedan ICV, EUiA y CUP para defender las necesidades de las
clases subalternas, en particular de los asalariados y de la población que depende
del Estado del bienestar.
El
miedo a quedar fuera de un proceso que no cuestionan,
ha llevado a estas izquierdas a apoyar el discurso de trazo grueso de Artur Mas,
que no distingue entre España y el Partido Popular, acentúa
las diferencias culturales y amontona agravios más presuntos que ciertos para intentar
borrar las desigualdades sociales dentro de Cataluña, una de las zonas más
ricas de España donde ha crecido la pobreza a causa de las medidas
neoliberales aplicadas por el gobierno de Mas, apoyadas por el Partido Popular
en el Parlament catalán.
Al
contrario, debería ser un objetivo prioritario de la izquierda llevar a la
gente la idea de que el discurso sobre la defensa de las señas de la identidad
catalana, hipotéticamente amenazada por el centralismo castellano, representa
el intento de imponer una única manera de concebir Cataluña, que responde al
patrón de los nacionalistas, separando los buenos catalanes -los que se
ajustan a ese patrón- de los malos catalanes, calificados de españolistas,
opresores o de cosas peores, por el simple hecho de no compartir esas señas, prescritas
por un programa político excluyente. Y, por otro lado, hacer ver que la defensa
de una identidad común a todos los catalanes oculta las profundas diferencias que
dividen a la sociedad catalana, las mismas, por cierto, que en el resto de
España, y que hablar la misma lengua no equivale a tener la misma renta y las
mismas oportunidades para abrirse camino en la vida, porque, cada día, a
impulsos de la globalización y de la crisis, la Cataluña imaginada, unida por
la lengua y la cultura en un proyecto político, se aleja más de la Cataluña
real, donde fronteras invisibles separan a los catalanes ricos de los que no lo
son; a los bien situados de los que no encuentran su lugar; a los jóvenes que
tienen un futuro prometedor de los que no tienen ninguno; a quienes pasan de
unas empresas a otras, protegidos por contratos blindados, de quienes permanecen
largos años en el paro; a los que dilapidan el dinero en gastos superfluos de
quienes precisan la asistencia del menguante Estado social para sobrevivir,
etc, etc, como sucede en el resto de España y, con diferencias, en el resto de
Europa.
El
proyecto de separarse de España no indica que CiU tenga la intención de corregir
estas desigualdades, pues el Gobierno de Mas ha sido precursor en adoptar las medidas
de austeridad selectiva (siempre hacia abajo) que las han acentuado, y que después
ha aplicado Rajoy en todo el país. Y el deseo de que el futuro Estado catalán permanezca dentro
la Unión Europea, sometido a las políticas neoliberales dictadas por Merkel, el
FMI, la Comisión Europea y el Banco Central Europeo, no augura nada bueno para
los trabajadores y sus familias en la futura Cataluña independiente y revela
que a Artur Mas le interesa participar en un mercado común antes que apostar
por una Europa social.
Si Artur Mas quiere separar Cataluña de España no es con la
intención de mejorar la suerte de los asalariados y de los peor tratados por la crisis. Y esa debería ser la
principal preocupación de los partidos de la izquierda.
Público. Espacio
público. Cataluña y el derecho a decidir. 7 de marzo, 2014.
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