Tomando
como indiscutible referencia de autoridad moral una frase del célebre discurso
de Martin Luther King, en el Memorial Lincoln de Washington, en agosto de 1963,
Artur Mas ha dicho que tiene un sueño.
La
cita está bien elegida, pero no sólo era King quien tenía sueños, pues, en esos
mismos años, gentes de su misma raza también soñaban. Malcolm X, Stokely
Carmichael, Ángela Davis, Assata Shakur, Huey Newton, Bobby Seale y otros
muchos afroamericanos soñaban, y algunos siguen soñando, en un mundo mejor,
pero no son una compañía recomendable para el honorable President.
Luther
King sí lo es, pues era un hombre moderado y temeroso de Dios, un hombre de una
raza sometida, una víctima, pero un hombre de iglesia, un pastor, todo lo cual
conviene a la imagen pública de un dirigente blanco y católico, aunque con sus
recortes de gasto público y los casos de corrupción que salpican a CiU no
practique precisamente la fraternidad cristiana, ni apunte a la igualdad, ni a
la virtud republicana en la que pudiera derivar algún día una Cataluña
independiente.
Tampoco
las citas de Lenin son recomendables en estos pagos para un rico político de
derechas, pues Ulianov no sólo soñaba en el gulag
zarista, sino que desde su destierro en Siberia, recomendaba a los
revolucionarios soñar e imaginar el proyecto completo, la obra concluida, que
es lo que hace Mas con los catalanes, a
los que ha convertido en peregrinos de un sueño lejano y bello, como cantaba
Yupanqui (Piedra y camino). Con todo,
la alusión de Mas es acertada, y su sueño, aunque lejano, se va cumpliendo,
como se mostró en la jornada de ayer, día 11 de septiembre.
Miles, cientos de miles de
personas, cifras arriba o abajo, ampliadas o recortadas, ¿qué más da? Una
muchedumbre se desplegó en Cataluña para celebrar la Diada formando una cadena
humana de casi 500 kms de longitud, además de congregarse en otros lugares en
una afirmación patriótica, pacífica y festiva. Y guste o no guste, ese es un
dato incontestable. No sabemos si el día de ayer pasará a la historia, como se
pronosticó, pero mantiene el clima de la Diada del año pasado y asegura la
continuidad del proyecto soberanista. Independencia es ya una palabra admitida,
que a mucha gente no le asusta, y aunque el significado de esa palabra sea
nebuloso, la sola mención ilusiona; su contenido es vago e impreciso, como un
sueño que cada cual interpreta a su manera, pero despierta emociones y el deseo
de participar en una aventura colectiva. Las posibilidades y los riesgos de
tamaña empresa desbordan el objeto de este artículo.
El
régimen político salido de los pactos de la Transición hace tiempo que está
agotado por unas causas que están señaladas en La oxidada Transición[1];
es más, por falta de voluntad para reformarlo de quienes podrían hacerlo o por
falta de capacidad de los que desearían reemplazarlo por otro, se pudre a ojos
vista. Y ante la parálisis de los dos grandes partidos y la deriva autoritaria
de un Gobierno casi autista, los nacionalistas catalanes han decidido no
esperar más. En Cataluña una fuerza poderosa ha despertado y se ha puesto a
caminar, incluso a correr hacia un
objetivo que muchos ciudadanos catalanes ven verosímil.
Mientras tanto, Rajoy está
dormido, parece ganado por la ataraxia que criticaba Galdós, en el último de
los Episodios Nacionales (Cánovas); sumido en la modorra de un
tiempo de bobos: Hijo mío: cuando a fines del 74 te
anuncié en una breve carta el suceso de Sagunto, anticipé la idea de que la
Restauración inauguraba los tiempos bobos, los tiempos de mi ociosidad y de
vuestra laxitud enfermiza (…) Los tiempos bobos que te anuncié has de verlos
desarrollarse en años y lustros de atonía, de lenta parálisis, que os llevarán
a la consunción y a la muerte.
Los políticos se constituirán en casta, dividiéndose,
hipócritas, en dos bandos igualmente dinásticos e igualmente estériles, sin
otro móvil que tejer y destejer la jerga de sus provechos en el telar
burocrático. No harán nada fecundo; no crearán una Nación; no remediarán la
esterilidad de las estepas castellanas y extremeñas; no suavizarán el malestar
de las clases proletarias. Fomentarán la artillería antes que las escuelas, las
pompas regias antes que las vías comerciales y los menesteres de la grande y
pequeña industria. Y, por último, hijo mío, verás, si vives, que acabarán por
poner la enseñanza, la riqueza, el poder civil y hasta la independencia
nacional, en manos de lo que llamáis Santa Madre Iglesia.
Aplicando
al pie de la letra el principio económico liberal -dejar hacer, dejar pasar- el
indolente Rajoy es selectivo: ignora lo que sucede a su alrededor que le
produce disgusto, y con olímpico desdén,
el presunto líder deja pasar los días y sestea. No sabe que se le acaba el
tiempo; un tiempo de bobos y de robos.
¡Ah! A
propósito, Bárcenas está despierto.
12 de septiembre de 2013
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