En Madrid, un año más vuelven los libros a su lugar, al paseo de coches del Retiro, en sus fechas habituales y con sus puntuales chaparrones, que no faltan en este año de pertinaz sequía, como decía alguien que no era poeta.
Se
trata, claro, de los libros nuevos, de las novedades, pues los libros antiguos
tuvieron su interesante muestra días atrás en el paseo de Recoletos.
Con la
Feria del Libro, Madrid mantiene una saludable tradición que supera los ochenta
años, que es más o menos la vida de una persona; una vida con libros, si se desea,
pues España es un país donde se lee poco. Aún así la oferta de novedades es
grande, debe estar el torno a los 90.000 títulos anuales, aunque las tiradas,
si no se trata de autores muy reconocidos, son cortas. Un milagro, dada la poca
ayuda o siquiera la atención dispensada a los editores, en particular a los
pequeños, por parte de las instituciones públicas.
Cuesta
creer que durante la dictadura, que vigilaba lo que se publicaba, difundía o
exhibía, pudiera inaugurarse y mantenerse una muestra cultural que, en teoría,
desafiaba la esencia doctrinaria del propio régimen, porque los libros, a pesar
de la vigilancia de los censores civiles y eclesiásticos, son una ventana
abierta a otras ideas, a otras vidas, a otras tierras y otras épocas; lo
opuesto a las ortodoxias, que no desaparecen, sino que se renuevan para gusto
de viejos y nuevos doctrinarios.
En los
años sesenta, y seguramente antes, en el paseo de coches del Retiro se
celebraban carreras de motos, en las que he visto vencer a un jovencísimo Ángel
Nieto en la categoría de 75 centímetros cúbicos, y a unos locos, montados en unos
trastos de 500 centímetros cúbicos (hoy, moto GP), tomar como suicidas la curva
de la Rosaleda. Luego, el ruidoso y contaminante espectáculo de los premios de
primavera se trasladó al circuito del Jarama.
Desde
niño recuerdo las visitas familiares a la Feria del Libro, dirigidas por mi
padre, empedernido lector, que siempre compraba algo para él y para mi madre, y
siempre “caía” para la “tropa” algún tebeo, un cuento o una novela juvenil,
cuando no existía, creo yo, tal género literario, sino simplemente novelas.
De
lector de tebeos, pasé a lector/devorador de autores como Julio Verne, Oscar Wilde,
Alejandro Dumas, Alphonse Daudet, Walter Scott, Jack London, James Fenimore Cooper,
Saint-Exupèry, Robert Stevenson, Daniel Defoe, Carlos Dickens, Arthur Conan
Doyle, Edgar Rice Burroughs, Frances H. Burnett, Mark Twain, Louise May Alcott,
Harriet Beecher Stowe, Henry R. Haggard, Rudyard Kipling, Emilio Salgari, P. C.
Wren, Edmundo de Amicis, Zane Grey, Silver Kane, José Mallorquí y otros. Todos
extranjeros, salvo los dos últimos, pero debo añadir en mi defensa, que cuando
crecí, o quizá al mismo tiempo, también dediqué tiempo a la literatura nacional.
Otro día hablaremos de eso, para que estas líneas no parezcan un ‘currículum
vitae’ solicitando empleo.
Como lector, de niño no pensé
que pudiera llegar a escribir un libro; eso de ser escritor eran -y son-
palabras mayores. Tampoco me puedo considerar un principiante, y aunque siempre
se aprende leyendo y, claro, escribiendo, no me puedo considerar escritor, sino
todo lo más un escribidor, que trata de ordenar la mente juntando las palabras
en cierto orden y, a ser posible, con cierta gracia y a veces con humor.

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