Así como la dictadura franquista estuvo ideológicamente justificada
por el mito originario de lo que el bando vencedor en la guerra civil llamó,
con notorio abuso, un alzamiento nacional y cristiano, o una cruzada
contra el bolchevismo, el actual régimen político español
está ideológicamente legitimado por el mito originario de la
Transición o restauración democrática, basada en la acordada
reforma del Estado franquista y plasmada en la Constitución.
En este relato, convertido en nuestro moderno mito fundacional, en una
ficción compartida, los elementos racionales y visibles, los componentes
históricos y sociológicos verificables, se combinan con pasajes
notablemente ambiguos y con zonas de penumbra, cuya permanencia debe más
a la buena voluntad de los ciudadanos que a su correspondencia con la realidad
social. Pese a ello, se ha convertido en hegemónico.
Este relato sobre la Transición, en el que se reparten halagos en
abundancia para sus protagonistas, afirma, en síntesis, que el cambio
de régimen fue un proceso en sí mismo democrático -transición
democrática-, cuya realización se hizo posible por la madurez
cívica mostrada por el pueblo español, porque fue conducido
de manera serena por una clase política responsable -tanto la élite
proveniente del franquismo como la surgida de la oposición-, por
el respeto de los llamados poderes fácticos, en particular
por el Ejército, y por la intervención de la Iglesia católica
en favor de la reconciliación entre españoles; por haber sido
impulsado por un noble motor -la Corona- y patroneado hasta buen
puerto por un excelente timonel, el Rey.
Esta delineada explicación, ideal, o ideológica, ya que responde
a intenciones derivadas de conveniencias de grupo e intereses de clase,
al pretender que esa interesada representación de la realidad sea
socialmente asumida, trata de eliminar las diferencias, destacar los acuerdos
y ocultar los intereses particulares que, provenientes, sobre todo, del
bloque social dominante durante el franquismo, han conseguido pervivir en
el nuevo Estado de derecho.
Igual que sucede con el mito arcaico, el moderno relato legitimante para
cumplir su función necesita ser recordado, repetido hasta ser aceptado
y convertido en una incuestionable explicación que adquiere la misma
consistencia que un mito, que lo tenido por cierto sin refutación
racional posible. Pero nuestro moderno relato fundacional, el discurso que debe ser recordado, se yergue, curiosamente, sobre el olvido.
El día en que muere Franco, el 20 de noviembre de 1975, señala
el fin de una era y el comienzo de otra, erigida sobre la base de la desmemoria
general, por la que el país entero parece afectado por una repentina
y artificiosa epidemia de mal de Alzheimer que impide recordar. Epidemia
si cabe más dolorosa, porque está destinada a hacer olvidar
no sólo los hechos remotos sino la historia inmediata. A partir de
esa fecha, los ciudadanos deben renunciar a sus recuerdos e ilustrar su memoria
histórica con el mito fundacional.
El posteriormente alabado consenso con que se teje la Transición
es resultado de la correlación de fuerzas en noviembre de 1975, que
es claramente favorable a la derecha y, en particular, a aquella que desea
realizar los cambios ineludibles para conseguir la homologación
europea y asociar España al Mercado Común. Es, por tanto,
una correlación desfavorable para las fuerzas democráticas
interesadas en efectuar profundas reformas, y en particular para los partidos
de izquierda y de la extrema izquierda que propugnan una ruptura completa
con la dictadura.
El principal mérito de estas fuerzas políticas, apoyadas
en movilizaciones vecinales, obreras y de estudiantes, en sectores intelectuales y
nacionalistas, es haber desgastado el régimen, pero no lo suficiente
como para acabar con el franquismo político ni haber reducido de
modo considerable el sociológico. Y esa debilidad se hace patente
a la hora de negociar los pactos de la Transición, pues coloca a
unas fuerzas de la derecha, que cuentan con una legitimidad declinante pero
aún con suficiente vigor, con el poder que concede la interpretación
de la legalidad y la experiencia en el uso de los aparatos del Estado a lo
largo de cuatro décadas, frente a unas divididas fuerzas democráticas
recién salidas de la clandestinidad y cuyos dirigentes proceden en
muchos casos de la cárcel o del exilio. Debe recordarse que fueron
las Cortes franquistas y sólo ellas las que elaboraron la Ley de Reforma
Política, que el Partido Comunista fue legalizado dos meses antes
de celebrarse las primeras elecciones generales, en junio de 1977, a las
cuales no pudieron concurrir con sus nombres los partidos de la extrema izquierda,
porque eran ilegales. Y que tales elecciones tuvieron luego un carácter
constituyente sobrevenido sin haber sido convocadas para tal fin.
Sobre esta desproporción se teje el consenso o acuerdo acerca de
las reglas del juego político, sobre la base de respetar el tablero
y de no exigir cuentas a nadie, lo cual supone que a unos se les perdonan
unas cuentas que ya han saldado sobradamente, mientras a otros se les garantiza
que nunca las habrán de saldar.
Este acuerdo prolonga su sombra hacia el porvenir, pues el consenso táctico
-el pacto coyuntural entre las élites políticas- se convierte
en el diseño estratégico de la desmemoria social y en el acuerdo
doctrinal que deberá alumbrar la posterior interpretación
de los hechos, según lo acordado en el pacto fundacional erigido
sobre el olvido. Y todo lo que salga del marco definido por este pacto debe
ser suprimido. Queda, pues, proscrita la memoria por ser contraria al recién
adquirido espíritu democrático y tolerante y a la mística de la reconciliación.
Rememorar se vuelve sospechoso; recordar antiguas trayectorias, inconfesables
lealtades, viejos usos (no sólo viejos abusos) y pasados agravios
se considera una muestra de intolerancia, una prueba de no estar suficientemente
preparado para la democracia; un signo de incivilidad o la evidencia de
que se conservan todavía viejos rencores, que deben ser desterrados
en bien de la reconciliación nacional y de la convivencia democrática.
La memoria, que proporciona la identidad al individuo al hacerle consciente
de su ubicación en el tiempo y en el espacio, como nos recuerdan
los testimonios de tantos exiliados, pierde valor como testigo histórico
y se asocia únicamente al escozor de agravios no reparados. Con ello,
puesto que el pasado debe quedar obligatoriamente olvidado, se pretende
conseguir un régimen político que mire solamente al porvenir.
Así, la pérdida de la memoria histórica no es solamente
una consecuencia de la limitada capacidad del intelecto humano para almacenar
datos, sino el efecto de una deliberada estrategia que persigue lo que se
podría denominar construcción social del olvido -que nada
tiene de biológico- para evitar la desafección política
que pudiere venir del examen crítico y retrospectivo del pasado más
reciente.
El pacto de la Transición, con sus límites y silencios, permitió
abordar la reforma del Estado y poner en marcha el régimen parlamentario,
pero, tal como deseaban la derecha y el centro, no rompió los lazos,
ni siquiera ideológicos, con el pasado inmediato. Con ello, al no
haberse realizado una explícita condena del origen golpista del régimen
franquista ni de su perpetuación como una dictadura durante 40 años,
la subversiva legitimidad del franquismo permaneció intacta. Situación
que el PSOE respetó en gran medida cuando llegó al Gobierno,
en 1982.
Empero, la llegada al poder del Partido Popular, en 1996, no sólo
consolidó esa tendencia, sino que -sin complejos- promovió
la rehabilitación del franquismo. La llamada por Aznar "segunda transición"
consistió en realizar el trayecto contrario a la primera y en tratar
de borrar la ruptura pactada en que se basó el consenso constitucional,
para establecer la continuidad entre la dictadura y la monarquía
parlamentaria, de tal manera que, según esta interpretación,
el régimen franquista no habría sido antidemocrático
sino sólo predemocrático, puesto que las bases políticas
y desde luego las económicas de la España actual estarían
contenidas de forma embrionaria en la dictadura. Operación en la que
han colaborado amanuenses de la historia amarilla [término
debido a García Tójar, “El desolvido de España. Sobre
algunos problemas en la frontera entre la historia y el periodismo”, F. Ortega
(coord.), Periodismo sin información, Madrid, Tecnos, 2006]
como Moa y Vidal, que han reemplazado a viejos historiadores franquistas
en la justificación del semifallido golpe de Estado, que llevó a
la guerra civil, y de la dictadura en la que desembocó.
Transcurridos más de treinta años desde la muerte de Franco,
la consolidación del régimen democrático, la estimación
general de los derechos humanos y la emergencia de una ciudadanía
más exigente (los sistemas democráticos, por imperfectos que
sean, generan demócratas) han permitido poner sobre la mesa la necesidad
de cerrar ese ominoso capítulo de la Transición (y aún
de más atrás), pero, como antaño, la derecha religiosa,
la Iglesia, y la derecha política, el Partido Popular, se niegan a hablar del asunto,
como se han negado hasta hoy a retirar de calles y templos los símbolos
de la dictadura.
A la derecha, que ahora se las da de ultraliberal y se permite dar lecciones
de democracia, no le gusta que le recuerden sus lazos con el franquismo
y aduce que la izquierda quiere reabrir viejas heridas y tratar de ganar
ahora una guerra que perdió en 1939, como indicaba un editorial de
ABC: “La revisión crispada y revanchista no va a cambiar el pasado,
ni hará que la guerra civil la gane quien la perdió, ni que
la actual democracia no fue fruto de una ruptura traumática” (ABC,
15/12/2006).
Pero no se trata de eso. No hay revancha, sino solicitud de rehabilitar
a quienes fueron juzgados y condenados por delitos que hoy están reconocidos
como derechos fundamentales y al régimen por cuya defensa fueron represaliados,
pues, aunque hubo excesos y víctimas en los dos bandos, como señalan
la Iglesia y la derecha (lo que es cierto), no es moralmente defendible
ni políticamente aconsejable, al menos en democracia, equiparar a
quienes promovieron y apoyaron un golpe militar con quienes defendieron
a un gobierno legítimo; ni a quienes defendieron el franquismo con
quienes se le opusieron; ni a quienes se beneficiaron de la dictadura con
quienes la padecieron.
No se puede dar por cerrado un capítulo, dramático por más
señas, de la historia reciente de este país sin abordar ese
lacerante problema, máxime cuando no se trata ya de crear tribunales
para juzgar responsabilidades políticas ni de imponer sanciones o
castigos, sino de rehabilitar la memoria de los miles de víctimas
de un régimen surgido de un golpe de Estado y mantenido por la fuerza
durante cuarenta años.
Sólo al cinismo se puede atribuir la actitud del Partido Popular
de utilizar a las víctimas del terrorismo para torpedear la intención
del Gobierno de llegar a un fin dialogado del terrorismo de ETA y no querer saber
nada de las víctimas de la represión franquista, que son muchas
más y en muchos casos ni como víctimas constan.
En este aspecto, no se puede dar por concluida la Transición mientras
no sean rehabilitados quienes fueron ejecutados por sus ideas, los que fueron
reos por una rebelión militar que promovieron quienes les juzgaron
y condenaron; mientras haya desaparecidos, muertos ilegales, muertos clandestinos;
personas cuyos restos todavía siguen perdidos por descampados y cunetas.
Revista Trasversales número 5, invierno 2006-2007
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