viernes, 25 de marzo de 2022

Daniel Boone (película de 1936)

Para compensar la aparente "desviación" rusófila y como apoyo al asunto del Western, que poco a poco estoy abordando, ayer tarde dediqué un rato a ver las aventuras y desventuras de un grupo de colonos camino de Kentucky dirigidos y organizados por el pionero Daniel Boone, en una película de 1936, en riguroso blanco y negro, y mala fotografía (quizá por la deficiente calidad de la copia), dirigida por David Howard. 

George O'Brien encarna a Daniel Boone y el padre de los hermanos Carradine asume uno de esos papeles de fementido. 



El acorazado Potemkin

Como estoy metido de hoz y coz en el tema de Rusia, he creído conveniente dedicar un rato a ver esta película, ya clásica, de Eisenstein.   



miércoles, 23 de marzo de 2022

Libro de Faraldo

 

“Tras la invasión de Crimea en 2014, hubo voces en Rusia que afirmaron que la ciudad rusa de Volgogrado debería cambiar su nombre por el de la gloriosa Stalingrado. En 2019, la encuesta de Levada arrojó datos escalofriantes: hasta un 70% de ciudadanos rusos juzgaba positivamente a Stalin, el dato más alto desde que este centro empezó a preguntar por ello en 2001.

Bajo el presidente Putin se rehízo la mitología de la II Guerra Mundial y se recuperó el himno nacional estalinista (con un texto diferente). Los aniversarios del final de la guerra se celebraban con desfiles militares y recreaciones con espectáculos de artillería pesada. Se utilizó también el recuerdo del conflicto como un arma contra otras naciones: se acusaba a Alemania de tratar de borrar el pasado y a Polonia y los países bálticos de ingratos por no reconocer que Rusia -identificada con la URSS- les había liberado del fascismo. La identidad política antifascista específica formada en tiempos de Breznev siguió siendo esencialmente la base de la memoria histórica rusa.

La situación en Ucrania era un poco diferente. Mientras este país había sido parte de la Unión Soviética, había participado en la misma forma de recuerdos antifascistas de la guerra. Sin embargo, después de 1991 se había producido un cambio radical en la política oficial hacia la guerra…”   

José M. Faraldo: El nacionalismo moderno ruso, Báltica Ed., 2020, p. 102. 



 

sábado, 19 de marzo de 2022

Ucrania, Siria. Solidaridades

Se perciben en la prensa y las redes alusiones a la distinta acogida que Europa dispensa a los refugiados ucranianos y a los sirios, teniendo en cuenta que, en ambos casos, se trata de población no combatiente que huye de la guerra. No obstante, respecto a los primeros, la solidaridad ampliamente entendida, tanto la organizada y, sobre todo, la espontánea, han desbordado cualquier previsión. 

En esta alusión, aún está presente el recuerdo del trato vejatorio que huidos del régimen de Bachar al Asad recibieron en la frontera húngara, con la voluntariosa participación de ciudadanos tratando de impedir con empujones y zancadillas que hombres, mujeres y niños entraran en el país.

En algunos casos, este trato diferente se esgrime como una indiscriminada acusación contra los europeos en general y, sobre todo, contra las autoridades políticas en particular, en una especie de requisitoria contra la hipocresía de los países ricos y democráticos, señalando que la injusticia que anega al mundo, en buena parte de responsabilidad occidental, merece, en unos casos, atención y en otros, indiferencia. Pero esa reiterada pontificación de base moral ayuda poco a entender las cosas.

Es cierto que existe no sólo un trato institucional diferente, sino periodístico y popular, o ciudadano, si se prefiere, debido, en parte, a la diferente naturaleza de ambos conflictos, sin negar que existen también ciertas dosis de racismo o de xenofobia en algunos grupos de población o quizá de desconfianza respecto a los sirios, por su procedencia de un país donde se libra una guerra en la que actúan facciones muy fanáticas del islamismo. Pero sin renunciar al principio general de que, como migrantes obligados por la guerra, sirios y ucranianos merecen, por un principio universal de solidaridad, la misma atención para ser acogidos en terceros países, hay que apuntar algunas diferencias entre ambos conflictos armados que pueden ayudar a entender estas desequilibradas y mediocres reacciones de los limitados seres humanos.

En primer lugar, hay que señalar la percepción de los hechos en el tiempo y en el espacio, y sin recurrir a Kant, con sus endiabladas definiciones, el tiempo y la distancia actúan sobre la mente a la hora de percibir y juzgar los hechos, más aún sobre la mente de la gente corriente, que, en general, dispone de flaca memoria y de escasos conocimientos de geopolítica.

Respecto al espacio, Ucrania es un país europeo, si admitimos que Europa termina, como se aprendía en el bachillerato, en los montes Urales. Desde Europa occidental y mirando hacia el este, Ucrania está situada después de Moldavia, que está en la cara oeste de los Cárpatos, pero mucho antes de los Urales. Mientras que Siria es un país de Asia, del Asia más próxima o del cercano Oriente (Oriente Medio para los americanos), ubicado en una región con historia, cultura, religión y tradiciones diferentes a las de Europa. Cabe inferir ahí que actúe cierta solidaridad continental con los refugiados ucranianos como europeos.

Esta “distancia cultural” tiene su correlato geográfico. Madrid, como capital del país, está más cerca de Kiev, capital de Ucrania, que de Damasco capital de Siria. Por carretera, 3.649 kilómetros y 37 horas de viaje en coche separan Madrid de Kiev; en el caso de Damasco, los kilómetros a recorrer son 5.037, que ocuparían 51 horas utilizando el mismo medio de transporte.

Otro ingrediente que explica la diferente percepción de ambos conflictos es la novedad, un valor esencial del periodismo. La guerra en Ucrania es noticia, es novedad, hoy; la guerra en Siria lo fue en su día; ahora sigue habiendo guerra, pero ya no es noticia, o noticia de primera plana y, como otros, es un conflicto sin resolver; una guerra enquistada a lo largo de 11 años, y cuyo final no se percibe.

Ahí tenemos la dimensión temporal, que actúa fatalmente sobre la percepción de los hechos, influida por la acumulación de acontecimientos ofrecidos por “la rabiosa actualidad”; por hechos nuevos que aparecen cada día, que pronto quedan viejos y son sepultados por otros, en una renovación constante de noticias que nos hace vivir en un presente continuo, atentos sobre todo a lo que está por venir.

Esta permanente atención hacia el futuro deprecia, sin pretenderlo, el pasado, que queda pronto “amortizado” como conocimiento anticuado, poco útil, cuando el pasado es necesario para explicar el presente. Pero nuestra atención a los sucesos nos lleva a olvidar los procesos, la acumulación de los hechos que van quedando atrás, no guardados o archivados, sino involuntariamente olvidados.   

Una visión esquemática dada por uno de sus efectos -violencia, guerra y gente que huye- tiende a equiparar dos casos -Ucrania y Siria-, que son distintos por la coyuntura y por la entidad de cada uno de ellos.

En el caso de Ucrania, además de la cercanía, es más fácil percibir el origen de la guerra y quiénes son los contendientes: un país (grande) agrede a su vecino (pequeño), lo invade y lo destruye para obligarle a aceptar las condiciones de existencia que convienen al agresor. En este esquema bipolar, es más sencillo interpretar el conflicto y decantarse moralmente por un bando.

El caso de Siria es más complejo, pues se trata de un conflicto viejo mantenido hasta ahora, provocado por una oleada de protestas que tuvo su origen lejos -en Túnez, en 2010- y acentuado por los efectos de otro -Iraq- iniciado en 2003 e, igualmente, sin concluir.

En diciembre de 2010, en Túnez tuvo lugar una masiva protesta que, en pocos días, logró la dimisión del presidente Ben Alí. Animada por diversas causas, desde el paro y la carestía a la demanda de democracia y derechos civiles, la protesta se extendió con diferente intensidad a los países limítrofes -Argelia, Marruecos Libia- y más allá -Egipto, Sudán, Jordania, Irán, Irak, Kuwait, Yemen y Siria-, transformada en lo que se llamó “primavera árabe”, que, a lo largo de unos dos años, tuvo resultados muy diferentes, en general frustrantes y en algunos casos catastróficos para el equilibrio de la región, y en Siria degeneró en una guerra civil.

En ese proceso no se pueden olvidar los efectos de la intervención de fuerzas de Estados Unidos y sus aliados en Iraq, en 2003, que acabó con el régimen de Sadam Hussein, pero desintegró el país, desestabilizó la zona y provocó el surgimiento de un poderoso movimiento islamista que extendió su dominación sobre un amplio territorio -un pretendido califato con capital en Mosul- llamado Estado Islámico de Iraq y Levante (Dáesh), que se extendió a Siria, donde sus tropas combaten al ejército leal a Al Asad, a otras facciones islámicas y a las milicias kurdas, sin contar la presencia de otras fuerzas extranjeras. Una guerra de la que se cumplen once años, que ha provocado hasta la fecha casi 400.000 muertos y más de cinco millones de desplazados (algunas fuentes indican que se acerca al doble de esta cifra); personas escapadas de un conflicto muy complejo, que merecen la misma solidaridad que las huidas de la guerra de Ucrania, más fácil de entender.

Otro asunto, ante el cual no se deben cerrar los ojos, es el reverso de la solidaridad, es decir, los efectos positivos y negativos que la presencia, sobre todo si es numerosa, de refugiados plantea en los países de acogida. Pero ese problema merece un comentario aparte; hoy lo importante es prestar la ayuda que esos miles, ya millones, de personas vulnerables necesitan.  

J. M. Roca

 

16/3/2022  


viernes, 11 de marzo de 2022

La venganza de los siervos

Acuciado por las dramáticas noticias de la invasión y por la gran cantidad de información recibida sobre lo que ocurre y puede ocurrir en Ucrania, pero, sobre todo, por la necesidad de dar salida a mis reflexiones con alguna opinión fundada, también, en antecedentes que puedan explicar la actual actitud de Rusia, he tenido necesidad de repasar la historia de la URSS, que conozco poco, mal y a grandes rasgos por los libros leídos apresuradamente en los años, digamos, juveniles o rebeldes, asimilados desde aquella particular y urgente perspectiva, en un clima bipolar y tan poco propicio a la ponderación como el de la “guerra fría”.  

Por huir de la escolástica de la izquierda, que aún queda, y, a la vez de la erudición de, por ejemplo, “La Revolución Bolchevique” de Edward H. Carr, tres tomos publicados en los años setenta (¡con Franco vivo!), necesitaba -con prisa- algo más conciso y actual, que no fueran las nuevas/viejas biblias de feroz anticomunismo, estériles desde el punto de vista del saber, pero no del de la propaganda, pues suelen ser apologías del neoliberalismo o de cosas aún peores, ni tampoco quería insustanciales y posmodernas revisiones de la historia, producto del llamado pensamiento débil. Pero, hete aquí, que ha venido en mi auxilio “La venganza de los siervos. Rusia 1917”, de Julián Casanova.

Este libro; pequeño por su precio y formato (de bolsillo, 9 euritos), pero grande por su calidad, resume en apenas 200 páginas, los principales acontecimientos de la etapa más convulsa de la Revolución rusa -el año 1917-, señala sus rasgos más característicos, incluyendo opiniones de autores y puntos de vista de la reciente historiografía, los antecedentes en la anquilosada autocracia, los efectos de las últimas derrotas del ejército zarista -la guerra de Crimea, la librada contra el Japón-, los fracasados intentos de reforma ante la dureza de los Romanov, las semillas de la revolución, el intento de 1905, la desdichada participación en la I Guerra mundial, la revolución de febrero de 1917, las razones del éxito de los bolcheviques en octubre y en la caótica situación de 1918, el coste de la paz de Brest-Litovsk, los persistentes efectos de la guerra civil y la resistencia a la primera colectivización, como grandes obstáculos a la continuidad del poder soviético, cuya consolidación reposará en una autoritaria noción del ejercicio del poder, que será una de las causas de la degeneración del régimen soviético.

“De la revolución a la dictadura” es el epílogo, en el que Casanova ofrece una reconsideración general y apunta las tendencias totalitarias, las que persistían del zarismo y las nuevas, que tendrían desmesurada y abominable expresión en los años de Stalin.

La obra concluye con una oportuna reflexión -“Cien años después”-, hecha desde nuestros días, y se acompaña con una cronología, que abarca desde 1861, año de la abolición de la servidumbre, hasta 1924, en que muere Lenin, con un comentario bibliográfico, un índice de nombres y otro analítico. Una pequeña joya. Por 9 euros.

No se la pierdan y que la disfruten.        



Hoy es 11 de marzo.

 18º aniversario de los atentados terroristas de 2004.



martes, 8 de marzo de 2022

Ocho de marzo

Un libro ameno e ilustrado con dibujos y fotografías, necesario, o quizá imprescindible, y desde luego recomendable para iniciar su lectura en el día de hoy, resultado del largo trabajo de investigación y divulgación de Ana Muiña.

Rebeldes periféricas del siglo XIX, ofrece un extenso retrato de mujeres españolas de toda condición -trabajadoras, artesanas, burguesas, empleadas, escritoras, novelistas, poetisas, etc,-, que fueron pioneras en la lucha feminista, así como un capítulo dedicado a mujeres de otros países que participaron en la misma causa.

La primera edición, de 2008, dio pie a no pocas sugerencias y abrió el camino a otras investigaciones, en muchos casos, sin citar expresamente a la autora ni aludir a este fecundo manantial.

Agotada hace tiempo la primera edición, la ilustración que aquí se ofrece corresponde a la cubierta de la segunda edición, del año 2021.

Que ustedes lo disfruten.