lunes, 27 de julio de 2020

Mi pequeña Ítaca



Confieso que he huido. Hice mutis por el foro, en una salida discreta, como los actores secundarios, dejando a parientes, amigos y colegas de la red con la palabra en la boca. 
Soy un descastado; lo sé, pero huí, en cuanto pude, del calor mesetario, de la insulsa y cansina bulla política y de los meses de asedio contra el infame y microscópico invasor, y me dirigí hacia el mar. ¿A dónde, si no?
La llamada del agua me ha conducido hasta mi particular Ítaca, acompañado de Penélope y de mis Telémacas, buscando solaz y reposo. Sólo me falta el fiel Argos, al que renuncio gustoso para no tener que sacarlo a pasear, mañana y tarde, con la bolsa de plástico en la mano, para que no ensucie con sus deposiciones las islas del Egeo o incluso el Peloponeso. No sé si los perros mitológicos ensuciaban tanto como los reales, pues tal circunstancia no figura en el relato de Ulises, pero los últimos son un incordio.
No hallé en el camino amenazas de cíclopes ni cantos de sirenas, ni Calipsos ni Circes, que me entretuvieran en sus islas con sus encantos y sus intrigas. Vine derecho a Ítaca, buscando tranquilidad, un poco de sol, brisa del mar, el reencuentro con amigos, largos paseos y ratos de lecturas y escrituras, de las que daré debida cuenta, cuando haya logrado transformar el caos mental en un cosmos escrito medianamente coherente.
Por lo demás, ratos de playa -On the beach- y paseos por la orilla –Stranger on the shore-, por decirlo con un par de canciones de los años sesenta, leer el periódico bajo la sombrilla, mirar las olas y seguir con la vista a las sirenas, que haberlas, haylas, y a las numerosas Circes que entran y salen de un mar tranquilo mostrando las nalgas. Esos bañadores deben de ser incomodísimos, aunque quizá la finalidad no sea proporcionar comodidad a quienes los llevan, sino encandilar las miradas de los Ulises barrigones, liberados temporalmente de sus deberes laborales.
¡Ah, el mar…!

La foto es de una de mis Telémacas, siempre atenta a la "noticia", muestra al rey de Ítaca, soñando quizá con lejanas batallas de su particular guerra de Troya, pero con el cetro en la mano.
No somos nadie, como el astuto Ulises le decía a Polifemo, que era un cíclope bastante simple.




martes, 7 de julio de 2020

Gerónimo. Vida y leyenda


O Gerónimo y sus circunstancias cinematográficas, que diría Ortega.
¡Gerónimo! Es la palabra clave con que el jefe de un comando de los SEALS, desplazado a Abottabad (Pakistán) en una misión secreta, comunica a sus superiores que se ha alcanzado con éxito el objetivo de la operación. Es la secuencia culminante de la película “La noche más oscura” de Kathryn Bigelow (2012).
Gerónimo, un guerrero apache tan temido como odiado y respetado por algunos de sus enemigos, que los tuvo, y muy encarnizados, aparece, ya viejo, en esta fotografía de 1905.
La fotografía del otro día -en “Cuatro de julio”- era de uno de los Gerónimos de ficción, en concreto de Wess Studi (en realidad, indio cheroqui, no apache), como Gerónimo, y de Jason Patric, como el teniente Gatewood, en la película “Gerónimo. Una leyenda americana” (Walter Hill, 1993).
A Studi le recordarán como un cruel pawnee, en “Bailando con lobos” (Kevin Kostner, 1990) y como el malvado Magua en “El último mohicano” (Michael Mann, 1992).
A Jason Patric le hemos visto en “El Álamo. La leyenda” (J. Lee Hankcok, 2004). Una revisión del mito tejano y ligera corrección de “atrezzo” de la superproducción “El Álamo” (John Wayne, 1960), pero con menos “glamour” y sin la banda sonora de Dimitri Tiomkin. Patric interpretaba el papel de James Bowie, que en la versión de Wayne ocupaba a Richard Widmark, a Alan Ladd, en “La novia de acero” y a Sterling Hayden en “La última orden” (Frank Lloyd, 1955). Bowie y su típico cuchillo, forjado, dice la leyenda, con material de un aerolito, es un personaje muy apropiado para relatos de aventuras.
Las hazañas de Gerónimo y de su grupo ya habían sido llevadas al cine varias veces. Desde “Gerónimo’s last raid” (Gilber Hamilton, 1912), pasando por “Venganza india” (Paul Sloan, 1939) y otras varias, hasta el “Gerónimo” de ojos azules de Arnold Laven (1962), encarnado por Chuck Connors, que era Buck, el mayor y más peligroso de los hermanos Hanassey en “Horizontes de grandeza” (William Wyler, 1958).
Gerónimo es el indio que no se rinde, el pertinaz guerrero que rechaza los acuerdos que acepta Cochise, presentado, en general, como un jefe más razonable.
Jay Silverheels (indio mohawk canadiense) era el Gerónimo irreductible frente al justo Cochise, interpretado por Jeff Chandler, en “Flecha rota” (Delmer Daves, 1950). Cochise pacta una tregua con el capitán Tom Jeffors y se muestra comprensivo con el idilio surgido entre la apache Sunsirre (Debra Paget) y el capitán (James Stewart). Curiosamente, el único hombre blanco amigo de Gerónimo fue Tom Jeffors.
En “Raza de violencia” (1954), un joven Rock Hudson asumía el papel de Taza hijo de Cochise. Y Rod Redwing encarnaba al hijo de Gerónimo en “Son of Gerónimo” (Gordon Bennett, 1952), mientras que el papel de Gerónimo lo asumía el jefe Youlachie.
En “Tierra de orgullo” (Jesse Hibbs, 1956), hallamos otra vez a Gerónimo encarnado por Silverheels, pero esta vez en la reserva de San Carlos (cerca de Tucson, Arizona), pero cediendo el protagonismo a Audie Murphy, que encarna a John Clum, el director de la reserva que protege a los apaches del trato humillante que les dan los militares.
En la película, la interesantísima Ann Bancroft (mistres Robinson, en “El graduado”) hace el papel de Tianay, india apache enamorada del insulso Audie (el amor es ciego, aunque sea apache).    
En 1883, perseguido por su viejo adversario George Crook y localizado en Méjico por el teniente Gatewood, Gerónimo se rindió con condiciones, pero el mando relevó a Crook y rompió el acuerdo, lo que provocó su huida de la reserva con un pequeño grupo de incondicionales.
El Gobierno encargó al general Nelson Miles la captura o la ejecución de Gerónimo, que, con un grupo de 25 guerreros, resistió durante varios meses a un ejército de 6.000 hombres.
En septiembre de 1886, se rindió a Miles, a quien los apaches despreciaban. El general fue tan cicatero que arregló las cosas para que el teniente Gatewood no recibiera reconocimiento alguno por haber localizado al jefe apache.
Las tierras de los chiricahuas fueron vendidas y Gerónimo fue deportado a Florida, a Alabama y después a Oklahoma, donde accedió a contar a S. M. Barret la historia de su vida.
Falleció en Fort Sill (Oklahoma) el 17 de febrero de 1909, de una pulmonía.
Su biografía está dedicada al presidente Teodoro Roosevelt, el hombre, que, por encima del mando militar que lo impedía, le autorizó a que contara su vida.



domingo, 5 de julio de 2020

Cuatro de julio, 2020

Cuatro de julio, ¿ya? Pues, ha llegado por sorpresa; bueno, por sorpresa no; mi hija, la “americana”, me avisó: Papá, el “finde” hay que comprar hamburguesas, que es Cuatro de Julio. 
Y gastronómicamente hemos cumplido, pero no literariamente; “imperdoneibol”. Sorry.
Me coge la fecha bastante cabreado con lo que ocurre en las Américas. En las de arriba, en las del centro y en las de abajo. Podría decir ¡me duele América!, pero sería bastante demagógico en boca de un hispánico “mindundi”, porque la ampulosa frase -referida a España es de José Antonio- parece propia de un gobernante populista. Pero hablemos de Estados Unidos, que es lo propio del día.
Me tiene frito, contrito, cabreado y a la vez me deja helado, el atrabiliario presidente del país; un hombre ignorante y voluble, que parece un niño malcriado y caprichoso, incapaz de mantener la coherencia sobre algo durante al menos un par de días, y me enfurece la respuesta que está dando a la pandemia de coronavirus, al alentar con sus sandeces a insensatos ciudadanos que niegan la existencia del virus o reducen su capacidad mortífera, contribuyendo con su actitud a expandir la infección. Curiosa muestra de patriotismo y curiosa manera de hacer que Estados Unidos vuelva a “ser grande” con menos gente.
El mismo estupor me provoca que el primer mandatario del país se coloque del lado de los supremacistas blancos, en el recrudecido problema racial surgido a raíz del homicidio de George Floyd, otra persona negra muerta por un agente de policía. ¿Y van cuántas...?
Cuando han transcurrido 244 años de la Declaración de Independencia, 233 de la aprobación de la Constitución, 156 años de la abolición de la esclavitud, 57 años del discurso de Martin Luther King -“I have a dream”- en el Memorial Lincoln de Washington y 56 años de la aprobación de la Ley de Derechos Civiles, es una vergüenza no sólo que siga habiendo casos como este, que el racismo aún sea una actitud tolerable para buena parte de la población blanca y que, después de haber tenido un presidente negro, que no actuó como una persona negra, como muchos esperaban, el inquilino de la Casa Blanca esté alineado incondicionalmente con los racistas blancos.
Como una de las consecuencias de la masiva reacción popular a la muerte de George Floyd, se ha recrudecido el sentimiento antiespañol, al que se atribuye, en origen, el racismo estadounidense, que tiene, desde luego, otra procedencia geográfica y otra motivación política y, singularmente, económica, y muchedumbres ignorantes solicitan que se eliminen los monumentos dedicados a Cristóbal Colón o a fray Junípero Serra, como autores o inductores de la esclavitud y de las matanzas que condujeron a la práctica desaparición de la población aborigen.
No se puede afirmar que los colonizadores españoles fueran hermanas de la caridad, que llegaran ofreciendo regalos a los territorios que luego formaron parte de Méjico y de Estados Unidos, pero el vasto Virreinato de Nueva España estableció tratados con pueblos indígenas del suroeste, como los taos, los pueblos, los navajos, incluso, con grupos de los feroces apaches -jicarillas, chiricahuas, mezcaleros, mimbreños-, que les respetaban sus costumbres y mantuvieron, si no la paz, al menos la tranquilidad y, en muchos casos, les dieron amparo ante las correrías de otros pueblos llegados a la zona.
Tratados que fueron abolidos cuando esos territorios se convirtieron en la república del Méjico independiente y, sobre todo, cuando, en función del Tratado de Guadalupe-Hidalgo de 1848, pasaron a ser territorio de Estados Unidos. Como fueron abolidos, violados o dejados en desuso los sucesivos tratados que las diferentes tribus indias del norte, de las llanuras y del este del país, fueron firmando con las autoridades de la naciente República, a medida que los colonos blancos ocupaban sus ancestrales territorios en su marcha hacia el Oeste, para lograr la unificación continental bajo hegemonía blanca, anglosajona y protestante.
Los estadounidenses, a través de la enseñanza escolar, de la literatura y, sobre todo, del cine, han recibido una información bastante sesgada sobre su historia, y lo que deberían revisar, más que derribar monumentos, es el papel jugado por muchos de sus personajes históricos en el problema racial.
Por ejemplo, el general y presidente Andrew Jackson, cuya efigie aparece en los billetes de 20 dólares; héroe de la Independencia, de la guerra de 1812 con Inglaterra en la batalla de Nueva Orleans, luchador contra los indios semínolas en Florida y autor de la Ley de Traslado forzoso de los indios choctaws y cheroquis al otro lado del Misisipi, al territorio de Oklahoma en 1837 y 1838. Una deportación forzosa conocida como “la senda de las lágrimas”, de 2.200 millas de longitud, que dejó en el camino los cadáveres de 4.000 indios de todas las edades.
Deberían revisar el papel del general George Crook, perseguidor de los apaches o del nefasto general Nelson Miles, que le sucedió en esa guerra y autor, además, de la masacre de indios siuox en Wounded Knee, en 1890. 
Ambos militares no perseguían la integración de los apaches, que habían intentado los españoles -muchos apaches eran católicos y bastantes de sus jefes, entre ellos Gerónimo, hablaban español-, sino su rendición incondicional y su reclusión en reservas.  
También merece revisarse la figura del presuntuoso general George Custer -llevada al cine por un simpático y romántico Errol Flynn-, derrotado por Toro Sentado y Caballo Loco en Little Big Horn, o la del “gran” Sheridan, autor de la frase “el único indio bueno es el indio muerto”, y la del no menos famoso y legendario William Frederick Cody, Búfalo Bill, exterminador de indios y de bisontes, y luego empresario circense, que mostraba un “Salvaje Oeste” edulcorado a los habitantes de las ciudades del este.
Sin embargo, son estos y otros atrayentes personajes, cuyas vidas, adecuadamente adaptadas a los guiones de las películas de aventuras, que han hecho pasar distraídas tardes de cine a varias generaciones de espectadores dentro y fuera de Estados Unidos (entre los que me hallo), son quienes han configurado la visión de muchos norteamericanos sobre la historia de su propio país. Y esa equivocada percepción sobre “el problema indio” o “el problema negro” no se corrige derribando estatuas de Colón o vetando la proyección de películas como “Lo que el viento se llevó”.



miércoles, 10 de junio de 2020

Crónica del asedio. "Strange fruit"


“Southern trees bearing strange fruit
Blood on the leaves and blood at the roots
Black bodies swinging in the southern breeze
Strange fruit hanging from the poplar trees”.

“Árboles del sur con extraña fruta,
sangre en las hojas y sangre en las raíces,
cuerpos negros balanceados por la brisa sureña;
extraña fruta colgando de los álamos”.

Así empieza “Extraña fruta”, una de las canciones más dramáticas de la dramática trayectoria profesional y vital de Billie Holiday, denunciando el horrendo espectáculo, frecuente en los estados meridionales de Estados Unidos hasta las primeras décadas del siglo XX, de cuerpos de hombres negros colgando de los árboles, ahorcados, sin juicio, por racistas blancos que aplicaban la popularmente conocida “ley de Lynch”.
Charles Lynch, hacendado virginiano y expeditivo coronel de la milicia continental, presidía un irregular tribunal que juzgaba a los sospechosos de ser leales a Inglaterra durante los años de la guerra de la Independencia. Se dice, que, en 1780, un jurado popular no encontró pruebas para acusar a un grupo de personas del delito de rebelión a favor del rey Jorge III, por lo que declaró su absolución, pero Lynch ordenó que fueran ahorcadas igualmente.
Desde entonces, el “linchamiento” fue un modo abusivo de aplicar la máxima pena al margen de la ley, con el que turbas enfurecidas solían tomarse la justicia, o la venganza, por su mano, como hemos visto en tantas películas.
Un procedimiento arbitrario que no respetaba los requisitos legales para juzgar a la brava, delitos ciertos o supuestos y colgar por el cuello hasta la muerte, preferentemente, a personas de color. Lo que espantó al autor de la canción, Abel Meeropol, judío neoyorquino del Bronx y miembro del Partido Comunista.
En su libro “Poder Negro” (1967), Stokely Carmichael y Charles Hamilton indican que esa forma de mantener por el terror la sumisión de la población que había dejado de ser esclava, pero que realmente no era libre, se aplicaba también a hombres que habían mostrado su patriotismo luchando en la I Guerra Mundial en peores condiciones que los soldados de raza blanca.
Acabada la guerra, los veteranos negros regresaban a casa, pero debían hacer frente a otra guerra. Más de setenta fueron linchados durante el año siguiente al armisticio, algunos de ellos vistiendo todavía el uniforme militar. Cuentan, también, que, en la II Guerra Mundial, a veces los soldados estadounidenses negros eran peor tratados que los prisioneros alemanes blancos.
La “técnica” del linchamiento, que es provocar la asfixia, se ha convertido en un brutal método de la policía para inmovilizar a las personas que se puedan resistir a ser detenidas. Pero con George Floyd se ha aplicado sin motivo, pues no ofrecía resistencia, y con notable ensañamiento. Tanto que le ha producido la muerte.
Floyd no es una fruta extraña colgando de un árbol del sur, sino un ciudadano humillado en Minnesota, un estado del norte, aprisionado contra el suelo por un policía blanco, que hizo ostentación de su poder y su cobardía sobre un hombre negro, esposado e inmovilizado.
Como en otras ocasiones, ha sido la violencia de las fuerzas del “orden” la que ha provocado las protestas y desórdenes de los que Trump responsabiliza a la izquierda antifascista, cuando son decenas de miles de ciudadanos de todas las razas las que están en las calles de todo el país expresando su indignación y su pesar.
Debería recordar que el de Floyd no es un caso único, sino que viene precedido por una larga serie de casos análogos, que produjeron decenas de muertos y heridos y centenares de detenidos: Watts (1965), Detroit (1967), Luther King (1968), Amadou Diallo (1999), Trayvon Martin (2012) y Rodney King (2012), donde el abuso policial, amparado en una ciega confianza en la impunidad ante la ley, se ha disfrazado de exceso de celo ante la presunta peligrosidad de las víctimas. A veces, frutas extrañas pendiendo de los árboles en los caminos del sur; a veces, despojos humanos sobre el pavimento urbano.




viernes, 29 de mayo de 2020

Crónica del asedio. Artola

Ha muerto Miguel Artola, catedrático, investigador, historiador.  
Tenía 96 años y deja una extensa obra. De él sé poco más; ignoro si es otra víctima del coronavirus o si le había llegado la hora de abandonar este mundo. Y lo siento, porque era un notable historiador, director de la Historia de España en siete volúmenes, de Alfaguara, y en particular, historiador de la burguesía como histórica clase social, según queda reflejado en el tomo V de la colección -La burguesía revolucionaria (1808-1874)-; un libro magnífico centrado en las etapas más tensas del complejo siglo XIX.
El siglo del que Franco renegaba -El siglo XIX, que hubiéramos querido borrar de nuestra Historia, dijo-, porque no lo conocía ni lo entendió, sin el cual es difícil entender la España del siglo XX y singularmente el propio mandato de Franco, que fue una reacción contra él, e incluso la España de hoy, todavía heredera del agotado impulso de la burguesía revolucionaria y con parte de la clase dirigente apegada a usos y abusos del Antiguo Régimen.
España, o el imperio español, acaba el siglo XVIII con una guerra contra el Estado revolucionario francés y luego, aliada con Francia, contra Inglaterra. Y empieza el siglo XIX, defendiendo a Napoleón de los aliados ingleses, suecos, rusos y austríacos -¡Ay, Trafalgar!-, para después, como un Jano bifronte, entregar el reino (y el imperio) a Bonaparte y, a la vez, enfrentarse a sus tropas, con ayuda de Inglaterra, en una guerra de seis años, que será al mismo tiempo una guerra civil, la primera de otras tres, que fueron tanto guerras dinásticas, luchas de clase y retardadas guerras de religión. Y concluye el siglo XIX con otra guerra, esta vez contra una potencia emergente, que será el gigante del siguiente siglo, en la que pierde las últimas colonias de ultramar -¡Ay, el 98!-.
Así, a lo largo de un siglo, España, aún atada por los pactos con Francia, incapaz de buscar su propio lugar en una Europa que se moderniza con velocidad, duda, titubea, pierde un imperio y se vuelve introspectiva, tratando de afrontar agudos problemas internos que no aparecen claramente planteados, pero que son efecto del agotamiento del Antiguo Régimen y de las dificultades de pasar a uno nuevo y aún impreciso, el mundo moderno, que aparece, en el ámbito económico, con la revolución industrial, y en el plano político, con el primer ciclo de revoluciones atlánticas -inglesa (1668), americana (1776), francesa (1789) y haitiana (1804)-, al que España se incorpora tardíamente, en 1808, cerrando el ciclo.
Es un siglo de avances y retrocesos políticos, de tensiones entre liberales y conservadores y de ensayos para limitar el poder real y establecer un poder civil, separar la Iglesia del Estado, dotar de derechos a la ciudadanía, adaptar el aparato productivo a necesidades planteadas por el nuevo tiempo, como lo expresan las sucesivas constituciones -seis en vigor (1812, 1834, 1837, 1845, 1869 y 1876) y dos nonnatas (1856 y 1873) en menos de un siglo- y los cambios de gobierno y dinastía, los intentos de cambiar de régimen, los pronunciamientos militares; etapas que muestran una persistente inestabilidad política (décadas, sexenios, trienios, bienios), difícil comprender.  
En sus crónicas sobre la revolución en España, Marx decía que Francia podía iniciar y concluir revoluciones en tres días, pero en España los procesos eran más largos. Y tanto, pues la primera etapa de la revolución burguesa, de la que Artola se ocupa, se prolonga hasta 1874, cuando el general Pavía acaba con la efímera experiencia de la I República. 
Con un discurso denso y bien documentado, Artola ayuda a entender el azaroso siglo XIX poniendo la base material sobre la que se erige el Estado, el ámbito de lo político y, sobre todo, el ámbito de lo ideológico, tan importante en este país.
Bajo las guerras, regencias, dinastías, constituciones que se abolen y gobiernos que suben y caen, Artola llena de contenido, de datos, de estructuras; de sustancia, en suma, los huecos que deja la historia estrictamente política, y habla de demografía, de clases sociales, de la nobleza, del clero, de censos, de rentas, de impuestos, de deudas, de niveles de alfabetización, de propiedad de la tierra, del crecimiento de las ciudades, de las diferencias provinciales y regionales, de legislación económica y financiera, del crédito, la minería, la producción agraria, la industria; de la moneda, del capital nacional y extranjero, de comunicaciones, caminos y carreteras, de vías férreas, de la flota comercial, del vapor, el telégrafo y la electricidad, del mercado, del proteccionismo, de la oferta y la demanda y de cómo va cambiando la legislación para acomodarse a ese mundo dinámico e incierto, que va apareciendo y que choca con las fuerzas sociales apegadas a los privilegios que les dispensa el orden estamental del Antiguo Régimen, a los cuales no quieren renunciar sin oponer resistencia.
Con la Restauración de la monarquía en la figura de Alfonso XII, acaba la etapa revolucionaria de la burguesía. Ahí concluye el libro de Artola, pero la historia sigue. Y tras una etapa de estabilidad, el desastre del 98 y la reaparición de las tensiones sociales generan la crisis del sistema canovista, que, en una especie de retroceso al siglo XIX, la crisis se agudiza hasta llegar a la guerra civil.
Será la burguesía conservadora, la que, con el dictatorial mandato de un general, no sólo antiliberal y antiburgués, sino claramente reaccionario, lleve a cabo, en el campo económico, el proyecto modernizador de la burguesía liberal del siglo XIX. El Plan de Estabilización de 1959, los tres subsiguientes Planes de Desarrollo para industrializar el país y la reforma del agro, culminarán, a la prusiana, es decir, desde arriba, la revolución burguesa. Y un general, que ha legitimado su régimen como adalid del anticomunismo, se comportará tal como Marx lo indica en el Manifiesto de 1848:  La burguesía suprime cada vez más el fraccionamiento de los medios de producción, de la propiedad y de la población. Ha aglutinado la población, centralizado los medios de producción y concentrado la propiedad en manos de unos pocos. La consecuencia obligada de ello ha sido la centralización política.  
Hay que leer a Miguel Artola (DEP). 


jueves, 14 de mayo de 2020

Crónica del asedio."Oportunidades de negocio"


Antes de entrar en materia -en el “negocio”- conviene recordar un par de cosas necesarias para entender lo sucedido en la Comunidad de Madrid, que, a causa de la visión impresionista de la realidad ofrecida por la “rabiosa actualidad” de la “prensa” y las redes sociales, suelen quedar al margen de la reflexión.
La primera es señalar que el Partido Popular gobierna la Comunidad Autónoma de Madrid (CAM) desde hace un cuarto de siglo, con lo cual se puede decir, que como Administración, está hecha a su imagen y semejanza.
Comenzó su hegemonía con Alberto Ruíz Gallardón, en 1995, y estuvo a punto de perderla, en 2003, con la candidatura de Esperanza Aguirre, salvada “in extremis” por el “tamayazo”, oscura operación nunca aclarada que “birló” la presidencia a Rafael Simancas, aunque, de verdad, ni él ni su partido supieron defender la plaza.   
La segunda es que cuando Esperanza Aguirre llegó a la presidencia de la CAM, en noviembre de 2003, Aznar, como resultado de los pactos con los partidos nacionalistas, había transferido las competencias de Sanidad a las comunidades autónomas, por tanto, los hospitales de la región dependían de la consejería correspondiente de la Comunidad de Madrid.
Pero Aguirre, neoliberal y acérrima partidaria de la empresa privada, no venía a administrar bienes y servicios públicos, sino a reducirlos y entregarlos a la gestión del capital privado. Llegó a Madrid, para acometer desde su parcela la tarea que entonces ocupaba a los gobiernos neoliberales de todo el mundo, que era reducir el tamaño del sector público -sanidad, educación, servicios sociales, deporte, vivienda, administración- para entregarlo a la gestión de empresas privadas, en unos casos, y en otros, directamente a la especulación de fondos financieros, como hizo, en 2013, su sucesor Ignacio González con casi 3.000 viviendas del IVIMA, vendidas a bajo precio a una filial de Goldman-Sachs, y Ana Botella, en el mismo año, con 1.860 viviendas municipales vendidas, con pérdida para el consistorio, a Blackstone, un fondo “buitre”, donde casualmente trabaja, o trabajaba, uno de sus hijos. Presunta prevaricación y verdadero amor de madre metidos en el mismo paquete, lo que revela la confusión entre lo público y lo privado con que cierta derecha, con una noción patrimonial del Estado, suele tratar lo público como un asunto familiar.
En 2003, el capitalismo estaba cambiando de forma y maneras, dirigido por un sector muy dinámico -turbocapitalismo financiero- que dejaba de ser productivo para devenir especulador y parasitario; renunciaba a los riesgos inherentes a la producción y buscaba un beneficio rápido y seguro aprovechándose de lo ya producido, adquiriendo empresas con ofertas financieras hostiles o llevándolas a la quiebra para sanearlas con créditos o fondos públicos y revenderlas después. El capital acentuaba su tendencia a concentrarse y entraba en una etapa de grandes fusiones (y grandes estafas), para centralizar la gestión de sectores económicos enteros en menos empresas o incluso intervenir en varios sectores a través de gigantescas corporaciones; el capital se unía, se mezclaba y actuaba a escala mundial; no tendía a distinguirse por el origen y nombre de las empresas, sino por sumas de siglas, grupos empresariales y corporaciones multinacionales, que superaban con sus cifras de negocio el presupuesto estatal de muchos países.  
Desde esta perspectiva, el Estado del Bienestar de los países desarrollados fue una golosina. Los bienes y servicios del Estado fueron como un continente recién descubierto, que ofrecía un apetecible patrimonio, sobre el que se lanzaron los inversionistas privados con voracidad colonial, enarbolando la bandera del Estado mínimo (y el Mercado Máximo).
Así, inspirándose en el sistema PPP (“Public Private Partnership”) (véase, el artículo “Ayuso, el PP y el PPP”, en este Diario), se inició el desmantelamiento del sistema sanitario público, del que ya existía un precedente en la Comunidad Valenciana, gobernada, también, por el Partido Popular.
El 31 de diciembre de 1998, careciendo de licencia de apertura y ocupación -un detalle nimio-, se inauguró, en Alzira (Valencia), el primer hospital público de gestión privada (pero de gasto público), que atendería a 230.000 personas de 29 municipios de la zona. La Generalitat Valenciana, presidida por Eduardo Zaplana, recibió críticas por convertir la sanidad pública en un negocio privado, pero según Joaquín Farnós, consejero de Sanidad, la cesión iba a suponer un ahorro de 2.000 millones de pesetas a la Generalitat.
El hospital de Alzira sería una de las joyas de la gestión del Partido Popular en Valencia, que comenzaba una era de negocios y portentos -Tierra Mítica, la Fórmula 1, la Ciudad de las Artes, la visita del Papa, las carreras de motos, la copa de vela, el aeropuerto sin aviones, etc-, donde chapoteaban Correa y sus amigos del PP, luego implicados en las tramas del caso “Gurtel”.
Tras varios años de turbia gestión, la Generalitat Valenciana, entonces presidida por un señor que vestía bien, pero no se pagaba los trajes, rescató el hospital de Alzira para sanearlo con la intención de volverlo a entregar a la gestión privada. Lo que debía suponer un ahorro de 2.000 millones de pesetas, costó por el rescate 7.300 millones. Un negocio redondo para quien lo hizo, no para las arcas y la sanidad públicas, ni para los valencianos. Pero volvamos a Madrid y al modelo PPP del PP.
El 23 de septiembre de 2008, la Comunidad de Madrid convocó a empresarios del sector sanitario a una jornada en la que el consejero de Sanidad, Juan José Güemes, mostró el modelo de financiación del plan de infraestructuras sanitarias 2007-2011. El acto, anunciado con el reclamo: ”Aproveche las oportunidades de negocio para su empresa”, se celebró en el hotel Wellington; la inscripción costó 1.200 euros, con derecho a conferencia, comida, café y certificado. Era caro, pero merecía la pena.
Como consecuencia, la CAM cedió a la gestión privada, tres nuevos hospitales, en Móstoles, Collado Villalba y Torrejón, que atendían a 415.000 personas de 31 municipios. Cedió también a una empresa privada la gestión de un ambulatorio de Torrejón de Ardoz.
Después extendió la privatización a los cuatro grandes hospitales públicos de la región: el “Ramón y Cajal”, el “Gregorio Marañón”, “La Paz” y el “12 de Octubre”. Según el director general de Hospitales, Antonio Burgueño, una reforma integral iba a convertir en “gestionables” los cuatro grandes hospitales, que deberían reducir su capacidad. “Tendrán que sufrir un proceso de jibarización”, aclaró.
Asociaciones defensoras de la sanidad pública acusaron a Aguirre de “subastar la sanidad pública”, y el consejero Güemes fue abucheado cuando visitaba un hospital.
Esto es lo que Ayuso ha recibido de Esperanza Aguirre, un verdadero legado envenenado de su mentora. Pero no es suficiente, pues no es mejor el legado de Rajoy: los recortes de presupuesto y la aplicación de la reforma laboral de  2012 para reducir las plantillas. Ambas políticas, aplicadas con tesón a lo largo de años, han sido denunciadas en numerosas ocasiones, con escaso éxito, por el personal sanitario y asociaciones defensoras de los servicios públicos y llevadas a la prensa y a la calle por la “marea blanca”.
Así, pues, Ayuso no puede alegar ignorancia sobre la situación de los bienes, personas y recursos de los servicios públicos que se comprometió a administrar cuando juró el cargo, porque forman parte del mismo programa que ella aplica.
13/5/2020

martes, 12 de mayo de 2020

Crónica del asedio. Ayuso, el PP y el PPP


La Comunidad de Madrid, presidida por Isabel Díaz Ayuso, modelo de gobierno que Casado desea para todo el país -líbranos, Señor-, ha quedado fuera de los territorios que pasan a la fase 1 de desconfinamiento.
Con su loa, Casado sigue la táctica imprudente de Rajoy, que, en momentos de euforia incontrolada, puso como modelo de gobierno para España el de algunas comunidades autónomas cuyos presidentes han sido judicialmente procesados.
Contra el criterio de su dimitida Directora General de Salud, la doctora Yolanda Fuentes, que recomendaba permanecer en la fase 0 de confinamiento, Ayuso, que no es médica, y dudo que pueda ser responsable de algo, envió tarde, mal y sin firmar, el cuestionario requerido para pasar a la siguiente fase, que fue rechazado.
Ayuso se ha tomado muy mal que Madrid permanezca en la fase 0, porque cree que es la calificación que merece su gestión -no anda lejos de esa nota-, mientras otras comunidades pasan a “primera división”, como si tal clasificación, en vez de proteger la salud de los ciudadanos, tratara de estimular una insensata competencia entre territorios.
Ayuso alega en su descargo que la decisión del Gobierno no está justificada y que forma parte de una campaña contra ella, cuando ha sido precisamente ella la que parece haber elegido como eje principal de su mandato arremeter contra el Gobierno, imitando a Esperanza Aguirre, que decía que gobernaba para resistir la política de Zapatero, mientras se olvidaba de vigilar a unos colaboradores que han acabado en los juzgados.
Como tantas personas mediocres que llegan a ocupar puestos de relieve, Ayuso creyó que las carambolas que la han llevado a la presidencia de la CAM eran el lógico resultado de sus propios méritos dentro del PP y de una innata capacidad, nunca demostrada, para gobernar. Pensaba que con lealtad al dirigente de turno -antes Aguirre, ahora Casado-, grandes dosis de propaganda y colocándose como oposición de su oposición y, sobre todo, del Gobierno, podría gobernar sin complicaciones y permitir que la Comunidad de Madrid siguiera siendo un lugar adecuado para hacer buenos negocios, en los que su partido obtuviera el correspondiente peaje, (ya tiene un plan innovador para volver a lo mismo -el culto al ladrillo-, que es facilitar la construcción de viviendas sin necesidad de obtener licencia, pues bastará con una “declaración responsable” del promotor). Pero no contaba con la pandemia de corona virus, cuya gestión está siendo un desastre.
Con los hospitales rebosantes de infectados y faltos de recursos, paliados, en parte por donaciones privadas, las UCIS saturadas, sin respiradores para los enfermos graves ni equipos de protección para un personal sanitario escaso y agotado antes de la llegada del virus por los recortes de plantilla efectuados en tiempos de Rajoy, González y Aguirre, y no recuperados; personal sanitario que, no obstante, ha atendido con un esfuerzo sobrehumano las jornadas de choque de la pandemia.
Madrid, seguida por Cataluña, es la comunidad con más contagiados (62.000) y más fallecidos (14.000, o en el mejor de los casos 9.000). Las cifras no están claras, pues dependen de la fuente y de varias circunstancias (diagnostico, parte de defunción, test).
En uno y otro caso, las cifras son altas y la gestión no ha sido buena, y para tapar sus errores Ayuso ha recurrido al ataque, que es la mejor defensa, y acusado a Sánchez de improvisación y falta de estrategia, ella que carece hasta de táctica.
La Comunidad ha rescindido contratos en sanidad en el mes de enero y ha contratado a 10.000 personas con la llegada del virus, pero las ha despedido en cuanto ha tenido ocasión, ha anunciado una bajada de impuestos para reclamar, después, ayuda financiera al Gobierno, que, en efecto, debe percibir, pero no es de recibo bajar impuestos en su territorio y solicitar dinero del fondo común, ni bajar los impuestos sea la mejor terapia de choque para frenar la pandemia. Pasó de afirmar que Madrid seguiría con su habitual actividad -Madrid no se cierra, a añadir que no sabía cómo cerrarlo-, a cerrar antes comercios y colegios y acusar al Gobierno de reaccionar una semana tarde, así como de dificultar el suministro de material sanitario procedente de China, que tardaba en llegar. Lo mismo ocurrió con las mascarillas y los tests comprados por el Gobierno en el opaco mercado internacional, considerados un error o algo peor -García Egea acusó al Gobierno de repartir “mascarillas falsas”-, pero ocultar la documentación del pedido cuando se han detectado los mismos defectos en material comprado por la Comunidad de Madrid. 
Ayuso solicita insistentemente información y transparencia, pero después de 50 días de vacaciones parlamentarias en Navidad, ha estado más de 30 días sin dar explicaciones a la Asamblea, ni en persona ni por otros medios, ni ofrecer al Gobierno los datos sobre los contagios, en parte por estar afectada y recluida -por cierto, en el apart-hotel de un empresario, y no sabemos quién paga-, aunque muy ocupada opinando y procurando salir en las fotos de una realidad paralela construida con tesón: que ha sido transferir al Gobierno central la responsabilidad en materia de Sanidad y de Asuntos Sociales (residencias de ancianos), para reservarse funciones de beneficencia -ceremonias de luto, reparto de menús infantiles, inauguraciones, dolerse por los ancianos de las residencias, que la CAM ha tenido sin control durante años, a pesar de las quejas de familiares y empleados, y asistir a misas y actos multitudinarios de tono populista. Todo ello sazonado con ocurrencias insensatas y peleas con sus socios en las consejerías afectadas por la crisis, en un gobierno cogido con pinzas. La rápida instalación del hospital de campaña en Ifema fue un acierto, no hay que negarlo, pero no sólo suyo; la desinstalación, aprovechada para darse un imprudente baño de masas y practicar un populismo castizo vendiendo bocadillos, ya no lo es tanto.
Pero, la responsabilidad de lo sucedido en Madrid no es toda suya. Ayuso, discípula de Aguirre, ha recogido el testigo de su estilo de trabajo, pero también el pesado legado de la Lideresa, que en materia sanitaria es una de las causas del desastre de su gestión que vienen de más lejos.
Concretamente, del mes de septiembre de 2008, cuando Aguirre, y su consejero del ramo Juan José Güemes, decidieron aplicar a la sanidad madrileña el lema con que José María Aznar justificó la privatización de las grandes empresas públicas: “hay que devolver a la sociedad lo que le pertenece”, como si la propiedad pública no fuera de la sociedad y la única representación de la sociedad fueran las empresas privadas; es decir, como si lo únicamente social fuera, precisamente, el capital privado.  
De acuerdo con esta intención, se buscó inspiración para acometer la “reforma” de la sanidad madrileña en el neoliberal sistema “Public Private Partnership” (PPP), modelo público/privado que funciona en Estados Unidos, un país con una asistencia sanitaria deficiente y carísima, que ahora cuenta con 29 millones de personas sanitariamente desatendidas y 58 millones más con una cobertura mínima, completada con elevados copagos, y que ofrece como resultado 1,3 millones de personas infectadas por el corona virus y 80.000 fallecidos.