domingo, 29 de enero de 2017

Trump V. Gobierno

Good morning, Spain, que es different

Está muy lejos de representar a la población de Estados Unidos un gobierno de hombres blancos y millonarios, cuyas fortunas suman en conjunto 14.500 millones de dólares. Lo que equivale a la riqueza de los 43 millones de hogares  más pobres de Estados Unidos. (“El gobierno más blanco, rico y masculino”, Silvia Ayuso, El País, 20-1-2017). 
Las mujeres y los hombres no blancos son la excepción. Lo que dice bastante de las personas que merecen la confianza de Trump y, por si hiciera falta, ofrece pistas sobre sus verdaderos objetivos.
Nikki Haley, gobernadora de Carolina del Sur, representará a Estados Unidos en el Consejo de Seguridad de la ONU, donde tiene poder de veto como miembro permanente. La Secretaria de Educación ha sido confiada a Betsy DeVos, una millonaria de Michigan, partidaria de la educación concertada, y la Secretaría de Transporte, a Elaine Chao, mujer de origen chino (Taiwan), que fue Secretaria de Trabajo con G.W. Bush (jr.).
La otra excepción es el neurocirujano afroamericano Ben Carson, que ocupará la Secretaría de Vivienda y Desarrollo Urbano. Ninguna mujer ni persona no blanca ostentarán un cargo tan importante como la Secretaría de Estado, que desempeñaron Colin Powell o Condoleeza Rice con G. W. Bush (jr.).
Rex Tillerson, presidente de Exxonmobil, dirigirá el departamento de Estado. El abogado Reince Priebus, con experiencia política, será el jefe del Gabinete, y el cargo de Jefe de Estrategia ha recaído en Steve Bannon, autotitulado Darth Vader, un hombre enemistado con los medios de información (deberían tener la boca cerrada; los medios son la oposición) y fundador de la web Breitbart News, un canal que alimenta los sueños de la derecha radical.
El general James Mattis -“Perro loco”-, con experiencia en Iraq y Afganistán, será el Secretario de Defensa, y el general retirado Michael Flynn, conocido por su islamofobia y su afinidad con la Rusia de Putin, Asesor de Seguridad Nacional. Mike Pompeo, antiguo oficial de la marina y miembro del Comité de Inteligencia del Congreso, a donde llegó apoyado por el Tea Party, es el nuevo director de la CIA, en tanto que James Comey se mantiene como director del FBI. John Kelly, general retirado del Cuerpo de Marines, ocupa la Secretaría de Seguridad Interior.
Jeff Sessions, el senador que rechazó la legislación contra la tortura y no pudo ser juez por sus chistes racistas, será Fiscal General.
Nadie parece más indicado para dirigir la Secretaría de Energía que el ex gobernador de Tejas, Rick Perry, el hombre que en 2011 propuso eliminar ese departamento. El nombramiento del Director de la Agencia de Medio Ambiente va por el mismo camino, pues el ultraconservador Edward Scott Pruitt, niega que exista el cambio climático y ha bloqueado los intentos de Obama de luchar contra el calentamiento. Sigue esta paradójica línea el nombramiento de Tom Price, médico retirado contrario al aborto y adversario de la reforma sanitaria de Obama, como Secretario de Salud.
La Secretaría de Comercio ha recaído en el millonario y tiburón financiero Wilbur Ross, cuya fortuna se estima en unos 2.500 millones de dólares. Otro “vecino” de Wall Street, es Steven Mnunchin, con una dilatada carrera en Goldman Sachs y un fondo de inversión propio, será el Secretario del Tesoro. Ha prometido bajar los impuestos. Otro hombre de Goldman Sachs, Gary Cohn, será el director del Consejo de Economía Nacional.
El presidente de Blackstone, el fondo de inversiones más importante del mundo, Stephen Schawarzman, estará al frente de un foro creado por Trump para asesorarle en asuntos estratégicos. Y queda, finalmente, el puesto de asesor personal de Trump, cargo confiado a Jared Kushner, empresario inmobiliario, con una fortuna de unos 200 millones de dólares, y editor de The New York Observer, que ha sido uno de los cerebros de la campaña electoral. Es el marido de su hija Ivanka.






sábado, 28 de enero de 2017

Trump (IV). Votantes

Good morning, Spain, que es different

El resultado electoral ofrece un mapa complejo que rompe las identificaciones fáciles con los partidos hegemónicos, demócratas y republicanos, por niveles de renta o razones de etnia, género, religión, clase o estatus social y aún por zonas geográficas, ya que los republicanos han conquistado estados como Wisconsin, Michigan, Iowa, Ohio y Pensilvania, que, en la zona industrial de los grandes lagos y el nordeste, han sido viveros tradicionales de los demócratas, junto con los estados del Pacífico, del nordeste y la costa del Atlántico hasta Carolina. 
Hillary Clinton ha ganado en las zonas de mayor concentración urbana con un porcentaje alto (85%) y en las ciudades con más de un millón de habitantes, pero en las ciudades medianas y pequeñas y en las zonas rurales ha ganado Trump.
Una encuesta a pie de urna (The New York Times/El País, 11-11-2016) indica que Trump ha recibido el voto del 58% de personas blancas, el 8% de negras, el 29% de hispanas y el 29% de asiáticas, mientras que el voto de Hillary Clinton procede del 37% de blancos, del 88% negros, del 65% de hispanos y del 65% de asiáticos. Por sexos, Trump ha recibido el 53% de votos masculinos y el 42% de votos femeninos, mientras que Clinton invierte el porcentaje: 54% mujeres y 41% hombres. En relación con este dato, Trump ha recibido el 58% de votos de hombres casados, el 47% de mujeres casadas y el 33% de mujeres solteras, mientras H. Clinton ha recibido el 62% del voto de mujeres solteras, el 49% de mujeres casadas y el 37% de hombres casados. La diferencia es abrumadora en lo que respecta a las minorías sexuales (LGTB): 78% Clinton, 14% Trump.
Por confesiones, el mayor porcentaje de votos de creyentes es para Trump: 81% evangélicos, 58% otros protestantes y 52 % católicos, en tanto que H. Clinton ha recibido el apoyo del 71% de judíos y un 68% de agnósticos. Por estudios, Trump ha recibido el 51% y el 52% de votantes con estudios básicos y bachillerato, H. Clinton el 45% y 43% respectivamente, pero un 49% de universitarios y 58% con estudios de posgrado (45% y 37% Trump); la diferencia se acentúa con personas no blancas: el 71% de universitarios no blancos y el 75% de no blancos no universitarios han votado por Clinton.
Según esta encuesta, no hay gran disparidad de ingresos entre sus votantes: los que ganan menos de 50.000 dólares anuales han votado el 52% por H. Clinton y el 41% por Trump; en los que ganan más de 100.000 dólares al año las preferencias son: 47% H. Clinton, 48% Trump. Según otro estudio, el 20% de los votantes con ingresos inferiores a 30.000 dólares al año ha votado a Trump.
Más claridad ofrece la opinión sobre su situación económica respecto al año pasado: el 72% de los votantes de Clinton afirma estar en mejor situación que en 2015, opinión que sólo comparte el 24% de los votantes de Trump. Y al revés,  el 19% de los votantes de Clinton dice estar peor, mientras esta opinión se dispara al 78% en los votantes de Trump.
El mayor interés de los votantes de la ex senadora está en la política exterior (60%) y en la marcha de la economía (52%), la preocupación de los votantes de Trump está en la inmigración (64%) y el terrorismo (57%). La cualidad más apreciada en un dirigente es que pueda traer un cambio, según el 83% de votantes de Trump; que tenga experiencia, en el 90% de votantes de Clinton.
Trump ha obtenido los mayores apoyos en los pueblos y ciudades pequeñas, en la América interior, aislada, en pequeñas comunidades rurales con predominio de población blanca, cerradas sobre sí mismas, en las que se recela del exterior y de los forasteros, cuyos habitantes describe John Carlin (El País, 14-11-2016) de esta manera: Suelen ser amables en el trato, gente religiosa y honesta, decente dentro de su reducida órbita social. Pero, tras sentarme a hablar con ellos un rato siempre he reaccionado con la misma perplejidad: ¿cómo es posible que hablen el mismo idioma que yo en casa? Sus palabras me son familiares pero sus circuitos cerebrales operan de otra manera. Son gente de fe simple, ajena a la ironía; gente que elige sus verdades no en función de los hechos sino de sus creencias o prejuicios; gente que vive lejos de los océanos y del resto del planeta Tierra, al que tiene miedo. Nunca he tenido una sensación similar de desconexión en Europa, África o América Latina. Sólo en el interior de Estados Unidos.






viernes, 20 de enero de 2017

Trump (III). “Fort Trump”

Good evening, Spain que es different

A estas horas, la persona menos indicada para gobernar un pueblo pequeño habrá llegado a la presidencia del país más poderoso del mundo.
Trump, un magnate, es un personaje socialmente atípico, que está muy lejos del ciudadano medio norteamericano y aún lo está más de esas clases humildes que él se ufana de defender.
Representa el triunfo del hombre blanco, podría decirse que del hombre blanco, rico, individualista y arrogante, además de misógino, racista, xenófobo y faltón, pero, sobre todo, el éxito del oportunista.
Llega desde fuera del ámbito político, de la élite política denostada por él, y avalado por su experiencia personal como empresario en el sector inmobiliario, una jungla particular dentro de la ley de la selva del capitalismo salvaje, ha demostrado que en su concepción de la política todo vale para ganar.
Su nula experiencia política y su soberbia le llevan a creer que puede gobernar Estados Unidos como si fuera una de sus empresas, pero una empresa que puede quebrar, pues tiene varias quiebras en su haber, y que además no paga impuestos. Ese es el experimental modelo que aguarda a los norteamericanos (y al resto del mundo).
Trump percibe el declive económico y político norteamericano y la configuración un orden internacional distinto, surgido de la progresiva ruptura de la bipolaridad de la segunda postguerra y de la emergencia de nuevos y potentes actores. Pero, en vez de admitir que tal configuración no puede estar dirigida sólo por hombres blancos occidentales y que son imprescindibles los tratados multilaterales para atender a desafíos que ya son mundiales, entre ellos el cambio climático, Trump sueña con restaurar la hegemonía industrial y militar de EE.UU. de los años cincuenta y, paradójicamente, regresar al aislamiento.
Ha vuelto a poner al día la posición de G. W. Bush jr. y los neocons de no respetar las instituciones internacionales (“Gracias a Dios, la ONU ha muerto”, afirmaba Richard Perle, en 2003) para poder actuar soberanamente y establecer tratados bilaterales desde una posición de fuerza y, a la vez, rearmarse aumentando el presupuesto del Pentágono.
Afirma que quiere hacer unos Estados Unidos más grandes que nunca, pero, en la práctica, su orientación política es la contraria, pues concibe un país más pequeño y cerrado sobre sí mismo, como un fortín de verdaderos rostros pálidos -“Fort Trump”-, acorralado por un tropel de demócratas, progresistas, mejicanos, feministas, soldados veteranos, negros, hispanos, inmigrantes, musulmanes, minusválidos, funcionarios, ecologistas, pacifistas, beneficiarios del Obamacare, empresarios desindustrializadores, yihadistas, periodistas, artistas de Hollywood y burócratas de Washington, seguidos por el resto del mundo, menos Putin y Marine Le Pen.
El nuevo mandatario del país aún más poderoso del planeta percibe el orden internacional con los infantiles ojos de un lector de tebeos, seducido por un híbrido personaje formado por Astérix, Superman y el general Custer. 

El tesón de Secondat

"He empezado muchas veces esta obra para abandonarla después; he lanzado mil veces al viento las hojas que ya tenía escritas; sentía caer todos los días las manos paternas; perseguía mi objeto sin formarme un plan; no conocía aún las reglas ni las excepciones; encontraba la verdad y la perdía al momento. Pero cuando descubrí mis principios, todo lo que andaba buscando vino a mí y durante veinte años he visto cómo mi obra empezaba, crecía, avanzaba y concluía". 
Montesquieu, "Prefacio", Del espíritu de las leyes, Barcelona, Orbis, 1984.

jueves, 19 de enero de 2017

Trump (II). Ganar como sea.

Good morning, Spain que es different

En virtud de un complejo, injusto y anticuado sistema electoral, Donald Trump, con 62.980.000 votos populares y 304 votos electorales recibidos, 241 diputados en la Cámara de Representantes y 52 senadores, resultó vencedor en las elecciones del pasado noviembre y se ha convertido en el 45º Presidente de los Estado Unidos.
Hillary Clinton perdió con más votos populares, 65.845.000 (6,5 millones menos que Obama) y 227 votos electorales, obtuvo 194 representantes y 46 senadores.
Los inscritos para votar fueron 231.557.000 personas; los votantes: 137.054.000, la participación fue del 55,4% (desde 1972 no ha sobrepasado el 60%).La población total de Estados Unidos es de 324.289.000 personas.
Donald Trump es un hombre blanco de 70 años (pocos días le faltaban a Reagan para cumplirlos cuando llegó a la Casa Blanca), millonario, como otros recientes candidatos republicanos (Gingrich y Romney). Es rico por herencia -su fortuna se estima en 3.500 millones de dólares, repartidos en multitud de empresas-, arrastra varias quiebras y se jacta de no pagar impuestos (según algunos, es un estratega en burlar al fisco), no ha presentado su declaración de la renta en la campaña electoral y tiene intereses empresariales en una veintena de países.
Todo ello no ha sido obstáculo para presentarse ante los electores como un rico extravagante, rebelde y generoso, enfrentado al “establishment”, a los liberales (progresistas) demócratas y a los “burócratas de Washington”; una especie de versión adinerada y demagógica de Robín Hood.
“¿Quién queréis que gobierne América: la clase política corrupta o la gente?” Preguntó a sus seguidores la noche electoral. Y la respuesta de la gente fue obvia: la gente, o sea, él, un empresario millonario, que evade impuestos, como mejor representante de la gente que trabaja y está al día con el fisco.
Es difícil entender su meteórica carrera política, que, desde fuera del ámbito político, le ha llevado en muy poco tiempo a la Casa Blanca, pero Trump no era una persona desconocida.
Como Reagan, que era una cara familiar por el cine y la televisión, Trump, antes de ser candidato a la presidencia, ya era famoso por un programa de televisión (El aprendiz) y por sus apariciones en la prensa, en la de negocios y en la rosa. Un tipo multimillonario, que tiene su propio programa de televisión, que aparece rodeado de bellas mujeres, posee un rascacielos en el centro de Manhattan y presta su nombre a otros edificios repartidos por el mundo (la marca Trump), es de sobra conocido y envidiado, pues ofrece la imagen del triunfador. Y en cierta medida corrobora el dicho de que cualquiera (menos una mujer) puede llegar a presidente, aunque sea un sujeto impresentable.
Trump es un tipo narcisista, soberbio, y temible, según quienes le conocen, que tiene perfectamente asimiladas las vejatorias formas de trato que cree que le permite su elevada posición en la escala social: es rico, es un jefe; manda, es un triunfador. Y ante eso hay que doblegarse, porque Trump ha emprendido esta carrera para ganar, para ser el número uno, porque el resto no cuenta, según la acrisolada doctrina de los neoliberales de llegar a lo más alto y hacerlo en poco tiempo.
Trump ha llegado a la política para ganar y también para hacerlo a su manera -My way, ¿recuerdan?-, según sus propias y cambiantes reglas, que no son fijas ni limpias porque es un oportunista. Su, iba a decir filosofía pero dudo que sepa lo que es, su actitud en la vida es la de ganar como sea. Y de casta le viene al galgo, ya que viene de una familia de triunfadores que llegaron bastante arriba partiendo de bastante abajo. Nieto de emigrantes europeos, su abuelo regentó un burdel, y quizá de las historias que contaba el abuelito sacó el pequeño Donny sus cavernarias ideas sobre las mujeres. 
Así, pues, la primera conclusión a extraer antes de empezar a gobernar es que Trump, ya en la campaña electoral, ha roto las reglas de juego político, no sólo hacia los adversarios, sino hacia los votantes, hacia los propios y hacia los demás. Ha venido a mostrar, y de momento lo ha conseguido, que se puede ganar de cualquier manera; que todo vale con tal de ganar, porque si no se vence, el resultado no vale. Más aún, no basta con derrotar al adversario, sino que hay que destruirlo, incluso acusándolo de traición o metiéndolo en la cárcel. Para encontrar apoyo electoral a esos propósitos hace falta crear mucha tensión social, suscitar oposición, polaridad. Ya veremos luego cómo se alivia eso. 

miércoles, 18 de enero de 2017

Trump y su mundo (I)

Good morning, Spain, que es different

El millonario norteamericano representa la última versión, extremada y grotesca, de la llamada “revolución conservadora”, puesta en marcha, en los años ochenta, por Ronald Reagan en los Estados Unidos y por Margaret Thatcher en el Reino Unido.
A lo largo de casi cuatro décadas, la sociedad estadounidense ha quedado marcada por los valores y actitudes del Partido Republicano, que se ha mostrado neoliberal en lo económico, ultraconservador en lo moral, unilateral en política exterior, militarmente expansivo y expoliador de la naturaleza. El pensamiento de los partidarios de un capitalismo sin frenos legales ni morales, del Estado mínimo y del mercado máximo, de rebajar los impuestos a los ricos y los salarios a los trabajadores, precarizar el empleo, reducir los gastos sociales del Estado y aumentar los gastos militares, transferir riqueza desde las rentas bajas hacia las altas, aumentar la deuda pública, desregular la economía, expandir las reglas del mercado por todo el planeta, gobernar el país como si fuera una empresa privada, establecer la competencia como relación preferente entre las personas y dividir la sociedad entre ganadores (pocos) y perdedores (muchos), se ha enseñoreado de los países occidentales y de buena parte del resto, sin que los mandatos de los presidentes demócratas -Clinton (1993-2001) y Obama (2009-2017)- hayan podido (o querido) acabar con tal hegemonía, aunque han paliado algunos de sus efectos.
Estamos, por tanto, ante una onda larga de la ideología conservadora, que el reventón financiero de 2007 pareció detener, pues mostró, por un lado, los  negativos efectos sociales de la desregulación económica y financiera, y por otro, que los neoliberales tiraban sus principios por la ventana y, siguiendo el lema de que los beneficios son privados pero las pérdidas son de toda la colectividad, acudían al Estado para salvar con fondos públicos compañías aseguradoras y entidades de crédito privadas, llevadas a la quiebra por sus directivos.
El inicio de la recesión acabó con el belicoso gobierno neocon de G. W. Bush jr., pero no con la hegemonía del pensamiento neoliberal, y los buenos propósitos, anunciados por los principales dirigentes mundiales en las reuniones del G-20 (Washington, Londres y Pittsburg), en 2008 y 2009, para refundar el capitalismo sobre otras bases -“los días del descontrol tienen que acabar, afirmaba Obama, “la época del secreto bancario ha terminado”, aseguraba Sarkozy-, quedaron en agua de borrajas.  
Tras inyectar ingentes cantidades de dinero público para salvar el sistema financiero (y en Europa la moneda única), y aplicar unas brutales medidas de austeridad que han hecho retroceder veinte años las condiciones de vida y trabajo de las clases trabajadores y dejado casi sin amparo público a los sectores económicamente más débiles de la sociedad, no hya duda de que un pujante neoliberalismo sigue guiando la acción de los gobiernos. 
Hoy, el mundo occidental, está orientado por la derecha neoliberal y a la vez conservadora y, lo que es más alarmante, que, ante la profunda crisis de las izquierdas, las alternativas que se plantean a la situación actual, llegan desde posturas aún más conservadoras, bien sean políticas, en forma de populismos de derecha y extrema derecha, o sean religiosas, en forma de fundamentalismos, pero ambas apuntan a soluciones de tipo autoritario y a la consiguiente merma (o abolición) de los derechos civiles.   
Y Trump es un efecto de esto; un personaje de esta época, resultado de la propia crisis de representatividad del sistema democrático, que, desde fuera del ámbito político, aparece como un voluntarioso caudillo para resolver los problemas del país más poderoso del mundo buscando fáciles soluciones en el pasado, en los mandatos de Ronald Reagan. Que, a su vez, se inspiraba en un país conformado por la moral del pionero (representada por él mismo, en las películas del Oeste que interpretó), que ya entonces estaba desapareciendo y se refugiaba en el interior, en la América religiosa, agraria, aislada y profunda.


martes, 17 de enero de 2017

Levando anclas

Good morning, Spain, que es different

El título de este comentario me lo ha sugerido la ponencia de Íñigo Errejón al próximo congreso de Podemos, llamada de manera muy sugestiva: Desplegar las velas. Un Podemos para gobernar.
Errejón y su tripulación parecen dispuestos a salir del dique seco y, tras una operación de calafateado, hacerse a la mar con ese simbólico navío que es Podemos, que por la velocidad con que apareció en el horizonte parece un clipper, como el famoso Cutty Sark (que no es sólo una marca de whisky), que hacía la ruta entre Shanghai y Londres cargado de té, para que los gentlemen y las ladies pudieran saborearlo a las five o'clock.
Errejón habla de corregir el rumbo, en el doble sentido de corregir la derrota, o desviación del rumbo correcto a causa de vientos adversos, corrientes o errores humanos, y de remontar la derrota electoral sufrida en junio, en cuyo caso conviene delimitar bien las causas y saber si se debió a profundas corrientes sociales no previstas, a inesperados vientos en contra de la opinión pública o a errores del capitán y del piloto en el gobierno de la nave, al interpretar mal las cartas (no las castas) de navegación, o a negligencias del contramaestre, que ha mandado mal a la marinería.
En cualquier caso, helos ahí, dispuestos a zarpar con las voces de rigor, oídas en tantas películas de piratas y corsarios: “¡Levad anclas!”, “¡Soltad el trapo, rufianes!” “¡Largad el foque, haraganes!” “¡Adelante, a toda vela!”
Aparte de lo publicado en la prensa, desconozco el contenido de la ponencia de Errejón, pero el título sugiere un viaje político lleno de aventuras, enfrentado a los galeones del PP, que navegan con las bodegas repletas de doblones de la caja B, y esperando divisar por la amura de babor el bergantín del PSOE, como posible aliado para intentar el asalto, no al cielo, sino a los matacanes de la Moncloa, -como, una vez desembarcado, asalta el capitán Wyatt (Gary Cooper), la fortaleza de San Marcos en “Tambores lejanos” (Raoul Walsh, 1951)-. Pero que, de modo inopinado, la aventura se convierte en un “proyecto de normalidad alternativa” (con lo que quiera decir eso) para tomar la iniciativa en las instituciones y efectuar, sin más dilaciones, un desembarco en las playas del Congreso.
Ahí se acaba la aventura y se desvanecen los recuerdos de “Viento en las velas”, la película de McKendrick (1965), de “El mundo en sus manos” (en las de Gregory Peck, el capitán Jonathan Clark), de Raoul Walsh (1952), de “El hidalgo de los mares” (de nuevo Gregory Peck, como capitán Horacio Hornblower), y de nuevo Raoul Walsh (1951), de “Los bucaneros” (con Yul Brinner como capitán Lafitte) (Anthony Quinn, 1958) y aparecen en escena el risueño capitán Ballow (Burt Lancaster), de “El temible burlón” (Robert Siodmak, 1952) y el no menos burlesco Jack Sparrow (Johnny Depp) de “Piratas del Caribe”.
En cambio, Iglesias, tras el burocrático título de su ponencia, Plan 2020. Ganar al Partido Popular y gobernar España, que parece elaborado por un grupo de expertos o por un gabinete de (in)comunicación política (y recuerda demasiado al Programa 2000 del PSOE), propone más calle y menos instituciones. Es decir, más aventura, más riesgo, pues riesgo entraña desafiar la ley mordaza del pío ministro Fernández Díaz, que permite imponer unas multas que pueden echar a pique las naves de quienes tengan la osadía de perturbar el (des)orden establecido.
El capitán Iglesias afirma que el parlamento ahoga, y debido al pesado reglamento del Congreso y del Senado, no le falta razón, pero entre quienes le han votado, también los habrá que lo han hecho para que luche contra el dogal y trabaje en las cámaras. 
De momento, en Podemos, una soterrada tensión permite discutir con calma las dos (o más) ponencias, pero en el congreso de febrero puede haber tormenta, quizá galerna, e incluso motín a bordo, pues parece tripulado por una marinería levantisca.