lunes, 29 de febrero de 2016

Fomento y el rey


La organización de empresarios catalanes Fomento de la Producción Nacional, hoy Fomento del Trabajo Nacional, la organización patronal más antigua de España, rindió, el día 9 de enero de 1875, un gran recibimiento a Alfonso de Borbón, el futuro Alfonso XII a su llegada a Barcelona, la primera ciudad española que pisó a su regreso del exilio.  
Agradecido, el futuro rey visitó al día siguiente la sede de la asociación, donde fue recibido por su presidente, Pedro Bosch Labrús, con estas elogiosas palabras: “Bienvenido sea el rey de España, a esta mansión del trabajo, donde sólo se respira moralidad y patriotismo”. A las que Alfonso de Borbón, contestó con otras: “Me complace tanto más la felicitación que ustedes me dirigen en nombre de la producción nacional, en cuanto conozco la importancia de la de Barcelona, que es una de las provincias que más exportan y ojalá las demás la igualaran”.
“Poco importaba en ese instante que su alteza no estuviera muy al tanto de lo poco imbricada que se hallaba la economía catalana con los mercados internacionales, y en particular su industria, nacida al calor de un acusado proteccionismo arancelario que ni siquiera los aires librecambistas del Sexenio habían conseguido atenuar. Lo importante en aquel momento fue la comunión que se estableció entre los representantes de las élites económicas del Principado y la persona que en ese preciso instante encarnaba los intereses de la dinastía que había recuperado el trono –igual que lo había perdido- de la mano de un golpe militar (…) Las expectativas no se iban a ver frustradas. Lo que quedaba del siglo XIX, por lo menos hasta 1898, se reveló como una época de verdadero esplendor y enriquecimiento para Cataluña.”

Mercedes Cabrera, Fernando Del Rey (2011): El poder de los empresarios. Política y economía en la España contemporánea (1875-2010), Barcelona, RBA.  

Lenin y el Estado

Voy a explicar más las razones que me han llevado a enviar los "curricula" de las ministras de Sanidad de Francia y Portugal y el de su homólogo italiano para compararlos con el exiguo currículo profesional de Leire Pajín, nuestra flamante ministra del ramo.  

A). Respuesta teórica para marxistas. Lenin cabalga de nuevo.
El asunto del Estado es peliagudo para la izquierda marxista, porque presenta uno de los flancos más débiles del corpus teórico marxiano.
Como es sabido, Marx, después de El Capital, tenía pensado acometer un estudio del Estado, pero no llegó a hacerlo, y lo que se encuentra disperso en su obra son críticas, desde diversos puntos de vista, al Estado burgués y algunas intuiciones sobre el futuro Estado socialista, que, más bien creo que le interesaba poco, porque él pensaba sobre todo en el comunismo, que, como todos sabemos, es la ausencia de Estado. 
Los mx, al menos sus corrientes militantes, han sido muy críticos con el Estado (absolutista, liberal o democrático burgués), que ha sido visto sobre todo como aparato de represión, como la violencia organizada por una clase social para oprimir a otra, como un instrumento del capital, y hasta Gramsci, cuando habla de hegemonía (el poder blando), el Estado es, sobre todo, un administrador de la violencia (de la violencia legítima, según Weber). Los partidos mx han formulado diversas teorías (y prácticas) para derribar el Estado burgués, pero han carecido de una teoría, de un conjunto de propuestas positivas, sobre el Estado socialista que debía reemplazarlo.
La falta de teoría positiva sobre el Estado, creo que ha sido una de las causas de la degeneración burocrática de los regímenes socialistas, de la perversión de la dictadura del proletariado, que ni de lejos ha encarnado la idea de ser la más amplia libertad para los trabajadores y la más estricta dictadura para el capital (como han sentenciado todos los catecismos para militantes), y, al final, de la imposibilidad de consolidar las conquistas de las revoluciones de un modo favorable a los intereses y aspiraciones de las masas, no de las vanguardias reales o supuestas, ni de las burocracias. Pero bueno, ese es otro asunto.
Y cito a Lenin, porque compruebo que Lenin cabalga de nuevo, pero es el Lenin anterior al Smolny, previo al Estado soviético, el Lenin que, en El Estado y la revolución (escrito en vísperas del evento de Octubre), entabla un diálogo con Marx y Engels, y de paso critica a todo bicho viviente a propósito el Estado. 
La obra, por una parte, es una toma de posición -una actitud, como dice en el prefacio- ante el Estado, con la cual retrata a toda la izquierda del momento; por otra parte es una revisión y comparación de las distintas ideas sobre el Estado, en diálogo con Marx, Engels, Proudhon, etc-, y finalmente, es una obra utópica en lo referido a las funciones del nuevo Estado en ciernes y en cómo se deberán realizar. Salvo el efímero gobierno de la Comuna parisina (1871), entonces (verano de 1917) no había otra experiencia de poder obrero, y en ella se apoya Lenin para proponer las tareas que hagan posible la dictadura del proletariado, que, en ese momento y por la situación de Rusia, concibe emanada, sobre todo, de la fuerza del proletariado armado. 
El proletariado armado podía ser la garantía necesaria para asegurar la revolución (empezada en febrero), pero no la garantía (y no lo fue) de la construcción del socialismo. Así, escribe: En estas palabras (tomadas de Marx, sobre la Comuna): “romper la máquina burocrático militar del Estado”, se encierra la enseñanza fundamental del marxismo en cuanto a las tareas del proletariado respecto al Estado durante la revolución (VIL, OO.EE., II, 325). Y añade más adelante: Merece especial atención la profundísima observación de Marx de que la demolición de la máquina burocrático-militar del Estado es “condición previa de toda verdadera revolución popular”.
Ante el nuevo Estado (soviético), Lenin señala: El capitalismo simplifica las funciones de la administración del Estado, permite desterrar la administración jerárquica y reducir todo a una organización de los proletarios (como clase dominante) que toma a su servicio, en nombre de toda la sociedad, a obreros, inspectores y contables (…) La administración jerárquica del Estado se debe comenzar a sustituir inmediatamente por las simples funciones de inspectores y contables, funciones que ya hoy son accesibles al nivel de desarrollo de los habitantes de las ciudades y que pueden ser desempeñadas por el salario de un obrero. Organicemos la gran producción nosotros mismos, los obreros, partiendo de lo que ha sido creado ya por el capitalismo, basándonos en nuestra experiencia de trabajo, estableciendo una disciplina rigurosísima, férrea, mantenida por el poder estatal de los obreros armados; reduzcamos a los funcionarios públicos al simple papel de ejecutores de nuestras directrices, al papel de inspectores y contables responsables, amovibles y modestamente retribuidos (en unión de los técnicos de todos los géneros, tipos y grados): esa es nuestra tarea proletaria, por ahí se puede y debe empezar (…) Este comienzo, sobre la base de la gran producción, conduce por sí mismo a la extinción gradual de la burocracia, a la creación gradual de un orden en que las funciones de inspección y contabilidad, cada vez más simplificadas, se ejecutarán por todos siguiendo un turno, se convertirán luego en costumbre y, por último, desaparecerán como funciones especiales de un sector de la sociedad.
Termino; tranquilos. Y sigue Lenin: No hay más que derrocar a los capitalistas, destruir, con la mano férrea de los obreros armados, la resistencia de los explotadores, romper la máquina burocrática del Estado moderno, y tendremos ante nosotros un mecanismo de alta perfección técnica, libre del “parásito” y perfectamente susceptible de ser puesto en marcha por los obreros unidos, contratando técnicos, inspectores y contables y retribuyendo el trabajo de todos estos con el salario de un obrero (…) El capitalismo crea las premisas para que todos realmente puedan intervenir en la gobernación del Estado. Entre estas premisas se encuentran la liquidación del analfabetismo, la instrucción y la educación de la disciplina de millones de obreros por el amplio aparato socializado de Correos, de los ferrocarriles, de las grandes fábricas, del gran comercio, de los bancos, etc, etc (…) El capitalismo ha simplificado hasta el extremo la contabilidad y el control de estos, reduciéndolos a operaciones extraordinariamente simples de inspección y anotación, accesibles a cualquiera que sepa leer y escribir, conozca las cuatro reglas aritméticas y sepa extender los recibos correspondientes.
Existiendo estas premisas económicas, después de derrocar a los capitalistas y a los burócratas, es posible sustituirlos por los obreros armados en la obra de controlar la producción y la distribución, en la de computar el trabajo y los productos. No hay que confundir la cuestión del control y de la contabilidad con la cuestión del personal con instrucción científica de ingenieros, agrónomos, etc, etc; esos señores trabajan hoy subordinados a los capitalistas y trabajarán mañana todavía mejor mañana, subordinados a los obreros armados.  
  
Ha transcurrido mucho tiempo desde que esas palabras fueron dichas, y hoy estas opiniones parecen de una enorme candidez.
Y termino por ahora: ¿Acaso Zp es leninista?


Al Colectivo Red Verde, 12 de noviembre de 2010

domingo, 28 de febrero de 2016

Nostalgias de la Curia

Good morning, Spain, que es different

La Conferencia Episcopal solicita que la administración de justicia castigue el “meterse con las convicciones religiosas” (católicas), pues las considera un derecho fundamental que se transgrede con la libertad de expresión.
Con las posibles interpretaciones que puedan merecer unos términos tan laxos como “meterse con las convicciones religiosas”, los diligentes obispos se suman a la lógica de la justicia preventiva de la ley mordaza, tan propia de un gobierno autoritario y, por ende, confesional, que recomienda la autocensura como virtud ciudadana.
La insaciable Curia hispánica debería conformarse con el favorable trato recibido del gobierno de Rajoy, católico, pero presuntamente corrompido -“errare humanum est, et quoque “forrare” ipsum”-, que ha atendido sus reclamaciones políticas (eso es la asignatura de religión), superado, en tiempo de crisis, las dádivas económicas de Zapatero, ratificado las exenciones fiscales y facilitado la inmatriculación de propiedades a su nombre. Pero no por ello cejan los obispos en su propósito de reevangelizar España (que no al Gobierno, que bien lo necesita), devenida tierra de misión por la doctrina pontificia de Karol Woijtila, que desconocemos si se mantiene vigente, teniendo en cuenta los nuevos aires que soplan en la plaza de San Pedro.  
Monseñor Ratzinger, antaño celoso guardián del dogma desde su cargo de Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, que sucedió a Juan Pablo II como Benedicto XVI y hoy Papa emérito, consideró que España era un laboratorio del laicismo en Europa, por lo cual se propuso resistir la avasalladora oleada de secularización fundando un nuevo dicasterio (organismo especializado) destinado a combatir, con al aplauso de la Curia hispana, la ponzoñosa influencia del laicismo, del relativismo, del feminismo y las políticas de género (cherchez la femme, per saecula saeculorum).
Pero yerran sus eminencias reverendísimas al atribuir la decreciente fe de los españoles a esos fenómenos sociales, que son propios de las abiertas y complejas sociedades modernas, donde las personas, tras largos siglos de sometimiento al poder temporal y eclesiástico, pueden aspirar a vivir como seres autónomos y auténticos, aunque no lo consigan del todo. Deberían mirar más cerca, hacia dentro de la propia institución, cuyo abstruso discurso es cada día menos útil para orientar la vida de los creyentes en el mundo actual, y deberían mirarse también a sí mismos, cuyas formas de vida desmienten la humildad y la sencillez que brotan del mensaje evangélico, y cuyas funciones están más atentas a las componendas con el poder político que a la labor pastoral con las ovejas presuntamente descarriadas y además desatendidas.
Si sus eminencias prestaran más atención a los asuntos verdaderamente humanos, dejarían de considerar perversiones, que merecen condena, o incluso enfermedades lo que son, sobre todo, problemas sociales, y podrían percibir el sufrimiento que hay detrás de la decisión de poner fin a un matrimonio infeliz o a un embarazo no deseado, a la percepción de un cuerpo no percibido como propio, a no ser tenido como una “persona normal” a causa de la orientación sexual o al deseo de llevar una vida al margen del modelo patriarcal sin sentirse culpable. 
Y, naturalmente, podrían percibir el enorme sufrimiento, que puede degenerar en traumas psíquicos durante años, que existe detrás de los abusos con niños perpetrados por sacerdotes -eso sí que es perversión-, con el doble agravante de que, por un lado, se realizan utilizando la autoridad moral que ostentan los clérigos y, por otro, de que se perpetran con menores entregados a su educación y custodia, sin que en este caso se tenga en cuenta “la libertad de los padres”, que la Curia aduce belicosamente cuando trata de obtener fondos públicos para financiar colegios confesionales y de imponer el dogma católico como materia docente. 
Respecto a la asignatura de religión, los padres pueden y deben elegir, y la Curia les insta a ello, pero respecto a forzar la voluntad de sus hijos con unas relaciones sexuales no deseadas ni consentidas, no sólo no existe elección paterna, sino que es mejor que los padres de los afectados no sepan que sus vástagos son víctimas de un delito perpetrado por sus presuntos custodios y educadores, protegidos, además, por sus superiores.
Lo que, junto con el maltrato infantil y el trabajo degradante en hospicios e internados, aparece fuera de España como una extendida plaga en el seno de la Iglesia católica, aquí se va desvelando lentamente pese a la obstrucción de la Curia, por lo cual no deja de sorprender una reciente instrucción del Vaticano afirmando que los obispos no están obligados a denunciar ante la ley a los sospechosos de pederastia, tarea que debe quedar para familiares y conocidos de las víctimas, con lo cual, de cara a la sociedad, los obispos quedan como protectores de una perversión consentida.
Paradójica situación, por la que los obispos, que son muy exigentes para cumplir el Concordato (y, si es posible, ir más allá), se consideran exentos de cumplir las leyes civiles del Estado que les mantiene. Pero aún va más lejos la petición de la Conferencia Episcopal para que las leyes del Estado castiguen las opiniones que pudieran “meterse con las convicciones religiosas”, pues se trata, por un lado, de imponer silencio sobre los excesos de los funcionarios eclesiásticos y, por otro, de que el Estado se constituya en celador de la hipócrita moral de la Curia.
Se percibe en todo ello la nostalgia del franquismo, cuando la Iglesia era uno de los más firmes baluartes de la dictadura, y el dictador fungía como un celoso defensor (militar) de los planes de la Iglesia.

27 de febrero de 2016

sábado, 27 de febrero de 2016

Jones. Ricos

"En 1979 había 5 millones de personas en situación de pobreza; hacia 1992, ese número rondaba los 14 millones. Y mientras que el 1% más rico vio crecer su renta casi un 4% al año durante el gobierno de los conservadores, las rentas medias subieron solo una media del 1,6% (...) A finales del reinado tory, en 1996, el 10% más rico de las familias con tres hijos era unas 21.000 libras más rico de media al año, que cuando Thatcher llegó al poder". (Owen Jones: "Chavs", p. 82 y 83)

Tocqueville. La clase media

Tocqueville es uno de esos conservadores inteligentes a los que da gusto leer. Esta mañana, seducido por la llamativa portada del libro, he comprado "Recuerdos de la Revolución de 1848", (Madrid, Trotta, 2016), del que transcribo un párrafo del capítulo I, "Fisonomía general de la época que precedió a la revolución de 1848". Ahí Va:


"Nuestra historia, desde 1789 hasta 1830, vista desde lejos y en su conjunto, se me aparecía como el marco de una lucha encarnizada, sostenida durante cuarenta y un años, entre el antiguo régimen, sus tradiciones, sus recuerdos, sus esperanzas y sus hombres representados por la aristocracia, de una parte, y la Francia nueva, capitaneada por al clase media, de otra. Me parecía que el año 1830 había cerrado este primer período de nuestras revoluciones, o mejor, de nuestra revolución, porque no hay más que una sola, una revolución que siempre es la misma a a través de fortunas y pasiones diversas, que nuestros padres vieron comenzar, y que, según todas las posibilidades, nosotros no veremos concluir. Todo lo que restaba del antiguo régimen fue destruido para siempre. En 1830, el triunfo de la clase media había sido definitivo, y tan completo, que todos los poderes políticos, todos los privilegios, todas las prerrogativas, el gobierno entero se encontraron encerrados y como amontonados en los estrechos límites de aquella burguesía, con la exclusión, de derecho, de todo lo que estaba por debajo de ella, y, de hecho, de todo lo que estaba por encima. Así, la burguesía no fue sólo la única dirigente de la sociedad, sino que puede decirse que se convirtió en su arrendataria. Se colocó en todos los cargos, aumento prodigiosamente el número de estos, y se acostumbró a vivir casi tanto del Tesoro público como de su propia industria (...) El espíritu de la clase media se convirtió en el espíritu general de la administración, y dominó la política exterior tanto como los asuntos internos: era un espíritu activo, industrioso, muchas veces deshonesto, generalmente ordenado, temerario, a veces, por vanidad y por egoísmo, tímido por temperamento, moderado en todo, excepto en el gusto por el bienestar, y mediocre; un espíritu que mezclado con el del pueblo o con el de la aristocracia, pueda obrar maravillas, pero que, por sí solo, nunca producirá más que una gobernación sin valores ni grandeza. Dueña de todo, como no lo había sido ni lo será acaso jamás ninguna aristocracia, la clase media, a la que es preciso llamar la clase gubernamental, tras haberse acantonado en su poder, e, inmediatamente después, en su egoísmo, adquirió un aire de industria privada, en la que cada uno de sus miembros no pensaba ya en los asuntos públicos, si no era para canalizarlos en beneficio de los asuntos privados, olvidando fácilmente en su pequeño bienestar a las gentes del pueblo".

martes, 23 de febrero de 2016

Camps

Good morning, Spain, que es different (and Valencia too)

Ayer compareció ante la prensa el expresidente de la Generalitat valenciana, Francisco Camps, hoy ciudadano Camps, Paco Camps, como indicó él mismo, el "Curita", según los funcionarios de la Gurtel, o Francis Fields, in english, como corresponde a su ocurrencia de impartir en inglés la asignatura de Educación para la Ciudadanía (Education for Citizenship), con la intención de boicotearla en plan fino y cosmopolita.
Camps quiso salir al paso de informaciones que le vinculan con la operación "Taula", sobre la presunta financiación ilegal del Partido Popular en Valencia y en Madrid, en la cual, él sería, presuntamente, el enlace entre ambas. Negó que tuviera algo que ver y recordó que había sido absuelto por un jurado popular del delito de cohecho pasivo impropio por haber aceptado cuatro trajes (que en realidad fueron 12 trajes, 4 americanas, 5 pares de zapatos y 4 corbatas, por valor de 14.000 euros), recibidos de su amiguito del alma, Álvaro Pérez, el Bigotes. Dijo que estaba harto y pidió que no le detengan, que, salvo Jim Carrey en "La máscara", es lo que pide todo el mundo aunque le cojan con las manos en la masa o en la tela.
Camps, presidente de la Comunidad entre 2003 y 2011, afirma no saber nada. Las detenciones en las tres provincias se producen por docenas, el Partido, que él presidió entre 2002 y 2011, está descabezado y regido por una comisión gestora.
Camps no se enteraba de los que su sucedía en su Gobierno y en su partido, y eso que tenía una dilatada experiencia política y conocía de sobra cómo funcionan las instituciones del Estado.
Camps ha sido un hombre pegado a un cargo público desde hace un cuarto de siglo, pues fue concejal del Ayuntamiento de Valencia (1991-1996), diputado en el Congreso (1996-1997), Consejero de Cultura, Educación y Ciencia de la Comunidad Valenciana (1997-1999), Secretario de Estado para las Administraciones Territoriales (1999-2000), diputado nacional y Vicepresidente primero del Congreso (2000-2002); Delegado del Gobierno en la Comunidad Valenciana (2002); diputado en las Cortes Valencianas (2003-2015), Presidente de la Generalidad Valenciana (2003-2011), cargo del que dimitió el 20-7-2011, por el asunto de los trajes.
Al parecer Camps tampoco sabía cómo se adjudicaban los contratos públicos y se lo tuvo que recordar la justicia.
En junio de 2011, una sentencia del Tribunal Superior de Justicia de la Comunidad Valenciana obligó al gobierno autonómico a entregar a la oposición los contratos suscritos por diferentes consejerías con empresas de la trama corrupta Gürtel, entre los años 2003 y 2008, que el consejero de Economía y Hacienda, Gerardo Camps, había denegado en 1.508 ocasiones. Finalmente, el 3 de octubre de 2011, los diputados de Esquerra Unida tuvieron acceso a los 85 contratos de la Comunidad Valenciana con las empresas de la red de Francisco Correa, de los que 76 fueron adjudicados sin concurso.
Y a todo esto, ¿dónde estaba Camps? ¿Qué hacía Camps cuando la oposición solicitaba los contratos y sus consejeros se los negaban de manera sistemática?
Quizá pasaba demasiado tiempo en la sastrería.

lunes, 22 de febrero de 2016

Machado. El demonio.

No recordaba el aniversario de la muerte de Machado, pero esta mañana, que ha sido un poco loca en lecturas, pues además de El País y FB, he seguido releyendo "El imperialismo", de Ulianov, que empecé ayer, por eso de volver a los clásicos de vez en cuando, he terminado leyendo un artículo fantástico de Francesc de Carreras -"El dilema del Estado de las autonomías" (Claves nº 188, diciembre, 2008, que recomiendo)- y, finalmente, me he detenido, un rato, antes de comer, en el "Juan de Mairena", con el que le he rendido un involuntario homenaje, por pura casualidad. Y en estos momentos neoinquisitoriales, he retenido una de las primeras sentencias: "No todo es folclore en la blasfemia, que decía mi maestro Abel Martín. En una facultad de Teología bien organizada es imprescindible -para los estudios de doctorado, naturalmente- una cátedra de Blasfemia, desempeñada, si fuera posible, por el mismo Demonio", sentencia que enlaza con la siguiente, que abrevio "... En una república cristiana, democrática y liberal, conviene otorgar al demonio carta de naturaleza y de ciudadanía, obligarle a vivir dentro de la ley, prescribirle deberes a cambio de sus derechos, sobre todo el específicamente demoníaco: el derecho a la emisión del pensameinto. Que como tal Demonio nos hable, que ponga cátedra, señores. No os asustéis. El Demonio, a última hora no tiene razón, pero tiene razones. Hay que escucharlas todas".