lunes, 8 de febrero de 2016

Apellidos vascos

“Según el censo correspondiente a 1998, los vascos con dos primeros apellidos eusquéricos suponen el 20,4% de la población; los que cuentan con un apellido eusquérico y uno castellano, el 25,4%, y los que tienen los dos primeros apellidos castellanos, el 54%. García, Fernández, González son los apellidos más corrientes en el País Vasco, según los datos del Registro Civil. El primer apellido de raíz eusquérica, Aguirre o Agirre, no aparece hasta el puesto 17.
La preeminencia de los apellidos eusquéricos en el Parlamento vasco es similar a la de hace cinco lustros. De los 48 representantes nacionalistas existentes hoy en la Cámara vasca, 32 tienen sus dos primeros apellidos eusquéricos; 10, uno castellano y el otro eusquérico, y solo 6 poseen sus dos patronímicos castellanos. Por el contrario, entre los parlamentarios vascos no nacionalistas, los apellidos se ciñen bastante a la composición estadística de la sociedad vasca.

Son datos reveladores y desconcertantes en la medida en que vienen a demostrar que el apellido sigue pesando mucho en la política y la sociedad vascas, pese a que el nacionalismo, en su doble versión, PNV e izquierda abertzale, expresó hace ya tiempo su renuncia a definir el ser vasco con atributos etnicistas.

Del artículo de José Luis Barbería "La selección nacionalista de los apellidos vascos", El País, 8-2-2016, comentando un estudio de Manuel Montero.


martes, 2 de febrero de 2016

¿Qué pasa en el PSOE?

Good morning, Spain, que es different
Hace tiempo que perdieron el mapa, luego perdieron la brújula, luego perdieron la linterna y ahora va a tientas. Sólo les falta el bastón blanco para demostrar que va a ciegas. Y es que no han resuelto los viejos problemas; no les han hecho frente, sino que los han toreado con faenas de aliño. Así puede entenderse que, en la reunión del Comité Federal, Susana Diaz reproche a Pedro Sánchez no haber defendido a Felipe González, del que se siente orgullosa, ante las faltas de respeto de Podemos. Pero es que Felipe González, por lo que dice, lo que hace, por donde está situado y por con quien se codea, es difícil de defender siendo socialista.
Susana Diaz, que pertenece a otra generación, hace mal en unirse a los viejos barones de la quinta de González, porque algunos como Corcuera, en tertulias de la derechona muestran que han perdido el norte, y ella puede perder el sur por dejar tan claro que prefiere entenderse con la nueva derecha, que es Ciudadanos.
¡Qué pronto se olvidan de su propia historia! Lambán, presidente de Aragón, dijo que Sánchez no puede ser presidente con permiso de las independentistas. Claro que no, pero González, en 1993, sí pudo ser investido presidente con el apoyo de CiU y del PNV.
Tampoco estuvo acertado Iceta, cuando preguntó, imagino que por retórica: ¿A nosotros nos van a dar lecciones de izquierda? Pues sí, precisamente de izquierdas, sí; de nacionalismo no tanto, pero de izquierda, sí. Porque por falta de esas lecciones de lo que es o debería ser la izquierda, el PSC está donde está, subsumido por el nacionalismo catalanista.
Parece que los barones y las baronesas están pensando más en su futuro, de cara al próximo congreso del Partido y a unas nuevas elecciones generales, que en la situación de miles, de millones de personas de este país, que necesitan de urgente atención por parte de un gobierno de izquierda. Y es posible que, si se dan esas nuevas elecciones, los votantes reprochen al PSOE no haber intentado formalizarlo.

¿7.200.000 millonarios?

Good morning, Spain, que es different

¿Quiénes son las personas que en diciembre hicieron del Partido Popular el partido más votado? En número redondos, 7.200.000 votos son muchos votos, y de poco sirve decir que ese es el techo del PP. Mal consuelo. ¿De dónde proceden esos votos? ¿Qué es lo que asegura la fidelidad de esos votantes, después de todo lo que ha sucedido en la pasada legislatura?
Pueden parecen votantes favorecidos por el Gobierno de Rajoy o personas inmunizadas contra el aumento de la desigualdad, el desequilibrio entre rentas, el paro, las medidas de austeridad, las privatizaciones, el aumento de la pobreza, la ley mordaza, la reforma del Código Penal, el gobernar por decreto, la opacidad y la corrupción, pero son muchos.
En esos votantes hay que empezar a contar los propios afiliados del PP, 800.000 según Rajoy, más sus familias, hijos, parejas, amigos, parientes y círculos de influencia, los beneficiados por las redes clientelares a escala local, provincial, autonómica o nacional y los depredadores de fondos públicos. Hay que pensar que al Partido Popular le han votado los muy ricos, las grandes fortunas, los banqueros, los grandes empresarios, el IBEX 35, los consejos directivos y los accionistas de los oligopolios, las patronales y los círculos de empresarios. En suma, lo más granado del capitalismo español, porque el capital huele a los suyos a pesar del desodorante, y los grandes propietarios rara vez se equivocan al votar.
Otra parte del voto procede de propietarios, ejecutivos, directivos y mandos intermedios de empresas medianas y pequeñas, propietarios de microempresas y negocios familiares y de muchos autónomos ganados por el discurso sobre los emprendedores; también de mucha gente engañada por el espejismo de pertenecer a la clase media, al identifican sus intereses con los de la gran burguesía. También han votado al PP los que creen que la crisis ha sido provocada por la mediocridad de Zapatero y confían en la (infundada) fama de los “genoveses” como buenos gestores -son los que tienen dinero desde siempre y saben cómo administrarlo-  
Otra parte del voto procede de los nuevos individualistas competitivos, de la gente joven seducida por el prestigio del nuevo conservadurismo neoliberal; el voto de los presentes y futuros triunfadores, que tienen como meta la riqueza y el poder como pruebas exclusivas de su valía.
También hay votos de gente trabajadora, de trabajadores cualificados, sobre todo, y de asalariados desencantados de los partidos de izquierda y de los sindicatos; gente desatendida por los que han sido “sus partidos”, que ha dejado de creer en las salidas colectivas y sólo piensa ya en el esfuerzo individual.
Desde otro punto de vista, el voto del PP también procede de gente mayor, conservadora, poco o mal informada, y reacia a los cambios en las costumbres que percibe en la sociedad española.     
Desde el punto de vista ideológico, han votado al Partido Popular tanto personas seducidas por los valores individualistas del credo neoliberal, como personas adeptas a los valores comunitarios del credo católico, porque el PP expresa la contradicción, ya señalada por Marx, de la burguesía moderna, que aspira a ser simultáneamente defensora del orden y de la moral y del desorden económico provocado por la evolución del capital buscando maximizar el beneficio de sus propietarios. Atenuar la contradicción entre ambos objetivos se fía a la labor de la ideología y de la propaganda, tareas en las que el Partido Popular tiene larga experiencia, pues fue fundado por Manuel Fraga, ministro de Información de la dictadura.
Al Partido Popular le han votado los nacionalistas hispánicos y los católicos conservadores, los defensores de la patria, la religión y la familia, que aborrecen los cambios que atentan contra el “orden natural” (divorcio, aborto, matrimonio homosexual, la inseminación artificial, la investigación con células embrionarias, etc), que conciben de modo jerárquico y estable, indisoluble (patria indisoluble y familia indisoluble) y rechazan todo lo que huela a laico o a libertad personal fuera de la admitida por la moral tradicional y las “buenas costumbres”. Aquellos que tienen una concepción autoritaria e incluso totalitaria de la sociedad -todos al mismo paso, con la misma fe y las mismas costumbres-, que confunde la unidad con la uniformidad y donde no hay lugar para el ciudadano, sino para el súbdito que acepta como naturales la jerarquía, el mando, la obediencia y la pertenencia al rebaño sin disentir, sea el mando en la Iglesia, en las relaciones laborales, en el mundo académico y docente y, claro está, en la política.

Los partidos de la izquierda deberían pensar sobre ese resultado electoral y sobre la ciclópea tarea que tienen por delante.

domingo, 31 de enero de 2016

Periodismo catalán

 "El consumo de información se ha convertido, con las compras, en la principal forma de ocio contemporáneo. Y en todas partes, para alimentar la máquina, se precisa mano de obra no cualificada. Como en el deporte, la falta de fundamentos técnicos se aprecia cuando los practicantes se ven sometidos a la presión y a la exigencia. El agobiante cerco de la política separatista podrían haberlo resistido periodistas articulados, que hubiesen leído y pensado sobre su oficio, con independencia de sus convicciones. La fragilidad intelectual ha sido la condición previa e inexcusable de la devastación moral. En Cataluña la política ha arrasado al periodismo y lo ha puesto humillantemente a su servicio". Escribe A. Espada ("Periodista catalán, oximoron" El mundo, 31-1-2016), pero no sólo se produce en Cataluña, sino en todo el país, pues en realidad vivimos en un régimen general de propaganda, con versiones locales en cada taifa.

Deslealtades

A la vista de la deslealtad (por ser suave) de los nacionalistas vascos y catalanes (aunque Cataluña resistió hasta el final de la guerra al lado de la República, es decir, del gobierno legal de España), mal se entiende que en la Transición se les diera un trato de favor como "comunidades históricas" y que el nuevo régimen democrático asumiera el pago de unas facturas de las que no era precisamente deudor, sino, en todo caso, acreedor. Es de locos haber aceptado el discurso nacionalista de haber sido los territorios peor tratados por el franquismo (que no es verdad) y merecedores, por tanto, de un trato especial, por parte de un régimen que trataba de restaurar los valores democráticos del régimen derribado por el golpe militar de 1936. Y lo gordo del caso, es que esos eternos ofendidos siguen reclamando el pago de una factura que no deja de crecer.

sábado, 30 de enero de 2016

El olvido de Pompey


En la filmografía de John Ford hay películas con secuencias memorables, pero una de las que mejor recuerdo por su contenido explícito, por su simbolismo y por la actualidad que conserva, es de la película “El hombre que mató a Liberty Valance” (Ford, 1962).
Liberty Valance (Lee Marvin) es un bandido brutal y pendenciero, que va seguido de dos facinerosos de poca monta, uno es Lee van Cleef, haciendo uno de sus papeles de matón (como en “Sólo ante el peligro”, por ejemplo), antes de ser protagonista o coprotagonista en los westerns de Sergio Leone (“La muerte tenía un precio” o “El bueno, el feo y el malo”), y el otro, interpretado por el también estupendo secundario en papeles de matoncillo de tres al cuerto, es Strother Martin (“Misión de audaces”, “Hannie Caulder” o “Grupo salvaje”). Ambos facinerosos secundan a Valance en los atropellos con los que tiene amedrentados a los habitantes de Shinbone, un villorrio cercano a la frontera de Méjico, al que un día llega el abogado Ransome Stoddard (James Stewart), armado sólo con sus libros, dispuesto a imponer la ley sin utilizar la violencia. Tarea imposible de concluir con éxito, según la opinión del ranchero Tom Doniphon (John Wayne), experto tirador.
La película narra las tensiones entre la fuerza bruta y una legalidad que se va imponiendo lentamente en el Oeste, entre la democracia y la representación política (en medio de dudas, pues, creyendo haber matado a Valance, Stoddard llega a senador), y entre el periodismo y la leyenda (“Cuando la leyenda llega a ser realidad, hay que publicar la leyenda”), pero la secuencia a la que me refiero tiene lugar en la escuela, instalada en la oficina de la estación de diligencias Overland, regentada por otro eficaz secundario (Denver Pyle: "El Álamo", "Misión de audaces"), anexa a la imprenta y redacción del “Shinbone Star”, la gaceta local dirigida por el Dutton Peabody (estupendo Edmond O’Brien), ex empleado de Horacio Greeley (“Ve al Oeste, joven”), como se encarga de recalcar en cuanto tiene ocasión. En tan precaria dependencia, Hallie (Vera Miles) enseña a leer y a escribir a chicos y grandes, mientras Stoddard imparte clases de historia, derecho y política, todo junto. 
La escena es muy hermosa: en la escuela hay niños y niñas blancos y mestizos, y adultos, hombres y mujeres, vaqueros y peones, y Pompey (Woody Strode), un hombre negro, empleado de Doniphon, que casualmente está sentado delante de un retrato de Abraham Lincoln colgado en la pared. 
Stoddard habla de la fundación de Estados Unidos utilizando un artículo del “Shinbone Star” y pregunta si alguien conoce la ley fundamental de la nación. Pompey dice que lo sabe: “Fue proscrita -escrita, le corrige Stoddard-, escrita por Thomas Jefferson de Virginia y la llamó Constitución”. No, Declaración de Independencia, le vuelve a corregir Stoddard. ¿Y qué dice? “Dice -Pompey titubea- que considerando… que estas verdades… son evidentes por sí mismas, y que todos…” -Pompey se detiene-, "que todos los hombres son iguales", dice Ransome concluyendo la frase.
-Lo sabía, señor Ransome, pero se me olvidó de repente.
-No tiene importancia, Pompey; la gente olvida esa parte…  
También la han olvidado los miembros de la Academia del Cine de Hollywood, que, por segundo año consecutivo, sólo han tenido en cuenta a actores y actrices blancos entre los seleccionados a recibir un Oscar. Ante una ceremonia excesivamente “blanca”, Spike Lee, Jada Pinkett, Will Smith y otros actores negros han manifestado que no acudirán a la entrega de los premios.
¿Ves, Pompey, con qué facilidad la gente olvida esa parte…?

miércoles, 27 de enero de 2016

Teatro

Good morning, Spain, que es different

Tras la contenciosa formación de los grupos en la cámara, sigue la guerra de posiciones, el postureo, el metafórico juego de tronos, o mejor dicho el juego de poltronas, pero no en sentido metafórico, sino por ocupar un lugar u otro en el hemiciclo.
La adjudicación de los escaños en el Congreso ha sido resuelta por la Mesa más bien a la brava, utilizando un criterio ideológico antes que atendiendo al número de diputados obtenido por cada partido. El PSOE y el PP, a izquierda y derecha de la presidencia, siguen ocupando los lugares tradicionales en el hemiciclo, así como los escaños del Gobierno, pero la aparición de Podemos y Ciudadanos ha desbaratado la colocación del resto. La Mesa ha estimado que C’S, como un partido de centro, merece ubicarse entre las bancadas del PP y del PSOE, justo enfrente de la presidencia, con acceso a la platea, lo mismo que el PNV y DIL (CiU), y en cierta medida ERC, mientras que el grupo de Podemos, con más diputados, ha sido desplazado a las últimas filas, a las alturas del llamado “gallinero”, donde están situadas las localidades más baratas de los teatros. Decisión que los podemitas han tomado como una afrenta cuando en realidad es un mérito, pues ocupan el lugar de los “montagnards” en la Asamblea francesa durante las jornadas revolucionarias. Como premio a sus audacias, el criterio ideológico manejado por el PSOE, PP y C’S los ha enviado al lugar propio del tercer estado, a hacer compañía a los espectros de Dantón y Robespierre, si se dignan visitar este país. 
Fuera de las cámaras, la vida sigue igual. El Congreso es un plató, afirmaba el otro día un amigo (García Tojar, El País, 23-1-2016), y las deliberaciones, si es que se pueden llamar así los tanteos para formar un nuevo gobierno, puro teatro, en el que los actores ensayan sus papeles y se mueven cautelosamente por el escenario.
Rajoy, que no quiere dejar de ser el protagonista de la función, asume el papel que mejor le va, que es no hacer nada. Sigue su costumbre, que es no hacer y dejar pasar, con esa marcha a paso de caracol, que está entre el liberalismo gandul (“laissez faire, laissez passer, passer, passer”) y el pasotismo castizo. Su táctica en esta batalla por el gobierno es la del general romano Fabio Cunctator, que desgastaba las fuerzas de Anibal con escaramuzas, pero evitaba el enfrentamiento directo en una batalla campal.
En el polo opuesto se encuentra Podemos, cuyos dirigentes tienen prisa. Iglesias, adiestrado en el Actor’s Studio es más dado al histrionismo, y parece un Astérix tras haber ingerido una dosis excesiva de poción mágica, lo que le impele a ensayar golpes de efecto con tal de tener la iniciativa. Más cautelosos se muestran en el PSOE y en Ciudadanos en sus tanteos, más libre Rivera que Pedro Sánchez, atenazado por sus barones y baronesas, pero tanto ellos, como los barones del PP, ensayan con suerte diversa los trucos y efectos del teatro japonés con las horrendas máscaras kabuki, para infundir miedo antes que confianza a sus posibles aliados. El argumento principal es la advertencia sobre los males que sobrevendrán si los posibles aliados no se avienen a lo que desean quienes se esconden detrás de las máscaras -No te juntes con ese o con el otro-, más que gestos amistosos, para lo cual hace falta acercarse y hablar, lo cual se toma como un demérito –“que me llame”, “si me llama, le atenderé”-, un paso que siempre debe dar otro.
En España, los dirigentes de los partidos políticos no discuten; se arrojan titulares de periódico o declaraciones, se critican a través de entrevistas y ruedas de prensa, pero no se enfrentan directamente sino que lo hacen a través de los medios de información (medios que parecen los fines), pues lo importante es aparecer en televisión, estar en primera plana, en las tertulias, antes que sentarse a hablar cara a cara las veces que hagan falta para atender los problemas del país, algunos muy urgentes

“Teatro, lo tuyo es puro teatro, falsedad bien ensayada, estudiado simulacro” -cantaba La Lupe con voz desgarrada- en uno de sus mejores boleros. “Fue tu mejor actuación destrozar mi corazón”, decía una de sus estrofas. Pues, eso.