sábado, 2 de enero de 2016

Prioridades de las izquierdas (2)

Good morning, Spain, que es different


Otra de las tareas urgentes y a la vez importantes que las izquierdas deberían plantearse es acabar con las patologías de nuestro régimen político y acometer una profunda renovación o regeneración democrática, abrir los estrechos cauces de participación ciudadana y corregir la fuerte tendencia oligárquica de nuestra cultura política. Para lo cual habría que reformar sin demora el núcleo del sistema de representación política formado por el Título III de la Constitución (De las Cortes Generales), la Ley Electoral, la Ley de Partidos, la Ley de Financiación de los Partidos Políticos, la Ley de Régimen Local y, claro está, los reglamentos de las cámaras. El objetivo sería reducir el predominio del poder Ejecutivo sobre el legislativo y el judicial para hacer efectiva la separación de poderes, mejorar el control del Ejecutivo, hacer de las Cortes unas cámaras más cercanas al sentir de la calle, del Congreso un verdadero foro de debate político y del Senado una cámara de representación territorial, así como mejorar la información y suprimir la propaganda (aunque eso es imposible, sería un alivio rebajar su intensidad) y dotar al país de los mecanismos de control, esta vez sí, realmente efectivos, que impidan o al menos dificulten la opacidad, la corrupción y el despilfarro de fondos públicos, que tanto han contribuido a provocar la situación que padecemos. Democracia quiere decir gobierno de los ciudadanos, no de una casta de profesionales que han convertido la opaca gestión de lo público en su forma de vivir y hacer fortuna.
Esta es la denuncia y la radical reclamación del espíritu resumido en tres de las consignas -Lo llaman democracia y no lo es; No nos representan; Democracia real, ya- del movimiento de los indignados, del 15-M y muchas de las “mareas” ciudadanas que han agitado el país, denuncia que algunos analistas han tildado de conservadora, cuando apunta al meollo del poder establecido, desvelando que, bajo la apariencia de un régimen representativo, pero carente de espíritu democrático, se oculta un sistema oligárquico y autoritario, aunque esta denuncia se haya formulado sin las frases altisonantes del léxico revolucionario.
La derecha ha percibido el potencial destructor de ese mensaje aparentemente moderado, porque puede acabar con la forma de ejercer el poder con pocos límites que hasta ahora le ha procurado grandes ventajas políticas y económicas.
Mientras los partidos políticos definen sus programas de cara a las elecciones, sería deseable que, al menos los que concurren como fuerzas sinceramente reformistas, suscitaran un profundo debate para recuperar el verdadero sentido de nociones esenciales en la gestión pública adulteradas por años de demagogia y manoseo, como son soberanía, solidaridad, igualdad, libertad, democracia, compromiso, lealtad, honestidad, responsabilidad, participación, representación. Y frente a una noción instrumental de la política, puesta al servicio de la peor versión del interés privado para hacer negocios con ventaja y sin riesgo -para forrarse-, que nos ha deparado una especie de cleptocracia, es fundamental recuperar la concepción de la política como gestión de los asuntos comunes, como servicio a la comunidad, y devolver a lo público y compartido la nobleza que merece, tras años de vilipendio desde el campo neoliberal y conservador defendiendo lo privado y excluyente, pues sin un ámbito público garantizado por el Estado no hay sociedad, buena sociedad, ni tampoco mercado, sino oligopolio, y el despiadado choque de intereses particulares con el abuso de los más fuertes; la jungla.
Sólo la política como pacto entre ciudadanos iguales en dignidad y derechos, como compromiso de los elegibles con los electores (no con otros agentes, por poderosos que fueren) orientado al bien común o, en su defecto, a satisfacer de modo primordial las necesidades de la mayoría, permite sustentar un Estado que se llame democrático y tenga como principal objetivo ofrecer las mayores cotas de libertad, de justicia y bienestar a sus ciudadanos, que es lo que afirma la Constitución, aún vigente aunque no lo parezca.
Cuando el discurso dominante invita a individuos y naciones a renunciar a la soberanía para entregarla sin control a interesados e irresponsables entes internacionales, suena utópico tratar de recuperarla y dotarse de un gobierno que trabaje para los ciudadanos, pero esa utópica intención ha promovido los cambios más hondos en la organización del poder en la Edad Moderna e impulsado los procesos de reclamación colectiva para dotar a los individuos de los derechos civiles que ahora están amenazados en Europa por el capital financiero, y en España, cada día más constreñidos por la derecha gobernante.
Esa reclamación de soberanía, de autonomía, de libertad, en suma, es esencial para mantener vigorosa la figura del ciudadano, pues, aunque se reforme el régimen político, el país no será más democrático si no hay ciudadanos formados e informados, exigentes, críticos y acreedores de quienes gobiernan en su nombre; ciudadanos conscientes cada día de su papel de soberanos y de sus derechos y compromisos como miembros de la mancomunidad de propietarios del país y dueños, por tanto, de su futuro. El país no es de las élites, a pesar de que ellas lo crean así, sino de sus ciudadanos.
La conjunción de estructuras poco democráticas, gobernanza despótica y debilidad de la ciudadanía explica que el Ejecutivo haya podido actuar como un bulldozer contra las condiciones de vida y trabajo de millones de personas y privatizar de manera alevosa miles de millones de euros de patrimonio público, pasando sobre la resistencia social, en el mejor de los casos, y en el peor, con la anuencia de quienes hallándose entre los perjudicados por tales decisiones siguen considerándose votantes del Partido Popular. Son personas que han renunciado a sus derechos como ciudadanos, si es que saben lo que es eso, y han aceptado mansamente el papel de súbditos, que muchos soportan ya como católicos respecto a la Curia, y de cómplices de los desmanes de esta derecha despiadada.
La historia de la vida política de los últimos cuarenta años muestra que, en España, sin el pertinaz esfuerzo de las izquierdas para fortalecer la figura del ciudadano, el régimen democrático degenera sin remedio.
Perdidos. España sin pulso y sin rumbo. Epílogo. La linterna sorda, 2015.


viernes, 1 de enero de 2016

¡Feliz Año (realmente) Nuevo!

Good morning, Spain, que es different

Y para que el año entrante sea verdaderamente nuevo, debe, o debería, dejar atrás muchas cosas obsoletas; es un sinsentido admitir un año nuevo lastrado por cosas viejas, y es peor todavía tratar de conservarlas, porque sería alargar el año ido, a pesar de haber cambiado la hoja del calendario.
Entrado el nuevo año llega el momento de poner en práctica los nuevos o no tan nuevos propósitos (¡esta vez sí que va en serio!). Cada uno en su casa puede acometer los cambios precisos para que las cosas viejas cedan su espacio a las nuevas, para acometer nuevos proyectos que reemplacen a los que han caducado, para renovar lo que mejor le venga en gana, pero siendo conscientes de que, por muchos cambios que hagamos en casa, incluyendo la más radical de las revoluciones domésticas, nuestras vidas seguirán estando determinadas en gran medida por decisiones tomadas lejos de nuestro alcance, de las que somos y seremos rehenes. Circunstancias esas que no suelen contemplar los libros de auto-ayuda, cuyo necesario complemento (o sus sustitutos) deberían serían los programas políticos de transformación social a través de la concertada y persistente acción colectiva.
Por eso, el mejor deseo para el año recién estrenado, el gran objetivo a perseguir es reducir nuestro grado de dependencia, de servidumbre respecto a decisiones que vienen impuestas, o dicho de otro modo, aumentar el grado de nuestra autonomía o, con una palabra más solemne, de libertad.
El gran sueño de muchos ciudadanos del siglo XXI sigue siendo el viejo programa de los rebeldes y amotinados de todas las épocas, que intentaron librarse de los poderes que les oprimían para tratar de gobernar sus vidas por miserables que fueran. Detrás de las reclamaciones de tierra o de derechos, de los motines del pan, del rechazo de tributos abusivos, del trato vejatorio o de los castigos arbitrarios, del trabajo extenuante y de los salarios de hambre estaba la pretensión de administrar el tiempo del que disponían, el tiempo que tenían concedido entre los vivos, en ese paréntesis, entre la nada y la nada, de apenas unos instantes en el tiempo cósmico, en que los humanos pueden soñar con dirigir su existencia y ser dueños de sus condiciones de vida y trabajo.
El mejor deseo para el Año Nuevo, el gran sueño, es equilibrar un poco la desnivelada balanza de la libertad, entre quienes disponen de mucha a costa de los que disponen de poca o de ninguna, que se corresponde con otra balanza, la de quienes todo o casi todo lo pueden y los que carecen de un poder semejante, porque poder y libertad suelen ir emparejados y están repartidos desigualmente.
Por eso, entre las cosas que deben quedar necesariamente atrás, como un cachivache, es la mala política, el uso abusivo de las instituciones y de los fondos públicos, efectuado por un gobierno que no ha dudado en recortar la libertad en todos los ámbitos posibles del hacer humano (político, laboral, artístico, cultural, intelectual), mutilando la Constitución a su antojo y manipulando la información pública.
Debe quedar atrás un Gobierno viejo y despótico y su programa añejo, aunque sea neoliberal, que no ha servido para lo que se aducía -reducir el déficit, reducir la deuda externa-, sino para aumentar las desigualdades sociales y para que millones de españoles vivan peor que hace dos décadas. Y ojalá, entre, con el nuevo año, la nueva política y con ella la sensatez, la generosidad y la capacidad para negociar y contemplar el interés general, en particular el e quienes necesitan socorro urgente en sus vidas, por encima de las carreras políticas individuales; es decir para que entre, no sé si por la puerta grande o por la pequeña, un gobierno de izquierdas. Y entonces sí que podremos aspirar, si no a tener un año más feliz, al menos no tan amargo como el pasado.


jueves, 31 de diciembre de 2015

Elecciones 27-S

Por tanto, sólo al 47,8% de los votantes se les puede considerar catalanes. El resto viven aquí." Ahí está el quid: son transeúntes aunque hayan nacido en Cataluña, vivan, trabajen, consuman y paguen impuestos en Cataluña (que, por cierto, algunos son más altos que en Madrid, por obra y gracia de la Generalitat).

Respuestas a Maria Lluisa Paytubí.

Sí, los catalanes votaron el 27-S, eso no tiene vuelta de hoja. Pero una cosa es lo que votaron los catalanes y otra lo que el sistema electoral hizo con su voto. Y ahí actuó la "cocina", porque este sistema tiene molta cuina. Juntspel Sí con el 39,59% de los votos, obtuvo el 45,93% de los escaños (62), mientras que en los que recibieron menos votos la relación entre votos y escaños es más aproximada: CSQP obtuvo el 8,94% de votos y el 8,15% de escaños (11), el PP tuvo el 8,49% de votos y el 8,15% de escaños (11), la CUP tuvo el 8,21% de los votos y el 7,41% de los escaños (10). Tampoco la representación provincial es proporcional al número de votantes: En Lérida, 314.000 votantes debían elegir 15 diputados, en Gerona, 511.000 votantes debían elegir 17 diputados, en Tarragona, 562.000 votantes debían elegir 18 diputados, y en Barcelona, 4.124.000 votantes debían elegir 85 diputados, que completan los 135 escaños del Parlament. Mientras cada diputado por Lérida representa a 21.000 ciudadanos, cada diputado por Barcelona representa a 485.000.

El sistema es igual de malo para todos, pero prima el voto rural sobre el voto urbano. Y ¿donde está el semillero del voto nacionalista?

 No se trata de comparar la vida en el campo con la de la ciudad, sino de dar a todos los ciudadanos la misma representación política, vivan donde vivan, hagan lo que hagan y trabajen en lo que trabajen. El derecho al voto debe igualar a todos los ciudadanos, con independencia de su profesión, ocupación, estado, sexo, religión, etnia o cualesquiera otras circunstancias de su vida.

No digo eso, lo que digo, y uso tu ejemplo, es que el voto de cada uno de los 500 ciudadanos valga tanto en representación como el de cada uno de los 2.900.000. Un ciudadano, un voto, y ya sé que no existe ningún modelo que sea estrictamente proporcional, porque las elecciones deben cumplir el objetivo de designar a los representantes de los ciudadanos pero, al mismo tiempo, deben dar lugar a gobiernos estables. Pero una cosa son ciertas correcciones en la proporcionalidad y otra un sistema con las enormes diferencias que he indicado al principio.

miércoles, 30 de diciembre de 2015

El problema es España

"El problema no es Catalunya, el problema es España. Ramón Cotarelo tituló un libro suyo "España, de la nación posible al Estado fallido". Le dije que se equivocaba, que debería haber titulado "España, de la nación fallida al Estado posible". Joaquim Pisa.


Lo fallido es el Estado, no la nación, que en los países modernos, industrializados, medianamente secularizados y democráticos, se ha formalizado desde el Estado representativo y los derechos civiles. En España no hemos podido terminar el tránsito desde la monarquía católica y absolutista al Estado no confesional y democrático, ni hemos llegado a la fase adulta del ciudadano, aparecido en 1812, por el continuo renacimiento del súbdito, provinciano y clerical, alentado por pronunciamientos militares, golpes de estado y cuatro guerras civiles, además de la guerra de la Independencia, que, también lo fue.



¿Podrá Podemos?

Good morning, Spain, que es different
Debilidades de la izquierda (3). Podemos

Es difícil hablar con acierto de Podemos, porque su naturaleza todavía es un enigma. Tiene su origen remoto en una espontánea movilización social devenida luego en efímero movimiento, del que surgen los círculos que inicialmente lo alimentan, aunque la estructura definitiva está por definir. Es una organización plenamente mimetizada con el cambiante escenario político español y europeo, pues, por una parte, está en proceso de formación, que parece condicionado por su aparición en la etapa de transición en que vivimos, y por otro, se adapta con facilidad a la inestable coyuntura política de nuestro país. Tanto por su ambiguo ideario y sus objetivos, como por su estructura organizativa y la forma en que ha crecido, que más que un partido es una alianza de alianzas locales, es un ente sincrético y proteico.
No se ajusta al patrón de los partidos de la izquierda radical de los años setenta, -cuadros dirigentes, línea política y sólida organización-; definido por principios teóricos, estrategia, táctica y línea de masas, pues, con eso y con voluntad, confianza en el triunfo y espíritu militante, las izquierdas se lanzaban a conquistar el mundo para los desheredados.
Podemos es distinto, porque se aparta de la vanguardia autoproclamada movida para el paradigma de la redención, que tiene como fin explícito la liberación de las masas asalariadas, transformadas en sujeto revolucionario -el proletariado- a través de la actividad política, sino que surge también como vanguardia autoproclamada -la Operación Coleta- pero de una movilización social existente, en concreto de las acampadas del 15-M-2011, que ha convertido en su mito fundacional. 
Sin embargo, a pesar de considerarse el partido de los indignados no existe un mandato ni una relación directa entre las asambleas de los movilizados en mayo de 2011 y su aparición como partido en enero de 2014 para contender en las elecciones europeas de mayo, sino la acertada percepción del estado de ánimo de la ciudadanía, que no parecía inquietar ni al PSOE ni al PP.
Podemos supo captar las causas de la indignación de la gente que se movilizaba contra las medidas de austeridad, primero, de Zapatero, y luego de Rajoy, y hablar con lenguaje llano de los problemas que preocupaban a los ciudadanos: los recortes, el deterioro de lo público, la depreciación salarial, el paro, el saneamiento de la banca, el rescate financiero, la corrupción, la crisis de las instituciones y del régimen bipartidista, que, por interés del PP y despiste del PSOE, no figuraban en la agenda de los dos grandes partidos.
Desechó el eje izquierda y derecha, que oponía categorías políticas obsoletas, y se situó en el eje arriba y abajo, que expresa el conflicto entre el pueblo y la casta; reusó definirse como un partido de clase para ubicarse como partido de la gente y moderó un lenguaje inicialmente radical para irse aproximando a las inquietudes de las nuevas generaciones de clases medias urbanas, progresistas, instruidas y expertas en el uso de las tecnologías de la comunicación, que, en una coyuntura muy favorable para preocuparse por los problemas comunes, han hallado en Podemos el vehículo idóneo para acercarse a la política.
No obstante, la novedad de su estructura, que desde el asambleísmo callejero tiende al centralismo y a la personalización para llegar a las instituciones, y la ambigüedad de su programa no han evitado que Podemos sea percibido por los electores como un partido de la izquierda.
La aparente novedad que significa la irrupción de Podemos en el mortecino panorama político español conformado por los dos grandes partidos, encierra algunas paradojas que lo hacen heredero de la tradición de la izquierda española de dejarse seducir por modelos exóticos.
Podemos es un partido definido por una consigna norteamericana (Yes, we can, de la campaña de Barack Obama), pero inspirado por el populismo suramericano teorizado por Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, aunque en su gestación sigue el modelo italiano de Berlusconi, de pasar del ámbito de la comunicación a la política. Tras los debates en el campo académico, fue el plató de televisión de la emisora vallecana Tele K donde se fogueó el presentador agitador (como Hugo Chávez) en el programa “La Tuerka”, luego se fundó el partido adaptado como un guante, aunque con resistencias, a la función concedida a la comunicación audiovisual y al papel del líder mediático que establece su relación con las masas a través de las ondas y las redes de internet. Así, el partido de la gente deviene en partido de la audiencia, lo cual no parece un efecto perverso sino un paso necesario de quienes, movidos por la prisa de llegar pronto al gobierno -salimos a ganar-, quieren clausurar su origen callejero para ofrecerse como un partido de las instituciones.
Los dirigentes de Podemos reclaman su legitimidad de origen en la calle, fuera y en contra de las instituciones, que sitúan en el movimiento del 15-M, del que se consideran incuestionables herederos, pero, desde su aparición como partido, las movilizaciones sociales de protesta han decrecido de forma alarmante y los círculos languidecen, por lo que, en aras de lo anterior, quizá hayan sido también sus enterradores.
A Podemos le cabe el mérito de haber alterado profundamente el escenario político del país y quebrado, aunque no del todo, el anquilosado modelo presidencial y bipartidista surgido de la Transición. Ha obtenido un buen resultado electoral, teniendo en cuenta que es un partido recién formado, pero no ha logrado superar al PSOE y acometer, bajo su dirección, un cambio de época, una segunda transición. Pero tampoco parece un aliado aconsejable en un posible gobierno de coalición por las prioridades establecidas, en principio, de cara a una posible negociación con otras fuerzas políticas -reforma de la Constitución, plan de emergencia social y, sobre todo, el referéndum catalán- y por la inconsistencia de su naturaleza, una suma de alianzas sometida a tensiones casi constantes. 

domingo, 27 de diciembre de 2015

Nación catalana

Creo que era Carl Schimitt, quien decía que cada nación se define como quiere, lo cual es aplicable a los nacionalistas catalanes, pero además hay que comprobar la veracidad de la definición comparándola con los hechos que toma como referencia. Y la afirmación de la existencia de la nación catalana no resiste la prueba de los hechos. Como herencia del romanticismo, propone como modelo un sujeto imaginario, que pudo existir hasta finales del siglo XIX y principios del XX, que es precisamente cuando empieza la modernización, la migración interior,  la industrialización, el mercado interior nacional, el desarrollo de la vida urbana a expensas del campo, se configuran las modernas clases sociales y la lucha de clases, se consolidan nuevas formas políticas que tienen poco que ver con los privilegios forales y las regiones van perdiendo sus rasgos peculiares a causa de la movilidad interior. 

Según la noción de nación basada en la cultura, esta tendría que hacer distinguibles a los catalanes de las gentes de otras "naciones" de España. ¿Cómo? Pues yendo vestidos de catalanes: con alpargatas y barretina, llevando zurrón en vez de cartera, comiendo como catalanes: escudella, judías con butifarra, escalivada y peus de porc, yendo en carro o en burro (del Ampurdán) a trabajar, asistiendo a misa todos los domingos y fiestas de guardar y bailando la sardana en cuanto sonara un cobla.

 "Por tanto, sólo al 47,8% de los votantes se les puede considerar catalanes. El resto viven aquí." Ahí está el quid: son transeúntes aunque hayan nacido en Cataluña y vivan, trabajen, consuman y paguen impuestos en Cataluña (que, por cierto, algunos son más altos que en Madrid, por obra y gracia de la Generalitat).

El nacionalismo es un doctrina para gente con escasa cultura política, gran ignorancia histórica y ávida de explicaciones simples y soluciones fáciles, porque resume de un modo sencillo -ellos y nosotros- la complejidad de las sociedades actuales, destacando una forma de igualdad que oculta profundas diferencias dentro de la presunta nación. Es una doctrina que destaca las pequeñas diferencias respecto a los otros (ellos, los no nación o antinación), pero oculta las grandes diferencias dentro de nosotros, de los que formamos la nación.

 Ojo con los ejemplos, que los casos de Escocia y Cataluña son distintos. a) Escocia fue un reino independiente hasta 1707, en que se unió a Inglaterra y Gales para fundar la Gran Bretaña. b) El referéndum fue pactado con gobierno de Cameron. c) Los separatistas escoceses quisieron mantener tres cosas comunes con el Reino Unido: la reina, la libra y la BBC.

La suerte de Artur Mas

Good morning, Spain, que es different

Hoy, a tres meses de haberse celebrado las elecciones autonómicas catalanas del 27 de septiembre, en la segunda (y parece que definitiva) asamblea de la CUP, se decide el futuro de Artur Mas como presidente de la Generalitat, que será, según los nacionalistas, la que alumbre el nuevo país independiente mediante la oportuna "desconexión" de España.  
Que tal decisión sea ajena al Parlament y dependa de la CUP, que representa al 8% de los votantes de septiembre, que asumirá la decisión de las 3.577 personas convocadas a la asamblea, y cuyo voto va a tener, al final, un peso superior al voto de los ciudadanos expresado en las elecciones, es otro paso en el esperpento en que se ha convertido la política en Cataluña, que, en la última fase del llamado “procés”, viene precedida por reuniones multitudinarias cada 11 de septiembre, que no van seguidas por los resultados electorales esperados. Da la impresión de que a muchos catalanes les parece que seguir a Mas una vez al año no hace daño, pero que puede ser lesivo seguirle durante más tiempo.  
Así, la Diada multitudinaria de septiembre de 2012 no tuvo continuación en las  elecciones anticipadas de noviembre de 2012, en las que CiU, con 50 escaños, perdió 12. El intento de convocar un referéndum sobre el futuro político de Cataluña, suspendido de forma cautelar por el Tribunal Constitucional, fue sustituido por una peculiar (e ilegal) consulta alternativa celebrada el 9 de noviembre de 2014, con resultados poco favorables para los nacionalistas. Pero esa circunstancia no arredró a Mas ni a los nacionalistas, que siguieron adelante con el “procés”, como si nada hubiera ocurrido.
Tras la Diada multitudinaria de 2015, Artur Mas, luego de romper con sus socios de UDC, concurrió a las elecciones autonómicas del 27 de septiembre emboscado en el cuarto puesto de la lista de “Junts pel Sí” (CDC, ERC e independientes), encabezada por Raúl Romeva (ex ICV). Las elecciones, que debían ser plebiscitarias, la “consulta definitiva”, según Mas, tampoco dieron el resultado apetecido, pues los partidos independentistas sólo alcanzaron el 48% de los votos, frente al 52% de los unionistas o constitucionalistas, aunque, como efecto de la ley electoral, que penaliza el voto urbano, obtuvieron 72 escaños (62 Junts pel Si y 10 la CUP) de 135 (25 C’s, 16 PSC, 11 CSQP y 11 PP).
El revés no amilanó a Mas, que afirmó que no había vuelta atrás, ni a ERC ni a la CUP, que sintiéndose respaldados por lo que llamaron una “demanda social mayoritaria” decidieron tirar por la calle de en medio, descartaron la celebración de un referéndum y optaron por una declaración unilateral de independencia.
El 9 de noviembre, el Parlament aprobó por 72 votos frente a 63 una resolución que proclamó el comienzo de un proceso hacia la independencia de Cataluña e instó al Gobierno de la Generalitat (que aún no existía) a cumplir sólo las leyes emanadas de la cámara autonómica y a desobedecer a las instituciones españoles. Pretendido desafío que pronto se comprobó que era otro farol los soberanistas, pues los promotores, ante la anulación de la resolución por el Tribunal Constitucional, afirmaron que sólo se trataba de algo así como de una declaración retórica que expresaba un deseo más que un mandato.
Tampoco ha habido mayor acto de valentía por parte de Mas y del Govern respecto a las consecuencias penales que se derivan de la convocatoria de la consulta del 9 de Noviembre, cuya responsabilidad han descargado sobre los 30.000 voluntarios que la llevaron a efecto.  
Hoy se decide la suerte de Mas en una asamblea de anticapitalistas, que habrá de valorar si las rebajas que ofrece Junts pel Sí, tanto en lo que se refiere a las competencias del President, sensiblemente mermadas ante los poderes de los vicepresidentes, como a las ofertas de reforma en el campo social, merecen el apoyo a la investidura de Artur Mas, convertida en el mayor escollo para formar gobierno.

El President en funciones podría haber utilizado el mal resultado recibido por su nuevo partido Democracia i Llibertat en las elecciones generales del pasado día 20 de diciembre como pretexto para presentar la dimisión y despejar el camino para formar gobierno, pero no lo ha hecho; prefiere depender de que sus más encarnizados adversarios políticos estimen suficientes las contraprestaciones para nombrarle President. Pero, como opinan quienes dentro de la CUP se oponen a su investidura, el acuerdo es difícil de llevar a la práctica por la  situación financiera de la Generalitat y porque, depende, también, de decisiones que se tomen fuera de Cataluña.