martes, 8 de marzo de 2022

Defender a Ucrania (1)

 ¿David amenaza a Goliat?

La decisión del presidente Putin de invadir militarmente Ucrania es un hecho extraordinario, que ha desplazado la atención mundial de otros conflictos, pues Rusia es el estado -o la dictadura- más grande del planeta y la segunda potencia en capacidad militar convencional y nuclear.

Dado el trato amistoso que recibe de políticos populistas de derecha y extrema derecha, el motivo aducido por el nuevo zar para justificar la ocupación de Ucrania no deja de ser pintoresco: evitar el genocidio de la población rusófona, decretado por un gobierno de nazis y drogadictos.

La unilateral resolución de Putin ha obligado a definirse a los gobiernos y los partidos políticos de los demás países, a responsables económicos y sociales y a ciudadanos en general. Y también a los partidos políticos que se consideran de izquierda, algunos de los cuales, al menos en España, han dado muestras de incomodidad al tener que explicar su posición.

No es fácil emitir un dictamen ante el hecho consumado de asistir a la invasión de un país por tropas de su vecino, en una región de Europa que es una encrucijada de etnias, religiones y culturas y escenario de viejos y recientes conflictos, agitado además por las tensiones de un proceso de reordenación del mundo, que no tiene visos de acabar a corto plazo.

El orden bipolar de la guerra fría, acordado, sobre todo, entre dos grandes actores -Estados Unidos y la URSS- se está deshaciendo desde hace años, pero no se atisba un nuevo orden que lo reemplace, más cuando han surgido nuevos y poderosos actores, que pugnan por hallar una situación ventajosa en el futuro orden, donde, desde el punto de vista político, se enfrentan regímenes formalmente democráticos con regímenes populistas o claramente dictatoriales, y el de Putin es uno de ellos o, mejor dicho, el caudillo de todos ellos.

En este contexto, en que caben análisis muy distintos de la realidad y en el que prevalece la tensión bipolar de la guerra fría -Estados Unidos/Rusia-, que suele ser dominante en la izquierda, no es fácil determinar cuál es la cuestión más importante y la que requiere, en consonancia, la adopción de medidas más urgentes. Sin embargo, hay hechos -no opiniones ni intenciones- que pueden ayudar a situarse.

Ucrania no es una amenaza para Rusia; David no amenaza a Goliat. Ucrania no pertenece a una alianza militar occidental como la OTAN ni a la Unión Europea, aunque mantiene con ella intercambios comerciales. Rusia pertenece a la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva, una alianza militar con Armenia, Bielorrusia, Kazajistán, Kirguistán y Tayikistán, que reemplaza al extinto Pacto de Varsovia.

Ucrania no ha ocupado zonas de Rusia, sino al revés; desde 2014 Rusia ha ocupado Crimea, Lugansk y Donets, ya convertidas en repúblicas populares, y antes ejerció su influencia en Ucrania a través del gobierno de Yanukovich, obligado a dimitir tras los sucesos de Maidán, en 2013, después de tres meses de movilización social que tuvo como coste 125 muertos, 65 desparecidos, más de 1.200 heridos y cientos de detenidos.  

El gobierno de Ucrania no ha ido acumulando tropas en la frontera con Rusia con intención de ocupar el país después. El ejército de Ucrania no ha entrado en Rusia, destruyendo lo que encuentra a su paso, y provocando la huida de miles de personas en dirección a la Unión Europea, ni ha amenazado a países como Suecia y Finlandia, ni al resto del mundo con el hipotético recurso a las armas nucleares.

En consecuencia, lo que parece razonable es apoyar políticamente a Ucrania, el país agredido, y enviar toda la ayuda humanitaria posible para atender a los desplazados y a la población civil residente, y, además de las medidas de tipo financiero, económico, comercial, deportivo o cultural contra Rusia, hacer llegar ayuda militar para reforzar la defensa nacional y tratar de impedir, o al menos dificultar, el avance de las tropas rusas y la consiguiente destrucción del país. Como deber solidario y como táctica política, lo inmediato es ayudar a David a defenderse del ataque de Goliat.

 José M. Roca, 3/3/2022

Publicado en El Obrero y Trasversales

miércoles, 2 de marzo de 2022

Relevo en el PP

Un error de cálculo llevó a Pablo Casado a enfrentarse a Isabel Ayuso, tratando de acabar con su competencia al destapar el turbio asunto de los contratos de su hermano con la CAM, aunque sin querer llevar la presión hasta el final.

Creyó que con un amago bastaría y se equivocó. La presidenta de la CAM reaccionó como suele hacer, primero, atacando, porque Ayuso ataca siempre que habla, pues es incapaz de decir lo que hace o quiere hacer sin criticar a alguien, preferentemente a Pedro Sánchez. Después, fingiéndose víctima de una persecución hacia ella y su familia –“Me han robado la presunción de inocencia”-, logró movilizar a sus bases y obtener el apoyo de los barones del Partido. Entonces Casado se dio cuenta de que, salvo tres leales, estaba solo, y tiró la toalla.

El miércoles 23 de febrero, en la sesión de control al Gobierno, Casado se despidió con un discurso breve y medido, que no logró hacer olvidar lo dicho desde el mismo escaño durante dos años, pero se le puede perdonar por la importancia del momento. Quien tenga memoria recordará que Casado no se ha distinguido por entender “la política desde la defensa de los más nobles principios y valores”, ni tampoco “desde el respeto a los adversarios y la entrega a los compañeros”, como afirmó en su intervención, pero se admite la invocación a esos teórico principios, al menos como gesto de cortesía, con quien se despide empujado por aquellos hasta hace escasamente una semana le consideraban su máximo dirigente.

Por su parte, Sánchez le deseó lo mejor en el terreno personal, pero le recordó lo que ha sido la labor de la oposición y aseguró que no convocará elecciones anticipadas para no aprovechar la debilidad del contrario. Un gesto.

Acabada la breve alocución, con que cerraba su breve etapa como presidente del PP, Casado recibió el aplauso de quienes le habían abandonado unas horas antes, para apostar por un presunto ganador aún sin confirmar, porque lo que estaba claro era que no le querían a él. Todo fue bastante patético, incluso miserable, en la bancada de la oposición.

La defenestración de Casado coincide con la renuncia de otros dos jóvenes, que llegaron a la actividad política para arreglar las cosas con mucha prisa en el cuerpo, pero ideas confusas en la cabeza. Rivera, Iglesias y ahora Casado son fracasados dirigentes que venían a remozar la clase política, pero han abandonado pronto tal empeño; son tigres de papel, que dirían los maoístas de antes.

Concluido el episodio, la crisis en el PP se ha resuelto de modo lampedusiano con el acuerdo general de cerrar la brecha y buscar a toda prisa un nuevo presidente, que se pretende sea Feijoo, al quien no se le han ahorrado loas y parabienes, con tal de que acepte lo que ya parece un designio popular.  

Hoy, reunida la Junta Directiva Nacional, Casado ha dejado formalmente la presidencia del PP, que se encamina hacia un congreso en el que se espera que el presidente gallego salga elegido con facilidad.

Feijoo, un cacique en tierra de caciques (recuerden a Baltar en Orense, a Cacharro en Lugo y a Rajoy en Pontevedra), tiene el mérito de haber logrado cuatro victorias electorales en Galicia, aunque está por probar su influencia en el resto del país, que es distinto, y tiene en contra una trayectoria no exenta de irregularidades y unas amistades bastante peligrosas, aunque ninguna de esas circunstancias ha sido hasta ahora un serio obstáculo para los votantes del PP.

Dada la prisa por cerrar la crisis con un nuevo presidente del Partido, cabe preguntar si habrá unas elecciones primarias, en las que varios candidatos se midan por sus méritos, o si la coyuntura exige una unanimidad a la coreana en torno a un líder indiscutido. Se atisba, pues, la llegada de un nuevo dirigente por aclamación, para cerrar la crisis y que todo siga igual mediante un pacto de vasallaje suscrito por una temporada. En tanto dure, todo el poder a Feijoo.

Pacto que durará hasta que Ayuso, una vez haya arreglado las cosas para salir indemne del asunto de su hermano, decida que ya es hora de encabezar el partido a escala nacional y postularse como la primera mujer que puede llegar a la Moncloa.

Entonces, Feijoo estará perdido, la ciudadanía con menos posibles, también, y los ancianos se pondrán a temblar.

Publicado en El Obrero el 1 de marzo de 2022

Ucrania y Rusia, un apunte

 Comentario a un apunte de María José Peña sobre Ucrania y la historia de Rusia.

Estupenda crónica sobre la vida desgraciada y desgraciante de Iván IV, el Terrible, primer zar de Rusia, dotado de un carácter infernal y de un poder descomunal, pero constructor de un imperio, que ha ejercido una gran influencia en posteriores gobernantes rusos, en su día, en Stalin y hoy, en Putin, cuyo programa político es la reconstrucción del imperio zarista sin reparar en los medios. 

Respecto a la película de Eisenstein, "Iván el Terrible", tenía continuación en "La conjura de los boyardos", esa nobleza intrigante que has relatado tan bien. El papel principal creo que lo interpretaba Nikolai Cherkasov, que también interpretó a don Quijote en una producción posterior, que no sé si estaba dirigida por Eisenstein. 

Respecto a la Oprichnina, tiene toda la pinta de ser uno de los antecedentes de la Ojrana, la temible policía secreta zarista. Hay un libro interesante sobre este tema: "Ochrana. Memorias del último director de la policía rusa", editado por Espasa Calpe en 1930, pero creo que hay una edición reciente. Y está la versión contraria, la de Víctor Serge (Víctor Lev Kibalchich), "Lo que todo revolucionario debe saber sobre la represión", editado en Méjico, a finales de los sesenta, por el Fondo de Cultura Económica. 

La azarosa vida de Serge merece una lectura por sus vicisitudes, como revolucionario, primero, y perseguido por el estalinismo después. La policía secreta zarista desapareció, pero sus funciones las ejerció la político política del nuevo régimen, la Vecheka, la Cheka, la GPU, la NKVD y la KGB, de donde procede Putin. De modo que si se rasca un poco bajo la camiseta del musculoso jerarca, salen los despóticos modos del estalinismo y del imperio zarista  que se remontan a Iván IV, y más atrás, a la época del dominio de los mongoles.

sábado, 26 de febrero de 2022

Correlación de fuerzas en febrero 2022

En esta fecha, febrero 2022, la legislatura del Gobierno de coalición resulta legislativamente fructífera, pero también frustrante, si no se explica lo conseguido. El Gobierno procede con lentitud, con excesivo miramiento, cuidando las formas y con el deseo de no encabronar a la derecha, pero le falta pedagogía, explicación sobre lo que va haciendo. No intenta romper con hechos la hegemonía de la derecha en la opinión pública basada en mentiras e intenciones. El Gobierno no logra hacer visible entre amplios sectores de las clases subalternas ni siquiera lo que hace bien. Y eso es lo que hay que explicar: la correlación de fuerzas; la pugna permanente entre las fuerzas y recursos del capital y las menguadas fuerzas del trabajo, y el ímprobo trabajo que cuesta modificar esa correlación.

No conviene olvidar un rasgo importante de la política en España respecto al conflicto entre las fuerzas políticas que representan al capital y al trabajo.

La derecha, que es muy fuerte, persigue sus objetivos con tenacidad y sin atisbo de duda. Cuando encuentra una ocasión propicia -un gobierno con mayoría absoluta o una izquierda en estado débil-, destruye, con prisa y a conciencia, lo obtenido en favor de las clases subalternas, con un odio de clase que no busca sólo recuperar lo perdido o lo que considera injustamente arrebatado a las clases propietarias, sino destruir las fuerzas de la izquierda -un enemigo, más que un adversario-, para impedir que vuelva a corregir, en favor de los más débiles, el injusto y secular reparto de la riqueza del país.

Lo contrario sucede cuando la izquierda recompone sus fuerzas y halla una coyuntura favorable, o con apoyos condicionados, como ahora, y trata de volver a la situación anterior para recuperar lo perdido. Debe hacerlo espacio, reconstruye con cautela, pero realmente no recupera todo lo perdido, porque la posibilidad de recibir indemnizaciones correspondientes a lo perdido y por lo que se podría llamar “lucro cesante” en la etapa de deterioro no se contempla. La izquierda se ve obligada a hacer borrón y cuenta nueva, y volver a empezar, de cero o casi desde cero, como la leyenda de Sísifo. Esta es la moraleja del conflicto entre el capital y el trabajo desde hace siglo y medio en este país.    

 

viernes, 18 de febrero de 2022

Casado quiere ser presidente

Al concluir la campaña electoral en Castilla-León, las encuestas matizan el inicial apoyo al Partido Popular. No indican que vaya a perder las elecciones, pero es posible que no gane por goleada, que es lo que pretendía. Por lo menos, lo que Casado pretendía, porque lo necesita.

Casado quiere ser presidente; es un botarate, pero quiere ser presidente. Es joven, sueña y tiene aspiraciones, pero no tiene madera; no da la talla como dirigente, imita a los jefes, pero lo hace mal; no percibe el momento político, porque es dogmático y va a piñón fijo -no, no, no; bronca, bronca, bronca-, tiene desconcertado a un sector del PP con tantos noes, escoge mal a sus aliados y maltrata al que más necesita; se acerca a Vox y luego huye, pero le imita, y anda de acá para allá como pollo sin cabeza. Y más importante todavía, carece de programa. Él cree que gritar a Sánchez y acusarle de tener amistadas poco fiables y hacer cosas que el PP ha hecho en otros momentos, le exime de tener programa. Y no es así; el programa es necesario, aunque sea tan falso como el de Rajoy, que llevado a la práctica resultó ser lo contrario de lo que había dicho antes. Ya se lo advirtió Aznar bien clarito -Llegar a la Moncloa, ¿para qué?-, pero Casado no se dio por aludido.

Y es que quiere ser presidente; cree que ya le toca, porque lleva mucho tiempo de meritorio.

Nota el aliento de Ayuso en la nuca y ve el crecimiento de Vox y eso aumenta la tensión y la prisa por llegar a la meta, pero para alcanzarla necesita los triunfos que no obtiene enfrentándose a Sánchez, que es un tipo frío y correoso, que, a pesar de la precariedad de su gobierno y la calculada deslealtad de sus socios, está logrando aprobar presupuestos y sacar adelante reformas que parecían imposibles y afrontando, al mismo tiempo, la pandemia del covid, para la cual, Casado ha carecido de estrategia en positivo, salvo tres propuestas aisladas, que, en el tiempo, han sido bajar los impuestos, declarar una jornada de luto nacional y proponer una ley de pandemias. Esta, más acertada, ya al final, esperando que, con una ley nacional, Sánchez logre hacer de Ayuso, lo que él no ha conseguido hasta ahora, pues la teme, pero la necesita.

Casado necesita triunfos, y Ayuso los tiene; tiene un triunfo electoral reciente y tiene caché en el PP y más a la derecha.

En esta situación, Casado prepara su estrategia imitando la de Madrid; se trata de adelantar las elecciones autonómicas y sorprender al adversario, y de paso al socio para librarse de él, y ganarlas, primero, en Castilla-León; luego convocar en Andalucía, y ganarlas, con eso y la victoria en Madrid, ganar las autonómicas de 2023 y, así, de triunfo en triunfo, llegar a la Moncloa. Es como un niño, que sigue los pasos del cuento de la lechera sin haber leído el final. 

¿Y qué hacer en la campaña electoral castellana? ¡Vaya pregunta! Pues lo que salga; lo mismo que ahora: criticar a Sánchez, orillar los problemas regionales y plantar cara al gobierno central, ya que no se trata de responder de lo hecho y atender necesidades de Castilla y León, donde el PP lleva décadas gobernando, sino salvar a España de un gobierno bolivariano y sacarla de la etapa más oscura de su historia. Los temas de debate, o sea, de bronca, los proporcionarán la torpeza y la maldad del propio Gobierno, o sus socios, o ETA y sus presos, o los indultos del “procés” o Maduro, pues todo vale contra Sánchez, que es la pieza a abatir desde cualquier rincón de España donde gobierne el PP, convertido en un fortín contra la Moncloa. Y así se ha hecho.

La campaña empezó con la encendida defensa de la calidad de la carne, de las granjas y macrogranjas, con una mentira sobre lo que no dijo el ministro de Consumo, que sirvió para no hablar de lo que había hecho Mañueco sobre el tema y acusar al Gobierno de cosas que ni había dicho ni tenía intención de hacer. Pero una vez tomado ese camino tan propicio a la confusión y a la demagogia, la campaña adoptó un aire bucólico y rural y devino en peregrinación de altos cargos del PP llegados como refuerzo -O viene Ayuso o perdemos- por granjas y criaderos, secaderos de jamones, prados, cebaderos y rediles, con escenarios propicios para posar en fotografías con animales domésticos -¡Mi reino por una vaca!-, con el riesgo de convertir el PP en un partido pastoril -¡A ver, niño, acércame esa oveja!-.

Como resultado de estos recorridos, los votantes se han enterado de que en Castilla surgió la Hispanidad, que es el acontecimiento humano más importante desde la romanización, de que Ciudadanos es el culpable del adelanto electoral, de que les amenaza algo peor que un gobierno Frankenstein, de que Zapatero no quiere viajar a Venezuela, por eso Casado se lo pide con vehemencia; de que ni la carne es mala, ni el azúcar es veneno, ni el vino es droga. Y de que se ha atacado la remolacha, y ahí Casado se pudo meter en un lío al mentar la remolacha en la tierra de Onésimo Redondo.   

Al final de la campaña, en la que han salido a colación los Reyes Católicos e incluso el conde Drácula (todo sea por halagar a la nobleza), el PP ha señalado a castellanos y leoneses los dilemas a los que deben dar respuesta en las urnas.

Uno es el de la guerra fría, planteado por Ayuso con la consigna “comunismo o libertad”. La presidenta de la Comunidad de Madrid tiene un repertorio corto, pero imperecedero. O la trampa balcánica, desvelada por Casado, que lleva a elegir entre un gobierno del PP o de los amigos de Bildu y Esquerra. O el dilema aún mayor de hacer frente a un futuro apocalíptico: un gobierno del PP o el caos.

Vale, pero mientras tanto, ¿qué hacemos con la remolacha?  

12 de febrero, 2022


Suspiros de Spain

 Dejo para otro día comentar la sesión parlamentaria del día 3, destinada a aprobar o no la nueva reforma laboral, porque el espectáculo, digno de aparecer en la pista central del famoso circo Barnum, donde actuaba el audaz trapecista y simpar mujeriego conocido como el Gran Sebastián, en una película de don Cecil B. De Mille, merece ser tratado con mejor humor y más detenimiento. Y vamos con los suspiros en aquella jornada de verdadero “suspense”, que diría el maestro Hitchcock.

Suspiró con alivio el Gobierno, tras el susto de la primera lectura de los datos, corregida por la inclusión del telemático voto positivo de un diputado del PP -un voto en conciencia, pues según Freud, el subconsciente no se engaña-, que corrigió en parte la defección de los diputados discrepantes de UPN, que dijeron votar en conciencia. Por un solo voto de diferencia -175 síes, 174 noes-la nueva reforma laboral quedó aprobada; un voto raspado, que se presta a varias lecturas y a una constatación preocupante, pero útil para el propósito perseguido. Suspiraron los diputados del PSOE, UP -con un diputado menos (el “rastas”)-, Ciudadanos, PDeCat, Más País, Compromís, PRC, Coalición Canaria, Nueva Canarias y Teruel Existe, que aprobaron la Ley.

También suspiraron los desleales socios del Gobierno -ERC, PNV, Bildu y BNG-, que reaccionaron como siempre, anteponiendo la identidad nacionalista a un problema social, y general, como es una reforma laboral que afecta a los trabajadores de toda España. De no haber sido aprobada la reforma, a ver con qué cara se presentaban “los negacionistas” en sus respectivas naciones, para explicar a sus votantes que, por el bien de la patria (chica), habían rechazado una reforma laboral que mejoraba su situación, y que, por tanto, seguían bajo las condiciones dictadas por el “gobierno del 155”.  

Un suspiro de alegría recorrió los escaños de quienes votaron que no a la reforma, que fueron los habituales -PP, Vox, UPN desmintiendo a su partido, y Foro Asturias- más el Mixto, Junts y los radicales señoritos de la CUP. Alegría que se tornó clamor de protesta cuando se conoció el disputado voto del señor Casero.  

Y, desde luego, quienes más y más hondo suspiraron fueron los asalariados del país, trabajadores y trabajadoras de cualquier región que, con esta reforma, que no es la mejor posible, verán mejoradas sus condiciones laborales e incluso las de sus vidas.

Otro día hablaremos de la vida política, de lo que sucede en el Congreso de manera habitual, de las dificultades entre los diputados no ya para entenderse, sino para escuchar y tratar de debatir con sensatez, en comparación con lo que trae detrás esta ley, que son largas jornadas de debate de miembros del Gobierno con delegados de la patronal y de los sindicatos, que, en definitiva, representan los dos pilares fundamentales de la economía, que son el capital y el trabajo. Y ellos sí paree que pueden discutir e incluso llegar a un acuerdo.

Dado el clima imperante en la cámara, de haberse intentado elaborar la ley en el Congreso, es dudoso que hubiera acabado el trámite. Hubiera quedado, como tantas otras reformas necesarias, arrumbada por la bronca.

Lo que hace falta es que la ley se aplique bien, con largueza, y pronto.  

La "ignoranta" imparte clases de historia

 Hace unos días, la presidenta (en funciones) de la Comunidad de Madrid, aprovechando la oportunidad que le brinda la campaña electoral en Castilla-León decidió instruir a los posibles electores con un poco de cultura.

Huyó del pecado de la carne y del azúcar y utilizó el camino abierto por Casado al hablar de los Reyes Católicos (mención inoportuna, pues se ignora si estaban a favor o en contra de las macrogranjas), para defender la monarquía frente a la república, porque ha ido muy bien -dijo- con la monarquía y las dos repúblicas que hemos tenido han acabado muy mal.

No sabemos por qué sacó a colación este tema en unas elecciones autonómicas, salvo para criticar al Gobierno y a sus socios, pero lo hizo. Y cada vez que Ayuso habla de la monarquía tiemblan en la Zarzuela, porque el tema es delicado.

Ayuso, claro está, no explicó quienes acabaron con ambas repúblicas, ni que fueron un remedio a dos defecciones de los monárquicos, ni falta que hacía, pues afirmó en su día que “Madrid, España y la monarquía son inseparables” como si fuera un hecho incontrovertible, con lo cual la ignorancia se tapa con un latiguillo y santas pascuas. Pero las cosas no son así; sucedieron de otro modo.

La Casa de Borbón llegó a España con un conflicto europeo, pues eso realmente fue la Guerra de Sucesión, aunque mal entendido por algunos catalanes.  

No es que los Austrias fueran mejores, pero agotada la dinastía, se asentaron los Borbones y, de todo hubo, desde reyes activos e ilustrados hasta necios y fementidos, atados por los pactos de familia a sus primos franceses e incapaces de ver lo que se dirimía en Europa a fines del siglo XVIII y principios del XIX.

Un gran agravio para un pueblo invadido por una potencia extranjera es que sus reyes emigren al país agresor, se pongan al amparo del soberano invasor y le cedan la corona, que este traspasa a su hermano. Divino gesto del corso.

Pero mayor agravio es que, acabada la guerra y expulsado el invasor, cuando el “rey deseado” (eso decían) regrese, en 1814, de su dorado exilio francés se apresure a abolir la legislación efectuada al amparo de la primera Constitución del país, y además entierre a la propia “Pepa” y encierre a quienes han defendido su trono. El intento de restaurar la Constitución sin abolir la monarquía en 1820, se salda, en 1823, con la entrada de los Cien Mil Hijos de San Luis para devolver al “deseado” el ansiado poder con pocas trabas, que no evita que se pierda la mayor parte del imperio americano (menos mal que aún no había nacido Pedro Sánchez, aunque sí Simón Bolívar).

Una década -ominosa- después, muere el infame y deja como heredera a una niña, y un hermano ambicioso, y aún más retrógrado, que quiere gobernar de modo absolutista y clerical. Y ahí tenemos el problema carlista, que provoca tres guerras civiles, y está anidado en los nacionalismos periféricos.

Sobre el reinado de Isabel II, casada con un…. bueno, un inútil, para lo que se esperaba de él, que era un heredero, Isabel Ayuso debería conocer algo de aquella corte y de aquella España, para explicarse la revolución del 68, el exilio de la reina, el breve reinado de Amadeo y la llegada, como remedio, de la I República, a la que se le pidieron demasiadas cosas en muy poco tiempo. Algunos de sus impacientes partidarios no ayudaron, ya lo dijo Engels, que no era de derechas precisamente, pero la verdad es que no tuvo ni siquiera tiempo de aprobar un proyecto de constitución federal, pues el federalismo exacerbado en la rebelión cantonal -¡Viva Cartagena!- la hirió de muerte. Esta vez no fueron tropas francesas las que pusieron “orden”, fue el general Pavía quien acabó con el primer ensayo republicano.

El pronunciamiento del general Martínez Campos -inmortalizado a caballo en el parque del Retiro frente a Florida Park-, en diciembre de 1875, en favor de restaurar la monarquía, trajo desde Inglaterra al joven Alfonso XII.

Con la llamada Restauración, que fue en realidad la segunda, se abría el largo período conservador, ideado por Cánovas, en que se perdieron los restos del imperio en América y Filipinas -el “98”-. Conviene recordar este asunto, porque a los muy patriotas se les suele olvidar quien gobernaba entonces.  

Le sucedió Alfonso XIII, el rey pornógrafo, en una etapa de gran inestabilidad social -lucha de clases, dicho a la brava- y de conflicto en África -guerra colonial mal dirigida, dicho también a la brava-. Un golpe militar, en 1923, sostuvo la monarquía, a la que sus partidarios abandonaron en 1931, y llegó la II República como efecto indirecto de unas elecciones municipales. La Casa Real abandonó el país y se abrió una etapa tensiones y precario equilibrio de fuerzas.

Cierto es que la República tuvo apoyos muy divididos y pocos incondicionales, y que, igual que a la primera, las clases subalternas le exigieron mucho en poco tiempo; que la crisis económica de 1929 llegó a España con cierto retraso, pero golpeó con fuerza a las clases económicamente más débiles y mermó la capacidad financiera del Gobierno para atenderlas. Y también es cierto que, mientras tanto, en Europa iban surgiendo gobiernos autoritarios, dictatoriales o directamente fascistas, y que, en España, un sector de la derecha vio en ellos una solución favorable a sus intereses.

En realidad, las derechas, tras el desconcierto provocado por la caída de la monarquía se dedicaron a reorganizar sus filas y a conspirar contra la República. Y cuando creyeron tener la fuerza suficiente, intentaron acabar con ella con un golpe militar. No lo lograron en 1932, con Sanjurjo, tampoco en 1936, que dio paso a la guerra civil, pero sí, con la victoria de Franco en 1939. Y ese es el origen de la III Restauración borbónica.

Franco no emitió un pronunciamiento militar al estilo del siglo XIX, pero lo que hizo fue algo así y además aplazado, pues propuso, para cuando él faltase, restaurar la monarquía en la figura del príncipe Juan Carlos, saltando el orden sucesorio, ya que el heredero era don Juan. O sea, que Franco no restauró el poder de la vieja dinastía borbónica, según los usos de la monarquía, sino una nueva versión, a partir del hecho excepcional de un golpe de Estado. El que medien 36 años entre un hecho y otro, no priva a la monarquía de ese origen espurio.   

Resumiendo: 1) Las dos Repúblicas, breves en comparación con largos períodos monárquicos que no estuvieron exentos de problemas, acabaron sus días, en parte por falta del apoyo de sus partidarios y fácticamente por intervención militar. 2) Que la monarquía borbónica ha sido restaurada varias veces teniendo detrás el apoyo militar, unas veces pacífico y otras violento. 3) Que la monarquía carece de la expresa legitimación popular, por mucha que sea la simpatía que despierte la Casa Real. Y este es un problema que se debieran plantear, sobre todo, los monárquicos, como defensores de la institución que consideran legítima y compatible con un régimen democrático.