sábado, 12 de octubre de 2019

Día del Pilar o día de las dos leyendas

No es que haya querido hacer algo especial en esta fecha tan dicotómica, en la que parte de la población celebra una historia de España tan falseada como la de la otra parte, que no la celebra sino que la padece. 
Son dos historias falsas, que expresan posiciones políticas enfrentadas: la leyenda blanca (o azul), que dibuja un país civilizador, evangelizador, generoso y sin mácula, y la leyenda negra, en la que nada hay destacable, salvo el culto a la muerte.
No me voy a extender en argumentos que ya he dado en los artículos "América y la España eterna" 1 y 2, publicados en la revista "El viejo topo" nºs 376 y 377, en mayo y junio de este año, pero sí aportar unos datos que matizan ese manido genocidio perpetrado por los españoles en América.
Y en el día de la Hispanidad, en vez de sumarme a alguno de los dos bandos, pues discrepo de lo que ambos afirman, me he acercado, con una de mis hijas, al Museo de América.
Después de entretenernos en la sala de la cartografía, pues sin tener en cuenta la geografía es difícil hablar del tema del descubrimiento -sí, descubrimiento- de América, no sólo por España, sino por Europa, por África y por Asía, nos hemos dirigido a la parte de la exposición dedicada a la población y de allí hemos sacado las fotografías, que adjunto, sobre la población en América Latina y América del Norte a principios del siglo XIX.
Espero que les gusten, pero sobre todo, no dejen de visitar el museo, que es el mejor antídoto contra la infección mental provocada por las falsas leyendas.




jueves, 10 de octubre de 2019

El prior


Un alcalde manda mucho, un ministro o ministra, todavía más, y mucho más el presidente del Gobierno. Pero a la luz de los hechos, hoy día quien más manda en España es un prior benedictino.
El prior benedictino de la abadía del Valle de los Caídos, aclárese, que, duro como la piedra berroqueña del colosal monumento, se empeña en impedir la exhumación de los restos de Franco para que reciban sepultura, también cristiana, en el panteón familiar, a pesar de la decisión del Congreso y del Tribunal Supremo en tal sentido. 
¿Y cuáles son los resortes que permiten al prior hacer un uso tan ostentoso del poder como para desafiar una decisión del Gobierno, un acuerdo del Congreso y una sentencia del Tribunal Supremo?
Él dice que tiene el mandato de custodiar ese cuerpo en ese lugar sagrado, sin que se sepa de dónde le viene orden tan suprema, a no ser que, como falangista en ejercicio, se sienta compelido a montar eterna guardia en la tumba del Generalísimo de los Ejércitos y Jefe indiscutido del partido único.   Además aduce que le asiste la Providencia Divina. Mientras tanto, ahí sigue, impasible el ademán y riéndose de las instituciones.
En realidad lo que le ampara son las garantías del Estado de derecho, que le permiten expresarse libremente y ejercer, si bien con abuso y poco acierto, su minúsculo poder sobre una limitada parcela, también el cuidado exquisito del Gobierno en ejecutar la decisión, ladinamente interrumpida con recursos y artimañas jurídicas impuestas por los herederos del dictador, por la subvencionada Fundación Franco, por las dilaciones de un juez que ignora en qué siglo vive y por las de este insensato o trasnochado prior, que fue falangista antes de ser fraile, y parece encarnar el ideal joseantoniano de ser mitad monje y mitad soldado, y en este caso mitad monje y mitad fascista, o ambas cosas al completo.
Le ampara también la Conferencia Episcopal que en casos menos graves ha intervenido con celeridad y contundencia, pero que, en este, en vez de atizarle una episcopal colleja y enviarle a hacer guardia sobre los luceros, está, en el fondo, de acuerdo con él, a pesar de su postura farisaica, pues el hecho brinda a la Iglesia una excelente ocasión para desgastar a un Gobierno de izquierda, por moderado que sea. Y finalmente le ampara el renovado Concordato, que hace las veces de Providencia Divina.
Ya que la celestial no ha podido ser hallada, la última instancia terrena que ampara jurídicamente la pertinaz conducta del fraile falangista son los Acuerdos con la Santa Sede, negociados secretamente por el gobierno de UCD mientras se discutía públicamente la Constitución y emergidos mágicamente, completos y firmados, el día 3 de enero de 1979, cinco días después de haber entrado en vigor la Carta Magna, en la cual no tienen cabida.
La Conferencia Episcopal debería indicar al relapso que se olvide del espíritu de cruzada que brotaba de la carta colectiva del episcopado español del 1 de julio de 1937, que aquel tiempo por fortuna ya pasó, y recomendarle que, como fraile, aplique con esmero la regla de San Benito: Ora et labora… et colabora.


miércoles, 2 de octubre de 2019

Lo hicimos y ganamos


Si hacemos caso a la versión de los nacionalistas, ayer, día uno de octubre, se celebró el segundo aniversario triunfal del triunfal referéndum de autodeterminación de la nueva, ma non nata, república catalana. Lo ratificaba una marcha, también triunfal, convocada bajo el lema “Lo hicimos y ganamos” (“Ho vam fer i vam guanyar”), que reunió en Barcelona a unas 20.000 personas (18.000 según la Guardia Urbana; 100.000 menos que el año pasado) para celebrar el fausto acontecimiento.
No son muchas personas, si es Barcelona la capital de la nueva república, aunque quizá la capital espiritual está en Waterloo y la capital ideológica deba buscarse en lo más profundo de Gerona, pero, como hubo manifestaciones similares en otras localidades, es de suponer que la nueva y menguante nación catalana se echó a la calle.
Eran pocos respecto al número de habitantes de Cataluña (7.565.000), pero eran la nación verdadera; la nación diversa -mujeres y hombres, jóvenes y viejos, adolescentes y niños, familias y amistades, ricos y pobres, capitalistas y obreros, empleados y parados, propietarios y proletarios, seglares y clérigos, católicos y no católicos, urbanos y rurales, de izquierda y de derecha-, pero animada por la misma voluntad y la misma, aunque decreciente, rebeldía.
Un texto, aprobado en el Parlament para los actos del día, que considera injusta cualquier sentencia del Tribunal Supremo que no absuelva a los procesados por “falsa sedición o rebelión”, suscrito por Junts per Catalunya, ERC y la CUP y apoyado por OMNIUM y la ANC, expresa el objetivo común de la diversidad política de la nación, un imaginario país en miniatura, que avanza, según el President Torra, sin excusas hacia la república catalana. Y avanza, añadamos, dirigida por Junts per Catalunya, enésima metamorfosis de CiU, el corrompido partido de la burguesía catalana nacionalista y católica, luego devenido independentista, escorado hacia la extrema derecha y con una preocupante deriva hacia el supremacismo de la raza, que lo acerca a la peor versión del fascismo.   
Cualquier otra sentencia, indica el texto pactado, sólo “se entenderá desde la lógica autoritaria” y la intención del Estado español (cuya cabeza visible en Cataluña es el President de la Generalitat, aunque esto no lo dice el texto) de “criminalizar el derecho de autodeterminación”, cuyo ejercicio “no es un delito, es un hecho”.
Pero, un hecho, un acto, sin un derecho que lo respalde, o contra un derecho que lo prohíba, puede ser un delito. Pero dejemos el derecho y vayamos a los hechos de ayer.
El discurso del nacionalismo catalán se mueve continuamente entre dos planos -el de la realidad y el de la ficción; entre lo que es y lo que pretende ser; entre los deseos y los derechos- y los mezcla, saltando de uno a otro, para confundir al oyente o para enunciar la confusión del hablante, pero lo que la gramática permite afirmar, la realidad lo puede desmentir.
Ayer, el President afirmó que la nación catalana avanza hacia la república independiente -un deseo-, pero los congregados en la calle celebraban un hecho victorioso -“Lo hicimos y ganamos”- que parecía desmentirlo. Sin embargo los hechos que triunfalmente se celebraban desmienten a unos y al otro: unas leyes que vulneraban el Estatut, aprobadas con trampas y sin tener mayoría suficiente, fueron la base de un referéndum declarado fuera de la ley por el Tribunal Constitucional, celebrado por la fuerza, sin censo, garantías, compromisarios, ni recuento de votos, y cuyo resultado no fue reconocido por ningún país. Ese es el balance de aquel día: la lectura correcta es: lo hicimos pero no ganamos. Y además nos costó caro.
Y el President reconoce el fracaso en cuanto tiene ocasión, cuando dice: “Lo volveremos a hacer”. Enuncia un deseo, otra cosa será el hecho y otra más, el derecho que le asista.


sábado, 21 de septiembre de 2019

Seguimos en bucle


No salimos del bucle o del círculo vicioso de la interinidad, pues, ante la imposibilidad de formar gobierno, ya tenemos elecciones legislativas a la vista.
Se veían venir, dados los resultados del 28 de abril y el tenso clima de opinión imperante entre los partidos políticos, cuyos dirigentes, encastillados en sus respectivas posiciones, han sido poco propensos al diálogo, al entendimiento y a la colaboración y, por qué no decirlo, a la lealtad y a la generosidad, que son actitudes imprescindibles en la actividad política aunque aquí estén desterradas.
En este fracaso las culpas están repartidas, pues nadie o casi nadie ha colocado el interés general del país por delante de sus expectativas como partido. Y resulta una disculpa pueril culpar a Pedro Sánchez del fracaso en formar gobierno, acusándole de no haberlo intentado con suficiente interés o de tener la secreta intención de precipitar, para algunos desde la fracasada investidura de julio y para otros desde el mes de abril, otras elecciones como objetivo prioritario, cuando lo cierto es que entre partidos que podrían haber facilitado el gobierno -PP, Cs, UP- nadie ha estado dispuesto a echar una mano para que empezase la legislatura, porque todos esperan mejorar sus resultados en unas elecciones convocadas casi de inmediato o después de un inestable y breve gobierno. Es más, a izquierda y derecha, en el centro y en la periferia, existía un consenso espurio para que no gobernara el PSOE.
Pero la responsabilidad del fracaso no se ciñe sólo a los partidos políticos y, en particular, a sus dirigentes, como se desprende de un discurso muy difundido, que afirma que, una vez que los ciudadanos han expresado su voluntad en las urnas, lo que deben hacer los partidos es recoger ese mandato y negociar para formar gobierno. Si el intento fracasa es porque los partidos no han sabido o no han querido negociar y, en consecuencia, porque no han entendido el mandato popular o lo han desatendido o traicionado, como si los mandatos salidos de las urnas fueran coincidentes, complementarios o tuvieran una única y razonable aplicación.
Tal conclusión es falsa, porque lo que se intenta decir es que los partidos no han querido un acuerdo que entre los votantes estaba manifiestamente claro. Lo cual presume que entre los votantes existe una disposición favorable al diálogo, que en la sociedad española no se percibe. 
Si los votantes apoyan a los partidos es porque asumen, y en buena parte refuerzan, el clima de opinión imperante y comparten lo que han hecho y dicho sus dirigentes, lo cual no va dirigido únicamente a los dirigentes de los otros partidos, sino también a sus votantes, porque serán ellos, con sus votos, los que harán difícil o imposible que triunfen las posiciones propias de cada partido, que son las que verdaderamente importan.
Lo que estamos viendo y padeciendo en España desde hace tiempo es que el principio fundamental de la política, tal y como ahora está concebida y aplicada, es obtener la aplastante victoria del partido favorito de cada cual y, por tanto, el correspondiente gobierno en solitario. Es decir, cada votante quiere que ganen los suyos por encima de cualquier otra consideración, y que los intereses generales del país se supediten que los intereses particulares de su partido o, incluso, a los intereses particulares de tal o cual dirigente.   
Por eso, no parece mala solución -y además no hay otra- volver preguntar a la ciudadanía para que conteste en las urnas, aunque a algunos les moleste y a otros no les venga bien.
Es la salida más justa para todas las fuerzas políticas, porque les ofrece la ocasión de recapacitar, ajustar sus programas, perfilar sus mensajes y, en suma, de rectificar, en la forma y en el contenido, para tratar de mejorar sus resultados. Pero no existe garantía de que lo vayan a hacer.
También, para que los votantes realicen el mismo ejercicio de introspección y acaso de rectificación de sus preferencias. De lo cual tampoco hay garantías.

18/9/2019


martes, 3 de septiembre de 2019

La playa


Volver de las vacaciones es, en mi caso, y a lo largo de casi toda mi vida, volver de la playa, de una playa. He tenido esa suerte, quizá inmerecida, pero el destino es caprichoso.
“La playa” era una canción de los años sesenta, de la francesa Marie Lafôret -pelo largo, voz melosa y ojos azules-; un slow-fox, una baladita lenta, muy apropiada para bailar en una verbena o en un guateque veraniego, cuando por la misma época sonaban “Sapore di sale, sapore di mare”, de Gino Paoli, “Legata a un granello si sabbia”, de Nico Fidenco, “Abbronzatissima, sotto i raggi di sole”, de Edoardo Vianello o “Cuando calienta el sol, aquí en la playa”, de los hermanos Rigual.
Canciones bailables, cantables y tarareables, tras las cuales se puede adivinar la destinataria de tales reflexiones o la musa que las inspiraba: una atractiva chica joven (de jóvenes todas lo son), en traje de baño o en bikini, tendida sobre la arena, recibiendo la caricia del sol mediterráneo, en el caso de las italianas, y del Caribe, en el otro, pues los Rigual brothers eran cubanos, o saliendo del agua, como Úrsula Andress, con un bikini blanco y una caracola en la mano, en la playa de la isla del maléfico Dr. No, en la primera aventura cinematográfica de James Bond.
Pero la más antigua alusión musical al mar y a la playa de la que guardo memoria es anterior. Y, aunque mi mente infantil no entendía lo que quería decir la relamida frase “bajo el palio sonrosado de la luz crepuscular”, sí me llegaba el mensaje del estribillo de Jorge Sepúlveda -“Mirando al mar soñeeeé”-, porque yo también miraba al mar, que era el Mediterráneo del Maresme, y como todos los niños, soñaba con las playas y los mares con que los tebeos, las novelas y, sobre todo, las películas encandilaban la imaginación infantil con las andanzas de audaces aventureros. 
Recuerdo piratas mal encarados que llegaban a islas de nombre exótico -Caimán, Tortuga, Trinidad, Jamaica, Martinica- buscando tesoros de capitanes difuntos y se entretenían, entre grandes risotadas, con mujeres alegres en las tabernas de puertos como Maracaibo, La Ceiba o Port Royal, donde, animados por excesivas libaciones de ron, hacían planes para abordar galeones españoles y procurarse un buen botín, que, años más tarde, supe que era nombre de banquero.
En una playa del Caribe, el pirata Ballow (Burt Lancaster) y su colega “Ojo” (Nick Cravat), como ya lo habían hecho en “El halcón y la flecha”, exhibían sus cualidades circenses para burlar a los guardias del gobernador (español), en una isla que preparaba una revolución. Algo así ocurría en ”Queimada”, pero el marmóreo Walker (Marlon Brando) no le llegaba a Ballow ni a la suela del zapato. Recuerdo, también, las playas de “La isla del tesoro” y, claro está, de la solitaria isla de Robinson Crusoe.
Buenas tardes de cine proporcionaban aventureros en los mares del sur, en el océano Índico y, sobre todo, en el Pacífico -“South Pacific”-, como el capitán O’Keefe (Burt Lancaster), arrojado por las olas a una playa, tras ser abandonado en un bote por la tripulación de su barco amotinada, antes de convertirse en “Su majestad de los mares del Sur”.
También Ulises (Kirk Douglas) era un náufrago, al principio de la película del mismo nombre, arrojado por el mar a la isla de los feacios, donde Nausicaa (Rossana Podestá) le hallaba desvanecido en la playa. La abandonaba por Silvana Mangano (Penélope). Yo no sé qué hubiera hecho de estar en su lugar.
Digna de mención es la secuencia en que el sargento Allison (Robert Mitchum), superviviente de un buque hundido por un ataque japonés, llega, con las botas colgando del cuello y un cuchillo en la mano, a la playa de una isla en apariencia abandonada. Luego comprueba que allí queda sor Ángela, una monja católica (Deborah Kerr) y que los japoneses volverán. Lo que sucedió entre el sargento y la monja, no se lo cuento, “Sólo Dios lo sabe”.
Guerra, playa y Pacífico son tres factores que unen “Arenas sangrientas”, “Guadalcanal” y “Playa roja”, entre otras muchas, con las más actuales “La delgada línea roja”, “Banderas de nuestros padres” y “Cartas de Iwo Jima”, y con la serie “The Pacific”.
También en el escenario de la guerra en Asia, hay una escena memorable en la orilla no del mar sino de un río -el río Kwai, en Birmania-, entre el británico coronel Nicholson (Alec Guiness) y el americano mayor Shears (William Holden), que cruza nadando el río dispuesto a matarle. ¿Usted? ¡Usted!, son las últimas palabras de ambos antes de morir.    
Hablando de playas no puede quedar al margen la de “Omaha”, en Normandía, cementerio de “marines” el día D, según se puede apreciar en “El día más largo” y, sobre todo, en la primera media hora de “Salvar al soldado Ryan”, que resultó ser un jovencísimo Matt Damon, antes de convertirse en un desmemoriado agente secreto en la trilogía del caso Bourne.  
No lejos de allí, tuvo lugar la operación inversa que precedió al desembarco en Normandía; fue el embarque en las playas de Dunkerque, en junio de 1940, de tropas inglesas y francesas, que huían de los soldados de la Wehrmacht. Episodio relatado con poco entusiasmo en la reciente “Dunkerque” y mucho mejor en “Fin de semana en Dunkerque”, centrada peripecias de Jean Paul Belmondo para salir de allí.
Hay otra película de guerra, de otra hipotética guerra, que lleva por título original “On the beach” (“En la playa”), estrenada en España como “La hora final”. Es una película de 1959, típica de los años de la guerra fría, que relata los últimos días de vida humana en el planeta a causa de la contaminación nuclear producida por una guerra atómica. Es, en cierto modo, un antecedente de la secuencia final de “El planeta de los simios”, que muestra la playa de Nueva York, con la estatua de la Libertad destruida sobre la arena (¡Malditos!).
Pero dejemos la guerra y el hipotético fin del mundo, volvamos a escenas más gratificantes y quédense con tres bonitos recuerdos.
El primero es el beso de Burt Lancaster y Deborah Kerr, en una playa de Pearl Harbor, justo donde rompen las olas. El triunfo del amor, por encima de galones militares y barreras sociales, un morreo de antología y la apología de un adulterio, que iba a durar poco tiempo, en “De aquí a la eternidad”.
El segundo es la llegada de una barca grande a una playa de Florida para ser transportada hasta el lago Okeechobee, con el fin de cruzarlo de noche, en una arriesgada operación militar (“un plan estúpido, improvisado por un borracho”). “Tambores lejanos” es una rara película del Oeste que empieza en una playa y acaba en otra, en un duelo singular entre el capitán Wyatt (Gary Cooper) y Oscala, el jefe de los indios semínolas.
El tercero, una aventura juvenil, tiene la playa como escenario de una carrera de niños y jóvenes montando una cebra, un burro, un avestruz, un elefante y un mono sobre un perro, ante los atónitos ojos de una partida de atolondrados piratas capitaneados por Sessue Hayakawa (el coronel Saito, en “El puente sobre el río Kwai”), que son valientemente rechazados por una familia de “Robinsones de los mares del sur”, comandada por John Mills y Dorothy McGuire.
¡Ah! Las playas; el mar, el sol… y las chicas. ¡Y qué lejos la juventud!

miércoles, 10 de julio de 2019

Le quatorze Juillet


El otro día, a propósito de 4 de Julio (made in USA), una amiga -de FB y de la “realité”- me tiraba un tejo a propósito del 14 de Julio, la fiesta nacional francesa. Y no es para menos, porque de los fastos de Francia sacó Trump la malhadada idea de montar un numerito bélico y partidista el día 4, seguramente aconsejado por su family o por el “think tank” conservador de guardia, que resultó ser más partidario del “tank” que del “think”.
Y es que, en cuanto a “grandeur”, les enfants de la patrie son inimitables y lo hacen con naturalité, porque son así de chulos, pero lo cierto es que, política y culturalmente, Francia también ha ejercido mucha influencia sobre España, al menos sobre una parte de loso españoles (dejemos aparte los borbónicos pactos de familia), pero no tanta como hubiera sido deseable -¡Ah, la Ilustración!, tan parca en estos pagos-, y ahora, además, en declive ante el aluvión cultural anglosajón, cuando ya es demasiado tarde para ser afrancesado.
En el campo del pensamiento político, histórico y sociológico, baste recordar a Rousseau, a Montesquieu, a Tocqueville; a Chatelet, a Pirenne, a Ariés y Duby; en otro sentido a Mounier, Sartre, Simone de Beauvoir, Aron y Camus; a los estructuralistas, más bien marxistas de cátedra, en boga en los años sesenta -Althusser, Poulantzas, Balibar-, Foucault, a Lefort y Castoriadis; a Bourdieu, Elías, Castel y luego a los post de la izquierda en extravío: Debord, Lyotard, Derrida, Ranciere… mucho ruido y poca chicha.
¿Y qué decir de los grandes poetas y novelistas del siglo XIX? Modernos o románticos -Balzac, Stendhal, Chateaubriand, Verlain-, sin dejar atrás a los Dumas, a Verne y al pesado de Daudet. No han sido mancos en tebeos: Tintin, del belga Hergé, que, con Astérix, Lucky Luke y el Teniente Blueberry llegaba a España a través de la editorial francesa Pilote.
¡Ah! Y Simenon, catedrático de la novela policiaca, con su inspector Maigret…, que luego ha tenido su prolongación en el cine -otro invento francés, de los hermanos Lumiere y de los tanteos de Meliés- con actores como Jean Gabin, Paul Meurisse, Lino Ventura, Charles Vanel y otros intérpretes del cine negro de los años cincuenta y sesenta.
No han faltado galanes en la gran pantalla, como Henri Vidal y Gerard Philipe, ni otros más modernos -ya de otro tiempo- como Belmondo, Delón, Ronet, Perrin, Sernas, Léaud-, sin olvidar a tontilones como Fernandel, Bourvil y al gesticulante Louis de Funes. ¡Y Jacques Tati!, que es punto y aparte.  
En cuanto a ellas… Simone Signoret, Michelle Morgan, Danielle Darrieux, Martine Carol, Brigitte Bardot, Milenne Demongeot, Jeanne Moreau, María Schneider (del último tango…). Sin dejar atrás a un buen plantel de directores de la vieja ola -Clair, Renoir, Besson, Chabrol, Carné- y de la nouvelle vague -Truffaut, Godard, Varda, Rohmer-.
También tienen una buena nómina de chansoniers: Maurice Chevalier, Charles Trenet, Yves Montand, Jacques Brel, Jean Ferrat, Leo Ferré, Charles Aznavour, Gilbert Becaud, Alain Barriere, Adamo, Johnny Halliday, Hervé Vilard, el elucubrante Antoine... Incluso tenían un buen conjunto instrumental -Les guitarres du diable- para competir, en inferioridad de condiciones, claro está, con The Shadows, ingleses, y los The Ventures, americanos, que marcaban la pauta con el limpio sonido Fender.
También han estado bien surtidos de cantantes femeninas (“cherchez la femme”, que decía Dumas): Line Renaud, Edith Piaf, Juliette Greco, Dalida, Francoise Hardy, Sylvie Vartan, France Gall, Jane Birkin, Marie Lafôret… De las de hoy, no recuerdo a ninguna.
Con algo de antelación, les deseo un feliz día 14 de julio, sin aspavientos ni a favor ni en contra, pero quizá dedicando algo de la jornada al cine, viendo por ejemplo, “La Marsellesa” de Renoir o “Chacal”, de Fred Zinnemann, donde el malvado James Fox, pretende asesinar al general De Gaulle el día de la fiesta nacional. Disfrutenlas mientras degustan un Pernod, un calvados, un borgoña o un burdeos (importando de Hispania), por no decir un Moet Chandon, no que está el bolsillo para muchas alegrías. 
Y aquí me despido por obras. Este trasto no me da más que problemas y se lo ha de llevar el mecánico, a ver si con una chapucilla puede tirar otra temporada. Si no, me veré obligado a comprar otro. En cualquier caso, estaré incomunicado unos días. Pero prometo volver.


sábado, 6 de julio de 2019

4 de julio 2019. Anverso y reverso

El jueves, una de mis hijas, que conoce mis flaquezas, me dijo: Papá, hoy es cuatro de julio, ¿qué te parece si nos comemos unas hamburguesas? Me pareció de perlas y así lo hicimos. Nos zampamos unas estupendas hamburguesas, con abundante guarnición, regadas, por mi parte, con verdejo frío, y por la suya con “fino cañería”, para celebrar el 243 aniversario de la Declaración de Independencia que dio paso a la primera república de la era moderna.
Ambos compartimos la afición -¿Debilidad? ¿Seducción? ¿Influencia? ¿Enajenación?- por la cultura yanqui, así que comimos y bebimos a la salud de Washington, de Jefferson, de Adams, de los federalistas o de Lincoln, entre los primeros políticos, y de Roosevelt, Wallace, Luther King, Malcolm X, Huey Newton, Tom Hayden, Angela Davis, Bernie Sanders y las prometedoras candidatas del Partido Demócrata.   
También por los relatos de Fenimore Cooper, Oliver Curwood, Jack London, Mark Twain o Zane Grey sobre el Oeste y sus legendarios protagonistas: Daniel Boone, David Crockett, Jim Bowie, Jim Bridger, el estirado William Travis, Buffalo Bill, Tom Jeffors, John Clum, Bill Bonney, Al Sieber, Wyat Earp, Par Garret, los hermanos James, los Younger, los Dalton, los no menos famosos hermanos Ringling (socios del circo Barnum) y los hermanos Marx (sin Engels). Sin dejar de lado a sus valientes antagonistas: Mano Amarilla, Alce Negro, Toro Sentado, Caballo Loco, Mangas Coloradas, Quana Parker, Osceola, Cochisse y Goyatéh, más conocido como Gerónimo, ni al Pony Express, la diligencia, el OK Corral, Fort Laramie y el ferrocarril de Topeka a Santa Fe.
Y, claro está, celebramos también las pinturas del viejo Oeste de Frederic Remington, George Catlin y  Charles Russell, y las fotografías de indios de Edward Curtis, también las de Wegee de Nueva York y las tristísimas de Dorotea Lange sobre la gran depresión de los años treinta. Y, claro, las novelas de Dashiell Hammet y Jim Thomson, John Dos Passos, William Faulkner, Ernest Hemingway, Truman Capote...
Tampoco podíamos olvidar a aquellos tipos duros del cine, como Burt Lancaster, Kirk Douglas, Robert Mitchum, Charlton Heston y John Wayne o blandos como Rock Hudson, Mongomery Clift, Anthony Perkins o Jack Lemmon, hieráticos como Clint Eastwood o histriónicos como Eli Wallach, o aquellos galanes, como Clark Gable, Cary Grant, William Holden, Paul Newman, Robert Redford, Henry Fonda o Gregory Peck, afortunados mortales por compartir pantalla con Jean Simmons, Gene Tierney, Hedy Lamarr, Joan Collins, Rhonda Fleming, Donna Reed, Virginia Mayo, Marilyn Monroe, Jane Russell, Jayne Mansfield y Raquel Welch o con chicas típicas de comedias: Doris Day, Debbie Reynolds y Meg Ryan, ni dejar atrás la veta de actores black (is black, but black is beautiful): Sidney Poitier, Ossie Davis, Jim Brown, Richard Roundtree (Shaft) Morgan Freeman, Danny Glover o Denzel Washington. 
Ni a tipos larguiruchos como Gary Cooper y James Stewart o bajitos como Mickey Rooney y Danny de Vito, malvados gangsters -Edward Robinson, Humphrey Bogart y James Cagney- o celebérrimos tontainas como Red Skelton, Red Buttons o Jerry Lewis, Buster Keaton, o Stan Lurel y Oliver Hardy, Bud Abott y Lou Costello.  
No podían quedarse en el tintero de la celebración Fred Astaire, Michael Connors, Dan Dailey y Gene Kelly, y las mujeres que bailaron o volaron con ellos: Ginger Rogers, Cyd Charisse, Ann Miller o Vera Ellen, ni quienes dirigieron en aquellos años sus películas: Frank Capra, Franklin Schafner, Billy Wilder, Robertd Siodmak, Robert Aldrich, William Wyler, William Wellman, George Stevens, Howard Hawks, Anthony Mann, John Ford o Sam Peckimpah, entre los directores veteranos.
Tampoco olvidar a quiénes se cuidaron de la ambientación musical con magníficas bandas sonoras - Victor Young, Dimitri Tiomkin, Jerry Goldsmith, Miklos Rosza, Bernard Herrman, Henry Mancini, Elmer Berstein y Jerome Moross- o simplemente componían inolvidables melodías: Aaron Copland, Ferde Groffé, Leroy Anderson, George Gershwin, Cole Porter y Leonard Berstein. Y hablando de música, ¿qué decir del jazz? ¿Y del swing? ¿Y del blues? ¿Y del country? ¿Y del pop? ¿Y del folk? ¿Y del rock? ¿Y de las y los cantantes melódicos?
Bien, pues después de este reconocimiento de la capacidad de influir que tiene el “poder blando”, según Joseph Nye, desde la más tierna infancia -el Pato Donald, Walt Disney, los tebeos, los superhéroes-, al día siguiente me entero por la prensa de que el atrabiliario personaje que temporalmente ocupa, con la “sua famiglia”, la Casa Blanca, ha celebrado el 4 de julio apoderándose de la fiesta nacional, una fiesta popular de familiares y amigos, sin carácter político de partido, y la ha convertido en un acto electoral, en un mitin de partido, o mejor dicho del ala más retrógrada e irracional del Partido Republicano, y en una muestra insuperable de “poder duro”, con la exhibición de aviones y carros de combate; es decir, de imperialismo. Y entonces me coloca entre los adversarios. Contradicciones que tiene la vida; pura dialéctica hegelian